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Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Arminianismo Wesleyano, Calvinismo, Iglesias Reformadas

La Confesión Arminiana de 1621: Capítulo 2 — El conocimiento de la esencia de Dios

Por Fernando E. Alvarado

Resumen

Este artículo examina el Capítulo 2 de la Confessio sive Declaratio Sententiae Pastorum qui in Foederato Belgio Remonstrantes vocantur (1621), titulado «Sobre el conocimiento de la esencia de Dios». Se analiza cómo los autores remonstrantes construyen una teología de los atributos divinos que, siendo fiel a la tradición protestante, despliega una visión de Dios profundamente personal y relacional. El estudio muestra que el Capítulo 2 no es una mera enumeración escolástica de perfecciones divinas, sino una invitación a conocer a Dios de manera salvífica, donde cada atributo se convierte en fundamento para la adoración, la confianza y la vida ética del creyente. En el contexto posterior al Sínodo de Dort (1618-1619), esta exposición de la naturaleza divina constituye una afirmación de que el Dios de los remonstrantes no es un déspota arbitrario que decreta la condenación de unos y la salvación de otros, sino un Padre bueno que se revela en Cristo y que respeta la libertad de sus criaturas.

Palabras clave: Confesión arminiana, remonstrantes, atributos de Dios, teodicea arminiana, libertad divina, permisión del mal, conocimiento salvífico, Simon Episcopius.

Professor speaking to students around a wooden table with open books in a historic classroom

Introducción

El Capítulo 2 de la Confesión Arminiana de 1621, titulado «Sobre el conocimiento de la esencia de Dios», no fue escrito en la tranquilidad de un estudio teológico. Nació en medio de una tormenta eclesiástica y política. Apenas dos años antes, el Sínodo de Dort (1618-1619) había expulsado a los ministros remonstrantes de la Iglesia Reformada neerlandesa, forzándolos al exilio y dejándolos sin púlpito bajo la mirada hostil de las autoridades civiles.

Simon Episcopius, discípulo de Arminio y luego su sucesor en la Universidad de Leiden, asumió la tarea de redactar una declaración de fe que demostrara que los perseguidos no eran herejes, sino cristianos reformados que sostenían los principios fundamentales de la Reforma. El Capítulo 2 no constituye una formalidad introductoria; representa, más bien, el corazón teológico de toda la Confesión. Lo que Episcopius y sus colegas buscaban era presentar una visión de Dios fiel a las Escrituras y que, al mismo tiempo, desmontara la caricatura que sus adversarios habían construido sobre ellos. Si el Capítulo 1 había establecido que la Biblia es la única regla de fe y que ningún sínodo puede imponer su autoridad sobre la conciencia, el Capítulo 2 responde a la pregunta fundamental: quién es ese Dios que habla en las Escrituras. La respuesta que ofrecen los remonstrantes es que no se trata de un tirano que juega con el destino de los hombres, sino de un Padre cuya naturaleza misma es amor, justicia y bondad.

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El conocimiento de Dios: no especulación, sino relación salvífica

El capítulo se abre con una afirmación que sintetiza el propósito de la teología arminiana. Episcopius escribe:

«Además, toda nuestra religión contenida en estos libros sagrados puede resumirse en el conocimiento correcto del único Dios verdadero y de Jesucristo el mediador a quien él ha enviado, y en una adoración legítima de ambos, bajo la esperanza de la vida eterna e inmortal después de la muerte, que se ha de obtener ciertamente en el cielo según la libre promesa del mismo.»

La religión no se reduce a un conjunto de reglas ni a un catálogo de doctrinas que deben memorizarse para obtener la salvación. Consiste, más bien, en conocer a una persona. Conocer a Dios y a Jesucristo no es un ejercicio intelectual abstracto; implica entrar en una relación viva que transforma la existencia. Ese conocimiento no es neutral: está orientado a la adoración y a la esperanza.

Episcopius propone un método teológico de gran sabiduría pastoral. Para conocer a Dios, dice, es necesario atender a tres dimensiones: su naturaleza (quién es él en sí mismo), sus obras (lo que hace) y su voluntad (lo que espera de la humanidad). El texto completo del párrafo 2 expresa esto con claridad:

«Pero para que Dios sea conocido rectamente y adorado piadosamente según las Escrituras, tres cosas deben ser consideradas y necesariamente sostenidas por nosotros: Su naturaleza, Sus obras y Su voluntad. Por la naturaleza de Dios, podemos entender rectamente que en Sí mismo y de Sí mismo es el más digno de ser adorado por nosotros. Por Sus obras, podemos conocer verdaderamente que Él puede justa y merecidamente exigir de nosotros cualquier clase de adoración que desee. Finalmente, por Su voluntad, podemos estar convencidos de que Él quiere ser adorado por nosotros, y al mismo tiempo se nos da a conocer de qué manera desea y debe ser adorado, para que uno pueda esperar ciertamente la salvación eterna de Él.

Sin embargo, no es necesario sostener [conocer] todo lo concerniente a la naturaleza y obras de Dios en todo respecto (al menos lo que pertenece a la esencia divina y a todos los modos de su obrar y tipos de operaciones, y mucho menos todas aquellas cosas que, ya sea según las opiniones hipotéticas y especiosas de las escuelas, o según el discurso probable de la razón, suelen ser afirmadas por ellos), sino solo aquellas sin las cuales la voluntad divina, revelada en las Escrituras, no puede ser rectamente entendida ni atendida por nosotros, ya que en toda la Escritura se dice que solo aquellos que obedecen la voluntad divina y sirven Sus mandamientos conocen verdaderamente a Dios, y, por el contrario, los que no Le obedecen no conocen a Dios.

Ciertamente, solo eso merece ser llamado conocimiento salvífico de Dios que está unido a la práctica de la piedad. Ciertamente, otras cosas pertenecientes a esto son más o menos útiles, ya sea para promover la piedad o para entender mejor y resolver con éxito las controversias religiosas que puedan ocurrir; sin embargo, no deben ser sostenidas como doctrinas necesarias de fe que no pueden ser ignoradas sin pérdida de la salvación.»

Episcopius sostiene que no es necesario ser un teólogo profesional para alcanzar la salvación. No se requiere un conocimiento exhaustivo de la esencia divina ni el dominio de las sutilezas escolásticas. Lo que realmente importa es el conocimiento que se traduce en piedad. Esta declaración tiene implicaciones radicalmente prácticas: conocer a Dios no consiste en acumular información, sino en vivir conforme a su voluntad. Si el conocimiento de Dios no conduce a una vida más amable, justa, humilde y amorosa, entonces no es conocimiento auténtico, sino mero ruido teológico.

A historical lecture room with students seated and writing while a professor stands at a podium lecturing.

Los atributos de Dios: un retrato del Padre

Episcopius desarrolla nueve atributos divinos: unidad, eternidad, inmensidad, omnisciencia, libertad de voluntad, bondad, justicia, omnipotencia y bienaventuranza. No los presenta como un profesor que dicta una lección, sino como un pastor que busca que su congregación confíe en el Dios al que adora. Cada atributo no es una fría perfección metafísica, sino una razón para la esperanza y la obediencia.

La unidad de Dios: fundamento de la exclusividad de la adoración

El quinto párrafo del capítulo expone el primer atributo:

«(1.) Dios es uno, en cuanto que él solo, sin asociado, es el más supremo y alto, que no tiene ninguno antes de él ni por encima de él de quien dependa para ser, querer o actuar; sino que él tiene su deidad y soberanía divina sobre todas las cosas de sí mismo. No hay ni puede haber otro que pueda competir con todos sus atributos de verdadera deidad. Debido a esta autoridad absolutamente absoluta o poder irresistible, él puede decidir lo que quiera con respecto a todas sus criaturas y bienes, es decir, dar, quitar, preservar, destruir, dar vida, matar, mandar, prohibir, permitir, castigar, perdonar, aumentar, disminuir, cambiar, trasladar, etc., como sabe que es conveniente para su gloria y la salvación de los suyos, y ve que concuerda con su sabiduría, bondad y justicia.»

La unicidad de Dios libera al creyente de recurrir a santos, a la suerte o a los astros en busca de favores. Dios es la única roca; no hay poder superior que pueda torcer su voluntad. Por tanto, si Dios ha hecho una promesa, no existe fuerza en el universo capaz de anularla. Esta unicidad no es abstracta: constituye la base de la adoración exclusiva y de la dependencia total del creyente.

La eternidad de Dios: garantía de la esperanza

El sexto párrafo aborda la eternidad divina:

«(2.) Él es eterno, porque siempre fue, siempre es, y así será, sin principio ni fin, ni alteración alguna. Ciertamente es el único que es necesariamente viviente por naturaleza, o que tiene vida e inmortalidad de sí mismo, y por lo tanto en sí mismo es para siempre inmutablemente incorruptible, y en todo sentido inmutable. Finalmente, es el autor supremo y único dador de la vida eterna, graciosamente prometida a nosotros en Jesucristo.»

En un mundo donde todo caduca, donde los afectos se debilitan y las fuerzas se agotan, la eternidad de Dios ofrece un ancla. Su paciencia es inagotable y su compromiso salvífico en Cristo es inquebrantable. La eternidad divina no es un dato frío; es la garantía de que la vida eterna prometida no es un espejismo, sino una realidad segura.

La inmensidad y omnipresencia de Dios: consuelo ante la soledad

El séptimo párrafo desarrolla la inmensidad divina:

«(3.) Él es infinito e inmenso, porque llena el cielo y la tierra de tal manera que no puede ser limitado a ningún espacio determinado de lugares, ni confinado dentro de ningún límite; sino que está presente en todas partes, en todos los lugares, aunque los más ocultos o remotos, de una manera general e incomprensible. Aun así, de una manera específica, él habita especialmente y gloriosamente en el cielo de los bienaventurados, y ejerce la eficacia especial de su gracia en sus santos, aunque de manera desigual. A partir de esto, los diversos grados de presencia divina se entienden sin dificultad por las diversas cosas de la creación.»

No existe rincón oscuro de la vida humana donde Dios no esté presente. Cuando el creyente se siente solo, Dios está ahí. Cuando nadie parece ver, la mirada divina acompaña con compasión. No hay «modo avión» en la presencia de Dios. Episcopius distingue grados de presencia divina: Dios está en todas partes de manera general, pero habita de modo especial en el cielo y en el corazón de sus santos. Esa presencia especial es la que sostiene la fe.

La omnisciencia de Dios: transparencia y confianza

El octavo párrafo expone la omnisciencia divina:

«(4.) Él es omnisciente, y ciertamente de conocimiento infalible, porque no solo conoce íntimamente de manera absoluta todo lo que tiene ser, tal como son individualmente en sí mismos, sean buenos o malos, pasados, presentes, futuros, así como posibles e hipotéticos, e incluso los pensamientos más íntimos del corazón, las palabras más secretas, los hechos más ocultos (bajo lo cual incluiremos también las omisiones), sino porque también los mantiene más presentes en la memoria, y ve todo lo que es hecho por nosotros, correcta o incorrectamente, como si estuviera puesto ante sus ojos; de modo que este conocimiento no puede ser borrado ni por ignorancia ni por olvido, ni por fraude o engaño, ni por ningún artificio o decepción. Finalmente, él sabe sabiamente cómo ordenar, disponer, dirigir y gestionar todas las cosas, y así perpetuamente.»

Dios conoce los pensamientos más íntimos y las luchas internas de cada persona. Lejos de ser una amenaza, esta omnisciencia es un alivio para el creyente, que no necesita fingir delante de Dios. La fragilidad humana es conocida y, sin embargo, amada. La omnisciencia divina no es la mirada de un juez que busca condenar, sino la de un padre que comprende y que, además, «sabe sabiamente cómo ordenar, disponer, dirigir y gestionar todas las cosas». No hay azar en la vida del creyente; hay un Dios que todo lo sabe y todo lo gobierna para el bien de los suyos.

La libertad de la voluntad divina: el núcleo de la controversia

El párrafo 9 constituye, probablemente, el pasaje más significativo del capítulo desde el punto de vista polémico. Episcopius aborda aquí la cuestión de la libertad de la voluntad divina y su relación con el mal, con una precisión que desmonta las caricaturas que los calvinistas hacían del arminianismo:

«(5.) Su voluntad es completamente libre, porque no puede ser forzado a querer, rechazar o permitir [algo] ni por la necesidad interna de su naturaleza, ni por poder externo, ya sea de alguna fuerza o de la eficacia de un objeto que esté fuera de sí mismo o que vaya a estarlo. Sino que, según su juicio más libre o el mero consejo de su voluntad, o su buen placer, él se extiende a querer, rechazar o permitir todas las cosas. Y ciertamente todas las cosas buenas las quiere de tal manera que también las aprueba y las busca.

Algunas cosas también las manda, aconseja, desea, anhela y siempre, a su manera, las efectúa. Pero él verdaderamente no quiere las cosas malas de culpa o pecados (es decir, no solo la maldad misma, sino también los actos viciosos, en la medida en que la maldad o culpa se adhiere necesariamente a ellos, ya sea en sí mismos o por la ley establecida), sino que las odia, rechaza, prohíbe, disuade, castiga y a menudo las inhibe, pero nunca las causa ni las busca. Sin embargo, él las permite voluntariamente y quiere permitirlas, no porque quiera que sean hechas por nosotros o las ordene eficazmente, sino porque permite y no impide que nuestras acciones procedan como él podría. Y [hace] esto no para trastornar el orden una vez constituido por sí mismo, para no destruir ni rescindir la libertad que dio a su criatura.»

Hasta aquí, la afirmación no difiere sustancialmente de la teología reformada clásica. Pero la distinción crucial es que Dios no es el autor del pecado. El pecado surge del mal uso de la libertad creada. Dios permite el mal porque ha otorgado una libertad genuina, y un amor forzado no es amor, sino coerción. Un acto de fe programado no es fe, sino un reflejo condicionado. Al permitir el mal, Dios no lo aprueba ni lo causa; simplemente respeta el orden creado y la libertad que él mismo otorgó. Si Dios hubiera decretado absoluta e incondicionalmente la condenación de algunos, entonces sería el autor del pecado y de la condenación, una conclusión que los remonstrantes rechazan con firmeza. El Dios revelado en la Escritura no es un tirano que juega a los dados con el destino eterno de los hombres, sino un padre que, por amor, ha hecho libres a sus criaturas y respeta esa libertad incluso cuando se usa para apartarse de él.

La bondad de Dios: universal y misericordiosa

El décimo párrafo expone la bondad divina:

«(6.) Él es sumamente bueno, primero en sí mismo, luego hacia sus criaturas. Porque no solo es completamente perfecto por naturaleza, y por lo tanto completamente amable, sino que también es muy bondadoso y generoso hacia sus criaturas, aunque de manera desigual, y a veces también hacia los pecadores. Hacia sus creyentes, él es verdaderamente clemente, benigno, paciente y misericordioso. Ciertamente, está dispuesto con el mayor fervor a comunicarles el bien supremo y eterno, del cual no hay nada mejor o mayor que pueda ser deseado o tenido por ellos.»

Esta afirmación de la bondad universal de Dios, incluso hacia los pecadores, es central para la teología arminiana. Dios no es rencoroso; su inclinación natural es salvar, no condenar. Hacia los creyentes, Episcopius afirma que Dios es «verdaderamente clemente, benigno, paciente y misericordioso», y está «dispuesto con el mayor fervor a comunicarles el bien supremo y eterno». Esta no es una fe de esclavos que tiemblan ante un déspota, sino una fe de hijos que confían en la bondad de su padre.

La justicia de Dios: equidad inflexible y fidelidad

El undécimo párrafo aborda la justicia divina:

«(7.) Él es justísimo e imparcial, y ciertamente de justicia y equidad inflexible, no tanto porque siempre ama en nosotros lo que es recto y equitativo, y odia toda iniquidad—por esto es llamado «santo» en la Escritura—sino porque nunca causa daño a nadie, y en todas sus obras y juicios (especialmente al hacer leyes, distribuir recompensas e infligir castigos) él siempre preserva exactamente la rectitud y la justicia, por la cual da a cada uno lo que le corresponde, y ejerce una justicia imparcialísima. Finalmente, porque es verdadero, sincero y de ninguna manera engañoso en sus palabras, y fidelísimo y constante en el cumplimiento de sus pactos y promesas.»

La justicia divina no es arbitraria. No castiga por capricho, sino porque el pecado es destructivo y la justicia exige que cada uno reciba lo que merece. Pero esta justicia no es fría imparcialidad; está acompañada de verdad y fidelidad: Dios es «verdadero, sincero y de ninguna manera engañoso en sus palabras, y fidelísimo y constante en el cumplimiento de sus pactos y promesas». La confianza en Dios está bien fundada: él no falla.

La omnipotencia de Dios: poder al servicio del amor

El duodécimo párrafo expone la omnipotencia:

«(8.) Él es omnipotente, o de poder invencible e insuperable, porque puede hacer todo lo que quiere, aunque todas las criaturas sean reacias. Ciertamente puede hacer siempre más de lo que realmente quiere, y por lo tanto puede hacer simplemente todo lo que no implique contradicción, es decir, lo que no sea necesaria y en sí mismo repugnante a la verdad de ciertas cosas, ni a su propia naturaleza divina.»

Dios posee todo el poder, pero lo ejerce con sabiduría. No emplea su omnipotencia para violar la voluntad humana, sino para sostener y fortalecer al creyente en su elección. Su poder no está limitado por nada fuera de él, sino por su propia naturaleza y por el respeto a la libertad otorgada a la criatura.

La bienaventuranza de Dios: fuente de toda alegría

El decimotercer párrafo concluye la lista de atributos:

«(9.) Finalmente, él es bienaventurado o feliz, y ciertamente de bienaventuranza perfecta e incomprensible, porque posee tanto una naturaleza en todo sentido absoluta como una majestad gloriosa en sumo grado, y abunda en los tesoros de todo bien. Ni teme mal alguno de nadie, ni necesita bien alguno fuera de sí mismo en ningún momento, sino que concede abundantemente de lo suyo como le place, ya que él es la fuente principal y siempre inagotable del bien.»

Dios es feliz. No es un ser amargado, sino la fuente de toda alegría. No necesita nada fuera de sí mismo, pero «concede abundantemente de lo suyo como le place». La meta final de la fe es participar de esa bienaventuranza divina.

Group of scholars dressed in period clothing in a university courtyard with historic brick buildings and an archway entrance.

Implicaciones prácticas de los atributos divinos

Lo más notable de este capítulo es que no se queda en la teoría. Los párrafos 14 al 23 desarrollan las implicaciones prácticas de cada atributo para la vida del creyente. Episcopius comienza esta sección con una afirmación general:

«Y así [concluimos con] lo que pertenece a los atributos esenciales de Dios, cuyo conocimiento de cada uno de ellos creemos que es muy útil, y en verdad hasta este punto necesario, en la medida en que sin su conocimiento no podemos adorar correctamente a Dios, sino que por él podemos hacerlo. Porque como Dios es uno, es enteramente justo y necesario para nosotros que dependamos de él solo en toda manera con alma y cuerpo como el autor principal de nuestra salvación, y también, de igual modo, que toda nuestra adoración termine y se detenga en él solo.»

A continuación, Episcopius aplica cada atributo a la vida concreta del creyente. Por ejemplo, sobre el poder irresistible de Dios:

«Porque él es de poder irresistible y autoridad suprema, sometámonos a él con toda humildad como al Rey de reyes y Señor de señores, quienesquiera o dondequiera que estemos, sin estar jurados a nadie ni sujetos a nadie. Oremos continuamente a él por sus beneficios y otras necesidades, o ciertas cosas útiles para nosotros. Démosle gracias por las cosas recibidas, también soportemos con paciencia y ánimo tranquilo toda adversidad que él envíe, y nunca abusemos de nuestra prosperidad ni nos enorgullezcamos.»

Sobre la eternidad e inmutabilidad:

«Porque él es eterno e inmutable, con fe resuelta atrevámonos a esperar y confiar firmemente en el premio de la vida eterna, graciosamente prometido por él en Cristo, y creer ciertamente que él nunca en ningún momento lo derrocará él mismo, ni [permitirá] que nos sea arrebatado violentamente por otros.»

Sobre la inmensidad y omnipresencia:

«Porque él es inmenso y omnipresente, caminemos en todo lugar con circunspección, reverencia y cuidado, como en su presencia. Derramemos siempre a él nuestras oraciones y súplicas, con toda humildad y sumisión, y con firme confianza de ser oídos. No pensemos, digamos ni hagamos nada que no sea serio, grave y digno de la presencia de tan gran deidad.»

Sobre la omnisciencia:

«Porque él es de conocimiento infalible, vivamos sin culpa, sinceramente, y caminemos prudentemente delante de él. Deseemos probar nuestros pensamientos, palabras y acciones por él. Encomendemos continuamente nuestra buena causa a él. Con confianza, ofrezcamos a él nuestras oraciones, gemidos y suspiros. Y finalmente, estemos plenamente persuadidos de que él siempre cuida de nosotros y de todos nuestros asuntos.»

Sobre la libertad soberana:

«Porque él es de poder y voluntad libérrimos, cualquier bien que tengamos, ya sea en común con otros o en privado, ante otros hombres o pueblos (físico o espiritual), atribuyámoslo a su sola espontánea liberalidad y liberalidad libérrima. Busquemos siempre con diligencia y seriedad su gracia y favor, y procuremos retenerlos cuidadosamente. Intercedamos humildemente contra sus castigos y amenazas, y no juzguemos según nuestras propias percepciones lo que él haga o permita que otros hagan, o quiera que nosotros hagamos, sino respetémoslo siempre religiosamente como procedente de su mejor y libre voluntad.»

Sobre la bondad:

«Porque él es el mejor y más generoso, amémosle y deleitémonos en él con todo nuestro corazón, alma y todas nuestras fuerzas. Confiemos audazmente en sus promesas e imploremos confiadamente su gracia y misericordia. Conformémonos de buena gana y con entusiasmo a su voluntad benignísima, incluso bajo la cruz, y obedezcámosle siempre y en todo lugar.»

Sobre la justicia y santidad:

«Por su justicia y equidad inflexibles, y también su verdad, nunca murmuremos contra sus mandamientos, pruebas, visitaciones, castigos, permisión de males, etc., y nunca dudemos en ningún momento de sus promesas, amenazas y otras palabras. Y porque él es santísimo, imitémosle también en la búsqueda y ejercicio serios de la santidad.»

Sobre la omnipotencia:

«Porque él es de poder insuperable, temámosle a él, que puede arrojar alma y cuerpo al Gehena [el lugar de los muertos, el infierno], y temamos su terrible ira, y temamos seriamente los males que él amenaza. Busquemos los bienes que él promete, con fe firme y sin dudas. Finalmente, mientras sirvamos a Cristo, no temamos mucho la fuerza y el poder ni del diablo, ni de la muerte, ni del infierno, ni de tiranos, ni de otros enemigos, ni por ellos cometamos nunca nada indigno del nombre de Cristo.»

Finalmente, sobre la bienaventuranza:

«Porque él es bienaventurado, y ciertamente de bienaventuranza perfecta y majestad gloriosa, procuremos cuidadosamente participar de su gloria y gozo según nuestra medida, y por lo tanto deseemos estar perfectamente unidos a él después de esta vida, para verle cara a cara, y deseemos ser bendecidos y saciados con la plenitud de su casa y de todo el bien del cielo; y sostenidos con este deseo y esperanza inquebrantable, hagamos sinceramente todo lo que él manda. Huyamos cuidadosamente de lo que él prohíbe. Finalmente, soportemos con valor lo que él quiera que soportemos, aunque sean las amarguras más amargas y las muertes más vergonzosas sufridas por su nombre. Y así la naturaleza de Dios ha sido considerada común y absolutamente.»

Esta sección final revela que, para Episcopius, la doctrina de Dios no es un conjunto de proposiciones abstractas, sino una realidad viva que transforma toda la existencia del creyente. El conocimiento de Dios es inseparable de la obediencia, la adoración y la esperanza.

Young man sitting cross-legged, meditating with eyes closed in a historic room

Significación teológica en el contexto arminiano

El Capítulo 2 de la Confesión Arminiana cumple varias funciones teológicas relevantes.

En primer lugar, establece una base teológica clásica y ortodoxa. Episcopius presenta una doctrina de Dios reconociblemente agustiniana, tomista y reformada en sus líneas generales. Los remonstrantes no eran innovadores radicales; se mantenían dentro de la corriente principal de la tradición cristiana.

En segundo lugar, sienta las bases para la doctrina arminiana de la gracia y la predestinación que se desarrollará en capítulos posteriores. Al enfatizar que Dios es «bueno… hacia sus criaturas» y que «permite» el mal sin causarlo, Episcopius establece un marco teológico en el que la predestinación no puede ser entendida como un decreto absoluto e incondicional de condenación. Dios no puede ser el autor del pecado; el pecado surge del mal uso de la libertad humana.

En tercer lugar, el capítulo refleja la preocupación arminiana por la praxis cristiana. La teología no es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de la vida de fe. Cada atributo divino tiene implicaciones éticas y espirituales concretas. Esta aproximación práctica a la teología es característica del arminianismo, que enfatiza la responsabilidad humana y la necesidad de una fe obediente.

En cuarto lugar, el capítulo constituye una respuesta al contexto polémico posterior a Dort. Al presentar a Dios como un padre bueno que respeta la libertad de sus criaturas, Episcopius desmonta la caricatura que sus adversarios hacían de la teología arminiana. Los remonstrantes no creían en un Dios débil o caprichoso; creían en un Dios cuyo poder se ejerce siempre en armonía con su amor, su justicia y su respeto por la libertad humana.

Man in traditional dark clothing and hat leaning on wooden boat rail looking thoughtfully at sea

Una invitación a conocer a Dios

El Capítulo 2 de la Confesión Arminiana de 1621 es mucho más que un tratado sobre los atributos divinos. Es una invitación a conocer a Dios no como un objeto de especulación académica, sino como el Dios vivo que se revela en las Escrituras, que es digno de adoración, amor y obediencia, y que llama a la criatura a participar de su gloria y bienaventuranza eterna.

Episcopius escribió estas palabras desde el exilio, el sufrimiento y la persecución. Sin embargo, lo que emerge de su pluma no es amargura, sino una confianza profunda en la bondad de Dios. El Dios que adoran los remonstrantes no es un tirano que juega con el destino de los hombres, sino un padre que, por amor, ha hecho libres a sus criaturas y respeta esa libertad incluso cuando se usa para apartarse de él.

Esta es la fe de un remonstrante: una fe que conoce a Dios, confía en su bondad, obedece sus mandamientos y espera, con esperanza inquebrantable, el día en que verá a su Dios cara a cara. No es una fe de esclavos que tiemblan, sino una fe de hijos que aman. Y esa fe, nacida en medio de la persecución, sigue siendo hoy tan viva y relevante como lo fue en 1621.

Biblia en hebreo abierta con manuscritos

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Episcopius, Simon. 2005. The Arminian Confession of 1621. Editado y traducido por Mark A. Ellis. Eugene, OR: Pickwick Publications.
  • Edición bilingüe (latín-inglés) que contiene el texto completo de la Confesión. El Capítulo 2, «On the Knowledge of the Essence of God», se encuentra en las páginas 44-50.

Fuentes secundarias

  • Bangs, Carl. 1971. Arminius: A Study in the Dutch Reformation. Nashville: Abingdon Press. Reimpreso por Wipf & Stock, 1998.
  • Bavinck, Herman. 2003-2008. Reformed Dogmatics. 4 vols. Grand Rapids, MI: Baker Academic. Especialmente vol. 2: God and Creation.
  • Bray, Gerald. 2020. God: The Doctrine of Divine Attributes. Downers Grove, IL: IVP Academic.
  • Calder, Frederick. 1835. Memoirs of Simon Episcopius: The Celebrated Pupil of Arminius, and Subsequently Doctor of Divinity and Professor of Theology in the University of Leyden. Londres: Simpkin and Marshall.
  • Goudriaan, Aza, y Fred van Lieburg, eds. 2011. Revisiting the Synod of Dordt (1618-1619). Leiden: Brill.
  • McCall, Thomas H., y Keith D. Stanglin. 2021. After Arminius: A Historical Introduction to Arminian Theology. New York: Oxford University Press.
  • Milton, Anthony. 2005. The British Delegation and the Synod of Dort (1618-1619). Woodbridge: Boydell Press.
  • Olson, Roger E. 2006. Arminian Theology: Myths and Realities. Downers Grove, IL: IVP Academic.
  • Pinnock, Clark H., ed. 1989. The Grace of God, the Will of Man: A Case for Arminianism. Grand Rapids, MI: Zondervan.
  • Rohls, Jan. 1997. Protestantische Theologie der Neuzeit. Tübingen: Mohr Siebeck. Traducción inglesa: Protestant Theology in the Nineteenth Century. Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2002.

Este artículo es el segundo de una serie sobre la Confesión Arminiana de 1621. El anterior abordó el Prefacio y el Capítulo 1, centrados en los fundamentos epistemológicos y hermenéuticos de la protesta remonstrante.

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