REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

¿A qué tengo que renunciar si le entrego mi vida a Cristo?

Por Fernando E. Alvarado

«¿A qué tengo que renunciar?» Esta es una pregunta común que uno puede hacer al entregar su vida a Cristo. Para muchos tan sólo hacerse esta pregunta genera temor. Las personas están muy apegadas a lo que han adquirido o logrado, ¿y por qué no deberían estarlo? Se invierte mucho tiempo, energía y recursos en todo lo que obtenemos en la vida. ¿Tenemos que renunciar a todo para seguir a Cristo?

Un compromiso con Cristo no significa que tengamos que vivir en la pobreza. El andar de un cristiano nunca está determinado por lo que tenemos o no tenemos. Seguir a Cristo no es negar las cosas, sino negar nuestra voluntad para aceptar la Suya. Es una vida entregada a Dios. Sin embargo, si mi corazón está consumido por mis posesiones, entonces mi caminar con Cristo está distraído. No puedo seguir a Cristo si mi amor por las cosas supera mi amor por Él. ¿Qué te impide comprometerte con Cristo? ¿Es tu estilo de vida? ¿Es una relación con alguien o algo? ¿Es miedo o dudas? ¿A qué te aferras que no puedes soltar? ¿Qué es lo que valoras por encima de tu alma?

La Palabra de Dios dice: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?» (Marcos 8:36, NVI). Lo que vemos y sentimos es temporal. Estas cosas se desvanecen. Se corrompen y se pudren. Se los roban y se pierden. La gente está de nuestro lado hoy y mañana puede darnos la espalda. Cuando ponemos nuestra confianza en cosas o personas, debemos estar abiertos a la posibilidad de que estas cosas nos fallen. ¿Qué hay de tu alma? ¿Has hecho una inversión en el cuidado de tu alma? Ninguna de las cosas que vemos frente a nosotros va con nosotros a la tumba. Nuestras almas no morirán; el cuerpo morirá, pero el alma vivirá.

¿Qué inversión has hecho en la eternidad? En Mateo 19:21-22, el hombre rico se acercó a Jesús y quiso saber qué se necesitaría para seguirlo. Jesús dijo: «Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y.… sígueme» (v. 21, NVI). El hombre rico no podía seguir a Jesús porque su corazón estaba con sus riquezas.

Nuestro enfoque nunca debe estar en lo que perdemos. Cuando pensamos en Cristo, debemos concentrarnos en lo que ganaremos. Cristo no vino a este mundo para quitarnos nada más que nuestro pecado. Él vino para que nuestras vidas fueran abundantes y satisfactorias (Juan 10:10). El mundo nos ha contaminado para medir el éxito mediante la cuantificación de nuestras posesiones. Esta ideología se ha cruzado en nuestro caminar con el Señor. Muchas personas miden la profundidad de su caminar con Dios en función de si tienen una casa grande o el mejor automóvil. Dios es mucho más grande que estas cosas materiales. Nuestro enfoque nunca debe estar centralizado en los dones, sino en el Dador. Debemos ver el valor en quién es Dios y no en lo que Dios hace. Él quiere personas que no estén envueltas en cosas sino en Él.

Si estás en un momento de decisión y te preocupa a qué tienes que renunciar, detente un momento y reenfoca. Cristo sabe todo acerca de ti, incluyendo tu estado y tus logros. De hecho, es la bendición de Dios que nos ha permitido a todos alcanzar el estado de vida en el que estamos. Dios ha derramado sobre nosotros su inmensa gracia y misericordia. Si ponemos nuestro enfoque en Él, podremos ver Su provisión como un Padre amoroso que nos da todo lo que necesitamos para tener éxito. A medida que afinamos nuestro enfoque para ver a nuestro Padre, veremos que Él no nos retiene las cosas, sino que derrama abundantes bendiciones. Estas bendiciones no deben atesorarse sino usarse con sabiduría y amor, siendo bendecidos y bendiciendo a otros.

¿A qué tenemos que renunciar? Debemos entregar todo lo que se interponga en el camino de nuestra relación con Cristo. Si podemos servir a Dios y no permitir que nuestro corazón se distraiga con cosas materiales, eso es grandioso. Sin embargo, si las cosas materiales o el amor a cualquier otra cosa se interpone en el camino de tu relación con Dios, entonces eso es lo que debes entregar hasta que tu amor por Dios sea la parte más dominante de tu vida. La entrega es una cuestión de confiar en nuestro amoroso Padre, quien tiene reservado lo mejor para nosotros.

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