Devocional, Navidad

Del pesebre al Calvario

Por F. E. Cienfuegos

La encarnación de Jesús comenzó en el vientre de María, pero no terminó allí. Multitudes se preparan para celebrar la Navidad en diversas formas. Sí, la Navidad es rememorar el pesebre y que en él reposó el Verbo humanado, pero es más, mucho más, que la humilde cuna y el recién nacido puesto en ella. Si nada más nos quedamos con la escena del bebé descansando en brazos de María y no reflexionamos en la vida y ministerio de Jesús, estaremos mutilando la que Colosenses refiere como la plenitud de Dios humanada: “Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:19-20). Es decir, se hace imprescindible, si en verdad queremos comprender el significado integral de la Navidad, visualizar el pesebre a la luz de la cruz y viceversa.

Entre el pesebre y la cruz está el caminar de Jesús, “quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Filipenses 2:6-8). El Mesías prometido compartió plenamente la condición humana, lejos estuvo de solamente hacer una incursión observadora e indolora a la realidad vivida por mujeres y hombres. No, ya que como dice Juan, él “acampó entre nosotros” (Juan 1:14), dispuesto a pagar los costos de ser persona con carne, huesos, sangre, nervios, piel y emociones: “Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa (1 Juan 1:1-4).

El bebé del pesebre y Jesús el Cristo martirizado en la cruz son la misma persona. El niñito amorosamente acunado por María y José, reconocido por los humildes pastores y a quien los magos de Oriente postrados le adoraron, prefiguraba al Rey Siervo que abrió con su sacrificio el camino de la redención e hizo presente el Reino para los renacido(a)s por el Espíritu. Sí, celebremos la encarnación y miremos extasiados el milagro del pesebre. Gocémonos en el anuncio de Juan el Bautista sobre la llegada de la luz y que en Cristo ya no andamos a tientas sino que en él se colma la revelación de Dios, porque “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer” (Juan 1:18). La Navidad es tiempo para proclamar la encarnación integral: que va desde la concepción inaudita del Verbo, pasa por las enseñanzas y hechos de Jesús, su muerte propiciatoria en la cruz y su victoria sobre la muerte.

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