Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Suicidio, Vida Espiritual

El fracaso de una vida sin Jesús.

Por: Fernando E. Alvarado.

Mientras no conozcas a Cristo nada te hará feliz. No importa si practicas una religión. Tampoco importa con quién te cases, cuánto dinero tengas, lo exitosa que sea tu carrera o lo famoso que pienses ser. Nada puede ocupar el lugar de Cristo. La vida de Norma Jean Baker (mejor conocida como Marilyn Monroe) es el perfecto ejemplo de ello. A pesar de ser un icono de la cultura popular de su época, ella nunca fue feliz. De hecho, terminó suicidándose. Quizá te preguntes: ¿Cómo es posible que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, llegará al punto de suicidarse? Ciertamente Norma Jean tenía todo eso, pero más allá de las apariencias ella era miserable: En su búsqueda de un amor paterno que nunca conoció, Marilyn se casó a los 16 años (la edad mínima a la que se podía contraer matrimonio según la legislación de California), con un hombre mucho mayor que ella. Todo para escapar de la tutela del estado, tras haber sido acogida en distintas familias, puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable. Sus dos siguientes maridos (el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses, y el escritor judío Arthur Miller) también fueron mucho mayores que ella. En muchos sentidos, Marilyn continuaba siendo una niña que buscaba con desesperación sustituir el amor y la figura del padre que siempre había deseado. Desafortunadamente nunca encontró lo que buscaba.

Marilyn Monroe

¿Acaso Marilyn no sabía que Dios la amaba? Muy probablemente lo sabía, pero por alguna razón nunca pudo entregarse al único amor que podía satisfacer todas sus necesidades y anhelos. Marilyn creció en un ambiente religioso: Su abuela fue bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora de la Iglesia Pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Más tarde, una de sus familias adoptivas la educó en la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia. Pero tener religión no basta. Sin una relación personal con Jesucristo, incluso asistir a la iglesia se vuelve un mero ritual vacío y sin sentido. Marilyn estaba llena de religión, pero vacía de Dios. Su madre y su tía (con quien vivió en la adolescencia) la educaron en las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX. Sin embargo, en su intento por ganar el amor de otro hombre, Marilyn se convirtió al judaísmo. Pero incluso esa religión terminó por defraudar sus expectativas. A cambio, Marilyn adoptó la psicología freudiana, el psicoanálisis, como camino a la felicidad. Sin embargo, la utopía terminó en 1956, cuando descubrió en el diario de su esposo que él estaba decepcionado de ella, que sentía vergüenza de su comportamiento y hasta dudaba de su amor por Marilyn. Conmocionada, la actriz (que en ese momento estaba embarazada) sufrió un aborto ese verano. Todo terminó en un nuevo divorcio en 1961. Desesperanzada, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí fue traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria. El temor a volverse loca la lleva a suicidarse el 5 de agosto de 1962. El psicoanálisis no pudo salvarla…

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¿Por qué terminó así? Porque Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Ella no quiso darse cuenta que sin Dios la vida no tiene sentido. Pero ella no es la única: Muchos hoy hacen lo mismo. Pero la verdad es que, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo. Es cierto que hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa. Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso, como Marilyn. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar nuestra vida en Dios. Si buscamos (como Marilyn) nuestra identidad y realización en el trabajo o en una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados. El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero lo espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria” (Colosenses 3:4). Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre con Cristo “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Sufrimiento que obra para bien.

Por: Fernando E. Alvarado.

A nadie le gusta el sufrimiento ¿O sí? Vivimos en un mundo que ama las fiestas, la comodidad, el placer, la felicidad, el lujo y la prosperidad ¡Pero que jamás quisiera probar ni una sola gota de sufrimiento! Muchos “cristianos” incluso han creado su propio Evangelio para que les prediquen prosperidad, salud, bienestar y riqueza; pero ese es un falso Evangelio acorde con los intereses y cosmovisión del mundo. Detrás de él se esconde una falta de comprensión total sobre los propósitos y el modo de proceder de nuestro Dios. La verdad es está: Dios usa el sufrimiento para nuestro bien. Quizá nos cueste verlo así, pero es una convicción que calma nuestras mentes y anima nuestros corazones: de alguna manera Dios tiene su mano en nuestro sufrimiento. Cualquier circunstancia que experimentamos no viene sin la mano de Dios, así como una sierra no puede cortar sin la mano del carpintero. Job en su sufrimiento no dijo: “El Señor dio y el diablo quitó”, sino, “El Señor dio, y el Señor quitó”. El sufrimiento nunca viene a nuestro camino sin el propósito y providencia de Dios, y por eso, el sufrimiento es siempre significativo, nunca sin sentido.

Pero ¿De qué manera saca Dios algo bueno de nuestro sufrimiento? Quizá no lo hayas considerado antes, pero el sufrimiento es un excelente predicador y maestro. Un lecho de enfermo a menudo enseña más que un sermón, y el sufrimiento primero nos enseña acerca de nuestro pecado y pecaminosidad, pues tiene el talento de sacar a luz lo que verdaderamente hay en nuestros corazones. Moisés nos habla de esto mismo al afirmar: “el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2, NVI). Si lo piensas bien, descubrirás que el sufrimiento nos enseña acerca de nosotros mismos, porque en tiempos de salud y prosperidad, cuando todo parece estar bien, es fácil alabar a Dios. Pero en el sufrimiento llegamos a ver la ingratitud y la rebelión real de nuestros corazones. En medio de la desgracia, muchos al igual que la mujer de Job, sacamos a relucir nuestra falta de conversión e ingratitud hacia Dios: “Su esposa le reprochó: —¿Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9, NVI)

La prosperidad y el bienestar son engañosos. Raras veces revelan lo que verdaderamente somos o el estado de nuestra relación con Dios. ¿Has visto la luna llena? ¡Hermosa en verdad! El plenilunio o luna llena es una fase lunar que sucede cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. Y aunque se ve hermosa y radiante, en ese momento la luna está más alejada del sol que en otras ocasiones (¡Nada menos que a 150,004,588 km de distancia!). Pero más allá de la distancia que los separa en ese momento, también hay algo que se interpone entre ella y su fuente de luz: el mundo. La Tierra se interpone entre ambos en ese momento. Del mismo modo, muchas personas en la luna llena de la prosperidad están más alejadas de Dios. Pero cuando Dios comienza a quitar nuestras comodidades mundanas, es entonces que nos encontramos con Él y hacemos la paz con Él. Hasta que el hijo pródigo padeció necesidad, volvió a la casa de su padre (Lucas 15:13), y hasta que la paloma no encontró ningún lugar para descansar, voló al arca (Génesis 8:9). Del mismo modo, cuando Dios trae una avalancha de sufrimiento sobre nosotros, es entonces que volamos al arca, a Cristo.

El sufrimiento nunca será algo agradable, pero el fruto que produce en aquellos que aman a Dios siempre será dulce, pues “sabemos que Dios obra en toda situación para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito” (Romanos 8:28, PDT). Para otros, el sufrimiento será el único sermón que estarán dispuestos a escuchar, pero marcará el camino de vuelta a casa:

“Por eso, ahora voy a seducirla: me la llevaré al desierto y le hablaré con ternura. Allí le devolveré sus viñedos, y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza. Allí me corresponderá, como en los días de su juventud, como en el día en que salió de Egipto. »En aquel día —afirma el Señor—, ya no me llamarás: “mi señor”, sino que me dirás: “esposo mío”. Te quitaré de los labios el nombre de tus falsos dioses, y nunca más volverás a invocarlos. Aquel día haré en tu favor un pacto con los animales del campo,
con las aves de los cielos y con los reptiles de la tierra. Eliminaré del país arcos, espadas y guerra, para que todos duerman seguros. Yo te haré mi esposa para siempre, y te daré como dote el derecho y la justicia, el amor y la compasión.” (Oseas 2:14-19, NVI).