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Cristo, no Israel: La clave hermenéutica

Cuando se recorre la Escritura con atención, se advierte que ninguno de los pactos divinos queda inconcluso ni flotando en el aire. Cada uno de ellos, desde el que Dios estableció con Abraham hasta el que selló con David, y también aquel antiguo pacto mediado por Moisés, encuentra su destino final en una sola persona: Jesucristo. No se trata de una mera correspondencia simbólica o de un cumplimiento parcial que deje aún expectativas pendientes. Es más bien la convicción que atraviesa todo el Nuevo Testamento: Cristo es la clave hermenéutica que abre el sentido último de las promesas veterotestamentarias. El apóstol Pablo lo expresa con claridad en 2 Corintios 1:20 (NBLA): «Porque todas las promesas de Dios son en Él ‘sí’; por eso también por medio de Él, nuestro ‘Amén’ es para gloria de Dios por medio de nosotros». No hay promesa huérfana ni pacto que quede sin su plenitud.

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El Pacto Evangélico de Misericordia (el pacto de redención y el pacto de gracia)

En el principio. Dios estableció un pacto con el hombre. Las partes de este pacto fueron Dios y Adán. La promesa del pacto era la vida. La condición era la obediencia perfecta de Adán, y la penalidad ante el fracaso era la muerte. Adán fracasó en el cumplimiento del pacto de obras, por lo que Él, en su calidad de cabeza federal de la humanidad, trajo para sí y para su descendencia, la condena de exclusión y muerte eterna. Para salvar al hombre del castigo debido a su desobediencia, un segundo pacto hecho desde la eternidad entró en efecto, llamado el pacto de gracia.