LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Muerte, Estado Intermedio y Aniquilacionismo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Posee el hombre un alma inmortal? Y si la posee ¿A dónde va el alma del hombre luego de morir? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué le espera al hombre en la eternidad? ¿Existe el infierno? El hombre ha buscado la respuesta a estas interrogantes por siglos. Afortunadamente, la Palabra de Dios brinda respuestas claras y certeras a todas estas interrogantes. El adventismo, sin embargo, se distancia del cristianismo bíblico e histórico en su interpretación de estos temas.

Ante la pregunta de si el ser humano posee un alma inmortal, los adventistas responden:

“El ser viviente o alma viviente fue el resultado de la unión del polvo de la tierra y el aliento de vida. En otras palabras, la formula bíblica de la creación del ser humano es: polvo de la tierra, más aliento de vida, es igual a alma viviente o ser humano… Actualmente, la mayoría de las personas aceptan o creen que el “alma” es un “espíritu” o una “esencia” que existe en la naturaleza del ser humano, y que en el momento de la muerte sale del cuerpo y asciende a la “morada de Dios” o va al “infierno”. Este concepto no es bíblico ni verdadero, sino filosófico, pagano y falso.”[1]

También añaden:

“Los escritores del Antiguo Testamento sostenían que el ser humano es un ser indivisible. Los varios términos hebreos generalmente traducidos como carne, alma y espíritu son solamente formas alternativas para describir, desde diferentes puntos de vista, a la persona humana como un todo. En armonía con esta perspectiva, las Escrituras utilizan diferentes metáforas para describir la muerte. Entre ellas, el sueño se destaca como un símbolo adecuado para reflejar la comprensión bíblica de la condición de los muertos (Job 3:11-13; 14:12; Salmos 13:3; Jeremías 51:39; Daniel 12:2). La muerte es el completo fin de la vida. La muerte es un estado de inconsciencia en la cual no hay pensamientos, emociones, trabajo ni comunicación de ningún tipo (Eclesiastés 9:5, 6, 10; Salmos 115:17; 146:4).”[2]

Puesto que para los adventistas el alma está inconsciente durante el período entre la muerte y la resurrección, los adventistas niegan la realidad de un estado intermedio entre la muerte y la resurrección y, por consiguiente, del infierno:

 “Jesús utilizó dos términos griegos, hadēs y gehena, para hablar de la muerte y el castigo de los impíos… Hadēs es equivalente al Hebreo she’ôl, el término más común utilizado en el Antiguo Testamento para referirse al lugar de los muertos. Estos nombres simplemente representan la tumba o el lugar al cual todos descienden al morir, sin connotación de castigo ni recompensa… En los evangelios, la palabra infierno aparece once veces en labios de Jesús. En realidad, él utilizó el término griego gehena, del nombre hebreo Gê Hinnom, “Valle de Hinom”. Según el Antiguo Testamento, en este desfiladero al sur de Jerusalén, los reyes Acaz y Manasés realizaron ritos paganos horrendos, quemando niños en sacrificio a Moloc (2 Crón. 28:3; 33:6). Más tarde, el rey Josías puso fin a esta práctica (2 Rey. 23:10). Debido a los pecados perpetrados en este valle, Jeremías profetizó que Dios lo convertiría en un “Valle de la Matanza” (Jer. 7:32, 33; 19:6). Por lo tanto, el valle se convirtió en un símbolo del juicio final y el castigo de los impenitentes. Jesús utilizó el nombre en sentido figurado, sin explicar ningún detalle con respecto al tiempo y el lugar del castigo, algo que si encontramos en otros pasajes de la Biblia. El infierno, sin embargo, no es un lugar de castigo eterno.”[3]

Así pues, para los adventistas el ser humano no sólo no posee un alma inmortal, sino que tampoco hay estado intermedio entre la muerte y la resurrección (paraíso o infierno). Pero eso no es todo. Los adventistas tampoco creen en la doctrina cristiana del castigo eterno. En su lugar, adoptan la postura conocida como aniquilacionismo. La doctrina adventista enseña:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa de Dios y de los que hemos perdido. Solo Dios posee inmortalidad intrínseca, pero el don gratuito de la salvación es la vida eterna. Aguardamos con ansias la segunda venida de Cristo, cuando Jesús resucitará a los salvados de la muerte, para que puedan vivir para siempre… Los primeros mil años después del regreso de Cristo serán en el cielo un tiempo de reconciliación y renovación. Tendremos la capacidad de investigar las vidas de los perdidos, explorando cómo sus elecciones los llevaron a la salvación o destrucción. El planeta estará vacío de seres humanos; solo estarán Satanás y sus ángeles, exiliados y ya sin nadie que engañar o destruir… Después de mil años, Dios y los salvados regresarán del cielo a la tierra con la ciudad celestial, la Nueva Jerusalén. Dios resucitará a los malvados muertos para que puedan ser testigos de la fase final del juicio de Dios. Cada persona enfrentará el registro de su vida, y todos verán la verdadera justicia y equidad de Dios. Entonces Dios destruirá para siempre el pecado y los pecadores.”[4]

En la concepción adventista de los eventos futuros, la resurrección de los justos ocurrirá al principio del Milenio. Los justos serán arrebatados al cielo y los injustos serán destruidos:

“La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando regrese, los justos muertos resucitarán y junto con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán.”[5]

La doctrina adventista enseña que solo Satanás y sus demonios habitarán la Tierra durante el Milenio:

“Mientras los salvados se reconectan con Dios, Satanás y sus seguidores están atrapados en este planeta. Después de mil años, Dios resucitará a los perdidos para el juicio final, antes de destruir el pecado y los pecadores… El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo serán juzgados los impíos; la tierra estará completamente desolada, sin habitantes humanos, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período Cristo y sus santos, junto con la Santa Ciudad, descenderán del cielo a la tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces, y junto con Satanás y sus ángeles rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la tierra. De ese modo el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre (Apocalipsis 20; 1 Corintios 6:2-3; Jeremías 4:23-26; Apocalipsis 21:1-5; Malaquías 4:1; Ezequiel 28:18-19).”[6]

Dicho de otra manera, los adventistas no creen en un castigo eterno para los malvados e impenitentes, sino en el aniquilacionismo. El aniquilacionismo es una doctrina que enseña que los incrédulos no experimentarán un sufrimiento eterno en el infierno, sino más bien serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. Para muchos (incluidos adventistas, testigos de Jehová, protestantes liberales y otros), el aniquilacionismo es una creencia atractiva debido a lo horrible que parece a la mente humana la idea de que la gente pase la eternidad en el infierno. Sin embargo, lo verdaderamente importante en esto no es cuan horrible nos parezca la idea, sino más bien si la idea es enseñada en la Biblia.

Aunque hay algunos pasajes que parecen argumentar a favor del aniquilacionismo, un vistazo más amplio a lo que la biblia dice sobre el destino de los malvados, revela el hecho de que el castigo en el infierno es eterno. La creencia en el aniquilacionismo refleja un pobre entendimiento de las consecuencias del pecado, la justicia de Dios, y la naturaleza del infierno. En esto, como en otros aspectos doctrinales de gran importancia, los cristianos bíblicos no podemos estar en comunión con los adventistas del séptimo día.

¿EN VERDAD TENEMOS UN ALMA INMORTAL?

La Biblia enseña que la humanidad tiene un cuerpo físico, un alma y un espíritu. La realidad de nuestro cuerpo físico es incuestionable. Definir el alma y el espíritu es un poco más complejo. Aunque a veces la Biblia usa los términos alma y espíritu como sinónimos (Mateo 10:28; Lucas 1:46-47; 1 Corintios 5:3; 7:34), otros pasajes bíblicos dan a entender la separación entre el alma y el espíritu (Romanos 8:16; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 4:12). Hebreos 4:12 dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

Este versículo nos dice dos cosas: (1) hay un punto de división entre el alma y el espíritu, y (2) el punto de división solo Dios lo puede discernir. Con esto en mente, podemos afirmar que el aspecto inmaterial de la naturaleza humana involucra un alma y un espíritu. Ahora bien, si el alma y el espíritu están absolutamente unificados y unidos (dicotomía), o estrechamente relacionadas pero separados (tricotomía), es un asunto en el cual la Biblia guarda silencio. Nosotros, por lo tanto, debemos hacer lo mismo. Debemos admitir, sin embargo, que la naturaleza tripartita del hombre refleja de forma asombrosa la naturaleza trinitaria de su Creador.

Aquellos que creemos que la naturaleza humana es una tricotomía, afirmamos que el cuerpo físico es lo que nos conecta con el mundo físico que nos rodea, el alma es la esencia de nuestro ser, y el espíritu es lo que nos conecta con Dios. Esta es la razón por la que se dice que los inconversos están muertos espiritualmente (Efesios 2:1; Colosenses 2:13), mientras que se ven muy vivos física y emocionalmente. Aquellos que creen que la naturaleza humana es una dicotomía, tienen la misma comprensión del cuerpo, pero entienden el espíritu como la parte del alma que se conecta con Dios. La diferencia entre los cristianos que vemos al hombre como una tricotomía y aquellos que lo ven como una dicotomía, reside en si el alma y el espíritu son aspectos diferentes de la naturaleza humana inmaterial, o si el espíritu es simplemente una parte del alma, siendo el alma toda la parte inmaterial de la naturaleza humana. El silencio bíblico al respecto nos impide ser dogmáticos, reconociendo que ambas líneas de interpretación pueden sustentarse sin caer en herejía. De lo que podemos estar seguros, es que la naturaleza humana se compone de un cuerpo, un alma y un espíritu. Si el alma y el espíritu son uno, o de alguna manera son distintos, no es un tema que Dios escogió para dejar muy claro en su palabra. Ya sea que usted crea en una dicotomía o en la tricotomía, debería ofrecer su cuerpo como sacrificio vivo (Romanos 12:1), agradecerle a Dios por salvar su alma (1 Pedro 1:9), y adorar a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24). Los adventistas, sin embargo, no pueden enmarcar sus ideas sobre la naturaleza del alma humana dentro de ninguna de las dos corrientes consideradas ortodoxas por el cristianismo bíblico e histórico.

El cristianismo ortodoxo reconoce la doctrina de la inmortalidad del alma humana. De acuerdo con la Biblia, la verdadera vida o vida espiritual, no cesa cuando nuestros cuerpos físicos terminan con la muerte. Nuestras almas vivirán para siempre, ya sea en la presencia de Dios en el cielo si es que somos salvos, o en castigo en el infierno si rechazamos el regalo de Dios de la salvación. De hecho, la promesa de la Biblia no es que sólo nuestras almas vivirán para siempre, sino que también nuestros cuerpos serán resucitados. Esta esperanza de resurrección corpórea está en el corazón mismo de la fe cristiana (1 Corintios 15:12-19). Sin embargo, mientras que nuestras almas son inmortales, es importante recordar que no somos eternos como lo es Dios. Dios es el único ser verdaderamente eterno, porque solamente Él no tuvo ni principio ni tendrá fin. Dios siempre ha existido y siempre continuará existiendo. Todas las demás criaturas conscientes, ya sean humanas o angélicas, son finitas porque tuvieron un principio. Nuestras almas son inmortales, porque es cómo Dios las creó, pero ellas sí tuvieron un principio, habiendo habido un tiempo en el que no existían.

EL ESTADO INTERMEDIO.

Puesto que nuestra alma es inmortal, esta no se pierde en la nada, tampoco duerme en la inconsciencia o desaparece al momento de morir. La Biblia nos enseña que hay un estado intermedio entre la muerte y la resurrección. La Biblia enseña claramente que los creyentes fallecidos están con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23) pero también enseña que los injustos experimentan sufrimiento consciente después de la muerte (Lucas 16:19-31). Una vez más, el adventismo opina de forma diferente:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa del Dios de la vida, pero la derrota de Cristo sobre la muerte significa que los salvados pueden aguardar la resurrección y la vida eterna. La paga del pecado es muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que hayan fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después (Romanos 6:23; 1 Timoteo 6:15-16; Eclesiastés 9:5-6; Salmos 146:3-4; Juan 11:11-14; Colosenses 3:4; 1 Corintios 15:51-54; 1 Tesalonicenses 4:13-17; Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:1-10).”[7]

Esta peculiar doctrina adventista recibe el nombre de “sueño del alma” y enseña que cuando una persona muere, su alma “duerme” hasta el momento de la resurrección futura. En esta condición, la persona no está consciente. Sin embargo, los adventistas no son los únicos en enseñarla. Los testigos de Jehová y otras sectas menores sostienen esta doctrina, con la diferencia de que los testigos de Jehová enseñan la aniquilación del alma al momento de la muerte. Esto significa que después de la muerte, una persona deja de existir. Ellos sostienen, además, que, en la resurrección futura, el alma, es hecha nuevamente. Básicamente, es volver a crear la persona. Los adventistas, por otro lado, enseñan que el alma simplemente se desactiva (se vuelve inerte) y reside en la memoria de Dios.

Los adventistas suelen recurrir al libro de Eclesiastés para defender su postura. Por ejemplo, Eclesiastés 9:5 afirma: “Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido”. (Eclesiastés 9:5). Y luego nos dice: “Y el polvo vuelva a la tierra, de donde procede, Y el espíritu retorne a Dios, que lo dio”. (Eclesiastés 12:7). No obstante, aunque podría concluirse a partir de dichos versículos que los muertos permanecen inconscientes hasta la resurrección, tampoco debemos ignorar que Eclesiastés debe ser entendido en el contexto de su propio comentario, el cual afirma al inicio del libro:

“Las palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dice el Predicador. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el ser humano de toda su labor con que se afana debajo del sol?”. (Eclesiastés 1:1-3)

 El escritor de Eclesiastés nunca pretendió describir en su libro el estado del hombre posterior a la muerte. Por el contrario, su intención fue presentarnos la insensatez y carencia de significado en una vida enfocada en el materialismo y la obtención de placer, pues todo el afán del hombre, su orgullo y vanidad, sus logros y pompa, terminan con la muerte:

“A todo esto me dediqué de lleno, y en todo esto comprobé que los justos y los sabios, y sus obras, están en las manos de Dios; que el hombre nada sabe del amor ni del odio, aunque los tenga ante sus ojos. Para todos hay un mismo final: para el justo y el injusto, para el bueno y el malo, para el puro y el impuro, para el que ofrece sacrificios y para el que no los ofrece; para el bueno y para el pecador, para el que hace juramentos y para el que no los hace. Hay un mal en todo lo que se hace en esta vida: que todos tienen un mismo final. Además, el corazón del hombre rebosa de maldad; la locura está en su corazón toda su vida, y su fin está entre los muertos. ¿Por quién, pues, decidirse? Entre todos los vivos hay esperanza, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido. Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin, y nunca más vuelven a tener parte en nada de lo que se hace en esta vida. ¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras! Que sean siempre blancos tus vestidos, y que no falte nunca el perfume en tus cabellos. Goza de la vida con la mujer amada cada día de la vida sin sentido que Dios te ha dado en este mundo. ¡Cada uno de tus absurdos días! Esto es lo que te ha tocado de todos tus afanes en este mundo. Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría. Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos. Vi además que nadie sabe cuándo le llegará su hora. Así como los peces caen en la red maligna y las aves caen en la trampa, también los hombres se ven atrapados por una desgracia que de pronto les sobreviene.” (Eclesiastés 9:1-12, NVI).

 Su visión pesimista se refiere a la vida “debajo del sol”. Nunca pretendió hacer declaraciones doctrinales acerca de si el alma continúa consciente después de la muerte o no. Afirmar tal cosa sería traicionar el texto. Además, es un error usar el Antiguo Testamento para interpretar el Nuevo. Es el Nuevo Testamento el que arroja luz sobre el Antiguo. Ni Salomón, ni ningún otro autor del Antiguo Testamento, pudo vislumbrar a cabalidad las gloriosas verdades del Evangelio que ahora nosotros conocemos. La revelación plena sobre el destino final del hombre nos fue dada a conocer a través de Cristo y su Evangelio:

“Y ahora todo esto él nos lo ha hecho evidente mediante la venida de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Destruyó el poder de la muerte e iluminó el camino a la vida y a la inmortalidad por medio de la Buena Noticia.” (2 Timoteo 1:10, NTV).

Por lo tanto, podemos decir a ciencia cierta que el concepto del “sueño del alma” enseñado por los adventistas no es una doctrina bíblica. Cuando la Biblia dice que una persona está “dormida” en relación a la muerte (Lucas 8:52; 1 Corintios 15:6), no significa literalmente que “duerme.” El sueño es sólo una manera de describir la muerte, porque un cuerpo muerto da la apariencia de estar dormido. La Biblia nos dice que en el instante que morimos, somos llevados al cielo o al infierno, dependiendo de si hemos puesto nuestra fe en Cristo para la salvación.

Para los creyentes, el estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23). Para los no creyentes, la muerte significa el castigo eterno en el infierno (Lucas 16:22-23). Al momento en que morimos, enfrentamos un juicio parcial (Hebreos 9:27). Sin embargo, hasta que suceda la resurrección, hay un cielo “Paraíso” (Lucas 23:43; 2 Corintios 12:4), y un infierno “Hades” temporales (Apocalipsis 1:18; 20:13,14). En cierto sentido, el cuerpo de una persona está “dormido” mientras su alma está en el Paraíso o en el Hades. Este cuerpo es entonces “despertado” y transformado en un cuerpo eterno que poseerá la persona por la eternidad. Estos cuerpos eternos son los que poseeremos para toda la eternidad, ya sea que estemos en el cielo o el infierno. Aquellos que estuvieren en el Paraíso, serán enviados a los nuevos cielos y nueva tierra (Apocalipsis 21:1). Aquellos que estuvieren en el Hades, serán echados al lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15). Estos son los destinos finales y eternos para toda la gente, basados enteramente en si esa persona confió en Jesucristo solamente para la salvación de sus pecados.

Otro pasaje bíblico importante que refuta el sueño del alma se puede encontrar en Lucas 16:19-31. Jesús enseñó que tanto un hombre rico como un hombre pobre llamado Lázaro murieron. El hombre rico inmediatamente fue al Hades y Lázaro inmediatamente fue llevado al seno de Abraham. El contexto del pasaje señala que Lázaro estaba consciente al lado de Abraham.

Otro ejemplo se puede encontrar en la narración del ladrón en la cruz. En Lucas 23:43, Jesús le prometió a este hombre que hoy estaría con Jesús en el paraíso. ¿De qué otro modo podría entenderse esta referencia al “hoy” de ser el mismo día en que Jesús estaba hablando con este hombre?

Apocalipsis 6:9 nos muestra el estado intermedio de las almas: “Vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por el testimonio que habían dado”. Este pasaje se refiere a las almas de aquellos que murieron durante la Tribulación que ahora estaban en la presencia del Señor. Todavía no habían recibido sus cuerpos de resurrección (mencionados más adelante en Apocalipsis), pero estaban activos, conversando y en la presencia de Dios después de la muerte.

Aún más, en la transfiguración de Jesús vemos a Moisés y Elías vivos. Para ellos, no había nada como el “sueño del alma”. Mateo 17:1-8 nos dice:

“Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto. Y fue transfigurado ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz. Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haré aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías. Estando él aun hablando, he aquí una nube de luz los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido; a Él oíd. Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros y temieron en gran manera. Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo”.

 Por lo tanto, la doctrina del sueño del alma es incorrecta. El alma continúa su existencia después de la muerte. El impío enfrentará el juicio de Dios, y los cristianos habitarán en Su presencia. La visión del sueño del alma, que coloca un período de tiempo prolongado después de la muerte antes de que un creyente esté presente con el Señor, está claramente en desacuerdo con las enseñanzas de la Escritura.

EL ANIQUILACIONISMO.

El aniquilacionismo es otro error doctrinal practicado por los adventistas. Según dicha doctrina, aquellos que no hereden la vida eterna serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. La noción de un castigo eterno para los injustos es considerada aberrante para los adventistas. Ellos afirman que:

“Según las Escrituras, Dios promete vida eterna a los justos. La paga del pecado es muerte, no una vida eterna en el infierno (Rom. 6:23). Las Escrituras enseñan que los malos serán “destruidos” (Sal. 37:9, 34); que perecerán (Sal. 37:20; 68:2). No vivirán en un estado de conciencia para siempre, sino serán quemados (Mal. 4:1; Mat. 13:30, 40; 2 Ped. 3:10). Serán destruidos (Sal. 145:20; 2 Tes. 1:9; Heb. 2:14), consumidos (Sal. 104:35)… Cuando Cristo habló del “castigo eterno” (Mat. 25:46) no quiso decir castigo sin fin. Quiso decir que así como la “vida eterna” [que los justos disfrutarán] continuará a través de los siglos sin fin de la eternidad; el castigo [que los malos sufrirán] también será eterno: no de duración perpetua de sufrimiento consciente, sino el castigo que es completo y final. El fin de los que así sufren es la segunda muerte… Una cosa podemos decir con confianza: El tormento eterno debe ser descartado. Si los hombres no hubieran tomado la noción griega no bíblica de la indestructibilidad natural del alma del individuo y luego leído el Nuevo Testamento con ese concepto ya en sus mentes, habrían extraído de él [el Nuevo Testamento] una nueva creencia, no en el tormento eterno, sino en la aniquilación. Es al fuego que se lo llama aeonian [eterno], no a la vida que se lanza a él”. Al ejecutarse el castigo exigido por la ley de Dios, las demandas de la justicia son satisfechas. Ahora el cielo y la tierra proclaman la justicia del Señor.”[8]

 

Los adventistas tienen razón en que la palabra griega “aeonian “ o “aionion”, la cual usualmente se traduce como “eterno”, no significa “eterno” por definición. Específicamente se refiere a una “edad” o “era”, un período específico de tiempo. Sin embargo, está claro que, en el Nuevo Testamento, este vocablo griego es usado algunas veces para referirse a una cantidad eterna de tiempo. Apocalipsis 20:10 habla de Satanás, la bestia, y el falso profeta que fueron echados al lago de fuego y serán atormentados “día y noche por los siglos de los siglos”. Es claro que estos tres no son “aniquilados” por ser echados en el lago de fuego. ¿Por qué sería diferente el destino de los incrédulos? (Apocalipsis 20:14-15) La evidencia más convincente de la eternidad del infierno está en Mateo 25:46, “E irán éstos (los impíos) al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. En este versículo, es usada exactamente la misma palabra griega para referirse al destino de los impíos y los justos. Si los impíos son solamente atormentados por una “era”, entonces los justos sólo experimentarán la vida en el Cielo por una “era”. Si los creyentes estarán en el cielo para siempre, los incrédulos estarán en el infierno para siempre.

Por otro lado, los adventistas del séptimo día han malentendido el significado del lago de fuego. Obviamente si un ser humano es echado en un lago de lava hirviente, será consumido instantáneamente. Sin embargo, el lago de fuego es una realidad tanto física como espiritual. No es solamente el cuerpo humano el que es echado al lago de fuego; es el cuerpo, el alma y el espíritu humano. Una naturaleza espiritual no puede ser consumida por un fuego físico. Los incrédulos serán resucitados con un cuerpo preparado para la eternidad, de la misma manera que lo es para los creyentes (Apocalipsis 20:13; Hechos 24:15). Estos cuerpos están preparados para un destino eterno.

Los adventistas y otras sectas aniquilacionistas afirman que sería injusto que Dios castigara a los incrédulos en el infierno por una eternidad infinita, a causa de un número finito de pecados. ¿Cómo puede ser justo que Dios castigue a una persona que vivió una vida de pecado, digamos de 70 años, por toda una eternidad? La respuesta es que nuestros pecados conllevan una consecuencia eterna, porque son contra un Dios eterno. Cuando el rey David cometió los pecados de adulterio y asesinato, él dijo a Dios, “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…” (Salmo 51:4). David había pecado contra Betsabé y Urías. ¿Cómo pudo clamar David que solo pecó contra Dios? David entendía que todos los pecados son en última instancia contra Dios. Dios es un Ser eterno e infinito. Como resultado, todo pecado es objeto de un castigo eterno. No es un asunto del tiempo que duramos pecando, sino del carácter del Dios contra quien pecamos.

Un aspecto más personal del aniquilacionismo al cual recurren las sectas para defender su postura herética, es la idea de que no sería posible ser felices en el cielo, sabiendo que algunos de nuestros seres amados estuvieran sufriendo un tormento eterno en el infierno. Lo cierto es que cuando lleguemos al cielo, no tendremos nada de qué quejarnos o por qué estar tristes. Apocalipsis 21:4 nos dice:

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

Si algunos de nuestros seres queridos no están en el cielo, nosotros, los redimidos, estaremos plenamente de acuerdo en que ellos no pertenecen ahí, es decir, que ellos están condenados por su propia resistencia a creer en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16; Juan 14:6). Nuestra atención no debe enfocarse en cómo disfrutaremos del cielo sin todos nuestros seres queridos ahí, sino más bien en cómo podemos llevar a nuestros seres queridos a la fe en Cristo, para que ellos puedan estar ahí.

La certeza de un castigo eterno para los malvados es quizá la razón primaria por la que Dios envió a Jesucristo a pagar el castigo por nuestros pecados. El ser “aniquilados” después de la muerte no es un destino para aterrorizarse, aunque una eternidad en el infierno definitivamente sí lo es. La muerte de Jesús fue una muerte infinita, pagando nuestra deuda infinita, para que no tengamos que pagarla en el infierno por una eternidad (2 Corintios 5:21). Todo lo que tenemos que hacer, es poner nuestra fe en Cristo, y seremos salvos, perdonados, limpiados, obteniendo la promesa de un hogar eterno en el cielo. Si rechazamos Su regalo de vida eterna, enfrentaremos las consecuencias eternas de esa decisión.

LA DOCTRINA DEL CASTIGO ETERNO EN LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO.[9]

Cuando los argumentos bíblicos fallan, los adventistas y otras sectas aniquilacionistas argumentan que la inmortalidad del alma, la existencia del infierno y el castigo eterno nunca formaron parte de las doctrinas originales del cristianismo, sino que entraron a formar parte de las enseñanzas de la iglesia directamente del paganismo. Pero ¿Es esto cierto? ¿Apoya la historia de la iglesia y los escritos de los primeros cristianos los argumentos adventistas? ¡En ninguna manera!

La Iglesia primitiva y los padres de la Iglesia creían no solo en la doctrina de la inmortalidad del alma, sino en la condenación eterna de los condenados (A excepción de Orígenes y algunos de sus seguidores que erraron al pensar que las penas del infierno eran temporales y de algunos herejes gnósticos que afirmaban que los que no se salvaran serían aniquilados (curiosamente lo que hoy creen testigos de Jehová y adventistas). La historia de la iglesia y los registros extrabíblicos se unen a la Biblia para probar que la existencia del infierno y la realidad eterna del mismo, eran aceptadas por la iglesia primitiva. Por ejemplo:

 

  1. Apocalipsis de Pedro: De los textos apócrifos primitivos es uno de los más importantes, por su antigüedad (fue escrito entre el año 125 y el 150, o lo que es lo mismo a 25 a 50 años de la muerte del último apóstol), y fue tenido en gran estima por los escritores eclesiásticos de la antigüedad al punto que Clemente de Alejandría incluso lo considera como un escrito canónico.[10] Un fragmento griego importante del apocalipsis fue hallado en Akhmin en 1886-1887 y su contenido describe visiones que incluyen la belleza del cielo y el horror del infierno y los castigos a los que son sometidos los condenados: “Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, donde se encontraban algunos hombres que se habían apartado de la justicia; y los ángeles encargados de atormentarles estaban encima de ellos.”

 

  1. Ignacio de Antioquía: Ignacio fue Obispo de Antioquia, martirizado en Roma (devorado por los leones) en tiempos del emperador Trajano (98-117). Se conservan de él las siete cartas que escribió camino al martirio aproximadamente en el año 107. Ignacio habla de cómo aquellos que mueran en la impureza irán al fuego inextinguible: “Hermanos míos, no os engañéis, los adúlteros no heredarán el Reino de Dios. Pues si los que obraron esto según la carne murieron ¡Cuánto más si corrompe en mala doctrina la fe de Dios por la que Jesucristo fue crucificado! Éste, por ser impuro, irá al fuego inextinguible, así como el que lo escucha. Por eso el Señor tomó ungüento sobre su cabeza para inspirar a la Iglesia incorrupción. No os unjáis con la fétida doctrina del príncipe de este mundo para que no os lleve cautivos lejos de la vida que ha sido propuesta como recompensa. ¿Por qué no somos todos prudentes después de haber alcanzado el conocimiento de Dios que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos neciamente al desconocer la gracia que el Señor verdaderamente ha enviado?”[11]

 

  1. Justino Mártir: Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. Él afirmó: “Porque entre nosotros, el príncipe de los malos demonios se llama serpiente y Satanás y diablo o calumniador, como os podéis enterar, si queréis averiguarlo, por nuestras escrituras; y que él y todo su ejército juntamente con los hombres que le siguen haya de ser enviado al fuego para ser castigado por eternidad sin término, cosa es que de antemano fue anunciada por Cristo”[12]

 

También dijo:

“Y no se nos objete lo que suelen decir los que se tienen por filósofos, que no son más que ruido y espantajos lo que nosotros afirmamos sobre el castigo que los inicuos han de sufrir en el fuego eterno”[13]

 

  1. El Martirio de Policarpo: Es una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad de Filomenio donde se narra el martirio de Policarpo, discípulo directo del apóstol Juan y obispo de Esmirna. En dicha epístola se lee: “Fiándose de la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, librándose del castigo eterno, por medio de una hora. El fuego de los crueles verdugos les era indiferente, pues tenían ante sus ojos el escapar del (fuego) eterno que nunca se apaga, y contemplaban con los ojos de su corazón los bienes que aguardan a los que sufren pacientemente, los cuales ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni al corazón del hombre subieron, pero el Señor se los mostró a ellos, porque ya no eran hombres, sino ángeles.”[14]

 

  1. El Discurso a Diogneto: Es un breve tratado apologético dirigido a alguien llamado Diogneto quien al parecer había preguntado algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos. Es de autor desconocido y se estima fue compuesto a finales del siglo II. En dicho documento se nos dice: “Entonces, estando en la tierra, contemplarás que Dios ejerce su gobierno en los cielos; entonces comenzarás a hablar de los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son torturados por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error del mundo, cuando conozcas la vida verdadera del cielo, cuando desprecies lo que aquí parece ser la muerte, cuando temas la verdadera muerte reservada a los condenados al fuego eterno, castigo definitivo de quienes sean entregados. Entonces admirarás y considerarás bienaventurados a quienes soportan el fuego terreno por causa de la justicia, cuando conozcas aquel fuego…”[15]

 

  1. Atenágoras: Reconocido apologeta cristiano primitivo del siglo II. Afirmó: “Porque si creyéramos que no hemos de vivir más que la vida presenta, cabría sospechar que pecáramos sometidos a la servidumbre de la carne y de la sangre, o dominados por el lucro y el deseo; pero sabiendo como sabemos que dios vigila nuestros pensamientos y nuestras palabras de noche como de día, y que El es todo luz y mira aun dentro de nuestro corazón; creemos que, salidos de esta vida, viviremos otra mejor, a condición de que permanezcamos con Dios y por Dios inquebrantables y superiores a las pasiones, con alma no carnal, aun en la carne, sino con espíritu celeste; o cayendo con los demás nos espera vida peor en el fuego (porque Dios no nos creó como rebaños o bestias de carga, de paso, y sólo para morir y desaparecer); con esta fe, decimos, no es lógico que nos entregamos voluntariamente al mal y nos arrojemos a nosotros mismos en manos del gran juez para ser castigados”.[16]

 

  1. Ireneo de Lyon: Fue consagrado obispo de Antioquia entre el año primero de Vespasiano (70 d.C.) y el décimo de Trajano (107 d.C.). Ireneo escribió: “En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre» (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.”[17]

 

  1. Tertuliano: Fue un apologeta y escritor eclesiástico. En una de sus obras titulada De paenitentia (aproximadamente en el año 203 d.C.) afirmó que quienes rechazan esta penitencia describe la condenación eterna en el infierno, castigo de quienes no quisieron arrepentirse y confesar sus pecados: “Si rehúsas la penitencia pública, medita en tu corazón acerca de la gehena que para ti ha de ser extinguida mediante la penitencia. Imagínate ante todo la gravedad de la pena, a fin de que no vaciles en asumir el remedio. ¿Cómo debemos considerar esta caverna del fuego eterno, cuando a través de algunas de sus chimeneas se producen tales erupciones de vigorosas llamas, que han hecho desaparecer las ciudades cercanas o están a la espera de que esto les ocurra cualquier día? Montes altísimos saltan hechos pedazos a causa del fuego que encierran, y resulta para nosotros un indicio de la perpetuidad de este fuego el hecho de que, por más que estas erupciones quebranten y destrocen las montañas, nunca cesa esta actividad. ¿Quién ante estas conmociones de los montes podrá dejar de considerarlas como un indicio del amenazante juicio? ¿Quién podrá pensar que tales llamaradas no sean una especie de armas arrojadizas que provienen de un fuego colosal e indescriptible?[18]

 

  1. Cipriano de Cartago: Nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir ocupándose de su grey. Él afirmó: “Que gloria para los fieles habrá entonces, qué castigo para los no creyentes, qué dolor para los infieles no haber querido creer en otro tiempo en este mundo y no poder volverse ahora atrás y creer. La gehena siempre en llamas y un fuego devorador abrasará a los que allí vayan, y no tendrán descanso sus tormentos ni fin en ningún momento. Serán conservadas las almas con los cuerpos para sufrir con inacabables suplicios. Allí veremos siempre al que aquí nos miró por un tiempo, y el breve placer que tuvieron los ojos crueles en las persecuciones será contrapesado por el espectáculo sin fin, según el testimonio de la Sagrada Escritura, cuando dice> Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá, y servirán de espectáculo a todos los hombres. Entonces será baldío el arrepentimiento, vanos los gemidos y sin eficacia los ruegos. Tarde creen en la pena eterna los que no quisieron creer en la vida eterna”.[19]

 

  1. Basilio de Cesárea: Nació en una familia profundamente cristiana Su abuelo materno había sufrido el martirio. Sucedió a Eusebio como Obispo de Cesarea. Él afirmó: “…no está presente en el infierno quien alabe, ni en el sepulcro quien se acuerde de Dios, porque tampoco está presente el auxilio del Espírito. ¿Cómo se puede, pues, pensar que el juicio se efectúa sin el Espíritu Santo, siendo así que la Palabra muestra que él mismo será también la recompensa de los justos cuando, en vez de las arras, se entregue a la totalidad, y que será la primera condenación de los pecadores cuando se les despoje de lo mismo que parecían tener?”[20]

 

  1. Gregorio Nacianceno: Nació en Nacianzo, Capadocia en el año 329, y fallecido en el 389. Célebre por su elocuencia y por su lucha en su colaboración en la lucha contra el arrianismo, junto con Basilio y Gregorio de Nicea. Él enseñó: “Conozco el temblor, la agitación, la inquietud y el quebranto del corazón, la vacilación de las rodillas y otras penas semejantes con que son castigados los impíos. Voy a decir, en efecto, que los impíos son entregados a los tribunales de la otra vida por la justicia parsimoniosa de este mundo, de modo que resulta preferible ser castigados y purificados ahora, que ser remitidos a los suplicios del más allá, cuando sea ya el tiempo del castigo y no de la purificación”.[21]

 

  1. Jerónimo: Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. Nació en el año 347 y murió en el 420. Él afirmó: “Son muchos los que dicen que en el futuro no habrá suplicios por los pecados ni se les aplicarán castigos que vengan del exterior, sino que la pena consistirá en el pecado mismo, y en el tener conciencia del delito, no muriendo el gusano en el corazón y ardiendo el fuego en el alma, de un modo semejante a la fiebre, que no atormenta al enfermo desde fuera, sino que, apoderándose de los cuerpos, castiga sin emplear ningún instrumento externo de tortura. Estas persuasiones son lazos fraudulentos, palabras vacuas y sin valor, que deleitan como flores a los pecadores, pero que les infunden una confianza que les conduce a los suplicios eternos”[22]

 

  1. Juan Crisóstomo: Nació en Antioquía de Siria en el año 347. Él enseñó: “Aparentemente no hay aquí más que un solo castigo, que es el ser quemado por el fuego; sin embargo, si cuidadosamente lo examinamos, veremos que son dos, porque el que es quemado es juntamente desterrado para siempre del reino de Dios. Y este castigo es más grave que el primero. Ya sé que muchos sólo temen al fuego del infierno, pero yo no vacilo en afirmar que la pérdida de la gloria eterna es más amarga que el fuego mismo. Ahora, que eso no lo podamos expresar con palabras, nada tiene de extraño, pues tampoco sabemos la naturaleza de los bienes eternos para podernos dar cabal cuenta de la desgracia que es vernos privados de ellos… Cierto, insufrible es el infierno y el castigo que allí se padece. Sin embargo, aun cuando me pongas mil infiernos delante, nada me dirás comparable con la perdida de aquella gloria bienaventurada, con la desgracia de ser aborrecido de Cristo, de tener que oír de su boca «no te conozco». De que nos acuse de que le vimos hambriento y no le dimos de comer. Mas valiera que mil rayos nos abrazaran, que no ver aquel manso rostro que nos rechaza, y que aquellos ojos serenos no pueden soportar mirarnos”.[23]

 

  1. Agustín de Hipona: Obispo de Hipona. Nació en el 354 y llegó a ser obispo de Hipona durante treinta y cuatro años. Combatió duramente todas las herejías de la época y murió el año 430. Agustín afirmó: “Habéis oído, pues, en el Evangelio que hay dos vidas: una presente, otra futura. La presente la poseemos: en la futura creemos. Nos encontramos en la presente; a la futura aún no hemos llegado. Mientras vivimos la presente, hagamos méritos para adquirir la futura, pues aún no hemos muerto. ¿Acaso se lee el Evangelio en los infiernos? Si de hecho fuera así, en vano le oiría el rico aquel, porque no podría haber ya penitencia fructuosa. A nosotros se nos lee aquí y aquí lo oímos, donde, mientras vivimos, podemos ser corregidos para no llegar a aquellos tormentos.”[24]  También afirmó: Por esto que sucede aquí, pudiera el entendimiento del hombre hacerse una idea de lo que nos está reservado en lo por venir. Sin embargo, ¡qué gran desproporción! Vive, no quiere morir; de ahí el amor a la vida inacabable, al querer vivir, al no querer morir nunca. Con todo eso, los que hayan de ir a las torturadoras penas del infierno han de querer morir y no podrán”.[25]

 

CONCLUSIÓN.

En oposición a la doctrina adventista, el cristianismo histórico y bíblico enseña tanto la existencia de un alma inmortal como la realidad del infierno y la eternidad tanto del gozo de los justos como del castigo de los impíos. Una vez más, debemos rechazar la doctrina adventista como infundada y herética.

Y aunque estas herejías deberían ser suficientes para rechazar el adventismo, la lista de errores aún continúa. En el próximo artículo (y último de esta serie) abordaremos algunas doctrinas poco conocidas, pero decididamente heréticas, enseñadas por los adventistas del séptimo día.

REFERENCIAS:

[1] Véase: http://www.elcentinela.com/?p=article&a=44107560324.880 Consultado el 19-02-2019.

[2] Véase: https://www.adventistas.org/es/escuelasabatica/leccion-12-muerte-y-resurreccion/ Consultado el 19-02-2019.

[3] Íbid.

[4] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/ Consultado el 19-02-2019.

[5] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-segunda-venida-de-cristo/ Consultado el 19-02-2019.

[6] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/el-milenio-y-el-fin-del-pecado/ Consultado el 19-02-2019.

[7] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-muerte-y-la-resurreccion/ consultado el 19-02-2019.

[8] Véase: https://noticias.adventistas.org/es/noticia/biblia/existe-o-no-que-dice-la-biblia-sobre-el-infierno/ Consultado el 19-02-2019.

[9] Se recomienda la lectura de los siguientes libros como fuente de consulta: Patrologia I, Johannes Quasten, BAC 206, Patrologia II, Johannes Quasten, BAC 217, Padres apologetas griegos, Edición bilingüe completa, Daniel Ruiz Bueno, BAC 116, Obras de San Juan Crisóstomo, Tomo I y Homilías sobre Mateo, BAC 141.

[10] Eusebio, Historia Eclesiástica 6,14,1.

[11] Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 16-17: FuP 1, 119-121

[12] Justino Mártir, Apología I, 28; BAC 116, 209-210

[13] Justino Mártir, Apología II, 9; BAC 116, 271

[14] Martirio de Policarpo, 2, 3-4: FuP 1,251

[15] Discurso a Diogneto, 10,7-8: BPa 52, 568

[16] Atenágoras, Legación a favor de los cristianos, 31: BAC 116,701-702

[17] Ireneo, Contra los herejes IV,28,2

[18] Tertuliano, De la penitencia, 12: PL 1,1247

[19] Cipriano, A Demetriano, 24: BAC 241, 292-293

[20] Basilio de Cesárea, El Espíritu Santo, 16,40: BPa 32,175-176

[21] Gregorio Nacianceno, Discursos, 16,7: PG 35,944

[22] Jerónimo, Comentario a la Carta a los efesios, 3,5,6: PL 26, 522

[23] Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo 23,8 BAC 141, 489-491

[24] Agustín de Hipona, Sermón, 113-A, 3: BAC 441, 829-830

[25] Agustín de Hipona, Sermón 127, 2: BAC 443, 106-107

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Regulaciones Dietéticas.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los adventistas son conocidos por sus regulaciones dietéticas. Suelen evitar los alimentos que perjudican al organismo y aconsejan usar con moderación los alimentos que son beneficiosos, destacando la alimentación vegetariana.[1] En países con amplia presencia adventista, la iglesia a menudo ha creado sus propias compañías de alimentos. En Corea del sur, por ejemplo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) administra la compañía de alimentos Sahmyook, y produce leche de soja y alimentos con proteínas vegetales como sustitutos de la carne. Por tal razón, el vegetarianismo ha llegado a considerarse una de las principales características de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

En cuanto a lo que debe ser evitado por los adventistas están las bebidas estimulantes como las energizantes, el té, el café, el mate, las drogas lícitas como el alcohol y el tabaco en todas sus variantes y algunos tipos de alimentos. Las publicaciones adventistas a menudo resaltan que:

“El régimen señalado al hombre al principio no incluía ningún alimento de origen animal. Al señalar el alimento para el hombre en el Edén, el Señor demostró cual era el mejor régimen alimenticio (Génesis 1:29 y 3:17-19). En la elección que hizo para Israel enseñó la misma lección. Sacó a los israelitas de Egipto, y emprendió la tarea de educarlos para que fueran su pueblo. Les suministró el alimento más adecuado para este propósito, no la carne, sino el maná, “El Pan del Cielo”. Pero a causa de su descontento y de sus murmuraciones acerca de las ollas de carne de Egipto les fue concedido alimento animal, y esto fue únicamente por poco tiempo… Al establecerse en Canaán, se permitió a los israelitas que consumieran alimento animal, pero bajo prudentes restricciones encaminadas a mitigar los malos resultados. Por su salud el uso de la carne de cerdo quedaba prohibido, como también el de la de otros animales, de ciertas aves y de ciertos peces, declarados inmundos. (Levítico, cap.11). De los animales declarados comestibles, la grasa y la sangre quedaban absolutamente proscritas. Sólo podían consumirse las reses sanas. Ningún animal desgarrado, mortecino, o que no hubiera sido cuidadosamente desangrado, podía servir de alimento.” [2]

La Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) explica su doctrina con respecto a la comida de la siguiente manera: Dios escogió originalmente los vegetales y las frutas como alimento para los seres humanos (Génesis 1:29). Los animales inmundos como el cerdo están clasificados como alimentos prohibidos por Dios (Deuteronomio 14:8, Levítico 11:7-8). En otras palabras, Dios permitió a los seres humanos comer únicamente animales con pezuña hendida y que rumian como el venado, la oveja o la vaca. Dios prohibió a los seres humanos comer ardillas, conejos o cerdos. Entre las criaturas que viven en el agua, los seres humanos pueden comer cualquier pez que tenga aletas y escamas, pero no son aptos la anguila, el bagre, el camarón, el cangrejo, la ostra, la almeja, etc. Las aves de corral limpias que se les permite comer son el pollo, la codorniz, el pavo, la paloma, etc.

En términos generales la doctrina original de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) no prohibía comer carne. Solo distinguía lo que se debía comer de lo que no se debía comer, en base a la ley del Antiguo Testamento. Sin embargo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) ha ido evolucionando gradualmente y, hoy en día, sin embargo, prohíbe la carne misma. Los adventistas señalan:

“La carne no fue nunca el mejor alimento; pero su uso es hoy doblemente inconveniente, ya que el número de los casos de enfermedad aumenta cada vez más entre los animales. Los que comen carne y sus derivados no saben lo que ingieren. Muchas veces si hubieran visto los animales vivos y conocieran la calidad de su carne, la rechazarían con repugnancia… Continuamente sucede que la gente come carne llena de gérmenes de tuberculosis y cáncer. Así se propagan estas enfermedades y otras también graves. A veces se llevan al mercado y se venden para servir de alimento animales que están tan enfermos que sus dueños temen guardarlos más tiempo. Encerrados sin luz y sin aire puro, respiran el ambiente de establos sucios, se engordan tal vez con cosas averiadas y su cuerpo entero resulta contaminado de inmundicias… En muchos puntos los peces se contaminan con las inmundicias de que se alimentan y llegan a ser causa de enfermedades. Tal es en especial el caso de los peces que tienen acceso a las aguas del albañal de las grandes ciudades. Los peces que se alimentan de lo que arrojan las alcantarillas pueden trasladarse a aguas distantes, y ser pescados donde el agua es pura y fresca. Al servir de alimento llevan la enfermedad y la muerte a quienes ni siquiera sospechan el peligro… Los efectos de una alimentación con carne no se advierten tal vez inmediatamente; pero esto no prueba que esta alimentación carezca de peligro. Pocos se dejan convencer de que la carne que han comido es lo que envenenó su sangre y causó sus dolencias. Muchos mueren de enfermedades debidas únicamente al uso de la carne. Pero nadie sospecha la verdadera causa de su muerte… Los males morales del consumo de la carne no son menos patentes que los males físicos. La carne daña la salud y todo lo que afecta al cuerpo ejerce también sobre la mente y el alma un efecto correspondiente. Pensemos en la crueldad hacia los animales que entraña una alimentación con carne, y en su efecto en quienes los matan y en los que son testigos del trato que reciben. ¡Cuánto contribuye a destruir la ternura con que deberíamos considerar a estos seres creados por Dios!… La inteligencia desplegada por muchos animales se aproxima tanto a la de los humanos que es un misterio. Los animales ven y oyen, aman, temen y padecen. Muchos animales demuestran tener por quienes los cuidan un cariño muy superior al que manifiestan no pocos humanos. Experimentan un apego tal para el hombre, que no desaparece sin gran dolor para ellos. ¿Qué hombre de corazón puede, después de haber cuidado animales domésticos, mirar en sus ojos llenos de confianza y afecto, luego entregarlos con gusto a la cuchilla del carnicero? ¿Cómo podrá devorar su carne como si fuese exquisito bocado?  Es un error suponer que la fuerza muscular dependa de consumir alimento animal, pues sin él las necesidades del organismo pueden satisfacerse mejor y es posible gozar de salud más robusta.”[3]

¿ESTAMOS OBLIGADOS A GUARDAR LAS REGULACIONES DIETÉTICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO?[4]

Muchos preguntan con frecuencia si en verdad, según la Biblia, está prohibido comer o tomar ciertos alimentos. Esta inquietud les nace de conversaciones tenidas con miembros de algunas iglesias pseudocristianas o de ciertas sectas, quienes, con la Biblia en la mano, les han mostrado que no se puede comer cerdo, conejo, ciertos peces y ciertas aves, etc.

​​Este tema de los alimentos, por ser uno de los más claros y sencillos de comprender, nos permite entender otra verdad básica en la lectura de la Biblia: La Biblia no fue escrita en un solo día, sino que fue redactada durante un período de casi 2.000 años. Y cuando uno lee con atención este libro sagrado nos damos cuenta de que a través de toda la Biblia hay una gran evolución doctrinal y moral. Es decir, que, en la Biblia, no todo tiene vigencia en nuestra época y dispensación Que hay una gran diferencia, aunque se complementen, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Que no se puede leer el Antiguo Testamento en forma parcial y aislada, como si todo en él fuera doctrina eterna. Hay que leer siempre el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento. Porque Jesucristo, Dios-hombre, es el centro del Nuevo Testamento y el fin de toda la Biblia. Además, Jesucristo, con su autoridad humano-divina, corrigió y perfeccionó muchas cosas que se leen en el Antiguo Testamento y anuló y abolió costumbres que para los judíos del Antiguo Testamento eran prácticas muy importantes. Y entre estas cosas que Jesús abolió está la cuestión de los alimentos.

Leyendo con atención la Biblia nos damos cuenta de que dentro del mismo Antiguo Testamento hay diversas tradiciones y costumbres en cuanto a los alimentos. El libro de Génesis nos dice que todas las plantas y animales han sido creados buenos y están al servicio del hombre Génesis 1:20-25, 1:28-30, 9:2-3). No obstante, en Génesis 9:4 el escritor sagrado prohíbe comer «carne con sangre». Más adelante, bajo la Ley, se creía que la sangre era el alma o donde el alma residía (Levítico 19:26; 17:11; Deuteronomio 12:23). Por lo mismo, se juzgaba también impuro todo animal que no había sido desangrado, y todo alimento que lo tocara (Levítico 11:34 y 39). Además, se prohíbe la grasa de los animales (Levítico 7:23).

Los textos prohibitivos más famosos que son los que suelen mostrar los adventistas y otros grupos, con la Biblia en la mano para confundir a los creyentes sencillos, son los siguientes: Levítico 11:1-23 y su paralelo Deuteronomio 14:3-21. Sería largo citarlos aquí. En estos textos se prohíbe comer: camello, conejo, liebre, cerdo y una serie larga de animales acuáticos, aves e insectos alados. Todas las prohibiciones de comer ciertos alimentos (como el camello, el cerdo, el conejo, etc.) estaban en plena vigencia en el judaísmo dentro del cual nació, vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo reaccionó Jesús frente a ellas? Un día, Jesús llamó a toda la gente y les dijo: “…Escúchenme todos y entiéndanme bien: No hay ninguna cosa fuera del hombre que al entrar en él lo pueda hacer pecador o impuro…”. Y como sus mismos discípulos se sorprendieron con tamaña novedad, Jesús añadió enseguida: “… ¿No comprenden que nada de lo que desde fuera entra en el hombre lo puede hacer impuro porque no entra en su corazón, sino en su estómago y luego se echa afuera?”. Y añade el mismo Jesús: “… Lo que sale del hombre, eso es lo que le hace impuro, pues de dentro del corazón salen las malas intenciones, los desórdenes sexuales, los robos, libertinaje, envidia, injuria, orgullo, falta de sentido moral. Todo eso sale de dentro, y eso sí que mancha al hombre…” (Marcos 7:14-23 y Mateo 15:10-20). Pero los judíos continuaron aferrados a sus leyes y costumbres en esos puntos, e impugnaron duramente a los primeros cristianos convertidos del judaísmo. De tal modo que, en las primeras comunidades cristianas de origen judío, fue muy difícil cambiar de criterio respecto a los alimentos. Hasta los mismos apóstoles tuvieron sus resistencias (Hechos 10:9-16; y 11:1-18).

Incluso después de declarar, en el concilio de Jerusalén, que no les obligaba la ley de Moisés, ni la circuncisión (Hechos 15:1-12), tuvieron que hacer algunas concesiones respecto a la costumbre judía de los alimentos, pero sólo para ciertas comunidades aisladas, donde habitaban los judeocristianos. Es que, como señala la misma Biblia, muchos judeocristianos seguían aferrados celosamente a la Ley de Moisés (Hechos 15:13-19 y 21:20). Será especialmente Pablo quien, en la línea liberadora de Jesús, repetirá a los cristianos: “… Que nadie los critique por cuestiones de comida o bebida, o a propósito de las fiestas, de novilunios o de los sábados. Todo eso no era sino sombra de lo que había de venir, y ahora la realidad es la persona de Cristo… ¿Por qué se van a sujetar ahora a preceptos como «no tomes esto», «no gustes eso», «no toques aquello»?… Tales cosas tienen su apariencia de sabiduría y de piedad, de mortificación y de rigor, pero sin valor alguno…” (Colosenses 2:16-17; 2:20-23). Y también en su carta a Timoteo, Pablo escribe contra quienes prohibían, entre otras cosas, “… El uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los fieles que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y la oración. Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús…” (1 Timoteo 4:3-6; 1 Corintios 6:13 y 8:7-13).

CONCLUSIÓN.

No estamos pues, bajo la esclavitud de la Ley ni bajo sus prohibiciones dietéticas. Dios ha dado diferentes reglas con respecto a la comida en cada época. Así, por ejemplo:

  1. En la época de Adán y Eva: Génesis 1:29 “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.”
  2. Después que Adán y Eva pecaran por comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, las reglas acerca de la comida cambiaron: Dios les permitió comer los productos del campo donde ellos trabajaban. Génesis 3:17-19 nos dice: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan […]”
  3. En la época de Noé: En el tiempo de Noé, Dios permitió a la gente comer carne después del diluvio. Génesis 9:3 nos dice: “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.”
  4. En la época de Moisés: En la época de Moisés, Dios distinguió la comida y creó la ley, como está escrito en Levítico capítulo 11 acerca de los animales limpios y los animales inmundos.
  5. En la época del Nuevo Testamento: Hechos 15:28-29 nos dice: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.” 
  6. Jesús abolió la ley establecida en los tiempos del Antiguo Testamento, y creó la ley perfecta incluso acerca de la comida. Dios destruyó la barrera entre los israelitas y los gentiles (Efesios 2:11-17). Además, Dios purificó a los gentiles y los alimentos inmundos que antes eran considerados detestables (Hechos 10:9-16).
  7. El apóstol Pablo enfatizó acerca de la comida: El apóstol Pablo enfatizó este asunto cuando escribió una carta a cada iglesia, preocupándose de que los miembros de la iglesia primitiva pudieran decir algo más o tener una disputa sobre la comida. En Colosenses 2:16 nos dice: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.”  En Romanos 14:20 también añade:  “No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come.”
  8. No es enseñanza de Dios prohibir casarse, y mandar abstenerse de alimentos: 1 Timoteo 4:3-5 nos dice: “Prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado.”

No sólo la observancia del sábado, sino también sus regulaciones dietéticas, separan a los adventistas del cristianismo histórico. Sin embargo, las diferencias no terminan ahí. La doctrina adventista en relación con el estado intermedio del alma (el período entre la muerte y la resurrección) difiere en muchos aspectos del cristianismo bíblico e histórico. En el próximo artículo se consideran estas diferencias.

REFERENCIAS:

[1]Roger W. Coon. Elena G. White y el vegetarianismo. Editado por Donal E. Mansell, Pacific Press Publishing Association, 1986.

[2] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[3] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[4] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál Camino?, Editorial Vida, 1992.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Pentecostales y Adventistas: ¿Puede haber comunión?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día es una secta surgida dentro del protestantismo estadounidense cuya característica distintiva es la observancia del sábado como día de reposo, así como una fuerte convicción de que la segunda venida de Jesucristo es inminente.[1] Esta secta surgió como una extensión del movimiento millerita en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y fue establecida formalmente en 1863. Está presente en 213 países y cuenta con más de 18 millones de miembros.[2]

Aunque el adventismo tiene algunas creencias en común con los cristianos (la trinidad, el matrimonio, el bautismo, la cena del Señor, vida, muerte y resurrección de Cristo, la creación, etc.), no está en comunión y unidad de fe con el cristianismo bíblico e histórico. Los adventistas tienen varios énfasis o creencias fundamentales, que permean las predicaciones en sus púlpitos. La mayoría son creencias exclusivas:

  • La observancia del sábado, que para ellos representa la señal o el sello de Dios para su pueblo.
  • La necesidad de obedecer la Ley Mosaica para alcanzar la salvación, con énfasis en los Diez Mandamientos (Éxodo 20).
  • El don de profecía, con énfasis especial en los sueños y visiones de la “profetisa” Elena G. de White, su fundadora.
  • Su afirmación de ser la única Iglesia verdadera (donde exponen un sectarismo de ser los únicos que tienen la verdad, se creen los únicos salvos, representan el remanente fiel).
  • Un sistema de salvación alejado de la fe bíblica (una ecuación de fe más obras).
  • La aberrante doctrina del juicio investigador a través del ministerio de Cristo en el santuario celestial (planteando que Cristo está ahora en el lugar Santísimo, llevando a cabo el juicio).
  • Aspectos extremos de mayordomía cristiana (un marcado énfasis en diezmos y las ofrendas).
  • Énfasis desmedido en temas escatológicos como: la segunda venida de Cristo, el mensaje del tercer ángel, la bestia (el papa), la gran ramera (el catolicismo y el protestantismo apóstata), etc.
  • Al igual que los Testigos de Jehová, los adventistas sostienen la creencia de que no existe el infierno (aniquilacionismo) y la mortalidad del alma.

La Iglesia Adventista se caracteriza también por su énfasis en el desarrollo de un estilo de vida saludable, promoviendo activamente el ejercicio físico, el vegetarianismo y la abstinencia del alcohol, el tabaco y otras sustancias recreativas. Además, promueven la educación cristiana, la protección de la libertad religiosa, y los principios éticos conservadores.[3]

ORIGEN DEL MOVIMIENTO ADVENTISTA.

El movimiento adventista debe su existencia a las supuestas revelaciones de Elena Gould Harmon, su “profetisa” y fundadora. La señora White nació el 26 de Noviembre 1827 en una pequeña granja cerca del pueblo de Gorham, en Maine. Solo unos pocos años después de su nacimiento, sus padres Robert y Eunice Harmon abandonaron la agricultura para mudarse a la ciudad cercana de Portland, donde su padre se convirtió en un fabricante de sombreros. Expertos en historia del movimiento adventista relatan que:

“Cuando tenía nueve años, ella fue permanentemente desfigurada cuando un compañero de estudios maliciosamente la golpeó en la cabeza con una roca. La roca la puso en un coma que duró varias semanas y le obligó a perder mucho tiempo de escuela. Cuando Elena tenía 12 años, ella y su familia asistieron a una reunión del campamento metodista de Buxton en Maine, y allí tuvo una experiencia religiosa en la que profesó fe en Jesucristo. En 1840 y 1842, ella y su familia asistieron a reuniones adventistas y se convierten en devotos de William Miller. Miller se había dedicado al estudio de la profecía bíblica y estaba convencida de que Cristo regresaría el 22 de octubre 1844. Cuando Cristo no regresó, un evento fallido que se conocería como La Gran Decepción, la mayoría de la gente abandonó el adventismo. Pero en medio de la confusión resultante, Elena afirmaba tener visiones recibidas que pronto fueron aceptadas como revelación dada por Dios. El pequeño movimiento adventista que quedaba estaba dividido por muchas diferencias y muchas luchas internas, pero Ellen creía que tenía un don que podría reunir y guiar al movimiento. Sus sueños y visiones continuaron, y ella rápidamente se convirtió en una líder entre ellos. En 1846, Elena se casó con un joven predicador adventista llamado James White, y juntos viajaron extensamente difundiendo la fe adventista a Nueva Inglaterra y más allá. 12 meses más tarde dio a luz a un hijo, uno de los cuatro hijos que daría a luz, pero enseguida dejó al niño con su familia para continuar viajando, predicando y escribiendo. En 1855, la familia White se mudó a Battle Creek, en Michigan, lugar que se convirtió en el centro del Adventismo. Cinco años más tarde, los representantes de cada congregación adventista se reunieron allí y determinaron que desde ese momento serían conocidos como Adventistas del Séptimo Día. Poco después se organizó formalmente como una denominación. A lo largo de este tiempo Elena continuó recibiendo sueños proféticos y visiones —cerca de 2,000 durante su vida— y a través de ellos guio y formó la iglesia. Durante su vida, los Testimonios para la Iglesia fueron expandidos desde unas meras 16 páginas a nueve volúmenes completos. En 1863 recibió una visión sobre la salud humana y sus seguidores pronto adoptaron sus normas de salud como parte de su práctica, entre ellas el rechazo de la carne, el rechazo al café y el uso de recursos naturales en lugar de la medicación. El movimiento adventista continuó expandiéndose y los White estaban en gran demanda en todo Estados Unidos. Viajaron constantemente, dirigiéndose a grandes congregaciones y reuniones de gente. Después de que James murió en 1881, Elena viajó aún más, pasando dos años en Inglaterra y casi nueve años en Australia. Pasó la mayor parte de los últimos 15 años de su vida en Elmshaven, California, y fue consumida en gran parte por la escritura y la organización de la denominación en crecimiento. Ella murió el 16 de julio de 1915, a la edad de 87. Durante su vida ella había predicado innumerables veces y había escrito unos 5,000 artículos y 40 libros. En el momento de su muerte, los Adventistas del Séptimo Día en todo el mundo tenían una membresía de casi 140,000 personas… El Adventismo casi llegó a su fin en los días siguientes a la Gran Decepción. Pero Elena G. de White le dio nueva vida a este movimiento y una nueva voz. A través de la constante predicación, la enseñanza y la evangelización, ella y sus seguidores habían hecho crecer el movimiento a casi 140.000 antes de su muerte en 1915. Hoy se estima que hay 18 millones de Adventistas del Séptimo Día en el mundo.”[4]

¿PODEMOS TENER COMUNIÓN CON ELLOS?

Las creencias adventistas desvían tanto del cristianismo histórico que algunos cristianos los consideran una secta. Y esto a pesar de que no todo ha continuado igual dentro del adventismo desde los días de Elena de White. Como toda secta, los Adventistas del Séptimo Día han seguido evolucionando y modificando sus creencias. Ciertamente, ellos siguen considerando a Elena de White como alguien que tuvo un don profético especial dado por Dios. Ellos también continúan manteniendo el día de reposo y su énfasis en la alimentación saludable. Aún siguen negando tanto la inmortalidad del alma y la realidad del infierno como un tormento eterno y consciente. Pero las diferencias no terminan allí. Los sucesores de Elena G. de White también han desarrollado la distintiva y preocupante doctrina del Juicio Investigador.

Pero ¿En qué consiste dicha doctrina? La creencia adventista del juicio Investigador se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, El ministerio de Cristo en el Santuario celestial, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[5] El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[6]

Aunque el énfasis de esta creencia ha evolucionado a través del tiempo, la base es la misma. El año 1844 es considerado por los adventistas como el año en que Jesús comenzó la segunda fase y final de su ministerio en el Lugar Santísimo en el Santuario celestial, lo que en el Antiguo Testamento era simbolizado por el Día de la Expiación descrito en Levítico 16.5 En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se veía el tema del juicio investigador como algo muy severo y, en consecuencia, muchos adventistas no tenían certeza de la salvación. Hoy en día la enseñanza tiene un sentido que apunta más a la gracia que en los años 1960s y 1970s, y se suele entender que el juicio es “a favor” del pueblo de Dios. Sin embargo, tal enseñanza continúa siendo una aberración en materia teológica y una herejía obvia. Para empeorar las cosas, los adventistas se aferran a ella de forma obstinada, considerándola una verdad incuestionable de su fe. Jan Paulsen, expresidente de los adventistas, afirmó al respecto:

“El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyados por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta”.[7]

Esto cierra la puerta a cualquier entendimiento entre los adventistas del séptimo día y los cristianos protestantes, incluidos los pentecostales.

CONCLUSIÓN.

Hay demasiados problemas dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día como para recomendarla como una iglesia sana. Aunque hay grupos adventistas que están cerca de la ortodoxia cristiana, hay muchos de ellos que no lo están. Esto se debe a que los adventistas extraviaron la mirada del evangelio de Cristo, para guiarse y fundamentarse en las visiones y sueños de la pseudo-profetisa Elena G. de White.

En posteriores artículos analizaremos otros elementos de la fe adventista que son irreconciliables con nuestra fe pentecostal.

REFERENCIAS:

[1] Martin, Walter (1960). The truth about Seventh-Day Adventism. Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House.

[2] Martin, Walter (2003). Zacharias, Ravi, ed. The Kingdom of the Cults. Bloomington, Minnesota: Bethany House Publishers.

[3] Seaman, John G. (1998). Who are the Seventh-day Adventists? Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publishing Association.

[4] Tim Challies, The False Teachers: Ellen G. White. https://www.challies.com/articles/the-false-teachers-ellen-g-white/

[5] Capítulo 3: Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17. ISBN 950-573-834-X. «”24. El ministerio de Cristo en el santuario celestial: “Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.

[6] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. Pp. 37.

[7] Jan Paulsen, Discurso Panorama Teológico, 29 de Abril al 8 de Mayo 2002.