Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Vida Cristiana

Arminianismo, la vía media, bíblica y equilibrada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Muchos cristianos temen identificarse como calvinistas o arminianos. Dicen estar hartos de las etiquetas y de los conflictos teológicos entre ambos sistemas. Muchos incluso reclaman estar posicionados teológicamente en un término medio entre el calvinismo y el arminianismo. Otros intentan justificar su indecisión con slogans piadosos: “¡Yo solo predico la Biblia!” Te dirán. “¡No sigo a hombres!” Argumentan otros. “Yo soy simplemente cristiano, no soy ni calvinista ni arminiano” Dice la mayoría. No culpo a estas personas por rendirse en su intento por comprender un poco (cuando menos) la inmensidad de quién es Dios, muy en el fondo quizá los inspire un deseo de ser pacificador, o cualquier otra razón. Los más honestos quizá admitan: “No sé, estoy indeciso, ambos sistemas teológicos tienen fuerte sustento en la Palabra de Dios. Eso me confunde.” ¿Es ese tu caso?

7

¿EXISTE UN SISTEMA QUE EQUILIBRE BÍBLICAMENTE LA CUESTIÓN DE LA SOBERANÍA DIVINA Y EL ALBEDRÍO Y LA RESPONSABILIDAD HUMANA? ¿EXISTE UNA VÍA INTERMEDIA ENTRE AMBAS VERDADES BÍBLICAS?

Sí, la hay. Existe una vía intermedia y equilibrada: ¡Se llama arminianismo! Muchos cristianos anhelan creer que hay espacio en la Biblia para una soberanía fuerte y meticulosa, y a la vez para la libertad humana. Un sistema que le dé a Dios la gloria debida a su nombre, que reconozca su soberanía sin necesidad de convertirlo en un titiritero universal ni difamar su carácter. ¿Adivina qué? ¡Eso es arminianismo! La verdad es que, pese a todo lo malo que se pueda decir de nosotros en círculos reformados, los arminianos simplemente amamos la Biblia y dejamos espacio para ambas posibilidades.

El problema es que lo que muchos conocen es una tergiversación del arminianismo. En círculos calvinistas al arminianismo se le ha llamado erróneamente semipelagianismo, si no es que pelagianismo absoluto. El pelagianismo es la creencia de que nosotros trabajamos para ganarnos la salvación. Como si nos despertáramos un día y dijéramos: “Sabes, quiero ser salvo”, y luego salgo a buscar a Dios y digo: “Oye, sálvame”. Y Dios respondiera: “¡Me encontraste! ¡Mereces ser salvo! ¡Toma! Pero ten cuidado, ahora estás solo en esto y, con cada error que cometas, puedes perder tu salvación y tendrás que empezar de cero una vez más”. No, ¡Eso no es arminianismo!

Jacobo Arminio, y los verdaderos representantes de su pensamiento creemos en una soberanía fuerte y meticulosa, en la que Dios busca a los pecadores, despierta sus corazones a su gracia y atrae a las personas, a menudo poco dispuestas como son, y los salva. Todo por su gracia y para su gloria. Para nosotros los arminianos ¡Incluso la misma fe es un regalo de la misericordiosa gracia de Dios!

“Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo. Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús…” (Efesios 2:8-9, NTV)

Es su gracia la que vence esa incredulidad inherente en el hombre y la mujer no regenerados. Creemos que, por la culpa y la maldad de los hombres, y en parte a la justa venganza de Dios, que abandona, ciega y endurece a los pecadores, todo el género humano está bajo maldición y bajo la esclavitud del pecado. Es su gracia la que nos libera para creer, es su gracia la venció nuestra resistencia natural; es por su gracia que hoy somos salvos por medio de la fe. ¿Atribuimos con esto mérito alguno al hombre por su salvación? ¡En ninguna manera! Antes bien afirmamos junto al profeta Jonás:

“Pero yo te ofreceré sacrificios con cantos de alabanza, y cumpliré todas mis promesas. Pues mi salvación viene solo del Señor».” (Jonás 2:9)

 Cuando los calvinistas no acusan de ser pelagianos o semipelagianos demuestran un pobre conocimiento de la teología arminiana. Si eres uno de esos calvinistas que han vivido engañados acerca de nosotros, déjame explicarme un poco nuestras verdaderas creencias. Quizá así tus prejuicios puedan desaparecer o, por lo menos, disminuir.

5

PELAGIANISMO Y SEMIPELAGIANISMO

El pelagianismo es la doctrina enseñada por Pelagio (siglos IV-V), un monje británico, ascético y acusado de heresiarca, quien negaba el pecado original y afirmaba que la gracia divina no era necesaria, ni gratuita, sino merecida por un esfuerzo en la práctica de la misma; sufrió una dura persecución por parte de la Iglesia de Roma tras enseñar ideas consideradas heréticas por los líderes de ésta.

La doctrina de Pelagio enseña que el pecado de Adán no afectó a las futuras generaciones de la humanidad. Según el Pelagianismo, el pecado de Adán era únicamente suyo, y los descendientes de Adán no heredaron una naturaleza pecaminosa transmitida a ellos. Él creía que Dios crea directamente a cada alma humana, y, por lo tanto, cada alma humana comienza en la inocencia y está originalmente libre de pecado. No somos básicamente malos, dice la enseñanza pelagiana; somos básicamente buenos.

Pelagio enfatizó la libertad de la voluntad humana, enseñando esencialmente que todo pecado es el resultado de una elección consciente del mal sobre el bien; todos tienen la capacidad de elegir libremente hacer el bien todo el tiempo. Y, puesto que no hay tal cosa como el pecado original o una naturaleza pecaminosa heredada, entonces no podemos culpar a Adán. Dios nos creó buenos, así que nadie tiene una excusa para pecar. Si no estás viviendo una vida santa, es porque no te esfuerzas lo suficiente.

La característica principal del pelagianismo es su dependencia de la libertad humana y de la fuerza de voluntad, en lugar de la gracia de Dios. Sin embargo, al decir que todos poseemos un poder inherente para elegir la santidad para nosotros mismos, Pelagio dejó sin efecto la gracia de Dios. El Pelagianismo cree que los seres humanos podemos elegir obedecer los mandamientos de Dios, y, si tan sólo conociéramos nuestra verdadera naturaleza, podríamos agradar a Dios y salvarnos a nosotros mismos.

Pelagio y sus doctrinas fueron combatidos por Agustín de Hipona y condenados por el Concilio de Cartago en el año 418 d.C., el mismo año en que Pelagio fue excomulgado. Sin embargo, la doctrina no desapareció y tuvo que ser condenada de nuevo por el Concilio de Éfeso (431 d.C.) y por los concilios eclesiásticos posteriores. El pelagianismo sobrevive hasta el día de hoy y aparece en cualquier enseñanza de carácter humanista, antropocéntrica y en aquellos sistemas que, a pesar de identificarse como cristianos, creen en la salvación por obras.

9

¿Qué podemos decir acerca del semipelagianismo? El término “semipelagianismo” fue acuñado en el siglo XVI para designar un movimiento religioso complejo, polarizado en torno a los problemas de la gracia, la predestinación y el libre albedrío. Sus oponentes lo llamaron las «reliquias de la corrupción pelagiana». Sus representantes más destacados fueron Juan Casiano, abad de San Víctor en Marsella; Vicente de Leríns y Fausto de Riez.

¿Qué creían los semipelagianos? Los semipelagianos admitían, en contraposición Pelagio, la necesidad de la gracia para el crecimiento en la fe y la perseverancia en el bien, pero afirman que en el alma humana reside una semilla de virtudes cristianas y es ella la que inicia el acto de fe, la cual es considerada una obra del propio querer. Es decir, excluyen la gracia del inicio de la conversión, haciéndola intervenir sólo posteriormente: al hombre se le debe el inicio de la conversión; a Dios, la perseverancia.[1]

Aunque los semipelagianos creían que la caída de Adán tuvo consecuencias para sus descendientes, por cuanto están físicamente conectados con él, también afirman que el estado moral que entró en vigor en la raza humana como resultado de la transgresión de Adán no es uno de pecado y culpa, sino de debilidad, carencia y enfermedad.[2] Para el semipelagianismo, la caída no fue tan profunda, sino que permitió que el hombre conservarse un poco de su voluntad para cooperar en su salvación. Enseñaban que el hombre retenía una medida de libertad con la cual puede cooperar con la gracia de Dios. La voluntad del hombre ha sido debilitada y su naturaleza afectada por la Caída, pero él no es totalmente depravado.[3]

El semipelagianismo pretendía ser el punto de equilibrio entre el agustinianismo y el pelagianismo. Pero la perspectiva semipelagiana del pecado original, apenas se apartaba de las ideas de Pelagio y estaba abierta a las mismas objeciones. Los semipelagianos consideraban la doctrina agustiniana de la predestinación como un «horrendo sacrilegio» que apaga en el alma la esperanza cristiana, frena la iniciativa en el hombre y limita la eficacia redentora de la sangre de Cristo. Su doctrina sobre el pecado original enseñaba que el pecado de Adán debilitó, mas no extinguió en nosotros, el vigor del libre albedrío. Con la caída, el libre albedrío quedó sencillamente debilitado. Según el semipelagianismo, al hombre le cuesta luchar contra el mal y practicar la virtud, sin embargo, no le es imposible. No hay excusa para el malvado y la desobediencia a la ley es producto de una voluntad libre y señora de sus actos.[4] Al menos en este punto, los semipelagianos coincidían con Agustín.

4

¿QUÉ ASPECTOS DIFERENCIAN AL ARMINIANISMO DEL PELAGIANISMO Y EL SEMIPELAGIANISMO?

Al estudiar las diferencias entre estos tres sistemas, salen a debate 5 cuestiones teológicas principales:

  1. Cómo Dios gobierna sobre el mundo (Providencia)
  2. La naturaleza del pecado (depravación)
  3. La condicionalidad de la salvación (Elección)
  4. El papel de la gracia (gracia preventiva)
  5. La naturaleza de la expiación (Expiación)

AGUSTÍN 7

I.- LA PROVIDENCIA (COMO DIOS GOBIERNA SOBRE EL MUNDO):

La Providencia Divina se define como el medio por y a través del cual Dios gobierna todas las cosas en el universo. La doctrina de la Providencia Divina afirma que Dios está en control absoluto de todas las cosas. Esto incluye al universo en su totalidad (Salmo 103:19), el mundo físico (Mateo 5:45), los asuntos de las naciones (Salmo 66:7), el nacimiento del ser humano y su destino (Gálatas 1:15), los éxitos y los fracasos humanos (Lucas 1:52), y la protección de Su pueblo (Salmo 4:8). Esta doctrina se opone directamente a la idea de que el universo sea gobernado por la casualidad o el destino. El propósito, o la meta, de la providencia divina es llevar a cabo la voluntad de Dios. Para asegurar que Sus propósitos sean cumplidos, Dios gobierna los asuntos del hombre y obra a través del orden natural de las cosas. Las leyes naturales son nada más que una representación de Dios obrando en el universo.

Dicho de otra manera, la doctrina de la providencia divina afirma que Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de Su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece. Según la doctrina de la providencia Divina, el medio principal por el cual Dios cumple Su voluntad es a través de causas secundarias (las leyes naturales, la elección del hombre). En otras palabras, Dios obra indirectamente a través de estas causas secundarias para cumplir Su voluntad.

Los seres humanos no somos libres de escoger o actuar fuera de la voluntad de Dios. Todo lo que hacemos y todo lo que elegimos está en plena conformidad con la voluntad de Dios, aun nuestras decisiones pecaminosas (Génesis 50:20). Al final de cuentas, es Dios Quien controla nuestras decisiones y acciones (Génesis 45:5; Deuteronomio 8:18; Proverbios 21:1). Sin embargo, pretendiendo hacer malabares teológicos, el calvinismo afirma que, aunque Dios lo determina todo de antemano, Él lo hace de tal manera que esto no viole nuestra responsabilidad como agentes moralmente libres, ni tampoco invalide la realidad de nuestra decisión. A esto se le denomina compatibilismo.[5]

La cuestión de la Providencia es quizá el único aspecto en el cual estos tres sistemas (arminianismo, pelagianismo y semipelagianismo) se unen contra el agustinianismo/calvinismo y mantienen algún grado de acercamiento entre sí. Las tres posiciones rechazan la noción de determinismo (la idea de que todo lo que sucede debe haber sucedido o fue la voluntad directa de Dios). A su vez, las tres posiciones defienden el concepto de Libre Albedrio Libertario, o libertarianismo, el cual puede definirse como la conjunción de un rechazo al compatibilismo junto con la afirmación de que los humanos (al menos ocasionalmente) poseen libre albedrío. Es decir que el libertarianismo afirma que poseemos libertad de responsabilidad moral y racional[6] y que la libertad necesaria para una acción responsable no es compatible con el determinismo.[7]

En este sentido, de acuerdo con la enseñanza arminiana, un agente toma decisiones (al menos algunas veces) de acuerdo con el librepensamiento (razón), y no sujeto irremediablemente a las leyes deterministas de la naturaleza, a la manipulación de Dios sobre su voluntad o cualquier otra cosa. Por lo tanto, si los humanos somos libres y podemos pensar y tomar nuestras propias decisiones, también nos responsabilizamos por estas elecciones y acciones. Esta capacidad es la esencia del libre albedrío libertario y la Biblia es consistente con ella de principio a fin. En 1 Corintios 10:13 se nos dice:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla.”

De acuerdo con Pablo, cada vez que hemos pecado, Dios nos ha provisto una salida para que no tengamos que hacerlo. Entonces, se deduce que cuando pecamos, fuimos capaces de no pecar, y pudimos no haber pecado si así lo hubiéramos elegido. Ni Dios ni nadie determinó que cayéramos. Fue nuestra elección. Sin embargo, elegimos pecar libremente de todos modos. De esto se deduce que tenemos libre albedrío. Puesto que somos capaces de no pecar, somos, por consiguiente, responsables de nuestro pecado. No podemos escapar de nuestro pecado diciendo: “el diablo me obligó a hacerlo”. Peor aún, jamás podríamos argumentar que fue Dios quien, en su soberanía, predeterminó que pecásemos de tal o cual forma. Somos responsables por nuestros propios pensamientos (2 Corintios 10:5 y Colosenses 2:8) y acciones.

Sin embargo, si bien estamos de acuerdo con la idea de Libre Albedrío Libertariano, los arminianos tendemos a pensarlo de manera diferente a como lo haría un pelagiano o semipelagiano. El arminianismo se centra en la creencia en la bondad de Dios. Entonces, para nosotros, el Libre Albedrío Libertario es principalmente un concepto teórico. En otras palabras, el Libre Albedrío Libertario es una mera conclusión a la que llegamos para defender el carácter y la personalidad de Dios de la acusación de que Él creó el mal, o de que Él hace el mal. De hecho, los arminianos conocedores rara vez hablan del Libre albedrío Libertariano. Cuando hablamos de salvación o moralidad, preferimos hacerlo en términos de fe o gracia. Esto no es así con los pelagianos. El pelagianismo se ocupa principalmente de la gestión de la moral. Entonces, el pelagiano está más enfocado en cómo el Libre Albedrío Libertario nos da el poder de hacer lo que es bueno. Esto también es cierto para la mayoría de los semipelagianos. Su enfoque está en usar nuestras voluntades para obtener el control de nuestras vidas y acciones, no en defender el honor, carácter y bondad de Dios.

AGUSTÍN 8

II.- LA DEPRAVACIÓN DEL HOMBRE Y LA NATURALEZA DEL PECADO

El arminianismo se distancia del pelagianismo y el semipelagianismo en su doctrina acerca de la depravación del hombre. Los pelagianos creen que los humanos nacen moralmente neutrales o buenos. El pecado es algo que tenemos que aprender. Como tal, depende de la persona elegir lo bueno y evitar lo malo. Los semipelagianos están de acuerdo en este punto, aunque a veces admitirán algún daño o discapacidad que exista en nuestras almas, lo que obstaculizará el bien. En otras palabras, a menudo creen en la naturaleza del pecado. Pero, aun así, creen que nacemos capaces de hacer el bien.

Los arminianos no podríamos estar más en desacuerdo. En este punto nos unimos a nuestros hermanos calvinistas en su afirmación de que los humanos nacemos depravados: inclinados hacia lo que es malo, pecaminosos y egoístas por naturaleza. Los arminianos creemos en la depravación total del hombre. Creemos que el ser humano no tiene gracia salvadora de sí mismo, ni de la energía de su libre albedrío, en la medida en que él, en el estado de apostasía y pecado, no puede por sí mismo ni pensar, ni desear, ni hacer nada que sea realmente bueno. Esto incluye la fe salvadora, la cual el hombre es incapaz de ejercer por sí mismo sin auxilio de la gracia.

Arminio escribió:

“En este estado [tras la Caída] el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no sólo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia Divina: Puesto que Cristo ha dicho: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’… Cristo no dice, ‘separados de mí no podéis hacer más que unas pocas cosas’, ni tampoco, ‘separados de mí no podéis hacer ninguna cosa difícil’, o ‘separados de mí vais a tener muchas dificultades para hacer las cosas’. Lo que dice es ‘separados de mí nada podéis hacer’…”[8]

El Tercer Artículo de la Remonstrancia afirma:

“El hombre no posee fe salvadora por sí mismo, ni a partir del poder de su libre albedrío, visto que, en su estado de apostasía y de pecado, no puede, de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer, algo de bueno (que sea verdaderamente bueno tal como es, primeramente, la fe salvadora); pero, es necesario que Dios, en Cristo, por su Espíritu Santo, lo regenere y lo renueve en el intelecto, en las emociones o en la voluntad, y en todos sus poderes, con el fin de que él pueda correctamente entender, meditar, querer y proseguir en lo que es verdaderamente bueno, como está escrito en Juan 15.5 “porque separados de mí nada podéis hacer.” (RVR1960)”[9]

Pero el arminianismo va más allá en sus afirmaciones. El Cuarto Artículo de la Remonstrancia afirma:

“Esta gracia de Dios es el principio, el progreso y la consumación de todo lo bueno, tanto que ni siquiera un hombre regenerado puede, por sí mismo, sin esta precedente o preveniente, excitante, progresiva y cooperante gracia, querer o terminar cualquier bien, mucho menos resistir a cualquier tentación al mal. Por ello, todas las buenas obras y buenas acciones que puedan ser pensadas, deben ser atribuidas a la gracia de Dios en Cristo…”[10]

En la teología arminiana el hombre está caído, desamparado espiritualmente y en estado de esclavitud de la voluntad. No hay ninguna habilidad humana natural dando al hombre condiciones para iniciar su salvación. A causa de la Caída, los hombres nacen, espiritual y moralmente, en estado de total depravación, y por lo tanto son incapaces de realizar cualquier bien delante de Dios sin el amparo de su gracia preveniente. Tal incapacidad es física, intelectual y volitiva. Todo aspecto de la naturaleza y la personalidad humana se ven afectados. No hay ningún bien espiritual que el ser humano pueda hacer aparte de la gracia divina. Solamente por la gracia los efectos del pecado original pueden ser superados y el ser humano, finalmente, podrá cumplir los mandamientos espirituales de Dios. La depravación total es extensiva, alcanzando, incluso, el libre albedrío. Por causa de la Caída la voluntad humana se tornó esclava del pecado. ¿Qué significa esto? Qué la voluntad del hombre se tornó perversa, su intelecto se oscureció, y sus afectos quedaron alienados; cada área de su vida quedó sujeta a servidumbre.

La Biblia, Arminio y los arminianos en general, reconocemos que la mente de un hombre carnal y natural es obscura y sombría, que sus afectos son corruptos y excesivos, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre sin Cristo está muerto en delitos y pecados. De ello encontramos amplias referencias bíblicas: Nuestro cuerpo (Romanos 6:6,12 Romanos 7:24), la razón humana (Romanos 1:21; 2 Corintios 3:14-15), las emociones humanas (Gálatas 5:24, 2 Timoteo 3:2-4), y la voluntad misma del hombre (Romanos 6:17) han sido afectadas por el pecado. Por tal razón, todo verdadero arminiano defiende (en oposición al pelagianismo y el semipelagianismo) la doctrina de la depravación total. No somos culpables de negar dicha verdad como nos acusa el calvinismo. Los arminianos creemos que los humanos son totalmente incapaces de hacer cualquier bien espiritual aparte de la gracia divina.

E

III.- LA CONDICIONALIDAD DE LA SALVACIÓN, ELECCIÓN Y EL PAPEL DE LAS OBRAS

Como se señaló con anterioridad, el pelagianismo se ocupa principalmente de fomentar la buena moral. No es de extrañar entonces que su punto de vista sobre la salvación sea legalista. Los pelagianistas creen que para ser salvo, uno debe vivir de acuerdo con la ley de Dios. Los que viven bien serán salvados, y los que no lo hagan serán condenados.

El semipelagiano también es legalista. Sin embargo, a diferencia de los pelagianos, no creen en la perfección moral, sino en la lucha por la perfección moral. Aquellos que buscan al Señor recibirán asistencia para hacer lo correcto, y luego serán salvos. Sin embargo, primero debemos tomar la iniciativa e invitar a Dios a nuestras vidas. Esto nos lleva a aclarar un punto importante: Mucho de lo que los calvinistas a menudo etiquetan como arminianismo en realidad no lo es. Los sistemas legalistas y de salvación por obras propios de sectas como los adventistas del séptimo día, mormones, testigos de Jehová, el catolicismo e incluso muchas iglesias que se dicen evangélicas, son en realidad semipelagianismo, no arminianismo. Es falta de integridad en los calvinistas afirmar que nosotros, los arminianos, practicamos un sistema de salvación por obras.

En el arminianismo, la elección está condicionada a la fe en Jesucristo, no a mis propios méritos. Ahora bien, la fe salvadora no es lo mismo que la simple creencia. No es que yo crea que Jesús es el Cristo; sino más bien que creo en Jesús, quien es el Cristo. No es lo que hago o lo que sé; es a quién conozco. Es la confianza y dependencia de Cristo lo que trae salvación, para que ningún hombre pueda jactarse. Entonces, no es por nuestras acciones o nuestros logros, que somos salvos, sino por estar en la presencia de nuestro Señor, Jesús el Cristo.

Para los pelagianos y semipelagianos, la elección para salvación depende de mis obras. De mi capacidad para perseverar y guardar los mandamientos. De mi buen récord como de fidelidad como creyente. En este sentido, para el pelagiano y el semipelagiano, la elección de Dios sobre mí depende de lo que yo haga para que él me considere un elegido. Nuestra obediencia le impone a Dios los términos de la elección. Por el eso el pelagiano y el semipelagiano no puede tener ni seguridad, ni certeza de su salvación. Vive en una constante pérdida y recuperación de la misma en base a sus obras, siempre luchando por la perfección moral y creyendo que, sin la misma, su salvación no es segura Lamentablemente esto es lo que se enseña en muchas iglesias evangélicas hoy día. Pero eso tampoco es arminianismo. En el arminianismo, las decisiones eternas de Dios son hechas sin ninguna condición impuesta sobre Él. Dios ha decretado de manera incondicional una elección condicional, escogiendo individuos como creyentes, a fin de salvarlos por gracia, por medio de la fe.

Los arminianos creemos que la gracia inmerecida del Señor es necesaria “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). La única manera de recibir la gracia salvadora de Dios es a través de la fe en Cristo:

“pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de dios…la justicia de dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (romanos 3:21-22).

Creemos que la gracia salvadora resulta en nuestra santificación, y que a través de ella Dios nos conforma a la imagen de Cristo. En el momento de la salvación por gracia a través de la fe, Dios nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Y Él promete nunca abandonar a Sus hijos:

“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Por eso, mi salvación no depende de mi capacidad para obedecer, ni de mi buen récord como creyente, sino de Dios. Los arminianos creemos además que no tenemos nada en nosotros que nos lleve a buscar a Dios (Romanos 3:10-11); no tenemos “gracia salvadora” por nuestra propia cuenta. Siendo básicamente inaceptables ante Dios, creemos firmemente que la salvación es la obra de Dios. Él da la gracia que necesitamos. Nuestra “gracia salvadora” es Cristo mismo. Su obra en la cruz es lo que nos salva, no nuestro propio mérito.

Los arminianos jamás hemos enseñado ni enseñaremos un sistema de salvación por obras. Enfatizamos, ciertamente, que la fe genuina en Cristo va a producir una vida cambiada y buenas obras (Santiago 2:20-26). Pero no creemos que la justificación es por fe más obras, sino que más bien una persona verdaderamente justificada por fe, va a tener buenas obras en su vida. Si una persona afirma ser un creyente, pero no tiene buenas obras en su vida, entonces es probable que no tenga una fe genuina en Cristo (Santiago 2:14, 17, 20, 26). Pablo, el apóstol de la gracia, dice lo mismo en sus escritos. Los buenos frutos que los creyentes deberían tener en su vida, se mencionan en Gálatas 5:22-23. Inmediatamente después de decirnos que somos salvos por fe y no por obras (Efesios 2:8-9), Pablo nos informa que fuimos creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10).

9

IV.- EL PAPEL DE LA GRACIA (GRACIA PREVENTIVA)

Otro punto importante de divergencia con pelagianos y semipelagianos es nuestra comprensión de la gracia. Todos los cristianos, desde los pelagianos hasta los calvinistas, creen que Dios nos otorga gracia antes de que seamos salvos. Donde todos diferimos es cuál es el acto, o actos de gracia, que ocurren antes de la salvación.

Los pelagianos tienen la comprensión más inusual de esto. Para ellos, la gracia preveniente de Dios es que nos creó con libre albedrío y una naturaleza moralmente neutral. Los semipelagianos consideran que, puesto que nacemos parcialmente discapacitados, la ley de Dios es tan estricta que es imposible cumplirla. Por lo tanto, la gracia preveniente de Dios está dando a los humanos la fuerza para hacer lo correcto, si lo invocan.

Sin embargo, los arminianos ven a Dios como mucho más activo en la vida de sus hijos y menos obsesionado con la perfección moral. Más bien vemos la gracia preveniente como algo que viene antes de que hagamos algo o tan siquiera la invoquemos como afirman los semipelagianos. La gracia preventiva es el primer acto de Dios dentro de la vida de cada persona. Es el sustento continuo de cada persona a lo largo de sus vidas caídas, y la atracción de cada persona al conocimiento de su Hijo. Los pelagianos piensan que Dios es amable y bueno por crearnos libres y ese fue su acto de gracia. Los semipelagianos piensan que Dios es amable por ayudarnos una vez le hallamos encontrado por cuenta propia. Los arminianos en cambio, creemos que Dios es bueno y muestra su gracia por alcanzarnos cuando aún éramos enemigos.

En la teología arminiana, la salvación comienza con lo que es usualmente llamado “gracia preveniente”; la cual incluye el primer deseo de agradar a Dios, el primer albor de luz en relación con la voluntad de Él, y la primera leve y transitoria convicción de haber pecado contra Él. La gracia se describe como la manifestación de la bondad de Dios, que afectuosamente se vuelve hacia el hombre en estado de miseria y, con amor, envía a su Hijo “para que todo aquel que en él cree tenga la vida eterna” (Juan 3:16). Dios toma la iniciativa en el proceso de salvación: Busca al pecador, lo redarguye de pecado, produce en él arrepentimiento y fe, lo regenera, justifica al pecador arrepentido y, en Cristo Jesús, le concede el derecho filial y la salvación.

Para el arminiano, la gracia es la obra del Espíritu Santo operando en el entendimiento y en la voluntad de la persona realizando una regeneración, infundiendo en el pecador (desprovisto de cualquier condición de pensar y hacer cualquier cosa buena) fe, esperanza y amor. La gracia es también la asistencia continua del Espíritu Santo inspirando al hombre en cuanto a las cosas buenas, infundiendo pensamientos loables y buenos deseos.

Este modo de concebir la gracia, coloca al arminianismo en una posición cómoda para mostrar cuán injustas son las acusaciones calvinistas de que el arminianismo es una especie de semipelagianismo (por no decir pelagianismo puro) y que reduce la gracia a una posición de segunda categoría, dándole un valor desmesurado al libre albedrío humano por encima de la gracia de Dios. El arminianismo jamás ha afirmado que el hombre puede salvarse a sí mismo.[11] Son los calvinistas quienes así lo han querido entender.

8

V.- LA NATURALEZA DE LA EXPIACIÓN

Los arminianos creemos en la doctrina de la expiación sustitutiva. Desde la perspectiva arminiana, Cristo tomó nuestro lugar en la cruz por nuestros pecados. La descripción exacta de cómo funciona esto ha variado en el pensamiento arminiano, pero el efecto no. La teología arminiana entiende la muerte de Cristo como un sacrificio y el cumplimiento del culto sacrificial del Antiguo Testamento. Él es el sacrificio del verdadero pacto; así como el antiguo pacto fue confirmado por el sacrificio del pacto (Éxodo 24: 3-11), así también la sangre de Cristo es la sangre del nuevo pacto (Mateo 26:28; Marcos 14:24; Hebreos 9: 13).

Cristo es un sacrificio sustitutivo, la víctima del sacrificio por nuestros pecados (Efesios 5:2; Hebreos 9:26; 10:12), una ofrenda (Efesios 5:2; Hebreos 10:10, 14, 18); un rescate (Mateo 20:28; Marcos 10:45; 1 Timoteo 2:6) y, por lo tanto, denota el precio de la liberación, un rescate para comprar la libertad de alguien de la prisión, y por lo tanto un medio de expiación, una sacrificio por el cual cubrir el pecado de otras personas y así salvarlos de la muerte.

En concordancia con la Biblia, el arminianismo enseña que Cristo fue el pago (1 Corintios 6:20; 7:23; 1 Pedro 1: 18-19), el precio pagado por la compra de nuestra libertad; una ofrenda por el pecado que fue hecha pecado por nosotros (2 Corintios 5:21; 1 Juan 2:2; 4:10); el cordero pascual que fue asesinado por nosotros (Juan 19:36, 1 Corintios 5:7), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y es asesinado para ese fin (Juan 1:29, 36; Hechos 8:32; 1 Pedro 1:19; Apocalipsis 5: 6; etc.). Él es una expiación (Romanos 3:25), un sacrificio de expiación, quien fue hecho maldición por nosotros (Gálatas 3:13) y quitó la maldición de la ley.

Los arminianos creemos que somos personas pecaminosas, y la muerte de Cristo quita nuestros pecados y nos justifica. Una vez que la sangre de Cristo nos ha limpiado, estamos total y completamente justificados. Esto nos separa ampliamente del pelagianismo y el semipelagianismo. ¿En qué forma? ¿Qué diferencia al arminianismo de esas dos corrientes heréticas en relación con su entendimiento de la expiación? Para empezar, el semipelagianismo, no posee una postura definida en esta área. Algunos aceptan la expiación sustitutiva, otros creen que la cruz solo quita la naturaleza del pecado, y luego depende de nosotros vivir una vida mejor. La visión pelagiana es aún más radical. Creen que la muerte de Cristo en la cruz es solamente un ejemplo para nosotros. Su autosacrificio es la última demostración de la ética cristiana y la principal inspiración para vivir una vida moral, pero solo eso. Esta es, probablemente, la parte del pelagianismo que más molesta a calvinistas y arminianos.

Ante esto me pregunto: ¿Cómo puede un calvinista, con limpia conciencia, acusar a un arminiano de ser pelagiano o semipelagiano? ¿En verdad no entiende nuestra doctrina o simplemente actúa con malicia? Nuevamente, prefiero creer lo primero.

6

ARMINIANOS Y CALVINISTAS, MÁS CERCA DE LO QUE CREES

Como lo destaqué en un artículo anterior, es un mito popular que el calvinismo y el arminianismo sean totalmente opuestos, o que chocamos en todos nuestros puntos de vista. De hecho, somos más parecidos de lo que muchos se atreven a admitir. Por eso me pregunto, ¿Cuál es el criterio que usan algunos para hacernos lucir como eternos adversarios y siempre contrarios al calvinismo? ¿El TULIP? ¿Ignoran acaso que los verdaderos arminianos somos más que simplemente lo contrario al TULIP calvinista? Si no leíste mi artículo anterior: “Calvinistas: ¿Hermanos o enemigos?” quiero invitarte a analizar conmigo el TULIP calvinista y compararlo con las creencias arminianas. El resultado quizá te sorprenda. ¡Comencemos!

(1) DEPRAVACIÓN TOTAL: En realidad, tanto los calvinistas como los arminianos estamos plenamente de acuerdo en que la raza humana es 100% incapaz de hacer el bien o de tan siquiera desear a Dios sin el auxilio de la gracia. Esto quedó claro al abordar las diferencias entre pelagianos, semipelagianos y arminianos. La depravación total y extensiva del ser humano es un hecho indiscutible en el cual, tanto calvinistas como arminianos, nos estrechamos la mano en señal de mutuo acuerdo.
(2) ELECCIÓN INCONDICIONAL: Se podría decir que los calvinistas creen que Dios eligió incondicionalmente salvar a algunas personas, mientras que los arminianos creemos que Dios eligió incondicionalmente brindar la oportunidad de salvación a todas las personas. Esto no es una cuestión de oposición, sino simplemente una cuestión de quién es capaz de recibir y beneficiarse de la salvación ofrecida por gracia. John Wesley, padre del metodismo y un reconocido arminiano, afirmó:
“Con respecto a la… Elección incondicional, creo lo siguiente: Que Dios, antes de la fundación del mundo, eligió incondicionalmente a ciertas personas para realizar ciertas labores, como por ejemplo a Pablo para predicar el evangelio; que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para recibir ciertos privilegios especiales; en particular la nación judía; que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para escuchar el evangelio… en la actualidad, y muchas otras en las edades pasadas; que ha elegido incondicionalmente a ciertas personas para disfrutar de muchas ventajas especiales, tanto en lo que respecta a lo temporal como a lo espiritual; y no niego (aunque no puedo demostrar que sea así) que ha elegido incondicionalmente a algunas personas a la gloria eterna. Empero no puedo creer lo siguiente: Que todos aquellos que no han sido elegidos así para la gloria deben perecer para siempre; o que haya un alma en la tierra que jamás haya tenido la posibilidad de escapar de la condenación eterna.”[12]
 (3) EXPIACIÓN LIMITADA: Los arminianos y los calvinistas simplemente no estamos de acuerdo sobre lo que es limitado con respecto a la expiación (es decir, lo que logra el sacrificio de Jesús). Los calvinistas limitan infamemente el alcance de la expiación, afirmando que Jesús murió solo por los elegidos, que Él no derramó Su sangre por toda la humanidad, porque aquellos predestinados por Dios al infierno no tenían la oportunidad del cielo y punto. Los arminianos sí creemos en una expiación limitada, pero no al estilo calvinista. Los arminianos limitamos la expiación en términos de su efecto, aunque creemos que la sangre es capaz de salvar a todas las personas, a esta gracia se accede solo por la fe (Romanos 5:2). Al igual que los calvinistas, los arminianos creemos que la fe también es un don de Dios y no un producto de la naturaleza caída humana, la cual es incapaz de tan siquiera creer en Dios por cuenta propia sin auxilio de la gracia divina.
(4) GRACIA IRRESISTIBLE: Los calvinistas y los arminianos tenemos ideas opuestas en relación con irresistibilidad o no de la gracia. Los arminianos creemos en la gracia resistible. De acuerdo con Esteban, eso es lo que la gente religiosa le hizo al Espíritu Santo, según Hechos 7:51. Más, sin embargo, aún en esta área podemos tener acuerdos significativos con los calvinistas; por ejemplo, John Wesley afirmó:
“Con respecto a la… Gracia Irresistible, creo lo siguiente: Que la gracia que produce fe, y por lo tanto salvación al alma, es irresistible en ese momento; que la mayor parte de los creyentes tal vez recuerden alguna vez cuando Dios los convenció irresistiblemente de su pecado; que la mayor parte de los creyentes descubre en algunas ocasiones que Dios actúa irresistiblemente sobre sus almas; y sin embargo creo que la gracia de Dios, tanto antes como después de esos momentos, puede ser y ha sido resistida; y que en general no actúa irresistiblemente, sino que podemos obedecerla o no. Y no niego lo siguiente: Que en algunas almas la gracia de Dios es a tal punto irresistible, que no pueden menos que creer y ser finalmente salvadas. Pero no puedo creer: Que deban perderse todos aquéllos en quienes la gracia de Dios no opera de esta forma irresistible; o que haya un alma en la tierra, que no tenga, y nunca haya tenido otra gracia, que aquella que en realidad aumenta su condenación, y que estaba designada por Dios para que así ocurriera.”[13]
(5) PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS: Esto, nuevamente, no es una cuestión de oposición, sino una cuestión de definición realmente. Los arminianos creemos en la perseverancia de los santos, pero también entendemos que un santo, según la Biblia, es un creyente. Cuando un creyente deja de creer o se aleja del Dios vivo (para citar al autor de Hebreos 3:12), ya no es un santo, por lo tanto, esta doctrina no se aplica a él. Ningún arminiano auténtico sugeriría que uno pierde accidentalmente su salvación. Es negligencia deliberada. No es cuestión de que alguien pueda arrebatar a los creyentes de la mano de Dios, sino más bien que es el creyente mismo quien le grita a Dios: “¡Quítame las manos de encima!”

Citando nuevamente a Wesley encontramos una vez más la postura equilibrada del arminianismo en estos temas:

“Con respecto a la… Perseverancia Final, me inclino a creer lo siguiente: Que existe un estado asequible en esta vida, del cual el hombre no puede caer; y que aquél que ha llegado a esto puede decir: Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”[14]

El lector cuidadoso notará que las cinco doctrinas centrales del calvinismo no son tan contrarias a la teología arminiana como se suele pensar. Cierto es que hay cambios sutiles con respecto a dichas doctrinas, más no un desacuerdo que deba llevarnos a enemistad con nuestros hermanos calvinistas. Por otro lado, el calificativo de pelagiano o semipelagiano que le dan los calvinistas al arminianismo es injustificado y malicioso. No tenemos que concordar en todo con ellos, pero eso tampoco les da derecho a considerarnos herejes, vernos con desprecio, caricaturizar nuestra fe, o mentir descaradamente sobre nuestras doctrinas.

12

 CONCLUSIÓN

Luego de lo anterior debería ser claro para cualquiera que el arminianismo no es una teología antropocéntrica emparentada con el pelagianismo y el semipelagianismo como a menudo se le etiqueta en círculos calvinistas. Es, más bien, una doctrina teocéntrica hasta la médula. Una doctrina que no necesita distorsionar el carácter de Dios para que aparente ser más glorioso, pues su Dios ya es grande. El verdadero arminianismo es equilibrado y bíblico, predica sobre la asombrosa realidad de quién es Dios y cómo está dispuesto a salvar el mundo:

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miqueas 7:18-19)

Los arminianos reales estamos enamorados de este gran Dios; de ese que los calvinistas creen posesión exclusiva suya. La diferencia está en que nosotros lo amamos a Él, no solo estamos enamorados de un pequeño desacuerdo miserable sobre la voluntad humana. Ni tampoco, en nombre de la soberanía y el honor de Dios, pisotearemos ni degradaremos sus otros atributos.

Muchos calvinistas suponen pequeño al Dios del arminianismo, pues consideran incoherente con sus ideas que el Gran Dios del universo haya concedido libertad a sus criaturas y negarse a predeterminar cada acto de la vida del hombre. Sin embargo, ocurre todo lo contrario, ¡Un Dios aún más grande vive en el Arminianismo! ¿Por qué?, Precisamente porque Él todavía puede lograr lo que desea, y hacerlo a pesar de, o en congruencia con las decisiones libremente elegidas por las personas. ¡El Dios creído y enseñado en el arminianismo no le teme al albedrío humano! ¡No necesita determinarlo todo! ¡Él siempre estará en control de todo y es perfectamente capaz de llevar a cabo sus propósitos sin necesidad de robarle al hombre su libertad de escoger, ni obligarlo a amarlo! Verdaderamente este Dios puede decir:

“Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.” (Salmo 135:6)
 “Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place.” (Salmos 115:3)
 “Que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:10)
 “Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, más Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle: ¿Qué has hecho?” (Daniel 4:35)

¿Puedes imaginarlo? ¡Un Dios que no necesita usar de una “gracia irresistible” o compulsiva para seducir al hombre y lograr que le ame, y aun así es capaz de lograr lo que quiere! ¿Acaso no es grandioso el Dios de los arminianos? ¡Él sí es un Dios soberano! Un verdadero arminiano buscará la gloriad de Dios, hablará con pasión sobre quién es Él. Sus sermones, su retórica y su lectura de la Biblia serán teocéntricos y no centrados en el hombre.

A ustedes, hermanos que han comprada la mentira calvinista de que el arminianismo es pelagianismo, y por eso se avergüenzan del honroso calificativo de “arminiano”, les digo: O los calvinistas están desinformados sobre nuestras verdaderas creencias, o son engañosos y ocultan la verdad. Yo personalmente prefiero no creer lo último acerca de nuestros hermanos en Cristo que profesan la fe de Calvino. ¿Deseas conocer la verdad acerca del arminianismo? Hazte un favor a ti mismo y lee obras autorizadas sobre el mismo, no las críticas viciadas de sus oponentes. ¿Por qué no leer las obras de Arminio y otros teólogos arminianos respetados y descubrir, por tu propia cuenta, cuáles son sus verdaderos puntos de vista? Al hacerlo quizá descubras que no hay vía media entre el calvinismo y el arminianismo. ¡Nosotros los arminianos somos la vía media, bíblica y equilibrada entre los excesos doctrinales del calvinismo y el pelagianismo!

11

REFERENCIAS:

[1] Juan Casiano, Collationes, XIII, PL 49,897-946.

[2] Bavinck H., Reformed Dogmatics: Sin and Salvation in Christ.

[3] Ryrie, C. C., Teologı́a Básica.

[4] Vicente de Leríns, Commonitorium, PL 50,637-686.

[5] El compatibilismo es la creencia en que el libre albedrío y el determinismo son mutuamente compatibles y que es posible creer en ambos sin ser lógicamente inconsistente. ​

[6] William Lane Craig & J.P. Moreland, Philosophical Foundations for a Christian Worldview, p. 268.

[7] William Lane Craig & J.P. Moreland, Philosophical Foundations for a Christian Worldview (2nd Edition), pg. 303.

[8] Jacobo Arminio, Disputation 11, On The Free Will of Man and its Powers, en The Works of James Arminius, 2:192

[9] Olson, Roger (1999) Don’t Hate Me Because I’m Arminian; Christianity Today.

[10] Íbid.

[11] The Works of Arminius: A Declaration Of The Sentiments (La Declaración de Sentimientos) IV, Vol. 1, p. 130.

[12] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática (Editorial Vida), p. 80. Versión electrónica.

[13] Íbid.

[14] Íbid.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Cesasionismo, Complementarianismo, Continuismo, Egalitarianismo

¿Arminianos Reformados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Arminianismo Reformado (también conocido como Arminianismo Clásico) es la visión sistemática de las Escrituras enseñada por el teólogo holandés Jacobo Arminio. Arminio expuso sus ideas mucho antes que sus seguidores hicieran públicos los 5 Artículos de la Remonstrancia. Lo que muchos ignoran es que Arminio se consideraba a sí mismo como Reformado, y muchos dentro del movimiento reformado holandés sostuvieron su enfoque de la teología. Hoy, sin embargo, el término calvinista es virtualmente sinónimo de reformado, y cualquier cosa con el término “Arminiano” se considera un punto de vista opuesto a lo reformado o calvinista.

Tristemente, lo que muchos calvinistas conocen e identifican como arminianismo es la corriente o tradición wesleyana únicamente. Sin embargo, un número cada vez mayor de arminianos está adoptando una variedad no wesleyana de arminianismo que ahora se conoce como “Arminianismo Reformado” o, más comúnmente, como “Arminianismo Clásico”. En países como Estados Unidos la corriente principal de este movimiento se encuentra en la denominación Bautista de libre albedrío, cuyos orígenes se remontan al movimiento bautista general inglés del siglo XVII. Los primeros defensores de este enfoque incluyen figuras inglesas del siglo XVII como Thomas Helwys y Thomas Grantham. Los defensores del siglo XX incluyen a los eruditos Bautistas de Libre Albedrío Leroy Forlines y Robert Picirilli, quienes se consideran a sí mismos como representantes de un tipo de arminianismo más parecido a la teología de Arminio que a la mayoría del arminianismo moderno.

Un número cada vez más creciente de evangélicos se ajusta a un perfil único en la conversación calvinista-arminiana: consideran que las Escrituras no apoyan una visión tradicional calvinista de la predestinación, la gracia y la libertad humana. Sin embargo, no están de acuerdo con el rechazo de la mayoría de los arminianos a las doctrinas reformadas de la depravación total, la expiación penal sustitutiva, la imputación de la justicia de Cristo de Cristo en la justificación y la santificación progresiva (en oposición a la doctrina de la santificación total en esta vida enseñada por la corriente wesleyana). Para estas personas, y para toda la conversación calvinista-arminiana, esta corriente de pensamiento arminiana reformada ofrece posibilidades fructíferas de entendimiento entre ambos sistemas teológicos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto se debe en parte a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903).

NECESITAMOS IR MÁS ALLÁ DE NUESTRA TRIBU SOTERIOLÓGICA.

Aunque en la mente de muchos cristianos no podrían existir dos términos más opuestos entre sí que “arminiano” y “calvinista”, esto no necesariamente es cierto. No obstante, al oír la expresión “Arminiano Reformado” muchos pensarán que se trata de una broma, pues consideran que tal expresión constituye un verdadero oxímoron; como si habláramos de la existencia de hielo caliente o de un conservador de izquierda. Tal forma de pensar ilustra de forma clara el antagonismo y la incomprensión que ha predominado por siglos en ambos bandos.

Los calvinistas frecuentemente caricaturizan a los arminianos y los acusan de creer cosas que realmente no creen. Lo mismo puede decirse de los arminianos hacia los calvinistas. Lo cierto es que la mayoría de los evangélicos calvinistas no están familiarizados con los escritos de Arminio, al igual que la mayoría de los evangélicos arminianos no conocen los escritos de Calvino. Esto es una pena, y no siempre fue así. Parece que hay mucha más insularidad en estos días en la comunidad evangélica, y mucho menos ir más allá de nuestra tribu soteriológica para entender realmente a los demás y su manera de pensar. Personalmente, he descubierto que puedo tener mucho más en común de lo que pensé con algunos calvinistas con respecto a la persona, obra y evangelio de Cristo, justificación, santificación, cosmovisión cristiana, apologética y epistemología, compromiso cultural, escatología, etc. (e incluso puntos de vista sobre el bautismo y los dones carismáticos). Pero todos esos puntos en común a menudo se pasan por alto en la comunidad arminiana por un simple hecho: ¡No somos calvinistas y no queremos ser relacionados como tales! ¡No creemos en la elección incondicional, la expiación limitada, ni en la gracia irresistible! ¡Y tampoco estamos totalmente de acuerdo en lo que a la perseverancia final de los santos se refiere!

Pero no solo los arminianos podemos ser así. Los calvinistas pueden ser igual o peor de insulares que nosotros. Es gracioso que los arminianos (o calvinistas) puedan trabajar junto con otros arminianos (o calvinistas) que difieren con ellos en cuanto a si los niños deben ser bautizados, el momento del regreso de Cristo y los dones carismáticos, y, sin embargo, el calvinismo y el arminianismo se han convertido en una prueba de fuego para la comunión evangélica en esos mismos círculos. Esta situación es precisamente lo que impide que las personas comprendan y lean a los autores del otro lado, lo que no es saludable.

Creo que si los calvinistas leyesen a Arminio en persona (y no solo a sus críticos y adversarios teológicos), verían a alguien cuyo latido del corazón por el evangelio se parece mucho a los calvinistas más antiguos que leen y citan. Se encontrarían con alguien cuya espiritualidad y creencias doctrinales en lo que significa ser un pecador totalmente depravado fuera de la gracia divina, lo que significa ser justificado por la justicia imputada de Cristo solo por la fe, lo que la doctrina de la expiación por medio de la sustitución penal se trata, de cómo un creyente crece en gracia y se santifica, del legalismo contra el antinomismo, etc., se parecen más a lo que ellos creen de lo que habían imaginado.

ARMINIANISMO REFORMADO, ARMINIANISMO WESLEYANO Y SEMIPELAGIANISMO.

La soteriología arminiana reformada se aparta de los modelos wesleyanos y del movimiento de santidad derivado de este al abrazar las categorías más reformadas de Arminio. Asimismo, marca una clara distancia con otros sistemas falsamente identificados como arminianos, pero que rayan en el semipelagianismo y el Teísmo Abierto.

A diferencia de la teología wesleyana-arminiana, tal como se desarrolló en el movimiento de santidad, el arminianismo reformado sostiene la noción tradicional reformada de la depravación total del hombre, que solo la gracia de Dios a través del poder de convicción y atracción del Espíritu Santo puede contrarrestar. Presenta una visión reformada de satisfacción penal de la expiación. Esto implica que la obediencia activa y pasiva de Cristo se imputa al creyente en la justificación.

Los arminianos reformados difieren fuertemente del perfeccionismo y la doctrina de la entera santificación propuesta por el arminianismo wesleyano. También creen que los cristianos perseveran en la salvación solo por medio de la fe. Si bien los creyentes pueden apostatar de la salvación forjada de una vez por todas en Cristo y perderse irremediablemente, esta apostasía se produce solo a través de la deserción de la fe. Esto tiene ramificaciones prácticas para asegurar la salvación: la comprensión del arminianismo reformado de la apostasía difiere un poco de la noción wesleyana de que los individuos pueden caer repetidamente de la gracia al cometer pecados individuales y pueden ser restaurados repetidamente a un estado de gracia a través del arrepentimiento.

Es precisamente este alejamiento de la teología wesleyana lo que le permitiría al arminianismo reformado revitalizar el actual diálogo arminiano-calvinista (o la falta de diálogo). ¿Por qué? Porque el arminianismo reformado constituye una apropiación más orientada a la gracia y cercana a la doctrina reformada en su entendimiento de la naturaleza de la expiación, la justificación, la santificación y la espiritualidad, combinada con su postura arminiana sobre la predestinación y la libertad (antes y después de la conversión) para resistir la gracia salvífica divina. De este modo, el arminianismo reformado proporciona un arminianismo único a través de medios arraigados en la teología del propio Arminio.

Desafortunadamente, el “arminianismo” más popular en el evangelicalismo moderno no es ni siquiera el wesleyano, sino más bien un modelo semipelagiano, más cercano a Charles Finney[1] que a John Wesley. Aunque Wesley está más alejado de la teología reformada de lo que lo estaríamos nosotros, los arminianos clásicos, no estuvo tan lejos como Finney y gran parte del movimiento de Santidad como se desarrolló en los siglos XIX y principios del XX. Wesley rechazó una expiación sustitutiva penal completa y la imputación de la justicia de Cristo al creyente. Él enseñó a los creyentes que podían perder su salvación una y otra vez a través de la impenitencia. Su visión de la santificación y la espiritualidad fue mucho más sobre las experiencias de crisis y la perfección; en mi opinión, se desvió hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo. Sin embargo, aún se parecía más a los reformadores que a Finney y reaccionó contra el pelagianismo de maneras importantes, especialmente en su opinión del pecado adámico.

SIMILITUDES ENTRE LA TEOLOGÍA ARMINIANA REFORMADA, O CLÁSICA, Y EL CALVINISMO.

Ahora bien, la pregunta más importante en este punto es: ¿Existen similitudes reales entre el arminianismo clásico, o reformado, y el calvinismo? La respuesta es sí. Contrario a lo que muchos piensan, el arminianismo clásico o reformado guarda ciertas similitudes doctrinales con el calvinismo. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

(1.- Depravación Humana: la voluntad humana en su estado de caída no puede lograr ningún bien espiritual a menos que sea asistido y habilitado por la gracia divina. Arminio afirmó: “El libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, mutilado, enfermo, inclinado y debilitado; sino también está encarcelado, destruido y perdido … Cristo dijo: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’ “.[2] Jacobo Arminio siempre quiso mantener la mayor distancia posible del pelagianismo, al cual calificaba como herejía.

(2.- Justificación: La expiación de Cristo no fue simplemente una obra de teatro o exhibición para mostrar el amor de Dios o su disgusto hacia el pecado. No estaba destinada simplemente a ejercer una influencia moral sobre los hombres o defender la justicia pública afirmando el orden moral. Más bien, como Anselmo, Arminio sostuvo la doctrina de la satisfacción penal de la expiación (es decir, una vista forense). Dios, como juez, solo justificará al hombre al cumplir plenamente con la ley (justicia inherente), o a través de una completa rendición de cuentas con ese hombre o la plena satisfacción de la ley según lo cumplido por otro en su lugar (justicia imputada). La paga del pecado debe ser hecha de una manera u otra, ya sea por sí mismo o por otro en su lugar.

Arminio rechazó absolutamente cualquier doctrina basada en la salvación por obras. Para Arminio, estar en estado de gracia significaba ser encontrado en Cristo. En la teología arminiana, al igual que en el calvinismo, Jesús llevó una vida sin pecado, murió de muerte sustitutiva, resucitó de entre los muertos al tercer día y ascendió al Padre donde él mora por siempre para interceder por sus santos. La frase “en Cristo” tiene que ver con la unión del creyente con Cristo. Nuestros pecados le fueron imputados a Él para que su justicia (tanto su obediencia activa en la vida, como su obediencia pasiva en su muerte sustitutiva) nos fuese imputada a nosotros.

ARMINIANISMO REFORMADO EN LAS IGLESIAS PENTECOSTALES.

Como se dijo anteriormente, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto no es casual o fortuito, sino que se debe en gran medida a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal.

Aunque muchos no vacilarían en identificar el origen de las Asambleas de Dios dentro de la corriente del Movimiento de Santidad wesleyano, esto no es del todo cierto. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903). Bell pastoreó diversas iglesias bautistas durante diecisiete años.[3] El primer pastorado pentecostal de Bell fue en Malvern, Arkansas, donde publicó un periódico mensual, The Word and Witness. Cuando los padres fundadores de las Asambleas de Dios se reunieron en Hot Springs, Arkansas, del 2 al 12 de abril de 1914 para promover la unidad y la estabilidad doctrinal, establecer una personería legal, coordinar la empresa misionera y establecer una escuela de entrenamiento para el ministerio Eudorus N. Bell fue elegido presidente (título que más adelante se cambió a superintendente general) del primer Concilio General de las Asambleas de Dios. Las iglesias provenientes del movimiento de santidad no fueron dominantes en el desarrollo teológico del nuevo movimiento, ya que los aproximadamente 300 delegados del primer Concilio General representaron una diversidad de iglesias independientes y redes, entre ellas la «Asociación de Asambleas Cristianas» en Indiana, la «Iglesia de Dios en Cristo», y el «Movimiento de la Fe Apostólica» de Alabama, Arkansas, Mississippi y Texas.

En una de sus declaraciones oficiales, las Asambleas de Dios sientan postura y se distancian tanto del pelagianismo y las variantes extremas de arminianismo, como del calvinismo extremo (llamado hipercalvinismo). En cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Debe notarse que hay peligros en las expresiones extremas de ambos grupos [calvinistas y arminianos]. Una forma extrema de arminianismo puede rotularse como pelagianismo, postura en la cual los creyentes básicamente se salvan a sí mismos por la calidad de su vida y de su fe. Una forma extrema de la teología reformada se ha denominado a veces híper- calvinismo, en la cual el individuo, como se señaló antes, no tiene participación alguna en la salvación o condenación. Ninguno de estos extremos tiene base bíblica, o una explicación satisfactoria para las realidades de la vida.”[4]

Pero esta denominación representativa del pentecostalismo clásico va más allá. A pesar de que el pentecostalismo podría considerarse como una continuación del Movimiento de Santidad Wesleyano, las Asambleas de Dios se distancian del arminianismo wesleyano (el cual enseña que los creyentes pueden perder su salvación una y otra vez, y cuya visión de la santificación y la espiritualidad se desvía hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo); en cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. (Vea Romanos 5:9–11 donde está claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.) Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre![5]

Dicha declaración oficial choca en cierta medida con el perfeccionismo wesleyano y su idea de la caída constante del creyente de la Gracia. Así, mientras se distancia tanto del arminianismo wesleyano como del pelagianismo y del hipercalvinismo, la mayor de las denominaciones pentecostales del mundo se inclina por un arminianismo clásico o reformado:

“Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). ¿Por qué tanta preocupación y cuidado? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12)… La salvación se pierde al rechazar a Cristo… Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Vea Romanos 10:21 donde Pablo habla de Israel, pero el principio se aplica aquí también.) Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo.”[6]

Así pues, el arminianismo clásico, o reformado, se ha convertido en el punto de encuentro entre la teología calvinista moderada y los nuevos grupos evangélicos, incluidos los pentecostales. Llegar a acuerdos es posible. Ambas corrientes teológicas pueden coexistir y enriquecerse mutuamente y, en los puntos de desacuerdo, respetarse. Esto nos lleva al siguiente punto: Los diferencias.

DIFERENCIAS ENTRE LA TEOLOGÍA DE ARMINIO Y EL CALVINISMO.

Si bien el arminianismo reformado permite un mayor entendimiento con el calvinismo, y constituye una aproximación mayor a la teología reformada de lo que muchos pensaban, o de lo que otros tipos de arminianismo lo permiten, tampoco puede negarse que existen diferencias claras entre ambos sistemas. Entre dichas diferencias podemos mencionar:

(1.- LA TEOLOGÍA DEL PACTO:

Las diferencias fundamentales entre el arminianismo reformado y el calvinismo pueden encontrarse en la comprensión particularista del calvinismo del “decreto inalterable de Dios”. La visión calvinista de la elección incondicional, la gracia irresistible y la necesaria perseverancia de los santos, se deriva de la denominada Teología del Pacto. La Teología del Pacto le proporciona al calvinismo un marco explicativo para interpretar los pasajes del Nuevo Testamento relativos a la salvación. Pero ¿en qué consiste dicho sistema teológico? De acuerdo con el calvinismo, para entender el plan de salvación como es explicado en el Nuevo Testamento, hemos de presuponer el paradigma bíblico del Pacto de Redención, el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Así pues, la teología del pacto pretende resumir la enseñanza de toda la Biblia con el concepto de pacto. Un pacto es un acuerdo formal entre dos o más personas que establece y define los límites de la relación. La teología del pacto sostiene que Dios toma la iniciativa de relacionarse con el ser humano siempre por medio de pactos. También sostiene que existe cierta continuidad entre varios de estos pactos, y que reconocer esta continuidad nos ayuda a entender el mensaje principal de la Biblia.

Los teólogos del pacto suelen ver un pacto en Edén antes de la caída de Adán. Sin embargo, enfrentan un problema: Los primeros capítulos de Génesis no usan la palabra pacto para hablar de la relación entre Dios y Adán, por lo que los teólogos calvinistas deben buscar indicios de dicho pacto en otro lado. Generalmente, suelen refugiarse en Oseas 6:7 para sostener dicha idea: “mas ellos, como Adán, han transgredido el pacto”. En los supuestos teológicos del calvinismo, Dios siempre se relaciona con el ser humano por medio de pactos. Por medio de los pactos, Dios comunica lo que espera de su pueblo, les ofrece y promete bendición, estipula consecuencias por la desobediencia, y especifica la manera de recibir la bendición (si por la fe o por la obediencia). De acuerdo con dicha teología, otro aspecto clave de los pactos bíblicos es que suele haber representación; es decir, Dios trata con una sola persona en representación de los demás. Existe una solidaridad entre el pueblo y el representante. Citan como ejemplo el trato de Dios con el pueblo de Israel y sus reyes. Si el rey obedecía, el pueblo disfrutaba de bendición. Por el contrario, si el rey desobedecía, el pueblo sufría las consecuencias.

Una forma en la que la teología del pacto resume los tratos de Dios con su pueblo es según tres pactos: el de las obras, el de gracia, y el de la redención.

(1.- Pacto de las Obras: Dios entró en un pacto condicional con Adán en el cual este tenía que obedecerle en el jardín para evitar la muerte y ser confirmado para siempre en justicia. Adán era el representante de la raza humana, de modo que, cuando desobedeció, Dios consideró a todo ser humano culpable. Romanos 5 dice que el pecado entró en el mundo y se extendió no debido a la desobediencia de cada ser humano, sino a la culpa a un individuo: Adán. Todos sufrimos las consecuencias de su pecado porque fue nuestro representante en el pacto de las obras.

(2.- Pacto de la Gracia: Se suele explicar que este pacto entra en vigor a partir de Génesis 3:15 (la maldición de la serpiente). Este pacto establece la manera en que Dios salva a su pueblo: por gracia por medio de la fe en el mediador, que es el Cristo. Se argumenta (aunque con matices y diferencias, según el teólogo) que los pactos sucesivos en la Biblia incluyen y revelan este principio de salvación por gracia por medio de la fe. Esta continuidad se resume en el pacto de la gracia.

(3.- Pacto de la Redención: El pacto de gracia se ejecuta en la historia humana, pero antes, en la eternidad, el Padre, el Hijo, y el Espíritu ya habían establecido un acuerdo según el cual el Padre le prometió un pueblo como herencia, del cual el Hijo sería cabeza y redentor. El Hijo, por su parte, voluntariamente decidió tomar el lugar de este pueblo en su vida encarnada y en su muerte. Y el Espíritu se comprometió a aplicar las bendiciones ganadas por Cristo a todo el pueblo. Este pacto busca encontrar apoyo bíblico, por ejemplo, en los salmos mesiánicos, en el lenguaje de Jesús cuando habla de la necesidad que tiene de cumplir la voluntad de su Padre, y en Efesios 1, donde se habla de los roles de cada persona de la Trinidad en la redención. Sin embargo, el pacto propuesto por los calvinistas no incluye a toda la humanidad ni pone a disposición de todos los hombres el regalo de la salvación. Para el calvinista, a través del pacto Dios busca redimir solo a los elegidos. De acuerdo con los términos de este pacto el Padre elige un número definido de individuos para sí mismo, el Hijo hace lo que es necesario para salvar a aquellos que el Padre le ha dado y a nadie más, y el Espíritu Santo, de igual manera, aplica la salvación solo a los elegidos.[7]

Sin embargo, la Teología del Pacto posee ciertos puntos de crítica que debilitan la posición calvinista. La primera y principal es la falta de base bíblica.  Aunque la palabra pacto aparece muchas veces en la Biblia, lo cierto es que la Biblia no menciona ni el pacto de la gracia, ni el de la redención, y muchos creen que tampoco el de obras. Son deducciones sin base bíblica concreta. No hay una indicación directa en las Escrituras de que tal pacto fuera jamás hecho, y lo que es más importante, los términos de dicho pacto no se revelan. Solo cuando asumimos a priori que la elección no es condicional, es que concluimos el Ordo Salutis y todos los demás elementos del calvinismo. Sin embargo, se ve exactamente lo contrario en las Escrituras: la expiación de Cristo fue para todos, de hecho, para el mundo entero, y la salvación de Dios es condicional, y esa condición es la fe en Cristo.

Otro punto de crítica con esta teología es que propone demasiada continuidad entre los pactos. Sobran quienes argumentan que la teología del pacto propone demasiada continuidad entre los tratos de Dios con su pueblo en una época y en otra. Por ejemplo, el debate entre bautistas y presbiterianos acerca del bautismo de infantes tiene que ver precisamente con el tema de la continuidad entre los pactos: los presbiterianos dicen que los hijos de creyentes se incluyen en la comunidad del pacto porque así fue con Abraham y con el pueblo de Israel, ambos partícipes del mismo pacto de gracia del cual participa la iglesia del nuevo pacto. Los bautistas que se consideran teólogos del pacto (y los hay) responden que el pacto de la gracia no incluye necesariamente los hijos de creyentes, a no ser que estos también respondan en fe.

Como puede verse, la teología del pacto crea más problemas de los que resuelve. Aquí, entonces, está el entendimiento arminiano reformado de cómo uno puede llegar a “estar en Cristo”: Por medio de la fe, y dicha oferta está abierta a todos. La expiación es general, no limitada ni particular.

(2.- EL DETERMINISMO O FATALISMO CRISTIANO: El determinismo es la creencia que Dios ordena u organiza todas las cuestiones del universo de manera que todo y cada cosa que ha sucedido y sucederá está eficazmente orquestado por Dios de tal forma que debieron suceder exactamente cómo sucedieron. Dicha doctrina niega de forma contundente la existencia del albedrío humano. Augustus Toplady, clérigo anglicano y opositor calvinista de John Wesley, llegó incluso a afirmar que “No hay partícula de polvo que se mueva sin que Dios la haya levantado, conduzca su movimiento incierto, y por su cuidado particular, la haga reposar en cierto lugar que El dispuso con anticipación.”[8]

Sin embargo, el determinismo causal universal y divino propuesto por el calvinismo no puede ofrecer una interpretación coherente de la Biblia. Incluso los teólogos reformados clásicos reconocieron eso. D. A. Carson identifica nueve corrientes de pasajes que afirman la libertad humana: (1) Las personas enfrentan una multitud de exhortaciones y ordenes divinas, (2) a las personas se le dice que obedezcan, crean y que escojan a Dios, (3) las personas pecan y se rebelan contra Dios, (4) los pecados de las personas son juzgados por Dios, (5) las personas son probadas por Dios, (6) las personas reciben recompensas divinas, (7) los elegidos son responsables de responder a la iniciativa de Dios, (8) las oraciones no son meras obras maestras programadas por Dios, (9) Dios literalmente le suplica a los pecadores para que se arrepientan y sean salvos. Esto, ciertamente, no concuerda con la doctrina determinista, o fatalismo cristiano, propuesto por el calvinismo.[9]

Pero no solo la Biblia se opone al determinismo, sino que, el determinismo causal universal no puede ser afirmado de manera racional. Además, el determinismo universal divino hace a Dios el autor del pecado y remueve la responsabilidad humana. Contrario a la visión arminiana, en la visión determinista aún el movimiento del albedrío humano es causado por Dios. Dios mueve a las personas a escoger el mal y no pueden hacer lo contrario. Dios determina sus elecciones y hace que ellos hagan el mal. Si es malo hacer que otra persona haga lo malo, entonces en esta visión Dios no sólo es la causa del pecado y del mal, sino que Dios mismo se hace malo, lo cual es absurdo. De la misma manera, todas las responsabilidades humanas para el pecado han sido removidas. Así que nuestras elecciones no dependen de nosotros: Dios es el causante de que las hagamos. No podemos ser responsables por nuestras acciones, ya que nada de lo que pensamos o hacemos depende de nosotros. De este modo, el determinismo universal divino anula la agencia humana.

Pero hay algo peor en esto. El determinismo hace que la realidad se convierta en una farsa. Según la visión determinista, el mundo entero se convierte en un espectáculo vano y vacío. No hay agentes libres en rebelión contra Dios, a quienes Dios busca para ganárselos por medio de Su amor, ni nadie que libremente responda a ese amor y que libremente da a cambio su amor y alabanza a Dios. Todo el espectáculo es una payasada en la que el mismo Dios es el único actor real.

Lejos de glorificar a Dios, la visión determinista menosprecia a Dios por involucrarse en esa payasada absurda. Es profundamente ofensivo para Dios el pensar que Él crearía seres que son, en todo sentido, causalmente determinados por Él y luego les trata como si ellos fueran agentes libres cuando les castiga por las malas acciones que hizo que ellos cometieran, o cuando los ama como si ellos fueran agentes que responden de manera libre.

(3.- LAS DOCTRINAS DE LA GRACIA: El término “Doctrinas de la Gracia” suele ser empleado para referirse al TULIP, acrónimo que resume los cinco puntos del calvinismo (Depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia final de los santos). Todos los arminianos aceptamos la doctrina de la depravación total del hombre. Sin embargo, negamos de forma contundente las doctrinas calvinistas de la elección incondicional, la expiación limitada o particular y la naturaleza irresistible de la gracia. Asimismo, poseemos una comprensión diferente de la doctrina de la perseverancia final de los santos. La postura arminiana reformada en relación con las doctrinas de la gracia queda establecida en “Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610” los cuales afirman:

ARTÍCULO I.

“Dios, por un objetivo eterno e inmutable en Jesucristo su Hijo, antes de la fundación del mundo, tiene determinado, de la raza caída, pecaminosa de los hombres, salvar en Cristo, para Cristo, y por Cristo, a los que, por la gracia del Espíritu Santo, creerán en este su Hijo Jesús, y perseverarán en fe y obediencia de fe, por esta gracia, hasta el fin; y, de otra parte, dejar a los incorregibles e incrédulos en el pecado y bajo la ira, y condenarlos como enajenados de Cristo, según la palabra del evangelio en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” y de acuerdo también con otros pasajes de la Escritura.”

ARTÍCULO II.

“De acuerdo con esto, Jesucristo, el Salvador del mundo, ha muerto por todos los hombres y por cada hombre, de modo que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, el rescate y el perdón de pecados; aunque nadie en realidad disfrute de este perdón de pecados excepto el creyente, según la palabra del Evangelio de Juan 3.16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”. Y en la Primera Epístola de Juan 2:2: “Él es la propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

ARTÍCULO III.

“Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo, Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”.

ARTÍCULO IV.

“Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo. Hechos 7 y en otros muchos lugares.”

ARTÍCULO V.

“Que aquellos que están incorporados en Cristo por una fe verdadera, y de esta manera se han hecho partícipes de su Espíritu vivificante, tienen por lo tanto pleno poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo y su propia carne, y para ganar la victoria, siendo bien entendido que esto es siempre a través de la gracia asistente del Espíritu Santo; y que Jesucristo les asiste por medio de su Espíritu en todas las tentaciones, extendiendo a estos su mano, y si sólo están listos para el conflicto y desean su ayuda, y no están inactivos, les impide caer, de modo que ellos por ninguna artimaña o poder de Satanás, pueden ser engañados, ni arrancados de las manos de Cristo, según la palabra de Cristo, Juan x. 28: “Nadie los arrebatará de mi mano”. Pero si son capaces, por negligencia, de abandonar de nuevo los primeros comienzos de su vida en Cristo, regresando nuevamente a este mundo malvado presente, de apartarse de la santa doctrina que les fue dada, de perder una buena conciencia, siendo desprovistos de gracia, eso debe ser determinado más particularmente de las Sagradas Escrituras antes de que puedan enseñar esto con la plena persuasión de sus mentes. Por consiguiente, los remonstrantes consideramos estos artículos conformes a la Palabra de Dios, tendentes a la edificación y en cuanto a este argumento, suficiente para la salvación, de modo que no sea necesario o edificante elevarse más alto o descender más profundo.”[10]

 (4.- CESASIONISMO: El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. Aunque los movimientos reformados en general han sido cesasionistas en cuanto a la pneumatología, rechazando las manifestaciones actuales del Espíritu Santo, hay algunos entre los neo-reformados que están abiertos a los dones o que hablan en lenguas. Los arminianos, y particularmente los pentecostales y carismáticos, creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

(5.- COMPLEMENTARIANISMO: Una problemática bastante frecuente que promueven los neo-reformados es el complementarianismo, en algunos casos con el rechazo de cualquier participación ministerial para las mujeres y, en otros casos, con la limitación del ministerio de las mujeres a un ámbito muy limitado. En el contexto eclesiástico, el complementarianismo afirma que solo los hombres deben dirigir la iglesia en calidad de pastores. Éste es un asunto con el que los arminianos, sobre todo los pentecostales, estamos en desacuerdo. Creemos, en cambio, en el egalitarianismo, el cual le permite a las mujeres el acceso al ministerio, incluso la ordenación al pastorado.[11]

La historia del Antiguo Testamento incluye relatos de sólidos liderazgo femenino en muchos roles, tal como los siguientes ejemplos dignos de destacar: Miriam fue profetisa en Israel durante el éxodo, junto a sus hermanos, Moisés y Aarón (Éxodo 15:20). Débora, que era no sólo profetisa sino jueza, dirigió a Barac para que guiara al ejército de Israel hacia un combate exitoso contra sus opresores (Jueces 4 y 5). Hulda, también profetisa, autenticó el rollo de la ley encontrado en el templo y ayudó a iniciar la reforma religiosa en los días de Josías (2 Reyes 22:14–20; 2 Crónicas 34:22–28).

El Nuevo Testamento también muestra que las mujeres desempeñaban roles ministeriales importantes en la Iglesia Primitiva. Tabita (Dorcas) puso en marcha un efectivo ministerio de benevolencia (Hechos 9:36). Las cuatro hijas solteras de Felipe eran profetisas reconocidas (Hechos 21:8,9). Pablo señaló a dos mujeres, Evodia y Síntique, como mujeres que “combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Filipenses 4:2,3). Priscila fue otra de las mujeres que 3 Pablo consideró ejemplar entre sus “compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3,4). En Romanos 16, Pablo saluda a muchos colegas ministeriales, entre los cuales muchas eran mujeres. En estos saludos, la palabra que Pablo usa para hablar del “trabajo” (kopiaō) o la “labor” de María, Trifena, Trifosa, y Pérsida (Romanos 16:6,12) es una que utiliza con frecuencia para su propia labor ministerial (1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17). Febe, una líder de la iglesia de Cencrea, fue muy elogiada por Pablo ante la iglesia de Roma (Romanos 16:1,2). Lamentablemente, las parcialidades de las traducciones han oscurecido la posición de Febe en el liderazgo; por ejemplo, algunas versiones en inglés traducen el término como “sierva”, pero Febe era diakonos de la iglesia en Cencrea. Por lo general, Pablo utilizaba este término para identificar a un ministro o líder de una congregación, y lo aplica específicamente a Jesucristo, Tíquico, Epafras, Timoteo, y su propio ministerio. Según el contexto, diakonos por lo general se traduce como “diácono” o “ministro”. Aunque algunas traducciones han escogido la palabra “diaconisa” (por ejemplo, la NVI, pues Febe es mujer), el griego diakonos es un sustantivo masculino. Por tanto, es probable que diakonos fuera una designación para una posición de liderazgo oficial en la Iglesia Primitiva. Por tanto, la traducción correcta para el rol de Febe sería “diácono” o “ministro” (como lo reflejan algunas versiones en inglés, por ejemplo, la New Living Translation, NLT). Además, muchas traducciones reflejan inclinaciones similares, al referirse a Febe como alguien que “ha ayudado” (NVI), “ha sido de ayuda” (NTV) para muchos, incluido el mismo Pablo (Romanos 16:2). El término griego aquí es prostatis, que NRSV [versión en inglés] se traduce como “benefactor”, con sus matices de igualdad y liderazgo. Pablo identificó a Junia como apóstol (Romanos 16:7). A comienzos del siglo trece, algunos eruditos y traductores masculinizaron su nombre como Junias, al parecer estaban renuentes a reconocer que había un apóstol mujer. Sin embargo, el nombre Junia se encuentra más de 250 veces solamente en Roma, mientras que la forma masculina Junias es conocida en cualquier fuente greco-romana. Pablo claramente fue un defensor de la mujer en el ministerio. Estas instancias de mujeres cumpliendo funciones de liderazgo en la Biblia deben considerarse como un patrón aprobado por Dios, no como excepciones a sus normas divinas. Incluso un número limitado de mujeres que cumplían funciones de liderazgo con el respaldo de las Escrituras afirman que Dios en verdad llama a mujeres al liderazgo espiritual.

CONCLUSIÓN.

Mientras que en asuntos teológicos hay claras diferencias entre nosotros los arminianos (incluso reformados o clásicos) y los calvinistas, ciertamente es más lo que nos une que lo que nos separa. Los extremos de ambas posiciones deberían rechazarse: Ni los extremos cuasi pelagianos de algunos que se autodenominan arminianos, ni los extremos hipercalvinistas de algunos grupos que se denominan reformados, son bíblicos. Si bien la enseñanza y la predicación de algunos teólogos de ambos grupos pudieran ser ocasionalmente controversiales, concordamos en el imperativo de presentar el evangelio a los perdidos. Los arminianos reconocemos a los calvinistas como nuestros hermanos en Cristo. Reconocemos su pasión por la causa del Evangelio y los aportes de sus eruditos a la teología cristiana en general. Sin embargo, cuando el pensamiento reformado se profundiza y se lleva al extremo de eliminar toda responsabilidad humana, debemos rechazarlo y permanecer fieles al llamado y ejemplo de Cristo y sus discípulos, de guiar a todos al Señor y ofrecerles salvación.

REFERENCIAS:

[1] Charles Grandison Finney (29 de agosto de 1792 – 16 de agosto de 1875), llamado “El más importante restauracionista estadounidense”, fue un líder del segundo gran despertar cristiano de Estados Unidos, que tuvo un profundo impacto en la historia social de los Estados Unidos. Finney tuvo una influencia primaria en el estilo de “renacimiento” de la teología que surgió en el siglo XIX. A pesar de provenir del calvinismo, Finney rechazó varios puntos del “viejo calvinismo divinista” que consideraba que no estaban de acuerdo con la Biblia además de que parecían oponerse al evangelismo y a la misión de los cristianos. En su teología Finney se oponía a la doctrina calvinista como lo expresa en su obra “resurgimientos religiosos”. En esta obra, él sostiene que la salvación se basa en la voluntad humana de arrepentirse y no es impuesta por Dios sobre las personas en contra de la voluntad de ellas. Su rechazo al calvinismo no fue total. En su obra Teología sistemática, Finney abraza la doctrina calvinista de la “Perseverancia de los Santos”. Quedan preguntas sobre cómo es que Finney veía el significado de la muerte de Jesús en la cruz. Su opinión es compleja. Además de hacer de la muerte de Cristo la pieza central de la justificación, más bien que de la obediencia de Cristo, la interpretación de Finney de la expiación era que satisfizo la “justicia pública” y que abrió las puertas para que Dios perdonase a la gente sus pecados. Ésta era la opinión de los seguidores de Jonatán Edwards, el así llamado Nueva Divinidad que era popular en aquella época. En esta interpretación, la muerte de Cristo satisfizo la justicia pública más bien que una justicia de retribución. Finney decía que no era una “transacción comercial”. Esta interpretación, conocida típicamente como el punto de vista gubernamental u opinión moral del gobierno, se diferencia del punto de vista calvinista en donde los sufrimientos de Jesús igualan la cantidad de sufrimiento que los cristianos experimentarían en el infierno.

[2] Disputation 11, “On the Free Will of Man and its Powers”, en The Works of James Arminius, 2:192.

[3] Véase: https://www.apostolicarchives.com/articles/article/8795590/172502.htm

[4] Véase: “UNA RESPUESTA DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS A LA TEOLOGÍA REFORMADA” (adoptada por el presbiterio general en sesión el 1 y 3 de agosto de 2015). Disponible en línea en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/Reformed-Theology-Response-of-the-AG-Position-Paper

[5] Véase: “LA SEGURIDAD DEL CREYENTE”. Declaración oficial sobre la seguridad del creyente fue adoptada el 21 de agosto del 1978 por el Presbiterio General del Concilio General de las Asambleas de Dios.

[6] Íbid.

[7] Para saber más sobre la teología del pacto, se puede leer los resúmenes de la doctrina del pacto en manuales de teología sistemática como los siguientes:

  • En castellano: Berkhof, Teología sistemática.  W. Grudem, Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica.
  • En inglés: M. Horton, The Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way. J. Frame, Systematic Theology: An Introduction to Christian Belief.

[8] Augustus Toplady, prefacio, Jerom Zanchius, The Doctrine of Absolute Predestination (London: Sovereign Grace Union, 1930), pp. 14.

[9] D. A. Carson, Divine Sovereignty and Human Responsibility: Biblical Perspective in Tension”(Soberanía Divina y la Responsabilidad Humana: Perspectiva Bíblica en Tensión, página 18-22).

[10] Creeds of Christendom, Volume III. The Creeds of the Evangelical Protestant Churches. ARTICULI ARMINIANI sive REMONSTRANTIA. The Five Arminian Articles. A.D. 1610.

[11] EL ROL DE LA MUJER EN EL MINISTERIO, tal como se describe en las Sagradas Escrituras (ADOPTADA POR EL PRESBITERIO GENERAL EN SESIÓN EL 9 AL 11 DE AGOSTO DE 2010). Disponible en PDF en: http://agchurches.org/Sitefiles/Default/RSS/Spanish%20AG/Position%20Papers/El%20rol%20de%20la%20mujer%20en%20el%20ministerio.pdf