Por Fernando E. Alvarado
Resumen:
Este artículo analiza el Prefacio y el Capítulo 1 de la Confessio sive Declaratio Sententiae Pastorum qui in Foederato Belgio Remonstrantes vocantur (1621), documento fundacional del arminianismo holandés. Se examina cómo los autores establecen una defensa teológica y ética de su posición, articulando una doctrina de la Escritura que, siendo formalmente protestante, desplaza sutilmente los ejes de autoridad al enfatizar la perspicuidad escritural por encima de las decisiones sinodales, y al definir un marco hermenéutico que prioriza la interpretación individual piadosa frente al magisterio eclesiástico post-Dordrecht. El estudio demuestra que el Prefacio y el Capítulo 1 constituyen una respuesta integral al contexto polémico posterior al Sínodo de Dort (1618-1619), configurando una epistemología teológica diseñada para justificar la disidencia doctrinal dentro de los límites de la ortodoxia reformada.
Palabras clave: Confesión Arminiana, Remonstrantes, Sínodo de Dort, sola scriptura, perspicuidad, hermenéutica, autoridad eclesiástica, Jacobo Arminio, Simon Episcopius.

Introducción
Cuando uno se acerca a la Confesión Arminiana de 1621, lo primero que hay que entender es que no está leyendo un tratado de teología escrito en la calma de un estudio. Este texto fue compuesto en medio de una tormenta eclesiástica y política. Apenas dos años antes, el Sínodo de Dordrecht había expulsado a los ministros remonstrantes de la Iglesia Reformada holandesa. Muchos de ellos andaban en el exilio, sin púlpito y bajo la mirada hostil de las autoridades civiles. Simon Episcopius, que había sido discípulo de Arminio y luego su sucesor en Leiden, asumió la tarea de darle forma a una declaración de fe que mostrara que los perseguidos no eran herejes, sino cristianos reformados que sostenían los principios mismos de la Reforma.
El Prefacio y el primer capítulo, que es lo que aquí nos ocupa, no son simples formalidades introductorias. Son, en realidad, el cimiento sobre el que se construye todo lo demás. Lo que Episcopius y sus colegas buscaban era establecer un terreno común: apelar a la autoridad suprema de la Biblia, pero hacerlo de una manera que dejara en evidencia que sus adversarios, al imponer las decisiones de un sínodo como si fueran doctrina indiscutible, estaban traicionando el principio de sola scriptura que decían defender. Dicho de otra manera, el Capítulo 1 es una defensa del derecho a leer la Biblia sin que un concilio te diga de antemano qué tienes que encontrar en ella.

El Prefacio: Un llamado a la cordura en tiempos de odio
El Prefacio arranca con un tono que combina la resignación con la súplica. Los autores saben perfectamente que van a ser juzgados, y que esos juicios no dependerán tanto del contenido de su confesión como de las ideas previas que cada lector ya tenga sobre la utilidad misma de escribir confesiones. Con esto, los remonstrantes están haciendo algo muy sutil: están pidiendo que se les lea sin el filtro de la controversia anterior, que se evalúe su doctrina y no su reputación.
El texto íntegro del Prefacio dice así:
No hay duda, piadoso lector, de que la declaración de fe presentada por nosotros estará sujeta a los juicios diversos y variados de los hombres. Pues cada uno juzgará nuestra [declaración] según lo que haya determinado en su propia mente respecto a la necesidad y utilidad, o a la forma y manera de tales declaraciones…
Después de tantas tristes, oscuras y terribles [maldiciones], con las que por todas partes se han irritado y exacerbado odios feroces y rabias mortales, dejemos a un lado las mentes hostiles y ulceradas, y sigamos el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo y de sus apóstoles, mediante la mansedumbre, la longanimidad, la bondad, el Espíritu Santo de Cristo, la caridad no fingida, la palabra de verdad, el poder de Dios, la armadura de justicia a derecha y a izquierda…
Suplicamos humildemente a Dios por medio de Jesucristo en espíritu y en verdad, que la mansedumbre, santa y digna de ser alabada, sea inspirada por el Dios altísimo en los corazones, ya sea de todos, o al menos de la mayoría, de aquellos que presiden las iglesias y las repúblicas, y entonces, por fin, la verdad del evangelio florecerá por doquier, y la santa paz en el Señor y la unidad fijarán su morada entre todos los verdaderamente piadosos, y que esto tenga lugar pronto en todo el mundo, especialmente en el mundo cristiano, pero sobre todo entre los reformados. Establecidas así estas premisas, pasamos ahora directamente a los capítulos de nuestra declaración, los cuales queremos que estén siempre unidos a este prefacio.
Lo que aquí se respira es el cansancio de una iglesia que se ha estado desgarrando a sí misma. Las palabras «tristes, oscuras y terribles» no son exageración retórica: los pastores remonstrantes habían visto cómo sus congregaciones eran dispersadas, cómo sus colegas eran encarcelados, cómo el debate teológico se había transformado en una cacería política. Pero lo más notable es la respuesta que proponen. En lugar de devolver el golpe con la misma moneda, llaman a seguir el ejemplo de Jesús y los apóstoles. La lista de virtudes que despliegan —mansedumbre, paciencia, bondad, amor sincero— está tomada del Nuevo Testamento, y tiene una doble función: por un lado, presenta a los remonstrantes como los verdaderos seguidores del espíritu cristiano; por otro, desenmascara a sus perseguidores, que en nombre de la ortodoxia habían recurrido al poder coercitivo del estado.
La súplica final es especialmente conmovedora si pensamos en el contexto. No piden venganza, ni siquiera justicia terrenal. Piden que Dios toque el corazón de «aquellos que presiden las iglesias y las repúblicas» —es decir, justamente los que los habían condenado— para que la mansedumbre haga posible la paz. Es una oración por la reconciliación en un momento en que la reconciliación parecía humanamente imposible. Y al decir que quieren que el Prefacio esté «siempre unido» a los capítulos doctrinales, nos advierten que no leamos su teología como un ejercicio abstracto: hay que leerla recordando que fue escrita desde el sufrimiento y con un espíritu de mansedumbre.

Capítulo 1: La Biblia como terreno de la controversia
El Capítulo 1 lleva por título «Sobre la Sagrada Escritura, su Autoridad, Perfección y Perspicuidad». Para un lector de hoy, este puede parecer un punto de partida obvio e inofensivo. Pero en el contexto de 1621, era cualquier cosa menos inocente. La pregunta de fondo era: ¿quién tiene la última palabra en cuestiones de fe? ¿El texto bíblico interpretado por los creyentes, o las formulaciones doctrinales promulgadas por los sínodos? Al desarrollar una doctrina de la Escritura tan detallada, los remonstrantes estaban construyendo el caso de que la autoridad de Dort era relativa y, en varios puntos, ilegítima.
Los artículos 1 y 2 establecen la necesidad y la certeza de la revelación. El texto completo de la confesión dice:
- Quien desee honrar debidamente a Dios y obtener con certeza e indudablemente la salvación eterna, ante todo es necesario que crea que Dios existe y que es un generoso galardonador de quienes lo buscan. Por lo tanto, debe ajustarse a la regla y escuadra que fue dada y prescrita por el mismo Dios verdadero, el legislador supremo, y mantenerse firme sobre la promesa de vida eterna mediante una fe que no duda.
- Que Dios existe, y que ha hablado a los padres por medio de los profetas muchas veces y de muchas maneras, y que finalmente, en los últimos tiempos, ha declarado y manifestado plenamente su voluntad definitiva a través de su Hijo unigénito, ha sido atestiguado por tantas y tan grandes pruebas, señales prodigiosas, obras poderosas, distribuciones del Espíritu Santo y otros efectos maravillosos, así como por predicciones ciertas de acontecimientos y testimonios de hombres dignos de crédito, que no puede darse ni desearse justamente una razón más cierta, sólida o perfecta para la fe.
Aquí vemos un punto de partida clásicamente protestante. La salvación no es un asunto de especulación mística; requiere una confianza firme en un Dios que se ha revelado, y esa revelación ha quedado registrada en una «regla y escuadra» objetiva. Lo interesante es el énfasis en que las pruebas de la revelación son tan sólidas que no se puede pedir razonablemente más. No estamos ante un salto irracional, sino ante una certeza bien fundada en la historia: milagros, profecías cumplidas, testimonios confiables. Esta insistencia en la razonabilidad de la fe revelada es una manera de decir: nuestros adversarios no pueden acusarnos de seguir novedades; nosotros también nos atenemos a lo que Dios ha atestiguado de manera verificable.
Los artículos 3 y 4 pasan a enumerar el canon bíblico:
- La declaración completa de la voluntad divina concerniente a la religión está contenida en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, y ciertamente de manera auténtica solo en aquellos que se llaman canónicos. Y no hay justa razón para dudar de que fueron escritos y refrendados por aquellos hombres que fueron inspirados, instruidos y dirigidos por el Espíritu de Dios. Los del Antiguo Testamento son los cinco libros de Moisés, el libro de Josué, Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, dos de los Reyes, dos de las Crónicas (o Paralipómenos), Esdras, Nehemías, Ester. Asimismo Job, los Salmos de David, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, los cuatro profetas mayores, a saber, Isaías, Jeremías, con sus Lamentaciones, Ezequiel y Daniel; los doce profetas menores, a saber, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.
- En el Nuevo Testamento están los cuatro evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los apóstoles, las epístolas de Pablo, a saber, Romanos, la primera y segunda a los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón; también la epístola a los Hebreos, una epístola de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas; por último, el Apocalipsis.
Esta lista no tiene nada de controvertido para un protestante de la época. Sigue punto por punto lo que ya había establecido la Confesión Belga de 1561. Pero justamente por eso es estratégica: los remonstrantes están mostrando que no son innovadores en lo fundamental. Sostienen el mismo canon que sus adversarios, la misma base textual. La diferencia no está en qué libros aceptan, sino en cómo entienden la autoridad de su interpretación.
El artículo 5 reconoce que ha habido dudas históricas sobre ciertos libros, pero afirma que esas dudas ya han sido resueltas satisfactoriamente:
- Que todos estos libros, y sin excepción alguna para la mayoría, fueron escritos o aprobados por hombres inspirados, ha sido reconocido en los testimonios y documentos ciertos y evidentes, y fue probado tan claramente que nada más puede desearse justa o razonablemente. Pues aun si hubiera dudas acerca de unos pocos, esto es, si fueron escritos o aprobados por quienes se dice que son sus autores, sin embargo, después de explorado el asunto y buscada la verdad, se ha probado abundantemente que fueron verdaderamente escritos o aprobados por hombres inspirados de autoridad infalible y cuya credibilidad era indudable para todos los creyentes.
El artículo 6 aborda los libros apócrifos con una postura moderada, reconociendo su utilidad para la edificación aunque negándoles valor para establecer doctrina:
- Además de estos libros llamados del Antiguo Testamento, hay también otros que durante mucho tiempo han sido tenidos en estima por muchos, comúnmente llamados apócrifos. Aunque no son válidos para confirmar doctrinas de fe, son sin embargo útiles (unos más, otros menos), y suelen leerse en la iglesia para el perfeccionamiento de la fe y la vida; tales son Tobías, Judit, Baruc, Sabiduría, Eclesiástico, tercero y cuarto de Esdras, los tres libros de los Macabeos y algunas adiciones a Ester y Daniel, que son comúnmente conocidas.
El artículo 7 es uno de los más extensos y argumentados, y despliega una defensa de la divinidad de la Escritura que apela tanto a evidencias externas como a la calidad intrínseca del mensaje:
- Que la doctrina contenida en los libros del Nuevo Testamento (por la cual también la verdad y dignidad del Antiguo Testamento es abundantemente establecida y confirmada) es completamente verdadera y divina, no solo se prueba por haber sido escrita o aprobada por aquellos hombres inspirados que antes nombramos y entregada a la iglesia, ni por haber sido confirmada y establecida por diversos e innumerables milagros, y por hechos, señales y maravillas que exceden toda sabiduría y poder humano y angélico, y aún más por la gloriosa resurrección de entre los muertos de su primer autor, nuestro Señor Jesucristo, y su exaltación afirmada por muchos testimonios y documentos irrefutables. Sino principalmente porque contiene mandamientos más perfectos, justos y santos de lo que nadie podría haber ideado, y promesas tan excelentes que ni una mente humana ni angélica podría concebir algo más digno de Dios.
Añade no poco peso a la admirabilidad y eficacia de su doctrina el que un enemigo tan inconciliable de la carne fuera [escrito] por tan pocos apóstoles, hombres simples y débiles, libres no solo del crimen de falsedad, sino también indignos de sospecha, sin protección de elocuencia mundana, sin renombre por títulos de autoridad humana; sin fuerza, sin armas, solo por la persuasión de razones y argumentos y la demostración del Espíritu, asimismo hombres armados meramente con inocencia, santidad de vida y paciencia.
En brevísimo tiempo y en todos los lugares (aunque opuesto por todo el reino satánico y casi todo el mundo) se difundió asombrosamente, y se extendió de tal modo por dondequiera que uno se volviera, que innumerables miríadas de hombres, de todos los rangos, clases y condiciones, no solo de hombres ignorantes, sino también no pocos de los más instruidos y sabios, abandonando sus antiguos ritos y religiones en los que nacieron y fueron educados, sin esperanza alguna de ventaja terrenal (ciertamente con una segura expectativa de cruz, deshonra y todos los peligros) se adhirieron a ella con la mayor perseverancia. Así, todas las demás religiones, aunque apoyadas en todas partes por protección humana, se desvanecieron al surgir su [resplandor], exceptuado solo el judaísmo porque era de Dios.
Este pasaje es fascinante por cómo combina dos tipos de argumentos. Por un lado, los argumentos históricos tradicionales: milagros, la resurrección de Cristo, el testimonio de los apóstoles. Por otro lado, un argumento que podríamos llamar de la «calidad moral y espiritual» del contenido: los mandamientos de la Escritura son tan elevados que ninguna mente humana podría haberlos inventado. Es el tipo de razonamiento que busca tocar no solo la cabeza del lector, sino también su conciencia: si lees la Biblia con honestidad, percibes que viene de Dios. A esto se suma una reflexión sobre la expansión del cristianismo que tiene mucho de sentido común histórico: ¿cómo explicar que un mensaje predicado por unos pocos galileos sin educación, sin poder político y sin ejércitos lograra conquistar el Imperio Romano? La única respuesta plausible, para Episcopius, es que Dios estaba detrás.
El artículo 8 es probablemente el más incisivo desde el punto de vista polémico, porque ataca directamente la idea de que la iglesia tenga autoridad para autenticar la Escritura:
- Aun si la iglesia primitiva que existió en el tiempo de los apóstoles pudo con toda verdad y certeza conocer, y sin duda conoció, que estos libros fueron escritos o al menos aprobados por los apóstoles, y casi nos entregó en mano el conocimiento de este asunto y lo dejó como un legado, sin embargo, no tenemos estos libros por verdaderos e inspirados porque la iglesia primitiva los haya decretado verdaderos por su juicio inquebrantable, o porque contengan en sí significados inspirados, y haya decretado por su autoridad infalible que sean tenidos como tales.
Pues, en primer lugar, no era necesario que la iglesia por su juicio definiera y por su autoridad estableciera que aquellos libros que fueron escritos o aprobados por los apóstoles eran verdaderos e inspirados. Porque tanto antes como después de toda manera de tal juicio, esto era del todo cierto e indudable para todos los cristianos, tanto en general como en particular, precisamente en cuanto que tan pronto como alguno de ellos sabía que algo había sido escrito o aprobado por los apóstoles, podía y debía haber sabido que era verdadero e inspirado. No necesitaba ningún otro juicio o decisión en el caso. En consecuencia, tampoco podía bastar tal juicio de la iglesia, siendo así que la iglesia no es algo que tenga tal autoridad para hacer el juicio por sí misma, a menos que primero uno estuviera cierto y convencido de que aquellos libros por los cuales se dice que la autoridad de la iglesia es otorgada, eran verdaderos y divinos.
Y no puede saberse ni establecerse con certeza que alguna iglesia es la verdadera iglesia de Cristo, a menos que todo lo que está contenido en estos libros sea ya previamente cierto y fuera de duda. Porque es a través de esa fe que la iglesia abraza como completamente verdadera que ella misma finalmente sostiene que es una iglesia verdadera. Pues si verdaderamente la iglesia primitiva misma no recibió tal autoridad de los apóstoles, ciertamente mucho menos ha de creerse que alguna iglesia la recibió, y mucho menos debemos creer que pertenece a cualquier otra iglesia que sucedió a aquella iglesia, o a cualquier iglesia de hoy.
Este razonamiento es una pieza de precisión lógica. La iglesia primitiva no le dio autoridad a los escritos apostólicos; simplemente reconoció una autoridad que ya tenían por su origen. Y más aún: ¿cómo sabes cuál es la iglesia verdadera? No lo puedes saber sin la Escritura. Por tanto, es la Escritura la que valida a la iglesia, y no al revés. Y si esto es así para la iglesia primitiva —que había visto a los apóstoles con sus propios ojos—, cuánto menos puede pretender un sínodo del siglo diecisiete tener una autoridad que ni siquiera aquella iglesia tuvo. El mensaje a los vencedores de Dort es cristalinamente claro.
Los artículos 9 y 10 sacan las consecuencias de lo anterior. La autoridad de la Biblia es suprema y absoluta, y cualquier doctrina humana que pretenda ir más allá de ella o contradecirla debe ser rechazada:
- Por lo tanto, la doctrina contenida en estos libros canónicos es de por sí completamente auténtica y ciertamente de autoridad divina, e incuestionable, y por razón de la infalible veracidad de Dios, merece enteramente una fe indudable, y en virtud de su… absoluto y supremo poder, la más humilde obediencia de nuestra parte. Cualquier otra doctrina, sin embargo, carece de este privilegio de revelación suprema y divina, y por tanto no puede por ningún derecho tener igualdad con esa autoridad, mucho menos aquella que decreta algo distinto (ya sea contrario o diferente) y eso por una autoridad usurpada, o al menos manda que se declare de otro modo que como está registrado por escrito en estos libros, o que, habiendo sido declarado, sea creído, bajo la pena y peligro de la pérdida de la salvación, puesto que Dios no puede contradecirse a sí mismo, y ninguna autoridad, ni humana ni angélica, debe ser igualada a la divina.
- Puesto que una autoridad divina como esta pertenece solo a estos libros, es por tanto necesario que las controversias y todos los debates concernientes a la religión sean examinados por ellos solos, como piedras de toque y reglas firmes e inamovibles, y que se dispute solo a partir de ellos, y así se dejen decidir solo por Dios y Jesucristo como el único juez supremo e infalible. Pues no debe suponerse que Dios quisiera en lo más mínimo que fueran decididos por algún derecho judicial o autoritativo, por algún juez visible, y que habla ordinariamente en la iglesia, ya que le ha placido dejarnos, no un juicio forzado, sino una regla en su Palabra tan directa o aun dirigida.
Pero en ninguna parte indicó que debiera haber un juez infalible que hablara siempre en la iglesia [como el papa católico romano], ni ha designado en su Palabra quién sería perpetuamente ese. Pero ha mandado expresamente a todos y a cada uno por igual que examinen sus leyes, o juicios y estatutos, que prueben los espíritus, si son de Dios, ciertamente que examinen todo y retengan lo que es bueno, ya que ha prometido su gracia y Espíritu Santo a quienes escudriñan sus leyes y buscan entenderlas. Y ha encomendado y alabado singularmente a quienes han escudriñado las Escrituras y examinado por ellas las controversias de fe, ciertamente, a quienes han juzgado diligentemente aquellas cosas por la escuadra y regla de la Escritura, que fue hablada por los propios apóstoles.

Aquí la ofensiva contra el catolicismo romano (el «juez infalible que hablara siempre en la iglesia» es obviamente el Papa) se convierte, por extensión implícita, en una advertencia para cualquiera que pretenda ejercer un magisterio infalible sobre la conciencia de los creyentes. Si Dios no ha puesto un juez visible e infalible, entonces ningún sínodo puede reclamar ese puesto. En cambio, Dios ha mandado «a todos y a cada uno por igual» que examinen y prueben. El énfasis es democratizador: cada creyente tiene el deber y el derecho de escudriñar las Escrituras por sí mismo, con la ayuda del Espíritu, y juzgar las doctrinas que se le presentan.
El artículo 11 lleva este razonamiento hasta sus últimas consecuencias, condenando explícitamente a quienes pretenden atar las conciencias con decisiones eclesiásticas:
- Por tanto, aquellos que otorgan caprichosamente, o permiten que se otorgue, la autoridad incuestionable para juzgar perentoriamente debates y controversias sobre la fe o la religión, ya sea todos o algunos, ya sea a alguna iglesia cierta, o sínodo de doctos, o a cualquier sociedad humana, o a cualquier persona individual, que también puede ser impía y profana, como a un juez visible y parlante, y que quieren sujetar y atar las conciencias por esta decisión, no están apoyados por razón firme, y menos aún por autoridad divina alguna. Ciertamente, ha de entenderse que actúan igualmente contra lo uno y lo otro. Más allá de esto, por esta razón socavan grandemente y disminuyen por completo el deber cristiano de escudriñar las Escrituras, probar los espíritus, examinar todas las cosas, etc., lo cual es necesario y útil para las oraciones de los piadosos y para entender las Escrituras.
Un «sínodo de doctos» que pretenda atar las conciencias no está respaldado ni por la razón ni por la revelación. Y al hacerlo, destruye la práctica cristiana más básica: la de leer la Biblia buscando entender. Para un remonstrante que había sido depuesto precisamente por las decisiones de un sínodo, estas palabras eran al mismo tiempo una defensa personal y un principio eclesiológico fundamental.
Los artículos 12 y 13 pasan a enumerar todo aquello que no puede obligar la conciencia del creyente, y a afirmar la suficiencia de la Escritura para todo lo necesario para la salvación:
- Por tanto, a causa de esta razón tan poderosa y justísima, no permitimos que en controversias de religión o asuntos sagrados se nos presione por las meras autoridades de hombres, tales como las glosas y opiniones de aquellos llamados los «padres», las determinaciones de concilios o sínodos [ciertamente incluyendo el Sínodo de Dort], artículos de confesiones, las opiniones de teólogos o las conclusiones de universidades, mucho menos con prácticas antiguas, o con el esplendor y número o multitud de hombres de la misma opinión, o por último por alguna regla largamente observada, etc. Pues no debemos atender a lo que este o aquel maestro de la iglesia o asamblea de maestros [ha dicho], por famosos que sean por su erudición o santidad, ni este o aquel sínodo o iglesia particular, sino lo que Aquel que es antes de todo y que es el único que no puede engañar ni ser engañado, nuestro Señor Jesucristo, ha dicho y prescrito en su Palabra.
- Ni es esto asombroso, pues en estos libros está perfectamente contenida una revelación plena y más que suficiente de todos los misterios de la fe, especialmente aquellos que son simplemente necesarios para que todos y cada uno de los hombres sepan, crean, esperen y hagan a fin de obtener la salvación eterna, de modo que no hay un solo artículo, ni siquiera el menor, requerido para un recto entendimiento de la fe, o una vida agradable a Dios, y absolutamente necesario de ser sostenido por cualquier cristiano, que no esté abundantemente contenido en ellos. Sin embargo, por cosas necesarias para la salvación entendemos solamente aquellas cosas sin las cuales sería del todo imposible para cualquier hombre obedecer los mandamientos de Jesucristo rectamente y como debe, o confiar firmemente en sus divinas promesas, y son tales que no pueden ser negadas, desconocidas o puestas en duda sin culpa manifiesta del hombre.
La lista del artículo 12 es notable por lo exhaustiva: padres de la iglesia, concilios, sínodos, confesiones, universidades, costumbres, la mayoría… todo eso es autoridad humana, y ninguna autoridad humana puede imponerse por encima de lo que dice Cristo en su Palabra. El inciso «ciertamente incluyendo el Sínodo de Dort» entre corchetes en el texto original es especialmente revelador, ya que muestra que los autores querían ser perfectamente entendidos: no estaban haciendo teoría abstracta, estaban diciendo que Dort no tenía derecho a imponer sus cánones como si fueran artículos de fe necesarios.
Y esto conecta con el artículo 13, que introduce una distinción pastoralmente sabia y polémicamente hábil: una cosa es lo necesario para la salvación (que está abundantemente claro en la Biblia), y otra cosa son doctrinas que, aunque puedan ser valiosas, no pertenecen a ese núcleo indispensable. Lo que no se puede negar sin culpa es aquello sin lo cual no puedes obedecer a Cristo ni confiar en sus promesas. La sugerencia velada es que los debates sobre la predestinación que habían ocupado a Dort quizás no entraban en esa categoría de lo absolutamente necesario.
Los artículos 14 y 15 abordan la cuestión de la claridad de la Biblia y la necesidad de la interpretación:
- Además, la claridad y comprensibilidad de estos libros, aunque son suficientemente oscuros en algunos lugares (especialmente para los no instruidos y menos ejercitados) es tan grande, especialmente en los significados necesarios de entender para la salvación, que todos los lectores, no solo los instruidos, sino también los ignorantes (que están dotados de sentido común y juicio), tanto cuanto es suficiente, pueden ser capaces de seguir su significado, si no permiten ser cegados por el prejuicio, la vana confianza u otros afectos corruptos, sino que piadosa y cuidadosamente escudriñan la Escritura (lo cual creemos que no solo está permitido para todos, aunque sean no enseñados, ignorantes o laicos, sino también mandado y ordenado por Dios), y se afanan por familiarizarse con las mismas frases de la Escritura, y las cuales eran muy claras y significativas en el tiempo y la lengua en que estos libros fueron escritos. Decimos que tales [personas] como estas, verdaderamente honestas, dóciles y temerosas de Dios de corazón, son capaces de percibir todo lo que pertenece a la verdadera fe y piedad, no solo aquellas cosas que son necesarias, sino también la razón misma de su necesidad, a saber, realmente perciben con facilidad que son necesarias y con qué propósito.
- Pero porque hay muchísimos aun entre los cristianos que o no leen estos libros en absoluto o no con suficiente atención, ni consideran lo que leen con cuidado y juicio, o no piden frecuente y piadosamente el auxilio divino, como es propio, o bien, estando empapados de prejuicio, confianza, odio, envidia, ambición u otros sentimientos depravados, se ocupan en la lectura de estos libros, y además, porque no raramente aun en estos mismos libros se encuentran con alguna materia o frase antigua del período temporal de las Escrituras, y asimismo tropos y lenguaje figurado, que en el tiempo presente nos producen alguna oscuridad y dificultad, y que son tales que, a menos que uno esté sólidamente instruido en todo esto, o traiga consigo al proceso interpretacional una mente muy dócil, honesta, y no traiga emociones, pueden fácilmente ser torcidos a un significado erróneo, ciertamente a [uno que es] perverso y perjudicial para la salvación. De esto emerge solo una razón (para no tratar muchas otras ahora) por la que la interpretación y explicación de las Escrituras puede útilmente permitírsele su lugar en la iglesia, y ciertamente siempre debe tenérselo.
Lo que Episcopius hace aquí es mantener un equilibrio notable. Por un lado, defiende que la Biblia es clara en lo necesario y que cualquier creyente, incluso el más sencillo, puede entenderla si la lee con un corazón dispuesto. Esta es una defensa del acceso directo del laico a la Escritura, que era uno de los principios irrenunciables de la Reforma. Pero por otro lado, admite que hay partes difíciles, que el lenguaje antiguo puede oscurecer el sentido, que las metáforas pueden ser malinterpretadas, y que los prejuicios del lector pueden torcer el mensaje. Por eso la interpretación tiene un lugar en la iglesia, no para imponer sentidos ajenos al texto, sino para ayudar a que el texto hable con claridad.
El artículo 16 define cuál debe ser el objetivo de esa interpretación, y lo hace de una manera que vale la pena leer con cuidado:
- Pero la mejor interpretación de la Escritura es aquella que expresa con la mayor fidelidad el sentido nativo y literal de la misma, o al menos se acerca más a él. Obviamente, solo ella es la verdadera y viva Palabra de Dios, y por ella, así como por simiente incorruptible, renacemos para la esperanza de la vida eterna.
Llamamos, sin embargo, sentido nativo y literal no tanto a aquel que las palabras propiamente tomadas conllevan (como ciertamente ocurre muy a menudo), sino a aquel que, aunque no sea favorable a un entendimiento rígido de las palabras, es sin embargo muy conforme a la recta razón, y a la mente e intención mismas de quien pronunció las palabras, ya fuera enunciado propia o figuradamente. Porque esto puede y debe discernirse por el alcance y la ocasión de cualquier pasaje, asimismo por el tema, las cosas que preceden y siguen, asimismo por la comparación con pasajes similares, y por los absurdos palpables que probablemente resulten de ello y otros argumentos de ese tipo, o por el juicio de tales cosas.
Esta es una aclaración importante. Muchas veces se acusa a los que insisten en el «sentido literal» de ser fundamentalistas que ignoran el lenguaje figurado. Pero aquí se dice explícitamente que el sentido literal no es el sentido rígido de cada palabra tomada aisladamente, sino lo que el autor quiso decir, ya fuera hablando de manera directa o usando figuras. Y para discernir esa intención, el intérprete debe prestar atención al contexto, al propósito del pasaje, a lo que viene antes y después, a otros pasajes que tratan el mismo tema, y a los absurdos que resultarían de una interpretación descontextualizada. Es una metodología hermenéutica sensata, que confía en la inteligencia del lector guiado por el texto mismo.
El artículo 17 prohíbe buscar el significado en fuentes externas que impongan un sentido ajeno al texto:
- Pero querer mendigar una exposición de alguna otra fuente, a saber, de cualquier credo de fabricación humana o analogía de la fe recibida en este o aquel lugar, o cualquier confesión pública de iglesias (lo cual también advertimos antes en nuestro prefacio, que nunca querríamos en ningún momento que fuera separado de esta nuestra declaración) o de los decretos de concilios, o de este o aquel padre, aunque sea la mayor o la más grande parte de ellos, es muy incierto y a menudo peligroso.
Lo que aquí se está diciendo es que no debes acercarte al texto bíblico con una «analogía de la fe» previamente definida por una confesión o un concilio, porque entonces no estás dejando que la Biblia te corrija; estás usando la Biblia para confirmar lo que ya has decidido creer. Esta es una crítica frontal al procedimiento del Sínodo de Dort, que juzgó las doctrinas remonstrantes a la luz de la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg, y no solo de la Escritura.
Finalmente, el artículo 18 cierra con un tono conciliador y matizado hacia la tradición patrística:
- Y sin embargo, no despreciamos fácilmente por ello las interpretaciones piadosas, probables o antiguamente recibidas de otros, especialmente de los padres griegos o latinos. Mucho menos rechazamos orgullosa o arrogantemente su consentimiento unánime. Pero sí nos apartamos finalmente, y entonces modestamente, de ellos si descubrimos en nuestra conciencia que transmiten algo ajeno al verdadero significado de la Escritura, o contrario a él. Ni pensamos que por este razonamiento les sometamos a algún perjuicio, ya que no solo cada uno de ellos individualmente, sino también la mayor parte de ellos conjuntamente, ciertamente todos ellos tomados juntos, pueden errar en mucho. Pues ellos mismos admiten esto voluntariamente de común acuerdo, y prohíben elocuentemente que sus escritos sean simplemente creídos, sino que desean que al final sean probados por nosotros en qué grado concuerdan con las Sagradas Escrituras, y al contrario, que los rechacemos libremente en el grado en que discrepen de las mismas.
Aquí vemos una actitud que no es ni la de un tradicionalista que se arrodilla ante los padres ni la de un iconoclasta que los desprecia. Los remonstrantes valoraban a los padres, especialmente cuando mostraban consenso. Pero si después de un examen cuidadoso, en conciencia, encontraban que los padres se apartaban del sentido de la Escritura, se sentían libres de apartarse de ellos, y además lo hacían con modestia, no con arrogancia. Y citan el argumento de que los propios padres no querían ser seguidos ciegamente, sino que exhortaban a que sus escritos fueran probados a la luz de la Biblia. Es un cierre que muestra respeto por la historia de la iglesia sin renunciar a la libertad de la conciencia cristiana.

Un documento nacido de la crisis
Leídos en conjunto, el Prefacio y el Capítulo 1 de esta Confesión nos muestran a unos teólogos que estaban luchando no solo por su supervivencia eclesiástica, sino por un principio más hondo: el de la suficiencia y la libertad de la Palabra de Dios frente a cualquier poder humano que pretenda domesticarla. Su doctrina de la Escritura es una doctrina protestante clásica en todos sus elementos, pero está formulada de tal modo que el blanco de sus críticas no es Roma —aunque Roma también reciba sus golpes— sino un cierto espíritu de ortodoxia rígida que, en nombre de la verdad, había sofocado la caridad y había sustituido el estudio abierto de la Biblia por la imposición de fórmulas sinodales.
Al insistir en que la Escritura es clara en lo necesario, completa en su revelación y suprema en su autoridad, los remonstrantes estaban trazando una línea: más acá de ella, la humilde búsqueda del creyente; más allá, la pretensión ilegítima de atar conciencias donde Dios no las había atado. Y al unir para siempre el Prefacio con los capítulos doctrinales, nos recordaban que la teología cristiana, cuando se hace de verdad, no puede separarse de la mansedumbre, la paciencia y la oración por la paz.

Bibliografía:
- Arminius, Jacobus. The Works of James Arminius. Trad. James Nichols y William Nichols. 3 vols. Grand Rapids: Baker, 1986.
- Bangs, Carl. Arminius: A Study in the Dutch Reformation. Eugene: Wipf and Stock, 1998.
- Episcopius, Simon. Confessio sive Declaratio Sententiae Pastorum qui in Foederato Belgio Remonstrantes vocantur. Harderwijk: 1621.
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