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La gracia común o universal

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

¿Cómo se puede explicar la vida comparativamente ordenada que hay en el mundo, viendo que todo él está bajo la maldición del pecado? ¿Cómo es que la tierra produce deliciosos frutos en rica abundancia y no nada más espinas y abrojos? ¿Cómo podemos explicar que el hombre pecador todavía retenga algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre el bien y el mal, y que muestre algún respeto por la virtud y por la buena conducta externa? ¿Qué explicación puede darse de los dones y talentos especiales con que el hombre natural está capacitado, y del desarrollo de la ciencia y del arte por medio de aquellos que están despojados por completo de la vida nueva que hay en Cristo Jesús? ¿Cómo podemos explicar las aspiraciones religiosas de los hombres en todas partes, aun de aquellos que de ninguna manera han entrado en contacto con el cristianismo? ¿Cómo pueden los que no están regenerados hablar todavía de la verdad, hacer bien a otros y llevar vidas virtuosas en público? La doctrina de la gracia común busca dar una respuesta bíblica a todas estas interrogantes.

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¿QUÉ ES LA GRACIA COMÚN?

La gracia común puede definirse como la gracia de Dios, por medio de la cual Él da muchas bendiciones inmerecidas a todas Sus criaturas. Esta incluye cualquier manifestación de la gracia de Dios hacia las personas en general, con total independencia de su condición espiritual. En otras palabras, la gracia común está disponible para todos los seres humanos sin discriminación. Entre las bendiciones que Dios da en Su gracia común se encuentran el refrenar el pecado de los hombres para que éstos no sean tan malos como podrían ser. Debe recordarse que el hombre caído tiene una naturaleza pecaminosa y sin la gracia común la humanidad sería, en última instancia, autodestruida (Romanos 1:18-2:16; 3:9-20). Por eso Dios, en Su gracia común hace que el sol brille sobre justos e injustos. Este es el tipo de gracia que guarda radicalmente a la humanidad depravada de la autodestrucción.[1]

Pero la gracia común hace más que simplemente librarnos de la autodestrucción por causa de nuestra naturaleza depravada y pecaminosa. La gracia común da orden a la vida a pesar de la maldición del pecado. Hace que la tierra rinda sus frutos en abundancia, a pesar de las espinas y los cardos. Le permite a la humanidad depravada conocer la diferencia entre el bien y el mal, tener aspiraciones religiosas, hacer buenas obras, dar donaciones filantrópicas a otros en necesidad, dota a los hombres con sabiduría, capacidades y talentos.  Todo esto es producto de la gracia común.

Los efectos producidos por la gracia común dada a todos los hombres son la revelación natural por la cual la creación declara al Creador a través del universo, la presencia de la verdad, el bien y la belleza, el temor natural del ser humano por un juicio final y futuros castigos por la maldad, un sentido natural de lo correcto y de lo incorrecto, las restricciones de los gobiernos, el temor de Dios, los intereses religiosos, etc. Sin embargo, esta gracia común debe distinguirse de la operación del Espíritu Santo que conduce al hombre a la salvación. La gracia común y la gracia salvadora no son lo mismo. El propósito de la gracia común es causar que nos volvamos a Dios para recibir aún mayor gracia, la gracia salvadora.[2]

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ALCANCE DE LA GRACIA COMÚN

Evidencias de la gracia común pueden verse en cualquier manifestación de la bondad de Dios para con cualquier persona, familia, tribu, pueblo o nación, o para con todos los seres humanos en general. Dicha bondad de Dios no diferencia entre creyentes y no creyentes, entre Israel y las otras naciones, entre la Iglesia y el mundo, o entre buenos y malos. No puede dudarse que la gracia común encuentra su propósito parcial en la obra redentora de Jesucristo; está subordinada a la ejecución del plan de Dios en la vida y en el desarrollo de la Iglesia. Pero además de eso, también sirve a un propósito independiente, es decir, el de traer la luz y desarrollar las potencialidades y talentos que están latentes en la raza humana, para que el hombre ejerza un dominio siempre en aumento sobre la creación más baja, glorificando de este modo a Dios el Creador.[3]

La doctrina de la gracia común es enseñada en ambos Testamentos (Génesis 8:22, 9:8-15. Salmo 145:9; Mateo 5:43-34, Marcos 16:15, 1 Timoteo 4:10, etc.) y está presente en todos los ámbitos de la vida:

ÁMBITO DE LA VIDA FORMA EN QUE OPERA LA GRACIA COMÚN
ÁMBITO MATERIAL El sol y la lluvia (Mateo 5), las estaciones del año (Génesis 8:22), la comida y la bebida y todo lo relacionado con la vida física – su origen, su preservación, su prolongación, etc., nos viene de “la gracia común”.
ÁMBITO CULTURAL Lo mejor del arte, de la literatura y de la música, los avances en la medicina, los descubrimientos científicos, etc.
ÁMBITO SOCIAL Abarco todo lo relacionado con la sociedad humana, las relaciones interpersonales, etc. En este ámbito hay muchas bendiciones de Dios: la paz; el orden; la justicia; la ayuda humanitaria; la amistad; el amor humano; la felicidad en el matrimonio, etc.
ÁMBITO MORAL Abarco áreas como: (1) La conciencia humana, que sigue siendo un importante freno sobre el mal y acicate al bien; (2) Otras sanas influencias que existen en el mundo – no todas ellas son cristianas; y: (3) Las buenas obras – la Biblia enseña claramente que nuestra aceptación por Dios no depende, ni siquiera en parte, de ninguna buena obra, pero, en otro sentido, las buenas obras existen y las hacen todo tipo de personas, gracias a “la gracia común”.
ÁMBITO ESPIRITUAL En este ámbito también hay muchas manifestaciones de “la gracia común”: “la revelación general” (las obras visibles de Dios, la conciencia humana, etc.); la extensión del evangelio; el ofrecimiento del evangelio a todo el mundo; la libertad de culto (donde la hay); etc.

En la teología arminiana la gracia común es considerada, hasta cierto punto, uno de los eslabones del ordo salutis y se relaciona íntimamente con la gracia preveniente que le conduce a una fe salvadora. En virtud de la gracia común de Dios el hombre irregenerado es guiado de una luz menor a una luz mayor, exponiéndose a la gracia preveniente que lo libera y le permite, al entrar en contacto con la Palabra y ser redargüido por el Espíritu Santo, ejecutar en cierta medida el bien espiritual, volverse a Dios con fe y arrepentimiento y de esta manera aceptar a Jesús para salvación. Dicho de otra manera, la gracia común por medio de la iluminación de la mente y la influencia persuasiva de la verdad natural incita al pecador a buscar al Dios no conocido por él. Así pues, la gracia común es la esencia misma de la búsqueda humana de Dios (Hechos 17:16-27). Al incitarle en su búsqueda, el hombre queda expuesto a la Palabra y con ella al influjo del Espíritu Santo quien, por obra de la gracia previa a la regeneración, verá liberada su voluntad y se le permitirá aceptar a Jesucristo y volverse a Dios con fe y arrepentimiento, alcanzando con ello la salvación, a menos que como pecador, con toda obstinación, resiste a la operación del Espíritu Santo.

Lo anterior no debería de extrañarnos. Se debe a la gracia común que el hombre todavía retenga algún sentido de la verdad, el bien y la belleza, la gracia común induce en el hombre un deseo por la verdad, por la moralidad externa, y hasta por ciertas formas de religión. Pablo habla de los gentiles que “muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia. y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15). Nadie ha sido enviado a este mundo totalmente desprovisto de luz y verdad. Pablo incluso afirma que aquellos que dan rienda suelta a sus bajos instintos y viven vidas inicuas, lo hacen a pesar de que conocen la verdad de Dios, y no obstante, detienen la verdad con injusticia y cambian la verdad de Dios por la mentira (Romanos 1:18-25). ¿Cómo llegaron a conocer la verdad? A través de la gracia común dada a la humanidad.

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LIMITACIONES DE LA GRACIA COMÚN

La gracia común, sin embargo, no debe ser malentendida. En primer lugar, la gracia común no remueve la culpa del pecado y por lo tanto no lleva con ella el perdón; tampoco levanta la sentencia de condenación, sino nada más bien pospone la ejecución (Hechos 17:16-31). En la caída, Dios pronunció la sentencia de muerte sobre el pecador. Hablando del árbol de la ciencia del bien y del mal dijo Dios: “El día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). El hombre comió, y la sentencia, hasta cierto punto, entró en ejecución, pero es claro que no se ejecutó toda, al instante. A la gracia común se debe que Dios no ejecutara al momento toda la sentencia de muerte sobre el pecador, y a la misma se debe que no la ejecute ahora, sino que mantiene y prolonga la vida natural del hombre y le da tiempo para que se arrepienta. Dios no arranca de golpe la vida del pecador, sino que le proporciona oportunidad para el arrepentimiento, removiendo toda excusa y justificando la manifestación que está por venir de su ira sobre todos aquellos que persistan en pecar hasta el fin. De los pasajes siguientes resulta evidencia abundante de que Dios actúa sobre la base de este principio: Isaías 48:9, Jeremías 7:23-25; Lucas 13:6-9; Romanos 2:4; 9:22 y 2 Pedro 3:9, entre otros. Posiblemente la divina y buena voluntad de aplazar la revelación de su ira y de soportar “con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción” ofrezca una explicación suficiente de las bendiciones de la gracia común (Romanos 9:14-26).

Ahora bien, por la operación de la gracia común el pecado también está frenado en cierta medida en las vidas de los individuos y en la sociedad. Al presente, no se permite al elemento de corrupción que entró en la vida de la raza humana llevar a cabo su obra de desintegración. Ciertos pasajes bíblicos indican con claridad el hecho de que Dios restringe el pecado de varias maneras, por ejemplo: Génesis 20:6; 31:7; Job 1: 12; 2: 6; 2 Reyes 19:27-28; Romanos 13:1-4, etc. Este freno puede ser externo, o interno, o ambas cosas a la vez, pero no cambia el corazón. Sólo impide la autodestrucción del ser humano a causa de su propia naturaleza caída.

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LA GRACIA COMÚN EN EL CALVINISMO Y EN EL ARMINIANISMO

Aunque muchos suponen que la doctrina de la gracia común es netamente una enseñanza calvinista, eso está lejos de ser cierto. Aunque esta doctrina ha sido fuertemente defendida por teólogos calvinistas como Abraham Kuyper,[4] en muchos sentidos, los principales adversarios de la gracia común son los mismos calvinistas ortodoxos, los cuales ven en ella un elemento de arminianismo dentro de sus filas.[5] Ahora bien, la concepción arminiana de la gracia común difiere en algunos aspectos de la interpretación calvinista de la misma. Para el arminiano la gracia común es parte íntegra del proceso de salvación, lo precede o conduce a él en cierta medida. Conduce al hombre, a través de la revelación natural y su propia conciencia, hacia esa gracia suficiente que capacita al hombre para arrepentirse y creer en Jesucristo para salvación, y Dios en su propósito divino ha querido que esa gracia conduzca a los hombres a la fe y al arrepentimiento, aunque los hombres, por su propia y libre elección, decidan rechazarla y condenarse. Una gracia sin esa intención, y que no sirva en verdad para la salvación de los hombres o les conduce hacia ella, constituye una contradicción de términos. La gracia común propuesta por los calvinistas, al estar desconectada totalmente del proceso de salvación, resulta por necesidad, o cuando menos en la práctica, inoperante para el cumplimiento del propósito mayor de Dios, y es, de hecho, una influencia desperdiciada. La gracia ya no es gracia si no incluye la intención salvadora del dador.

Como ya se dijo anteriormente, muchos calvinistas argumentan a veces que la doctrina de la gracia común es un elemento arminiano infiltrado en su doctrina, ya que envuelve de manera suave la doctrina de la expiación universal, y, por tanto, conduce al campo arminiano. Otra objeción a la doctrina de la gracia común es que presupone en Dios cierta disposición favorable hasta para los pecadores reprobados, algo inaceptable en el calvinismo, el cual sostiene que Dios siente aversión, disgusto, odio e ira hacia cierto sector de la humanidad, los reprobados, ¿Por qué entonces concederles cierta medida de gracia? En este sentido, la doctrina de la gracia común choca, al menos hasta cierto punto, con la doctrina calvinista de la elección y la reprobación.

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CONCLUSIÓN

La gracia común es una enseñanza bíblica bastante ignorada y que nos puede salvar de mucha confusión y de muchos errores, y que puede restaurar a la Iglesia una parte de su rica base teológica para el beneficio de todos. En un sentido, no hay nada más común que “la gracia común”, porque no hay ningún ser humano que no se beneficie de ella. Pero, en otro sentido, ¡no hay nada menos común que “la gracia común”, porque sigue siendo gracia, el favor inmerecido de Dios, nuestro Creador!

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REFERENCIAS:

[1] Henry R. Van Til, El concepto calvinista de la cultura (Editorial CLIR), 2016.

[2] Abraham Kuyper, Common Grace (Volume 1): God’s Gifts for a Fallen World (Lexham Press), 2015.

[3] Sebastián Santamaría, Los Puritanos y el pensamiento reformado sobre gracia común (Tinta Puritana), 2016.

[4] Es importante destacar que Abraham Kuyper (1837 – 1920), el genio versátil del calvinismo holandés, ha hecho más que cualquier otro hombre para definir el concepto calvinista de la cultura. Kuyper no solamente buscó dar contenido a la definición de cultura sobre un fundamento calvinista, sino que su vida total fue una gran demostración de la idea. Entró con celo en la contienda por afirmar los derechos reales de Cristo como Señor. Él fue no solamente un dogmático sino también un hombre de Estado; era profesor de teología y primer ministro de la reina; impartió conferencias eruditas pero también despertó a los hombres para que asumieran sus obligaciones políticas y sociales; Kuyper fue educador, periodista, autor de muchos libros, orador de gran estatura, amante del arte y viajero por el mundo.

[5] Ronald Cammenga, “Another Look at Calvin and Common Grace,” PRTJ , vol. 41, no. 2 (Abril, 2008), pp. 3-25.