Filosemitismo, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Sionismo, Sionismo Cristiano

El filosemitismo evangélico y sus peligros

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El filosemitismo es un fenómeno cultural caracterizado por el interés y respeto hacia la cultura y el pueblo judío, por su significado histórico, el impacto que el judaísmo ha tenido sobre el mundo occidental a través del cristianismo y durante la diáspora, su estatus de pueblo elegido por Dios que aparece en la Biblia (Éxodo 6:6-7) ​ o las cualidades atribuidas colectivamente a los judíos. Así pues, el filosemitismo implica un sentimiento o acción que apoya o protege al pueblo judío, bajo el fundamento de que los judíos, en virtud de su judaísmo, poseen cualidades deseables[1] El término filosemitismo proviene del prefijo griego philos (amor) y de semita (relativo a los «hijos de Sem», esto es, a los judíos). En el ámbito evangélico el filosemitismo ha cobrado niveles de popularidad sumamente altos, convirtiéndose en la norma para ser medido como un buen cristiano y considerándose, a veces de forma supersticiosa, como un requisito indispensable para contar con el favor de Dios. El filosemitismo halla su razón de ser en pasajes bíblicos como Génesis 12:3-5; Isaías 62:1 y Salmo 122:6-9.

¿ES INCORRECTO AMAR A ISRAEL?

¡En ninguna manera! Nosotros los gentiles estamos en deuda con la nación judía. Pablo nos aclara este punto: “En primer lugar, a los judíos se les confiaron las palabras mismas de Dios.”  (Romanos 3:2, NVI). Los escritores del Antiguo y del Nuevo Testamento (exceptuando a Lucas) fueron judíos. En otras palabras, los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe, pues de ellos, del “pueblo de Israel… son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén.” (Romanos 9:4-5). No sólo la fe cristiana se fundamenta en la revelación original dada por Dios a Israel, sino que nuestro Señor Jesucristo, el Dios hecho hombre, el Salvador del mundo, ¡Era judío! ¿Puedes imaginar una razón mayor para amar a Israel?

Un verdadero cristiano amará a Israel, deseará el bienestar del pueblo judío, pedirá en oración por la paz de Jerusalén. Un verdadero creyente en Cristo jamás procurará el mal para la nación judía ni apoyará forma alguna de antisemitismo. Sin embargo, eso no es todo: un verdadero creyente anhelará y trabajará por la conversión del pueblo judío a Cristo, pues sabe que, ni siquiera los judíos, podrán salvarse si no reconocen a Jesús como Salvador (Hechos 2:14-42; 4:12; 7:1-60; Juan 3:35; 1 Juan 5:12).

CUANDO LA ADMIRACIÓN SE CONVIERTE EN ENFERMEDAD Y EL AMOR EN OBSESIÓN.

Los cristianos evangélicos debemos ser muy cuidadosos en esta área. Jamás debemos permitir que nuestro amor por el pueblo hebreo nos lleve a una veneración enfermiza por Israel y todo lo relacionado con la cultura judía ¡Dicho extremo no es bíblico! Entonces ¿Por qué vemos en muchas iglesias evangélicas una obsesión fanática por la cultura judía? ¿Por qué algunos cristianos anhelan convertir sus iglesias en sinagogas adoptando emblemas, rituales, vestimenta, instrumentos y cualquier otro elemento judío? ¿Por qué muchos cristianos se obsesionan con las genealogías judías, los apellidos judíos y hasta buscan anhelosamente un supuesto linaje judío? ¿Por qué muchas iglesias realizan ceremonias de ordenación para sus ministros usando talits, kipás y rituales similares al judaísmo? Simplemente porque muchos cristianos no comprenden el actual estatus de Israel ante Dios ni su posición como creyentes en Cristo. El cristianismo moderno sufre de la misma enfermedad que la iglesia en los tiempos de Pablo: las tendencias judaizantes.

¿HA PERDIDO LA IGLESIA SU IDENTIDAD EN CRISTO?

La raíz del problema se encuentra en que muchos cristianos evangélicos hemos olvidado nuestra posición e identidad en Cristo. Por eso muchos están buscando en el judaísmo la respuesta a su pérdida de identidad. Lo más triste de esto es que, en el proceso, están convirtiendo iglesias cristianas legítimas en meras imitaciones de una secta judía con sus sinagogas y rituales ¡Necesitamos recuperar nuestra identidad cristiana, multiétnica y universal! ¿A qué me refiero con eso? ¿A que debemos rechazar a los judíos? ¡Jamás! He dejado en claro que un verdadero cristiano debe amar a Israel y orar por su salvación. Lo que quiero decir es que debemos equilibrar nuestra devoción por Israel y adorar al Dios de Israel, no a los israelíes, sus logros, símbolos, rituales y cultura. Sobre todo, debemos recordar ciertas verdades claras de la Palabra.

Para empezar, los cristianos dejaríamos de querer imitar las prácticas judías e incorporarlas en nuestra liturgia, si tan solo recordamos que la condición especial de Israel como única nación elegida por Dios cesó con la muerte de Cristo. La iglesia, conformada por personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación, es ahora, tanto o más que el Israel físico, el pueblo elegido de Dios:

El apóstol Pablo, un hebreo de hebreos (Filipenses 3:5) nos dice en sus epístolas: “Por lo tanto, recuerden ustedes los gentiles de nacimiento —los que son llamados «incircuncisos» por aquellos que se llaman «de la circuncisión», la cual se hace en el cuerpo por mano humana—, recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu. Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu.” (Efesios 2:11-22, NVI).

Por tanto, actualmente es la iglesia la que tiene algo que ofrecerle al pueblo judío en cuanto a fe, no al revés. Es la iglesia, no el Israel moderno, a quien Dios ha denominado “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). ¿Acaso lo hemos olvidado?

En el Antiguo Testamento se dijo de Israel:

“Así que ve y diles a los israelitas: “Yo soy el Señor, y voy a quitarles de encima la opresión de los egipcios. Voy a librarlos de su esclavitud; voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia. Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios. Así sabrán que yo soy el Señor su Dios, que los libró de la opresión de los egipcios.” (Éxodo 6:6-7, NVI).

“«Anúnciale esto al pueblo de Jacob; declárale esto al pueblo de Israel: Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de que los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi propiedad exclusiva entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Comunícales todo esto a los israelitas»” (Éxodo 19:3-6, NVI).

Mas ahora, en la dispensación de la gracia, es a la iglesia (la cual está formado por gente de todo origen étnico) a quien Dios dirige estas palabras:

“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido.” (1 Pedro 2:9-11, NVI).

En cuanto a la posición actual de Israel se nos dice:

“Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito:

«El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento.” (Romanos 11:25-29, NVI).

¿Hemos leído bien? Sí, Dios llama a Israel “endurecidos”, “enemigos de Dios”. Entonces ¿Por qué la iglesia debería imitar los rituales, prácticas y costumbres de Israel? ¡No tiene sentido!

Si bien Dios no ha desechado a Israel para siempre, su condición exclusiva como pueblo de Dios ya no está vigente: judíos y gentiles tienen libre acceso por igual a la presencia de Dios. Un día Israel volverá a su Dios y reconocerá a Jesucristo como su Mesías. Mientras tanto, la iglesia goza plenamente de los privilegios, derechos y responsabilidades inherentes de ser considerados el pueblo elegido, tal como lo hizo el Israel de antaño. La etnicidad (la afiliación al Israel natural) dejó de ser, de una vez para siempre, requisito para ser considerado pueblo de Dios. Hoy, judíos y gentiles creyentes en Jesucristo, somos un solo pueblo, sus elegidos:

“Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo…” (Romanos 9:24-28, NVI).

Lo que ahora cuenta es estar en Cristo, no ser judío: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

Bajo el nuevo pacto de gracia el “Israel de Dios”, no es el Israel racial, sino más bien el Israel espiritual (Romanos 2:28-29; Romanos 4:13-16; Romanos 9:6-8). Este “Israel espiritual”, por supuesto, incluye a todas las razas. El “Israel de Dios” significa la iglesia de Dios, la cual consiste en todos aquellos y sólo aquellos, de toda nación, tribu y lengua, que caminan por esta norma. Si esto es así ¿Qué sentido tiene venerar de forma insana y antibíblica a los judíos étnicos y su cultura? Mas aún ¿Por qué hacer de la cultura y símbolos judíos parte de la liturgia cristiana?

IMITANTO LO QUE DIOS YA DECLARÓ INACEPTABLE COMO ADORACIÓN.

Considerando lo anteriormente dicho nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene para el cristiano imitar la fe y prácticas de aquellos cuyo sistema de adoración fue rechazado por Dios bajo el nuevo pacto? ¡Ninguno! ¡Es totalmente inútil! Sin embargo, muchas iglesias evangélicas modernas insisten en observar el sábado, utilizar candelabros de siete brazos, estrellas de David, banderas de Israel en sus púlpitos, letras hebreas en su decoración, shofares, mantos de oración, kipás y hasta danza hebrea en sus cultos. ¡Otros incluso llegan al extremo de celebrar festividades judías como la Pascua, la fiesta de los Tabernáculos y muchas otras tradiciones judías! Todo esto en contradicción con la palabra de Dios revelada en el Nuevo Testamento.

Este intento por judaizar el cristianismo fue duramente atacado por el apóstol Pablo en sus epístolas:

“¡Gálatas torpes! ¿Quién los ha hechizado a ustedes, ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente? Solo quiero que me respondan a esto: ¿Recibieron el Espíritu por las obras que demanda la ley, o por la fe con que aceptaron el mensaje? ¿Tan torpes son?… Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición… Cristo nos rescató de la maldición de la ley.”  (Gálatas 3:1-14, NVI).

“Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia… Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad? Tal instigación no puede venir de Dios, que es quien los ha llamado.” (Gálatas 5:4-7, NVI).

Pablo advirtió contra aquellos que pretendieran judaizar la fe cristiana:

“Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley… anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo. No dejen que les prive de esta realidad ninguno de esos que se ufanan en fingir humildad y adoración de ángeles. Los tales hacen alarde de lo que no han visto; y, envanecidos por su razonamiento humano, no se mantienen firmemente unidos a la Cabeza. Por la acción de esta, todo el cuerpo, sostenido y ajustado mediante las articulaciones y ligamentos, va creciendo como Dios quiere. Si con Cristo ustedes ya han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, se someten a preceptos tales como: «No tomes en tus manos, no pruebes, no toques»? Estos preceptos, basados en reglas y enseñanzas humanas, se refieren a cosas que van a desaparecer con el uso.” (Colosenses 2:13-22, NVI).

En su lucha contra los judaizantes, Pablo utilizó palabras duras de reprensión y repudio hacia aquellos que querían convertir la fe cristiana en una extensión del judaísmo:

“Cuídense de esos perros, cuídense de esos que hacen el mal, cuídense de esos que mutilan el cuerpo. Porque la circuncisión somos nosotros, los que por medio del Espíritu de Dios adoramos, nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos. Yo mismo tengo motivos para tal confianza. Si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa; en cuanto a la interpretación de la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, intachable. Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe.” (Filipenses 3:2-9, NVI)

Pablo incluso confrontó personalmente a Pedro para evitar cualquier tendencia judaizante en la iglesia:

“Pues bien, cuando Pedro fue a Antioquía, le eché en cara su comportamiento condenable. Antes que llegaran algunos de parte de Jacobo, Pedro solía comer con los gentiles. Pero, cuando aquellos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los gentiles por temor a los partidarios de la circuncisión. Entonces los demás judíos se unieron a Pedro en su hipocresía, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por esa conducta hipócrita. Cuando vi que no actuaban rectamente, como corresponde a la integridad del evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a practicar el judaísmo? Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado.” (Gálatas 2:11-16, NVI).

Que la voluntad de Dios es que la iglesia cristiana evite cualquier tendencia hacia lo judío queda claro en la resolución del concilio de Jerusalén registrado en el libro de Hechos:

“Entonces los apóstoles y los ancianos, de común acuerdo con toda la iglesia, decidieron escoger a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Escogieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, que tenían buena reputación entre los hermanos. Con ellos mandaron la siguiente carta: Los apóstoles y los ancianos, a nuestros hermanos gentiles en Antioquía, Siria y Cilicia: Saludos. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, los han inquietado a ustedes, alarmándoles con lo que les han dicho. Así que de común acuerdo hemos decidido escoger a algunos hombres y enviarlos a ustedes con nuestros queridos hermanos Pablo y Bernabé, quienes han arriesgado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, les enviamos a Judas y a Silas para que les confirmen personalmente lo que les escribimos. Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Bien harán ustedes si evitan estas cosas. Con nuestros mejores deseos. Una vez despedidos, ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la congregación y entregaron la carta. Los creyentes la leyeron y se alegraron por su mensaje alentador.” (Hechos 15:22-31, NVI).

CONCLUSIÓN.

¿Por qué los apóstoles tomaron serias medida para evitar la judaización de la iglesia? Porque entendían que la ley y sus requisitos habían pasado. Además, ellos jamás pretendieron que los gentiles se convirtieran en judíos y adoptaran su cultura. Ellos sabían muy bien que, aún antes de la venida de Cristo y la instauración del pacto de gracia, Dios había expresado la ineficacia del sistema de adoración judío:

“«¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?  —dice el Señor—. Harto estoy de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; la sangre de toros, corderos y cabras no me complace. ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? ¿Quién les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios? No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, día de reposo, asambleas convocadas; ¡no soporto que con su adoración me ofendan! Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades; se me han vuelto una carga que estoy cansado de soportar.” (Isaías 1:11-14, NVI).

En el Nuevo Testamento, la ineficacia y caducidad del viejo pacto no solo es insinuada, sino explicada con claridad:

“El ministerio que causaba muerte, el que estaba grabado con letras en piedra, fue tan glorioso que los israelitas no podían mirar la cara de Moisés debido a la gloria que se reflejaba en su rostro, la cual ya se estaba extinguiendo. Pues bien, si aquel ministerio fue así, ¿no será todavía más glorioso el ministerio del Espíritu? Si es glorioso el ministerio que trae condenación, ¡cuánto más glorioso será el ministerio que trae la justicia! En efecto, lo que fue glorioso ya no lo es, si se le compara con esta excelsa gloria. Y, si vino con gloria lo que ya se estaba extinguiendo, ¡cuánto mayor será la gloria de lo que permanece! Así que, como tenemos tal esperanza, actuamos con plena confianza. No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque solo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero, cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado.” (2 Corintios 3:7-16, NVI).

“La ley es solo una sombra de los bienes venideros, y no la presencia misma de estas realidades. Por eso nunca puede, mediante los mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, hacer perfectos a los que adoran. De otra manera, ¿no habrían dejado ya de hacerse sacrificios? Pues los que rinden culto, purificados de una vez por todas, ya no se habrían sentido culpables de pecado. Pero esos sacrificios son un recordatorio anual de los pecados, ya que es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo: «A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: “Aquí me tienes —como el libro dice de mí—. He venido, oh, Dios, a hacer tu voluntad”». Primero dijo: «Sacrificios y ofrendas, holocaustos y expiaciones no te complacen ni fueron de tu agrado» (a pesar de que la ley exigía que se ofrecieran). Luego añadió: «Aquí me tienes: He venido a hacer tu voluntad». Así quitó lo primero para establecer lo segundo. Y en virtud de esa voluntad somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre. Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando.” (Hebreos 10:1-14, NVI).

El nuevo pacto es perfecto ¿Por qué deberíamos volver a lo imperfecto? Si Dios nos llamó de toda tribu, lengua, pueblo y nación ¿Por qué querer volvernos más judíos que los mismos judíos? ¿Qué ganamos al adoptar sus prácticas, rituales y símbolos? ¿Qué le falta al Evangelio de gracia para estar completo? ¿Añadiduras tomadas del judaísmo? ¡No lo creo! ¿Un amor idolátrico por Israel? ¡Tampoco! El Evangelio es perfecto tal cual es. No mezclemos vino nuevo en odres viejos:

“Ni echa nadie vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, el vino hará reventar los odres y se arruinarán tanto el vino como los odres. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos.” (Marcos 2:22, NVI)

Amar a Israel es bueno, pero debemos tener mucho cuidado con los extremos. El equilibrio bíblico y la sana doctrina deben imponerse ante cualquier moda religiosa o tendencia del evangelicalismo de hoy, tan propenso a acoger en su seno herejías y modas sin sustento bíblico.

REFERENCIAS.

[1] Alain Edelstein, An Unacknowledged Harmony, Philosemitism and the Survival of European Jewry, Greenwood Press, London, 1982 (en inglés)., pp. 11 y 13.

 

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Regulaciones Dietéticas.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los adventistas son conocidos por sus regulaciones dietéticas. Suelen evitar los alimentos que perjudican al organismo y aconsejan usar con moderación los alimentos que son beneficiosos, destacando la alimentación vegetariana.[1] En países con amplia presencia adventista, la iglesia a menudo ha creado sus propias compañías de alimentos. En Corea del sur, por ejemplo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) administra la compañía de alimentos Sahmyook, y produce leche de soja y alimentos con proteínas vegetales como sustitutos de la carne. Por tal razón, el vegetarianismo ha llegado a considerarse una de las principales características de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

En cuanto a lo que debe ser evitado por los adventistas están las bebidas estimulantes como las energizantes, el té, el café, el mate, las drogas lícitas como el alcohol y el tabaco en todas sus variantes y algunos tipos de alimentos. Las publicaciones adventistas a menudo resaltan que:

“El régimen señalado al hombre al principio no incluía ningún alimento de origen animal. Al señalar el alimento para el hombre en el Edén, el Señor demostró cual era el mejor régimen alimenticio (Génesis 1:29 y 3:17-19). En la elección que hizo para Israel enseñó la misma lección. Sacó a los israelitas de Egipto, y emprendió la tarea de educarlos para que fueran su pueblo. Les suministró el alimento más adecuado para este propósito, no la carne, sino el maná, “El Pan del Cielo”. Pero a causa de su descontento y de sus murmuraciones acerca de las ollas de carne de Egipto les fue concedido alimento animal, y esto fue únicamente por poco tiempo… Al establecerse en Canaán, se permitió a los israelitas que consumieran alimento animal, pero bajo prudentes restricciones encaminadas a mitigar los malos resultados. Por su salud el uso de la carne de cerdo quedaba prohibido, como también el de la de otros animales, de ciertas aves y de ciertos peces, declarados inmundos. (Levítico, cap.11). De los animales declarados comestibles, la grasa y la sangre quedaban absolutamente proscritas. Sólo podían consumirse las reses sanas. Ningún animal desgarrado, mortecino, o que no hubiera sido cuidadosamente desangrado, podía servir de alimento.” [2]

La Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) explica su doctrina con respecto a la comida de la siguiente manera: Dios escogió originalmente los vegetales y las frutas como alimento para los seres humanos (Génesis 1:29). Los animales inmundos como el cerdo están clasificados como alimentos prohibidos por Dios (Deuteronomio 14:8, Levítico 11:7-8). En otras palabras, Dios permitió a los seres humanos comer únicamente animales con pezuña hendida y que rumian como el venado, la oveja o la vaca. Dios prohibió a los seres humanos comer ardillas, conejos o cerdos. Entre las criaturas que viven en el agua, los seres humanos pueden comer cualquier pez que tenga aletas y escamas, pero no son aptos la anguila, el bagre, el camarón, el cangrejo, la ostra, la almeja, etc. Las aves de corral limpias que se les permite comer son el pollo, la codorniz, el pavo, la paloma, etc.

En términos generales la doctrina original de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) no prohibía comer carne. Solo distinguía lo que se debía comer de lo que no se debía comer, en base a la ley del Antiguo Testamento. Sin embargo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) ha ido evolucionando gradualmente y, hoy en día, sin embargo, prohíbe la carne misma. Los adventistas señalan:

“La carne no fue nunca el mejor alimento; pero su uso es hoy doblemente inconveniente, ya que el número de los casos de enfermedad aumenta cada vez más entre los animales. Los que comen carne y sus derivados no saben lo que ingieren. Muchas veces si hubieran visto los animales vivos y conocieran la calidad de su carne, la rechazarían con repugnancia… Continuamente sucede que la gente come carne llena de gérmenes de tuberculosis y cáncer. Así se propagan estas enfermedades y otras también graves. A veces se llevan al mercado y se venden para servir de alimento animales que están tan enfermos que sus dueños temen guardarlos más tiempo. Encerrados sin luz y sin aire puro, respiran el ambiente de establos sucios, se engordan tal vez con cosas averiadas y su cuerpo entero resulta contaminado de inmundicias… En muchos puntos los peces se contaminan con las inmundicias de que se alimentan y llegan a ser causa de enfermedades. Tal es en especial el caso de los peces que tienen acceso a las aguas del albañal de las grandes ciudades. Los peces que se alimentan de lo que arrojan las alcantarillas pueden trasladarse a aguas distantes, y ser pescados donde el agua es pura y fresca. Al servir de alimento llevan la enfermedad y la muerte a quienes ni siquiera sospechan el peligro… Los efectos de una alimentación con carne no se advierten tal vez inmediatamente; pero esto no prueba que esta alimentación carezca de peligro. Pocos se dejan convencer de que la carne que han comido es lo que envenenó su sangre y causó sus dolencias. Muchos mueren de enfermedades debidas únicamente al uso de la carne. Pero nadie sospecha la verdadera causa de su muerte… Los males morales del consumo de la carne no son menos patentes que los males físicos. La carne daña la salud y todo lo que afecta al cuerpo ejerce también sobre la mente y el alma un efecto correspondiente. Pensemos en la crueldad hacia los animales que entraña una alimentación con carne, y en su efecto en quienes los matan y en los que son testigos del trato que reciben. ¡Cuánto contribuye a destruir la ternura con que deberíamos considerar a estos seres creados por Dios!… La inteligencia desplegada por muchos animales se aproxima tanto a la de los humanos que es un misterio. Los animales ven y oyen, aman, temen y padecen. Muchos animales demuestran tener por quienes los cuidan un cariño muy superior al que manifiestan no pocos humanos. Experimentan un apego tal para el hombre, que no desaparece sin gran dolor para ellos. ¿Qué hombre de corazón puede, después de haber cuidado animales domésticos, mirar en sus ojos llenos de confianza y afecto, luego entregarlos con gusto a la cuchilla del carnicero? ¿Cómo podrá devorar su carne como si fuese exquisito bocado?  Es un error suponer que la fuerza muscular dependa de consumir alimento animal, pues sin él las necesidades del organismo pueden satisfacerse mejor y es posible gozar de salud más robusta.”[3]

¿ESTAMOS OBLIGADOS A GUARDAR LAS REGULACIONES DIETÉTICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO?[4]

Muchos preguntan con frecuencia si en verdad, según la Biblia, está prohibido comer o tomar ciertos alimentos. Esta inquietud les nace de conversaciones tenidas con miembros de algunas iglesias pseudocristianas o de ciertas sectas, quienes, con la Biblia en la mano, les han mostrado que no se puede comer cerdo, conejo, ciertos peces y ciertas aves, etc.

​​Este tema de los alimentos, por ser uno de los más claros y sencillos de comprender, nos permite entender otra verdad básica en la lectura de la Biblia: La Biblia no fue escrita en un solo día, sino que fue redactada durante un período de casi 2.000 años. Y cuando uno lee con atención este libro sagrado nos damos cuenta de que a través de toda la Biblia hay una gran evolución doctrinal y moral. Es decir, que, en la Biblia, no todo tiene vigencia en nuestra época y dispensación Que hay una gran diferencia, aunque se complementen, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Que no se puede leer el Antiguo Testamento en forma parcial y aislada, como si todo en él fuera doctrina eterna. Hay que leer siempre el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento. Porque Jesucristo, Dios-hombre, es el centro del Nuevo Testamento y el fin de toda la Biblia. Además, Jesucristo, con su autoridad humano-divina, corrigió y perfeccionó muchas cosas que se leen en el Antiguo Testamento y anuló y abolió costumbres que para los judíos del Antiguo Testamento eran prácticas muy importantes. Y entre estas cosas que Jesús abolió está la cuestión de los alimentos.

Leyendo con atención la Biblia nos damos cuenta de que dentro del mismo Antiguo Testamento hay diversas tradiciones y costumbres en cuanto a los alimentos. El libro de Génesis nos dice que todas las plantas y animales han sido creados buenos y están al servicio del hombre Génesis 1:20-25, 1:28-30, 9:2-3). No obstante, en Génesis 9:4 el escritor sagrado prohíbe comer «carne con sangre». Más adelante, bajo la Ley, se creía que la sangre era el alma o donde el alma residía (Levítico 19:26; 17:11; Deuteronomio 12:23). Por lo mismo, se juzgaba también impuro todo animal que no había sido desangrado, y todo alimento que lo tocara (Levítico 11:34 y 39). Además, se prohíbe la grasa de los animales (Levítico 7:23).

Los textos prohibitivos más famosos que son los que suelen mostrar los adventistas y otros grupos, con la Biblia en la mano para confundir a los creyentes sencillos, son los siguientes: Levítico 11:1-23 y su paralelo Deuteronomio 14:3-21. Sería largo citarlos aquí. En estos textos se prohíbe comer: camello, conejo, liebre, cerdo y una serie larga de animales acuáticos, aves e insectos alados. Todas las prohibiciones de comer ciertos alimentos (como el camello, el cerdo, el conejo, etc.) estaban en plena vigencia en el judaísmo dentro del cual nació, vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo reaccionó Jesús frente a ellas? Un día, Jesús llamó a toda la gente y les dijo: “…Escúchenme todos y entiéndanme bien: No hay ninguna cosa fuera del hombre que al entrar en él lo pueda hacer pecador o impuro…”. Y como sus mismos discípulos se sorprendieron con tamaña novedad, Jesús añadió enseguida: “… ¿No comprenden que nada de lo que desde fuera entra en el hombre lo puede hacer impuro porque no entra en su corazón, sino en su estómago y luego se echa afuera?”. Y añade el mismo Jesús: “… Lo que sale del hombre, eso es lo que le hace impuro, pues de dentro del corazón salen las malas intenciones, los desórdenes sexuales, los robos, libertinaje, envidia, injuria, orgullo, falta de sentido moral. Todo eso sale de dentro, y eso sí que mancha al hombre…” (Marcos 7:14-23 y Mateo 15:10-20). Pero los judíos continuaron aferrados a sus leyes y costumbres en esos puntos, e impugnaron duramente a los primeros cristianos convertidos del judaísmo. De tal modo que, en las primeras comunidades cristianas de origen judío, fue muy difícil cambiar de criterio respecto a los alimentos. Hasta los mismos apóstoles tuvieron sus resistencias (Hechos 10:9-16; y 11:1-18).

Incluso después de declarar, en el concilio de Jerusalén, que no les obligaba la ley de Moisés, ni la circuncisión (Hechos 15:1-12), tuvieron que hacer algunas concesiones respecto a la costumbre judía de los alimentos, pero sólo para ciertas comunidades aisladas, donde habitaban los judeocristianos. Es que, como señala la misma Biblia, muchos judeocristianos seguían aferrados celosamente a la Ley de Moisés (Hechos 15:13-19 y 21:20). Será especialmente Pablo quien, en la línea liberadora de Jesús, repetirá a los cristianos: “… Que nadie los critique por cuestiones de comida o bebida, o a propósito de las fiestas, de novilunios o de los sábados. Todo eso no era sino sombra de lo que había de venir, y ahora la realidad es la persona de Cristo… ¿Por qué se van a sujetar ahora a preceptos como «no tomes esto», «no gustes eso», «no toques aquello»?… Tales cosas tienen su apariencia de sabiduría y de piedad, de mortificación y de rigor, pero sin valor alguno…” (Colosenses 2:16-17; 2:20-23). Y también en su carta a Timoteo, Pablo escribe contra quienes prohibían, entre otras cosas, “… El uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los fieles que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y la oración. Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús…” (1 Timoteo 4:3-6; 1 Corintios 6:13 y 8:7-13).

CONCLUSIÓN.

No estamos pues, bajo la esclavitud de la Ley ni bajo sus prohibiciones dietéticas. Dios ha dado diferentes reglas con respecto a la comida en cada época. Así, por ejemplo:

  1. En la época de Adán y Eva: Génesis 1:29 “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.”
  2. Después que Adán y Eva pecaran por comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, las reglas acerca de la comida cambiaron: Dios les permitió comer los productos del campo donde ellos trabajaban. Génesis 3:17-19 nos dice: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan […]”
  3. En la época de Noé: En el tiempo de Noé, Dios permitió a la gente comer carne después del diluvio. Génesis 9:3 nos dice: “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.”
  4. En la época de Moisés: En la época de Moisés, Dios distinguió la comida y creó la ley, como está escrito en Levítico capítulo 11 acerca de los animales limpios y los animales inmundos.
  5. En la época del Nuevo Testamento: Hechos 15:28-29 nos dice: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.” 
  6. Jesús abolió la ley establecida en los tiempos del Antiguo Testamento, y creó la ley perfecta incluso acerca de la comida. Dios destruyó la barrera entre los israelitas y los gentiles (Efesios 2:11-17). Además, Dios purificó a los gentiles y los alimentos inmundos que antes eran considerados detestables (Hechos 10:9-16).
  7. El apóstol Pablo enfatizó acerca de la comida: El apóstol Pablo enfatizó este asunto cuando escribió una carta a cada iglesia, preocupándose de que los miembros de la iglesia primitiva pudieran decir algo más o tener una disputa sobre la comida. En Colosenses 2:16 nos dice: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.”  En Romanos 14:20 también añade:  “No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come.”
  8. No es enseñanza de Dios prohibir casarse, y mandar abstenerse de alimentos: 1 Timoteo 4:3-5 nos dice: “Prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado.”

No sólo la observancia del sábado, sino también sus regulaciones dietéticas, separan a los adventistas del cristianismo histórico. Sin embargo, las diferencias no terminan ahí. La doctrina adventista en relación con el estado intermedio del alma (el período entre la muerte y la resurrección) difiere en muchos aspectos del cristianismo bíblico e histórico. En el próximo artículo se consideran estas diferencias.

REFERENCIAS:

[1]Roger W. Coon. Elena G. White y el vegetarianismo. Editado por Donal E. Mansell, Pacific Press Publishing Association, 1986.

[2] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[3] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[4] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál Camino?, Editorial Vida, 1992.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Pentecostales y Adventistas: ¿Puede haber comunión?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día es una secta surgida dentro del protestantismo estadounidense cuya característica distintiva es la observancia del sábado como día de reposo, así como una fuerte convicción de que la segunda venida de Jesucristo es inminente.[1] Esta secta surgió como una extensión del movimiento millerita en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y fue establecida formalmente en 1863. Está presente en 213 países y cuenta con más de 18 millones de miembros.[2]

Aunque el adventismo tiene algunas creencias en común con los cristianos (la trinidad, el matrimonio, el bautismo, la cena del Señor, vida, muerte y resurrección de Cristo, la creación, etc.), no está en comunión y unidad de fe con el cristianismo bíblico e histórico. Los adventistas tienen varios énfasis o creencias fundamentales, que permean las predicaciones en sus púlpitos. La mayoría son creencias exclusivas:

  • La observancia del sábado, que para ellos representa la señal o el sello de Dios para su pueblo.
  • La necesidad de obedecer la Ley Mosaica para alcanzar la salvación, con énfasis en los Diez Mandamientos (Éxodo 20).
  • El don de profecía, con énfasis especial en los sueños y visiones de la “profetisa” Elena G. de White, su fundadora.
  • Su afirmación de ser la única Iglesia verdadera (donde exponen un sectarismo de ser los únicos que tienen la verdad, se creen los únicos salvos, representan el remanente fiel).
  • Un sistema de salvación alejado de la fe bíblica (una ecuación de fe más obras).
  • La aberrante doctrina del juicio investigador a través del ministerio de Cristo en el santuario celestial (planteando que Cristo está ahora en el lugar Santísimo, llevando a cabo el juicio).
  • Aspectos extremos de mayordomía cristiana (un marcado énfasis en diezmos y las ofrendas).
  • Énfasis desmedido en temas escatológicos como: la segunda venida de Cristo, el mensaje del tercer ángel, la bestia (el papa), la gran ramera (el catolicismo y el protestantismo apóstata), etc.
  • Al igual que los Testigos de Jehová, los adventistas sostienen la creencia de que no existe el infierno (aniquilacionismo) y la mortalidad del alma.

La Iglesia Adventista se caracteriza también por su énfasis en el desarrollo de un estilo de vida saludable, promoviendo activamente el ejercicio físico, el vegetarianismo y la abstinencia del alcohol, el tabaco y otras sustancias recreativas. Además, promueven la educación cristiana, la protección de la libertad religiosa, y los principios éticos conservadores.[3]

ORIGEN DEL MOVIMIENTO ADVENTISTA.

El movimiento adventista debe su existencia a las supuestas revelaciones de Elena Gould Harmon, su “profetisa” y fundadora. La señora White nació el 26 de Noviembre 1827 en una pequeña granja cerca del pueblo de Gorham, en Maine. Solo unos pocos años después de su nacimiento, sus padres Robert y Eunice Harmon abandonaron la agricultura para mudarse a la ciudad cercana de Portland, donde su padre se convirtió en un fabricante de sombreros. Expertos en historia del movimiento adventista relatan que:

“Cuando tenía nueve años, ella fue permanentemente desfigurada cuando un compañero de estudios maliciosamente la golpeó en la cabeza con una roca. La roca la puso en un coma que duró varias semanas y le obligó a perder mucho tiempo de escuela. Cuando Elena tenía 12 años, ella y su familia asistieron a una reunión del campamento metodista de Buxton en Maine, y allí tuvo una experiencia religiosa en la que profesó fe en Jesucristo. En 1840 y 1842, ella y su familia asistieron a reuniones adventistas y se convierten en devotos de William Miller. Miller se había dedicado al estudio de la profecía bíblica y estaba convencida de que Cristo regresaría el 22 de octubre 1844. Cuando Cristo no regresó, un evento fallido que se conocería como La Gran Decepción, la mayoría de la gente abandonó el adventismo. Pero en medio de la confusión resultante, Elena afirmaba tener visiones recibidas que pronto fueron aceptadas como revelación dada por Dios. El pequeño movimiento adventista que quedaba estaba dividido por muchas diferencias y muchas luchas internas, pero Ellen creía que tenía un don que podría reunir y guiar al movimiento. Sus sueños y visiones continuaron, y ella rápidamente se convirtió en una líder entre ellos. En 1846, Elena se casó con un joven predicador adventista llamado James White, y juntos viajaron extensamente difundiendo la fe adventista a Nueva Inglaterra y más allá. 12 meses más tarde dio a luz a un hijo, uno de los cuatro hijos que daría a luz, pero enseguida dejó al niño con su familia para continuar viajando, predicando y escribiendo. En 1855, la familia White se mudó a Battle Creek, en Michigan, lugar que se convirtió en el centro del Adventismo. Cinco años más tarde, los representantes de cada congregación adventista se reunieron allí y determinaron que desde ese momento serían conocidos como Adventistas del Séptimo Día. Poco después se organizó formalmente como una denominación. A lo largo de este tiempo Elena continuó recibiendo sueños proféticos y visiones —cerca de 2,000 durante su vida— y a través de ellos guio y formó la iglesia. Durante su vida, los Testimonios para la Iglesia fueron expandidos desde unas meras 16 páginas a nueve volúmenes completos. En 1863 recibió una visión sobre la salud humana y sus seguidores pronto adoptaron sus normas de salud como parte de su práctica, entre ellas el rechazo de la carne, el rechazo al café y el uso de recursos naturales en lugar de la medicación. El movimiento adventista continuó expandiéndose y los White estaban en gran demanda en todo Estados Unidos. Viajaron constantemente, dirigiéndose a grandes congregaciones y reuniones de gente. Después de que James murió en 1881, Elena viajó aún más, pasando dos años en Inglaterra y casi nueve años en Australia. Pasó la mayor parte de los últimos 15 años de su vida en Elmshaven, California, y fue consumida en gran parte por la escritura y la organización de la denominación en crecimiento. Ella murió el 16 de julio de 1915, a la edad de 87. Durante su vida ella había predicado innumerables veces y había escrito unos 5,000 artículos y 40 libros. En el momento de su muerte, los Adventistas del Séptimo Día en todo el mundo tenían una membresía de casi 140,000 personas… El Adventismo casi llegó a su fin en los días siguientes a la Gran Decepción. Pero Elena G. de White le dio nueva vida a este movimiento y una nueva voz. A través de la constante predicación, la enseñanza y la evangelización, ella y sus seguidores habían hecho crecer el movimiento a casi 140.000 antes de su muerte en 1915. Hoy se estima que hay 18 millones de Adventistas del Séptimo Día en el mundo.”[4]

¿PODEMOS TENER COMUNIÓN CON ELLOS?

Las creencias adventistas desvían tanto del cristianismo histórico que algunos cristianos los consideran una secta. Y esto a pesar de que no todo ha continuado igual dentro del adventismo desde los días de Elena de White. Como toda secta, los Adventistas del Séptimo Día han seguido evolucionando y modificando sus creencias. Ciertamente, ellos siguen considerando a Elena de White como alguien que tuvo un don profético especial dado por Dios. Ellos también continúan manteniendo el día de reposo y su énfasis en la alimentación saludable. Aún siguen negando tanto la inmortalidad del alma y la realidad del infierno como un tormento eterno y consciente. Pero las diferencias no terminan allí. Los sucesores de Elena G. de White también han desarrollado la distintiva y preocupante doctrina del Juicio Investigador.

Pero ¿En qué consiste dicha doctrina? La creencia adventista del juicio Investigador se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, El ministerio de Cristo en el Santuario celestial, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[5] El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[6]

Aunque el énfasis de esta creencia ha evolucionado a través del tiempo, la base es la misma. El año 1844 es considerado por los adventistas como el año en que Jesús comenzó la segunda fase y final de su ministerio en el Lugar Santísimo en el Santuario celestial, lo que en el Antiguo Testamento era simbolizado por el Día de la Expiación descrito en Levítico 16.5 En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se veía el tema del juicio investigador como algo muy severo y, en consecuencia, muchos adventistas no tenían certeza de la salvación. Hoy en día la enseñanza tiene un sentido que apunta más a la gracia que en los años 1960s y 1970s, y se suele entender que el juicio es “a favor” del pueblo de Dios. Sin embargo, tal enseñanza continúa siendo una aberración en materia teológica y una herejía obvia. Para empeorar las cosas, los adventistas se aferran a ella de forma obstinada, considerándola una verdad incuestionable de su fe. Jan Paulsen, expresidente de los adventistas, afirmó al respecto:

“El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyados por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta”.[7]

Esto cierra la puerta a cualquier entendimiento entre los adventistas del séptimo día y los cristianos protestantes, incluidos los pentecostales.

CONCLUSIÓN.

Hay demasiados problemas dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día como para recomendarla como una iglesia sana. Aunque hay grupos adventistas que están cerca de la ortodoxia cristiana, hay muchos de ellos que no lo están. Esto se debe a que los adventistas extraviaron la mirada del evangelio de Cristo, para guiarse y fundamentarse en las visiones y sueños de la pseudo-profetisa Elena G. de White.

En posteriores artículos analizaremos otros elementos de la fe adventista que son irreconciliables con nuestra fe pentecostal.

REFERENCIAS:

[1] Martin, Walter (1960). The truth about Seventh-Day Adventism. Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House.

[2] Martin, Walter (2003). Zacharias, Ravi, ed. The Kingdom of the Cults. Bloomington, Minnesota: Bethany House Publishers.

[3] Seaman, John G. (1998). Who are the Seventh-day Adventists? Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publishing Association.

[4] Tim Challies, The False Teachers: Ellen G. White. https://www.challies.com/articles/the-false-teachers-ellen-g-white/

[5] Capítulo 3: Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17. ISBN 950-573-834-X. «”24. El ministerio de Cristo en el santuario celestial: “Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.

[6] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. Pp. 37.

[7] Jan Paulsen, Discurso Panorama Teológico, 29 de Abril al 8 de Mayo 2002.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Judaizantes en el pentecostalismo de hoy.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los cristianos evangélicos, y sobre todo los pentecostales, amamos al pueblo judío y oramos por la paz de Jerusalén y la salvación de la nación de Israel. Sin embargo, Israel no es ni debería ser nuestro ídolo. Es un error suponer que todas las decisiones políticas del actual Estado de Israel sean correctas. Eso es cegarnos a la realidad de que los judíos también son seres humanos caídos, que cometen errores y están muertos espiritualmente en tanto no reconozcan a Jesús como su Salvador. En algunas iglesias, sin embargo, se oye a pastores y laicos afirmar que todos los judíos serán salvos por el simple hecho de ser judíos y pertenecer al linaje escogido. No adoro ni venero de forma enfermiza o fanática a la nación de Israel. Yo adoro al Dios de Israel y he depositado mi fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías judío. Tampoco sueño con ser judío ni busco en las genealogías cualquier herencia sefardí basada en mi apellido (como se ha puesto de moda en muchos círculos evangélicos latinoamericanos que desearían ser más judíos que los fariseos), no me interesa tener vínculos de sangre con Israel o practicar costumbres judías como es el sueño de muchos. Bendigo a Israel y lo amo, punto. Me siento orgulloso de ser un gentil pues, al igual que los apóstoles Pedro y Pablo “…Comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia…” (Hechos 10:34-35; Romanos 2:11; Gálatas 2:6; Efesios 6:9).

¡CUIDADO! PELIGRO A LA VISTA…

Lamentablemente una tendencia judaizante y de veneración hacia Israel, sus costumbres y símbolos, se ha infiltrado en muchas iglesias, principalmente neo pentecostales e insanas doctrinal y litúrgicamente. Está comprobado que en ciertas congregaciones auto definidas como ‘iglesia cristiana evangélica’, o que confiesan serlo, pero se identifican con nombres alusivos al Antiguo Testamento, se ocupan más de Israel y de la cultura judía que del Señor Jesucristo y Su Evangelio. Pero, ¿Por qué lo hacen? Causa sorpresa que, al entrar a muchas congregaciones evangélicas, lo primero que ves son textos mencionando a Israel, escritos hebraicos y símbolos religiosos judíos. ¿Qué relación existe entre los decorados de muchas iglesias y el culto y la liturgia cristiana? Por si eso no fuera suficiente, en muchas iglesias evangélicas sobresalen más los niños del ‘ballet cristiano’ ataviados como judíos y danzando al son de la típica música israelí que la presencia misma del Espíritu Santo o la búsqueda sincera de Dios. El espectáculo resulta a la vez tanto atractivo como conmovedor. Niños y jóvenes, principalmente señoritas, pasan mucho tiempo ensayando para brindar a la congregación un tremendo espectáculo al mejor estilo judío. En tales congregaciones abundan los mensajes basados en el Antiguo Testamento sobre el ofrendar a Dios y su complacencia con nuestros diezmos y ofrendas. Es decir, con dinero. No faltan los llamados a ‘pactar con Dios’ y se menciona con frecuencia el pacto de Dios con Abraham con el que ese varón fue grandemente enriquecido con todo tipo de bienes. Cada vez que alguien se levanta para recibir el sobre del ‘pacto’, la congregación prorrumpe en aplausos y el oficiante alaba la humildad y valentía del ‘siervo’ o ‘sierva’ que ‘pacta’ con Dios. Al finalizar tales demostraciones se amonesta a los remisos, reiterándoles que Dios castiga con pobreza material al que le roba.

Muchos de los líderes de tales congregaciones creen sinceramente lo que predican. Otros, a los que por razones obvios prefiero llamar “apostolobos”, se aprovechan descaradamente de esa pobre gente que no tiene argumentos necesarios para enfrentar a esos líderes; gente sencilla que obedece mansamente por temor a perder su salvación; que carecen de enseñanza bíblica sólida para ver la diferencia entre Evangelio y el error. Tales aberraciones han mal parido la denominada Teología de la Prosperidad, combinando de forma irracional y absurda pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esto está produciendo congregaciones híbridas, fenómenos anormales que ni son iglesia ni sinagoga. Y yo me pregunto: ¿Por qué se está regresando al Antiguo Testamento en tantas iglesias cristianas? ¿Qué pasó con el Mensaje de la Gracia que se predicaba desde el púlpito? ¿Dónde quedaron las enseñanzas de Jesús y los apóstoles sobre no volver atrás? ¿Qué es lo que predicamos hoy? Con el ánimo de contribuir a despejar dudas y confusiones causadas involuntaria o voluntariamente, analicemos qué nos dice la Palabra de Dios sobre esta moda abrazada por muchos cristianos que se vuelcan a las tradiciones judías y a teologías defectuosas (o debería decir herejías).

MANIFESTACIONES DE LA HEREJÍA JUDAIZANTE EN LAS IGLESIAS MODERNAS.

Pero la tentación de judaizar, de pervertir el Evangelio adoptando interpretaciones judías que no proceden de la Biblia sino de tradiciones humanas, no es nueva. Ciertamente, hoy podemos hallar manifestaciones de semejante conducta en aquellos cristianos que se empeñan en colocarse una kipá argumentando su origen judío, cuando lo cierto es que la costumbre era desconocida en la época de Jesús y sólo tiene unos siglos; en los que leen la Biblia desde una perspectiva talmúdica y no neotestamentaria, en los que insisten en usar sólo nombres hebreos para referirse a Jesús o demás personajes bíblicos, o en los que abogan por libros que pervierten el texto del Nuevo Testamento como es el caso del llamado Código Real, una versión del Nuevo Testamento que se presenta como traducción realizada de los manuscritos hebreos y arameos más antiguos a la luz del pensamiento hebraico del primer siglo. La obra tiene la pretensión de poner al alcance de los lectores el texto verdadero del Nuevo Testamento, pero en realidad es una verdadera estafa científica, intelectual y espiritual que sirve de cobertura para algunas de las herejías más destructivas. La inclusión de lenguaje y terminología hebrea, el uso de talits o mantos de oración, los cánticos en hebreo, la danza hebrea, el uso del shofar, la estrella de David, la menorah (candelero de 7 brazos), banderas de Israel adornando permanentemente los templos cristianos, etc., son otros ejemplos claros de la introducción de estas modas heréticas en muchas iglesias evangélicas. Sin embargo, esa moda (herejía más bien) no es nueva. La tendencia a judaizar la fe cristiana proviene de tiempos bíblicos cuando los judaizantes pretendieron introducir en la congregación cristiana rituales y costumbres judías como la circuncisión, las regulaciones dietéticas, la observancia de días sagradas y muchos otros elementos. El judío Pablo ya tuvo que enfrentarse con ella en el siglo I en pleno proceso de expansión del cristianismo. El apóstol Pablo defendió a la naciente iglesia gentil de ese peligro espiritual a través de su carta a los gálatas.

Lamentablemente, el problema de la Iglesia de Galacia ha resurgido en estos postreros días con un sin número de “creyentes” que sutilmente están introduciendo la doctrina de que el pueblo de Dios ha perdido sus “raíces hebreas”; y que es necesario retornar a esas raíces. Esta invasión, no procede en su mayoría de judíos convertidos al cristianismo; sino más bien, de gentiles cristianos que se ponen a estudiar esas raíces hebreas y las quieren traer a las Iglesias. Pablo usa un fuerte calificativo para los tales: “insensatos” (Gálatas 3:1). Estas iglesias judaizadas piensan que son más espirituales por cantar en hebreo o arameo, usar vestimentas judías, hacer sonar los shofares o incluir danza hebrea en sus servicios. Otros llegan incluso a abstenerte de ciertos alimentos y guardar el día de reposo judío. Con ello pretenden volver a las “raíces hebreas” del cristianismo y “liberarse” de la mentalidad “grecorromana” y gentil que, según ellos, tanto mal le hace a la iglesia. Pareciera que no han leído estas palabras: “…Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo…” (Colosenses 2:16-17).

Nuestro Señor Jesucristo se opone firmemente a dichas tendencias judaizantes. En Apocalipsis 3:9 Jesús aseguró a los gentiles que le seguían según las decisiones del Concilio de Jerusalén (el cual se opuso a los planes de judaizar la iglesia), que ellos hacían lo correcto y que serían final y públicamente aprobados por Él: “…He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado…” (Apocalipsis 3:9).

¿Por qué no vale la pena convertir la iglesia en una imitación de la cultura judía? En primer lugar porque DIOS NO NOS HA LLAMADO A SER JUDÍOS NI ESPERA QUE LA IGLESIA LO SEA (Gálatas 2:11-19; 3:28-29). Dios desea la formación de iglesias autóctonas en cada tribu, lengua, pueblo y nación que lo alaben según su propia cultura (Apocalipsis 7:9). En la dispensación de la Gracia, ser judío o no serlo es irrelevante para la salvación (Isaías 42:6; 49:6; Oseas 2:23, Hechos 13:47; Romanos 9:23-33).

Tras la glorificación de Jesucristo, llegó el Espíritu Santo tal como Él había prometido y empoderó a los que creyeron convirtiéndolos en testigos de Su Persona y Obra Redentora; y lo sigue haciendo aun hoy (Hechos 1-3). Los discípulos, que poco antes se preocupaban por la manifestación terrenal del Reino prometido a David (Hechos 1:6-9 3), fueron sacudidos en su condición humana viviendo el derramamiento pentecostal y siendo partícipes del evento más trascendental después de que la cruz del Gólgota y el sepulcro de José de Arimatea quedaran vacíos. Los apóstoles y con ellos los más de tres mil nuevos creyentes fueron testigos del nacimiento de la nación prometida a Abraham y que Jesús anunció a Pedro que habría de edificar: Su iglesia (Mateo 16:16-18 4). En ese solo día de Pentecostés se cumplieron la profecía de Isaías y la promesa de Jesús (Isaías 66:8). Los primeros meses de la comunidad de fe fueron causa de admiración entre los judíos. Pero, poco más tarde, el celo de los líderes judíos pudo más y originó la cruel persecución a los primeros cristianos. Es lo que se lee en los primeros diez capítulos del libro de los Hechos. A partir del capítulo 11, después que el Evangelio fuera predicado en Jerusalén, Judea y Samaria se nos revela el carácter inclusivo de la iglesia. A diferencia del judaísmo que los excluye el Evangelio de Jesucristo incluye a los gentiles. Este hecho glorioso de la misericordia de Dios fue acompañado, sin embargo, por el esfuerzo ininterrumpido de parte de los judíos para introducir conceptos propios de su religión en la doctrina cristiana. Por un lado, no cabían en su asombro de que el Espíritu Santo pudiese operar en los que ellos consideraban impuros; por el otro, se conjuraron para hacerlos volver a la religión ancestral, o eliminarlos definitivamente como hicieron con los primeros mártires cristianos. Por eso el apóstol Pablo, judío de pedigrí si los hubo y habrá, se ocupó en explicar con todo denuedo a los nuevos creyentes; les enseñó que todas las cosas pertenecientes a la ley judía y su liturgia eran la sombra de Cristo y que, con la llegada del Hijo de Dios a la tierra, aquellas y las tradiciones judías ya eran cosas del pasado (Hebreos 8:5; 9:23,24; 10:1; Colosenses 2:8, 17,18, 20; 2 Corintios 5:17; Gálatas 4:3,9). ¿Por qué muchos evangélicos hoy en día quieren revivir lo que ya está muerto y ha sido anulado bajo el nuevo Pacto? Si eres judío y esa es tu cultura, lo entiendo y lo acepto. Hazlo. Pero si eres gentil y solo quieres judaizar imitando lo judío, no solo es medio ridículo lo que haces, sino que quizá debas tener cuidado, no sea que introduzcas fuego extraño en la adoración a nuestro Dios. El Dios verdadero no es un dios tribal judío, sino el Dios de toda la tierra y de todas las naciones (Salmo 24:1).