Arminianismo Clásico

¿Por quiénes murió Jesús?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Uno de los pilares del arminianismo clásico es su creencia en la Expiación Ilimitada. En concordancia con el cristianismo primitivo, Jacobo Arminio creía firmemente que Cristo murió por toda la humanidad, no sólo por unos pocos elegidos: “El pacto en el que Dios entró con nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, consistió, por parte de Dios, en la exigencia de una acción a realizarse, y en la promesa de una inmensa remuneración. Por parte de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, consistía en una aceptación de la Promesa y un compromiso voluntario para llevar a cabo la acción. Primero, Dios le pidió que dejara su alma como víctima en sacrificio por el pecado, (Isaías 53:11), que diera su carne por la luz del mundo (Juan 6:51) y que pagara el precio de la redención por los pecados y el cautiverio de la raza humana.”[1]

Los Remonstrantes, herederos del legado arminiano, también afirmaron esta enseñanza de las escrituras: “En ese sentido, Jesucristo, el Salvador del mundo, murió por todos los hombres y por cada uno de los hombres, para que haya obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, la redención y el perdón de los pecados; sin embargo, nadie en realidad disfruta de este perdón de los pecados, excepto el creyente, de acuerdo con la palabra del Evangelio de Juan 3:16: ´Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.´. Y en la primera epístola de 1 Juan 2:2: ´Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo´…”[2]

 Pero Arminio y los Remonstrantes no fueron los únicos en sostener dicho punto de vista. Repetidamente las Escrituras expresan el amor y la preocupación de Dios por todo el mundo. En contraposición con la clara enseñanza bíblica, los calvinistas argumentan que el término “mundo” no se refiere realmente al mundo entero, sino solo a representantes selectos. Sin embargo, resulta difícil ignorar lo que parece ser la clara enseñanza de la Biblia de que Dios ama a todo el mundo; lo cual implica a todos los seres humanos que Él ha creado. Limitar el alcance de “todo el mundo” a “todos los elegidos de todo el mundo” parece ser un caso de interpretación de estos pasajes de una manera que apoya una doctrina específica, la expiación limitada, en lugar de permitir que la Escritura defina la doctrina. 1 Timoteo 4:10 distingue a los creyentes de los incrédulos en la salvación, pero aun así dice que Cristo es el salvador de todas las personas: “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.” La expresión “mayormente de los que creen” apoya la creencia arminiana en la Expiación ilimitada, es decir, que el sacrificio de Cristo fue hecho por todas las personas, pero que solo es aplicable para aquellos que creen.

 LA DOCTRINA DE LA EXPIACIÓN ILIMITADA EN LOS PADRES DE LA IGLESIA.

La doctrina de la Expiación Ilimitada es plenamente enseñada y sostenida por las Escrituras. Juan 3:16-18 deja claro que Dios nos ama; que él ama a todos en el mundo, no solo a unos pocos. También queda claro en este pasaje que Dios hizo lo que se necesitaba para proporcionar la salvación a aquellos que amaba. Dios dio a su Hijo para ser el sacrificio expiatorio para todo el mundo (1 Juan 2:2), para probar la muerte para todos (Hebreos 2:9). Jesús fue nuestro cordero sacrificial (Juan 1:29), Aquél que nos libra de la ira de Dios (1 Tesalonicenses 1:10) que justamente merecíamos. Una y otra vez en las Escrituras vemos que Jesús murió por los pecados del mundo. Su sacrificio fue hecho para todos, no solo para unos pocos. Pero si bien la muerte de Cristo fue para todas las personas, los beneficios de su sacrificio son efectivos solo para aquellos que creen en Cristo. Solo aquellos que creen obtendrán la vida eterna. Los que no creen permanecen en estado de condenación. Esto se repite en Juan 3:36; los que creen tienen vida eterna, mientras que los que rechazan al Hijo permanecen bajo la ira de Dios.

Negar la universalidad de la expiación es negar la clara enseñanza de las Escrituras de que Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4) y que nadie perezca (2 Pedro 3:9). La expiación universal, o ilimitada, fue la enseñanza de la iglesia, tanto de las iglesias orientales como del occidente, hasta la Reforma Protestante con Lutero y Calvino. El corazón de la teología Ante-Nicena la doctrina de la Expiación Ilimitada ocupa un lugar de honor. Esta doctrina se encuentra expresada claramente en las enseñanzas de Ireneo (140-202 E.C.), Hipólito (170-235E.C.) y Clemente de Alejandría (150-212 E.C.). Ireneo, en su “Prueba de predicación apostólica” y “Contra las herejías”, enseña que, como resultado de la desobediencia de Adán y Eva en el Jardín, cada ser humano sufre las consecuencias del pecado original: el alejamiento de Dios, la muerte y la amenaza de la corrupción eterna. Sin embargo, a través de Cristo y su sacrificio expiatorio, la salvación es posible para “todos los hombres”.[3] Él declara: “Dios recapituló en sí mismo la antigua formación del hombre, para que Él pueda matar el pecado, privar a la muerte de su poder, y vivifica al hombre ”.[4] Los primeros cristianos creían que, si bien la obra redentora de Cristo está destinada a todos, la humanidad tiene libre albedrío para resistir el llamado del Espíritu Santo a la salvación, rechazar la gracia de Dios en Cristo, seguir las falsas enseñanzas y experimentar la experiencia del juicio final, padeciendo en sí mismo la ira de Dios.

En su tratado “Sobre Cristo y el anticristo”, Hipólito habla del Hijo de Dios como uno que ilumina a los santos, enseña a los ignorantes, corrige los errores, reconoce a los pobres y “no odia a la mujer

debido al acto de desobediencia de la mujer al principio, ni tampoco él rechaza al hombre a causa de la transgresión del hombre, sino que busca a todos, y desea salvar a todos, deseando hacer a todos hijos de Dios.”[5] Hipólito luego identifica el deseo de Dios de salvar a todos los hombres y mujeres como la motivación para la encarnación de Cristo y los “sufrimientos en la cruz”[6].

Clemente de Alejandría, en su “Exhortación a los paganos”, proclama la intención de Dios de hacer posible la redención para cada persona. a través del Hijo. Él describe a Cristo, ante los incrédulos, como “el amante del hombre” y “esto, y nada más que esto, es su única obra: la salvación del hombre”[7]. Porque Cristo es el “salvador de todos los hombres”, los “paganos” pueden tener confianza que Cristo los ama y usa muchos medios diferentes para llevarlos a la salvación. Concluye su llamamiento con la exhortación “a ser partícipes de la gracia (de Cristo)”, la cual está disponible para todos.

En una sección conmovedora de “Caín y Abel”, Ambrosio habla de la obra de Dios y su amor salvífico para todas las personas. Él escribe: “Él por lo tanto… nació de una virgen y vino por mi salvación y para la salvación del mundo entero… Él percibió que los que sufren no pueden ser curados sin un remedio. Por esta razón, él otorgó la medicina a los enfermos y con su ayuda hizo posible la salud para todos”.[8]

Jerónimo, en una carta al noble romano Oceanus, explícitamente aborda las ideas asociadas con la expiación limitada, la cual, en su época, afirmaba que hay algunos pecados que Cristo no puede limpiar y pecadores por quienes Cristo no murió. Jerónimo trata dicha enseñanza como una herejía. En su refutación de tal pensamiento, sostiene: “¿Qué más es esto sino decir que Cristo ha muerto en vano? Él, de hecho, murió en vano si hay alguno a quien él no pueda hacer vivir. Cuando Juan el Bautista señala a Cristo y dice: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo “, él dice una falsedad si después de todo hay personas que viviendo hoy cuyos pecados Cristo no ha quitado”.[9] Cristo murió para perdonar el pecado de todo ser humano.

Juan Crisóstomo (349-407 E.C.), contemporáneo de Jerónimo, en sus “Homilías sobre Efesios”, proclama que Dios desea grandemente nuestra salvación y que la única razón por la cual los impíos no son salvos es porque esto es lo que ellos han elegido.[10] Otro contemporáneo de ambos, Teodoro de Mopsuestia (350-428 E.C.), en su “Comentario sobre el Evangelio” escribe sobre la causa del juicio de Dios sobre los injustos: “El propósito establecido por Dios no es que alguien sea condenado, sino que todos sean salvos… De hecho, su gracia se ofrece a todos los que la quieran”.[11] Al final, los condenados son los autores de su propia condenación, no Dios, porque Dios envió a su Hijo al mundo para que todos puedan ser salvos.

Las citas podrían continuar, sin embargo, a este punto es evidente que en el período Ante-Niceno, ningún padre de la iglesia, teólogo o erudito respetado puede ser citado dentro de su contexto literario como limitando el alcance de la salvación, o más particularmente la expiación. La creencia en una expiación limitada parece haberse introducido con los reformadores, pero implicó no un volver a la doctrina de los primeros cristianos, sino más bien una desviación de esta.

Y LA BIBLIA, ¿QUÉ DICE AL RESPECTO?

Los cristianos primitivos y los padres de la Iglesia creían que la expiación era ilimitada en su alcance, aunque sólo aquellos que se apropiaban de la misma, a través de la fe, gozaban de sus beneficios. Sin embargo, su opinión, aunque valiosa, es de valor secundario ante la verdad revelada por Dios a través de la Biblia.

La Biblia declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.
  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.
  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.
  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.
  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).
  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).
  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.
  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).
  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto, los elegidos no son los únicos pecadores.
  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).
  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).
  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).
  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).
  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).
  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).
  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).
  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).
  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).
  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos declaran claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “El Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “El Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada.

CONCLUSIÓN.

Por desgracia para los calvinistas, la Biblia apoya la doctrina arminiana de la expiación ilimitada: Cristo murió por todos, no solamente por un reducido grupo de elegidos, pero el efecto salvífico de su expiación solo es aplicable para aquellos que creen. La Biblia abunda en referencias directas a la Doctrina de la Expiación Universal. Por ejemplo, la Biblia nos dice que Dios ama a toda la humanidad (Juan 3:16), que Dios desea que todos sean salvos y lleguen a un conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4), que Dios no desea que nadie perezca, sino que todos se arrepientan (2 Pedro 3:9), que Cristo probó la muerte para todos (Hebreos 2:9), que Cristo es el sacrificio expiatorio por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2), que Cristo se dio a sí mismo como rescate por todas las personas (1 Timoteo 2:5-6), que Cristo es el salvador de todas las personas (1 Timoteo 4:10), que Cristo murió por todos (1 Corintios 5:15), que la gracia de Dios ofrece salvación a todas las personas (Tito 2:11) y que Cristo es el salvador de todos, especialmente de aquellos que creen (1 Timoteo 4:10).

REFERENCIAS:

[1] The Works of James Arminius – Vol. 1, Oration 1: The Priesthood of Christ.

[2] The Five Articles of the Remonstrance, Article 2.

[3] Irenaeus, “Against Heresies,” trans. Alexander Roberts and William Rambaut, Ante-Nicene Fathers, vol. 1, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 3.18.1.

[4] Irenaeus, “Against Heresies,” 3.18.7.

[5] Hippolytus, “On Christ and the Antichrist,” trans, J. H. MacMahon, AnteNicene Fathers, vol. 5, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886), 3.

[6] Ibid., 4.

[7] Clement of Alexandria, “Exhortation to the Heathen,” trans. William Wilson, Ante-Nicene Fathers, Vol. 2, eds. Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885), 9.

[8] Ambrose, “Cain and Abel,” tran. John J. Savage, Fathers of the Church, vol. 42, ed. Roy Joseph Deferrari (New York: Fathers of the Church, Inc., 1961), 2.3.11.

[9] Jerome, “To Oceanus,” trans. H. Fremantle, G. Lewis and W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, Second Series, vol. 6, eds. by Philip Schaff and Henry Wace (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893), Letter 69.

[10] John Chrysostom, “Homilies on Ephesians,” trans. Gross Alexander, Nicene and Post-Nicene Fathers, First Series, vol. 13, ed. Philip Schaff (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1889), 1.

[11] Theodore of Mopsuestia, Commentary on the Gospel of John, trans. Marco Conti, in Ancient Christian texts (Downers Grove, IL: IVP Academic Press, 2010), 34-5.