Por Fernando E. Alvarado
En las últimas décadas, un sector considerable del ala conservadora de la iglesia ha elevado la predicación expositiva a un estatus casi sagrado, incluso presentándolo como una señal de una iglesia verdaderamente bíblica. Lo que comenzó como un esfuerzo loable por recuperar la profundidad teológica y la fidelidad al texto, ha derivado en algunos círculos en una suerte de «monopolio metodológico». Se afirma, con una seguridad que roza el dogmatismo, que este es el único método verdaderamente bíblico, desplazando a cualquier otra forma de comunicación a la categoría de entretenimiento o superficialidad. Sin embargo, al analizar esta postura bajo la lupa de la historia sagrada, surge una ironía ineludible: Jesús, el Verbo encarnado, no era un predicador expositivo.

La ironía del método: ¿Cómo predicaba realmente Jesús?
Si aceptáramos por un momento la definición técnica que circula en muchos círculos reformados contemporáneos —que la predicación expositiva consiste esencialmente en el análisis metódico, versículo por versículo, de un texto bíblico con el fin de extraer su significado original y aplicarlo—, nos encontraríamos con una paradoja fascinante e incómoda: el ministerio público de Jesús de Nazaret se aleja de manera radical, casi escandalosa, de ese molde académico que hoy algunos consideran el único legítimo.
Conviene detenernos aquí con honestidad intelectual. No se trata de sugerir que Jesús ignoraba las Escrituras o que las trataba con ligereza. Todo lo contrario: las conocía con una profundidad que dejaba sin aliento a los doctores del Templo. Pero su manera de comunicar la verdad divina seguía un camino pedagógico propio, uno que debería invitarnos a repensar nuestras categorías sin miedo.
- El uso de la parábola (predicación narrativa): Pensemos en su uso característico de la parábola. Jesús no subía a una sinagoga o se sentaba en la ladera de un monte para desmenuzar técnicamente un pasaje del Levítico. En lugar de eso, miraba a su alrededor, observaba la vida de la gente y decía: «El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo». Así comienza la Parábola del Sembrador (Mateo 13), una narrativa cargada de imágenes rurales que cualquier campesino galileo podía visualizar de inmediato. Aquí no hay disección gramatical ni análisis de estructuras hebreas; hay una historia que envuelve al oyente, lo incomoda, lo obliga a tomar partido y, finalmente, lo enfrenta con el estado de su propio corazón. La parábola no era un simple adorno pedagógico. Era un método profundamente respetuoso con la libertad del oyente, pero a la vez inquebrantable en su exigencia. Exigía implicación personal, un movimiento interior que ningún discurso meramente informativo podía provocar. Y quizás ahí radica una pregunta que nos concierne: ¿no será que a veces confundimos «explicar un texto» con «exponer a las personas al Dios vivo que habla a través de él»?
- La respuesta a la coyuntura (predicación temática/ocasional): Otro ángulo revelador lo encontramos cuando Jesús predica desde la coyuntura, desde la provocación directa de su auditorio. Lucas nos conserva una escena tensa (Lucas 10:25-37): un intérprete de la ley se pone de pie y, con la intención apenas disimulada de poner a prueba al Maestro, formula una pregunta que era a la vez teológica y culturalmente explosiva: «¿Y quién es mi prójimo?». Observemos lo que Jesús no hizo. No respondió con una conferencia sistemática sobre el concepto de «rea» en el Pentateuco ni rastreó cada ocurrencia del término en el Antiguo Testamento. Tampoco ofreció un análisis filológico de Levítico 19:18. En cambio, contó una historia. La historia de un hombre asaltado en un camino peligroso, ignorado por un sacerdote, evitado por un levita y finalmente socorrido por un samaritano, ese extranjero despreciado que la ortodoxia de la época consideraba prácticamente un hereje. La genialidad pastoral de Jesús consistió en responder a una pregunta teórica con una narrativa que desmontaba prejuicios, exponía hipocresías y dejaba al interlocutor sin escapatoria. El intérprete de la ley quería definiciones; Jesús le dio un espejo. Esta predicación temática, ocasional, nacida del encuentro con una necesidad concreta, revela una sensibilidad que trasciende cualquier metodología rígida.
- La observación de la realidad: Hay todavía un matiz más que merece nuestra atención, porque resulta particularmente incómodo para ciertas ortodoxias homiléticas. Jesús predicaba desde la observación directa de la realidad creada. En el Sermón del Monte (Mateo 6:26-28), cuando aborda esa ansiedad tan humana que nos desvela y nos encoge el alma, no despliega una cadena de citas bíblicas. Dice: «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta». O más adelante: «Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos». Aquí la creación misma se convierte en el texto sagrado que ilustra la verdad. Las avecillas que cruzan el cielo de Galilea, las flores silvestres que tapizan las colinas después de la lluvia: eso era suficiente material para una predicación cargada de poder teológico y pastoral. Si hoy alguien predicara así —tomando como punto de partida no un versículo aislado sino el vuelo de un pájaro o la textura de un pétalo—, probablemente más de uno lo acusaría de hacer una predicación «poco expositiva» o meramente «ilustrativa». Sin embargo, Jesús veía en esos detalles cotidianos la huella del Padre, y confiaba en que sus oyentes también podían aprender a leer ese libro abierto que es la creación.

Más allá del método: Lo que hace que una predicación sea bíblica
Hay una pregunta que conviene plantearse con cierta valentía pastoral, de esas que incomodan un poco antes de iluminar: ¿en qué momento empezamos a confundir el recipiente con el contenido? Porque si algo revela un recorrido honesto por las Escrituras es que la validez bíblica de un sermón no reside primariamente en su estructura —sea esta temática, textual, narrativa o expositiva—, sino en algo más profundo y menos domesticable: su fidelidad al mensaje del Evangelio y su capacidad, mediada por el Espíritu, para transformar la vida del oyente.
Conviene detenerse en esto sin prisas, porque toca una fibra delicada en muchos círculos donde se ha instalado, quizás sin plena conciencia, lo que podríamos llamar la idolatría de la exposición. No es una acusación ligera, y por eso merece ser matizada con cuidado. No se trata de menospreciar la predicación expositiva —Dios me libre, sería una necedad—, sino de reconocer que absolutizar un solo método es confundir el medio con el fin, la herramienta con el tesoro que contiene.
La autoridad no está en el esquema, sino en la verdad que arde dentro
Aceptemos por un momento una premisa que puede resultar liberadora: un sermón puede seguir meticulosamente la estructura de una epístola paulina, analizar cada conectiva griega, respetar el flujo del argumento, y aun así ser un discurso seco, sin unción, sin ese filo que parte el alma en dos y la deja expuesta ante Dios. La letra bien manejada puede, paradójicamente, matar cuando falta el soplo del Espíritu que la vivifica.
Pablo mismo, escribiendo a los corintios, hizo una distinción que debería hacernos temblar cada vez que nos colocamos detrás de un púlpito: «La letra mata, mas el Espíritu vivifica» (2 Corintios 3:6). No estaba despreciando la Escritura —él, fariseo formado a los pies de Gamaliel, que conocía las Escrituras como pocos—, sino advirtiendo que la mera precisión técnica, desconectada de la vida del Espíritu, puede convertirse en un ministerio de muerte disfrazado de ortodoxia. El mismo apóstol confesó a los tesalonicenses que su predicación no consistió solo en palabras, «sino en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre» (1 Tesalonicenses 1:5). El esquema era un vehículo; la autoridad venía de otra parte.
Pensemos en el profeta Natán presentándose ante David después del episodio con Betsabé (2 Samuel 12:1-7). No llegó con un rollo de la Torá para hacer una exposición del séptimo mandamiento. Contó una historia, la historia de un hombre rico que robó la única corderita de un hombre pobre. Solo al final, cuando David ya estaba emocionalmente implicado, indignado ante la injusticia que la narración le presentaba, Natán lanzó la frase que atravesó el corazón del rey como una lanza: «Tú eres ese hombre». Técnicamente, aquello no fue una predicación expositiva. ¿Fue bíblica? Profundamente. Porque transmitió la verdad de Dios con tal fidelidad y poder que provocó arrepentimiento, quebranto y transformación. Y eso, al fin y al cabo, es lo que distingue una predicación que meramente informa de una que realmente acontece como Palabra de Dios para quien la escucha.
Cuando la diversidad deja de ser un problema para convertirse en una riqueza
Hay un segundo aspecto que merece nuestra reflexión, y es la asombrosa diversidad formal de la Biblia misma. Si Dios, en su sabiduría soberana, decidió revelarse a través de una pluralidad de géneros literarios —poesía que canta (los Salmos), narrativa que cuenta historias (Génesis, Éxodo, los Evangelios), profecía que denuncia y anuncia (Isaías, Jeremías, Amós), epístolas que argumentan (Romanos, Gálatas), literatura sapiencial que reflexiona (Proverbios, Eclesiastés)—, ¿no resulta extraño que nosotros pretendamos encorsetar la proclamación actual de esa revelación en un único formato humano?
La pregunta no es retórica. Tiene implicaciones concretas. Si un joven pastor se levanta en una congregación golpeada por el sufrimiento y, en lugar de desplegar un análisis versículo por versículo de Job, decide predicar un sermón temático sobre el silencio de Dios, recorriendo distintos textos bíblicos que iluminan esa realidad, ¿está siendo menos bíblico que si hubiera tomado un solo pasaje y lo hubiera desglosado meticulosamente? ¿No encontramos acaso al mismo Pablo en Atenas (Hechos 17:22-31) predicando un sermón profundamente temático, citando incluso a poetas paganos, partiendo de la realidad cultural de sus oyentes, y conduciéndolos sin embargo al corazón del mensaje cristiano: el arrepentimiento y la resurrección? Aquel discurso en el Areópago no siguió el molde de una epístola, pero estaba cargado de verdad bíblica.
La diversidad de géneros en la Escritura no es un accidente ni una concesión al gusto humano. Es pedagógica. Dios sabía que la poesía llega a rincones del alma humana que la prosa doctrinal a veces no alcanza. Sabía que una historia bien contada puede desarmar defensas que un argumento lógico solo consigue endurecer. Sabía que la sabiduría proverbial, breve y punzante, se graba en la memoria de una manera que el tratado sistemático difícilmente logra. Si el Autor de la Escritura respetó esa diversidad, ¿quiénes somos nosotros para declarar que solo uno de esos géneros es el vehículo adecuado para la predicación contemporánea?

Un llamado a la humildad homilética
Conviene cerrar con una cautela necesaria, para que nadie malinterprete lo dicho y lo convierta en licencia para la superficialidad. Decir que el método no garantiza la fidelidad bíblica no equivale a decir que el método es irrelevante. Todo sermón, sea cual sea su enfoque, debe estar arraigado en el texto bíblico, debe someterse a él, debe dejar que sea la Palabra la que marque el tono y el contenido. Lo que aquí se cuestiona no es el estudio riguroso ni la sumisión a la Escritura, sino la rigidez que eleva una sola forma humana de predicar a la categoría de principio innegociable.
Porque al final, cuando el domingo por la mañana una madre agotada, un joven escéptico o un anciano que ha perdido casi todo se sientan en un banco de la iglesia, no necesitan admirar nuestra destreza hermenéutica. Necesitan encontrarse con Jesús. Y Jesús, ya lo hemos visto, no se ata a nuestros esquemas. Sopla donde quiere. Habla como quiere. A veces a través de un análisis cuidadoso de Romanos; otras veces mediante una historia sencilla que se clava en el pecho como una semilla que, sin que sepamos muy bien cómo, empieza a germinar. Lo importante no es el método. Lo importante es que la verdad del Evangelio sea dicha, vivida y encarnada. Y eso, queridos hermanos, es una tarea que exige de nosotros más fidelidad que técnica, más oración que metodología, más dependencia del Espíritu que confianza en nuestras estructuras.
Es necesario reconocer que todo método de predicación es una herramienta humana, y ninguna herramienta debe ocupar el lugar que le pertenece únicamente al Espíritu Santo. La predicación expositiva es valiosa, necesaria y protege a la congregación de los caprichos del predicador, pero no es la «única forma bíblica».
Debemos evitar el atrevimiento de canonizar un estilo sobre otro. La predicación tópica tiene su lugar para abordar crisis específicas; la narrativa conecta con el corazón emocional; y la expositiva construye una base doctrinal sólida. Al final del día, el éxito de un sermón no se mide por cuánto se ajustó al comentario bíblico de moda, sino por cuánto se pareció al modelo de Aquel que hablaba con autoridad, usando flores, panes, peces e historias para rescatar al hombre. No permitamos que nuestro amor por la técnica nos haga olvidar la libertad del Espíritu.

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