Por Fernando E. Alvarado
Cuando se recorre la Escritura con atención, se advierte que ninguno de los pactos divinos queda inconcluso ni flotando en el aire. Cada uno de ellos, desde el que Dios estableció con Abraham hasta el que selló con David, y también aquel antiguo pacto mediado por Moisés, encuentra su destino final en una sola persona: Jesucristo. No se trata de una mera correspondencia simbólica o de un cumplimiento parcial que deje aún expectativas pendientes. Es más bien la convicción que atraviesa todo el Nuevo Testamento: Cristo es la clave hermenéutica que abre el sentido último de las promesas veterotestamentarias. El apóstol Pablo lo expresa con claridad en 2 Corintios 1:20 (NBLA): «Porque todas las promesas de Dios son en Él ‘sí’; por eso también por medio de Él, nuestro ‘Amén’ es para gloria de Dios por medio de nosotros». No hay promesa huérfana ni pacto que quede sin su plenitud.
Considérese, por ejemplo, la promesa de la descendencia hecha a Abraham. En Génesis 12:3 (NBLA) el Señor declara: «Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga maldeciré; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra». Y más adelante, en Génesis 22:18 (NBLA), reitera: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Pablo, al reflexionar sobre este texto en Gálatas 3:16 (NBLA), hace una observación decisiva: «Las promesas fueron hechas a Abraham y a su simiente. No dice: ‘y a las simientes’, como refiriéndose a muchas, sino a una sola: ‘y a tu simiente’, que es Cristo». De este modo, la simiente prometida no es primariamente el pueblo de Israel en sentido colectivo, sino un individuo concreto, Jesús de Nazaret, en quien todas las familias de la tierra reciben efectivamente la bendición.
De manera semejante, el pacto davídico —aquel en que Dios aseguró un reino perpetuo y un descendiente siempre sobre el trono de David (2 Samuel 7:12-16 NBLA)— no halló su realización en los monarcas sucesivos de Judá, pues todos ellos sucumbieron ante la muerte y el exilio. Pero el evangelio según Lucas registra el anuncio del ángel a María: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de Su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendrá fin» (Lucas 1:32-33 NBLA). Y Pablo, en Romanos 1:3 (NBLA), presenta a Jesús como «nacido de la descendencia de David según la carne». Él es, por tanto, el Rey eterno prometido, aquel cuyo cetro no será quebrantado.
No se debe pasar por alto tampoco el pacto sinaítico, con su sistema de leyes y sacrificios. Aunque no era un pacto de promesa incondicional como el abrahámico, sino una alianza condicional que revelaba el pecado y ordenaba la vida de Israel, su entramado ceremonial apuntaba hacia realidades superiores. Jesús mismo declaró en Mateo 5:17 (NBLA): «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento». Los sacrificios diarios y anuales, las ofrendas expiatorias, el mismo cordero pascual, todos prefiguraban al Cordero de Dios que, como dice Juan 1:29 (NBLA), «quita el pecado del mundo». La carta a los Hebreos desarrolla esta correspondencia tipológica con minuciosidad: la sangre de toros y machos cabríos no podía perfeccionar la conciencia del adorador, pero la sangre de Cristo, ofrecida de una vez para siempre, sí logra la redención eterna (Hebreos 10:1-10 NBLA).
Finalmente, el nuevo pacto anunciado por Jeremías —»He aquí, vienen días—declara el Señor—en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un pacto nuevo» (Jeremías 31:31 NBLA)— es inaugurado por Jesús en la víspera de su muerte. Lucas refiere que tomó la copa después de la cena y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes» (Lucas 22:20 NBLA). El escritor de Hebreos, al comentar este acontecimiento, denomina a Cristo «el mediador de un mejor pacto» (Hebreos 8:6 NBLA) y «mediador de un pacto nuevo» (Hebreos 9:15 NBLA), puesto que su muerte ha redimido las transgresiones cometidas bajo el primer pacto. Así, cuanto los profetas anunciaron como una realidad futura de perdón interior y conocimiento del Señor (Jeremías 31:34 NBLA) se hace efectivo en la cruz y en la resurrección.
Por todo ello, resulta inevitable concluir, con el evangelista Juan, que las Escrituras mismas dan testimonio de Cristo (Juan 5:39 NBLA), y con el apóstol Pablo, que Dios ha dado a conocer el misterio de su voluntad «con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efesios 1:10 NBLA). No hay, pues, ningún pacto bíblico ni ninguna promesa del Antiguo Testamento que no desemboque en Él. Jesucristo es, en propiedad, el cumplimiento final, total y definitivo de toda la historia de la alianza.

Israel étnico no es la clave escatológica
A pesar de la claridad con que las Escrituras dirigen todas las promesas y pactos hacia Jesucristo, se ha difundido en ciertos sistemas teológicos una interpretación que, en lugar de mantener a Cristo como centro, desplaza su señorío hermenéutico para otorgar al Israel étnico actual un papel protagónico en el cumplimiento profético. Se afirma, con frecuencia, que el pueblo judío contemporáneo —especialmente el Estado de Israel fundado en 1948— constituiría el «reloj profético de Dios», la clave para descifrar el fin de los tiempos y el escenario donde se desenvolverían las promesas aún pendientes. Esta lectura no solo desconoce la enseñanza del Nuevo Testamento, sino que también malinterpreta la naturaleza misma de los pactos y de la historia de la redención.
Hay un punto que conviene considerar con seriedad: el llamado «Israel étnico» actual no corresponde, con pureza histórica ni genealógica, al Israel del Antiguo Pacto. Los sucesivos exilios, las dispersiones, las conversiones forzadas, los matrimonios mixtos y la migración de pueblos de muy diversos orígenes —entre otros— han producido una composición étnica profundamente heterogénea. Quienes hoy habitan la tierra bajo la denominación política de Israel son, en una proporción significativa, descendientes de gentiles europeos, asiáticos y africanos que abrazaron el judaísmo en distintos momentos de la historia, junto con un remanente cuyo linaje se remonta a los antiguos habitantes de Judá. Pero aun si se pudiera trazar una continuidad genealógica perfecta —lo cual es históricamente insostenible—, el problema teológico sigue siendo insalvable: la Escritura no promete bendición terrenal ni restauración política a una identidad meramente carnal o étnica.
El apóstol Pablo es tajante al respecto: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni la circuncisión es la externa, en la carne. Sino que es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la letra» (Romanos 2:28-29 NBLA). Y más adelante añade: «Porque no todos los que descienden de Israel son Israel» (Romanos 9:6 NBLA). Con estas declaraciones, el apóstol rompe cualquier identificación automática entre el linaje biológico y la pertenencia al verdadero pueblo de Dios. El Israel que importa para las promesas no es el de la carne, sino el de la fe, aquel que tiene a Abraham como padre espiritual porque, como él, cree en la promesa hecha en Cristo (Gálatas 3:7-9 NBLA). De modo que atribuir al Israel carnal actual un estatus escatológico privilegiado equivale a volver a la «carne» que Pablo descarta como fundamento de la alianza.
La pretensión de que Israel étnico sea el «reloj profético de Dios» carece de apoyo bíblico. Esta idea suele basarse en una lectura de pasajes como Mateo 24:32-34 (la parábola de la higuera), donde algunos intérpretes identifican la higuera con Israel. Sin embargo, el mismo contexto —y la totalidad del Nuevo Testamento— muestra que Jesús no está dando una clave geopolítica para el siglo XX, sino enseñando acerca de la inminencia de la destrucción de Jerusalén (ocurrida en el año 70 d.C.) y la necesidad de estar alertas ante su venida final. De hecho, Jesús había declarado a los líderes judíos de su tiempo: «El reino de Dios será quitado de ustedes y será dado a un pueblo que produzca los frutos de él» (Mateo 21:43 NBLA). Ese «pueblo» no es otro que la Iglesia, compuesta por judíos y gentiles creyentes en Cristo (1 Pedro 2:9-10 NBLA).
La Escritura no enseña que haya dos pueblos de Dios —uno étnico y otro espiritual— con dos planes de salvación distintos, ni que existan dos relojes proféticos paralelos. Pablo afirma claramente que «los que son de fe, esos son hijos de Abraham» (Gálatas 3:7 NBLA) y que «en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor alguno, sino la fe que obra por amor» (Gálatas 5:6 NBLA). De igual manera, en Efesios 2:14-16 (NBLA) declara que Cristo «es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación […] para crear en Sí mismo de los dos un nuevo hombre». Ese «nuevo hombre» es la Iglesia, el único pueblo de Dios en la nueva alianza, en el cual los creyentes de origen judío y gentil son plenamente ciudadanos de Israel espiritual (Efesios 2:19 NBLA).
La escatología bíblica no tiene como eje al Israel étnico, sino a Jesucristo mismo. Es Él quien tiene «las llaves de la muerte y del Hades» (Apocalipsis 1:18 NBLA) y quien es «digno de tomar el libro y de abrir sus sellos» (Apocalipsis 5:9 NBLA). El Cordero inmolado es el que desenvuelve la historia, no una nación ni un territorio. Cuando los discípulos preguntaron a Jesús si en aquel tiempo restauraría el reino a Israel, Él respondió: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos o las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad» (Hechos 1:7 NBLA). Y en lugar de darles un mapa político, los envió a ser testigos hasta lo último de la tierra. El cumplimiento de los tiempos no se mide por la fundación de un Estado moderno, sino por la consumación de todas las cosas en Cristo (Efesios 1:10 NBLA).
La carta a los Hebreos enseña que, al venir el nuevo pacto, el antiguo ha quedado «obsoleto» y «cerca de desaparecer» (Hebreos 8:13 NBLA). De modo que el sistema de leyes, sacrificios y promesas territoriales vinculadas al antiguo pacto ya no rige como norma para la fe. Las promesas de tierra y bendición nacional para Israel eran tipológicas y encontraron su cumplimiento en la herencia celestial que reciben todos los creyentes en Cristo (Hebreos 11:13-16 NBLA; 1 Pedro 1:4 NBLA). Pretender que las fronteras del Oriente Medio actual tengan significado profético es, por tanto, una regresión a la sombra, ignorando que la realidad es Cristo (Colosenses 2:17 NBLA).
Es extirpar de nuestras creencias escatológicas la noción de que la vuelta de los judíos a Palestina constituya un cumplimiento de las profecías de Ezequiel o de Oseas. Esos textos, leídos a la luz de Cristo, describen la restauración espiritual que se realiza en el arrepentimiento y la fe en el Mesías. El apóstol Pedro, en su discurso a los hombres de Israel, les ofrece el cumplimiento de las promesas patriarcales precisamente en Jesús: «Para ustedes es primero la promesa, y Dios la cumplió levantando a Su Siervo» (Hechos 3:25-26 NBLA, paráfrasis). El remanente de Israel que recibe la promesa no es el que regresa a una porción de tierra, sino el que cree en el Señor Jesús (Romanos 11:5 NBLA). Y Pablo advierte que el Israel que no cree ha sido «desgajado» del olivo cultivado, mientras que los gentiles creyentes han sido «injertados» (Romanos 11:17-24 NBLA). Así, el olivo verdadero no es una nación terrena, sino la única comunidad de la alianza en Cristo.
Por consiguiente, sostener que el Israel étnico actual es el reloj profético de Dios, la clave hermenéutica de la escatología, o el heredero directo de las promesas territoriales y dinásticas del Antiguo Testamento, no solo es históricamente problemático y étnicamente confuso, sino teológicamente erróneo. La Escritura no concede a ningún grupo humano —sea cual fuere su linaje— el derecho de reclamar para sí las promesas al margen de la fe en Cristo. El apóstol Juan resume la verdad de forma inapelable: «A cuantos lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre» (Juan 1:12 NBLA). Esa filiación no se hereda por sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de hombre, sino de Dios.
La única clave hermenéutica para interpretar los pactos, las promesas y los tiempos finales es Jesucristo, el Cordero que fue inmolado, el digno de abrir los sellos de la historia (Apocalipsis 5:9-10 NBLA). Toda pretensión de colocar a una etnia, una nación o un territorio en ese lugar central desvía la mirada de la gloria de Cristo y oscurece la naturaleza espiritual y universal del nuevo pacto. No es Israel étnico, ni sus fronteras, ni su reconstrucción política lo que anuncia el fin, sino la predicación del evangelio a todas las naciones, después de lo cual vendrá el fin (Mateo 24:14 NBLA). Y entonces, el mismo Jesús, y no otro, entregará el reino a Dios el Padre, habiendo sometido toda autoridad y poder (1 Corintios 15:24-28 NBLA).

El milenio y el reinado de Cristo: sin restauración de viejos pactos
Es cierto que muchos creyentes, apoyándose en pasajes como Apocalipsis 20:1-6 (NBLA), han sostenido que después de la venida de Cristo habrá un reinado terrenal de mil años. No hay problema en aceptar esa esperanza, siempre que se entienda bien su naturaleza. Lo que la Biblia no abre es la posibilidad de volver a los viejos pactos, restaurar el culto en el templo de Jerusalén al modo del Antiguo Testamento, con sus sacrificios, festividades, sacerdocio levítico y sistema de ritos y ceremonias. El pacto mosaico, con todo ese entramado, ha caducado. No será restaurado en el milenio, como sugieren ciertas formas de dispensacionalismo. Tampoco habrá una preeminencia política de Israel étnico sobre todas las naciones.
La carta a los Hebreos es clara: al instituir el nuevo pacto, Dios declaró obsoleto al primero (Hebreos 8:13). El sistema de sacrificios, las ofrendas por el pecado, las fiestas anuales, todo aquello era «sombra de los bienes venideros, no la realidad misma» (Hebreos 10:1). La realidad es Cristo. Pretender restaurar esas sombras en un milenio futuro equivale a ignorar que el Cordero de Dios ya quitó el pecado del mundo de una vez para siempre (Juan 1:29; Hebreos 10:18). Donde hay remisión, ya no hay ofrenda por el pecado. Por eso, cualquier milenio que reintroduzca sacrificios animales contradice la suficiencia de la obra de Cristo.
Pablo advirtió a los gálatas que volver a observancias de días, meses y años bajo la ley es volver a la esclavitud (Gálatas 4:9-11). Y a los colosenses les escribió que nadie los juzgara en comida, bebida o días de fiesta, «porque todo esto es sombra de lo que ha de venir, pero la realidad pertenece a Cristo» (Colosenses 2:16-17). Si ya en esta era las sombras han cedido ante la realidad, ¿qué valor tendrían en la era venidera, cuando estaremos ante la presencia plena del Cordero? La restauración de un templo literal con sacrificios sería un retroceso, no un avance.
Tampoco tiene cabida en el milenio una preeminencia política y militar del Israel étnico sobre las naciones. Jesús declaró que su reino no es de este mundo (Juan 18:36). Los profetas anunciaron paz entre las naciones, pero esa paz no viene mediante un imperio judío terrenal, sino por el poder transformador del evangelio y, finalmente, por la presencia directa del Rey. La Jerusalén que importa no es la geográfica reconstruida con piedras, sino la Jerusalén celestial (Hebreos 12:22; Apocalipsis 21:2).
¿Hay esperanza para el Israel étnico? Sí, la misma que para cualquier nación: reconocer a Jesús como Mesías y ser reinjertados en el olivo verdadero. Hay que notar que ese olivo no es el Israel étnico, porque si lo fuera no podrían ser desgajados de sí mismos. Pablo explica que algunos de las ramas naturales fueron desgajadas, y los gentiles, siendo del olivo silvestre, fueron injertados. Y si los judíos incrédulos no permanecen en incredulidad, serán reinjertados (Romanos 11:23-24). El olivo verdadero es la única comunidad de la alianza en Cristo, la Iglesia. El «todo Israel» que será salvo (Romanos 11:26) no es un Israel político o étnico sin distinción, sino el remanente escogido por gracia, que incluirá a muchos judíos en el tiempo final. Pero su salvación vendrá por la fe en Jesús, no por la restauración del templo o los sacrificios.
Así que el milenio, si se entiende como un reinado intermedio de Cristo, debe interpretarse en continuidad con lo que las Escrituras ya enseñan: Cristo reina desde su resurrección (Efesios 1:20-22; 1 Corintios 15:25), y ese reinado se consumará visiblemente en su venida. Luego vendrá el fin, cuando entregue el reino al Padre (1 Corintios 15:24). Durante ese período, Cristo y su pueblo —la Iglesia, el Israel de Dios— gobernarán, pero no con espada de carne ni con templo de piedra. No habrá sumo sacerdote terrenal porque ya tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos (Hebreos 4:14). No habrá fiestas anuales porque vivimos en el goce perpetuo del Cordero.
Las promesas del Antiguo Testamento —tierra, descendencia, bendición nacional— eran tipos que apuntaban a realidades mayores: la herencia celestial, la simiente única que es Cristo y los que están en Él, la bendición universal del evangelio. Por eso, el milenio no será una vuelta a la sombra, sino una manifestación más plena del reino que ya comenzó. En ese reino, judíos y gentiles que confiesan a Jesús como Señor constituyen una sola familia, un solo templo espiritual (Efesios 2:21-22), una sola ciudadanía celestial (Filipenses 3:20). Rechazamos, pues, toda enseñanza que pretenda restaurar el culto levítico, los sacrificios animales, el sacerdocio separado o la preeminencia étnica en el milenio. La única clave hermenéutica para el milenio —como para toda la Escritura— es Jesucristo, el Cordero inmolado, el Rey que viene, y su cuerpo, la Iglesia, el verdadero Israel de Dios.

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