En el entorno eclesiástico actual se observa una contradicción preocupante. Por un lado, la creciente complejidad de la sociedad demanda líderes pastorales con una sólida preparación en teología, hermenéutica y cuidado comunitario. Por el otro, asistimos a una devaluación de los títulos académicos dentro de ciertos sectores del clero evangélico, donde la búsqueda de acreditaciones parece responder más a una necesidad de estatus que a un verdadero proceso de aprendizaje.