Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Cesasionismo, Complementarianismo, Continuismo, Egalitarianismo

¿Arminianos Reformados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Arminianismo Reformado (también conocido como Arminianismo Clásico) es la visión sistemática de las Escrituras enseñada por el teólogo holandés Jacobo Arminio. Arminio expuso sus ideas mucho antes que sus seguidores hicieran públicos los 5 Artículos de la Remonstrancia. Lo que muchos ignoran es que Arminio se consideraba a sí mismo como Reformado, y muchos dentro del movimiento reformado holandés sostuvieron su enfoque de la teología. Hoy, sin embargo, el término calvinista es virtualmente sinónimo de reformado, y cualquier cosa con el término “Arminiano” se considera un punto de vista opuesto a lo reformado o calvinista.

Tristemente, lo que muchos calvinistas conocen e identifican como arminianismo es la corriente o tradición wesleyana únicamente. Sin embargo, un número cada vez mayor de arminianos está adoptando una variedad no wesleyana de arminianismo que ahora se conoce como “Arminianismo Reformado” o, más comúnmente, como “Arminianismo Clásico”. En países como Estados Unidos la corriente principal de este movimiento se encuentra en la denominación Bautista de libre albedrío, cuyos orígenes se remontan al movimiento bautista general inglés del siglo XVII. Los primeros defensores de este enfoque incluyen figuras inglesas del siglo XVII como Thomas Helwys y Thomas Grantham. Los defensores del siglo XX incluyen a los eruditos Bautistas de Libre Albedrío Leroy Forlines y Robert Picirilli, quienes se consideran a sí mismos como representantes de un tipo de arminianismo más parecido a la teología de Arminio que a la mayoría del arminianismo moderno.

Un número cada vez más creciente de evangélicos se ajusta a un perfil único en la conversación calvinista-arminiana: consideran que las Escrituras no apoyan una visión tradicional calvinista de la predestinación, la gracia y la libertad humana. Sin embargo, no están de acuerdo con el rechazo de la mayoría de los arminianos a las doctrinas reformadas de la depravación total, la expiación penal sustitutiva, la imputación de la justicia de Cristo de Cristo en la justificación y la santificación progresiva (en oposición a la doctrina de la santificación total en esta vida enseñada por la corriente wesleyana). Para estas personas, y para toda la conversación calvinista-arminiana, esta corriente de pensamiento arminiana reformada ofrece posibilidades fructíferas de entendimiento entre ambos sistemas teológicos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto se debe en parte a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903).

NECESITAMOS IR MÁS ALLÁ DE NUESTRA TRIBU SOTERIOLÓGICA.

Aunque en la mente de muchos cristianos no podrían existir dos términos más opuestos entre sí que “arminiano” y “calvinista”, esto no necesariamente es cierto. No obstante, al oír la expresión “Arminiano Reformado” muchos pensarán que se trata de una broma, pues consideran que tal expresión constituye un verdadero oxímoron; como si habláramos de la existencia de hielo caliente o de un conservador de izquierda. Tal forma de pensar ilustra de forma clara el antagonismo y la incomprensión que ha predominado por siglos en ambos bandos.

Los calvinistas frecuentemente caricaturizan a los arminianos y los acusan de creer cosas que realmente no creen. Lo mismo puede decirse de los arminianos hacia los calvinistas. Lo cierto es que la mayoría de los evangélicos calvinistas no están familiarizados con los escritos de Arminio, al igual que la mayoría de los evangélicos arminianos no conocen los escritos de Calvino. Esto es una pena, y no siempre fue así. Parece que hay mucha más insularidad en estos días en la comunidad evangélica, y mucho menos ir más allá de nuestra tribu soteriológica para entender realmente a los demás y su manera de pensar. Personalmente, he descubierto que puedo tener mucho más en común de lo que pensé con algunos calvinistas con respecto a la persona, obra y evangelio de Cristo, justificación, santificación, cosmovisión cristiana, apologética y epistemología, compromiso cultural, escatología, etc. (e incluso puntos de vista sobre el bautismo y los dones carismáticos). Pero todos esos puntos en común a menudo se pasan por alto en la comunidad arminiana por un simple hecho: ¡No somos calvinistas y no queremos ser relacionados como tales! ¡No creemos en la elección incondicional, la expiación limitada, ni en la gracia irresistible! ¡Y tampoco estamos totalmente de acuerdo en lo que a la perseverancia final de los santos se refiere!

Pero no solo los arminianos podemos ser así. Los calvinistas pueden ser igual o peor de insulares que nosotros. Es gracioso que los arminianos (o calvinistas) puedan trabajar junto con otros arminianos (o calvinistas) que difieren con ellos en cuanto a si los niños deben ser bautizados, el momento del regreso de Cristo y los dones carismáticos, y, sin embargo, el calvinismo y el arminianismo se han convertido en una prueba de fuego para la comunión evangélica en esos mismos círculos. Esta situación es precisamente lo que impide que las personas comprendan y lean a los autores del otro lado, lo que no es saludable.

Creo que si los calvinistas leyesen a Arminio en persona (y no solo a sus críticos y adversarios teológicos), verían a alguien cuyo latido del corazón por el evangelio se parece mucho a los calvinistas más antiguos que leen y citan. Se encontrarían con alguien cuya espiritualidad y creencias doctrinales en lo que significa ser un pecador totalmente depravado fuera de la gracia divina, lo que significa ser justificado por la justicia imputada de Cristo solo por la fe, lo que la doctrina de la expiación por medio de la sustitución penal se trata, de cómo un creyente crece en gracia y se santifica, del legalismo contra el antinomismo, etc., se parecen más a lo que ellos creen de lo que habían imaginado.

ARMINIANISMO REFORMADO, ARMINIANISMO WESLEYANO Y SEMIPELAGIANISMO.

La soteriología arminiana reformada se aparta de los modelos wesleyanos y del movimiento de santidad derivado de este al abrazar las categorías más reformadas de Arminio. Asimismo, marca una clara distancia con otros sistemas falsamente identificados como arminianos, pero que rayan en el semipelagianismo y el Teísmo Abierto.

A diferencia de la teología wesleyana-arminiana, tal como se desarrolló en el movimiento de santidad, el arminianismo reformado sostiene la noción tradicional reformada de la depravación total del hombre, que solo la gracia de Dios a través del poder de convicción y atracción del Espíritu Santo puede contrarrestar. Presenta una visión reformada de satisfacción penal de la expiación. Esto implica que la obediencia activa y pasiva de Cristo se imputa al creyente en la justificación.

Los arminianos reformados difieren fuertemente del perfeccionismo y la doctrina de la entera santificación propuesta por el arminianismo wesleyano. También creen que los cristianos perseveran en la salvación solo por medio de la fe. Si bien los creyentes pueden apostatar de la salvación forjada de una vez por todas en Cristo y perderse irremediablemente, esta apostasía se produce solo a través de la deserción de la fe. Esto tiene ramificaciones prácticas para asegurar la salvación: la comprensión del arminianismo reformado de la apostasía difiere un poco de la noción wesleyana de que los individuos pueden caer repetidamente de la gracia al cometer pecados individuales y pueden ser restaurados repetidamente a un estado de gracia a través del arrepentimiento.

Es precisamente este alejamiento de la teología wesleyana lo que le permitiría al arminianismo reformado revitalizar el actual diálogo arminiano-calvinista (o la falta de diálogo). ¿Por qué? Porque el arminianismo reformado constituye una apropiación más orientada a la gracia y cercana a la doctrina reformada en su entendimiento de la naturaleza de la expiación, la justificación, la santificación y la espiritualidad, combinada con su postura arminiana sobre la predestinación y la libertad (antes y después de la conversión) para resistir la gracia salvífica divina. De este modo, el arminianismo reformado proporciona un arminianismo único a través de medios arraigados en la teología del propio Arminio.

Desafortunadamente, el “arminianismo” más popular en el evangelicalismo moderno no es ni siquiera el wesleyano, sino más bien un modelo semipelagiano, más cercano a Charles Finney[1] que a John Wesley. Aunque Wesley está más alejado de la teología reformada de lo que lo estaríamos nosotros, los arminianos clásicos, no estuvo tan lejos como Finney y gran parte del movimiento de Santidad como se desarrolló en los siglos XIX y principios del XX. Wesley rechazó una expiación sustitutiva penal completa y la imputación de la justicia de Cristo al creyente. Él enseñó a los creyentes que podían perder su salvación una y otra vez a través de la impenitencia. Su visión de la santificación y la espiritualidad fue mucho más sobre las experiencias de crisis y la perfección; en mi opinión, se desvió hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo. Sin embargo, aún se parecía más a los reformadores que a Finney y reaccionó contra el pelagianismo de maneras importantes, especialmente en su opinión del pecado adámico.

SIMILITUDES ENTRE LA TEOLOGÍA ARMINIANA REFORMADA, O CLÁSICA, Y EL CALVINISMO.

Ahora bien, la pregunta más importante en este punto es: ¿Existen similitudes reales entre el arminianismo clásico, o reformado, y el calvinismo? La respuesta es sí. Contrario a lo que muchos piensan, el arminianismo clásico o reformado guarda ciertas similitudes doctrinales con el calvinismo. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

(1.- Depravación Humana: la voluntad humana en su estado de caída no puede lograr ningún bien espiritual a menos que sea asistido y habilitado por la gracia divina. Arminio afirmó: “El libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, mutilado, enfermo, inclinado y debilitado; sino también está encarcelado, destruido y perdido … Cristo dijo: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’ “.[2] Jacobo Arminio siempre quiso mantener la mayor distancia posible del pelagianismo, al cual calificaba como herejía.

(2.- Justificación: La expiación de Cristo no fue simplemente una obra de teatro o exhibición para mostrar el amor de Dios o su disgusto hacia el pecado. No estaba destinada simplemente a ejercer una influencia moral sobre los hombres o defender la justicia pública afirmando el orden moral. Más bien, como Anselmo, Arminio sostuvo la doctrina de la satisfacción penal de la expiación (es decir, una vista forense). Dios, como juez, solo justificará al hombre al cumplir plenamente con la ley (justicia inherente), o a través de una completa rendición de cuentas con ese hombre o la plena satisfacción de la ley según lo cumplido por otro en su lugar (justicia imputada). La paga del pecado debe ser hecha de una manera u otra, ya sea por sí mismo o por otro en su lugar.

Arminio rechazó absolutamente cualquier doctrina basada en la salvación por obras. Para Arminio, estar en estado de gracia significaba ser encontrado en Cristo. En la teología arminiana, al igual que en el calvinismo, Jesús llevó una vida sin pecado, murió de muerte sustitutiva, resucitó de entre los muertos al tercer día y ascendió al Padre donde él mora por siempre para interceder por sus santos. La frase “en Cristo” tiene que ver con la unión del creyente con Cristo. Nuestros pecados le fueron imputados a Él para que su justicia (tanto su obediencia activa en la vida, como su obediencia pasiva en su muerte sustitutiva) nos fuese imputada a nosotros.

ARMINIANISMO REFORMADO EN LAS IGLESIAS PENTECOSTALES.

Como se dijo anteriormente, las Asambleas de Dios, la mayor y más influyente de las denominaciones pentecostales, ha abrazado de forma significativa la teología arminiana clásica (o reformada), rechazando algunos elementos del arminianismo wesleyano y calificando como herejía el pelagianismo. Esto no es casual o fortuito, sino que se debe en gran medida a la influencia bautista en los orígenes, liderazgo primitivo y fundamento teológico de esta denominación pentecostal.

Aunque muchos no vacilarían en identificar el origen de las Asambleas de Dios dentro de la corriente del Movimiento de Santidad wesleyano, esto no es del todo cierto. Debe recordarse que el Reverendo E.N. Bell, primer Superintendente General de las Asambleas de Dios era bautista. Bell recibió educación superior en la Universidad de Stetson en la década de 1890, y se formó teológicamente en el Seminario Teológico Bautista del Sur (1900-1902) y la Universidad de Chicago (B.A., 1903). Bell pastoreó diversas iglesias bautistas durante diecisiete años.[3] El primer pastorado pentecostal de Bell fue en Malvern, Arkansas, donde publicó un periódico mensual, The Word and Witness. Cuando los padres fundadores de las Asambleas de Dios se reunieron en Hot Springs, Arkansas, del 2 al 12 de abril de 1914 para promover la unidad y la estabilidad doctrinal, establecer una personería legal, coordinar la empresa misionera y establecer una escuela de entrenamiento para el ministerio Eudorus N. Bell fue elegido presidente (título que más adelante se cambió a superintendente general) del primer Concilio General de las Asambleas de Dios. Las iglesias provenientes del movimiento de santidad no fueron dominantes en el desarrollo teológico del nuevo movimiento, ya que los aproximadamente 300 delegados del primer Concilio General representaron una diversidad de iglesias independientes y redes, entre ellas la «Asociación de Asambleas Cristianas» en Indiana, la «Iglesia de Dios en Cristo», y el «Movimiento de la Fe Apostólica» de Alabama, Arkansas, Mississippi y Texas.

En una de sus declaraciones oficiales, las Asambleas de Dios sientan postura y se distancian tanto del pelagianismo y las variantes extremas de arminianismo, como del calvinismo extremo (llamado hipercalvinismo). En cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Debe notarse que hay peligros en las expresiones extremas de ambos grupos [calvinistas y arminianos]. Una forma extrema de arminianismo puede rotularse como pelagianismo, postura en la cual los creyentes básicamente se salvan a sí mismos por la calidad de su vida y de su fe. Una forma extrema de la teología reformada se ha denominado a veces híper- calvinismo, en la cual el individuo, como se señaló antes, no tiene participación alguna en la salvación o condenación. Ninguno de estos extremos tiene base bíblica, o una explicación satisfactoria para las realidades de la vida.”[4]

Pero esta denominación representativa del pentecostalismo clásico va más allá. A pesar de que el pentecostalismo podría considerarse como una continuación del Movimiento de Santidad Wesleyano, las Asambleas de Dios se distancian del arminianismo wesleyano (el cual enseña que los creyentes pueden perder su salvación una y otra vez, y cuya visión de la santificación y la espiritualidad se desvía hacia el legalismo en su reacción al antinomianismo); en cambio, las Asambleas de Dios afirman:

“Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. (Vea Romanos 5:9–11 donde está claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.) Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre![5]

Dicha declaración oficial choca en cierta medida con el perfeccionismo wesleyano y su idea de la caída constante del creyente de la Gracia. Así, mientras se distancia tanto del arminianismo wesleyano como del pelagianismo y del hipercalvinismo, la mayor de las denominaciones pentecostales del mundo se inclina por un arminianismo clásico o reformado:

“Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). ¿Por qué tanta preocupación y cuidado? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12)… La salvación se pierde al rechazar a Cristo… Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Vea Romanos 10:21 donde Pablo habla de Israel, pero el principio se aplica aquí también.) Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo.”[6]

Así pues, el arminianismo clásico, o reformado, se ha convertido en el punto de encuentro entre la teología calvinista moderada y los nuevos grupos evangélicos, incluidos los pentecostales. Llegar a acuerdos es posible. Ambas corrientes teológicas pueden coexistir y enriquecerse mutuamente y, en los puntos de desacuerdo, respetarse. Esto nos lleva al siguiente punto: Los diferencias.

DIFERENCIAS ENTRE LA TEOLOGÍA DE ARMINIO Y EL CALVINISMO.

Si bien el arminianismo reformado permite un mayor entendimiento con el calvinismo, y constituye una aproximación mayor a la teología reformada de lo que muchos pensaban, o de lo que otros tipos de arminianismo lo permiten, tampoco puede negarse que existen diferencias claras entre ambos sistemas. Entre dichas diferencias podemos mencionar:

(1.- LA TEOLOGÍA DEL PACTO:

Las diferencias fundamentales entre el arminianismo reformado y el calvinismo pueden encontrarse en la comprensión particularista del calvinismo del “decreto inalterable de Dios”. La visión calvinista de la elección incondicional, la gracia irresistible y la necesaria perseverancia de los santos, se deriva de la denominada Teología del Pacto. La Teología del Pacto le proporciona al calvinismo un marco explicativo para interpretar los pasajes del Nuevo Testamento relativos a la salvación. Pero ¿en qué consiste dicho sistema teológico? De acuerdo con el calvinismo, para entender el plan de salvación como es explicado en el Nuevo Testamento, hemos de presuponer el paradigma bíblico del Pacto de Redención, el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Así pues, la teología del pacto pretende resumir la enseñanza de toda la Biblia con el concepto de pacto. Un pacto es un acuerdo formal entre dos o más personas que establece y define los límites de la relación. La teología del pacto sostiene que Dios toma la iniciativa de relacionarse con el ser humano siempre por medio de pactos. También sostiene que existe cierta continuidad entre varios de estos pactos, y que reconocer esta continuidad nos ayuda a entender el mensaje principal de la Biblia.

Los teólogos del pacto suelen ver un pacto en Edén antes de la caída de Adán. Sin embargo, enfrentan un problema: Los primeros capítulos de Génesis no usan la palabra pacto para hablar de la relación entre Dios y Adán, por lo que los teólogos calvinistas deben buscar indicios de dicho pacto en otro lado. Generalmente, suelen refugiarse en Oseas 6:7 para sostener dicha idea: “mas ellos, como Adán, han transgredido el pacto”. En los supuestos teológicos del calvinismo, Dios siempre se relaciona con el ser humano por medio de pactos. Por medio de los pactos, Dios comunica lo que espera de su pueblo, les ofrece y promete bendición, estipula consecuencias por la desobediencia, y especifica la manera de recibir la bendición (si por la fe o por la obediencia). De acuerdo con dicha teología, otro aspecto clave de los pactos bíblicos es que suele haber representación; es decir, Dios trata con una sola persona en representación de los demás. Existe una solidaridad entre el pueblo y el representante. Citan como ejemplo el trato de Dios con el pueblo de Israel y sus reyes. Si el rey obedecía, el pueblo disfrutaba de bendición. Por el contrario, si el rey desobedecía, el pueblo sufría las consecuencias.

Una forma en la que la teología del pacto resume los tratos de Dios con su pueblo es según tres pactos: el de las obras, el de gracia, y el de la redención.

(1.- Pacto de las Obras: Dios entró en un pacto condicional con Adán en el cual este tenía que obedecerle en el jardín para evitar la muerte y ser confirmado para siempre en justicia. Adán era el representante de la raza humana, de modo que, cuando desobedeció, Dios consideró a todo ser humano culpable. Romanos 5 dice que el pecado entró en el mundo y se extendió no debido a la desobediencia de cada ser humano, sino a la culpa a un individuo: Adán. Todos sufrimos las consecuencias de su pecado porque fue nuestro representante en el pacto de las obras.

(2.- Pacto de la Gracia: Se suele explicar que este pacto entra en vigor a partir de Génesis 3:15 (la maldición de la serpiente). Este pacto establece la manera en que Dios salva a su pueblo: por gracia por medio de la fe en el mediador, que es el Cristo. Se argumenta (aunque con matices y diferencias, según el teólogo) que los pactos sucesivos en la Biblia incluyen y revelan este principio de salvación por gracia por medio de la fe. Esta continuidad se resume en el pacto de la gracia.

(3.- Pacto de la Redención: El pacto de gracia se ejecuta en la historia humana, pero antes, en la eternidad, el Padre, el Hijo, y el Espíritu ya habían establecido un acuerdo según el cual el Padre le prometió un pueblo como herencia, del cual el Hijo sería cabeza y redentor. El Hijo, por su parte, voluntariamente decidió tomar el lugar de este pueblo en su vida encarnada y en su muerte. Y el Espíritu se comprometió a aplicar las bendiciones ganadas por Cristo a todo el pueblo. Este pacto busca encontrar apoyo bíblico, por ejemplo, en los salmos mesiánicos, en el lenguaje de Jesús cuando habla de la necesidad que tiene de cumplir la voluntad de su Padre, y en Efesios 1, donde se habla de los roles de cada persona de la Trinidad en la redención. Sin embargo, el pacto propuesto por los calvinistas no incluye a toda la humanidad ni pone a disposición de todos los hombres el regalo de la salvación. Para el calvinista, a través del pacto Dios busca redimir solo a los elegidos. De acuerdo con los términos de este pacto el Padre elige un número definido de individuos para sí mismo, el Hijo hace lo que es necesario para salvar a aquellos que el Padre le ha dado y a nadie más, y el Espíritu Santo, de igual manera, aplica la salvación solo a los elegidos.[7]

Sin embargo, la Teología del Pacto posee ciertos puntos de crítica que debilitan la posición calvinista. La primera y principal es la falta de base bíblica.  Aunque la palabra pacto aparece muchas veces en la Biblia, lo cierto es que la Biblia no menciona ni el pacto de la gracia, ni el de la redención, y muchos creen que tampoco el de obras. Son deducciones sin base bíblica concreta. No hay una indicación directa en las Escrituras de que tal pacto fuera jamás hecho, y lo que es más importante, los términos de dicho pacto no se revelan. Solo cuando asumimos a priori que la elección no es condicional, es que concluimos el Ordo Salutis y todos los demás elementos del calvinismo. Sin embargo, se ve exactamente lo contrario en las Escrituras: la expiación de Cristo fue para todos, de hecho, para el mundo entero, y la salvación de Dios es condicional, y esa condición es la fe en Cristo.

Otro punto de crítica con esta teología es que propone demasiada continuidad entre los pactos. Sobran quienes argumentan que la teología del pacto propone demasiada continuidad entre los tratos de Dios con su pueblo en una época y en otra. Por ejemplo, el debate entre bautistas y presbiterianos acerca del bautismo de infantes tiene que ver precisamente con el tema de la continuidad entre los pactos: los presbiterianos dicen que los hijos de creyentes se incluyen en la comunidad del pacto porque así fue con Abraham y con el pueblo de Israel, ambos partícipes del mismo pacto de gracia del cual participa la iglesia del nuevo pacto. Los bautistas que se consideran teólogos del pacto (y los hay) responden que el pacto de la gracia no incluye necesariamente los hijos de creyentes, a no ser que estos también respondan en fe.

Como puede verse, la teología del pacto crea más problemas de los que resuelve. Aquí, entonces, está el entendimiento arminiano reformado de cómo uno puede llegar a “estar en Cristo”: Por medio de la fe, y dicha oferta está abierta a todos. La expiación es general, no limitada ni particular.

(2.- EL DETERMINISMO O FATALISMO CRISTIANO: El determinismo es la creencia que Dios ordena u organiza todas las cuestiones del universo de manera que todo y cada cosa que ha sucedido y sucederá está eficazmente orquestado por Dios de tal forma que debieron suceder exactamente cómo sucedieron. Dicha doctrina niega de forma contundente la existencia del albedrío humano. Augustus Toplady, clérigo anglicano y opositor calvinista de John Wesley, llegó incluso a afirmar que “No hay partícula de polvo que se mueva sin que Dios la haya levantado, conduzca su movimiento incierto, y por su cuidado particular, la haga reposar en cierto lugar que El dispuso con anticipación.”[8]

Sin embargo, el determinismo causal universal y divino propuesto por el calvinismo no puede ofrecer una interpretación coherente de la Biblia. Incluso los teólogos reformados clásicos reconocieron eso. D. A. Carson identifica nueve corrientes de pasajes que afirman la libertad humana: (1) Las personas enfrentan una multitud de exhortaciones y ordenes divinas, (2) a las personas se le dice que obedezcan, crean y que escojan a Dios, (3) las personas pecan y se rebelan contra Dios, (4) los pecados de las personas son juzgados por Dios, (5) las personas son probadas por Dios, (6) las personas reciben recompensas divinas, (7) los elegidos son responsables de responder a la iniciativa de Dios, (8) las oraciones no son meras obras maestras programadas por Dios, (9) Dios literalmente le suplica a los pecadores para que se arrepientan y sean salvos. Esto, ciertamente, no concuerda con la doctrina determinista, o fatalismo cristiano, propuesto por el calvinismo.[9]

Pero no solo la Biblia se opone al determinismo, sino que, el determinismo causal universal no puede ser afirmado de manera racional. Además, el determinismo universal divino hace a Dios el autor del pecado y remueve la responsabilidad humana. Contrario a la visión arminiana, en la visión determinista aún el movimiento del albedrío humano es causado por Dios. Dios mueve a las personas a escoger el mal y no pueden hacer lo contrario. Dios determina sus elecciones y hace que ellos hagan el mal. Si es malo hacer que otra persona haga lo malo, entonces en esta visión Dios no sólo es la causa del pecado y del mal, sino que Dios mismo se hace malo, lo cual es absurdo. De la misma manera, todas las responsabilidades humanas para el pecado han sido removidas. Así que nuestras elecciones no dependen de nosotros: Dios es el causante de que las hagamos. No podemos ser responsables por nuestras acciones, ya que nada de lo que pensamos o hacemos depende de nosotros. De este modo, el determinismo universal divino anula la agencia humana.

Pero hay algo peor en esto. El determinismo hace que la realidad se convierta en una farsa. Según la visión determinista, el mundo entero se convierte en un espectáculo vano y vacío. No hay agentes libres en rebelión contra Dios, a quienes Dios busca para ganárselos por medio de Su amor, ni nadie que libremente responda a ese amor y que libremente da a cambio su amor y alabanza a Dios. Todo el espectáculo es una payasada en la que el mismo Dios es el único actor real.

Lejos de glorificar a Dios, la visión determinista menosprecia a Dios por involucrarse en esa payasada absurda. Es profundamente ofensivo para Dios el pensar que Él crearía seres que son, en todo sentido, causalmente determinados por Él y luego les trata como si ellos fueran agentes libres cuando les castiga por las malas acciones que hizo que ellos cometieran, o cuando los ama como si ellos fueran agentes que responden de manera libre.

(3.- LAS DOCTRINAS DE LA GRACIA: El término “Doctrinas de la Gracia” suele ser empleado para referirse al TULIP, acrónimo que resume los cinco puntos del calvinismo (Depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia final de los santos). Todos los arminianos aceptamos la doctrina de la depravación total del hombre. Sin embargo, negamos de forma contundente las doctrinas calvinistas de la elección incondicional, la expiación limitada o particular y la naturaleza irresistible de la gracia. Asimismo, poseemos una comprensión diferente de la doctrina de la perseverancia final de los santos. La postura arminiana reformada en relación con las doctrinas de la gracia queda establecida en “Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610” los cuales afirman:

ARTÍCULO I.

“Dios, por un objetivo eterno e inmutable en Jesucristo su Hijo, antes de la fundación del mundo, tiene determinado, de la raza caída, pecaminosa de los hombres, salvar en Cristo, para Cristo, y por Cristo, a los que, por la gracia del Espíritu Santo, creerán en este su Hijo Jesús, y perseverarán en fe y obediencia de fe, por esta gracia, hasta el fin; y, de otra parte, dejar a los incorregibles e incrédulos en el pecado y bajo la ira, y condenarlos como enajenados de Cristo, según la palabra del evangelio en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” y de acuerdo también con otros pasajes de la Escritura.”

ARTÍCULO II.

“De acuerdo con esto, Jesucristo, el Salvador del mundo, ha muerto por todos los hombres y por cada hombre, de modo que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, el rescate y el perdón de pecados; aunque nadie en realidad disfrute de este perdón de pecados excepto el creyente, según la palabra del Evangelio de Juan 3.16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”. Y en la Primera Epístola de Juan 2:2: “Él es la propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

ARTÍCULO III.

“Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo, Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”.

ARTÍCULO IV.

“Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo. Hechos 7 y en otros muchos lugares.”

ARTÍCULO V.

“Que aquellos que están incorporados en Cristo por una fe verdadera, y de esta manera se han hecho partícipes de su Espíritu vivificante, tienen por lo tanto pleno poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo y su propia carne, y para ganar la victoria, siendo bien entendido que esto es siempre a través de la gracia asistente del Espíritu Santo; y que Jesucristo les asiste por medio de su Espíritu en todas las tentaciones, extendiendo a estos su mano, y si sólo están listos para el conflicto y desean su ayuda, y no están inactivos, les impide caer, de modo que ellos por ninguna artimaña o poder de Satanás, pueden ser engañados, ni arrancados de las manos de Cristo, según la palabra de Cristo, Juan x. 28: “Nadie los arrebatará de mi mano”. Pero si son capaces, por negligencia, de abandonar de nuevo los primeros comienzos de su vida en Cristo, regresando nuevamente a este mundo malvado presente, de apartarse de la santa doctrina que les fue dada, de perder una buena conciencia, siendo desprovistos de gracia, eso debe ser determinado más particularmente de las Sagradas Escrituras antes de que puedan enseñar esto con la plena persuasión de sus mentes. Por consiguiente, los remonstrantes consideramos estos artículos conformes a la Palabra de Dios, tendentes a la edificación y en cuanto a este argumento, suficiente para la salvación, de modo que no sea necesario o edificante elevarse más alto o descender más profundo.”[10]

 (4.- CESASIONISMO: El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. Aunque los movimientos reformados en general han sido cesasionistas en cuanto a la pneumatología, rechazando las manifestaciones actuales del Espíritu Santo, hay algunos entre los neo-reformados que están abiertos a los dones o que hablan en lenguas. Los arminianos, y particularmente los pentecostales y carismáticos, creemos firmemente en la continuidad y validez de los dones del Espíritu para nuestra época. Afirmamos que no hay evidencia bíblica, o cualquier otro tipo de evidencia, que siquiera se acerque a sugerir que los dones carismáticos han cesado. El estudioso honesto de la Biblia debe reconocer la presencia constante, de hecho, dominante, y en todo el Nuevo Testamento de los dones espirituales. A partir de Pentecostés, y continuando a lo largo del libro de los Hechos, siempre que el Espíritu se derrama sobre los nuevos creyentes, ellos experimentan su charismata. No hay nada que indique que estos fenómenos se limitan a ese grupo y a ese momento. Esto parece ser algo extendido y común en la iglesia del Nuevo Testamento. Cristianos de Roma (Romanos 12), Corinto (1 Corintios 12-14), Samaria (Hechos 8), Cesarea (Hechos 10), Antioquía (Hechos 13), Éfeso (Hechos 19), Tesalónica (1 Tesalonicenses 5), y Galacia (Gálatas 3) experimentaron los dones milagrosos y de revelación. Es difícil imaginar cómo los autores del Nuevo Testamento podrían haber hablado más claramente acerca de cómo debe lucir el cristianismo bíblico. En otras palabras, la evidencia apunta en contra del cesacionismo.

(5.- COMPLEMENTARIANISMO: Una problemática bastante frecuente que promueven los neo-reformados es el complementarianismo, en algunos casos con el rechazo de cualquier participación ministerial para las mujeres y, en otros casos, con la limitación del ministerio de las mujeres a un ámbito muy limitado. En el contexto eclesiástico, el complementarianismo afirma que solo los hombres deben dirigir la iglesia en calidad de pastores. Éste es un asunto con el que los arminianos, sobre todo los pentecostales, estamos en desacuerdo. Creemos, en cambio, en el egalitarianismo, el cual le permite a las mujeres el acceso al ministerio, incluso la ordenación al pastorado.[11]

La historia del Antiguo Testamento incluye relatos de sólidos liderazgo femenino en muchos roles, tal como los siguientes ejemplos dignos de destacar: Miriam fue profetisa en Israel durante el éxodo, junto a sus hermanos, Moisés y Aarón (Éxodo 15:20). Débora, que era no sólo profetisa sino jueza, dirigió a Barac para que guiara al ejército de Israel hacia un combate exitoso contra sus opresores (Jueces 4 y 5). Hulda, también profetisa, autenticó el rollo de la ley encontrado en el templo y ayudó a iniciar la reforma religiosa en los días de Josías (2 Reyes 22:14–20; 2 Crónicas 34:22–28).

El Nuevo Testamento también muestra que las mujeres desempeñaban roles ministeriales importantes en la Iglesia Primitiva. Tabita (Dorcas) puso en marcha un efectivo ministerio de benevolencia (Hechos 9:36). Las cuatro hijas solteras de Felipe eran profetisas reconocidas (Hechos 21:8,9). Pablo señaló a dos mujeres, Evodia y Síntique, como mujeres que “combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Filipenses 4:2,3). Priscila fue otra de las mujeres que 3 Pablo consideró ejemplar entre sus “compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3,4). En Romanos 16, Pablo saluda a muchos colegas ministeriales, entre los cuales muchas eran mujeres. En estos saludos, la palabra que Pablo usa para hablar del “trabajo” (kopiaō) o la “labor” de María, Trifena, Trifosa, y Pérsida (Romanos 16:6,12) es una que utiliza con frecuencia para su propia labor ministerial (1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17). Febe, una líder de la iglesia de Cencrea, fue muy elogiada por Pablo ante la iglesia de Roma (Romanos 16:1,2). Lamentablemente, las parcialidades de las traducciones han oscurecido la posición de Febe en el liderazgo; por ejemplo, algunas versiones en inglés traducen el término como “sierva”, pero Febe era diakonos de la iglesia en Cencrea. Por lo general, Pablo utilizaba este término para identificar a un ministro o líder de una congregación, y lo aplica específicamente a Jesucristo, Tíquico, Epafras, Timoteo, y su propio ministerio. Según el contexto, diakonos por lo general se traduce como “diácono” o “ministro”. Aunque algunas traducciones han escogido la palabra “diaconisa” (por ejemplo, la NVI, pues Febe es mujer), el griego diakonos es un sustantivo masculino. Por tanto, es probable que diakonos fuera una designación para una posición de liderazgo oficial en la Iglesia Primitiva. Por tanto, la traducción correcta para el rol de Febe sería “diácono” o “ministro” (como lo reflejan algunas versiones en inglés, por ejemplo, la New Living Translation, NLT). Además, muchas traducciones reflejan inclinaciones similares, al referirse a Febe como alguien que “ha ayudado” (NVI), “ha sido de ayuda” (NTV) para muchos, incluido el mismo Pablo (Romanos 16:2). El término griego aquí es prostatis, que NRSV [versión en inglés] se traduce como “benefactor”, con sus matices de igualdad y liderazgo. Pablo identificó a Junia como apóstol (Romanos 16:7). A comienzos del siglo trece, algunos eruditos y traductores masculinizaron su nombre como Junias, al parecer estaban renuentes a reconocer que había un apóstol mujer. Sin embargo, el nombre Junia se encuentra más de 250 veces solamente en Roma, mientras que la forma masculina Junias es conocida en cualquier fuente greco-romana. Pablo claramente fue un defensor de la mujer en el ministerio. Estas instancias de mujeres cumpliendo funciones de liderazgo en la Biblia deben considerarse como un patrón aprobado por Dios, no como excepciones a sus normas divinas. Incluso un número limitado de mujeres que cumplían funciones de liderazgo con el respaldo de las Escrituras afirman que Dios en verdad llama a mujeres al liderazgo espiritual.

CONCLUSIÓN.

Mientras que en asuntos teológicos hay claras diferencias entre nosotros los arminianos (incluso reformados o clásicos) y los calvinistas, ciertamente es más lo que nos une que lo que nos separa. Los extremos de ambas posiciones deberían rechazarse: Ni los extremos cuasi pelagianos de algunos que se autodenominan arminianos, ni los extremos hipercalvinistas de algunos grupos que se denominan reformados, son bíblicos. Si bien la enseñanza y la predicación de algunos teólogos de ambos grupos pudieran ser ocasionalmente controversiales, concordamos en el imperativo de presentar el evangelio a los perdidos. Los arminianos reconocemos a los calvinistas como nuestros hermanos en Cristo. Reconocemos su pasión por la causa del Evangelio y los aportes de sus eruditos a la teología cristiana en general. Sin embargo, cuando el pensamiento reformado se profundiza y se lleva al extremo de eliminar toda responsabilidad humana, debemos rechazarlo y permanecer fieles al llamado y ejemplo de Cristo y sus discípulos, de guiar a todos al Señor y ofrecerles salvación.

REFERENCIAS:

[1] Charles Grandison Finney (29 de agosto de 1792 – 16 de agosto de 1875), llamado “El más importante restauracionista estadounidense”, fue un líder del segundo gran despertar cristiano de Estados Unidos, que tuvo un profundo impacto en la historia social de los Estados Unidos. Finney tuvo una influencia primaria en el estilo de “renacimiento” de la teología que surgió en el siglo XIX. A pesar de provenir del calvinismo, Finney rechazó varios puntos del “viejo calvinismo divinista” que consideraba que no estaban de acuerdo con la Biblia además de que parecían oponerse al evangelismo y a la misión de los cristianos. En su teología Finney se oponía a la doctrina calvinista como lo expresa en su obra “resurgimientos religiosos”. En esta obra, él sostiene que la salvación se basa en la voluntad humana de arrepentirse y no es impuesta por Dios sobre las personas en contra de la voluntad de ellas. Su rechazo al calvinismo no fue total. En su obra Teología sistemática, Finney abraza la doctrina calvinista de la “Perseverancia de los Santos”. Quedan preguntas sobre cómo es que Finney veía el significado de la muerte de Jesús en la cruz. Su opinión es compleja. Además de hacer de la muerte de Cristo la pieza central de la justificación, más bien que de la obediencia de Cristo, la interpretación de Finney de la expiación era que satisfizo la “justicia pública” y que abrió las puertas para que Dios perdonase a la gente sus pecados. Ésta era la opinión de los seguidores de Jonatán Edwards, el así llamado Nueva Divinidad que era popular en aquella época. En esta interpretación, la muerte de Cristo satisfizo la justicia pública más bien que una justicia de retribución. Finney decía que no era una “transacción comercial”. Esta interpretación, conocida típicamente como el punto de vista gubernamental u opinión moral del gobierno, se diferencia del punto de vista calvinista en donde los sufrimientos de Jesús igualan la cantidad de sufrimiento que los cristianos experimentarían en el infierno.

[2] Disputation 11, “On the Free Will of Man and its Powers”, en The Works of James Arminius, 2:192.

[3] Véase: https://www.apostolicarchives.com/articles/article/8795590/172502.htm

[4] Véase: “UNA RESPUESTA DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS A LA TEOLOGÍA REFORMADA” (adoptada por el presbiterio general en sesión el 1 y 3 de agosto de 2015). Disponible en línea en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/Reformed-Theology-Response-of-the-AG-Position-Paper

[5] Véase: “LA SEGURIDAD DEL CREYENTE”. Declaración oficial sobre la seguridad del creyente fue adoptada el 21 de agosto del 1978 por el Presbiterio General del Concilio General de las Asambleas de Dios.

[6] Íbid.

[7] Para saber más sobre la teología del pacto, se puede leer los resúmenes de la doctrina del pacto en manuales de teología sistemática como los siguientes:

  • En castellano: Berkhof, Teología sistemática.  W. Grudem, Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica.
  • En inglés: M. Horton, The Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way. J. Frame, Systematic Theology: An Introduction to Christian Belief.

[8] Augustus Toplady, prefacio, Jerom Zanchius, The Doctrine of Absolute Predestination (London: Sovereign Grace Union, 1930), pp. 14.

[9] D. A. Carson, Divine Sovereignty and Human Responsibility: Biblical Perspective in Tension”(Soberanía Divina y la Responsabilidad Humana: Perspectiva Bíblica en Tensión, página 18-22).

[10] Creeds of Christendom, Volume III. The Creeds of the Evangelical Protestant Churches. ARTICULI ARMINIANI sive REMONSTRANTIA. The Five Arminian Articles. A.D. 1610.

[11] EL ROL DE LA MUJER EN EL MINISTERIO, tal como se describe en las Sagradas Escrituras (ADOPTADA POR EL PRESBITERIO GENERAL EN SESIÓN EL 9 AL 11 DE AGOSTO DE 2010). Disponible en PDF en: http://agchurches.org/Sitefiles/Default/RSS/Spanish%20AG/Position%20Papers/El%20rol%20de%20la%20mujer%20en%20el%20ministerio.pdf

Arminianismo Clásico

¿Depravados o moralmente neutros?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Para muchos resulta sorprendente descubrir que el arminianismo y el calvinismo están totalmente de acuerdo con la doctrina de la depravación total. Tanto los calvinistas como nosotros los arminianos creemos que la humanidad es totalmente corrupta e incapaz, en sí misma, de aceptar el evangelio. Jacobo Arminio escribió:

“En este estado, el libre albedrío del hombre hacia el bien verdadero no solo está herido, mutilado, enfermo, torcido y debilitado; sino también encarcelado, destruido y perdido. Y sus poderes no solo son debilitados e inútiles a menos que sean asistidos por la gracia, sino que no tienen ningún poder, excepto los que están excitados por la gracia divina. Porque Cristo ha dicho: Sin mí, nada podéis hacer. San Agustín, después de haber meditado diligentemente cada palabra en este pasaje habla así: Cristo no dice, sin mí, solo puedes hacer poco; ni dice Él, sin mí puedes hacer cualquier cosa ardua, ni sin mí puedes hacerlo con dificultad. ¡Sino que dice, sin mí nada podéis hacer! Tampoco dice, sin mí no se puede completar nada; pero sin mí no podéis hacer nada”. [1]

Asimismo, el Tercer Artículo de la Remonstrancia afirma:

“El hombre no tiene la gracia salvadora de sí mismo, ni de la energía de su libre albedrío, en la medida en que, en el estado de apostasía y pecado, no puede ni por sí ni pensar, ni hacer nada que sea verdaderamente bueno; sino que es necesario que nazca de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Espíritu Santo, y que se renueve en la comprensión, la inclinación o la voluntad, y todos sus poderes, para que pueda entender, pensar, querer y efectuar correctamente lo que es verdaderamente bueno, de acuerdo con la Palabra de Cristo en Juan 15: 5, “Sin mí no podéis hacer nada”.[2]

La doctrina de la depravación total del hombre es reconocida unánimemente por la ortodoxia protestante. Sin embargo, en contraposición con el arminianismo clásico y el calvinismo, el pelagianismo y el semipelagianismo se oponen a la doctrina de la depravación total del hombre. El pelagianismo niega que las consecuencias del pecado de Adán pasaran a sus descendientes, afirma que todos los seres humanos nacemos en un estado moralmente neutral. Según esta doctrina, si un hombre recibe la enseñanza correcta, es capaz de vivir de una manera que agradaría a Dios. Debido a esto, el hombre tiene la opción de hacer lo bueno o lo malo sin ninguna restricción impuesta por su naturaleza pecaminosa. Por obvias razones, el pelagianismo es considerado una herejía.

El semipelagianismo, por otro lado, pretende ser un término medio entre el pelagianismo y la ortodoxia cristiana. Sostiene que hay una chispa de bien en el hombre, suficiente para permitirle comenzar el viaje, momento en el que Dios se hace cargo y termina el trabajo. Esta posición, también se considera herética por la ortodoxia cristiana, pese a ser sostenida, a veces inconscientemente, por muchos cristianos. Ahora bien, el énfasis tanto del pelagianismo como del semipelagianismo está en el libre albedrío humano, la capacidad de la humanidad para elegir libremente, sin la ayuda de Dios, y aceptar su oferta de salvación. Ambas herejías presentan un desafío a la ortodoxia bíblica y distorsionan el papel del hombre y de Dios en el proceso de salvación.

¿QUÉ IMPLICA LA DOCTRINA DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL DEL HOMBRE?

Tanto Calvino como Arminio enseñaron la doctrina de la depravación total del hombre. Arminianos y calvinistas concordamos en este punto. La depravación total enseña que la humanidad fue creada a imagen de Dios y era santa. Pero esa humanidad cayó de su estado sin pecado cuando desobedecieron las instrucciones de Dios de no comer del fruto del Árbol del Conocimiento. Cuando hicieron esto, murieron espiritualmente, se separaron de Dios y cayeron en condenación.

Pero este concepto no debe ser tampoco mal entendido. Que la humanidad sea totalmente depravada no significa que sean tan malos como podrían ser. Lo que significa es que tenemos una inclinación natural al pecado y que nuestro estado natural es corrupto, incapaz de pensar o hacer algo por nosotros mismos que sea bueno. Esto incluye poder ganar cualquier favor de Dios, hacer cualquier cosa para salvarnos del juicio de Dios, o incluso creer en el evangelio de Cristo.

Significa también que el hombre no puede tomar la iniciativa en la salvación. Si Dios no hace primero algo que le permita creer, entonces el hombre nunca lo hará. Es un acto de gracia por parte de Dios que nos permite creer. Nuestra voluntad no es libre de elegir a Dios. El ser humano simplemente no tiene libre albedrío con respecto a elegir creer.

En oposición al pelagianismo y al semipelagianismo, la Biblia nos enseña que:

  • La humanidad fue creada santa, pero cayó en pecado a través de la desobediencia voluntaria (Génesis 1: 26-28; 3: 1-19).
  • Todos los humanos somos pecadores y desobedientes a Dios. Estamos muertos en nuestros pecados, no meramente heridos o dañados (Efesios 2: 1-3; Romanos 3:23; Colosenses 2:13). Tampoco somos moralmente neutros.
  • No hay ni siquiera uno de nosotros, por bueno que se considere, que haga el bien (Romanos 3: 9-18).
  • En nuestro estado natural de pecado somos incapaces de agradar a Dios (Romanos 8: 7-8).
  • Nadie puede venir a Cristo a menos que el Padre los atraiga (Juan 6:44).

Concordamos con el calvinismo en que el libre albedrío del hombre no solo se encuentra herido, mutilado, enfermizo, deshabilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido, de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil a menos que sea asistido por la gracia. Entendemos que, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. Además, reconocemos que la voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.

¿LO ENSEÑA LA BIBLIA?

De acuerdo con la Biblia, por la caída de Adán toda la humanidad fue constituida pecadora y está “destituida de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Romanos 6:23 nos enseña que “la paga del pecado es muerte”, esta muerte incluye todas las malas consecuencias que han sobrevenido al hombre después de la caída. La caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad, inteligencia, y demás facultades están corrompidas por causa de la caída de Adán. Esto no significa que el hombre, aunque quiera, no puede acercase a Dios, sino que el hombre nunca quiere hacer la voluntad de Dios ya que no está en su voluntad hacerlo: Su voluntad está inclinada contra Dios de forma permanente, y de manera instintiva y voluntaria se torna hacia el mal. Nace enajenado de Dios y peca por elección.

En este sentido, podemos decir que el hombre perdió el libre albedrío en lo que a tomar la iniciativa en la salvación se refiere. Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. El hombre no perdió su libertad, sino que perdió su capacidad de hacer lo bueno. Debido a esta depravación humana y a la incapacidad del hombre de desear hacer lo bueno, Dios, aparte de la gracia especial que produce salvación, también obra una gracia común que permite que los impíos puedan ser buenos ciudadanos, que no sean delincuentes, asesinos, etc. Sin embargo, estas obras no son agradables a Dios ya que no nacen de un corazón que quiera agradarle. Como tampoco le agradan las acciones de quienes intentan agradarle por medio de cosas que Él no ha ordenado.

La doctrina de la depravación total del hombre halla su fundamento en las Escrituras. No es una invención calvinista o arminiana. La doctrina de la depravación total del hombre se fundamenta en pasajes como:

  • 1 Corintios 2:14 “…Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente…”
  • Génesis 2:17 “…Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás…”
  • Romanos 5:12 “…Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…”
  • 2 Corintios 1:9 “…Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos…”
  • Efesios 2:1-3 “…Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás…”
  • Efesios 2:12 “…En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo…”
  • Jeremías 13:23 “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?”
  • Salmos 51:5 “…He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre.
  • Juan 3:3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios…”
  • Romanos 3:10-12 “…Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…”
  • Job 14:4 “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie”.

La depravación del hombre, como consecuencia de la caída, es total. Él está obligado a Satanás que lleva al hombre cautivo a su voluntad. El hombre es depravado en el sentido de que está muerto, ciego, sordo, imposible de enseñar y aprender las cosas de Dios y gobernado por Satanás a través de su corazón perverso y alma corrupta.

REFERENCIAS:

[1] Arminius, J., Complete Works of Arminius, Volume 1, Public Disputations of Arminius, Disputation 11 (On the Free Will of Man and its Powers)

[2] Article 3 of the Five Articles of the Remonstrance.

Pelagianismo

Arminianismo clásico y semipelagianismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Como ya se ha explicado en artículos anteriores, el arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon, 1560-1609), pastor protestante en Amsterdam, luego profesor en Leiden, que jugó un importante papel en el conflicto. La soteriología arminiana establece que Dios ha decidido desde toda la eternidad destinar para la salvación a aquellos que creyeran en Él; por tal razón, Cristo murió por todos los hombres, pero de manera que sólo los fieles gozaran verdaderamente de su perdón. La teología arminiana sostiene que el hombre no recibe la fe salvadora más que por la gracia divina; pero se puede resistir a esa gracia y prepararse para recibirla. Tampoco se excluye la posibilidad de perder la gracia.

Muchos calvinistas catalogan al arminianismo como un sistema semipelagiano, principalmente por desconocimiento de las premisas de ambos sistemas o por una selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico. Sin embargo, como arminianos afirmamos que tal acusación constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. Pero ¿Qué es el semipelagianismo y qué nos separa de él?

¿QUÉ ES EL SEMIPELAGIANISMO?

El principal representante del sistema semipelagiano fue el teólogo de la Alta Edad Media, Juan Cassiano (360-435 E.C.). Cassiano fue un monje del sur de la Galia responsable de la introducción del monacato oriental en occidente. Después de la muerte de Agustín, aquellos que lo habían apoyado en su embate contra Pelagio no aceptaron sus doctrinas predestinacionistas y de la gracia irresistible. Cassiano fue el más notable teólogo de su tiempo en contestar las enseñanzas agustinas. De igual modo, se oponía al pelagianismo. El uso de la terminología “semipelagianismo” indica la adición de una forma modificada del sistema teológico pensado por Pelagio. Sin embargo, tal término es inexacto.

Los así llamados semipelagianos eran en realidad «semiagustinianos» que rechazaban las doctrinas de Pelagio y admiraban y respetaban a Agustín, aunque no estaban dispuestos a seguir al obispo de Hipona hasta las últimas consecuencias de su teología (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 56). La aclaración anterior es importante, pues nos aleja de la sensación de que el semipelagianismo haya brotado del seno del pelagianismo. En realidad, el movimiento semipelagiano es parte del núcleo agustiniano que, además de objetar contra las premisas de Pelagio, negaba algunas premisas de Agustín.

Colocándose entre la predestinación de Agustín y la visión optimista de la naturaleza humana según Pelagio, el semipelagiano Cassiano decía haber en el hombre fuerza volitiva remanente, post-caída, para poner en movimiento el inicio de la salvación. En el hombre hay una condición residual que lo posibilita a realizar el movimiento inicial de fe. Cassiano afirmaba:  

“Tan pronto él [Dios] ve en nosotros el comienzo de una buena voluntad, él ilumina, estimula y dirige eso para la salvación, dando crecimiento a lo que él mismo plantó, o lo que él ha visto nacer de nuestro propio esfuerzo.” (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 57).

De acuerdo con el semipelagianismo, en la naturaleza humana hay capacidad para volver a Dios, sin embargo, esta capacidad sólo es operada por la acción divina. Para Cassiano, la voluntad humana permanece siempre libre. De ello, se desprende que la voluntad humana sólo se debilitó en la caída, pero no totalmente corrompida.

La creencia en la acción de una buena voluntad humana hacia Dios, aparte de la manifestación previa de la gracia divina, fue condenada en el 529 d.C. en el Segundo Concilio de Orange, en Francia. Este Concilio fue convocado para averiguar sobre el semipelagianismo en contraposición al agustinianismo. Como resultado de la reunión, el semipelagianismo no salió victorioso, pero el agustinianismo tampoco. Los obispos allí reunidos afirmaron que incluso el comienzo de una buena voluntad para con Dios es una obra de la gracia de Dios. Sin embargo, condenaron igualmente cualquier fe en la predestinación divina para el mal o el pecado, y permitieron a los fieles cristianos creer en el libre albedrío que coopera con la gracia divina. De este modo, el Concilio claramente rechazó las enseñanzas del semipelagianismo y del agustinianismo. El Canon VII y un trecho de la Conclusión del Concilio de Orange afirman:

“Si alguien afirma que podemos formarnos alguna opinión correcta, o hacer cualquier elección correcta que se relacione con la salvación de la vida eterna como es conveniente para nosotros, o que podamos ser salvos, es decir, asentir a la predicación del evangelio a través de nuestros poderes naturales sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que hace que todos los hombres alegremente asientan y crean en la verdad, está desencadenado por un espíritu herético, y no entiende la voz de Dios que dice en el Evangelio, “Porque sin mí nada podéis hacer”. (Juan 15: 5), y la palabra del Apóstol, “No que seamos competentes, por nosotros, de pensar algo, como de nosotros mismos; pero nuestra competencia viene de Dios (2 Corintios 3: 5).”

 “[…] Nosotros no sólo no creemos que haya ningún mal preordenado por Dios, sino que incluso declaramos con absoluta aversión que, si hay aquellos que desean creer en una cosa tan mala, sean anatemas […]”

En el Canon VII tenemos la condena del semipelagianismo, y en la conclusión, leemos la condenación de la doctrina agustiniana de la predestinación divina hacia el mal. Otro canon, el II, condena al pelagianismo:

“Si alguien asegura que el pecado de Adán le afectó solamente a él y no a sus descendientes también, o al menos si él declara que solamente la muerte del cuerpo es el castigo por el pecado, y no también aquel pecado, el cual es la muerte del alma, pasando a través de un hombre para toda la raza humana; hace injusticia a Dios y contradice al Apóstol, que dice, “Por lo tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres por lo que todos pecaron. (Romanos 5:12).”

En lo que se refiere al agustinianismo, es curioso notar que aunque los calvinistas afirman que la teología de Agustín se convirtió en la regla ortodoxa de la iglesia y que fue solo en los tiempos modernos, en los Países Bajos, bajo la dirección de Arminio (año 1600), y en el siglo dieciocho con Juan Wesley, que la iglesia se alejó del sistema doctrinal agustiniano, tal manera de interpretar la historia es totalmente errada. El agustinianismo nunca equivalió a ortodoxia en lo que a la iglesia universal se refiere. Las doctrinas agustinas nunca fueron unanimidad en la historia de la Iglesia. Por ejemplo, las doctrinas de la gracia irresistible, doble predestinación y expiación limitada, enseñanzas caras a la soteriología agustiniana no son ortodoxas, pues ellas no se encuentran en los Padres griegos pre y post-nicénicos, los mismos en los cuales Arminio se apoya en la defensa de su propia soteriología y esas doctrinas agustinianas fueron negadas por el Concilio de Orange.

Hasta el mismo Próspero de Aquitania, representante del agustinianismo contra los semipelagianos, suavizó algunas de las doctrinas más radicales de Agustín. En fin, la teología de Agustín, así como su soteriología, no son reglas en cuanto a la totalidad de sus premisas. La iglesia nunca adoptó la soteriología agustina en su totalidad en ningún momento. Incluso el mismo Agustín (auténtico padre del calvinismo) no podía afirmar con justicia que su enseñanza distintiva fuera totalmente ratificada por la iglesia. En cuanto a Oriente, sus ideas no tuvieron ningún impacto perceptible. En Occidente, especialmente en el sur de la Galia, había muchas personas, incluyendo ardorosos defensores del concilio, que creían absolutamente ofensivas algunas de ellas. Entre ellas destacaban la sugerencia de que, aunque libre en su estado caído la voluntad es incapaz de escoger el bien, y el fatalismo que parecía inherente en su teoría de la predestinación. Sólo la doctrina de la salvación únicamente por la gracia prevaleció, mientras que la doctrina de la gracia irresistible y la doctrina de la predestinación doble fueron desplazadas.

Ahora bien, el importante Concilio de Orange fue convocado precisamente por la falta de unanimidad en torno de las tesis agustinas. Como se ha informado, el resultado del Concilio no consolidó todas las tesis de Agustín. Tanto en Oriente, como en Occidente, Agustín y algunas de sus enseñanzas fueron resistidas y rechazadas. Por tanto, la acusación de heterodoxia que los calvinistas imponen sobre Arminio es un equívoco, pues Arminio, en cuanto a la soteriología, está en consonancia con la voz de la Iglesia en un sentido más amplio que Agustín. Lo más honesto aquí es ver a Arminio como ortodoxo en lo referente a la Palabra de Dios, y asignar heterodoxia a la otra parte.

Otro nombre perteneciente a la escuela semipelagiana es Fausto de Riez (410-495 E.C.) ardoroso expositor de las tesis antagónicas al agustinianismo. Él decía que el initium fidei, es decir, el primer paso de la fe no es posible aparte de la libertad humana, sino depende totalmente. Incluso admitiendo la realidad del pecado original, Riez insistía en concederle al hombre la posibilidad de esforzarse para la salvación.

También encontramos con alguna relevancia, a Vicente de Lérins († antes de 450 d.C.), un monje de Lérins, en el sur de la Galia. Indirectamente, Lérins, debido a la soteriología agustina, llamó a Agustín y a sus seguidores de “Innovadores”. Lérins comprendía las enseñanzas agustinas como divergentes de la doctrina eclesiástica. Es decir, tales enseñanzas no eran aquellas que los cristianos siempre creyeron. Lérins escribió:

 “[…] debemos estar seguros de que conservamos aquello que siempre ha sido creído por todos y en todo lugar (quod ubique, quod semper, quod abi omnibus).”  (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 58).

DIFERENCIAS ENTRE EL ARMINIANISMO Y EL SEMIPELAGIANISMO.

En cuanto a una supuesta relación entre el pensamiento soteriológico de Arminio, Cassiano y demás representantes del movimiento semipelagiano, debemos decir que tal relación es inexistente. Arminio se opuso a la idea que el hombre tiene voluntad de volverse a Dios antes que la gracia lo incite. Arminio afirmó:

“Confieso que la mente de un hombre carnal y natural es oscura y sombría, que sus afecciones son corruptas y excesivas, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre está muerto en pecados.” (Arminius, Vol. 2, P. 333).

Una vez más, Arminio declara:

“En este estado [de caída], el libre albedrío del hombre está herido, mutilado, enfermo, curvado y debilitado para la realización de cualquier bien verdadero […] está preso, destruido, y perdido. Sus habilidades están debilitadas y son inútiles a menos que sea [el hombre] asistido y estimulado por la gracia divina.”   (Arminius, Vol. 1, P. 384).

Es evidente que en el ámbito soteriológico de Arminio el hombre nunca da el primer paso de la fe (initium fidei) y no tiene ninguna buena voluntad para con Dios sin el auxilio de Su gracia sobrenatural. Arminio ni siquiera incurrió en el mismo error en el que cayó Agustín en su época primera. Agustín confesó:

 “Me convencí también del error, cuando en él trabajaba, juzgando que la fe, que nos lleva a creer en Dios, no era don de Dios, sino que se originaba en nosotros por nuestra iniciativa” (Agustín, La Predestinación de los santos).0

Ciertamente, el germen del semipelagianismo se puede encontrar en un Agustín anterior. No se presupone en parte alguna de los escritos de Arminio la capacidad humana de dar el primer paso de la fe, ni la idea de la conservación intacta del libre albedrío humano después de la caída. La debilidad es completa (Olson, Roger E., Historia de la Teología Cristiana, Sao Paulo: Vida, 2001).

¿Y ENTONCES QUÉ? ¿SOMOS LOS ARMINIANOS UNA CONTINUACIÓN DEL SEMIPELAGIANISMO?

¡Absolutamente no! Cassiano, y con él el semipelagianismo, afirmaba que:

  • A pesar de que, a veces (por ejemplo, en los casos de Mateo y Pablo), el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces (por ejemplo, en el caso de Zaqueo) tiene su origen en la propia voluntad del hombre y Dios la confirma y fortalece.
  • A pesar de los efectos calamitosos de la caída, Adán mantuvo su conocimiento del bien.
  • El problema de la voluntad humana no es tanto estar muerta, sino enferma.

Si comparamos las afirmaciones de Cassiano con las declaraciones de Arminio descubriremos que no hay convergencia entre ellos. La soteriología, antropología y hamartiología de Arminio están diametralmente opuestas a las enseñanzas de los semipelagianos. Por tal razón, comprendemos que son frívolas las acusaciones hechas contra Arminio y su teología cuando son equiparados, o aproximados, al pelagianismo y al semipelagianismo. Las premisas teológicas de las partes involucradas son antagónicas.

Mientras Pelagio predicaba contra la doctrina del pecado original, Arminio, en su tiempo, afirmaba una antropología altamente pesimista enseñando que no había ningún remanente de bondad en el hombre. Para Arminio el hombre es totalmente depravado. En esta cuestión, Pelagio era anti-agustiniano, Arminio agustiniano.

En cuanto a los semipelagianos, defensores del initium fidei, Arminio estaba en una posición distinta de la de ellos, pues, en su alcance doctrinal, no había espacio para la creencia en una especie de poder residual en el hombre después de la caída, que facilitara cualquier condición de ir a Dios independiente de la gracia divina. La acusación de que Arminio y el arminianismo clásico sostienen que la voluntad humana caída está libre no es más que una invención. Sólo para los teólogos desertores de las enseñanzas de Arminio, y que se acercaron al liberalismo teológico, la voluntad del hombre caído está libre.

Aunque existen teólogos calvinistas que acusan a Arminio y al arminianismo clásico de semipelagiano, otros, más honestos, reconocen que Arminio cree en la absoluta necesidad de la gracia. Por ello, concluimos que el arminianismo no es pelagiano ni semipelagiano. Para Arminio, y para nosotros, los arminianos clásicos, la voluntad humana está totalmente corrompida.

 

Pelagianismo

No, arminianismo no es pelagianismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon, 1560-1609), pastor protestante en Amsterdam, luego profesor en Leiden, que jugó un importante papel en el conflicto. A grosso modo, podemos resumir el arminianismo diciendo que: Dios ha decidido desde toda la eternidad destinar para la salvación a aquellos que creyeran en El; por tal razón, Cristo murió por todos los hombres, pero de manera que sólo los fieles gozaran verdaderamente de su perdón. La teología arminiana sostiene que el hombre no recibe la fe salvadora más que por la gracia divina; pero se puede resistir a esa gracia y prepararse para recibirla. Tampoco se excluye la posibilidad de perder la gracia.

Tales afirmaciones separan al arminianismo del sector calvinista de la cristiandad. Pero eso no es todo, muchos calvinistas, en su intento por rebatir el arminianismo, suelen confundirlo maliciosamente con los sistemas teológicos pelagiano y semipelagiano. Esta confusión se deriva de dos razones: (1) Desconocimiento absoluto de las premisas de los tres sistemas y, (2) La selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico.

Vincular el arminianismo clásico con el pelagianismo y el semipelagianismo se constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. No negamos las existencias de muchas denominaciones denominadas arminianas que no pasan de ser instituciones propensas a los discursos y prácticas francamente pelagianas y/o semipelagianas. Sin embargo, esas denominaciones vinculadas al espectro evangélico arminiano, semejantes en cuanto al pensamiento teológico pelagiano y semipelagiano, se portan así debido al desconocimiento de las premisas fundamentales de los tres sistemas soteriológicos. La razón de los equívocos es la ignorancia.

 

¿QUÉ ES EL PELAGIANISMO?

El término deriva de Pelagio (360-420 d. C.), teólogo y maestro británico muy popular en Roma, y notable debido a su erudición y alto patrón moral. Pelagio era un hombre de carácter impoluto, dotado de mucha austeridad y temperamento equilibrado. Él elaboró un sistema doctrinal controvertido incluyendo la defensa de la voluntad humana como siendo libre para escoger el bien, y la negación del pecado original. Para Pelagio, en lo que se refiere a la libre voluntad, Adán no poseía una santidad positiva, o sea, originalmente Adán no estaba en una condición de santidad o pecaminosidad, sino en un estado de neutralidad pudiendo inclinarse libremente en cualquier dirección que deseara.

El sistema teológico de Pelagio trataba la naturaleza humana diametralmente en oposición a las reflexiones de Agustín (354-430 E.C.), obispo de Hipona, con quien libró una gran controversia. Los puntos principales de la controversia entre Pelagio y Agustín eran el concepto de libre albedrío; el concepto de pecado; el concepto de gracia y las bases para la justificación. Para Pelagio, la voluntad humana después de la caída no tiene tendencia intrínseca de practicar el mal. No hay pecado original en el alma recién creada por Dios. El alma no hereda la contaminación del pecado de Adán, sino que es pura, intacta, incorrupta y dotada de condiciones, en caso de que el hombre quiera, de vivir en plena obediencia a Dios. La caída de Adán perjudicó sólo a él mismo. No hay vínculo orgánico entre Adán y sus descendientes. No hay transmisión hereditaria. Entonces, no hay pecado original.

En opinión de Pelagio, las almas son creadas por Dios en el momento de la concepción. Esta teoría se llama teoría creacionista. De acuerdo con esta teoría, el elemento inmaterial constituyente del ser del hombre es creado directamente por Dios. Es decir, siempre que haya la fecundación del óvulo por el espermatozoide, Dios crea un alma nueva e intacta. Sin pecado ni tendencia al mal.

Pelagio tenía la naturaleza humana post-caída en tan alta estima que enseñaba que era posible al hombre escapar del pecado (impeccantia). El poder para no pecar (posse non pecare) es un equipamiento humano dado al hombre desde la creación. La naturaleza humana, en esencia, es libre y no está debilitada por cualquier debilidad misteriosa. La caída adámica y el propio Satanás no pueden destruir eso. Admitir que al hombre le es imposible no pecar era un insulto a Dios. Para Pelagio cualquier imperfección en un ser humano tendría un reflejo negativo sobre la bondad de Dios. Por lo tanto, para Pelagio, los hombres nacen sin deseos y tendencias para el mal en su naturaleza. Nacen inocentes como Adán.

Pelagio creía en la capacidad del cristiano para vivir sin pecado. Afirmaba que un cristiano es aquel que imita y sigue a Cristo en todo, el que es santo, inocente, sin mancha, sin culpa, en cuyo corazón no hay maldad alguna, sino sólo piedad y bondad, el que se niega a injuriar o herir a cualquiera que sea, pero socorre a todos. El teólogo británico citaba Escrituras como “Santos seréis, porque yo […] soy santo” (Levítico 19:2) y “[…] sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial” (Mateo 5:48) para sostener la doctrina de la impeccantia. Ahora bien, si Dios ordena al hombre que no peque, pero haga el bien, se concluye que el hombre puede cumplir esa orden, razonaba Pelagio. De hecho, para Pelagio, el hombre no necesita pecar, pero él no concebía una vida sin pecado obtenida de una vez por todas, más bien defendía la posibilidad de la perfección, fruto de un esfuerzo extraordinario, y su mantenimiento fijado en una determinación creciente.

Pelagio sostenía su antropología, presentando figuras del Antiguo Testamento como pruebas de la condición humana de vivir sin pecado. La cuestión para Pelagio era pragmática, pues era causa de asombro las excusas de los pecadores al atribuir la culpa de los pecados a la convaleciente naturaleza humana. Pelagio se quedaba estupefacto frente a las ideas consideradas pesimistas y desmoralizantes en relación con la naturaleza humana.

El pelagianismo fue condenado finalmente en el 437 d.C. en el tercer Concilio de Éfeso, el mismo que condenó el nestorianismo. Sin embargo, este resurgió en tiempos modernos gracias al filósofo francés Jean Jaques Rousseau (1712-1778), quien se acercaba a los viejos conceptos antropológicos de Pelagio. Primando por conclusiones como la perfección de la naturaleza humana y la negación del pecado original, Rousseau atribuyó a las instituciones sociales la culpa por toda la enfermedad social, librando de culpa así al hombre. La antropología pelagio-rousseauniana está representada en la cristiandad, por ejemplo, por la filosofía de la religión emergiendo del liberalismo teológico protestante de Schleiermacher.

El cristianismo liberal considera la narración de la creación, del Génesis, un mito. Este concepto fue aplicado no sólo al relato de la creación del hombre, sino a todo acontecimiento milagroso registrado en la Biblia. Por lo tanto, Adán, Eva, la serpiente, la caída y el pecado original no pasan de ser mitos. Así, a causa de la caída, no necesitamos admitir una antropología pesimista. En su labor teológica y hermenéutica, el liberalismo teológico, con una variación u otra en cuanto a sus adeptos, propone la supresión y abandono del elemento sobrenatural que se encuentra en la Biblia. Hecho esto, el hombre no tiene un “gen” nefasto transmitido por cualquier pecado original, pero, en su interior, el hombre posee una chispa divina, y eso significa que el ser humano es bueno, necesitando sólo motivaciones para hacer lo correcto. Eso es el más puro pelagianismo.

Otros ejemplos de pelagianismo en la iglesia son la creencia corriente de que el hombre puede efectuar algún bien espiritual sin el auxilio de la gracia sobrenatural divina o, entonces, cuando el hombre piensa poder decidir per se, usando su “libertad individual”, estar a favor o en contra Dios.

Habiendo entendido lo que es el pelagianismo nos preguntamos: ¿Es el arminianismo una versión moderna de pelagianismo? Absolutamente no. Aunque los calvinistas frecuentemente acusan al arminianismo de ser un sistema pelagiano tal afirmación es falsa e hipócrita. Es necesario hacer un contrapunto entre los sistemas de Pelagio (pelagianismo) y el arminianismo clásico y así establecer las distancias entre ambos en lo tocante a la antropología teológica y la hamartiología (doctrina del pecado). Las diferencias entre ellos en lo que concierne a aquellas disciplinas, tienen repercusión directa sobre el pensamiento soteriológico de cada uno.

 

LA NATURALEZA HUMANA Y EL PECADO.

Con respecto a la naturaleza humana, según lo dicho arriba, Pelagio no creía en el pecado original o en el “pecado heredado”. Para Pelagio cada alma es una creación de Dios, no heredando por eso la contaminación del pecado de Adán. Así, no existe una depravación humana total, ni en ningún otro sentido. De ese modo, entonces, para el teólogo británico, el hombre puede alcanzar la salvación sólo por medio de sus buenas obras. Por el propio esfuerzo el hombre puede dejar el hábito de pecar y vivir como fue creado, a saber: sin tendencias ni deseos malos en su naturaleza. Tenemos entonces una antropología optimista.

La antropología de Arminio, por su parte, era altamente pesimista, pues él creía en la total depravación del hombre y su dependencia de la gracia divina para la fe. Él escribió: “Pero en su estado caído y pecaminoso, el hombre no es capaz, de y por sí mismo, pensar, desear, o hacer lo que es realmente bueno” ([The Works of James Arminius. Vol. 1, p. 174). El contrapunto es claro. No sólo notamos la distancia entre los teólogos en cuanto a la antropología, sino también en cuanto a la hamartiología (doctrina del pecado). Para Arminio el hombre está caído y en estado de pecado como consecuencia de la Caída. Es decir, la naturaleza pecaminosa del hombre procede del pecado original. Arminio defendió que el pecado original expone al hombre a la ira de Dios, y francamente aceptaba el concepto agustiniano de pecado original. Por lo tanto, Arminio nunca resbaló en Pelagio. Arminio era agustino en cuanto al estado del hombre posterior a la caída adámica.

Las doctrinas de Pelagio y su más prominente discípulo, Coelestius (Celestio) puede resumirse en los siguientes puntos:

  1. Que el pecado de Adán hirió solamente él mismo, y no toda la raza humana.
  2. Que existieron algunos antes del tiempo de Cristo que vivieron sin pecar.
  3. Que recién nacidos están en el mismo estado en que Adán estaba antes de su caída.
  4. Que la totalidad de la raza humana no muere en la muerte o caída de Adán.
  5. Que, si lo deseamos, podemos vivir sin pecado.
  6. Sólo Adán fue herido por su pecado.
  7. La humanidad no muere con él.
  8. Los niños nacen en estado de pureza.

Un estudio cuidadoso de la enseñanza arminiana niega toda conexión con el pelagianismo. Para empezar, en el arminianismo clásico no se niega el alcance del pecado de nuestros primeros padres: en Adán todos nosotros pecamos, tal como lo establece Romanos 5:12 (Arminius, vol. 1, p. 356).

En relación con el pecado original y sus efectos sobre nosotros, los arminianos creemos que los niños no tienen sobre sí mismos imputado el pecado adámico, pues, debido a la muerte de Cristo, el pecado original es puesto de lado. Sin embargo, esto no significa exención de la corrupción resultante del pecado original, pues reconocemos el liderazgo federal de Adán sobre la raza humana. El pecado original es el acto de Adán y también un acto de todos y como tal nadie está libre de la culpa y de la pena. En su Disputa VII, vol. 1, p. 356, de sus Obras, Arminio confirma la enseñanza agustiniana de que la raza humana está bajo los lomos de Adán, triangulando las siguientes Escrituras: “por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12); “Son por naturaleza hijos de la ira” (Efesios 2: 3) y “carecen de la justicia y santidad original” (Romanos 5:12, 18-19).

Además, al comentar exactamente sobre la supuesta impecabilidad humana, Arminio, en una de sus defensas, dijo nunca haber afirmado eso. Él declaró:

“Hay mucha discusión con respecto a la perfección de los creyentes […] en esta vida. Se dice que tengo una opinión inapropiada sobre este tema casi aliada a la de los pelagianos, a saber: ‘que es posible para el regenerado en esta vida, vivir perfectamente los preceptos de Dios’. A esto respondo: que, aunque esta fuese mi opinión, yo no debería ser considerado pelagiano, ya sea parcial o totalmente, pues ellos podrían hacer esto sólo por la gracia de Cristo y no de otra manera.” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Arminio continúa su defensa:

“[…] declaro que este pensamiento de Pelagio es herético y está diametralmente en oposición a esas palabras de Cristo: ‘sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15: 5)” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Otra línea demarcatoria entre el teólogo británico y el teólogo holandés es el concepto de “gracia”. Para Arminio la gracia es sobrenatural, es una Persona, es el Espíritu Santo. Para Pelagio, era el propio libre albedrío o la posibilidad de no pecar con que Dios nos ha dotado en el momento de nuestra creación. Según Pelagio, “Gracia” es la autonomía humana (libre albedrío) que fue conferida por Dios a la humanidad. Aunque Arminio creía en el libre albedrío, él no lo concebía como un equipo humano capaz de llevar al hombre a vivir de modo agradable a Dios sin el auxilio de la gracia divina.

Defendiéndose nuevamente de la acusación de pelagianismo, Arminio respondió:

“En cuanto a la gracia y el libre albedrío, mi enseñanza está de acuerdo con las Escrituras y la posición ortodoxa: el libre albedrío es incapaz de iniciar o perfeccionar cualquier bien verdadero y espiritual, sin la gracia.”  (Arminius, Vol. 2, P. 333).

 

CONCLUSIÓN.

Los arminianos no somo pelagianos. Afirmar tal cosa es faltar a la verdad. Muchas veces los calvinistas (y también los luteranos) acusan al arminiano de caer en esta herejía. De negar la gracia favoreciendo una salvación por méritos (ganar la salvación mediante la buena obra de independientemente decidir confiar y obedecer a Dios). Desafortunadamente, en el día de hoy, demasiados cristianos protestantes caen dentro de la categoría de pelagianos o semipelagianos y los críticos calvinistas tiendan a apuntarlos con el dedo señalando que su error es resultado de la influencia arminiana. El verdadero arminianismo, sin embargo, no cae en ninguno de estos dos errores.

Las diferencias entre arminianos y pelagianos son demasiado obvias para ser ignoradas:

  • La naturaleza del pecado, para Pelagio, prescinde de una propensión humana al pecado, mientras que para Arminio la humanidad fue totalmente alcanzada por el pecado, una enfermedad pasada de generación a generación. Pelagio, por otro lado, negó el concepto de transmisión hereditaria del pecado.
  • Pelagio entendía la gracia como el libre albedrío. Arminio la entendía como una Persona, el Espíritu Santo.
  • Otra diferencia notoria entre ambos sistemas podemos hallarla en el hecho de que Arminio negaba la capacidad humana natural del hombre para volverse hacia Dios, o hacer el bien. Pelagio consideraba la naturaleza humana capaz de cumplir la voluntad divina por su propia elección.

Así, concluimos que las teologías de Pelagio y Arminio se sostienen en premisas diferentes, resultando de ahí en distanciamientos teológicos entre ambos. Arminio hizo hincapié en declarar la existencia de una abismal distancia entre él y Pelagio, y aún lo tildó de hereje, como mostramos. Por lo tanto, la acusación de que el sistema de Arminio (y el arminianismo clásico) es pelagiano, se funda en el error.

 

 

Pelagianismo

Herejías: Pelagianismo en la Iglesia de Hoy.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Pelagianismo es el nombre dado a las enseñanzas de Pelagio (en latín Pelagius), quien fue un monje británico, ascético y acusado de heresiarca, que vivió entre los siglos IV y V d. C. Sufrió una dura persecución por parte de la Iglesia de Roma tras enseñar ideas consideradas heréticas por los líderes de ésta, como su negación del posteriormente llamado “dogma del Pecado Original”. Paradójicamente, antes de esto había gozado de cierta popularidad entre la curia romana y el propio Agustín de Hipona (que luego sería uno de sus más feroces críticos) llegó a definirle como «santo varón». Sus ideas fundarían posteriormente la corriente “herética” llamada pelagianismo. Pelagio, en su calidad de teólogo e intérprete de la Biblia, escribió un comentario sobre las cartas de Pablo en el que hizo hincapié en la capacidad humana para cumplir los mandamientos de Dios. Negó el estado primitivo del hombre en el paraíso y el pecado original; insistió en la naturalidad de la concupiscencia y la muerte del cuerpo, y vinculó la existencia y universalidad actual del pecado al mal ejemplo dado por Adán al cometer el primer pecado.

Pelagio interpretaba la Biblia basándose en ideas principalmente en la filosofía estoica y otras antiguas filosofías paganas. Consideró que la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, es suficiente en sí misma para desear y conseguir la virtud. Por lo tanto, consideró que el valor de la redención de Cristo está limitado principalmente a la formación (doctrina) y al ejemplo (exemplum), que servían de contrapeso frente al mal ejemplo de Adán. Por lo tanto, la naturaleza, según Pelagio, es capaz de someter el pecado y ganar la vida eterna sin la ayuda de la gracia. Según Pelagio, somos lavados de nuestros pecados por justificación mediante la sola fe, pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación interior del alma. En Roma se convirtió en el centro de un aristocrático grupo cuyo objetivo era buscar la forma más rigurosa de la vida religiosa, en contraste con la moralidad indiferente de los demás cristianos.

El Pelagianismo pretendió ser un movimiento de reforma dentro de la cristiandad romana tardía. Su doctrina, sin embargo, fue condenado como herejía. Pelagio rechazaba las posiciones de la iglesia de Roma sobre el pecado original, afirmando que la humanidad nacía sin mancha alguna, pues el pecado original sólo afectaba a Adán. Él creía que Dios creó directamente a cada alma humana y, por lo tanto, cada alma humana estaba originalmente libre de pecado. Pelagio pensaba que los seres humanos nacían inocentes, sin la mancha del pecado original o heredado. Pelagio creía que el pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. También ponía en duda la necesidad de la gracia divina para obtener la salvación del alma, para lo que, según Pelagio, bastaría el buen obrar de cada cual, siguiendo el ejemplo de Cristo. Con ello pretendía oponerse al determinismo y al fatalismo, y asegurar el libre albedrío, responsabilizando exclusivamente al hombre de su salvación o condena. Pelagio afirmaba que la gracia divina no era necesaria, ni gratuita, sino merecida por un esfuerzo en la práctica de la misma.

Bajo la amenaza de los godos (410 E.C.) en Italia, Pelagio se unió a otros refugiados romanos que viajaron al norte de África. Allí se opuso a las ideas de Agustín de Hipona, la figura principal de la iglesia del Norte de África y verdadero creador del calvinismo. Al afirmar que los seres humanos pueden hacer lo que Dios exige, Pelagio hizo hincapié en la libertad de la voluntad humana y la capacidad de controlar su motivos y acciones bajo la orientación de la ley de Dios. Por el contrario, Agustín insistió en que nadie puede controlar su propia motivación y esa persona requiere la ayuda de la Gracia de Dios, si él o ella quiere hacer el bien. Sólo con la ayuda de la gracia divina puede un individuo superar la fuerza del pecado y vivir correctamente delante de Dios.

Una influencia de largo alcance, sobre el posterior desarrollo del pelagianismo, fue la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio, un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Celestio había sido ganado para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en su condición de hermano lego, se esforzó por convertir las máximas prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron propagados en Roma con éxito. Las seis tesis de Celestio —quizá extraídas de su obra ahora perdida Contra traducem peccati— fueron marcadas como heréticas. Las tesis eran las siguientes:

  • Aun si Adán no hubiera pecado, habría muerto.
  • El pecado de Adán lo perjudicó solo a él, no a la humanidad entera.
  • Los niños recién nacidos se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la caída.
  • La humanidad entera ni murió a través del pecado o de la muerte de Adán, ni resucitó a través de la resurrección de Cristo.
  • La ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio.
  • Antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado.

A causa de estas doctrinas, que contienen claramente la quintaesencia del pelagianismo, Celestio fue citado para comparecer ante el sínodo de Cartago (411); pero se negó a retractarse de ellas, alegando que la herencia del pecado de Adán era una cuestión abierta y que su negación no era una herejía. Como resultado, Celestio no fue sólo excluido de la ordenación, sino que sus seis tesis fueron condenadas. Declaró entonces su intención de apelar al papa en Roma, pero, sin ejecutar su decisión, se fue a Éfeso en Asia Menor, donde fue ordenado sacerdote.

En la consiguiente controversia, los puntos de vista de Agustín prevalecieron y llegaron a ser la corriente dominante dentro de la doctrina cristiana. Así las cosas, Pelagio fue excomulgado (417 E.C.) por el Papa Inocencio I, y sus opiniones fueron condenadas por una serie de concilios de la iglesia. Sin embargo, el hecho de que Pelagio y Celestio no fueran finalmente juzgados como herejes sorprendió enormemente a Agustín, que convocó un nuevo sínodo en Cartago en 418. Allí expuso nueve creencias defendidas por la Iglesia que eran negadas por el Pelagianismo:

  • La muerte es producto del pecado, no de la naturaleza humana.
  • Los niños deben ser bautizados para estar limpios del pecado original.
  • La “gracia justificante” (gratia gratum faciens) cubre los pecados ya cometidos y ayuda a prevenir los futuros.
  • La gracia de Cristo proporciona la fuerza de voluntad para llevar a la práctica los mandamientos divinos.
  • No existen buenas obras al margen de la Gracia de Dios.
  • La confesión de los pecados se hace porque son ciertos, no por humildad.
  • Los santos piden perdón por sus propios pecados.
  • Los santos también se confiesan pecadores porque realmente lo son.
  • Los niños que mueren sin recibir el bautismo son excluidos tanto del Reino de Dios como de la vida eterna.

Este canon fue aceptado como una creencia universal por la Iglesia, provocando la desaparición del Pelagianismo en Italia. En la actualidad, la Iglesia católica sigue defendiendo los ocho primeros puntos, pero rechaza el noveno al considerar que los niños que mueren sin ser bautizados quedan confiados a la misericordia de Dios.

Pelagio murió probablemente en Palestina en el año 420, según se desprende de algunas fuentes, aunque otras llegan a adjudicarle veinte años más de vida. En cualquier caso, se ignoran las causas y circunstancias de su fallecimiento. Algunos autores sospechan que fue ejecutado, mientras que otros apuntan a que Pelagio pudo huir de los territorios romanos y empezar una nueva vida exiliado en algún lugar de África o el Próximo Oriente. Las doctrinas pelagianas se siguieron difundiendo tras la muerte de su autor, aunque posiblemente modificadas por los propios seguidores de Pelagio o sus enemigos. Durante un tiempo, el Pelagianismo y el Semipelagianismo tuvieron seguidores en Britania, Palestina y el norte de África.

Después del Concilio de Éfeso (431 E.C.), el pelagianismo no ocasionó más disturbios en la Iglesia Griega, de manera que los historiadores del siglo V no mencionan ya la controversia pelagiana, pero los rescoldos de la herejía continuaron encendidos en occidente y ésta murió muy lentamente. Los principales centros fueron las Galias y Gran Bretaña. Respecto a las Galias, un sínodo, celebrado probablemente en Troyes en el 429, se vio obligado a tomar medidas contra los pelagianos. Este sínodo además envió a los obispos Germán de Auxerre y Lobo de Troyes a Gran Bretaña, para combatir el pelagianismo, que recibió poderoso apoyo de dos discípulos de Pelagio: Agrícola y Fastidius (Caspari, Letters, Treatises and Sermons from the two last Centuries of Ecclesiastical Antiquity, pp. 1-167, Christiania, 1891). Casi un siglo después, Gales fue el centro de las intrigas pelagianas. En Irlanda también el Comentario de San Pablo de Pelagio estuvo en uso por largo tiempo después, como está probado por varias citas irlandesas de esta obra. Aun en Italia se pueden encontrar trazas, no solamente en la diócesis de Aquilea (Garnier, Opera Marii Mercat., I, 319 sqq., Paris, 1673) sino también en Italia central; el así llamado Liber Praedestinatus, escrito cerca del 440 quizá en Roma misma, consta no tanto de semipelagianismo sino, más bien, de genuino pelagianismo (von Schubert, Der sog. Praedestinatus, ein Beitrag zur Geschichte des Pelagianismus, Leipzig, 1903). No fue sino hasta el segundo Concilio de Orange (529 E.C.) cuando el pelagianismo exhaló su último aliento en Occidente, pero esta convención dirigió sus decisiones primariamente contra el semipelagianismo. Aunque el catolicismo creyó erradicar el pelagianismo, las cuestiones de la libertad humana y la gracia divina han permanecido como principal motivo de un debate en toda la historia de la teología cristiana.

¿ES BÍBLICO EL PELAGIANISMO?

El Pelagianismo contradice muchas Escrituras y principios bíblicos. Primero, la Biblia nos dice que somos pecadores desde el momento de la concepción (Salmo 51:5). Más aún, la Biblia enseña que todos los seres humanos mueren como resultado del pecado (Ezequiel 18:20; Romanos 6:23). Mientras que el Pelagianismo dice que los seres humanos no nacen con una inclinación natural hacia el pecado, la Biblia dice lo opuesto (Romanos 3:10-18). Romanos 5:12 dice claramente que el pecado de Adán es la razón por la que el pecado infectó al resto de la humanidad. Cualquiera que ha criado niños puede atestiguar el hecho de que los infantes deben ser enseñados a comportarse; no se les tiene que enseñar cómo pecar. Por lo tanto, el Pelagianismo es claramente antibíblico y debe ser rechazado.

El Semi-Pelagianismo, otra variante de esta doctrina, esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos. El Semi-Pelagianismo es, en esencia, la depravación parcial, como opuesta a la depravación total enseñada tanto por el calvinismo como por el arminianismo clásico. Las mismas Escrituras que refutan el Pelagianismo también refutarán el Semi-Pelagianismo. Romanos 3:10-18 definitivamente no describe a la humanidad como estar parcialmente manchada por el pecado. La Biblia enseña claramente que, si Dios no libera la voluntad humana a través de su Gracia Preveniente, somos incapaces de cooperar con la gracia de Dios. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44). Al igual que el pelagianismo, el semipelagianismo es antibíblico y debe ser rechazado.

RESIDUOS DEL PELAGIANISMO EN EL CRISTIANISMO ACTUAL.

El pelagianismo no ha desaparecido en nuestros días, de hecho, sigue más vivo que nunca dentro de muchas congregaciones evangélicas modernas, quienes lo han adoptado confundiéndolo con la sana doctrina bíblica. Es triste reconocer que muchas de nuestras iglesias que se identifican como arminianas son, en realidad, defensoras del pelagianismo. Este error suele ser común en muchas iglesias de corte legalista con enfoque desmedido en la santidad superficial y la observancia de normas eclesiásticas como requisito para una buena relación con Dios. Tres son los grandes peligros de sostener una teología pelagiana:

 

  • El pelagianismo ignora o distorsiona la verdadera naturaleza humana y los efectos de la Caída. Pelagio creía que el hombre no había sido completamente corrompido por la caída de Adán y que podía, por su propia voluntad, hacer obras que agradaban a Dios, y por lo tanto alcanzar salvación. En otras palabras, el pelagianismo niega la depravación total del hombre, enseñando en cambio una depravación parcial. Esto llevó a Pelagio a negar las doctrinas del pecado original y la necesidad de una gracia especial para ser salvo. Esencialmente, él creía que el hombre era básicamente bueno y moral y que incluso los paganos podían entrar en el cielo a través de sus virtuosas acciones morales. Hay pelagianismo allí donde la predicación apremia casi exclusivamente la conducta moral de los hombres, pero sin aludir al mismo tiempo a la necesidad de la gracia de Cristo para afirmarse en el bien. Esto es contrario a las palabras de Cristo, quien dijo: «sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Es ciertamente pelagiana la predicación que exhorta a ser laboriosos, solidarios, justos, etc., pero que da siempre por supuesto, al menos en forma implícita, que es suficiente con enseñar el bien y exhortarlo; como si después los hombres, por sí solos, pudieran ser buenos en su vida privada, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Todo está en quererlo. Esta es la enseñanza de muchas sectas como los mormones, adventistas y testigos de Jehová, quienes convierten la salvación en una cuestión de obras o mérito propio. Hay pelagianismo cuando el cristianismo cae en el moralismo y deja a un lado la fe y la necesidad de la gracia. En el planteamiento pelagiano, la moral individual y social no aparecen como la consecuencia necesaria de vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como el motor decisivo de la vida cristiana. Y así, la gracia y la misma fe en Cristo quedan devaluadas, como elementos accesorios, silenciados en la predicación, olvidados, no estrictamente necesarios para la salvación temporal y eterna de la humanidad. Este es el evangelio que se enseña en muchas iglesias legalistas que se dicen evangélicas, pero que convierten la santidad y la comunión con Dios en un asunto de vestuario, normas y leyes, es decir, en la habilidad humana de hacer el bien por sí mismo. La verdad es que, sin Cristo el Salvador, todos los hombres estamos destrozados, débiles, enfermos de muerte, cautivos del diablo: todos, los jóvenes y los viejos, los varones y las mujeres, los ricos y los pobres. En el ambiente pelagiano suenan muy mal las palabras de Cristo y de Pablo sobre los efectos del pecado original. Suenan tan mal, que no suenan: se silencian. Pero Jesús dijo: «¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?» (Mateo 12:34; Lucas 11:13), «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer» (Juan 8:44), y «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Pablo enseñó que todos estábamos muertos en nuestros delitos y pecado, pero Dios, rico en misericordia, nos dio vida salvándonos de pura gracia (Efesios 2:1-5; Romanos 3:23; Tito 3:3). Caído Adán por el pecado, cae el hombre en la mortalidad, y cae así cautivo bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte (Hebreos 2:14), es decir, del diablo, y toda la persona de Adán y su descendencia fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma. Todos estamos obligados a confesar con Pablo: «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Romanos 7:14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo. Por el contrario, el optimismo antropológico de los pelagianos parece algo incurable, pues las iglesias pelagianas son iglesias donde la gracia no se predica. Son iglesias humanistas donde se predica un evangelio antropocéntrico en el cual el hombre es su propio salvador o, cuando menos, corredentor con Cristo.

 

  • El pelagianismo lleva a muchos seguidores de Jesucristo a buscar la seguridad de la salvación en los lugares equivocados. Debe recordarse que el pelagianismo enseña que la ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio. También afirma que antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado. La consecuencia lógica de tales creencias es que el ser humano puede salvarse a sí mismo a través de las obras o, cuando menos, ayudar a Cristo a salvarnos por medio de nuestras buenas acciones. Dentro de un sistema pelagiano la fe en Cristo más las obras humanas son necesarias para la salvación. Nadie es salvo por la fe sola, sino que las obras en sí mismas tienen carácter salvador. Por su naturaleza humanista, el pelagianismo lleva al ser humano a buscar la seguridad de su salvación basada en su crecimiento espiritual, en las buenas obras y en la obediencia perfecta a la Palabra de Dios y sus normas. Aunque estas cosas pueden ser evidencia de la salvación, no son las cosas en las cuales debemos basar la seguridad de nuestra salvación. Más bien, debemos encontrar la seguridad de nuestra salvación en la verdad objetiva de la Palabra de Dios. Debemos tener confianza en que somos salvos basados en las promesas que Dios ha declarado, no por nuestras experiencias subjetivas. 1 Juan 5:11-13 nos dice: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”. Aquellos que han creído en Jesús y lo han recibido son salvos (Juan 1:12). Si tenemos a Jesús, tenemos la vida. Por otro lado, si confiamos en nuestra propia capacidad de salvarnos a través de una obediencia perfecta a las normas del Evangelio o de la ley, hemos caído de la gracia (Gálatas 5:4). Eso es lo que hace el pelagianismo.

 

  • Como consecuencia lógica de lo anterior, el pelagianismo le roba al creyente la seguridad de su salvación. Si mi salvación depende de mis obras ¿Cómo puedo estar seguro de haber hecho las obras suficientes para ganar mi salvación? Además, si las malas obras y los errores que cometo pesan lo mismo que mis buenas acciones, significa que cada vez que peco o me equivoco pierdo la salvación y debo volver a convertirme, pues caigo totalmente de la gracia hasta por el pecado más leve que cometa. Si mil veces al día fallo, mil veces habré perdido mi salvación y mil veces debo convertirme nuevamente y buscar que me la devuelvan. Tal cosa es por demás absurda. Dios quiere que tengamos la seguridad de nuestra salvación. No podemos vivir nuestra vida cristiana dudando y preocupándonos cada día por saber si realmente somos o no salvos. Tampoco podemos pasar creyendo que perdemos la salvación a cada momento y por cada cosa. Esto es por lo que la Biblia hace tan claro el plan de salvación. “… cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” (Juan 3:16; Hechos 16:31). “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Crees que Jesús es el Salvador, que Él murió para pagar el castigo por tus pecados y resucitó de entre los muertos? (Romanos 5:8; 2 Corintios 5:21). ¿Estás confiando solamente en Él para tu salvación? Si tu respuesta es sí, ¡Entonces eres salvo! La seguridad significa “no tener nada de duda”. Al creer la Palabra de Dios de corazón, puedes estar completamente seguro acerca de la realidad de tu eterna salvación. Jesús mismo declara esto acerca de aquellos que creen en Él: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. (Juan 10:28-29). Nuestra seguridad de salvación se basa en la salvación perfecta y completa que Dios nos ha dado a través de Jesucristo. Por eso podemos estar seguros de ella. Si se fundamentara en nuestra perfección personal, las buenas obras y el esfuerzo humano, nunca podríamos estar verdaderamente seguros de nuestra salvación.

 

EQUILIBRIO BÍBLICO EN EL ARMINIANISMO CLÁSICO.

Históricamente el pelagianismo surgió como un movimiento teológico en oposición a la teología agustiniana dentro del catolicismo, la cual negaba la realidad del albedrío humano y afirmaba la elección de algunos para salvación y de otros para condenación (predestinación o fatalismo). El agustinismo católico dio vida más adelante al calvinismo protestante.

Lamentablemente, el anti-calvinismo de muchos creyentes pentecostales los ha llevado a abrazar el otro extremo peligroso: el pelagianismo. No obstante, el arminianismo clásico nos proporciona un equilibrio bíblico y teológico entre estos dos extremos. La palabra de Dios, en total acuerdo con los postulados del arminianismo clásico, enseña que:

 

  • Los seres humanos somos incapaces de ser salvos por medio de nuestras obras, ya que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. El hombre fue creado “a imagen de Dios” (Génesis 1:17) y “Dios hizo al hombre recto” (Eclesiastés 7:29), dicen las Escrituras. Pero el hombre cayó (Génesis 3). El pecado de Adán afectó a toda la humanidad (Romanos 5:12-21, 1 Corintios 15:21-22). Desde la caída adámica, la humanidad pasó al estado de depravación total. El pecado, con su sombra, cubrió toda la existencia humana. En Adán cada ser humano estaba presente de forma potencial, por eso, cuando él escogió el mal, sus descendientes heredaron el estigma del pecado.
  • Es la Gracia Preveniente de Dios la que nos guía al arrepentimiento y a la fe, y nos concede la oportunidad de recibirle o rechazarle, la Gracia de Dios, esta gracia preveniente es para todo el mundo, por lo que la salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17). Las Escrituras indican muy claramente que las personas tienen opciones y toman decisiones sobre muchas cosas (por ejemplo, Deuteronomio 23:16; 30:19; Josué 24:15; 2 Samuel 24:12; 1 Reyes 18:23, 25; 1 Crónicas 21; 10; Hechos 15:22, 25; Filipenses 1:22). Además, explícitamente habla del libre albedrío humano (Éxodo 35:29, 36: 3, Levítico 7:16, 22:18, 21, 23, 23:38, Números 15: 3, 29:39, Deuteronomio 12: 6, 17; 16:10; 2 Crónicas 31:14; 35: 8; Esdras 1: 4, 6; 3: 5; 7:16; 8:28; Salmo 119: 108; Ezequiel 46:12; Amós 4: 5; 2 Corintios 8: 3; Filemón 1:14; ver 1 Corintios 7:37) y atestigua que los seres humanos violan la voluntad de Dios, mostrando que él no predetermina su voluntad o acciones en el pecado. La biblia habla de una atracción divina resistible que busca llevar a las personas al Señor en arrepentimiento (Hechos 7: 51-53, Lucas 7:30, Juan 5:34, Hechos 3:26, Lucas 13:34; Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6: 1-2; Salmo 78: 40-42). El arminianismo sostiene el sinergismo evangélico, el cual defiende la cooperación del hombre con la gracia divina a través de la fe como necesaria para salvación (Marcos 16:16-18, Juan 3:36); la voluntad del hombre, por asistencia divina, es hecha libre para creer o rechazar a Cristo. El hombre, por sí mismo, es incapaz de buscar a Dios.
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5). La salvación es además un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8). Sin embargo, es la gracia de Dios y no la habilidad del hombre la que nos permite superar el pecado y la tentación.
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16). Sin embargo, la perseverancia de los creyentes en la fe es segura mientras permanezcan en una relación con su Señor. Esto no constituye una licencia para pecar. Los verdaderos creyentes han «nacido de nuevo» por el Espíritu de Dios (Juan 3:3–8); son “nuevas criaturas” para las cuales las cosas viejas han desaparecido y han llegado las nuevas (2 Corintios 5:17). Por esa razón, Juan asegura repetidamente en su epístola anterior: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado» (1 Juan 3:9). El mismo Espíritu Santo que les da convicción de pecado a los no creyentes (Juan 16:8) sigue convenciendo de pecado a los creyentes y guiándolos a la verdad (Juan 16:13). «Todo aquel que permanece en él [en Cristo], no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:6). Juan añade a esto otra nota aleccionadora: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio» (1 Juan 3:8). Los creyentes no pueden seguir pecando de la forma en que lo hacen los no creyentes. «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?», pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es una enfática negación. La continuación en las prácticas de pecado afecta de manera adversa a la fe del creyente y, si no se arrepienten de ellas, terminarán destruyendo su fe. Cuando los creyentes confiesan que han pecado y acuden a Cristo arrepentidos, lo hacen con la seguridad de que, como hijos de Dios, «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Además, «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). De esta manera los creyentes tienen seguridad de que Dios ha provisto lo necesario para fortalecerlos y perdonarlos mientras ellos luchan con las tentaciones y los pecados, sin tener necesidad alguna de dudar con respecto a su salvación, que se basa en la justicia de Cristo que ellos han aceptado por fe. También se debe declarar enfáticamente que los creyentes no se hallan en una especie de puerta giratoria, entrando en la gracia y saliendo de ella una y otra vez. Están seguros en las manos de Dios. «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39). Su posición como creyente en Cristo justificados siempre se debe a la fe. Sin fe en Cristo, ya no existe una relación salvadora con Él. Esta es la razón por la cual las Escrituras amonestan a los creyentes diciendo: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo» (Hebreos 3:12). Por eso, perder la salvación no es algo tan trivial ni fácil como muchos creen. ¿Qué tal débil necesita ser la gracia de Dios para caer de ella tan fácilmente? ¿Cuán deficiente es una salvación que se pierde a cada hora del día y es necesario recuperarla con igual frecuencia? No es un pecado individual por sí mismo, sino la práctica voluntaria y constante en el pecado (perseverar en el pecado), con la consiguiente pérdida de la fe y la final apostasía la que nos aleja o separa de la gracia salvadora de Dios. Si la salvación se perdiera por cualquier cosa y dependiera de nosotros recuperarla, no hay buena noticia alguna en el Evangelio de Jesucristo. Simplemente sería otro sistema obsoleto de salvación por obras y mérito humano. Las palabras de Pablo, llenas de una gran seguridad, nos recuerdan el incansable compromiso del Señor según el cual «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Es Dios quien produce así el querer, como el hacer. El apóstol Pablo proclama con toda firmeza: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Romanos 10:13). Por esta razón, los cristianos nunca debemos apresurarnos a llegar a la conclusión de que un hermano o hermana que batalla en su vida espiritual es irredimible. Si el Padre no se dio por vencido con el hijo que estaba perdido (Lucas 15:11–31), tampoco lo debe hacer la Iglesia de Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN.

El pelagianismo es un movimiento considerado herético. Se originó con Pelagio, monje y teólogo británico (siglos IV y V). Los pelagianos negaban el pecado original. Creían que los humanos pueden producir, por cuenta propia y sin el auxilio de la gracia, las buenas obras mencionadas en las Escrituras. No todas sus ideas eran erróneas, pues sostenían también que los niños sin bautismo podían salvarse, lo cual más adelante fue defendido por el movimiento anabaptista y las iglesias bautistas y  el pentecostalismo en general. La enseñanza pelagiana fue condenada en el Concilio de Cartago en 418. Su principal enemigo fue Agustín de Hipona, que enfatizaba la necesidad de la gracia para la salvación. El Concilio de Orange de 529 condenó el pelagianismo, que prácticamente desapareció en el siglo VI, pero sobrevive hoy en día en muchas iglesias evangélicas y aún dentro del catolicismo popular.

Muchas iglesias evangélicas que se identifican como arminianas en realidad practican una forma moderna de pelagianismo o semi pelagianismo. Esto ha llevado a que muchos calvinistas suelan calificar al arminianismo en su totalidad como defensor de las ideas de Pelagio; sin embargo, tal afirmación es falsa. El arminianismo clásico se opone frontalmente al pelagianismo. Ni siquiera somos semipelagianos pues nuestras afirmaciones se fundamentan en la Biblia en su totalidad, no en las afirmaciones de Pelagio o alguno de sus discípulos. Los arminianos de sana doctrina condenamos como heréticas las ideas de Pelagio.