Pocos debates dentro del estudio del Nuevo Testamento resultan tan cautivadores y, a la vez, tan escurridizos como la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Durante siglos, especialistas de todas las confesiones han propuesto candidatos: Pablo, Bernabé, Apolos, Clemente de Roma, incluso Priscila. Ninguno, sin embargo, ha logrado imponerse con claridad. Ya en el siglo III, el gran erudito alejandrino Orígenes expresó su famosa perplejidad al afirmar que, en cuanto a la autoría de Hebreos, «solo Dios sabe la verdad» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica VI, 25, citado en Louth & Williamson, 1989, p. 202). Esa honesta confesión de ignorancia ha acompañado a la investigación hasta nuestros días.
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Principales hipótesis sobre la autoría de la Epístola a los Hebreos
Pocos enigmas del Nuevo Testamento resultan tan fascinantes como la autoría de la Epístola a los Hebreos. Cualquiera que se acerque a este texto con cierta atención suele quedar atrapado por dos cosas: la belleza de su griego y la profundidad de su argumentación. Pero también topa rápido con una incomodidad: nadie lo firmó. A diferencia de casi todas las cartas paulinas, que se presentan con un saludo inicial inequívoco, Hebreos comienza como un discurso sin remitente claro. Y desde ahí arranca un debate que lleva abierto más de diecinueve siglos.