Arminianismo Clásico

¿Depravados o moralmente neutros?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Para muchos resulta sorprendente descubrir que el arminianismo y el calvinismo están totalmente de acuerdo con la doctrina de la depravación total. Tanto los calvinistas como nosotros los arminianos creemos que la humanidad es totalmente corrupta e incapaz, en sí misma, de aceptar el evangelio. Jacobo Arminio escribió:

“En este estado, el libre albedrío del hombre hacia el bien verdadero no solo está herido, mutilado, enfermo, torcido y debilitado; sino también encarcelado, destruido y perdido. Y sus poderes no solo son debilitados e inútiles a menos que sean asistidos por la gracia, sino que no tienen ningún poder, excepto los que están excitados por la gracia divina. Porque Cristo ha dicho: Sin mí, nada podéis hacer. San Agustín, después de haber meditado diligentemente cada palabra en este pasaje habla así: Cristo no dice, sin mí, solo puedes hacer poco; ni dice Él, sin mí puedes hacer cualquier cosa ardua, ni sin mí puedes hacerlo con dificultad. ¡Sino que dice, sin mí nada podéis hacer! Tampoco dice, sin mí no se puede completar nada; pero sin mí no podéis hacer nada”. [1]

Asimismo, el Tercer Artículo de la Remonstrancia afirma:

“El hombre no tiene la gracia salvadora de sí mismo, ni de la energía de su libre albedrío, en la medida en que, en el estado de apostasía y pecado, no puede ni por sí ni pensar, ni hacer nada que sea verdaderamente bueno; sino que es necesario que nazca de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Espíritu Santo, y que se renueve en la comprensión, la inclinación o la voluntad, y todos sus poderes, para que pueda entender, pensar, querer y efectuar correctamente lo que es verdaderamente bueno, de acuerdo con la Palabra de Cristo en Juan 15: 5, “Sin mí no podéis hacer nada”.[2]

La doctrina de la depravación total del hombre es reconocida unánimemente por la ortodoxia protestante. Sin embargo, en contraposición con el arminianismo clásico y el calvinismo, el pelagianismo y el semipelagianismo se oponen a la doctrina de la depravación total del hombre. El pelagianismo niega que las consecuencias del pecado de Adán pasaran a sus descendientes, afirma que todos los seres humanos nacemos en un estado moralmente neutral. Según esta doctrina, si un hombre recibe la enseñanza correcta, es capaz de vivir de una manera que agradaría a Dios. Debido a esto, el hombre tiene la opción de hacer lo bueno o lo malo sin ninguna restricción impuesta por su naturaleza pecaminosa. Por obvias razones, el pelagianismo es considerado una herejía.

El semipelagianismo, por otro lado, pretende ser un término medio entre el pelagianismo y la ortodoxia cristiana. Sostiene que hay una chispa de bien en el hombre, suficiente para permitirle comenzar el viaje, momento en el que Dios se hace cargo y termina el trabajo. Esta posición, también se considera herética por la ortodoxia cristiana, pese a ser sostenida, a veces inconscientemente, por muchos cristianos. Ahora bien, el énfasis tanto del pelagianismo como del semipelagianismo está en el libre albedrío humano, la capacidad de la humanidad para elegir libremente, sin la ayuda de Dios, y aceptar su oferta de salvación. Ambas herejías presentan un desafío a la ortodoxia bíblica y distorsionan el papel del hombre y de Dios en el proceso de salvación.

¿QUÉ IMPLICA LA DOCTRINA DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL DEL HOMBRE?

Tanto Calvino como Arminio enseñaron la doctrina de la depravación total del hombre. Arminianos y calvinistas concordamos en este punto. La depravación total enseña que la humanidad fue creada a imagen de Dios y era santa. Pero esa humanidad cayó de su estado sin pecado cuando desobedecieron las instrucciones de Dios de no comer del fruto del Árbol del Conocimiento. Cuando hicieron esto, murieron espiritualmente, se separaron de Dios y cayeron en condenación.

Pero este concepto no debe ser tampoco mal entendido. Que la humanidad sea totalmente depravada no significa que sean tan malos como podrían ser. Lo que significa es que tenemos una inclinación natural al pecado y que nuestro estado natural es corrupto, incapaz de pensar o hacer algo por nosotros mismos que sea bueno. Esto incluye poder ganar cualquier favor de Dios, hacer cualquier cosa para salvarnos del juicio de Dios, o incluso creer en el evangelio de Cristo.

Significa también que el hombre no puede tomar la iniciativa en la salvación. Si Dios no hace primero algo que le permita creer, entonces el hombre nunca lo hará. Es un acto de gracia por parte de Dios que nos permite creer. Nuestra voluntad no es libre de elegir a Dios. El ser humano simplemente no tiene libre albedrío con respecto a elegir creer.

En oposición al pelagianismo y al semipelagianismo, la Biblia nos enseña que:

  • La humanidad fue creada santa, pero cayó en pecado a través de la desobediencia voluntaria (Génesis 1: 26-28; 3: 1-19).
  • Todos los humanos somos pecadores y desobedientes a Dios. Estamos muertos en nuestros pecados, no meramente heridos o dañados (Efesios 2: 1-3; Romanos 3:23; Colosenses 2:13). Tampoco somos moralmente neutros.
  • No hay ni siquiera uno de nosotros, por bueno que se considere, que haga el bien (Romanos 3: 9-18).
  • En nuestro estado natural de pecado somos incapaces de agradar a Dios (Romanos 8: 7-8).
  • Nadie puede venir a Cristo a menos que el Padre los atraiga (Juan 6:44).

Concordamos con el calvinismo en que el libre albedrío del hombre no solo se encuentra herido, mutilado, enfermizo, deshabilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido, de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil a menos que sea asistido por la gracia. Entendemos que, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. Además, reconocemos que la voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.

¿LO ENSEÑA LA BIBLIA?

De acuerdo con la Biblia, por la caída de Adán toda la humanidad fue constituida pecadora y está “destituida de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Romanos 6:23 nos enseña que “la paga del pecado es muerte”, esta muerte incluye todas las malas consecuencias que han sobrevenido al hombre después de la caída. La caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad, inteligencia, y demás facultades están corrompidas por causa de la caída de Adán. Esto no significa que el hombre, aunque quiera, no puede acercase a Dios, sino que el hombre nunca quiere hacer la voluntad de Dios ya que no está en su voluntad hacerlo: Su voluntad está inclinada contra Dios de forma permanente, y de manera instintiva y voluntaria se torna hacia el mal. Nace enajenado de Dios y peca por elección.

En este sentido, podemos decir que el hombre perdió el libre albedrío en lo que a tomar la iniciativa en la salvación se refiere. Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. El hombre no perdió su libertad, sino que perdió su capacidad de hacer lo bueno. Debido a esta depravación humana y a la incapacidad del hombre de desear hacer lo bueno, Dios, aparte de la gracia especial que produce salvación, también obra una gracia común que permite que los impíos puedan ser buenos ciudadanos, que no sean delincuentes, asesinos, etc. Sin embargo, estas obras no son agradables a Dios ya que no nacen de un corazón que quiera agradarle. Como tampoco le agradan las acciones de quienes intentan agradarle por medio de cosas que Él no ha ordenado.

La doctrina de la depravación total del hombre halla su fundamento en las Escrituras. No es una invención calvinista o arminiana. La doctrina de la depravación total del hombre se fundamenta en pasajes como:

  • 1 Corintios 2:14 “…Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente…”
  • Génesis 2:17 “…Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás…”
  • Romanos 5:12 “…Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…”
  • 2 Corintios 1:9 “…Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos…”
  • Efesios 2:1-3 “…Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás…”
  • Efesios 2:12 “…En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo…”
  • Jeremías 13:23 “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?”
  • Salmos 51:5 “…He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre.
  • Juan 3:3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios…”
  • Romanos 3:10-12 “…Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…”
  • Job 14:4 “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie”.

La depravación del hombre, como consecuencia de la caída, es total. Él está obligado a Satanás que lleva al hombre cautivo a su voluntad. El hombre es depravado en el sentido de que está muerto, ciego, sordo, imposible de enseñar y aprender las cosas de Dios y gobernado por Satanás a través de su corazón perverso y alma corrupta.

REFERENCIAS:

[1] Arminius, J., Complete Works of Arminius, Volume 1, Public Disputations of Arminius, Disputation 11 (On the Free Will of Man and its Powers)

[2] Article 3 of the Five Articles of the Remonstrance.

Pelagianismo

Arminianismo clásico y semipelagianismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Como ya se ha explicado en artículos anteriores, el arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon, 1560-1609), pastor protestante en Amsterdam, luego profesor en Leiden, que jugó un importante papel en el conflicto. La soteriología arminiana establece que Dios ha decidido desde toda la eternidad destinar para la salvación a aquellos que creyeran en Él; por tal razón, Cristo murió por todos los hombres, pero de manera que sólo los fieles gozaran verdaderamente de su perdón. La teología arminiana sostiene que el hombre no recibe la fe salvadora más que por la gracia divina; pero se puede resistir a esa gracia y prepararse para recibirla. Tampoco se excluye la posibilidad de perder la gracia.

Muchos calvinistas catalogan al arminianismo como un sistema semipelagiano, principalmente por desconocimiento de las premisas de ambos sistemas o por una selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico. Sin embargo, como arminianos afirmamos que tal acusación constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. Pero ¿Qué es el semipelagianismo y qué nos separa de él?

¿QUÉ ES EL SEMIPELAGIANISMO?

El principal representante del sistema semipelagiano fue el teólogo de la Alta Edad Media, Juan Cassiano (360-435 E.C.). Cassiano fue un monje del sur de la Galia responsable de la introducción del monacato oriental en occidente. Después de la muerte de Agustín, aquellos que lo habían apoyado en su embate contra Pelagio no aceptaron sus doctrinas predestinacionistas y de la gracia irresistible. Cassiano fue el más notable teólogo de su tiempo en contestar las enseñanzas agustinas. De igual modo, se oponía al pelagianismo. El uso de la terminología “semipelagianismo” indica la adición de una forma modificada del sistema teológico pensado por Pelagio. Sin embargo, tal término es inexacto.

Los así llamados semipelagianos eran en realidad «semiagustinianos» que rechazaban las doctrinas de Pelagio y admiraban y respetaban a Agustín, aunque no estaban dispuestos a seguir al obispo de Hipona hasta las últimas consecuencias de su teología (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 56). La aclaración anterior es importante, pues nos aleja de la sensación de que el semipelagianismo haya brotado del seno del pelagianismo. En realidad, el movimiento semipelagiano es parte del núcleo agustiniano que, además de objetar contra las premisas de Pelagio, negaba algunas premisas de Agustín.

Colocándose entre la predestinación de Agustín y la visión optimista de la naturaleza humana según Pelagio, el semipelagiano Cassiano decía haber en el hombre fuerza volitiva remanente, post-caída, para poner en movimiento el inicio de la salvación. En el hombre hay una condición residual que lo posibilita a realizar el movimiento inicial de fe. Cassiano afirmaba:  

“Tan pronto él [Dios] ve en nosotros el comienzo de una buena voluntad, él ilumina, estimula y dirige eso para la salvación, dando crecimiento a lo que él mismo plantó, o lo que él ha visto nacer de nuestro propio esfuerzo.” (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 57).

De acuerdo con el semipelagianismo, en la naturaleza humana hay capacidad para volver a Dios, sin embargo, esta capacidad sólo es operada por la acción divina. Para Cassiano, la voluntad humana permanece siempre libre. De ello, se desprende que la voluntad humana sólo se debilitó en la caída, pero no totalmente corrompida.

La creencia en la acción de una buena voluntad humana hacia Dios, aparte de la manifestación previa de la gracia divina, fue condenada en el 529 d.C. en el Segundo Concilio de Orange, en Francia. Este Concilio fue convocado para averiguar sobre el semipelagianismo en contraposición al agustinianismo. Como resultado de la reunión, el semipelagianismo no salió victorioso, pero el agustinianismo tampoco. Los obispos allí reunidos afirmaron que incluso el comienzo de una buena voluntad para con Dios es una obra de la gracia de Dios. Sin embargo, condenaron igualmente cualquier fe en la predestinación divina para el mal o el pecado, y permitieron a los fieles cristianos creer en el libre albedrío que coopera con la gracia divina. De este modo, el Concilio claramente rechazó las enseñanzas del semipelagianismo y del agustinianismo. El Canon VII y un trecho de la Conclusión del Concilio de Orange afirman:

“Si alguien afirma que podemos formarnos alguna opinión correcta, o hacer cualquier elección correcta que se relacione con la salvación de la vida eterna como es conveniente para nosotros, o que podamos ser salvos, es decir, asentir a la predicación del evangelio a través de nuestros poderes naturales sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que hace que todos los hombres alegremente asientan y crean en la verdad, está desencadenado por un espíritu herético, y no entiende la voz de Dios que dice en el Evangelio, “Porque sin mí nada podéis hacer”. (Juan 15: 5), y la palabra del Apóstol, “No que seamos competentes, por nosotros, de pensar algo, como de nosotros mismos; pero nuestra competencia viene de Dios (2 Corintios 3: 5).”

 “[…] Nosotros no sólo no creemos que haya ningún mal preordenado por Dios, sino que incluso declaramos con absoluta aversión que, si hay aquellos que desean creer en una cosa tan mala, sean anatemas […]”

En el Canon VII tenemos la condena del semipelagianismo, y en la conclusión, leemos la condenación de la doctrina agustiniana de la predestinación divina hacia el mal. Otro canon, el II, condena al pelagianismo:

“Si alguien asegura que el pecado de Adán le afectó solamente a él y no a sus descendientes también, o al menos si él declara que solamente la muerte del cuerpo es el castigo por el pecado, y no también aquel pecado, el cual es la muerte del alma, pasando a través de un hombre para toda la raza humana; hace injusticia a Dios y contradice al Apóstol, que dice, “Por lo tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres por lo que todos pecaron. (Romanos 5:12).”

En lo que se refiere al agustinianismo, es curioso notar que aunque los calvinistas afirman que la teología de Agustín se convirtió en la regla ortodoxa de la iglesia y que fue solo en los tiempos modernos, en los Países Bajos, bajo la dirección de Arminio (año 1600), y en el siglo dieciocho con Juan Wesley, que la iglesia se alejó del sistema doctrinal agustiniano, tal manera de interpretar la historia es totalmente errada. El agustinianismo nunca equivalió a ortodoxia en lo que a la iglesia universal se refiere. Las doctrinas agustinas nunca fueron unanimidad en la historia de la Iglesia. Por ejemplo, las doctrinas de la gracia irresistible, doble predestinación y expiación limitada, enseñanzas caras a la soteriología agustiniana no son ortodoxas, pues ellas no se encuentran en los Padres griegos pre y post-nicénicos, los mismos en los cuales Arminio se apoya en la defensa de su propia soteriología y esas doctrinas agustinianas fueron negadas por el Concilio de Orange.

Hasta el mismo Próspero de Aquitania, representante del agustinianismo contra los semipelagianos, suavizó algunas de las doctrinas más radicales de Agustín. En fin, la teología de Agustín, así como su soteriología, no son reglas en cuanto a la totalidad de sus premisas. La iglesia nunca adoptó la soteriología agustina en su totalidad en ningún momento. Incluso el mismo Agustín (auténtico padre del calvinismo) no podía afirmar con justicia que su enseñanza distintiva fuera totalmente ratificada por la iglesia. En cuanto a Oriente, sus ideas no tuvieron ningún impacto perceptible. En Occidente, especialmente en el sur de la Galia, había muchas personas, incluyendo ardorosos defensores del concilio, que creían absolutamente ofensivas algunas de ellas. Entre ellas destacaban la sugerencia de que, aunque libre en su estado caído la voluntad es incapaz de escoger el bien, y el fatalismo que parecía inherente en su teoría de la predestinación. Sólo la doctrina de la salvación únicamente por la gracia prevaleció, mientras que la doctrina de la gracia irresistible y la doctrina de la predestinación doble fueron desplazadas.

Ahora bien, el importante Concilio de Orange fue convocado precisamente por la falta de unanimidad en torno de las tesis agustinas. Como se ha informado, el resultado del Concilio no consolidó todas las tesis de Agustín. Tanto en Oriente, como en Occidente, Agustín y algunas de sus enseñanzas fueron resistidas y rechazadas. Por tanto, la acusación de heterodoxia que los calvinistas imponen sobre Arminio es un equívoco, pues Arminio, en cuanto a la soteriología, está en consonancia con la voz de la Iglesia en un sentido más amplio que Agustín. Lo más honesto aquí es ver a Arminio como ortodoxo en lo referente a la Palabra de Dios, y asignar heterodoxia a la otra parte.

Otro nombre perteneciente a la escuela semipelagiana es Fausto de Riez (410-495 E.C.) ardoroso expositor de las tesis antagónicas al agustinianismo. Él decía que el initium fidei, es decir, el primer paso de la fe no es posible aparte de la libertad humana, sino depende totalmente. Incluso admitiendo la realidad del pecado original, Riez insistía en concederle al hombre la posibilidad de esforzarse para la salvación.

También encontramos con alguna relevancia, a Vicente de Lérins († antes de 450 d.C.), un monje de Lérins, en el sur de la Galia. Indirectamente, Lérins, debido a la soteriología agustina, llamó a Agustín y a sus seguidores de “Innovadores”. Lérins comprendía las enseñanzas agustinas como divergentes de la doctrina eclesiástica. Es decir, tales enseñanzas no eran aquellas que los cristianos siempre creyeron. Lérins escribió:

 “[…] debemos estar seguros de que conservamos aquello que siempre ha sido creído por todos y en todo lugar (quod ubique, quod semper, quod abi omnibus).”  (Gónzalez, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 58).

DIFERENCIAS ENTRE EL ARMINIANISMO Y EL SEMIPELAGIANISMO.

En cuanto a una supuesta relación entre el pensamiento soteriológico de Arminio, Cassiano y demás representantes del movimiento semipelagiano, debemos decir que tal relación es inexistente. Arminio se opuso a la idea que el hombre tiene voluntad de volverse a Dios antes que la gracia lo incite. Arminio afirmó:

“Confieso que la mente de un hombre carnal y natural es oscura y sombría, que sus afecciones son corruptas y excesivas, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre está muerto en pecados.” (Arminius, Vol. 2, P. 333).

Una vez más, Arminio declara:

“En este estado [de caída], el libre albedrío del hombre está herido, mutilado, enfermo, curvado y debilitado para la realización de cualquier bien verdadero […] está preso, destruido, y perdido. Sus habilidades están debilitadas y son inútiles a menos que sea [el hombre] asistido y estimulado por la gracia divina.”   (Arminius, Vol. 1, P. 384).

Es evidente que en el ámbito soteriológico de Arminio el hombre nunca da el primer paso de la fe (initium fidei) y no tiene ninguna buena voluntad para con Dios sin el auxilio de Su gracia sobrenatural. Arminio ni siquiera incurrió en el mismo error en el que cayó Agustín en su época primera. Agustín confesó:

 “Me convencí también del error, cuando en él trabajaba, juzgando que la fe, que nos lleva a creer en Dios, no era don de Dios, sino que se originaba en nosotros por nuestra iniciativa” (Agustín, La Predestinación de los santos).0

Ciertamente, el germen del semipelagianismo se puede encontrar en un Agustín anterior. No se presupone en parte alguna de los escritos de Arminio la capacidad humana de dar el primer paso de la fe, ni la idea de la conservación intacta del libre albedrío humano después de la caída. La debilidad es completa (Olson, Roger E., Historia de la Teología Cristiana, Sao Paulo: Vida, 2001).

¿Y ENTONCES QUÉ? ¿SOMOS LOS ARMINIANOS UNA CONTINUACIÓN DEL SEMIPELAGIANISMO?

¡Absolutamente no! Cassiano, y con él el semipelagianismo, afirmaba que:

  • A pesar de que, a veces (por ejemplo, en los casos de Mateo y Pablo), el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces (por ejemplo, en el caso de Zaqueo) tiene su origen en la propia voluntad del hombre y Dios la confirma y fortalece.
  • A pesar de los efectos calamitosos de la caída, Adán mantuvo su conocimiento del bien.
  • El problema de la voluntad humana no es tanto estar muerta, sino enferma.

Si comparamos las afirmaciones de Cassiano con las declaraciones de Arminio descubriremos que no hay convergencia entre ellos. La soteriología, antropología y hamartiología de Arminio están diametralmente opuestas a las enseñanzas de los semipelagianos. Por tal razón, comprendemos que son frívolas las acusaciones hechas contra Arminio y su teología cuando son equiparados, o aproximados, al pelagianismo y al semipelagianismo. Las premisas teológicas de las partes involucradas son antagónicas.

Mientras Pelagio predicaba contra la doctrina del pecado original, Arminio, en su tiempo, afirmaba una antropología altamente pesimista enseñando que no había ningún remanente de bondad en el hombre. Para Arminio el hombre es totalmente depravado. En esta cuestión, Pelagio era anti-agustiniano, Arminio agustiniano.

En cuanto a los semipelagianos, defensores del initium fidei, Arminio estaba en una posición distinta de la de ellos, pues, en su alcance doctrinal, no había espacio para la creencia en una especie de poder residual en el hombre después de la caída, que facilitara cualquier condición de ir a Dios independiente de la gracia divina. La acusación de que Arminio y el arminianismo clásico sostienen que la voluntad humana caída está libre no es más que una invención. Sólo para los teólogos desertores de las enseñanzas de Arminio, y que se acercaron al liberalismo teológico, la voluntad del hombre caído está libre.

Aunque existen teólogos calvinistas que acusan a Arminio y al arminianismo clásico de semipelagiano, otros, más honestos, reconocen que Arminio cree en la absoluta necesidad de la gracia. Por ello, concluimos que el arminianismo no es pelagiano ni semipelagiano. Para Arminio, y para nosotros, los arminianos clásicos, la voluntad humana está totalmente corrompida.

 

Pelagianismo

No, arminianismo no es pelagianismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon, 1560-1609), pastor protestante en Amsterdam, luego profesor en Leiden, que jugó un importante papel en el conflicto. A grosso modo, podemos resumir el arminianismo diciendo que: Dios ha decidido desde toda la eternidad destinar para la salvación a aquellos que creyeran en El; por tal razón, Cristo murió por todos los hombres, pero de manera que sólo los fieles gozaran verdaderamente de su perdón. La teología arminiana sostiene que el hombre no recibe la fe salvadora más que por la gracia divina; pero se puede resistir a esa gracia y prepararse para recibirla. Tampoco se excluye la posibilidad de perder la gracia.

Tales afirmaciones separan al arminianismo del sector calvinista de la cristiandad. Pero eso no es todo, muchos calvinistas, en su intento por rebatir el arminianismo, suelen confundirlo maliciosamente con los sistemas teológicos pelagiano y semipelagiano. Esta confusión se deriva de dos razones: (1) Desconocimiento absoluto de las premisas de los tres sistemas y, (2) La selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico.

Vincular el arminianismo clásico con el pelagianismo y el semipelagianismo se constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. No negamos las existencias de muchas denominaciones denominadas arminianas que no pasan de ser instituciones propensas a los discursos y prácticas francamente pelagianas y/o semipelagianas. Sin embargo, esas denominaciones vinculadas al espectro evangélico arminiano, semejantes en cuanto al pensamiento teológico pelagiano y semipelagiano, se portan así debido al desconocimiento de las premisas fundamentales de los tres sistemas soteriológicos. La razón de los equívocos es la ignorancia.

 

¿QUÉ ES EL PELAGIANISMO?

El término deriva de Pelagio (360-420 d. C.), teólogo y maestro británico muy popular en Roma, y notable debido a su erudición y alto patrón moral. Pelagio era un hombre de carácter impoluto, dotado de mucha austeridad y temperamento equilibrado. Él elaboró un sistema doctrinal controvertido incluyendo la defensa de la voluntad humana como siendo libre para escoger el bien, y la negación del pecado original. Para Pelagio, en lo que se refiere a la libre voluntad, Adán no poseía una santidad positiva, o sea, originalmente Adán no estaba en una condición de santidad o pecaminosidad, sino en un estado de neutralidad pudiendo inclinarse libremente en cualquier dirección que deseara.

El sistema teológico de Pelagio trataba la naturaleza humana diametralmente en oposición a las reflexiones de Agustín (354-430 E.C.), obispo de Hipona, con quien libró una gran controversia. Los puntos principales de la controversia entre Pelagio y Agustín eran el concepto de libre albedrío; el concepto de pecado; el concepto de gracia y las bases para la justificación. Para Pelagio, la voluntad humana después de la caída no tiene tendencia intrínseca de practicar el mal. No hay pecado original en el alma recién creada por Dios. El alma no hereda la contaminación del pecado de Adán, sino que es pura, intacta, incorrupta y dotada de condiciones, en caso de que el hombre quiera, de vivir en plena obediencia a Dios. La caída de Adán perjudicó sólo a él mismo. No hay vínculo orgánico entre Adán y sus descendientes. No hay transmisión hereditaria. Entonces, no hay pecado original.

En opinión de Pelagio, las almas son creadas por Dios en el momento de la concepción. Esta teoría se llama teoría creacionista. De acuerdo con esta teoría, el elemento inmaterial constituyente del ser del hombre es creado directamente por Dios. Es decir, siempre que haya la fecundación del óvulo por el espermatozoide, Dios crea un alma nueva e intacta. Sin pecado ni tendencia al mal.

Pelagio tenía la naturaleza humana post-caída en tan alta estima que enseñaba que era posible al hombre escapar del pecado (impeccantia). El poder para no pecar (posse non pecare) es un equipamiento humano dado al hombre desde la creación. La naturaleza humana, en esencia, es libre y no está debilitada por cualquier debilidad misteriosa. La caída adámica y el propio Satanás no pueden destruir eso. Admitir que al hombre le es imposible no pecar era un insulto a Dios. Para Pelagio cualquier imperfección en un ser humano tendría un reflejo negativo sobre la bondad de Dios. Por lo tanto, para Pelagio, los hombres nacen sin deseos y tendencias para el mal en su naturaleza. Nacen inocentes como Adán.

Pelagio creía en la capacidad del cristiano para vivir sin pecado. Afirmaba que un cristiano es aquel que imita y sigue a Cristo en todo, el que es santo, inocente, sin mancha, sin culpa, en cuyo corazón no hay maldad alguna, sino sólo piedad y bondad, el que se niega a injuriar o herir a cualquiera que sea, pero socorre a todos. El teólogo británico citaba Escrituras como “Santos seréis, porque yo […] soy santo” (Levítico 19:2) y “[…] sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial” (Mateo 5:48) para sostener la doctrina de la impeccantia. Ahora bien, si Dios ordena al hombre que no peque, pero haga el bien, se concluye que el hombre puede cumplir esa orden, razonaba Pelagio. De hecho, para Pelagio, el hombre no necesita pecar, pero él no concebía una vida sin pecado obtenida de una vez por todas, más bien defendía la posibilidad de la perfección, fruto de un esfuerzo extraordinario, y su mantenimiento fijado en una determinación creciente.

Pelagio sostenía su antropología, presentando figuras del Antiguo Testamento como pruebas de la condición humana de vivir sin pecado. La cuestión para Pelagio era pragmática, pues era causa de asombro las excusas de los pecadores al atribuir la culpa de los pecados a la convaleciente naturaleza humana. Pelagio se quedaba estupefacto frente a las ideas consideradas pesimistas y desmoralizantes en relación con la naturaleza humana.

El pelagianismo fue condenado finalmente en el 437 d.C. en el tercer Concilio de Éfeso, el mismo que condenó el nestorianismo. Sin embargo, este resurgió en tiempos modernos gracias al filósofo francés Jean Jaques Rousseau (1712-1778), quien se acercaba a los viejos conceptos antropológicos de Pelagio. Primando por conclusiones como la perfección de la naturaleza humana y la negación del pecado original, Rousseau atribuyó a las instituciones sociales la culpa por toda la enfermedad social, librando de culpa así al hombre. La antropología pelagio-rousseauniana está representada en la cristiandad, por ejemplo, por la filosofía de la religión emergiendo del liberalismo teológico protestante de Schleiermacher.

El cristianismo liberal considera la narración de la creación, del Génesis, un mito. Este concepto fue aplicado no sólo al relato de la creación del hombre, sino a todo acontecimiento milagroso registrado en la Biblia. Por lo tanto, Adán, Eva, la serpiente, la caída y el pecado original no pasan de ser mitos. Así, a causa de la caída, no necesitamos admitir una antropología pesimista. En su labor teológica y hermenéutica, el liberalismo teológico, con una variación u otra en cuanto a sus adeptos, propone la supresión y abandono del elemento sobrenatural que se encuentra en la Biblia. Hecho esto, el hombre no tiene un “gen” nefasto transmitido por cualquier pecado original, pero, en su interior, el hombre posee una chispa divina, y eso significa que el ser humano es bueno, necesitando sólo motivaciones para hacer lo correcto. Eso es el más puro pelagianismo.

Otros ejemplos de pelagianismo en la iglesia son la creencia corriente de que el hombre puede efectuar algún bien espiritual sin el auxilio de la gracia sobrenatural divina o, entonces, cuando el hombre piensa poder decidir per se, usando su “libertad individual”, estar a favor o en contra Dios.

Habiendo entendido lo que es el pelagianismo nos preguntamos: ¿Es el arminianismo una versión moderna de pelagianismo? Absolutamente no. Aunque los calvinistas frecuentemente acusan al arminianismo de ser un sistema pelagiano tal afirmación es falsa e hipócrita. Es necesario hacer un contrapunto entre los sistemas de Pelagio (pelagianismo) y el arminianismo clásico y así establecer las distancias entre ambos en lo tocante a la antropología teológica y la hamartiología (doctrina del pecado). Las diferencias entre ellos en lo que concierne a aquellas disciplinas, tienen repercusión directa sobre el pensamiento soteriológico de cada uno.

 

LA NATURALEZA HUMANA Y EL PECADO.

Con respecto a la naturaleza humana, según lo dicho arriba, Pelagio no creía en el pecado original o en el “pecado heredado”. Para Pelagio cada alma es una creación de Dios, no heredando por eso la contaminación del pecado de Adán. Así, no existe una depravación humana total, ni en ningún otro sentido. De ese modo, entonces, para el teólogo británico, el hombre puede alcanzar la salvación sólo por medio de sus buenas obras. Por el propio esfuerzo el hombre puede dejar el hábito de pecar y vivir como fue creado, a saber: sin tendencias ni deseos malos en su naturaleza. Tenemos entonces una antropología optimista.

La antropología de Arminio, por su parte, era altamente pesimista, pues él creía en la total depravación del hombre y su dependencia de la gracia divina para la fe. Él escribió: “Pero en su estado caído y pecaminoso, el hombre no es capaz, de y por sí mismo, pensar, desear, o hacer lo que es realmente bueno” ([The Works of James Arminius. Vol. 1, p. 174). El contrapunto es claro. No sólo notamos la distancia entre los teólogos en cuanto a la antropología, sino también en cuanto a la hamartiología (doctrina del pecado). Para Arminio el hombre está caído y en estado de pecado como consecuencia de la Caída. Es decir, la naturaleza pecaminosa del hombre procede del pecado original. Arminio defendió que el pecado original expone al hombre a la ira de Dios, y francamente aceptaba el concepto agustiniano de pecado original. Por lo tanto, Arminio nunca resbaló en Pelagio. Arminio era agustino en cuanto al estado del hombre posterior a la caída adámica.

Las doctrinas de Pelagio y su más prominente discípulo, Coelestius (Celestio) puede resumirse en los siguientes puntos:

  1. Que el pecado de Adán hirió solamente él mismo, y no toda la raza humana.
  2. Que existieron algunos antes del tiempo de Cristo que vivieron sin pecar.
  3. Que recién nacidos están en el mismo estado en que Adán estaba antes de su caída.
  4. Que la totalidad de la raza humana no muere en la muerte o caída de Adán.
  5. Que, si lo deseamos, podemos vivir sin pecado.
  6. Sólo Adán fue herido por su pecado.
  7. La humanidad no muere con él.
  8. Los niños nacen en estado de pureza.

Un estudio cuidadoso de la enseñanza arminiana niega toda conexión con el pelagianismo. Para empezar, en el arminianismo clásico no se niega el alcance del pecado de nuestros primeros padres: en Adán todos nosotros pecamos, tal como lo establece Romanos 5:12 (Arminius, vol. 1, p. 356).

En relación con el pecado original y sus efectos sobre nosotros, los arminianos creemos que los niños no tienen sobre sí mismos imputado el pecado adámico, pues, debido a la muerte de Cristo, el pecado original es puesto de lado. Sin embargo, esto no significa exención de la corrupción resultante del pecado original, pues reconocemos el liderazgo federal de Adán sobre la raza humana. El pecado original es el acto de Adán y también un acto de todos y como tal nadie está libre de la culpa y de la pena. En su Disputa VII, vol. 1, p. 356, de sus Obras, Arminio confirma la enseñanza agustiniana de que la raza humana está bajo los lomos de Adán, triangulando las siguientes Escrituras: “por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12); “Son por naturaleza hijos de la ira” (Efesios 2: 3) y “carecen de la justicia y santidad original” (Romanos 5:12, 18-19).

Además, al comentar exactamente sobre la supuesta impecabilidad humana, Arminio, en una de sus defensas, dijo nunca haber afirmado eso. Él declaró:

“Hay mucha discusión con respecto a la perfección de los creyentes […] en esta vida. Se dice que tengo una opinión inapropiada sobre este tema casi aliada a la de los pelagianos, a saber: ‘que es posible para el regenerado en esta vida, vivir perfectamente los preceptos de Dios’. A esto respondo: que, aunque esta fuese mi opinión, yo no debería ser considerado pelagiano, ya sea parcial o totalmente, pues ellos podrían hacer esto sólo por la gracia de Cristo y no de otra manera.” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Arminio continúa su defensa:

“[…] declaro que este pensamiento de Pelagio es herético y está diametralmente en oposición a esas palabras de Cristo: ‘sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15: 5)” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Otra línea demarcatoria entre el teólogo británico y el teólogo holandés es el concepto de “gracia”. Para Arminio la gracia es sobrenatural, es una Persona, es el Espíritu Santo. Para Pelagio, era el propio libre albedrío o la posibilidad de no pecar con que Dios nos ha dotado en el momento de nuestra creación. Según Pelagio, “Gracia” es la autonomía humana (libre albedrío) que fue conferida por Dios a la humanidad. Aunque Arminio creía en el libre albedrío, él no lo concebía como un equipo humano capaz de llevar al hombre a vivir de modo agradable a Dios sin el auxilio de la gracia divina.

Defendiéndose nuevamente de la acusación de pelagianismo, Arminio respondió:

“En cuanto a la gracia y el libre albedrío, mi enseñanza está de acuerdo con las Escrituras y la posición ortodoxa: el libre albedrío es incapaz de iniciar o perfeccionar cualquier bien verdadero y espiritual, sin la gracia.”  (Arminius, Vol. 2, P. 333).

 

CONCLUSIÓN.

Los arminianos no somo pelagianos. Afirmar tal cosa es faltar a la verdad. Muchas veces los calvinistas (y también los luteranos) acusan al arminiano de caer en esta herejía. De negar la gracia favoreciendo una salvación por méritos (ganar la salvación mediante la buena obra de independientemente decidir confiar y obedecer a Dios). Desafortunadamente, en el día de hoy, demasiados cristianos protestantes caen dentro de la categoría de pelagianos o semipelagianos y los críticos calvinistas tiendan a apuntarlos con el dedo señalando que su error es resultado de la influencia arminiana. El verdadero arminianismo, sin embargo, no cae en ninguno de estos dos errores.

Las diferencias entre arminianos y pelagianos son demasiado obvias para ser ignoradas:

  • La naturaleza del pecado, para Pelagio, prescinde de una propensión humana al pecado, mientras que para Arminio la humanidad fue totalmente alcanzada por el pecado, una enfermedad pasada de generación a generación. Pelagio, por otro lado, negó el concepto de transmisión hereditaria del pecado.
  • Pelagio entendía la gracia como el libre albedrío. Arminio la entendía como una Persona, el Espíritu Santo.
  • Otra diferencia notoria entre ambos sistemas podemos hallarla en el hecho de que Arminio negaba la capacidad humana natural del hombre para volverse hacia Dios, o hacer el bien. Pelagio consideraba la naturaleza humana capaz de cumplir la voluntad divina por su propia elección.

Así, concluimos que las teologías de Pelagio y Arminio se sostienen en premisas diferentes, resultando de ahí en distanciamientos teológicos entre ambos. Arminio hizo hincapié en declarar la existencia de una abismal distancia entre él y Pelagio, y aún lo tildó de hereje, como mostramos. Por lo tanto, la acusación de que el sistema de Arminio (y el arminianismo clásico) es pelagiano, se funda en el error.

 

 

Pelagianismo

Herejías: Pelagianismo en la Iglesia de Hoy.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Pelagianismo es el nombre dado a las enseñanzas de Pelagio (en latín Pelagius), quien fue un monje británico, ascético y acusado de heresiarca, que vivió entre los siglos IV y V d. C. Sufrió una dura persecución por parte de la Iglesia de Roma tras enseñar ideas consideradas heréticas por los líderes de ésta, como su negación del posteriormente llamado “dogma del Pecado Original”. Paradójicamente, antes de esto había gozado de cierta popularidad entre la curia romana y el propio Agustín de Hipona (que luego sería uno de sus más feroces críticos) llegó a definirle como «santo varón». Sus ideas fundarían posteriormente la corriente “herética” llamada pelagianismo. Pelagio, en su calidad de teólogo e intérprete de la Biblia, escribió un comentario sobre las cartas de Pablo en el que hizo hincapié en la capacidad humana para cumplir los mandamientos de Dios. Negó el estado primitivo del hombre en el paraíso y el pecado original; insistió en la naturalidad de la concupiscencia y la muerte del cuerpo, y vinculó la existencia y universalidad actual del pecado al mal ejemplo dado por Adán al cometer el primer pecado.

Pelagio interpretaba la Biblia basándose en ideas principalmente en la filosofía estoica y otras antiguas filosofías paganas. Consideró que la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, es suficiente en sí misma para desear y conseguir la virtud. Por lo tanto, consideró que el valor de la redención de Cristo está limitado principalmente a la formación (doctrina) y al ejemplo (exemplum), que servían de contrapeso frente al mal ejemplo de Adán. Por lo tanto, la naturaleza, según Pelagio, es capaz de someter el pecado y ganar la vida eterna sin la ayuda de la gracia. Según Pelagio, somos lavados de nuestros pecados por justificación mediante la sola fe, pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación interior del alma. En Roma se convirtió en el centro de un aristocrático grupo cuyo objetivo era buscar la forma más rigurosa de la vida religiosa, en contraste con la moralidad indiferente de los demás cristianos.

El Pelagianismo pretendió ser un movimiento de reforma dentro de la cristiandad romana tardía. Su doctrina, sin embargo, fue condenado como herejía. Pelagio rechazaba las posiciones de la iglesia de Roma sobre el pecado original, afirmando que la humanidad nacía sin mancha alguna, pues el pecado original sólo afectaba a Adán. Él creía que Dios creó directamente a cada alma humana y, por lo tanto, cada alma humana estaba originalmente libre de pecado. Pelagio pensaba que los seres humanos nacían inocentes, sin la mancha del pecado original o heredado. Pelagio creía que el pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. También ponía en duda la necesidad de la gracia divina para obtener la salvación del alma, para lo que, según Pelagio, bastaría el buen obrar de cada cual, siguiendo el ejemplo de Cristo. Con ello pretendía oponerse al determinismo y al fatalismo, y asegurar el libre albedrío, responsabilizando exclusivamente al hombre de su salvación o condena. Pelagio afirmaba que la gracia divina no era necesaria, ni gratuita, sino merecida por un esfuerzo en la práctica de la misma.

Bajo la amenaza de los godos (410 E.C.) en Italia, Pelagio se unió a otros refugiados romanos que viajaron al norte de África. Allí se opuso a las ideas de Agustín de Hipona, la figura principal de la iglesia del Norte de África y verdadero creador del calvinismo. Al afirmar que los seres humanos pueden hacer lo que Dios exige, Pelagio hizo hincapié en la libertad de la voluntad humana y la capacidad de controlar su motivos y acciones bajo la orientación de la ley de Dios. Por el contrario, Agustín insistió en que nadie puede controlar su propia motivación y esa persona requiere la ayuda de la Gracia de Dios, si él o ella quiere hacer el bien. Sólo con la ayuda de la gracia divina puede un individuo superar la fuerza del pecado y vivir correctamente delante de Dios.

Una influencia de largo alcance, sobre el posterior desarrollo del pelagianismo, fue la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio, un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Celestio había sido ganado para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en su condición de hermano lego, se esforzó por convertir las máximas prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron propagados en Roma con éxito. Las seis tesis de Celestio —quizá extraídas de su obra ahora perdida Contra traducem peccati— fueron marcadas como heréticas. Las tesis eran las siguientes:

  • Aun si Adán no hubiera pecado, habría muerto.
  • El pecado de Adán lo perjudicó solo a él, no a la humanidad entera.
  • Los niños recién nacidos se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la caída.
  • La humanidad entera ni murió a través del pecado o de la muerte de Adán, ni resucitó a través de la resurrección de Cristo.
  • La ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio.
  • Antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado.

A causa de estas doctrinas, que contienen claramente la quintaesencia del pelagianismo, Celestio fue citado para comparecer ante el sínodo de Cartago (411); pero se negó a retractarse de ellas, alegando que la herencia del pecado de Adán era una cuestión abierta y que su negación no era una herejía. Como resultado, Celestio no fue sólo excluido de la ordenación, sino que sus seis tesis fueron condenadas. Declaró entonces su intención de apelar al papa en Roma, pero, sin ejecutar su decisión, se fue a Éfeso en Asia Menor, donde fue ordenado sacerdote.

En la consiguiente controversia, los puntos de vista de Agustín prevalecieron y llegaron a ser la corriente dominante dentro de la doctrina cristiana. Así las cosas, Pelagio fue excomulgado (417 E.C.) por el Papa Inocencio I, y sus opiniones fueron condenadas por una serie de concilios de la iglesia. Sin embargo, el hecho de que Pelagio y Celestio no fueran finalmente juzgados como herejes sorprendió enormemente a Agustín, que convocó un nuevo sínodo en Cartago en 418. Allí expuso nueve creencias defendidas por la Iglesia que eran negadas por el Pelagianismo:

  • La muerte es producto del pecado, no de la naturaleza humana.
  • Los niños deben ser bautizados para estar limpios del pecado original.
  • La “gracia justificante” (gratia gratum faciens) cubre los pecados ya cometidos y ayuda a prevenir los futuros.
  • La gracia de Cristo proporciona la fuerza de voluntad para llevar a la práctica los mandamientos divinos.
  • No existen buenas obras al margen de la Gracia de Dios.
  • La confesión de los pecados se hace porque son ciertos, no por humildad.
  • Los santos piden perdón por sus propios pecados.
  • Los santos también se confiesan pecadores porque realmente lo son.
  • Los niños que mueren sin recibir el bautismo son excluidos tanto del Reino de Dios como de la vida eterna.

Este canon fue aceptado como una creencia universal por la Iglesia, provocando la desaparición del Pelagianismo en Italia. En la actualidad, la Iglesia católica sigue defendiendo los ocho primeros puntos, pero rechaza el noveno al considerar que los niños que mueren sin ser bautizados quedan confiados a la misericordia de Dios.

Pelagio murió probablemente en Palestina en el año 420, según se desprende de algunas fuentes, aunque otras llegan a adjudicarle veinte años más de vida. En cualquier caso, se ignoran las causas y circunstancias de su fallecimiento. Algunos autores sospechan que fue ejecutado, mientras que otros apuntan a que Pelagio pudo huir de los territorios romanos y empezar una nueva vida exiliado en algún lugar de África o el Próximo Oriente. Las doctrinas pelagianas se siguieron difundiendo tras la muerte de su autor, aunque posiblemente modificadas por los propios seguidores de Pelagio o sus enemigos. Durante un tiempo, el Pelagianismo y el Semipelagianismo tuvieron seguidores en Britania, Palestina y el norte de África.

Después del Concilio de Éfeso (431 E.C.), el pelagianismo no ocasionó más disturbios en la Iglesia Griega, de manera que los historiadores del siglo V no mencionan ya la controversia pelagiana, pero los rescoldos de la herejía continuaron encendidos en occidente y ésta murió muy lentamente. Los principales centros fueron las Galias y Gran Bretaña. Respecto a las Galias, un sínodo, celebrado probablemente en Troyes en el 429, se vio obligado a tomar medidas contra los pelagianos. Este sínodo además envió a los obispos Germán de Auxerre y Lobo de Troyes a Gran Bretaña, para combatir el pelagianismo, que recibió poderoso apoyo de dos discípulos de Pelagio: Agrícola y Fastidius (Caspari, Letters, Treatises and Sermons from the two last Centuries of Ecclesiastical Antiquity, pp. 1-167, Christiania, 1891). Casi un siglo después, Gales fue el centro de las intrigas pelagianas. En Irlanda también el Comentario de San Pablo de Pelagio estuvo en uso por largo tiempo después, como está probado por varias citas irlandesas de esta obra. Aun en Italia se pueden encontrar trazas, no solamente en la diócesis de Aquilea (Garnier, Opera Marii Mercat., I, 319 sqq., Paris, 1673) sino también en Italia central; el así llamado Liber Praedestinatus, escrito cerca del 440 quizá en Roma misma, consta no tanto de semipelagianismo sino, más bien, de genuino pelagianismo (von Schubert, Der sog. Praedestinatus, ein Beitrag zur Geschichte des Pelagianismus, Leipzig, 1903). No fue sino hasta el segundo Concilio de Orange (529 E.C.) cuando el pelagianismo exhaló su último aliento en Occidente, pero esta convención dirigió sus decisiones primariamente contra el semipelagianismo. Aunque el catolicismo creyó erradicar el pelagianismo, las cuestiones de la libertad humana y la gracia divina han permanecido como principal motivo de un debate en toda la historia de la teología cristiana.

¿ES BÍBLICO EL PELAGIANISMO?

El Pelagianismo contradice muchas Escrituras y principios bíblicos. Primero, la Biblia nos dice que somos pecadores desde el momento de la concepción (Salmo 51:5). Más aún, la Biblia enseña que todos los seres humanos mueren como resultado del pecado (Ezequiel 18:20; Romanos 6:23). Mientras que el Pelagianismo dice que los seres humanos no nacen con una inclinación natural hacia el pecado, la Biblia dice lo opuesto (Romanos 3:10-18). Romanos 5:12 dice claramente que el pecado de Adán es la razón por la que el pecado infectó al resto de la humanidad. Cualquiera que ha criado niños puede atestiguar el hecho de que los infantes deben ser enseñados a comportarse; no se les tiene que enseñar cómo pecar. Por lo tanto, el Pelagianismo es claramente antibíblico y debe ser rechazado.

El Semi-Pelagianismo, otra variante de esta doctrina, esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos. El Semi-Pelagianismo es, en esencia, la depravación parcial, como opuesta a la depravación total enseñada tanto por el calvinismo como por el arminianismo clásico. Las mismas Escrituras que refutan el Pelagianismo también refutarán el Semi-Pelagianismo. Romanos 3:10-18 definitivamente no describe a la humanidad como estar parcialmente manchada por el pecado. La Biblia enseña claramente que, si Dios no libera la voluntad humana a través de su Gracia Preveniente, somos incapaces de cooperar con la gracia de Dios. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44). Al igual que el pelagianismo, el semipelagianismo es antibíblico y debe ser rechazado.

RESIDUOS DEL PELAGIANISMO EN EL CRISTIANISMO ACTUAL.

El pelagianismo no ha desaparecido en nuestros días, de hecho, sigue más vivo que nunca dentro de muchas congregaciones evangélicas modernas, quienes lo han adoptado confundiéndolo con la sana doctrina bíblica. Es triste reconocer que muchas de nuestras iglesias que se identifican como arminianas son, en realidad, defensoras del pelagianismo. Este error suele ser común en muchas iglesias de corte legalista con enfoque desmedido en la santidad superficial y la observancia de normas eclesiásticas como requisito para una buena relación con Dios. Tres son los grandes peligros de sostener una teología pelagiana:

 

  • El pelagianismo ignora o distorsiona la verdadera naturaleza humana y los efectos de la Caída. Pelagio creía que el hombre no había sido completamente corrompido por la caída de Adán y que podía, por su propia voluntad, hacer obras que agradaban a Dios, y por lo tanto alcanzar salvación. En otras palabras, el pelagianismo niega la depravación total del hombre, enseñando en cambio una depravación parcial. Esto llevó a Pelagio a negar las doctrinas del pecado original y la necesidad de una gracia especial para ser salvo. Esencialmente, él creía que el hombre era básicamente bueno y moral y que incluso los paganos podían entrar en el cielo a través de sus virtuosas acciones morales. Hay pelagianismo allí donde la predicación apremia casi exclusivamente la conducta moral de los hombres, pero sin aludir al mismo tiempo a la necesidad de la gracia de Cristo para afirmarse en el bien. Esto es contrario a las palabras de Cristo, quien dijo: «sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Es ciertamente pelagiana la predicación que exhorta a ser laboriosos, solidarios, justos, etc., pero que da siempre por supuesto, al menos en forma implícita, que es suficiente con enseñar el bien y exhortarlo; como si después los hombres, por sí solos, pudieran ser buenos en su vida privada, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Todo está en quererlo. Esta es la enseñanza de muchas sectas como los mormones, adventistas y testigos de Jehová, quienes convierten la salvación en una cuestión de obras o mérito propio. Hay pelagianismo cuando el cristianismo cae en el moralismo y deja a un lado la fe y la necesidad de la gracia. En el planteamiento pelagiano, la moral individual y social no aparecen como la consecuencia necesaria de vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como el motor decisivo de la vida cristiana. Y así, la gracia y la misma fe en Cristo quedan devaluadas, como elementos accesorios, silenciados en la predicación, olvidados, no estrictamente necesarios para la salvación temporal y eterna de la humanidad. Este es el evangelio que se enseña en muchas iglesias legalistas que se dicen evangélicas, pero que convierten la santidad y la comunión con Dios en un asunto de vestuario, normas y leyes, es decir, en la habilidad humana de hacer el bien por sí mismo. La verdad es que, sin Cristo el Salvador, todos los hombres estamos destrozados, débiles, enfermos de muerte, cautivos del diablo: todos, los jóvenes y los viejos, los varones y las mujeres, los ricos y los pobres. En el ambiente pelagiano suenan muy mal las palabras de Cristo y de Pablo sobre los efectos del pecado original. Suenan tan mal, que no suenan: se silencian. Pero Jesús dijo: «¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?» (Mateo 12:34; Lucas 11:13), «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer» (Juan 8:44), y «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Pablo enseñó que todos estábamos muertos en nuestros delitos y pecado, pero Dios, rico en misericordia, nos dio vida salvándonos de pura gracia (Efesios 2:1-5; Romanos 3:23; Tito 3:3). Caído Adán por el pecado, cae el hombre en la mortalidad, y cae así cautivo bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte (Hebreos 2:14), es decir, del diablo, y toda la persona de Adán y su descendencia fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma. Todos estamos obligados a confesar con Pablo: «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Romanos 7:14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo. Por el contrario, el optimismo antropológico de los pelagianos parece algo incurable, pues las iglesias pelagianas son iglesias donde la gracia no se predica. Son iglesias humanistas donde se predica un evangelio antropocéntrico en el cual el hombre es su propio salvador o, cuando menos, corredentor con Cristo.

 

  • El pelagianismo lleva a muchos seguidores de Jesucristo a buscar la seguridad de la salvación en los lugares equivocados. Debe recordarse que el pelagianismo enseña que la ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio. También afirma que antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado. La consecuencia lógica de tales creencias es que el ser humano puede salvarse a sí mismo a través de las obras o, cuando menos, ayudar a Cristo a salvarnos por medio de nuestras buenas acciones. Dentro de un sistema pelagiano la fe en Cristo más las obras humanas son necesarias para la salvación. Nadie es salvo por la fe sola, sino que las obras en sí mismas tienen carácter salvador. Por su naturaleza humanista, el pelagianismo lleva al ser humano a buscar la seguridad de su salvación basada en su crecimiento espiritual, en las buenas obras y en la obediencia perfecta a la Palabra de Dios y sus normas. Aunque estas cosas pueden ser evidencia de la salvación, no son las cosas en las cuales debemos basar la seguridad de nuestra salvación. Más bien, debemos encontrar la seguridad de nuestra salvación en la verdad objetiva de la Palabra de Dios. Debemos tener confianza en que somos salvos basados en las promesas que Dios ha declarado, no por nuestras experiencias subjetivas. 1 Juan 5:11-13 nos dice: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”. Aquellos que han creído en Jesús y lo han recibido son salvos (Juan 1:12). Si tenemos a Jesús, tenemos la vida. Por otro lado, si confiamos en nuestra propia capacidad de salvarnos a través de una obediencia perfecta a las normas del Evangelio o de la ley, hemos caído de la gracia (Gálatas 5:4). Eso es lo que hace el pelagianismo.

 

  • Como consecuencia lógica de lo anterior, el pelagianismo le roba al creyente la seguridad de su salvación. Si mi salvación depende de mis obras ¿Cómo puedo estar seguro de haber hecho las obras suficientes para ganar mi salvación? Además, si las malas obras y los errores que cometo pesan lo mismo que mis buenas acciones, significa que cada vez que peco o me equivoco pierdo la salvación y debo volver a convertirme, pues caigo totalmente de la gracia hasta por el pecado más leve que cometa. Si mil veces al día fallo, mil veces habré perdido mi salvación y mil veces debo convertirme nuevamente y buscar que me la devuelvan. Tal cosa es por demás absurda. Dios quiere que tengamos la seguridad de nuestra salvación. No podemos vivir nuestra vida cristiana dudando y preocupándonos cada día por saber si realmente somos o no salvos. Tampoco podemos pasar creyendo que perdemos la salvación a cada momento y por cada cosa. Esto es por lo que la Biblia hace tan claro el plan de salvación. “… cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” (Juan 3:16; Hechos 16:31). “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Crees que Jesús es el Salvador, que Él murió para pagar el castigo por tus pecados y resucitó de entre los muertos? (Romanos 5:8; 2 Corintios 5:21). ¿Estás confiando solamente en Él para tu salvación? Si tu respuesta es sí, ¡Entonces eres salvo! La seguridad significa “no tener nada de duda”. Al creer la Palabra de Dios de corazón, puedes estar completamente seguro acerca de la realidad de tu eterna salvación. Jesús mismo declara esto acerca de aquellos que creen en Él: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. (Juan 10:28-29). Nuestra seguridad de salvación se basa en la salvación perfecta y completa que Dios nos ha dado a través de Jesucristo. Por eso podemos estar seguros de ella. Si se fundamentara en nuestra perfección personal, las buenas obras y el esfuerzo humano, nunca podríamos estar verdaderamente seguros de nuestra salvación.

 

EQUILIBRIO BÍBLICO EN EL ARMINIANISMO CLÁSICO.

Históricamente el pelagianismo surgió como un movimiento teológico en oposición a la teología agustiniana dentro del catolicismo, la cual negaba la realidad del albedrío humano y afirmaba la elección de algunos para salvación y de otros para condenación (predestinación o fatalismo). El agustinismo católico dio vida más adelante al calvinismo protestante.

Lamentablemente, el anti-calvinismo de muchos creyentes pentecostales los ha llevado a abrazar el otro extremo peligroso: el pelagianismo. No obstante, el arminianismo clásico nos proporciona un equilibrio bíblico y teológico entre estos dos extremos. La palabra de Dios, en total acuerdo con los postulados del arminianismo clásico, enseña que:

 

  • Los seres humanos somos incapaces de ser salvos por medio de nuestras obras, ya que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. El hombre fue creado “a imagen de Dios” (Génesis 1:17) y “Dios hizo al hombre recto” (Eclesiastés 7:29), dicen las Escrituras. Pero el hombre cayó (Génesis 3). El pecado de Adán afectó a toda la humanidad (Romanos 5:12-21, 1 Corintios 15:21-22). Desde la caída adámica, la humanidad pasó al estado de depravación total. El pecado, con su sombra, cubrió toda la existencia humana. En Adán cada ser humano estaba presente de forma potencial, por eso, cuando él escogió el mal, sus descendientes heredaron el estigma del pecado.
  • Es la Gracia Preveniente de Dios la que nos guía al arrepentimiento y a la fe, y nos concede la oportunidad de recibirle o rechazarle, la Gracia de Dios, esta gracia preveniente es para todo el mundo, por lo que la salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17). Las Escrituras indican muy claramente que las personas tienen opciones y toman decisiones sobre muchas cosas (por ejemplo, Deuteronomio 23:16; 30:19; Josué 24:15; 2 Samuel 24:12; 1 Reyes 18:23, 25; 1 Crónicas 21; 10; Hechos 15:22, 25; Filipenses 1:22). Además, explícitamente habla del libre albedrío humano (Éxodo 35:29, 36: 3, Levítico 7:16, 22:18, 21, 23, 23:38, Números 15: 3, 29:39, Deuteronomio 12: 6, 17; 16:10; 2 Crónicas 31:14; 35: 8; Esdras 1: 4, 6; 3: 5; 7:16; 8:28; Salmo 119: 108; Ezequiel 46:12; Amós 4: 5; 2 Corintios 8: 3; Filemón 1:14; ver 1 Corintios 7:37) y atestigua que los seres humanos violan la voluntad de Dios, mostrando que él no predetermina su voluntad o acciones en el pecado. La biblia habla de una atracción divina resistible que busca llevar a las personas al Señor en arrepentimiento (Hechos 7: 51-53, Lucas 7:30, Juan 5:34, Hechos 3:26, Lucas 13:34; Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6: 1-2; Salmo 78: 40-42). El arminianismo sostiene el sinergismo evangélico, el cual defiende la cooperación del hombre con la gracia divina a través de la fe como necesaria para salvación (Marcos 16:16-18, Juan 3:36); la voluntad del hombre, por asistencia divina, es hecha libre para creer o rechazar a Cristo. El hombre, por sí mismo, es incapaz de buscar a Dios.
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5). La salvación es además un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8). Sin embargo, es la gracia de Dios y no la habilidad del hombre la que nos permite superar el pecado y la tentación.
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16). Sin embargo, la perseverancia de los creyentes en la fe es segura mientras permanezcan en una relación con su Señor. Esto no constituye una licencia para pecar. Los verdaderos creyentes han «nacido de nuevo» por el Espíritu de Dios (Juan 3:3–8); son “nuevas criaturas” para las cuales las cosas viejas han desaparecido y han llegado las nuevas (2 Corintios 5:17). Por esa razón, Juan asegura repetidamente en su epístola anterior: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado» (1 Juan 3:9). El mismo Espíritu Santo que les da convicción de pecado a los no creyentes (Juan 16:8) sigue convenciendo de pecado a los creyentes y guiándolos a la verdad (Juan 16:13). «Todo aquel que permanece en él [en Cristo], no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:6). Juan añade a esto otra nota aleccionadora: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio» (1 Juan 3:8). Los creyentes no pueden seguir pecando de la forma en que lo hacen los no creyentes. «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?», pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es una enfática negación. La continuación en las prácticas de pecado afecta de manera adversa a la fe del creyente y, si no se arrepienten de ellas, terminarán destruyendo su fe. Cuando los creyentes confiesan que han pecado y acuden a Cristo arrepentidos, lo hacen con la seguridad de que, como hijos de Dios, «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Además, «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). De esta manera los creyentes tienen seguridad de que Dios ha provisto lo necesario para fortalecerlos y perdonarlos mientras ellos luchan con las tentaciones y los pecados, sin tener necesidad alguna de dudar con respecto a su salvación, que se basa en la justicia de Cristo que ellos han aceptado por fe. También se debe declarar enfáticamente que los creyentes no se hallan en una especie de puerta giratoria, entrando en la gracia y saliendo de ella una y otra vez. Están seguros en las manos de Dios. «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39). Su posición como creyente en Cristo justificados siempre se debe a la fe. Sin fe en Cristo, ya no existe una relación salvadora con Él. Esta es la razón por la cual las Escrituras amonestan a los creyentes diciendo: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo» (Hebreos 3:12). Por eso, perder la salvación no es algo tan trivial ni fácil como muchos creen. ¿Qué tal débil necesita ser la gracia de Dios para caer de ella tan fácilmente? ¿Cuán deficiente es una salvación que se pierde a cada hora del día y es necesario recuperarla con igual frecuencia? No es un pecado individual por sí mismo, sino la práctica voluntaria y constante en el pecado (perseverar en el pecado), con la consiguiente pérdida de la fe y la final apostasía la que nos aleja o separa de la gracia salvadora de Dios. Si la salvación se perdiera por cualquier cosa y dependiera de nosotros recuperarla, no hay buena noticia alguna en el Evangelio de Jesucristo. Simplemente sería otro sistema obsoleto de salvación por obras y mérito humano. Las palabras de Pablo, llenas de una gran seguridad, nos recuerdan el incansable compromiso del Señor según el cual «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Es Dios quien produce así el querer, como el hacer. El apóstol Pablo proclama con toda firmeza: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Romanos 10:13). Por esta razón, los cristianos nunca debemos apresurarnos a llegar a la conclusión de que un hermano o hermana que batalla en su vida espiritual es irredimible. Si el Padre no se dio por vencido con el hijo que estaba perdido (Lucas 15:11–31), tampoco lo debe hacer la Iglesia de Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN.

El pelagianismo es un movimiento considerado herético. Se originó con Pelagio, monje y teólogo británico (siglos IV y V). Los pelagianos negaban el pecado original. Creían que los humanos pueden producir, por cuenta propia y sin el auxilio de la gracia, las buenas obras mencionadas en las Escrituras. No todas sus ideas eran erróneas, pues sostenían también que los niños sin bautismo podían salvarse, lo cual más adelante fue defendido por el movimiento anabaptista y las iglesias bautistas y  el pentecostalismo en general. La enseñanza pelagiana fue condenada en el Concilio de Cartago en 418. Su principal enemigo fue Agustín de Hipona, que enfatizaba la necesidad de la gracia para la salvación. El Concilio de Orange de 529 condenó el pelagianismo, que prácticamente desapareció en el siglo VI, pero sobrevive hoy en día en muchas iglesias evangélicas y aún dentro del catolicismo popular.

Muchas iglesias evangélicas que se identifican como arminianas en realidad practican una forma moderna de pelagianismo o semi pelagianismo. Esto ha llevado a que muchos calvinistas suelan calificar al arminianismo en su totalidad como defensor de las ideas de Pelagio; sin embargo, tal afirmación es falsa. El arminianismo clásico se opone frontalmente al pelagianismo. Ni siquiera somos semipelagianos pues nuestras afirmaciones se fundamentan en la Biblia en su totalidad, no en las afirmaciones de Pelagio o alguno de sus discípulos. Los arminianos de sana doctrina condenamos como heréticas las ideas de Pelagio.