Arminianismo Clásico, Calvinismo, Vida Cristiana

La salvación no se pierde, tú la abandonas

Por Fernando E. Alvarado

¿Puede el diablo robarnos nuestra salvación? No, no puede. Ni él ni nadie puede robarnos lo que sólo Dios es capaz de dar: “¿𝑸𝒖𝒊é𝒏 𝒏𝒐𝒔 𝒔𝒆𝒑𝒂𝒓𝒂𝒓á 𝒅𝒆𝒍 𝒂𝒎𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐? ¿𝑻𝒓𝒊𝒃𝒖𝒍𝒂𝒄𝒊ó𝒏, 𝒐 𝒂𝒏𝒈𝒖𝒔𝒕𝒊𝒂, 𝒐 𝒑𝒆𝒓𝒔𝒆𝒄𝒖𝒄𝒊ó𝒏, 𝒐 𝒉𝒂𝒎𝒃𝒓𝒆, 𝒐 𝒅𝒆𝒔𝒏𝒖𝒅𝒆𝒛, 𝒐 𝒑𝒆𝒍𝒊𝒈𝒓𝒐, 𝒐 𝒆𝒔𝒑𝒂𝒅𝒂? 𝑪𝒐𝒎𝒐 𝒆𝒔𝒕á 𝒆𝒔𝒄𝒓𝒊𝒕𝒐: 𝑷𝒐𝒓 𝒄𝒂𝒖𝒔𝒂 𝒅𝒆 𝒕𝒊 𝒔𝒐𝒎𝒐𝒔 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒐𝒔 𝒕𝒐𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐; 𝒔𝒐𝒎𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒐𝒗𝒆𝒋𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒎𝒂𝒕𝒂𝒅𝒆𝒓𝒐. 𝑨𝒏𝒕𝒆𝒔, 𝒆𝒏 𝒕𝒐𝒅𝒂𝒔 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒄𝒐𝒔𝒂𝒔 𝒔𝒐𝒎𝒐𝒔 𝒎á𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒗𝒆𝒏𝒄𝒆𝒅𝒐𝒓𝒆𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒎𝒆𝒅𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝒂𝒒𝒖𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒐𝒔 𝒂𝒎ó. 𝑷𝒐𝒓 𝒍𝒐 𝒄𝒖𝒂𝒍 𝒆𝒔𝒕𝒐𝒚 𝒔𝒆𝒈𝒖𝒓𝒐 𝒅𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒊 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆, 𝒏𝒊 𝒍𝒂 𝒗𝒊𝒅𝒂, 𝒏𝒊 á𝒏𝒈𝒆𝒍𝒆𝒔, 𝒏𝒊 𝒑𝒓𝒊𝒏𝒄𝒊𝒑𝒂𝒅𝒐𝒔, 𝒏𝒊 𝒑𝒐𝒕𝒆𝒔𝒕𝒂𝒅𝒆𝒔, 𝒏𝒊 𝒍𝒐 𝒑𝒓𝒆𝒔𝒆𝒏𝒕𝒆, 𝒏𝒊 𝒍𝒐 𝒑𝒐𝒓 𝒗𝒆𝒏𝒊𝒓, 𝒏𝒊 𝒍𝒐 𝒂𝒍𝒕𝒐, 𝒏𝒊 𝒍𝒐 𝒑𝒓𝒐𝒇𝒖𝒏𝒅𝒐, 𝒏𝒊 𝒏𝒊𝒏𝒈𝒖𝒏𝒂 𝒐𝒕𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒔𝒂 𝒄𝒓𝒆𝒂𝒅𝒂 𝒏𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒅𝒓á 𝒔𝒆𝒑𝒂𝒓𝒂𝒓 𝒅𝒆𝒍 𝒂𝒎𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑫𝒊𝒐𝒔, 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐 𝑱𝒆𝒔ú𝒔 𝑺𝒆ñ𝒐𝒓 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐” (Romanos 8:35-39).

¿Puede el pecado quitarnos el regalo de la salvación? Eso no es lo que dice la Biblia. Más bien se nos dice que “𝒔𝒊 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒏𝒐 𝒉𝒖𝒃𝒊𝒆𝒓𝒆 𝒑𝒆𝒄𝒂𝒅𝒐, 𝒂𝒃𝒐𝒈𝒂𝒅𝒐 𝒕𝒆𝒏𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆, 𝒂 𝑱𝒆𝒔𝒖𝒄𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐 𝒆𝒍 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒐. 𝒀 é𝒍 𝒆𝒔 𝒍𝒂 𝒑𝒓𝒐𝒑𝒊𝒄𝒊𝒂𝒄𝒊ó𝒏 𝒑𝒐𝒓 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐𝒔 𝒑𝒆𝒄𝒂𝒅𝒐𝒔; 𝒚 𝒏𝒐 𝒔𝒐𝒍𝒂𝒎𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒐𝒔 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐𝒔, 𝒔𝒊𝒏𝒐 𝒕𝒂𝒎𝒃𝒊é𝒏 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒐𝒔 𝒅𝒆 𝒕𝒐𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒎𝒖𝒏𝒅𝒐” (1 Juan 2:1-2). El pecado no tiene poder sobre el cristiano, pues éste sabe que puede acudir a Cristo y ser perdonado cada vez que lo necesite. Cristo, nuestro Señor, “𝒄𝒐𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒔𝒐𝒍𝒂 𝒐𝒇𝒓𝒆𝒏𝒅𝒂 𝒉𝒊𝒛𝒐 𝒑𝒆𝒓𝒇𝒆𝒄𝒕𝒐𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒔𝒊𝒆𝒎𝒑𝒓𝒆 𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒔𝒂𝒏𝒕𝒊𝒇𝒊𝒄𝒂𝒅𝒐𝒔.” (Hebreos 10:14). Así pues, “¿𝑸𝒖𝒊é𝒏 𝒂𝒄𝒖𝒔𝒂𝒓á 𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒐𝒈𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒅𝒆 𝑫𝒊𝒐𝒔? 𝑫𝒊𝒐𝒔 𝒆𝒔 𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒊𝒇𝒊𝒄𝒂” (Romanos 8:33). El verdadero cristiano no pierde la salvación por causa del pecado, pues el verdadero cristiano, aunque imperfecto, no vive en rebelión contra Dios ni se deleita en la práctica del pecado: “𝒀 𝒆𝒏 𝒆𝒔𝒕𝒐 𝒔𝒂𝒃𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒐𝒔𝒐𝒕𝒓𝒐𝒔 𝒍𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒄𝒆𝒎𝒐𝒔, 𝒔𝒊 𝒈𝒖𝒂𝒓𝒅𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒔𝒖𝒔 𝒎𝒂𝒏𝒅𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔. 𝑬𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆: 𝒀𝒐 𝒍𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒛𝒄𝒐, 𝒚 𝒏𝒐 𝒈𝒖𝒂𝒓𝒅𝒂 𝒔𝒖𝒔 𝒎𝒂𝒏𝒅𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔, 𝒆𝒍 𝒕𝒂𝒍 𝒆𝒔 𝒎𝒆𝒏𝒕𝒊𝒓𝒐𝒔𝒐, 𝒚 𝒍𝒂 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅 𝒏𝒐 𝒆𝒔𝒕á 𝒆𝒏 é𝒍; 𝒑𝒆𝒓𝒐 𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒈𝒖𝒂𝒓𝒅𝒂 𝒔𝒖 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂, 𝒆𝒏 é𝒔𝒕𝒆 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅𝒆𝒓𝒂𝒎𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒆𝒍 𝒂𝒎𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑫𝒊𝒐𝒔 𝒔𝒆 𝒉𝒂 𝒑𝒆𝒓𝒇𝒆𝒄𝒄𝒊𝒐𝒏𝒂𝒅𝒐; 𝒑𝒐𝒓 𝒆𝒔𝒕𝒐 𝒔𝒂𝒃𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒆𝒏 é𝒍. 𝑬𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒆𝒓𝒎𝒂𝒏𝒆𝒄𝒆 𝒆𝒏 é𝒍, 𝒅𝒆𝒃𝒆 𝒂𝒏𝒅𝒂𝒓 𝒄𝒐𝒎𝒐 é𝒍 𝒂𝒏𝒅𝒖𝒗𝒐.” (1 Juan 2:3-6). Antes bien, confiesa su pecado y alcanza misericordia, por lo que su salvación está segura en Cristo.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

¿Significa lo anterior que es imposible para un verdadero creyente perder la salvación? ¡Absolutamente! Un verdadero creyente no puede perder su salvación. Sin embargo, ¡Un verdadero creyente puede dejar de serlo! Y es ahí donde surge el problema: 𝑺𝒊𝒏 𝒇𝒆 𝒏𝒐 𝒉𝒂𝒚 𝒔𝒂𝒍𝒗𝒂𝒄𝒊ó𝒏 (Hebreos 11:6; Juan 3:36). La Palabra nos confronta con esta dura verdad: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de 𝒊𝒏𝒄𝒓𝒆𝒅𝒖𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒑𝒂𝒓𝒕𝒂𝒓𝒔𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝑫𝒊𝒐𝒔 𝒗𝒊𝒗𝒐; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, 𝒄𝒐𝒏 𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒓𝒆𝒕𝒆𝒏𝒈𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒇𝒊𝒓𝒎𝒆 𝒉𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒆𝒍 𝒇𝒊𝒏 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒏𝒇𝒊𝒂𝒏𝒛𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒑𝒓𝒊𝒏𝒄𝒊𝒑𝒊𝒐” (Hebreos 3:12-14).

Es por eso que, en vista de la enseñanza bíblica según la cual la seguridad del creyente depende de una relación viva con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado de la Biblia a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza según la cual un ser humano puede ser borrado del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que alguien que haya creído por un tiempo puede caer y alejarse (Lucas 8:13); los arminianos no estamos de acuerdo con la posición de seguridad incondicional, la cual sostiene que es imposible que se pierda una persona que antes ha sido salva. Nadie puede robarnos la salvación. Ni siquiera el pecado es un problema irremediable para el cristiano. Es la perdida de la fe (incredulidad) con la consecuente ruptura de nuestra relación con Cristo y el rechazo voluntario del Evangelio (la apostasía) lo que nos lleve a caer de la gracia (Gálatas 5:4; Hebreos 6:4-6). Por tal motivo, y en concordancia con la Biblia, los arminianos creemos que:

(1) La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).

(2) La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).

(3) La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).

(4) La salvación del creyente se puede “perder” o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16).

Dios, nuestro amoroso Padre celestial, no quiere que ningún ser humano se aparte de la salvación que Él en su bondad nos ha proporcionado en Cristo. Él es “𝒑𝒂𝒄𝒊𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒏 𝒏𝒐𝒔𝒐𝒕𝒓𝒐𝒔, 𝒏𝒐 𝒒𝒖𝒆𝒓𝒊𝒆𝒏𝒅𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒊𝒏𝒈𝒖𝒏𝒐 𝒑𝒆𝒓𝒆𝒛𝒄𝒂, 𝒔𝒊𝒏𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒕𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒓𝒐𝒄𝒆𝒅𝒂𝒏 𝒂𝒍 𝒂𝒓𝒓𝒆𝒑𝒆𝒏𝒕𝒊𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐.” (2 Pedro 3:9). No obstante, la Biblia también enseña que los creyentes que han aceptado a Cristo como Salvador se pueden perder si ignoran repetidas veces las enseñanzas de las Escrituras, se resisten continuamente a la convicción que les da el Espíritu Santo, y alcanzan finalmente un punto en el cual se alejan de su Salvador. Jesús habla de esta situación en la Parábola del Sembrador, en la cual, hablando de algunos que se han hecho creyentes, dice: “𝑪𝒓𝒆𝒆𝒏 𝒑𝒐𝒓 𝒂𝒍𝒈ú𝒏 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐, 𝒚 𝒆𝒏 𝒆𝒍 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒓𝒖𝒆𝒃𝒂 𝒔𝒆 𝒂𝒑𝒂𝒓𝒕𝒂𝒏” (Lucas 8:13). El escritor de Hebreos se refiere gravemente a los creyentes «𝒒𝒖𝒆 𝒖𝒏𝒂 𝒗𝒆𝒛 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒊𝒍𝒖𝒎𝒊𝒏𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒚 𝒈𝒖𝒔𝒕𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒅𝒆𝒍 𝒅𝒐𝒏 𝒄𝒆𝒍𝒆𝒔𝒕𝒊𝒂𝒍, 𝒚 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒉𝒆𝒄𝒉𝒐𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕í𝒄𝒊𝒑𝒆𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝑬𝒔𝒑í𝒓𝒊𝒕𝒖 𝑺𝒂𝒏𝒕𝒐, 𝒚 𝒂𝒔𝒊𝒎𝒊𝒔𝒎𝒐 𝒈𝒖𝒔𝒕𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒃𝒖𝒆𝒏𝒂 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂 𝒅𝒆 𝑫𝒊𝒐𝒔 𝒚 𝒍𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒅𝒆𝒓𝒆𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒊𝒈𝒍𝒐 𝒗𝒆𝒏𝒊𝒅𝒆𝒓𝒐, 𝒚 𝒓𝒆𝒄𝒂𝒚𝒆𝒓𝒐𝒏» (Hebreos 6:4–6).

El apóstol Pedro advierte: «𝑺𝒊 𝒉𝒂𝒃𝒊é𝒏𝒅𝒐𝒔𝒆 𝒆𝒍𝒍𝒐𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒑𝒂𝒅𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒂𝒎𝒊𝒏𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝒎𝒖𝒏𝒅𝒐, 𝒑𝒐𝒓 𝒆𝒍 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒄𝒊𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝑺𝒆ñ𝒐𝒓 𝒚 𝑺𝒂𝒍𝒗𝒂𝒅𝒐𝒓 𝑱𝒆𝒔𝒖𝒄𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐, 𝒆𝒏𝒓𝒆𝒅á𝒏𝒅𝒐𝒔𝒆 𝒐𝒕𝒓𝒂 𝒗𝒆𝒛 𝒆𝒏 𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔 𝒔𝒐𝒏 𝒗𝒆𝒏𝒄𝒊𝒅𝒐𝒔, 𝒔𝒖 𝒑𝒐𝒔𝒕𝒓𝒆𝒓 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐 𝒗𝒊𝒆𝒏𝒆 𝒂 𝒔𝒆𝒓 𝒑𝒆𝒐𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍 𝒑𝒓𝒊𝒎𝒆𝒓𝒐. 𝑷𝒐𝒓𝒒𝒖𝒆 𝒎𝒆𝒋𝒐𝒓 𝒍𝒆𝒔 𝒉𝒖𝒃𝒊𝒆𝒓𝒂 𝒔𝒊𝒅𝒐 𝒏𝒐 𝒉𝒂𝒃𝒆𝒓 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒄𝒊𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒄𝒂𝒎𝒊𝒏𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒊𝒄𝒊𝒂, 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒔𝒑𝒖é𝒔 𝒅𝒆 𝒉𝒂𝒃𝒆𝒓𝒍𝒐 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒄𝒊𝒅𝒐, 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒂𝒕𝒓á𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒂𝒏𝒕𝒐 𝒎𝒂𝒏𝒅𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒆𝒔 𝒇𝒖𝒆 𝒅𝒂𝒅𝒐» (2 Pedro 2:20–21).

MIENTRAS HAYA VIDA, HABRÁ ESPERANZA PARA AQUEL QUE ANHELE VOLVER A CASA

Ciertamente, la Biblia advierte contra la posibilidad de perder, o abandonar la salvación, pero nunca cesa de ofrecerles esperanzas a todos los que estén dispuestos a responder al llamado del Espíritu. La invitación de Jesús no hace distinción alguna: «𝑽𝒆𝒏𝒊𝒅 𝒂 𝒎í 𝒕𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒕á𝒊𝒔 𝒕𝒓𝒂𝒃𝒂𝒋𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒚 𝒄𝒂𝒓𝒈𝒂𝒅𝒐𝒔, 𝒚 𝒚𝒐 𝒐𝒔 𝒉𝒂𝒓é 𝒅𝒆𝒔𝒄𝒂𝒏𝒔𝒂𝒓» (Mateo 11:28). El apóstol Pablo proclama con toda firmeza: «𝑻𝒐𝒅𝒐 𝒂𝒒𝒖𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒊𝒏𝒗𝒐𝒄𝒂𝒓𝒆 𝒆𝒍 𝒏𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝑺𝒆ñ𝒐𝒓, 𝒔𝒆𝒓á 𝒔𝒂𝒍𝒗𝒐» (Romanos 10:13). Por esta razón, los cristianos nunca debemos apresurarnos a llegar a la conclusión de que un hermano o hermana que batalla en su vida espiritual es irredimible. Si el Padre no se dio por vencido con el hijo que estaba perdido (Lucas 15:11–31), tampoco lo debe hacer la Iglesia de Jesucristo.

La fe cristiana es una fe llena de una vida gozosa y victoriosa en Cristo, en la cual los creyentes, espiritualmente transformados, son moldeados por la Palabra de Dios y reciben su energía del Espíritu Santo. Ciertamente, la fe cristiana exige obediencia a los mandatos de Cristo y una participación responsable en la vida de su Iglesia y de la comunidad en general. A veces los guía mientras atraviesan sufrimientos de diversas clases. Sin embargo, la perseverancia de los creyentes en la fe es segura mientras permanezcan en una relación con su Señor. Las palabras de Pablo, llenas de una gran seguridad, nos recuerdan el incansable compromiso del Señor según el cual «𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒐𝒎𝒆𝒏𝒛ó 𝒆𝒏 𝒗𝒐𝒔𝒐𝒕𝒓𝒐𝒔 𝒍𝒂 𝒃𝒖𝒆𝒏𝒂 𝒐𝒃𝒓𝒂, 𝒍𝒂 𝒑𝒆𝒓𝒇𝒆𝒄𝒄𝒊𝒐𝒏𝒂𝒓á 𝒉𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒆𝒍 𝒅í𝒂 𝒅𝒆 𝑱𝒆𝒔𝒖𝒄𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐» (Filipenses 1:6).

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