No es raro toparse, en estos días de entusiasmo restauracionista, con algún ferviente defensor del movimiento de raíces hebreas. Con la seguridad del que ha encontrado la llave maestra de la fe, nos corrige el nombre de Jesús por el de Yeshua, nos reprende por decir «Dios» en lugar de Elohim, nos exige que saludemos con Shalom y que invoquemos al Ruach en vez del Espíritu Santo. Todo bajo el argumento de que el hebreo es la única lengua sagrada: la lengua de Adán, la lengua de Dios y la lengua del cielo.
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El Misterio de la Esperanza — ¿A qué se refiere Pablo cuando afirma que «todo Israel será salvo»?
La frase "todo Israel será salvo" no se refiere a una futura conversión masiva de la nación judía al final de la historia. En cambio, "todo Israel" designa a la totalidad del pueblo de Dios, compuesto por judíos y gentiles que creen en Cristo y están unidos en la Iglesia. La salvación de "todo Israel" es, por lo tanto, la plena inclusión de los gentiles y la de los judíos creyentes en este único pueblo de Dios. La salvación de Israel no es un evento aparte, sino que se está cumpliendo a través de la misión de la Iglesia.
La culpa que no heredamos (Simón Episcopio y la reinterpretación remonstrante del pecado original)
En el otoño de 1618, la ciudad holandesa de Dordrecht se convirtió en el escenario de uno de los dramas teológicos más intensos de la modernidad temprana. El Sínodo de Dort reunió a delegados de toda la Europa reformada para zanjar una controversia que desgarraba a las iglesias neerlandesas. Frente a ellos se sentaba un grupo de pastores y teólogos que habían osado cuestionar la doctrina calvinista de la predestinación absoluta. Eran los remonstrantes, herederos de Jacobo Arminio, y su portavoz más brillante era Simón Episcopio. De todas sus discrepancias con la ortodoxia confesional, quizá ninguna resultaba tan existencialmente turbadora como su manera de entender el pecado original. Porque aquí no se discutía una abstracción: se discutía si un recién nacido podía ser, ya, objeto de la ira divina.
“Yo cancelo” — ¿Oración o conjuro? (Un análisis de sus raíces mágicas y su distancia de la fe bíblica)
"Yo cancelo". Basta con pronunciar estas dos palabras para que, en muchos templos de Latinoamérica, se encienda un aire de batalla espiritual. Junto a sus primas hermanas —“yo disuelvo”, “yo rompo”, “yo anulo” o “yo transmuto”—, esta fórmula se ha convertido en el eco cotidiano de quienes buscan un corte radical con todo lo que les pesa: maldiciones heredadas, malas palabras lanzadas al aire, o esas energías que parecen querer frenarlos en seco. Aunque cada comunidad le da su propio matiz, lo cierto es que el “yo cancelo” ya no se queda en las cuatro paredes de los templos; ha trascendido, se ha colado en la cultura popular y hoy se mezcla, sin complejos, con el lenguaje de la autoayuda y el crecimiento espiritual. Esa mezcla ha hecho que, incluso sin saber bien de dónde viene, mucha gente repita la frase como un recurso para sentirse a salvo. Dentro del mundo pentecostal y carismático, esta práctica es mucho más que una simple declaración: es un recurso casi ritual en las sesiones de liberación, en los cultos de guerra espiritual y en los ayunos colectivos. Se usa como un escudo contra la envidia del vecino, la brujería que se teme a la vuelta de la esquina, o esos ataques invisibles que, según se cree, acechan en el día a día. Frases como “Yo cancelo toda maldición en el nombre de Jesús” o “Disuelvo y transmuto cualquier energía negativa” resuenan con fuerza en los corrillos de oración. Y hoy, gracias al poder de las redes sociales, las predicaciones virales y los devocionales digitales, este estilo de oración ha cruzado fronteras. Lo curioso es que ya no es patrimonio exclusivo de los creyentes: personas alejadas de la fe cristiana han encontrado en estas palabras una especie de amuleto verbal, una manera de tomar el control y plantar cara cuando la vida aprieta.
La otra cara de la moneda (¿o debería decir del altar?) — El abuso silencioso que sufren los pastores a mano de sus `propias congregaciones
En una época en que los titulares y las redes sociales parecen competir por desvelar un nuevo escándalo —enriquecimiento ilícito, manipulación espiritual, autoritarismo pastoral—, se ha instalado en el imaginario colectivo una imagen del pastor que, si bien describe situaciones reales que deben ser denunciadas, resulta profundamente incompleta. La moneda, sin embargo, tiene dos caras. Mientras la opinión pública se escandaliza con justicia ante los casos de abuso de poder desde el púlpito, permanece en la penumbra un fenómeno igualmente lesivo y mucho más extendido: el abuso que las propias congregaciones, su membresía y sus estructuras de liderazgo ejercen sobre quienes han sido llamados a pastorear. No pretendo negar la existencia de líderes religiosos que han traicionado su vocación —la Escritura misma advierte sobre lobos vestidos de ovejas (Mateo 7:15)—, sino restituir un equilibrio necesario, dando voz a la mayoría silenciosa de pastores y pastoras que sirven con integridad, a menudo a costa de su salud emocional, su vida familiar y su propia fe.
¿Fe o medicina? — El falso dilema que le ha costado la vida a demasiados
Si hemos de ser fieles al testimonio completo de la Biblia, hemos de decir con toda claridad que acudir al médico o tomar medicamentos no constituye pecado alguno. Las Escrituras jamás presentan el remedio natural como un rival de la intervención divina, sino como un medio que Dios mismo ha dispuesto en su creación para el cuidado de la vida. De modo que la cuestión no es si el creyente debe orar o acudir al médico, porque ese dilema es ajeno a la revelación bíblica. La oración y la medicina no compiten; cooperan bajo la soberanía de un mismo Dios. Él es quien concede sabiduría al profesional de la salud, quien diseñó un organismo capaz de responder a un fármaco y quien, en su misteriosa libertad, puede sanar con o sin medios visibles. Como hemos visto, su poder no se mide por nuestro rechazo a los hospitales, y nuestra fe no se autentifica por la cantidad de recetas que dejamos de surtir. La verdadera fe pentecostal —esa que se ancla en la cruz y no en fórmulas mágicas— confía en que Dios sana, agradece cuando lo hace de manera sobrenatural, agradece cuando lo hace mediante un tratamiento, y se aferra a su gracia suficiente cuando la sanidad no llega ni por una vía ni por la otra. Porque el mismo Cristo que resucitó a Lázaro es el que lloró junto a su tumba, y en ambas actitudes nos mostró el corazón del Padre. Ni el médico es enemigo de la fe, ni la fe es enemiga del médico. Ambos pueden ser, y a menudo son, instrumentos del mismo Sanador.
Cuando el cayado se convierte en centro: 3 formas modernas de abuso pastoral y liderzgo tóxico
Hay heridas que se infectan en la oscuridad. Durante demasiado tiempo, muchas comunidades de fe han mirado hacia otro lado mientras se gestaba una tragedia silenciosa: la transformación del liderazgo pastoral en un sistema de poder que nada debe al Evangelio. No se trata de un fenómeno marginal ni de unas pocas manzanas podridas en un árbol sano. Es, más bien, una deriva estructural que ha encontrado terreno fértil en ciertas corrientes del cristianismo contemporáneo, particularmente en aquellos movimientos que enfatizan la autoridad espiritual sin los correspondientes contrapesos bíblicos.
La sanidad divina a la luz de la soberanía de Dios y la Theología Crucis
La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.
Ni ídolo ni demonio: El dispensacionalismo ante el escrutinio bíblico (Desaciertos, aportes y un llamado a la lealtad a la Palabra)
Nuestra lealtad última no pertenece a ningún sistema. No juramos fidelidad a Darby ni a Scofield, como tampoco a Calvino ni a Arminio. Nuestra lealtad, aquella por la que estaríamos dispuestos a dar la vida si fuera necesario, es a la Palabra de Dios escrita, esa que «es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17, RV60). Pero no solo a la letra, sino a la Persona viva a la que esa letra testifica: Jesucristo, el Verbo hecho carne, que habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad (Juan 1:1, 14). La Escritura sin Cristo es un cuerpo sin alma; Cristo sin la Escritura es un fantasma sin anclaje histórico. Ambos, la Palabra escrita y la Palabra encarnada, se iluminan mutuamente y nos llaman a una fidelidad indivisible.
¿Dispensacionalismo antes de John Nelson Darby?
La pretensión de hallar un dispensacionalismo anterior a John Nelson Darby obliga a trazar una distinción rigurosa, tanto en el plano terminológico como en el histórico. El dispensacionalismo, en tanto sistema teológico cerrado y doctrinalmente articulado, no es una categoría orgánica del devenir cristiano, sino un constructo artificial del siglo XIX. Su formulación originaria recae en la figura de John Nelson Darby (1800-1882), cuyas innovaciones fueron posteriormente sistematizadas y difundidas por la Escuela de Plymouth y los círculos de la Niagara Bible Conference. No se trata simplemente de una periodización de la historia salvífica, sino de un entramado de afirmaciones sin verdadero arraigo en la tradición eclesial precedente: una hermenéutica pretendidamente literal que se aplica con rigidez selectiva, una dicotomía radical entre Israel y la Iglesia que fractura la unidad del designio redentor, la doctrina inédita de un rapto secreto pretribulacional y la postergación de las promesas veterotestamentarias a un reino milenial judío, concebido en términos crudamente terrenales. Ninguno de estos componentes, ensamblados como un cuerpo dogmático único, encuentra un correlato genuino en los siglos anteriores.