Pelagianismo

No, arminianismo no es pelagianismo.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El arminianismo es una doctrina teológica concerniente a la gracia divina y a la salvación del hombre, que nació en el seno de la comunidad reformada de los Países Bajos, y de allí se extendió a otros países protestantes a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. El nombre proviene de Jacobo Arminio (Jacobo Armenszoon o Harmenszoon, 1560-1609), pastor protestante en Amsterdam, luego profesor en Leiden, que jugó un importante papel en el conflicto. A grosso modo, podemos resumir el arminianismo diciendo que: Dios ha decidido desde toda la eternidad destinar para la salvación a aquellos que creyeran en El; por tal razón, Cristo murió por todos los hombres, pero de manera que sólo los fieles gozaran verdaderamente de su perdón. La teología arminiana sostiene que el hombre no recibe la fe salvadora más que por la gracia divina; pero se puede resistir a esa gracia y prepararse para recibirla. Tampoco se excluye la posibilidad de perder la gracia.

Tales afirmaciones separan al arminianismo del sector calvinista de la cristiandad. Pero eso no es todo, muchos calvinistas, en su intento por rebatir el arminianismo, suelen confundirlo maliciosamente con los sistemas teológicos pelagiano y semipelagiano. Esta confusión se deriva de dos razones: (1) Desconocimiento absoluto de las premisas de los tres sistemas y, (2) La selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico.

Vincular el arminianismo clásico con el pelagianismo y el semipelagianismo se constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. No negamos las existencias de muchas denominaciones denominadas arminianas que no pasan de ser instituciones propensas a los discursos y prácticas francamente pelagianas y/o semipelagianas. Sin embargo, esas denominaciones vinculadas al espectro evangélico arminiano, semejantes en cuanto al pensamiento teológico pelagiano y semipelagiano, se portan así debido al desconocimiento de las premisas fundamentales de los tres sistemas soteriológicos. La razón de los equívocos es la ignorancia.

 

¿QUÉ ES EL PELAGIANISMO?

El término deriva de Pelagio (360-420 d. C.), teólogo y maestro británico muy popular en Roma, y notable debido a su erudición y alto patrón moral. Pelagio era un hombre de carácter impoluto, dotado de mucha austeridad y temperamento equilibrado. Él elaboró un sistema doctrinal controvertido incluyendo la defensa de la voluntad humana como siendo libre para escoger el bien, y la negación del pecado original. Para Pelagio, en lo que se refiere a la libre voluntad, Adán no poseía una santidad positiva, o sea, originalmente Adán no estaba en una condición de santidad o pecaminosidad, sino en un estado de neutralidad pudiendo inclinarse libremente en cualquier dirección que deseara.

El sistema teológico de Pelagio trataba la naturaleza humana diametralmente en oposición a las reflexiones de Agustín (354-430 E.C.), obispo de Hipona, con quien libró una gran controversia. Los puntos principales de la controversia entre Pelagio y Agustín eran el concepto de libre albedrío; el concepto de pecado; el concepto de gracia y las bases para la justificación. Para Pelagio, la voluntad humana después de la caída no tiene tendencia intrínseca de practicar el mal. No hay pecado original en el alma recién creada por Dios. El alma no hereda la contaminación del pecado de Adán, sino que es pura, intacta, incorrupta y dotada de condiciones, en caso de que el hombre quiera, de vivir en plena obediencia a Dios. La caída de Adán perjudicó sólo a él mismo. No hay vínculo orgánico entre Adán y sus descendientes. No hay transmisión hereditaria. Entonces, no hay pecado original.

En opinión de Pelagio, las almas son creadas por Dios en el momento de la concepción. Esta teoría se llama teoría creacionista. De acuerdo con esta teoría, el elemento inmaterial constituyente del ser del hombre es creado directamente por Dios. Es decir, siempre que haya la fecundación del óvulo por el espermatozoide, Dios crea un alma nueva e intacta. Sin pecado ni tendencia al mal.

Pelagio tenía la naturaleza humana post-caída en tan alta estima que enseñaba que era posible al hombre escapar del pecado (impeccantia). El poder para no pecar (posse non pecare) es un equipamiento humano dado al hombre desde la creación. La naturaleza humana, en esencia, es libre y no está debilitada por cualquier debilidad misteriosa. La caída adámica y el propio Satanás no pueden destruir eso. Admitir que al hombre le es imposible no pecar era un insulto a Dios. Para Pelagio cualquier imperfección en un ser humano tendría un reflejo negativo sobre la bondad de Dios. Por lo tanto, para Pelagio, los hombres nacen sin deseos y tendencias para el mal en su naturaleza. Nacen inocentes como Adán.

Pelagio creía en la capacidad del cristiano para vivir sin pecado. Afirmaba que un cristiano es aquel que imita y sigue a Cristo en todo, el que es santo, inocente, sin mancha, sin culpa, en cuyo corazón no hay maldad alguna, sino sólo piedad y bondad, el que se niega a injuriar o herir a cualquiera que sea, pero socorre a todos. El teólogo británico citaba Escrituras como “Santos seréis, porque yo […] soy santo” (Levítico 19:2) y “[…] sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial” (Mateo 5:48) para sostener la doctrina de la impeccantia. Ahora bien, si Dios ordena al hombre que no peque, pero haga el bien, se concluye que el hombre puede cumplir esa orden, razonaba Pelagio. De hecho, para Pelagio, el hombre no necesita pecar, pero él no concebía una vida sin pecado obtenida de una vez por todas, más bien defendía la posibilidad de la perfección, fruto de un esfuerzo extraordinario, y su mantenimiento fijado en una determinación creciente.

Pelagio sostenía su antropología, presentando figuras del Antiguo Testamento como pruebas de la condición humana de vivir sin pecado. La cuestión para Pelagio era pragmática, pues era causa de asombro las excusas de los pecadores al atribuir la culpa de los pecados a la convaleciente naturaleza humana. Pelagio se quedaba estupefacto frente a las ideas consideradas pesimistas y desmoralizantes en relación con la naturaleza humana.

El pelagianismo fue condenado finalmente en el 437 d.C. en el tercer Concilio de Éfeso, el mismo que condenó el nestorianismo. Sin embargo, este resurgió en tiempos modernos gracias al filósofo francés Jean Jaques Rousseau (1712-1778), quien se acercaba a los viejos conceptos antropológicos de Pelagio. Primando por conclusiones como la perfección de la naturaleza humana y la negación del pecado original, Rousseau atribuyó a las instituciones sociales la culpa por toda la enfermedad social, librando de culpa así al hombre. La antropología pelagio-rousseauniana está representada en la cristiandad, por ejemplo, por la filosofía de la religión emergiendo del liberalismo teológico protestante de Schleiermacher.

El cristianismo liberal considera la narración de la creación, del Génesis, un mito. Este concepto fue aplicado no sólo al relato de la creación del hombre, sino a todo acontecimiento milagroso registrado en la Biblia. Por lo tanto, Adán, Eva, la serpiente, la caída y el pecado original no pasan de ser mitos. Así, a causa de la caída, no necesitamos admitir una antropología pesimista. En su labor teológica y hermenéutica, el liberalismo teológico, con una variación u otra en cuanto a sus adeptos, propone la supresión y abandono del elemento sobrenatural que se encuentra en la Biblia. Hecho esto, el hombre no tiene un “gen” nefasto transmitido por cualquier pecado original, pero, en su interior, el hombre posee una chispa divina, y eso significa que el ser humano es bueno, necesitando sólo motivaciones para hacer lo correcto. Eso es el más puro pelagianismo.

Otros ejemplos de pelagianismo en la iglesia son la creencia corriente de que el hombre puede efectuar algún bien espiritual sin el auxilio de la gracia sobrenatural divina o, entonces, cuando el hombre piensa poder decidir per se, usando su “libertad individual”, estar a favor o en contra Dios.

Habiendo entendido lo que es el pelagianismo nos preguntamos: ¿Es el arminianismo una versión moderna de pelagianismo? Absolutamente no. Aunque los calvinistas frecuentemente acusan al arminianismo de ser un sistema pelagiano tal afirmación es falsa e hipócrita. Es necesario hacer un contrapunto entre los sistemas de Pelagio (pelagianismo) y el arminianismo clásico y así establecer las distancias entre ambos en lo tocante a la antropología teológica y la hamartiología (doctrina del pecado). Las diferencias entre ellos en lo que concierne a aquellas disciplinas, tienen repercusión directa sobre el pensamiento soteriológico de cada uno.

 

LA NATURALEZA HUMANA Y EL PECADO.

Con respecto a la naturaleza humana, según lo dicho arriba, Pelagio no creía en el pecado original o en el “pecado heredado”. Para Pelagio cada alma es una creación de Dios, no heredando por eso la contaminación del pecado de Adán. Así, no existe una depravación humana total, ni en ningún otro sentido. De ese modo, entonces, para el teólogo británico, el hombre puede alcanzar la salvación sólo por medio de sus buenas obras. Por el propio esfuerzo el hombre puede dejar el hábito de pecar y vivir como fue creado, a saber: sin tendencias ni deseos malos en su naturaleza. Tenemos entonces una antropología optimista.

La antropología de Arminio, por su parte, era altamente pesimista, pues él creía en la total depravación del hombre y su dependencia de la gracia divina para la fe. Él escribió: “Pero en su estado caído y pecaminoso, el hombre no es capaz, de y por sí mismo, pensar, desear, o hacer lo que es realmente bueno” ([The Works of James Arminius. Vol. 1, p. 174). El contrapunto es claro. No sólo notamos la distancia entre los teólogos en cuanto a la antropología, sino también en cuanto a la hamartiología (doctrina del pecado). Para Arminio el hombre está caído y en estado de pecado como consecuencia de la Caída. Es decir, la naturaleza pecaminosa del hombre procede del pecado original. Arminio defendió que el pecado original expone al hombre a la ira de Dios, y francamente aceptaba el concepto agustiniano de pecado original. Por lo tanto, Arminio nunca resbaló en Pelagio. Arminio era agustino en cuanto al estado del hombre posterior a la caída adámica.

Las doctrinas de Pelagio y su más prominente discípulo, Coelestius (Celestio) puede resumirse en los siguientes puntos:

  1. Que el pecado de Adán hirió solamente él mismo, y no toda la raza humana.
  2. Que existieron algunos antes del tiempo de Cristo que vivieron sin pecar.
  3. Que recién nacidos están en el mismo estado en que Adán estaba antes de su caída.
  4. Que la totalidad de la raza humana no muere en la muerte o caída de Adán.
  5. Que, si lo deseamos, podemos vivir sin pecado.
  6. Sólo Adán fue herido por su pecado.
  7. La humanidad no muere con él.
  8. Los niños nacen en estado de pureza.

Un estudio cuidadoso de la enseñanza arminiana niega toda conexión con el pelagianismo. Para empezar, en el arminianismo clásico no se niega el alcance del pecado de nuestros primeros padres: en Adán todos nosotros pecamos, tal como lo establece Romanos 5:12 (Arminius, vol. 1, p. 356).

En relación con el pecado original y sus efectos sobre nosotros, los arminianos creemos que los niños no tienen sobre sí mismos imputado el pecado adámico, pues, debido a la muerte de Cristo, el pecado original es puesto de lado. Sin embargo, esto no significa exención de la corrupción resultante del pecado original, pues reconocemos el liderazgo federal de Adán sobre la raza humana. El pecado original es el acto de Adán y también un acto de todos y como tal nadie está libre de la culpa y de la pena. En su Disputa VII, vol. 1, p. 356, de sus Obras, Arminio confirma la enseñanza agustiniana de que la raza humana está bajo los lomos de Adán, triangulando las siguientes Escrituras: “por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12); “Son por naturaleza hijos de la ira” (Efesios 2: 3) y “carecen de la justicia y santidad original” (Romanos 5:12, 18-19).

Además, al comentar exactamente sobre la supuesta impecabilidad humana, Arminio, en una de sus defensas, dijo nunca haber afirmado eso. Él declaró:

“Hay mucha discusión con respecto a la perfección de los creyentes […] en esta vida. Se dice que tengo una opinión inapropiada sobre este tema casi aliada a la de los pelagianos, a saber: ‘que es posible para el regenerado en esta vida, vivir perfectamente los preceptos de Dios’. A esto respondo: que, aunque esta fuese mi opinión, yo no debería ser considerado pelagiano, ya sea parcial o totalmente, pues ellos podrían hacer esto sólo por la gracia de Cristo y no de otra manera.” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Arminio continúa su defensa:

“[…] declaro que este pensamiento de Pelagio es herético y está diametralmente en oposición a esas palabras de Cristo: ‘sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15: 5)” (Arminius, Vol. 1, P. 178).

Otra línea demarcatoria entre el teólogo británico y el teólogo holandés es el concepto de “gracia”. Para Arminio la gracia es sobrenatural, es una Persona, es el Espíritu Santo. Para Pelagio, era el propio libre albedrío o la posibilidad de no pecar con que Dios nos ha dotado en el momento de nuestra creación. Según Pelagio, “Gracia” es la autonomía humana (libre albedrío) que fue conferida por Dios a la humanidad. Aunque Arminio creía en el libre albedrío, él no lo concebía como un equipo humano capaz de llevar al hombre a vivir de modo agradable a Dios sin el auxilio de la gracia divina.

Defendiéndose nuevamente de la acusación de pelagianismo, Arminio respondió:

“En cuanto a la gracia y el libre albedrío, mi enseñanza está de acuerdo con las Escrituras y la posición ortodoxa: el libre albedrío es incapaz de iniciar o perfeccionar cualquier bien verdadero y espiritual, sin la gracia.”  (Arminius, Vol. 2, P. 333).

 

CONCLUSIÓN.

Los arminianos no somo pelagianos. Afirmar tal cosa es faltar a la verdad. Muchas veces los calvinistas (y también los luteranos) acusan al arminiano de caer en esta herejía. De negar la gracia favoreciendo una salvación por méritos (ganar la salvación mediante la buena obra de independientemente decidir confiar y obedecer a Dios). Desafortunadamente, en el día de hoy, demasiados cristianos protestantes caen dentro de la categoría de pelagianos o semipelagianos y los críticos calvinistas tiendan a apuntarlos con el dedo señalando que su error es resultado de la influencia arminiana. El verdadero arminianismo, sin embargo, no cae en ninguno de estos dos errores.

Las diferencias entre arminianos y pelagianos son demasiado obvias para ser ignoradas:

  • La naturaleza del pecado, para Pelagio, prescinde de una propensión humana al pecado, mientras que para Arminio la humanidad fue totalmente alcanzada por el pecado, una enfermedad pasada de generación a generación. Pelagio, por otro lado, negó el concepto de transmisión hereditaria del pecado.
  • Pelagio entendía la gracia como el libre albedrío. Arminio la entendía como una Persona, el Espíritu Santo.
  • Otra diferencia notoria entre ambos sistemas podemos hallarla en el hecho de que Arminio negaba la capacidad humana natural del hombre para volverse hacia Dios, o hacer el bien. Pelagio consideraba la naturaleza humana capaz de cumplir la voluntad divina por su propia elección.

Así, concluimos que las teologías de Pelagio y Arminio se sostienen en premisas diferentes, resultando de ahí en distanciamientos teológicos entre ambos. Arminio hizo hincapié en declarar la existencia de una abismal distancia entre él y Pelagio, y aún lo tildó de hereje, como mostramos. Por lo tanto, la acusación de que el sistema de Arminio (y el arminianismo clásico) es pelagiano, se funda en el error.

 

 

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