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Dispensacionalismo, ESCATOLOGÍA, Israel, Reflexión Teológica

El Misterio de la Esperanza  — ¿A qué se refiere Pablo cuando afirma que «todo Israel será salvo»?

Por Fernando E. Alvarado

Hay frases en la Escritura que permanecen abiertas, como una puerta que ninguna generación termina de cerrar. La que el apóstol Pablo escribe en Romanos 11,26 pertenece a esa clase: «y así todo Israel será salvo». Leída con cierta prisa, puede sonar a consigna escatológica; escuchada con atención, revela capas de significado que han ocupado a exégetas, pastores y comunidades enteras durante veinte siglos.

A partir de este pasaje, la historia de la interpretación ha ofrecido varias aproximaciones. Una primera corriente, sostenida con convicción por buena parte de la tradición evangélica y dispensacionalista, lee «todo Israel» como una referencia a la nación judía en cuanto tal. Según esta mirada, al final de los tiempos se producirá un reconocimiento corporativo de Jesús como Mesías por parte del pueblo elegido. No se afirma necesariamente que cada individuo se salvará, pero sí que la entidad nacional, en un acontecimiento que Pablo vislumbra como inminente o escatológico, será restaurada a la alianza. La imagen del olivo refuerza esta lectura: si las ramas naturales pueden ser injertadas de nuevo, con cuánta mayor facilidad, argumenta el apóstol (11,24). Y si en otro tiempo fueron amados por causa de los patriarcas, ese amor irrevocable garantiza una esperanza que no se disuelve en abstracciones espiritualizantes.

Otra línea hermenéutica, con profundas raíces en la teología reformada y en ciertas lecturas patrísticas, entiende que «todo Israel» designa el Israel espiritual, es decir, la totalidad del pueblo de Dios compuesto por judíos y gentiles que creen en Cristo. Los defensores de esta postura recuerdan que en Gálatas 6,16 el mismo Pablo utiliza la expresión «Israel de Dios» para referirse a la Iglesia, y que en Romanos 9,6 sentencia que «no todos los que descienden de Israel son israelitas». Desde esta óptica, el misterio revelado no sería otro que la composición plena de la Iglesia, donde las distinciones étnicas quedan relativizadas sin anularse, y donde la promesa hecha a Abraham alcanza su cumplimiento en una descendencia que es, ante todo, comunidad de fe. Lo que se salva es el verdadero Israel, que nunca ha dejado de existir como remanente y que ahora se completa con la plenitud de los gentiles.

No falta, por supuesto, quien opta por una vía intermedia: la expresión «todo Israel» designaría la suma de los judíos creyentes a lo largo de la historia, el remanente escogido que, añadido a los gentiles, completa el número de los salvados. En este caso, el énfasis recae sobre la idea de representación corporativa: el todo por la parte, la comunidad por aquellos que la representan genuinamente. La noción de «plenitud de los gentiles» tendría entonces un paralelo exacto en la «plenitud de los judíos», y el adverbio «así» señalaría la simetría de dos corrientes que confluyen en un solo río de misericordia.

Una cuarta propuesta sugiere que Pablo habla de una restauración escatológica de Israel en su papel de portador de las promesas, sin que esto implique necesariamente la conversión de cada persona: En el clímax de la historia de la salvación, Israel como pueblo será liberado de su impiedad y reconocerá a Jesús como Señor, pero no en un sentido que excluya la libertad individual o que anule la responsabilidad personal. Es una salvación corporativa que respeta el carácter representativo del pueblo elegido y que, al mismo tiempo, deja espacio para el misterio insondable de la elección divina.

Lo fascinante de estas perspectivas es que, a menudo, se tocan en los bordes. Todas coinciden en que Pablo no está escribiendo un tratado de predestinación individual, sino una defensa de la fidelidad de Dios. Todas subrayan que el tono del pasaje no es el de un juez que sentencia, sino el de un adorador que se rinde ante la profundidad de la sabiduría divina. Y todas reconocen que, detrás de la metáfora agrícola del olivo, late un corazón pastoral que busca corregir la soberbia de los creyentes gentiles: «No te engrías contra las ramas… no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz a ti» (11,18). La advertencia contra la autosuficiencia es parte integral del misterio.

El lenguaje de Pablo en estos capítulos es elástico, poético por momentos, y no se deja encorsetar en fórmulas rígidas. Cuando escribe «todo Israel», ¿está pensando en un colectivo diacrónico, en una entidad nacional, o en la Iglesia como nuevo Israel? La respuesta más honesta quizá sea que, en su mente, estas categorías no estaban tan claramente separadas como en nuestros tratados sistemáticos. Él vive la tensión de quien sabe que el evangelio es «para el judío primeramente y también para el griego» (1,16) y que, sin embargo, «no hay distinción» (3,22). En esa tensión se mueve su argumento, y cualquier lectura que suprima uno de los polos empobrece el texto.

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Romanos 9–11, el suelo de donde brota la frase

Pablo ha dedicado ocho capítulos a exponer el evangelio con una lógica arrolladora: justificación por fe, paz con Dios, vida en el Espíritu, seguridad inquebrantable. Pero al llegar al capítulo nueve, el tono cambia. Lo que sigue no es un apéndice, sino un desgarramiento. «Tengo una gran tristeza y un continuo dolor en mi corazón», confiesa (9,2), y uno percibe que no está dramatizando. La mayoría de sus compatriotas judíos no ha reconocido a Jesús como Mesías, y esa realidad le quema por dentro: si Dios eligió a Israel y le hizo promesas irrevocables, ¿cómo se explica esta incredulidad masiva? ¿Ha fallado la palabra de Dios?

La respuesta de Pablo se va construyendo con la paciencia de quien no quiere simplificar lo complejo. Habla de una elección que nunca se identificó sin más con la descendencia física —«no todos los que descienden de Israel son israelitas» (9,6)—, de un remanente que ha permanecido fiel (11,5), de un endurecimiento que es real pero parcial, y de un propósito divino que utiliza incluso la desobediencia para derramar misericordia. En el corazón de esta argumentación aparece la imagen del olivo (11,17-24), tan campesina como teológica: hay ramas naturales desgajadas y ramas silvestres injertadas, pero la raíz es la misma y sigue siendo santa. La advertencia a los creyentes gentiles —«no te jactes contra las ramas» (11,18)— previene a sus lectores gentiles de la tentación de sentirse superiores a ese Israel que tropezó.

Es justamente en este punto, cuando el tono alcanza una gravedad casi litúrgica, donde Pablo introduce el concepto de «misterio». Y lo hace con una confidencia: «Porque no quiero, hermanos, que ignoren este misterio, para que no sean sabios en su propia opinión» (11,25). El propósito declarado no es satisfacer la curiosidad profética, sino desmontar la soberbia. Dicho de otro modo: si alguien lee este pasaje y se vuelve arrogante hacia el pueblo judío, no ha entendido nada.

Para captar lo que Pablo quiso decir, conviene detenerse en el texto griego. Los versículos 25 a 27 del capítulo once forman una unidad compacta, y cada uno de sus términos ha sido elegido con precisión. La palabra «misterio» (mystērion) no tiene en Pablo el sentido de un conocimiento escondido para unos pocos. Designa un designio divino que había permanecido oculto y que ahora, en la historia de Cristo, ha salido a la luz. A lo largo de sus cartas, el misterio por excelencia es la inclusión de los gentiles en el pueblo de la promesa (Ef 3,3-6; Col 1,26-27). Aquí, sin embargo, el apóstol añade un matiz que no había desarrollado antes: ese mismo misterio incluye la manera en que la plenitud de los gentiles se relaciona con la restauración futura de Israel. No son dos planes separados, sino dos momentos de una misma coreografía divina.

El adverbio houtōs («así» o «de esta manera») es la clave que articula toda la frase. La sintaxis griega no permite leerlo simplemente como un sinónimo de «entonces». Pablo no dice «y después todo Israel será salvo», sino «y de esta manera todo Israel será salvo». El modo de la salvación de Israel está vinculado orgánicamente al proceso que viene describiendo: endurecimiento parcial, ingreso de la plenitud de los gentiles, provocación a celo del propio Israel. La misericordia que alcanza a los gentiles no sustituye a Israel; lo prepara, lo provoca, lo envuelve.

La expresión «la plenitud de los gentiles» (to plērōma tōn ethnōn) ha sido objeto de numerosas discusiones. El término plērōma evoca plenitud, cumplimiento, la medida colmada de algo. No parece designar una cantidad numérica fija que Dios tendría contabilizada, sino más bien el momento en que la incorporación de los gentiles al pueblo de Dios alcance su madurez querida por Dios. La imagen del olivo ayuda a visualizarlo: el árbol ha alcanzado su plenitud cuando todas las ramas —las naturales y las injertadas— participan de la savia. La preposición «hasta» (achri hou) marca un límite temporal, pero ese límite se aplica al endurecimiento, no a la identidad de Israel. El endurecimiento tiene fecha de caducidad; la elección, no.

Y así llegamos a «todo Israel será salvo» (pas Israēl sōthēsetai). La expresión «todo Israel» aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento y en la literatura judía para designar al pueblo en su conjunto. En muchos de esos contextos, no se refiere a cada uno de los individuos que lo componen, sino al pueblo como entidad colectiva y representativa. Es un lenguaje que funciona por sinécdoque: el todo por la parte, la comunidad por aquellos que la representan auténticamente. Esto disipa la objeción de que Pablo estaría enseñando una salvación automática de todos los judíos, independientemente de la fe personal. El apóstol no se contradice aquí con su enseñanza constante sobre la justificación por la fe; lo que hace es mostrar el horizonte escatológico de una fidelidad divina que abraza al pueblo elegido sin anular la respuesta humana.

La cita que Pablo aduce para apoyar su afirmación es una fusión de textos de Isaías, principalmente Isaías 59,20-21, con resonancias de Isaías 27,9 y Jeremías 31,33-34. La Nueva Biblia de las Américas vierte Romanos 11,26-27 de este modo: «tal como está escrito: «EL LIBERTADOR VENDRÁ DE SION; APARTARÁ LA IMPIEDAD DE JACOB. Y ESTE ES MI PACTO CON ELLOS, CUANDO YO QUITE SUS PECADOS»». Pero lo verdaderamente revelador es la modificación que el apóstol introduce al citar. La versión griega de los Setenta dice: «Vendrá por causa de Sión el libertador» (heneken Siōn). Pablo escribe, en cambio, «desde Sión» (ek Siōn). Cambia una preposición y, con ella, la dirección teológica del versículo. El libertador ya no viene hacia Sión como quien acude a rescatar a un pueblo desde fuera; brota de Sión mismo, como quien nace de sus entrañas. Esta modificación no es un descuido de memoria —Pablo conocía demasiado bien las Escrituras—, sino una lectura cristológica deliberada. El libertador es Jesús, el Mesías judío, que surge del pueblo de Israel y desde allí extiende la salvación a todas las naciones. La segunda parte de la cita —«cuando Yo quite sus pecados»— confirma que lo que está en juego no es una mera restauración política o nacional, sino una renovación de la alianza en el terreno más profundo: el del perdón y la purificación interior.

Hay un detalle estructural que merece al menos una mención. Si uno observa el movimiento de Romanos 11,25-32, descubre un delicado quiasmo teológico: el endurecimiento de Israel (A) permite la entrada de los gentiles (B), lo cual conduce a la salvación de Israel (A’) y desemboca en la misericordia para todos (B’). Esta disposición no es un adorno literario; es la forma misma del pensamiento paulino. El versículo 32 —«Porque Dios ha encerrado a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos»— funciona como la doxología anticipada de todo el razonamiento. Ese doble «todos» no borra la distinción entre judíos y gentiles, pero la sitúa bajo un arco común de desobediencia y gracia. La misericordia que se extiende sobre los gentiles es la misma que, al final, cubrirá a Israel. No hay dos misericordias, ni dos planes, ni dos pueblos definitivamente separados.

Crowd in Jerusalem holding Israeli and rainbow flags with peace signs

Un misterio del cual somos partícipes

Entonces, ¿qué significa realmente que «todo Israel será salvo»? Al contrastar las cuatro perspectivas interpretativas predominantes en la historia de la exégesis, se observan limitaciones significativas en las tres primeras. La primera, que reduce la salvación a un nacionalismo automático, resulta mecánica y omite el pathos personal que Pablo manifiesta por sus hermanos, además de vaciar de contenido la dimensión relacional de la fe.

La segunda, que disuelve a Israel en la Iglesia, plantea una incoherencia textual: la advertencia dirigida a los gentiles contra la soberbia hacia las ramas (Romanos 11,18-21) solo adquiere pleno sentido si Israel conserva su identidad distintiva y si la raíz del olivo no puede ser apropiada por la arrogancia de los injertos.

La tercera, centrada en el remanente de judíos creyentes, aunque coherente con ciertas categorías teológicas, no abarca la amplitud semántica del houtōs ni el alcance corporativo de la entidad Israel como pueblo.

La cuarta perspectiva, rescatada hoy en día por autores de peso como N.T. Wright, ofrece una solución que armoniza tanto con la gramática griega como con el contexto argumentativo de la carta: Israel, en tanto pueblo portador de las promesas patriarcales, posee un futuro escatológico definido, una salvación corporativa y real, que tendrá lugar en el clímax de la historia. El pueblo elegido, cuyo tropiezo facilitó la entrada de los gentiles, será restaurado en ese momento final. Una correcta exégesis del texto se aparta significativamente tanto de las lecturas dispensacionalistas (que esperan una conversión masiva futura) como de las que simplemente reemplazan a Israel por la Iglesia.

Pablo entiende a Israel como el instrumento diseñado por Dios para resolver el problema del pecado humano y bendecir a todas las naciones. Para él, la desobediencia de Israel no es un simple fracaso, sino una parte paradójica e incluso necesaria del plan divino. La idea clave es que el destino de Israel está diseñado para reflejar el destino del Mesías. Así como el Mesías fue «desechado» (en la cruz) para traer salvación, el «desechamiento» de Israel (su endurecimiento e incredulidad) sirve para que la salvación llegue a los gentiles. La muerte de Jesús es el momento culminante de la historia del pacto de Israel; Israel actúa como el «Adán» corporativo, cuyo pecado prepara el camino para la obra redentora del Mesías.

La Ley y el endurecimiento de Israel son herramientas divinas para concentrar el pecado del mundo en un solo pueblo. Este proceso permite que el Mesías, surgido de ese pueblo, trate con ese pecado de una vez por todas. El endurecimiento de una parte de Israel no es un castigo final, sino una estrategia para la salvación final. Así pues, el «misterio» revelado a Pablo no es una nueva profecía sobre el fin de los tiempos, sino la explicación del plan paradójico de Dios que ya está en marcha. Este plan consiste en que, a través del endurecimiento de una parte de Israel, la salvación se extiende a los gentiles, lo que a su vez provoca a los judíos a celos y los atrae de vuelta a la familia del pacto. Es un proceso continuo y orgánico, no una secuencia de eventos apocalípticos.

La frase «todo Israel será salvo» no se refiere a una futura conversión masiva de la nación judía al final de la historia. En cambio, «todo Israel» designa a la totalidad del pueblo de Dios, compuesto por judíos y gentiles que creen en Cristo y están unidos en la Iglesia. La salvación de «todo Israel» es, por lo tanto, la plena inclusión de los gentiles y la de los judíos creyentes en este único pueblo de Dios. La salvación de Israel no es un evento aparte, sino que se está cumpliendo a través de la misión de la Iglesia.

Este punto es crucial y a menudo malinterpretado. Pablo no está prediciendo un gran avivamiento o conversión de la nación judía en el futuro. Esto pondría la salvación en un plano diferente a la fe en Cristo, socavando el mensaje central de Pablo de que la justificación es solo por gracia mediante la fe. Al leer la frase «y entonces todo Israel será salvo», no debemos caer en el error de ignorar el adverbio houtōs («así» o «de esta manera»), el cual se refiere al método (la inclusión de los gentiles y la provocación a celos), no al momento.

Toda esta argumentación tiene un propósito pastoral claro: evitar que los creyentes gentiles se sientan superiores a los judíos incrédulos. Los gentiles deben entender que su inclusión en el pueblo de Dios es posible gracias a la desobediencia de Israel, y por lo tanto, les deben una deuda de gratitud. Esto tiene implicaciones prácticas, como la ayuda material que Pablo menciona en Romanos 15,27.


Referencias:

  • Dunn, J.D.G. Romans 9–16. Word Biblical Commentary. Dallas: Word Books, 1988.
  • Fitzmyer, J.A. Romans. Anchor Bible. New York: Doubleday, 1993.
  • Moo, D.J. The Epistle to the Romans. NICNT. Grand Rapids: Eerdmans, 1996.
  • Wright, N.T. The Climax of the Covenant: Christ and the Law in Pauline Theology. Edinburgh: T&T Clark, 1991.
  • Cranfield, C.E.B. Romans: A Shorter Commentary. Grand Rapids: Eerdmans, 1985.

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