Man in medical coat and prayer shawl reading religious text in synagogue
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La Epístola a los Hebreos: ¿un escrito de Lucas?

Por Fernando E. Alvarado

Pocos debates dentro del estudio del Nuevo Testamento resultan tan cautivadores y, a la vez, tan escurridizos como la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Durante siglos, especialistas de todas las confesiones han propuesto candidatos: Pablo, Bernabé, Apolos, Clemente de Roma, incluso Priscila. Ninguno, sin embargo, ha logrado imponerse con claridad. Ya en el siglo III, el gran erudito alejandrino Orígenes expresó su famosa perplejidad al afirmar que, en cuanto a la autoría de Hebreos, «solo Dios sabe la verdad» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica VI, 25, citado en Louth & Williamson, 1989, p. 202). Esa honesta confesión de ignorancia ha acompañado a la investigación hasta nuestros días.

En este panorama de incertidumbre, la obra que David L. Allen publicó en 2010, Lukan Authorship of Hebrews, representa un punto de inflexión. Lejos de limitarse a repetir hipótesis anteriores, Allen construye el caso más sistemático y riguroso a favor de un autor concreto: Lucas, el médico, compañero de Pablo y autor del Evangelio que lleva su nombre y de los Hechos de los Apóstoles. Lo que hace tan relevante este libro no es solo la tesis en sí –que ya había sido sugerida por Orígenes y, más tarde, por Juan Calvino–, sino la forma en que Allen la despliega. En lugar de apoyarse en un solo tipo de argumento, teje cinco líneas de evidencia independientes que, al entrecruzarse, adquieren una solidez poco común en este campo. Allen no resuelve todos los misterios, pero logra algo casi tan valioso: transforma una conjetura antigua en una tesis que merece ser tomada en serio por cualquier estudioso del Nuevo Testamento. Comencemos, como él mismo hace, por el terreno más firme: el lenguaje.

Lucas médico escribiendo evangelio en siglo I

El peso de las palabras: por qué la lingüística es el punto de partida

Cuando falta un testimonio histórico claro –y en el caso de Hebreos, la tradición más antigua es, como vimos, vacilante y tardía–, el análisis lingüístico se convierte en la brújula más fiable. Allen asume esta premisa desde el principio y dedica una parte sustancial de su investigación a comparar el vocabulario, la sintaxis y los patrones retóricos de Hebreos con los del Evangelio de Lucas y los Hechos. El resultado es sorprendente.

Quien lea las tres obras una tras otra notará ecos, pero Allen va mucho más allá de las impresiones subjetivas. Contabiliza términos exclusivos, estructuras gramaticales recurrentes y, sobre todo, hapax legomena –palabras que aparecen una sola vez en todo el Nuevo Testamento– que se comparten entre Lucas-Hechos y Hebreos. En su disertación doctoral previa, ya había sentado las bases de este análisis, señalando que «una cantidad considerable de vocabulario exclusivo de Lucas-Hechos también aparece en Hebreos» (Allen, 1987, p. 16). Años después, en el libro de 2010, refina y amplía esas comparaciones hasta convertirlas en el pilar central de su argumento (Allen, 2010, pp. 78-174).

Uno de los ejemplos más llamativos es la comparación entre los prólogos de las tres obras. El evangelio de Lucas comienza con una cuidada dedicatoria a Teófilo; Hechos la retoma; y Hebreos, aunque no incluye una dedicatoria explícita, muestra una estructura retórica inicial muy similar, con una oración compleja y elaborada que anticipa los temas centrales. A esto se suma la comparación entre dos grandes discursos de síntesis histórica: el discurso de Esteban en Hechos 7, que repasa la historia de Israel desde Abraham hasta los profetas, y el famoso «catálogo de los héroes de la fe» en Hebreos 11. Ambos textos comparten no solo un enfoque teológico similar, sino también giros lingüísticos característicos y una forma de citar el Antiguo Testamento que los diferencia del resto del Nuevo Testamento (Allen, 1987, pp. 22-25).

No todos los especialistas se han mostrado igual de convencidos. En una reseña aguda, Michael Kibbe (2011) admite que «los paralelismos semánticos entre Lucas-Hechos y Hebreos detallados en el argumento lingüístico son difíciles de pasar por alto». Sin embargo, añade una matización importante: buena parte de ese vocabulario compartido también aparece en la Septuaginta –la traducción griega de las Escrituras hebreas– y en otros escritos judíos de la época. Por tanto, la coincidencia podría deberse no a un mismo autor, sino a un mismo trasfondo cultural y literario. Allen no desconoce esta objeción; de hecho, la aborda al mostrar que la frecuencia y la combinación de esos términos en las tres obras superan lo que cabría esperar de una mera dependencia de fuentes comunes. En esto, como en otros puntos, su argumento no es concluyente, pero sí lo suficientemente sólido como para que, como reconoce el propio Kibbe (2011), «siente las bases para futuras conversaciones sobre la autoría de Hebreos».

Ancient first-century setting with tabernacle background

Más allá de las palabras: una teología compartida

El segundo gran bloque de la obra de Allen se ocupa de las afinidades teológicas. Aquí no se trata solo de palabras sueltas, sino de concepciones profundas sobre Dios, Cristo, la historia de la salvación y el culto. Allen sostiene que, si bien Hebreos desarrolla ciertos temas con una originalidad y densidad que no encontramos en Lucas-Hechos, existe entre ambos una base conceptual común que difícilmente podría explicarse por azar o por el simple uso de tradiciones compartidas.

Pensemos, por ejemplo, en la cristología. Lucas presenta a Jesús como el profeta definitivo, el Señor resucitado y el Salvador universal. Hebreos, por su parte, añade una dimensión que en Lucas aparece solo insinuada: el sacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec. Lejos de ver aquí una contradicción, Allen propone que Lucas-Hechos ofrece el fundamento –Jesús como mediador único entre Dios y los hombres– y Hebreos construye sobre ese fundamento una elaboración más técnica, adaptada a una audiencia con profundos conocimientos del culto judío (Allen, 2010, pp. 196-260).

Otro punto de encuentro es la escatología. Tanto Lucas como el autor de Hebreos viven en la tensión entre el «ya» y el «todavía no»: el reino de Dios ya ha irrumpido en Cristo, pero su consumación final está por venir. Esta tensión no es exclusiva de estos dos autores, por supuesto, pero Allen demuestra que la forma de expresarla –el lenguaje de «heredar las promesas», de «descanso» escatológico y de «fe» como certeza de lo que no se ve– presenta matices idénticos en Lucas-Hechos y en Hebreos.

Es importante no exagerar el punto. Allen no afirma que Lucas y el autor de Hebreos piensen exactamente igual en todo. Su tesis es más matizada: la teología de Lucas constituye un suelo fértil del que brota, con coherencia y desarrollo lógico, la teología más especializada de Hebreos. Esta relación de continuidad y profundización resulta, a juicio de Allen, más plausible que suponer dos autores independientes que, sin haberse leído jamás, habrían llegado a conclusiones tan similares sobre temas tan específicos.

Un obstáculo de larga data: ¿era Lucas gentil o judío?

Si hay un argumento que se ha repetido una y otra vez contra la autoría lucana de Hebreos, es el siguiente: Lucas era un cristiano de origen gentil, y una epístola tan saturada de Escrituras, de simbolismo sacerdotal y de hermenéutica rabínica solo pudo haber sido escrita por un judío de nacimiento. Esta objeción parece tan intuitiva que muchos la han aceptado sin someterla a un examen crítico. Allen hace exactamente eso: la examina, la desmonta y la invierte.

Su punto de partida es provocador y, al mismo tiempo, sólido: «En ninguna parte del Nuevo Testamento se le da a Lucas un origen étnico» (Allen, 2004). La idea de que Lucas era gentil es una inferencia, no una afirmación explícita de los textos. ¿De dónde proviene esa inferencia? Principalmente de Colosenses 4:10-14, donde Pablo enumera a varios colaboradores y parece distinguir entre «los de la circuncisión» (judíos) y otros compañeros. Como Lucas aparece en el segundo grupo, muchos han concluido que era incircunciso, es decir, gentil. Pero Allen objeta que esta lectura es solo una interpretación posible, no la única. Pablo pudo haber agrupado a sus colaboradores por otras razones, y el silencio sobre la circuncisión de Lucas no equivale a una declaración de que no la tuviera (Allen, 2010, pp. 279-290).

Más allá de este pasaje concreto, Allen construye un argumento positivo a favor del origen judío de Lucas. Señala, por ejemplo, el profundo conocimiento que Lucas demuestra de las Escrituras hebreas en su evangelio y en Hechos. Lejos de usar una versión superficial, cita la Septuaginta con precisión, maneja términos técnicos del culto judío y muestra familiaridad con las tradiciones fariseas y saduceas. Todo esto, sostiene Allen, resulta más fácil de explicar si Lucas era un judío helenístico –educado en la diáspora, de lengua griega pero formado en la sinagoga– que si era un gentil converso de primera generación (Allen, 2004).

Esta parte de la obra de Allen ha recibido menos atención de la que merece, quizás porque desafía una suposición muy arraigada. Sin embargo, como ha señalado recientemente J. P. Smith (2024, p. 23), «Lucas era con toda probabilidad un judío de la diáspora helenística», y su teología, a pesar de su apertura universalista, está firmemente anclada en la etnicidad y las tradiciones de Israel. Si aceptamos esta corrección, el supuesto obstáculo para la autoría lucana de Hebreos se desvanece por completo.

Luke and Paul sailing ancient ship preaching

Lo que dijeron los antiguos: la tradición eclesiástica y sus indicios

A menudo, cuando se habla de la autoría de Hebreos, se presenta la tradición de la iglesia primitiva como unánime a favor de Pablo. Allen demuestra que esto es un espejismo. Ya en los primeros siglos, hubo voces que dudaron de la autoría paulina y propusieron otros nombres.

La más importante de esas voces es, sin duda, Orígenes. En un pasaje citado por Eusebio de Cesarea, el gran alejandrino compara el estilo griego de Hebreos con el de las cartas paulinas auténticas y observa una diferencia notable: «La dicción de la epístola titulada A los Hebreos no presenta la aspereza característica del discurso o fraseología admitida por el Apóstol mismo; la construcción de las oraciones es más cercana al uso griego» (Eusebio, Historia Eclesiástica VI, 25, en Louth & Williamson, 1989, p. 202). Luego de esta constatación lingüística, Orígenes añade: «Las cuentas que nos han llegado sugieren que fue o Clemente, que llegó a ser obispo de Roma, o Lucas, el que escribió el evangelio y los Hechos».

Este testimonio es invaluable. No solo demuestra que, en el siglo III, la hipótesis lucana circulaba en los círculos eruditos de Alejandría, sino que lo hacía precisamente por razones estilísticas –las mismas que Allen desarrollaría dieciocho siglos después. Más tarde, en el siglo XVI, Juan Calvino, al rechazar la autoría paulina por razones internas (especialmente Hebreos 2:3, donde el autor se incluye entre quienes recibieron el evangelio de quienes lo oyeron de primera mano, algo que Pablo nunca habría dicho de sí mismo), también sugirió a Lucas o a Clemente como candidatos más probables (Schreiner, 2022).

Allen no exagera el peso de esta tradición. Sabe que no es un testimonio directo ni unánime. Pero sí le sirve para mostrar que su propuesta no es una invención moderna descabellada, sino una hipótesis con raíces profundas y con el respaldo de algunos de los más grandes intérpretes de la historia.

Una historia con sentido: cómo encajan todas las piezas

El último pilar del edificio de Allen es también el más fascinante, porque intenta responder a la pregunta que todo lector se hace al final: si Lucas escribió Hebreos, ¿cómo, cuándo, dónde y para quién lo hizo?

La respuesta de Allen combina datos bíblicos, conjeturas razonables y un profundo conocimiento del contexto histórico. Propone que Hebreos fue escrito en Roma hacia el año 67 d.C., es decir, poco después del martirio de Pablo durante la persecución de Nerón (Allen, 2010, p. 324). Esta fecha es importante porque es anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70. Si Hebreos se hubiera escrito después de esa catástrofe, es casi seguro que el autor habría hecho alguna referencia a ella, ya que su argumento central gira en torno a la superioridad del sacrificio de Cristo sobre el sistema sacrificial judío. La ausencia de toda alusión a la ruina del Templo sugiere, pues, una composición anterior a esa fecha (Bible Survey, n.d.).

¿Y qué hacía Lucas en Roma en ese momento? El apóstol Pablo, en sus últimos días, escribió desde la prisión romana la Segunda Carta a Timoteo. En 2 Timoteo 4:11, se lee una frase conmovedora: «Solo Lucas está conmigo». Esto sitúa a Lucas en Roma, acompañando a Pablo en el ocaso de su vida. Allí, inspirado por la enseñanza del apóstol y movido por la necesidad de una comunidad concreta, Lucas habría compuesto Hebreos.

¿Cuál era esa comunidad? Allen identifica a los destinatarios con un grupo de sacerdotes judíos convertidos al cristianismo, a los que alude Lucas en Hechos 6:7 («Muchos de los sacerdotes obedecían a la fe»). Estos sacerdotes, probablemente desplazados de Jerusalén por la persecución, habrían encontrado refugio en la iglesia de Antioquía de Siria –una comunidad con fuertes vínculos lucanos–. Para ellos, acostumbrados a las ceremonias del Templo y a la mediación sacerdotal, la epístola a los Hebreos ofrecía una argumentación magistral: Cristo es el verdadero sumo sacerdote, su sacrificio es perfecto y definitivo, y el nuevo pacto que él inaugura supera infinitamente al antiguo (Allen, 1987, p. 32).

Esta reconstrucción no es indemostrable, por supuesto. Pero Allen no pretende una certeza matemática, sino una plausibilidad histórica. Y lo cierto es que, frente a otras candidaturas –Bernabé, Apolos, Priscila–, la teoría lucana es la única que puede apoyarse en una localización temporal y geográfica precisa, en un destinatario concreto mencionado en Hechos, y en la presencia documentada del autor en el lugar y el momento adecuados.

Man speaking to group of people in ancient Greek robes with classical buildings in background

Un caso que merece ser tomado en serio

Después de recorrer los cinco pilares de la argumentación de Allen, el lector puede sentirse tentado a pensar que el misterio de Hebreos está resuelto. Sería un error. La autoría lucana sigue siendo una hipótesis, no una certeza. Quedan preguntas abiertas: si Lucas era el autor, ¿por qué la tradición posterior no lo recordó con claridad? ¿Por qué la epístola no incluye una dedicatoria como las otras obras lucanas? ¿Pueden explicarse las diferencias teológicas reales que existen entre Lucas-Hechos y Hebreos dentro de la teoría de un mismo autor?

Allen no ignora estas preguntas. Las afronta, una por una, con honestidad intelectual. Y al hacerlo, logra algo más valioso que una respuesta definitiva: logra que el debate avance. Porque, como él mismo escribe en las páginas finales de su libro, lo que está en juego no es solo un nombre para adjuntar a un escrito antiguo, sino la posibilidad de comprender mejor cómo se formó el Nuevo Testamento, cómo pensaban sus autores, y cómo la teología cristiana primitiva se articuló en diálogo con sus raíces judías.

La obra de David L. Allen, en definitiva, no cierra el caso. Pero lo reabre de una manera tan sólida y bien documentada que ningún estudioso serio de Hebreos podrá ignorarla. Y eso, en un campo donde las modas académicas cambian y las certezas se desmoronan, es ya un logro considerable.

Open Bible to Epistle to Hebrews

Bibliografía:

  • Allen, D. L. (1987). An argument for the Lukan authorship of Hebrews [Doctoral dissertation, The University of Texas at Arlington].
  • Allen, D. L. (2004, June 14). Luke was Jewish, speaker tells Messianic fellowship. Baptist Press.
  • Allen, D. L. (2010). Lukan authorship of Hebrews. B&H Academic.
  • Bible Survey. (n.d.). Who wrote Hebrews? https://biblesurvey.com/hebrews-author
  • Eusebio de Cesarea. (1989). The history of the church (A. Louth, Ed.; G. A. Williamson, Trad.). Penguin Books. (Obra original publicada ca. 324 d.C.)
  • Kibbe, M. (2011). Review of the book Lukan authorship of Hebrews, by D. L. Allen. Themelios, 36(2).
  • Louth, A., & Williamson, G. A. (Eds. & Trads.). (1989). Eusebius: The history of the church. Penguin Books.
  • Schreiner, T. R. (2022). Who wrote Hebrews? Why it may not be Paul. Logos Blog.
  • Smith, J. P. (2024). Luke was not a Christian: Reading the third gospel and Acts within Judaism. Brill.

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