Por Fernando E. Alvarado
Algunos sistemas teológicos, en particular el dispensacionalismo clásico, continúan afirmando que Dios tiene dos pueblos de manera ontológica y eterna: Israel como pueblo terrenal con un plan profético propio, y la Iglesia como un pueblo celestial concebido como un paréntesis en el plan divino. Esta visión fragmenta la obra redentora de Cristo y contradice pasajes como Efesios 2:14‑16, donde Pablo declara que Jesús hizo “de los dos una sola nueva humanidad” (NVI). Consciente de este problema, el propio dispensacionalismo progresivo ha publicado implícitamente una “fe de erratas” al corregir a su predecesor: ya no sostiene dos pueblos eternamente separados, sino que afirma un solo pueblo redimido de Dios (la familia de Abraham por fe), con una distinción únicamente funcional y temporal entre Israel y la Iglesia durante la era presente, la cual desaparecerá en el estado final de los nuevos cielos y nueva tierra.
Esta “autocorrección” del dispensacionalismo no es casualidad. La iglesia no es un paréntesis ni un plan B, sino el cumplimiento de las promesas. La Biblia proclama desde Génesis hasta Apocalipsis un solo pueblo redimido por un solo Cordero, convocado por una sola voz y reunido en una sola asamblea eterna. El concepto de «Iglesia» no nace con el término griego ekklesia. Sus raíces más hondas están en el hebreo qahal, esa palabra del Antiguo Testamento que significa «asamblea». Y no es un detalle menor: entender esta continuidad filológica y teológica nos abre la puerta a comprender qué es realmente la comunidad de Dios a lo largo de toda la historia de la redención. Antes incluso de adentrarnos en estos términos, conviene recordar un principio que la Escritura no negocia: la salvación jamás se presenta como un acto individual aislado, sino siempre como incorporación a un pueblo (Ridderbos 1975, p. 87). Ese principio de «solidaridad corporativa» es el que ilumina el misterio de la Iglesia.

Qahal: la asamblea que Dios convoca
El hebreo del Antiguo Testamento usa dos palabras principales para referirse a la comunidad de Israel: ‘edah (עֵדָה) y qahal (קָהָל). La primera apunta más a la congregación como cuerpo organizado, ya sea político o cultual. La segunda, en cambio, es mucho más viva, más teológica (Botterweck et al. 2003, p. 23). Qahal viene de una raíz que significa «convocar», «reunir». No se trata de cualquier grupo que se junta por casualidad, sino de una asamblea llamada a encontrarse. La Septuaginta, al traducir al griego, vierte qahal como ekklesia en unas cien ocasiones, cargando así a este término griego de todo el peso teológico del Antiguo Testamento (Thornhill 2015, p. 67).
Así que la qahal de Israel es esa reunión del pueblo convocado por la voz de Yahvé, normalmente para estar en su presencia, escuchar la Torá y responder al pacto. Lo decisivo aquí no es quién se reúne, sino quién convoca. Por eso Esteban, en su defensa ante el concilio, se remonta al desierto del Sinaí y, usando precisamente la palabra ekklesia («asamblea»), habla de «la congregación en el desierto» (Hechos 7:38). Para él no hay duda: la verdadera Iglesia de Dios ya estaba presente en Israel bajo Moisés (Clowney 1998, p. 45).
Ekklesia: la asamblea «llamada fuera»
Cuando los autores del Nuevo Testamento escriben en griego, no inventan un término nuevo. Toman ekklesia, una palabra del lenguaje común (la koiné), pero que la tradición de la Septuaginta ya había impregnado de significado teológico (Kittel 1965, p. 502). Ekklesia viene del verbo ek-kaleo, que significa literalmente «llamar fuera de». En el mundo grecorromano designaba a la asamblea de ciudadanos libres que un heraldo convocaba para tratar los asuntos de la ciudad (Hechos 19:39). La iglesia primitiva se apropió de esa imagen: los creyentes son ciudadanos del cielo (Filipenses 3:20), llamados por Dios de entre las naciones para formar parte de una nueva asamblea (Lohse 1983, p. 213).
Ahora bien, cuando aplican ekklesia a la comunidad cristiana, no creen estar inventando una realidad nueva. Al contrario: están descubriendo el cumplimiento de la promesa. Ellos se saben la continuación del verdadero Israel de Dios, el qahal renovado por el Espíritu en la era mesiánica. Eso no significa identidad absoluta —hay discontinuidades en la administración del pacto— pero sí una unidad profunda en la esencia: un mismo pueblo llamado, reunido y redimido por Dios para sí mismo (Ridderbos 1975, p. 335).

La elección corporativa: la clave teológica de la continuidad
Bíblicamente, el objeto primario de la elección divina es un grupo, un pueblo. Los individuos participan de esa elección en la medida en que son incorporados a ese pueblo (Klein 2015, p. 102). En el Antiguo Testamento la elección es abrumadoramente corporativa. Dios elige a Abraham, sí, pero la promesa es que de él surgirá una «gran nación» (Génesis 12:2). El pacto se establece con Abraham y con su «descendencia» —un concepto colectivo. Moisés se lo recuerda a Israel: «Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para que le seas un pueblo especial» (Deuteronomio 7:6). Un israelita no era elegido en abstracto; lo era por nacimiento y por pertenencia al pueblo del pacto (Thornhill 2015, p. 112).
Pablo radicaliza este principio y lo centra en Cristo. Para el apóstol hay un único Elegido por excelencia: Jesucristo. En él la elección de Dios alcanza su plenitud (Isaías 42:1; Lucas 23:35). Por eso la iglesia no es elegida en sí misma, sino «elegida en Cristo» (Efesios 1:4). Como resume Klein, la elección del pueblo es una consecuencia de estar unidos al Elegido (Klein 2015, p. 154). Así como un israelita participaba de la elección de Israel por pertenecer a la nación, el creyente participa de la elección de Cristo al ser injertado en él por la fe. Esa es la lógica de la solidaridad corporativa que también subyace en Romanos 5 (Adán como cabeza corporativa) y 1 Corintios 15 (Ridderbos 1975, p. 92).
La evidencia de Hebreos: una asamblea sin fronteras cronológicas
El autor de Hebreos resulta clave aquí. En Hebreos 12:22-23 se nos habla de «la congregación (ekklesia) de los primogénitos que están inscritos en los cielos». Esta asamblea no está limitada por el tiempo: incluye a los «espíritus de los justos hechos perfectos». Si Abel fue justificado por la fe (Hebreos 11:4), y la fe es el mecanismo de entrada al pueblo de Dios, entonces Abel pertenece a esa asamblea. No es una deducción ingeniosa sacada de contexto; es la consecuencia directa de que solo hay un mediador y un solo camino de salvación desde la caída. El autor de Hebreos nos da así la confirmación escritural explícita de que la ekklesia no es una realidad exclusiva del período después de Pentecostés, sino que abarca a todos los redimidos de todos los tiempos, unidos en una misma asamblea celestial bajo un mismo mediador, Jesucristo (Hebreos 12:24). Esta perspectiva refuerza de lleno la doctrina de la elección corporativa: pertenecer a Cristo es, al mismo tiempo, pertenecer a su pueblo, ese pueblo que trasciende las barreras del tiempo y del espacio.
La simiente de la mujer: el protoevangelio como germen de la Iglesia
Lo anterior ya nos muestra que la ekklesia no puede limitarse al período posterior a Abraham. Pero podemos ir aún más lejos: la raíz de la Iglesia no está ni siquiera en Abraham, sino en el Edén mismo. Decir que los apóstoles no fueron más atrás de Abraham sería ignorar que Pablo, en Romanos 5 y 1 Corintios 15, construye toda su eclesiología sobre el contraste entre dos humanidades: la de Adán y la de Cristo (Ridderbos 1975, p. 89). Para Pablo no hay un vacío entre Adán y Abraham. El paralelismo tipológico entre el primer Adán y el postrer Adán presupone que el plan de redención comenzó inmediatamente después de la caída, no cuatro mil años después.
En Génesis 3:15, el llamado Protoevangelio, Dios establece una enemistad entre dos linajes: la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. La Iglesia, en su forma más embrionaria, es esa «simiente de la mujer» que vive por la fe en la victoria futura sobre la serpiente. Si Abraham es el padre de la fe, es porque él creyó en la misma promesa que Adán y Eva recibieron tras la caída: que un descendiente restauraría lo perdido. Así que la línea de la fe no comienza con Abraham, sino con Set, a quien Eva reconoce como «sustituido por Abel» (Génesis 4:25), y continúa con Enoc, Noé, y todos los que «anduvieron con Dios» (Clowney 1998, p. 67). La unidad del evangelio es una sola pieza: la promesa hecha a Adán es la misma que a Abraham (Gálatas 3:16), y la misma que se cumple en Cristo. Cortar la tela en Abraham sería dejar la caída del hombre sin una respuesta eclesial inmediata, algo teológicamente insostenible.

Esteban en el desierto: la ekklesia antes del Sinaí
Hay un pasaje que suele incomodar a quienes piensan que la Iglesia es un concepto nuevo o estrictamente abrahámico: Hechos 7:38. En su discurso antes de morir, Esteban dice de Moisés: «Este es aquel que estuvo en la congregación (ekklesia) en el desierto». El uso inspirado de ekklesia para referirse al pueblo de Israel en el Éxodo muestra que, para los apóstoles, la Iglesia no era algo que «comenzó» en Pentecostés como una entidad nueva, sino que era la misma comunidad del pacto que ya existía (Bruce 1988, p. 158). Si Moisés presidía la ekklesia en el desierto sobre la base de las promesas hechas a Abraham, y Abraham creyó lo que se le dijo a Adán, la línea es continua. Esteban, lleno del Espíritu, no duda en aplicar el término ekklesia a Israel en el desierto, demostrando así que la distinción moderna entre «Israel como pueblo terrenal» e «Iglesia como pueblo espiritual» es ajena al pensamiento apostólico. La ekklesia del desierto es la misma que la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos (Hebreos 12:23).
El Cordero inmolado desde el principio del mundo
Si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y Cristo es el Cordero inmolado «desde el principio del mundo» (Apocalipsis 13:8, leyendo la frase como vinculada a la fundación del cosmos), entonces los beneficios de su unión no pueden estar limitados a una frontera temporal, ni siquiera la de Abraham (Beale 1999, p. 714). La interpretación más coherente de Apocalipsis 13:8 es la que traduce «cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo». Eso significa que la eficacia del sacrificio de Cristo trasciende el tiempo histórico; su valor retroactivo alcanza a todos los creyentes del Antiguo Pacto. La Iglesia es la suma de todos los redimidos. Por tanto, si Adán fue redimido —y hay esperanza de su salvación por la fe en la promesa, como sugiere Génesis 3:21—, entonces Adán es Iglesia. Separar a los santos del Antiguo Testamento de la Iglesia crearía dos cielos o dos pueblos, algo que el Nuevo Testamento rechaza rotundamente cuando dice que Cristo ha hecho de los dos pueblos uno solo (Efesios 2:14). La pared intermedia de separación no solo dividía a judíos y gentiles; también podría malinterpretarse como una división entre los redimidos antes y después de la cruz. Pero Pablo insiste: todos, tanto los que estaban lejos (gentiles) como los que estaban cerca (judíos del AT), tienen acceso por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:18). La historia de la redención es una sola pieza; cortarla en Abraham deja la caída sin respuesta eclesial inmediata. La qahal de Adán, Abel y Set es la misma ekklesia que hoy se reúne alrededor de la mesa del Señor.
Un solo pueblo, desde Adán hasta la Parusía
Negar que hubo «iglesia» antes de Abraham nos enfrenta a un dilema serio con figuras como Abel, Enoc o Noé. Por la fe, Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio (Hebreos 11:4); por fe, Enoc agradó a Dios (Hebreos 11:5); por fe, Noé construyó el arca (Hebreos 11:7). Todos ellos son miembros del pueblo de la fe, parte de la única asamblea (qahal/ekklesia) de los salvados por gracia. Y todos, igual que Abraham, son «padres» de la Iglesia, porque «no recibieron la promesa, sino que la vieron de lejos» (Hebreos 11:13) (Clowney 1998, p. 112). La iglesia del Nuevo Testamento no es un nuevo inicio, ni mucho menos un Plan B o un paréntesis en la historia de la redención. Es la manifestación plena del único plan que Dios ha tenido desde antes de la fundación del mundo: formar un pueblo para su gloria. La elección corporativa asegura la unidad de ese pueblo: la salvación siempre ha sido, y siempre será, por gracia mediante la fe, pero esa fe nunca ha sido un acto aislado. Es el grito de quien sabe que pertenece a una familia, convocado por Dios a formar parte de su asamblea santa. Y el Cordero inmolado desde el principio del mundo es el centro de esa asamblea; su libro de la vida contiene los nombres de todos los que, desde Adán hasta el último redimido, han confiado en la simiente prometida que aplasta la cabeza de la serpiente.

Bibliografía:
- Beale, G. K. 1999. The Book of Revelation: A Commentary on the Greek Text. Grand Rapids, MI: Eerdmans. (NIGTC).
- Botterweck, G. Johannes, Helmer Ringgren, y Heinz-Josef Fabry (eds.). 2003. Theological Dictionary of the Old Testament, Volume XII. Grand Rapids, MI: Eerdmans.
- Bruce, F. F. 1988. The Book of the Acts. Revised ed. Grand Rapids, MI: Eerdmans. (NICNT).
- Clowney, Edmund P. 1998. La Iglesia. Barcelona: Publicaciones Andamio.
- Kittel, Gerhard, y Gerhard Friedrich (eds.). 1965. Theological Dictionary of the New Testament, Volume III. Grand Rapids, MI: Eerdmans. (Artículo sobre ekklesia por K. L. Schmidt).
- Klein, William W. 2015. The New Chosen People: A Corporate View of Election. Rev. ed. Eugene, OR: Wipf & Stock.
- Lohse, Eduard. 1983. Teología del Nuevo Testamento. Madrid: Ediciones Cristiandad.
- Ridderbos, Herman. 1975. Paul: An Outline of His Theology. Grand Rapids, MI: Eerdmans.
- Thornhill, A. Chadwick. 2015. The Chosen People: Election, Paul and Second Temple Judaism. Downers Grove, IL: IVP Academic.
- Waltke, Bruce K. 2001. Génesis: Un comentario. Barcelona: Publicaciones Andamio. (Original en inglés: Genesis: A Commentary, Zondervan).