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¿Cuándo comenzó la Iglesia? — ¿Es la iglesia el «Plan B» de Dios ante el fracaso de Israel, o un mero paréntesis en la historia de la redención?

Por Fernando E. Alvarado

La idea de que la Iglesia constituye un giro inesperado o un plan de contingencia en la historia sagrada carece de sustento cuando se observa la profunda coherencia del proyecto divino. En realidad, la Iglesia no es un fenómeno reciente, sino la maduración de una comunidad de fe que hunde sus raíces en los albores de la humanidad. Desde que Adán y Eva recibieron la promesa del Redentor en el Edén (Génesis 3:15), se puso en marcha un único linaje espiritual. Esta continuidad se fundamenta en que la fe nunca ha cambiado de naturaleza; los antiguos fieles no vivían bajo un sistema de salvación distinto, sino que, como señala el apóstol Pablo, «La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano las buenas nuevas a Abraham, diciendo: «En ti serán benditas todas las naciones».» (Gálatas 3:8, NBLA). Ellos se relacionaron con la gracia a través de sombras y símbolos, saludando desde la distancia una realidad que aún no se manifestaba plenamente, pero que ya les pertenecía por promesa (Hebreos 11:13).

Esta genealogía espiritual no conoce interrupciones, una realidad que se ilustra magistralmente con la metáfora del buen olivo en Romanos 11:17-24. Allí se nos enseña que existe una sola raíz santa y un solo tronco; los creyentes de hoy no forman un árbol nuevo, sino que han sido injertados en el mismo tronco que ya sostenía a los patriarcas. La Iglesia no es, por tanto, una plantación separada, sino el ensanchamiento de ese pueblo que ha caminado bajo diversas administraciones hacia una misma meta final. La Escritura es tajante al respecto al recordar que figuras como Abraham no buscaban simplemente una propiedad terrenal, sino que «esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.» (Hebreos 11:10, NBLA). Al poner su mirada en esa patria celestial, los santos del pasado demostraron que su ciudadanía es idéntica a la nuestra.

En consecuencia, el surgimiento de la Iglesia en el escenario histórico no debe interpretarse como una ruptura, sino como el florecimiento orgánico de todo lo que se sembró en los pactos anteriores. No existen dos pueblos con destinos divergentes ni dos planes de salvación; existe un solo cuerpo que ha sido perfeccionado a través del tiempo. El autor de Hebreos afirma que aquellos héroes de la fe no recibieron lo prometido en vida para que «ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros.» (Hebreos 11:40, NBLA). Dios diseñó la historia de tal modo que todos, desde los primeros redimidos hasta el último creyente, alcancemos la meta como una sola familia unificada. La Iglesia es, en última instancia, el cumplimiento de un diseño eterno y sin fisuras, el punto de encuentro donde todas las épocas de la redención convergen en la Nueva Jerusalén.

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Cómo bien lo declarara el teólogo Sam Waldron:

«La iglesia universal no comenzó con Cristo y los Apóstoles; comenzó con Adán y Eva, e incluyó a Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y muchísimos más israelitas que creyeron en las promesas del evangelio a medida que se daban a conocer por medio de sombras e imágenes, mediante la tipología. Su experiencia de salvación fue igual que la nuestra, aunque su conocimiento de ella estaba incompleto. Vieron y saludaron de lejos aquello que nunca entendieron completamente; pero su herencia es una ciudad celestial, una nueva Jerusalén, y son nuestros hermanos y hermanas entre los hijos de Dios». (Waldron, S. E. (2016). Exposición de la Confesión de Fe de 1689 [F. González, Trad.] Faro de Gracia).

En definitiva, la Iglesia no es una nota al pie ni un giro inesperado en el relato de la redención, sino la esencia misma del texto. Comprender su origen nos obliga a mirar mucho más atrás del Pentecostés, reconociendo ese hilo ininterrumpido de una sola simiente fiel que comenzó a trazarse desde el dolor de Abel y la esperanza de Adán. No somos los habitantes de un «Plan B», sino los herederos de un linaje espiritual que ha atravesado siglos de sombras para emerger a la luz. Esta continuidad nos devuelve la certeza de un Dios que no improvisa: cada creyente hoy, al igual que los antiguos patriarcas, es una pieza de un diseño eterno donde la fe no cambia de naturaleza, solo de perspectiva. Al final, la Iglesia es el abrazo de los siglos; es el lugar donde el suspiro de esperanza de quienes saludaron la promesa a lo lejos se funde con nuestra realidad victoriosa, formando una sola familia unida por la misma gracia, desde el primer sacrificio en el Edén hasta la gloria de la Jerusalén Celestial.

La historia de la salvación es mucho más que un ciclo de responsabilidad, fracaso y juicio; no es una serie de intentos fallidos, sino el despliegue de una única genealogía espiritual. Desde la sangre de Abel hasta la fe del último convertido, existe un solo pueblo que comparte un mismo ADN de gracia.

Bibliografía:

  • Poythress, V. S. (2013). Teología bíblica del pacto: El misterio de Cristo. Publicaciones Andamio.
  • Ridderbos, H. (2005). La venida del reino. Libros Desafío.
  • Robertson, O. P. (2012). Los pactos de Dios: Una perspectiva bíblica y teológica. TELL.
  • Vos, G. (2015). Teología bíblica: Antigua y nueva alianza. Estandarte de las Verdades Actuales.
  • Waldron, S. E. (2016). Exposición de la Confesión de Fe de 1689 (F. González, Trad.). Faro de Gracia.

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