Pelagianismo

Herejías: Pelagianismo en la Iglesia de Hoy.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El Pelagianismo es el nombre dado a las enseñanzas de Pelagio (en latín Pelagius), quien fue un monje británico, ascético y acusado de heresiarca, que vivió entre los siglos IV y V d. C. Sufrió una dura persecución por parte de la Iglesia de Roma tras enseñar ideas consideradas heréticas por los líderes de ésta, como su negación del posteriormente llamado “dogma del Pecado Original”. Paradójicamente, antes de esto había gozado de cierta popularidad entre la curia romana y el propio Agustín de Hipona (que luego sería uno de sus más feroces críticos) llegó a definirle como «santo varón». Sus ideas fundarían posteriormente la corriente “herética” llamada pelagianismo. Pelagio, en su calidad de teólogo e intérprete de la Biblia, escribió un comentario sobre las cartas de Pablo en el que hizo hincapié en la capacidad humana para cumplir los mandamientos de Dios. Negó el estado primitivo del hombre en el paraíso y el pecado original; insistió en la naturalidad de la concupiscencia y la muerte del cuerpo, y vinculó la existencia y universalidad actual del pecado al mal ejemplo dado por Adán al cometer el primer pecado.

Pelagio interpretaba la Biblia basándose en ideas principalmente en la filosofía estoica y otras antiguas filosofías paganas. Consideró que la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, es suficiente en sí misma para desear y conseguir la virtud. Por lo tanto, consideró que el valor de la redención de Cristo está limitado principalmente a la formación (doctrina) y al ejemplo (exemplum), que servían de contrapeso frente al mal ejemplo de Adán. Por lo tanto, la naturaleza, según Pelagio, es capaz de someter el pecado y ganar la vida eterna sin la ayuda de la gracia. Según Pelagio, somos lavados de nuestros pecados por justificación mediante la sola fe, pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación interior del alma. En Roma se convirtió en el centro de un aristocrático grupo cuyo objetivo era buscar la forma más rigurosa de la vida religiosa, en contraste con la moralidad indiferente de los demás cristianos.

El Pelagianismo pretendió ser un movimiento de reforma dentro de la cristiandad romana tardía. Su doctrina, sin embargo, fue condenado como herejía. Pelagio rechazaba las posiciones de la iglesia de Roma sobre el pecado original, afirmando que la humanidad nacía sin mancha alguna, pues el pecado original sólo afectaba a Adán. Él creía que Dios creó directamente a cada alma humana y, por lo tanto, cada alma humana estaba originalmente libre de pecado. Pelagio pensaba que los seres humanos nacían inocentes, sin la mancha del pecado original o heredado. Pelagio creía que el pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. También ponía en duda la necesidad de la gracia divina para obtener la salvación del alma, para lo que, según Pelagio, bastaría el buen obrar de cada cual, siguiendo el ejemplo de Cristo. Con ello pretendía oponerse al determinismo y al fatalismo, y asegurar el libre albedrío, responsabilizando exclusivamente al hombre de su salvación o condena. Pelagio afirmaba que la gracia divina no era necesaria, ni gratuita, sino merecida por un esfuerzo en la práctica de la misma.

Bajo la amenaza de los godos (410 E.C.) en Italia, Pelagio se unió a otros refugiados romanos que viajaron al norte de África. Allí se opuso a las ideas de Agustín de Hipona, la figura principal de la iglesia del Norte de África y verdadero creador del calvinismo. Al afirmar que los seres humanos pueden hacer lo que Dios exige, Pelagio hizo hincapié en la libertad de la voluntad humana y la capacidad de controlar su motivos y acciones bajo la orientación de la ley de Dios. Por el contrario, Agustín insistió en que nadie puede controlar su propia motivación y esa persona requiere la ayuda de la Gracia de Dios, si él o ella quiere hacer el bien. Sólo con la ayuda de la gracia divina puede un individuo superar la fuerza del pecado y vivir correctamente delante de Dios.

Una influencia de largo alcance, sobre el posterior desarrollo del pelagianismo, fue la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio, un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Celestio había sido ganado para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en su condición de hermano lego, se esforzó por convertir las máximas prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron propagados en Roma con éxito. Las seis tesis de Celestio —quizá extraídas de su obra ahora perdida Contra traducem peccati— fueron marcadas como heréticas. Las tesis eran las siguientes:

  • Aun si Adán no hubiera pecado, habría muerto.
  • El pecado de Adán lo perjudicó solo a él, no a la humanidad entera.
  • Los niños recién nacidos se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la caída.
  • La humanidad entera ni murió a través del pecado o de la muerte de Adán, ni resucitó a través de la resurrección de Cristo.
  • La ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio.
  • Antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado.

A causa de estas doctrinas, que contienen claramente la quintaesencia del pelagianismo, Celestio fue citado para comparecer ante el sínodo de Cartago (411); pero se negó a retractarse de ellas, alegando que la herencia del pecado de Adán era una cuestión abierta y que su negación no era una herejía. Como resultado, Celestio no fue sólo excluido de la ordenación, sino que sus seis tesis fueron condenadas. Declaró entonces su intención de apelar al papa en Roma, pero, sin ejecutar su decisión, se fue a Éfeso en Asia Menor, donde fue ordenado sacerdote.

En la consiguiente controversia, los puntos de vista de Agustín prevalecieron y llegaron a ser la corriente dominante dentro de la doctrina cristiana. Así las cosas, Pelagio fue excomulgado (417 E.C.) por el Papa Inocencio I, y sus opiniones fueron condenadas por una serie de concilios de la iglesia. Sin embargo, el hecho de que Pelagio y Celestio no fueran finalmente juzgados como herejes sorprendió enormemente a Agustín, que convocó un nuevo sínodo en Cartago en 418. Allí expuso nueve creencias defendidas por la Iglesia que eran negadas por el Pelagianismo:

  • La muerte es producto del pecado, no de la naturaleza humana.
  • Los niños deben ser bautizados para estar limpios del pecado original.
  • La “gracia justificante” (gratia gratum faciens) cubre los pecados ya cometidos y ayuda a prevenir los futuros.
  • La gracia de Cristo proporciona la fuerza de voluntad para llevar a la práctica los mandamientos divinos.
  • No existen buenas obras al margen de la Gracia de Dios.
  • La confesión de los pecados se hace porque son ciertos, no por humildad.
  • Los santos piden perdón por sus propios pecados.
  • Los santos también se confiesan pecadores porque realmente lo son.
  • Los niños que mueren sin recibir el bautismo son excluidos tanto del Reino de Dios como de la vida eterna.

Este canon fue aceptado como una creencia universal por la Iglesia, provocando la desaparición del Pelagianismo en Italia. En la actualidad, la Iglesia católica sigue defendiendo los ocho primeros puntos, pero rechaza el noveno al considerar que los niños que mueren sin ser bautizados quedan confiados a la misericordia de Dios.

Pelagio murió probablemente en Palestina en el año 420, según se desprende de algunas fuentes, aunque otras llegan a adjudicarle veinte años más de vida. En cualquier caso, se ignoran las causas y circunstancias de su fallecimiento. Algunos autores sospechan que fue ejecutado, mientras que otros apuntan a que Pelagio pudo huir de los territorios romanos y empezar una nueva vida exiliado en algún lugar de África o el Próximo Oriente. Las doctrinas pelagianas se siguieron difundiendo tras la muerte de su autor, aunque posiblemente modificadas por los propios seguidores de Pelagio o sus enemigos. Durante un tiempo, el Pelagianismo y el Semipelagianismo tuvieron seguidores en Britania, Palestina y el norte de África.

Después del Concilio de Éfeso (431 E.C.), el pelagianismo no ocasionó más disturbios en la Iglesia Griega, de manera que los historiadores del siglo V no mencionan ya la controversia pelagiana, pero los rescoldos de la herejía continuaron encendidos en occidente y ésta murió muy lentamente. Los principales centros fueron las Galias y Gran Bretaña. Respecto a las Galias, un sínodo, celebrado probablemente en Troyes en el 429, se vio obligado a tomar medidas contra los pelagianos. Este sínodo además envió a los obispos Germán de Auxerre y Lobo de Troyes a Gran Bretaña, para combatir el pelagianismo, que recibió poderoso apoyo de dos discípulos de Pelagio: Agrícola y Fastidius (Caspari, Letters, Treatises and Sermons from the two last Centuries of Ecclesiastical Antiquity, pp. 1-167, Christiania, 1891). Casi un siglo después, Gales fue el centro de las intrigas pelagianas. En Irlanda también el Comentario de San Pablo de Pelagio estuvo en uso por largo tiempo después, como está probado por varias citas irlandesas de esta obra. Aun en Italia se pueden encontrar trazas, no solamente en la diócesis de Aquilea (Garnier, Opera Marii Mercat., I, 319 sqq., Paris, 1673) sino también en Italia central; el así llamado Liber Praedestinatus, escrito cerca del 440 quizá en Roma misma, consta no tanto de semipelagianismo sino, más bien, de genuino pelagianismo (von Schubert, Der sog. Praedestinatus, ein Beitrag zur Geschichte des Pelagianismus, Leipzig, 1903). No fue sino hasta el segundo Concilio de Orange (529 E.C.) cuando el pelagianismo exhaló su último aliento en Occidente, pero esta convención dirigió sus decisiones primariamente contra el semipelagianismo. Aunque el catolicismo creyó erradicar el pelagianismo, las cuestiones de la libertad humana y la gracia divina han permanecido como principal motivo de un debate en toda la historia de la teología cristiana.

¿ES BÍBLICO EL PELAGIANISMO?

El Pelagianismo contradice muchas Escrituras y principios bíblicos. Primero, la Biblia nos dice que somos pecadores desde el momento de la concepción (Salmo 51:5). Más aún, la Biblia enseña que todos los seres humanos mueren como resultado del pecado (Ezequiel 18:20; Romanos 6:23). Mientras que el Pelagianismo dice que los seres humanos no nacen con una inclinación natural hacia el pecado, la Biblia dice lo opuesto (Romanos 3:10-18). Romanos 5:12 dice claramente que el pecado de Adán es la razón por la que el pecado infectó al resto de la humanidad. Cualquiera que ha criado niños puede atestiguar el hecho de que los infantes deben ser enseñados a comportarse; no se les tiene que enseñar cómo pecar. Por lo tanto, el Pelagianismo es claramente antibíblico y debe ser rechazado.

El Semi-Pelagianismo, otra variante de esta doctrina, esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos. El Semi-Pelagianismo es, en esencia, la depravación parcial, como opuesta a la depravación total enseñada tanto por el calvinismo como por el arminianismo clásico. Las mismas Escrituras que refutan el Pelagianismo también refutarán el Semi-Pelagianismo. Romanos 3:10-18 definitivamente no describe a la humanidad como estar parcialmente manchada por el pecado. La Biblia enseña claramente que, si Dios no libera la voluntad humana a través de su Gracia Preveniente, somos incapaces de cooperar con la gracia de Dios. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44). Al igual que el pelagianismo, el semipelagianismo es antibíblico y debe ser rechazado.

RESIDUOS DEL PELAGIANISMO EN EL CRISTIANISMO ACTUAL.

El pelagianismo no ha desaparecido en nuestros días, de hecho, sigue más vivo que nunca dentro de muchas congregaciones evangélicas modernas, quienes lo han adoptado confundiéndolo con la sana doctrina bíblica. Es triste reconocer que muchas de nuestras iglesias que se identifican como arminianas son, en realidad, defensoras del pelagianismo. Este error suele ser común en muchas iglesias de corte legalista con enfoque desmedido en la santidad superficial y la observancia de normas eclesiásticas como requisito para una buena relación con Dios. Tres son los grandes peligros de sostener una teología pelagiana:

 

  • El pelagianismo ignora o distorsiona la verdadera naturaleza humana y los efectos de la Caída. Pelagio creía que el hombre no había sido completamente corrompido por la caída de Adán y que podía, por su propia voluntad, hacer obras que agradaban a Dios, y por lo tanto alcanzar salvación. En otras palabras, el pelagianismo niega la depravación total del hombre, enseñando en cambio una depravación parcial. Esto llevó a Pelagio a negar las doctrinas del pecado original y la necesidad de una gracia especial para ser salvo. Esencialmente, él creía que el hombre era básicamente bueno y moral y que incluso los paganos podían entrar en el cielo a través de sus virtuosas acciones morales. Hay pelagianismo allí donde la predicación apremia casi exclusivamente la conducta moral de los hombres, pero sin aludir al mismo tiempo a la necesidad de la gracia de Cristo para afirmarse en el bien. Esto es contrario a las palabras de Cristo, quien dijo: «sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Es ciertamente pelagiana la predicación que exhorta a ser laboriosos, solidarios, justos, etc., pero que da siempre por supuesto, al menos en forma implícita, que es suficiente con enseñar el bien y exhortarlo; como si después los hombres, por sí solos, pudieran ser buenos en su vida privada, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Todo está en quererlo. Esta es la enseñanza de muchas sectas como los mormones, adventistas y testigos de Jehová, quienes convierten la salvación en una cuestión de obras o mérito propio. Hay pelagianismo cuando el cristianismo cae en el moralismo y deja a un lado la fe y la necesidad de la gracia. En el planteamiento pelagiano, la moral individual y social no aparecen como la consecuencia necesaria de vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como el motor decisivo de la vida cristiana. Y así, la gracia y la misma fe en Cristo quedan devaluadas, como elementos accesorios, silenciados en la predicación, olvidados, no estrictamente necesarios para la salvación temporal y eterna de la humanidad. Este es el evangelio que se enseña en muchas iglesias legalistas que se dicen evangélicas, pero que convierten la santidad y la comunión con Dios en un asunto de vestuario, normas y leyes, es decir, en la habilidad humana de hacer el bien por sí mismo. La verdad es que, sin Cristo el Salvador, todos los hombres estamos destrozados, débiles, enfermos de muerte, cautivos del diablo: todos, los jóvenes y los viejos, los varones y las mujeres, los ricos y los pobres. En el ambiente pelagiano suenan muy mal las palabras de Cristo y de Pablo sobre los efectos del pecado original. Suenan tan mal, que no suenan: se silencian. Pero Jesús dijo: «¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?» (Mateo 12:34; Lucas 11:13), «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer» (Juan 8:44), y «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Pablo enseñó que todos estábamos muertos en nuestros delitos y pecado, pero Dios, rico en misericordia, nos dio vida salvándonos de pura gracia (Efesios 2:1-5; Romanos 3:23; Tito 3:3). Caído Adán por el pecado, cae el hombre en la mortalidad, y cae así cautivo bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte (Hebreos 2:14), es decir, del diablo, y toda la persona de Adán y su descendencia fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma. Todos estamos obligados a confesar con Pablo: «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Romanos 7:14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo. Por el contrario, el optimismo antropológico de los pelagianos parece algo incurable, pues las iglesias pelagianas son iglesias donde la gracia no se predica. Son iglesias humanistas donde se predica un evangelio antropocéntrico en el cual el hombre es su propio salvador o, cuando menos, corredentor con Cristo.

 

  • El pelagianismo lleva a muchos seguidores de Jesucristo a buscar la seguridad de la salvación en los lugares equivocados. Debe recordarse que el pelagianismo enseña que la ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio. También afirma que antes de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado. La consecuencia lógica de tales creencias es que el ser humano puede salvarse a sí mismo a través de las obras o, cuando menos, ayudar a Cristo a salvarnos por medio de nuestras buenas acciones. Dentro de un sistema pelagiano la fe en Cristo más las obras humanas son necesarias para la salvación. Nadie es salvo por la fe sola, sino que las obras en sí mismas tienen carácter salvador. Por su naturaleza humanista, el pelagianismo lleva al ser humano a buscar la seguridad de su salvación basada en su crecimiento espiritual, en las buenas obras y en la obediencia perfecta a la Palabra de Dios y sus normas. Aunque estas cosas pueden ser evidencia de la salvación, no son las cosas en las cuales debemos basar la seguridad de nuestra salvación. Más bien, debemos encontrar la seguridad de nuestra salvación en la verdad objetiva de la Palabra de Dios. Debemos tener confianza en que somos salvos basados en las promesas que Dios ha declarado, no por nuestras experiencias subjetivas. 1 Juan 5:11-13 nos dice: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”. Aquellos que han creído en Jesús y lo han recibido son salvos (Juan 1:12). Si tenemos a Jesús, tenemos la vida. Por otro lado, si confiamos en nuestra propia capacidad de salvarnos a través de una obediencia perfecta a las normas del Evangelio o de la ley, hemos caído de la gracia (Gálatas 5:4). Eso es lo que hace el pelagianismo.

 

  • Como consecuencia lógica de lo anterior, el pelagianismo le roba al creyente la seguridad de su salvación. Si mi salvación depende de mis obras ¿Cómo puedo estar seguro de haber hecho las obras suficientes para ganar mi salvación? Además, si las malas obras y los errores que cometo pesan lo mismo que mis buenas acciones, significa que cada vez que peco o me equivoco pierdo la salvación y debo volver a convertirme, pues caigo totalmente de la gracia hasta por el pecado más leve que cometa. Si mil veces al día fallo, mil veces habré perdido mi salvación y mil veces debo convertirme nuevamente y buscar que me la devuelvan. Tal cosa es por demás absurda. Dios quiere que tengamos la seguridad de nuestra salvación. No podemos vivir nuestra vida cristiana dudando y preocupándonos cada día por saber si realmente somos o no salvos. Tampoco podemos pasar creyendo que perdemos la salvación a cada momento y por cada cosa. Esto es por lo que la Biblia hace tan claro el plan de salvación. “… cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” (Juan 3:16; Hechos 16:31). “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Crees que Jesús es el Salvador, que Él murió para pagar el castigo por tus pecados y resucitó de entre los muertos? (Romanos 5:8; 2 Corintios 5:21). ¿Estás confiando solamente en Él para tu salvación? Si tu respuesta es sí, ¡Entonces eres salvo! La seguridad significa “no tener nada de duda”. Al creer la Palabra de Dios de corazón, puedes estar completamente seguro acerca de la realidad de tu eterna salvación. Jesús mismo declara esto acerca de aquellos que creen en Él: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. (Juan 10:28-29). Nuestra seguridad de salvación se basa en la salvación perfecta y completa que Dios nos ha dado a través de Jesucristo. Por eso podemos estar seguros de ella. Si se fundamentara en nuestra perfección personal, las buenas obras y el esfuerzo humano, nunca podríamos estar verdaderamente seguros de nuestra salvación.

 

EQUILIBRIO BÍBLICO EN EL ARMINIANISMO CLÁSICO.

Históricamente el pelagianismo surgió como un movimiento teológico en oposición a la teología agustiniana dentro del catolicismo, la cual negaba la realidad del albedrío humano y afirmaba la elección de algunos para salvación y de otros para condenación (predestinación o fatalismo). El agustinismo católico dio vida más adelante al calvinismo protestante.

Lamentablemente, el anti-calvinismo de muchos creyentes pentecostales los ha llevado a abrazar el otro extremo peligroso: el pelagianismo. No obstante, el arminianismo clásico nos proporciona un equilibrio bíblico y teológico entre estos dos extremos. La palabra de Dios, en total acuerdo con los postulados del arminianismo clásico, enseña que:

 

  • Los seres humanos somos incapaces de ser salvos por medio de nuestras obras, ya que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. El hombre fue creado “a imagen de Dios” (Génesis 1:17) y “Dios hizo al hombre recto” (Eclesiastés 7:29), dicen las Escrituras. Pero el hombre cayó (Génesis 3). El pecado de Adán afectó a toda la humanidad (Romanos 5:12-21, 1 Corintios 15:21-22). Desde la caída adámica, la humanidad pasó al estado de depravación total. El pecado, con su sombra, cubrió toda la existencia humana. En Adán cada ser humano estaba presente de forma potencial, por eso, cuando él escogió el mal, sus descendientes heredaron el estigma del pecado.
  • Es la Gracia Preveniente de Dios la que nos guía al arrepentimiento y a la fe, y nos concede la oportunidad de recibirle o rechazarle, la Gracia de Dios, esta gracia preveniente es para todo el mundo, por lo que la salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17). Las Escrituras indican muy claramente que las personas tienen opciones y toman decisiones sobre muchas cosas (por ejemplo, Deuteronomio 23:16; 30:19; Josué 24:15; 2 Samuel 24:12; 1 Reyes 18:23, 25; 1 Crónicas 21; 10; Hechos 15:22, 25; Filipenses 1:22). Además, explícitamente habla del libre albedrío humano (Éxodo 35:29, 36: 3, Levítico 7:16, 22:18, 21, 23, 23:38, Números 15: 3, 29:39, Deuteronomio 12: 6, 17; 16:10; 2 Crónicas 31:14; 35: 8; Esdras 1: 4, 6; 3: 5; 7:16; 8:28; Salmo 119: 108; Ezequiel 46:12; Amós 4: 5; 2 Corintios 8: 3; Filemón 1:14; ver 1 Corintios 7:37) y atestigua que los seres humanos violan la voluntad de Dios, mostrando que él no predetermina su voluntad o acciones en el pecado. La biblia habla de una atracción divina resistible que busca llevar a las personas al Señor en arrepentimiento (Hechos 7: 51-53, Lucas 7:30, Juan 5:34, Hechos 3:26, Lucas 13:34; Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6: 1-2; Salmo 78: 40-42). El arminianismo sostiene el sinergismo evangélico, el cual defiende la cooperación del hombre con la gracia divina a través de la fe como necesaria para salvación (Marcos 16:16-18, Juan 3:36); la voluntad del hombre, por asistencia divina, es hecha libre para creer o rechazar a Cristo. El hombre, por sí mismo, es incapaz de buscar a Dios.
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5). La salvación es además un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8). Sin embargo, es la gracia de Dios y no la habilidad del hombre la que nos permite superar el pecado y la tentación.
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16). Sin embargo, la perseverancia de los creyentes en la fe es segura mientras permanezcan en una relación con su Señor. Esto no constituye una licencia para pecar. Los verdaderos creyentes han «nacido de nuevo» por el Espíritu de Dios (Juan 3:3–8); son “nuevas criaturas” para las cuales las cosas viejas han desaparecido y han llegado las nuevas (2 Corintios 5:17). Por esa razón, Juan asegura repetidamente en su epístola anterior: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado» (1 Juan 3:9). El mismo Espíritu Santo que les da convicción de pecado a los no creyentes (Juan 16:8) sigue convenciendo de pecado a los creyentes y guiándolos a la verdad (Juan 16:13). «Todo aquel que permanece en él [en Cristo], no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:6). Juan añade a esto otra nota aleccionadora: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio» (1 Juan 3:8). Los creyentes no pueden seguir pecando de la forma en que lo hacen los no creyentes. «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?», pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es una enfática negación. La continuación en las prácticas de pecado afecta de manera adversa a la fe del creyente y, si no se arrepienten de ellas, terminarán destruyendo su fe. Cuando los creyentes confiesan que han pecado y acuden a Cristo arrepentidos, lo hacen con la seguridad de que, como hijos de Dios, «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Además, «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). De esta manera los creyentes tienen seguridad de que Dios ha provisto lo necesario para fortalecerlos y perdonarlos mientras ellos luchan con las tentaciones y los pecados, sin tener necesidad alguna de dudar con respecto a su salvación, que se basa en la justicia de Cristo que ellos han aceptado por fe. También se debe declarar enfáticamente que los creyentes no se hallan en una especie de puerta giratoria, entrando en la gracia y saliendo de ella una y otra vez. Están seguros en las manos de Dios. «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39). Su posición como creyente en Cristo justificados siempre se debe a la fe. Sin fe en Cristo, ya no existe una relación salvadora con Él. Esta es la razón por la cual las Escrituras amonestan a los creyentes diciendo: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo» (Hebreos 3:12). Por eso, perder la salvación no es algo tan trivial ni fácil como muchos creen. ¿Qué tal débil necesita ser la gracia de Dios para caer de ella tan fácilmente? ¿Cuán deficiente es una salvación que se pierde a cada hora del día y es necesario recuperarla con igual frecuencia? No es un pecado individual por sí mismo, sino la práctica voluntaria y constante en el pecado (perseverar en el pecado), con la consiguiente pérdida de la fe y la final apostasía la que nos aleja o separa de la gracia salvadora de Dios. Si la salvación se perdiera por cualquier cosa y dependiera de nosotros recuperarla, no hay buena noticia alguna en el Evangelio de Jesucristo. Simplemente sería otro sistema obsoleto de salvación por obras y mérito humano. Las palabras de Pablo, llenas de una gran seguridad, nos recuerdan el incansable compromiso del Señor según el cual «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Es Dios quien produce así el querer, como el hacer. El apóstol Pablo proclama con toda firmeza: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Romanos 10:13). Por esta razón, los cristianos nunca debemos apresurarnos a llegar a la conclusión de que un hermano o hermana que batalla en su vida espiritual es irredimible. Si el Padre no se dio por vencido con el hijo que estaba perdido (Lucas 15:11–31), tampoco lo debe hacer la Iglesia de Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN.

El pelagianismo es un movimiento considerado herético. Se originó con Pelagio, monje y teólogo británico (siglos IV y V). Los pelagianos negaban el pecado original. Creían que los humanos pueden producir, por cuenta propia y sin el auxilio de la gracia, las buenas obras mencionadas en las Escrituras. No todas sus ideas eran erróneas, pues sostenían también que los niños sin bautismo podían salvarse, lo cual más adelante fue defendido por el movimiento anabaptista y las iglesias bautistas y  el pentecostalismo en general. La enseñanza pelagiana fue condenada en el Concilio de Cartago en 418. Su principal enemigo fue Agustín de Hipona, que enfatizaba la necesidad de la gracia para la salvación. El Concilio de Orange de 529 condenó el pelagianismo, que prácticamente desapareció en el siglo VI, pero sobrevive hoy en día en muchas iglesias evangélicas y aún dentro del catolicismo popular.

Muchas iglesias evangélicas que se identifican como arminianas en realidad practican una forma moderna de pelagianismo o semi pelagianismo. Esto ha llevado a que muchos calvinistas suelan calificar al arminianismo en su totalidad como defensor de las ideas de Pelagio; sin embargo, tal afirmación es falsa. El arminianismo clásico se opone frontalmente al pelagianismo. Ni siquiera somos semipelagianos pues nuestras afirmaciones se fundamentan en la Biblia en su totalidad, no en las afirmaciones de Pelagio o alguno de sus discípulos. Los arminianos de sana doctrina condenamos como heréticas las ideas de Pelagio.

 

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