Arminianismo Clásico, Calvinismo, PECADO ORIGINAL

¿Llevamos nosotros la culpa del pecado de Adán? ¿Por qué debemos sufrir por ello?

Por: Fernando E. Alvarado.

 Dedicado a mis alumnos (11th A), cuya hambre de Dios y sincero deseo de aprender me desafían a diario a investigar, aprender y desear ser cada día un mejor maestro cristiano.

INTRODUCCIÓN.

Nací en una familia disfuncional. Una familia cargada con sus propios problemas, con ciertos patrones de abuso, tendencia a ciertos pecados, vicios, costumbres y patrones de conducta heredados que repetíamos como obligados a hacerlo. Eso es lo que vivimos, eso es lo que aprendimos. Mis hermanas y yo hemos sufrido de forma personal, y a veces injustamente, por los errores de mis padres. Al fin de cuentas somos sus hijos y sus decisiones nos afectan de una manera u otra. Lo mismo ocurrió con Adán y Eva. Y es que la razón por la que sufrimos por el pecado de Adán y Eva es exactamente la misma razón por la que sufrimos por los errores de nuestros padres y es la misma razón por la que nuestros hijos sufren por nuestros errores. Adán y Eva no fueron cualquier pareja aislada de nosotros. Ellos fueron nuestros ancestros. Venimos de ellos. Debemos recordar que el hombre fue creado por Dios en un estado perfecto de libertad (la libertad necesaria para poder amar, ya que sin libertad no se puede amar) y bendición, pero cuando Adán pecó, toda la raza humana cayó con él haciéndose acreedora de la muerte.

NO SOMOS RESPONSABLES DEL PECADO DE ADÁN, PERO SÍ SUS HEREDEROS.

Dios creó a nuestros primeros padres en estado de gracia, felicidad absoluta y perfección. Además, Dios creó al hombre como criatura libre y, en su soberanía, le ordenó que “comiera de todo árbol del jardín; pero no deberás comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque cuando comas de él, ciertamente morirás”. (Génesis 2:17). En otras palabras, el hombre era libre de comer, divertirse, correr desnudo con el único miembro del sexo opuesto y absolutamente perfecto de la raza humana (sí, Dios no se opone a la diversión y al disfrute, de hecho, Él inventó el placer). Dios les dio libertad de hacer lo que quisieran siempre que respetaran los límites establecidos por el Señor. Ellos, cediendo a la tentación del demonio, desobedecieron

Con este pecado de desobediencia nuestros primeros padres perdieron la gracia para ellos y para nosotros, sus hijos. Lo mismo sucedería con los hijos de un adicto al juego que queda en la ruina al perderlo todo en una apuesta o juego de azar. Esto podría parecernos injusto, pero de hecho pasa una y otra vez en la vida real. Consideremos el siguiente ejemplo: Si un monarca concede a una familia un título nobiliario con la condición de que el cabeza de familia no se haga indigno de semejante gracia, ¿Quién puede protestar si después de una ingratitud de este cabeza de familia, el monarca retira el título a toda la familia? Así pues, las consecuencias del pecado adámico se transmiten de generación en generación, por herencia. Nosotros no somos responsables del pecado original porque no es pecado personal nuestro; pero heredamos las consecuencias de este al nacer. Por eso el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, no “cometido”; es un estado, no un acto.

En virtud de la ley de solidaridad de Adán con toda la humanidad, por ser su cabeza físico-jurídica, nos priva de los dones extraordinarios que Dios había concedido en un principio a Adán para que los comunicara a sus descendientes. Del mismo modo que entre Adán y sus descendientes hubiera existido solidaridad si hubiera sido fiel, del mismo modo existe también solidaridad en su rebeldía. El gran desastre del pecado de Adán fue que arrastró consigo a toda la naturaleza humana. De igual manera que si Adán se hubiese suicidado antes de tener hijos, hubiera privado de la vida a todo el género humano, así con su pecado nos priva de la gracia. Fue un suicidio espiritual por parte de Adán que nos impidió, a todos sus descendientes, nacer a la clase de vida originalmente diseñada por Dios para nosotros.

¿CÓMO SURGE EL PECADO EN UNA CRIATURA PERFECTA COMO ADÁN?

Adán estaba muy consciente de su estado de sumisión a Dios. Precisamente porque una voluntad creada le pertenece a la criatura, esa criatura, si reflexiona lo suficiente, puede reflexionar acerca de su propio estado subordinado y darse cuenta de que no es Dios. Ser criatura implica limitaciones a las que Dios no está sometido. Entonces la pregunta que surge naturalmente es, ¿No será que el Creador ha negado a la criatura alguna libertad que le pueda beneficiar? Adán y Eva evidentemente pensaron que la respuesta era un sí. En resumen, el problema del mal comienza cuando criaturas libres piensan que Dios es malo por estarles restringiendo (Génesis 3:1-6). En cuanto a esto, obviamente Adán y Eva pensaron que Dios en verdad estaba siendo demasiado restrictivo y cuando decidieron tomar y comer el fruto, su rebelión se consumó. Fue en este momento en que el mal se hace realidad, mientras que antes era sólo una posibilidad.

La naturaleza de Adán y Eva cambió, así como la naturaleza del mundo ya que Dios maldijo la tierra (Génesis 3:17). De este evento la naturaleza fue puesta bajo esclavitud (Romanos 8:21). Es difícil imaginar algún tipo de maldad natural que no haya podido surgir de la caída (cáncer, enfermedades, pestilencias, tsunamis, etc.). Entonces el hombre fue expulsado del paraíso y separado del poder rejuvenecedor del árbol de la vida y comenzó a morir. Quizá podríamos pensar que no es justo sufrir por los pecados de nuestros antepasados. Sin embargo, cuando Adán y Eva se reprodujeron, ellos también reprodujeron su corrupción, ya que nosotros somos sus copias genéticas. La reproducción sexual es algo que debe tomarse en serio. Es interesante notar que cuando Adán y Eva pecaron y sus ojos fueron abiertos (Génesis 3:7) ellos hicieron cubiertas para sus órganos reproductivos: Ellos sabían que a partir de ese momento iban a reproducir su propia corrupción.

HEREDEROS DE LA RUINA.

A diferencia de los ángeles, los descendientes de Adán no son creados individualmente sino por generación seminal: de una manera muy real todos estamos “presentes” en nuestros padres y cuando un óvulo y un espermatozoide se unen, se crea un nuevo ser con la misma naturaleza física y espiritual (esto en teología se llama Traducianismo) que sus padres, heredando su propensión al mal. Esta naturaleza es siempre propensa a una perversidad inimaginable.

La semilla de Adán merece la muerte incluso cuando es joven porque su fruto es siempre venenoso y maligno, a menos que sea redimida por el Espíritu Santo. Así como la naturaleza del escorpión está propensa a picar e inyectar su veneno, la naturaleza del humano es pecar. Incluso si el niño no tuviera “ninguna oportunidad” de cometer el mal, su naturaleza dicta que eventualmente ese será el resultado. Si dejas que un pequeño escorpión crezca lo suficiente, crecerá su aguijón. Eso es lo que dicta su naturaleza.  Y así “el pecado vino al mundo por un hombre y la muerte por el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos pecaron”. (Romanos 5:12)

No somos buenos por naturaleza pues la caída y sus efectos, los cuales heredamos de Adán, han deformado (más no destruido) la imagen de Dios en nosotros. Fuimos concebidos en pecado (Salmo 51:5); es decir, nacimos en un mundo caído, en condiciones imperfectas e infectados con el virus del pecado. El hombre no puede evitar pecar ya que venimos de la misma vid:  Llevamos el mismo ADN y la misma naturaleza de Adán por herencia genética irrevocable. A pesar de ello, la Biblia es clara al afirmar que seremos juzgados por nuestros propios pecados y no por el de Adán. Ni los hijos son castigados por los pecados cometidos por sus padres; ni los padres son castigados por los pecados de sus hijos. Cada uno es responsable por sus propios pecados. Ezequiel 18:20 nos dice, “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo.” Este verso muestra claramente que el castigo por los pecados de una persona, es asumido por ella misma. Como dijera Pablo, “por medio de un solo hombre [es decir, Adán] el pecado entró en el mundo”, pero ese pecado no es el causante de que yo, nacido miles de años después, sea condenado y vaya al infierno. Yo soy responsable sólo por mis propios pecados, pues “la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Romanos 5:12, NVI). Dejemos de culpar a Adán, y sobre todo a Dios, de nuestra propia maldad y condenación.

CRISTO REVOCA LA MALDICIÓN ADÁMICA, CONVIRTIÉNDOSE ÉL MISMO EN EL SEGUNDO Y NUEVO ADÁN.

Como ya se dijo, la caída no fue nuestra culpa. Heredar esa mala naturaleza no fue decisión nuestra. Sin embargo, al ser hijos de Adán, llevar tal herencia en nuestro ADN es una característica irrenunciable de nuestra especie. Dios, no obstante, consciente de que tal herencia de pecado no es nuestra culpa y, en su deseo de corregir el error cometido por Adán y Eva y redimir a una descendencia que jamás pidió estar en tales condiciones, decidió sustituir a Adán como cabeza de la humanidad y “re-crear” una nueva humanidad libre de la maldición del pecado y las consecuencias de la caída. Dios sabía que la única forma de salir de nuestra naturaleza corrupta es heredar una naturaleza nueva. Por eso, Dios ha provisto una manera para que esto suceda: Dios envió a Jesús, el segundo y último Adán:

“Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron. Antes de promulgarse la ley, ya existía el pecado en el mundo. Es cierto que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; sin embargo, desde Adán hasta Moisés la muerte reinó, incluso sobre los que no pecaron quebrantando un mandato, como lo hizo Adán, quien es figura de aquel que había de venir. Pero la transgresión de Adán no puede compararse con la gracia de Dios. Pues, si por la transgresión de un solo hombre murieron todos, ¡cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos! Tampoco se puede comparar la dádiva de Dios con las consecuencias del pecado de Adán. El juicio que lleva a la condenación fue resultado de un solo pecado, pero la dádiva que lleva a la justificación tiene que ver con una multitud de transgresiones. Pues, si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo. Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque, así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos. En lo que atañe a la ley, esta intervino para que aumentara la transgresión. Pero, allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, a fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor.” (Romanos 5:12-21).

Él venció la tentación y el pecado y por la fe en él podemos nacer de nuevo y obtener la naturaleza de Dios: “Pero a todos los que le recibieron, a los que creyeron en su nombre, les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios, los cuales nacieron, no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Juan 1:12-13). Este nuevo nacimiento, o regeneración, es un cambio radical. Tal como nuestro nacimiento físico resultó en un nuevo individuo entrando en un mundo terrenal y heredando la naturaleza pecaminosa de Adán, nuestro nacimiento espiritual resulta en una nueva persona que entra en el reino celestial (Efesios 2:6) y hereda la naturaleza de Cristo. Ahora Cristo está formado en los corazones; su “ADN espiritual” está en nosotros; ahora somos partícipes de la naturaleza divina, habiendo sido hechos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Dios y no el hombre, es el origen de esta transformación (Efesios 2:1,8). Ante Dios, los perdidos hijos de Adán pasan ahora a ser su progenie espiritual. Cristo sustituye a Adán como nuestro representante y la caída pierde sus efectos condenatorios sobre nosotros. Si la muerte física y espiritual eran la herencia de Adán, ahora hemos sido hechos herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). En Cristo, Dios nos está devolviendo el reino que Adán perdió. Probablemente seremos las únicas criaturas que hemos probado la corrupción y aun así ¡Dios nos da la oportunidad inmerecida de disfrutarlo para siempre! Podemos elegir a Dios.

PARA FINALIZAR…

Si lo dicho anteriormente no resultó lo suficientemente claro, quiero aclarar un poco más dichas ideas y añadir ciertos ideas adicionales al respecto:

  • Por dominante que el término pecado original se haya vuelto, puede ser una sorpresa para muchos, saber que era desconocido tanto en la Iglesia Oriental como la Occidental hasta la época de Agustín (354-430). El término aparece por primera vez en la obra de Agustín. Anterior a esto los teólogos de la Iglesia primitiva usaron una terminología distinta que indicaba un modo distinto de pensar sobre el tema de la caída, sus secuelas y la respuesta de Dios. El término utilizado por los primeros cristianos para describir la tragedia en el Jardín del Edén fue: pecado ancestral.
  • Pecado ancestral tiene un significativo específico. La palabra griega para el pecado, en este caso (amartema) se refiere a un acto individual. Con ella los primeros cristianos asignaron responsabilidad por el pecado del Jardín sólo a Adán y a Eva. La palabra amartía, el término más común para el pecado significa literalmente “no dar en el blanco” y se usa en referencia a la condición común de la humanidad.
  • La iglesia primitiva nunca habla del paso de la culpabilidad de Adán y Eva a sus descendientes, como hizo Agustín. Al contrario, se considera a cada individuo responsable sólo por la culpa de sus propios pecados. La pregunta que surge entonces es: ¿En qué consiste la herencia de Adán y Eva a la humanidad, si no es la culpa? En primer lugar, la muerte (1 Corintios 15:21). El hombre nace con el poder parasitario de la muerte dentro de sí. En segundo lugar, heredamos una naturaleza tendiente al pecado. Nuestra naturaleza, se hizo “enferma” por el pecado de Adán, nuestro padre. Entonces, no es la culpa lo que pasa a la humanidad sino la condición, la enfermedad llamada pecado.
  • Adán y Eva fueron creados con una vocación: unirse progresivamente a Dios en su capacidad para compartir su vida divina. En el siglo II, Teófilo de Antioquía postuló que Adán y Eva no fueron creados inmortales. Fueron creados con la capacidad de llegar a serlo por su obediencia. Mientras ellos permanecieran en obediencia tendrían acceso al árbol de la vida y podrían vivir para siempre. La libertad para obedecer o desobedecer les correspondía a nuestros antepasados más antiguos, porque Dios los hizo libres. Aferrarse a la vocación divina les traería vida, rechazarla les traería la muerte, pero no por la mano de Dios. Si ellos hubiesen guardado el mandamiento de Dios, hubiesen sido premiados con la inmortalidad. Pero al desobedecer a Dios se volvieron a las cosas de la muerte, y así vino la causa de su propia muerte.
  • Adán y Eva desobedecieron el mandamiento de no comer del árbol prohibido, rechazando a Dios y a su vocación de manifestar la plenitud de la existencia humana. Así, la muerte y la corrupción comenzaron su reino sobre la creación (Romanos 5:21). En esta imagen la muerte y la corrupción no provienen de Dios; ni las creó ni las pretendió. Dios no es autor del mal. La muerte es la consecuencia natural de darle la espalda a Dios. Adán y Eva fracasaron por la tentación que aflige a toda la humanidad: ser autónomos, determinar su propio camino, realizar la plenitud de la existencia humana sin Dios.
  • El pecado no es una violación de una ley impersonal o código de comportamiento, sino un rechazo a la vida ofrecida por Dios. Este es el blanco al cual se refiere la palabra amartía. La vida humana caída es, más que nada, la falta de realizar el potencial dado por Dios a la existencia humana, que es, como escribe Pedro para que “lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).
  • Con la caída de Adán y Eva, Dios fue movido a compasión. La expulsión del Jardín y separación del árbol de la vida fue un acto de amor y no de venganza para que la humanidad no se hiciera inmortal en el pecado. Así comenzó la preparación para la Encarnación del Hijo de Dios y la solución que sólo podía rectificar la situación; es decir, la destrucción de los enemigos de la humanidad y de Dios: la muerte, el pecado, la corrupción y el diablo. Es el Segundo Adán, Jesucristo, quien realiza la vocación original y se invierte así la tragedia del primer Adán, abriendo paso a la salvación de todos.
  • La caída no destruyó la imagen de Dios. El gran obsequio regalado a la humanidad quedó intacto, aunque dañado. La imagen de Dios quedo enterrada como en un pozo atascado con escombros. Mientras que la obra salvífica es conseguida por Dios por medio de Jesucristo, la extracción de los escombros que esconden la imagen en nosotros requiere de nuestra libre y voluntaria cooperación. Pablo utiliza el termino sinergia, o colaboración, (1 Corintios 3:9) para describir la cooperación entre la gracia divina y la libertad humana. La salvación es un proceso involucrando a la fe, la libertad y esfuerzo personal para cumplir el mandamiento de Cristo (Mateo 22:37-39).
  • La salvación es un proceso infinito de transformación de la autonomía a la comunión, un ascenso paulatino de gloria en gloria por el cual retomamos nuestra vocación original ahora realizada en Cristo. El camino hacía el árbol de la vida –revelado en la cruz– se reabre, y sus frutos se ofrecen a todos. El objetivo original se retoma: fuimos creados para ser como Cristo, a su Santa y Perfecta imagen.