Arminianismo Clásico, Calvinismo

Salvación, predestinación y amor de Dios

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN:

Los arminianos entendemos, con base en la Biblia, que la salvación no se basa en la predestinación. Más bien, la predestinación se basa en la salvación. A pesar de ello, muchas personas se confunden en este punto. Algunos cristianos ven la predestinación como la clave de la salvación, pero eso no es cierto. Para quienes sustentan dicho punto de vista, somos salvos (si es que acaso pudieran estar seguros de ello) debido a una decisión irrevocable o “decreto” que el Dios Soberano hizo antes de que el mundo comenzara.

Pero, ¿Es eso lo que dice la Biblia? No. La Biblia no enseña en ninguna parte que seamos salvos por un decreto eterno de Dios. Esa es una forma distorsionada de entender la predestinación. Más bien, somos salvos por la provisión de la gracia de Dios para la salvación de todos. Estamos plenamente convencidos de que Jesucristo “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado.” (2 Corintios 5:15, NVI).

LO QUE SIGNIFICA SER PREDESTINADOS.

Bíblicamente, la predestinación significa que aquellos que confían plenamente en Jesucristo para la salvación están “predestinados” para ser conformados a su imagen mientras caminan en la luz. “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29, NVI). En otras palabras, la predestinación es la predeterminación del “destino” al que conduce la salvación. La salvación significa la restauración de la imagen de Dios en nosotros, y en última instancia, significa la “la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas.” (Hechos 3:21, NVI).

Bíblicamente, la predestinación no se refiere a la voluntad específica de Dios para una persona en particular, sino a la certeza y soberanía del plan de salvación de Dios en la historia, mediante el cual la salvación se ofrece a todos y finalmente se cumplirá plenamente en la justicia, el juicio y la misericordia.

LOS CÁNONES HUMANOS JAMÁS ESTARÁN POR ENCIMA DE LA BIBLIA.

Muchos cristianos entienden las Escrituras principalmente a través de los cánones del Concilio de Dordt, celebrado en Holanda en 1618-1619. Incluso muchos teólogos de la línea reformada consideran que el Concilio de Dort es la declaración definitiva del significado de la salvación. Esto es absurdo, ya que colocan este consejo por encima de las Escrituras. Esta visión de la salvación fue declarada sucintamente por el autor reformado holandés Arnold A. van Ruler en su libro de 1989, Calvinist Trinitarianism and Theocentric Politics: Essays Toward a Public Theology. Van Ruler escribió: “En el tema de la elección eterna, todo depende del libre poder soberano de Dios… El libre poder soberano de Dios busca ser reflejado en la voluntad por la cual aprobamos a Dios en su soberanía. Después de todo, de eso se trata la redención: sumergirse en el abismo de la soberanía de Dios, eventualmente en la forma de resignarse a la reprobación (resignatio ad infernum).”[1]

Sin embargo, esto no es de hecho de lo que se trata la “redención”. Esta es una vista estrecha que invierte el orden de las cosas, haciendo que lo que es segundo vaya primero, y que lo que es primero, vaya en segundo lugar. Bíblicamente, en el tema de la elección eterna, todo depende, no del antojadizo capricho de un tirano universal, sino del libre amor y la gracia de Dios. La gracia soberana y gratuita de Dios busca ser reflejada en la disposición por la cual aceptamos y respondemos responsablemente a Dios. Contrario al pensamiento calvinista la redención se trata de sumergirse, no el abismo de una soberanía cruel y fría, sino en el abismo del amor de Dios, confiar plenamente en el carácter amoroso de Dios y en el poder soberano con total fidelidad a las promesas de su pacto.

CONCLUSIÓN.

Esta, entonces, es la entrada al cumplimiento de todas las maravillosas promesas de Dios de llevar su reino a plenitud. El amor y la gracia de Dios son lo primero, la voluntad de Dios de que todos sean salvos. La predestinación garantiza el destino final de todos los que aceptan y continúan caminando fielmente en la gracia de Dios. Gracias a Dios, a través de Jesucristo por el Espíritu Santo, conocemos el destino al que nos guía el fiel seguimiento del Salvador. Y gracias a Dios, nos estamos transformando cada vez más en la imagen de Jesucristo mientras caminamos de esta manera, de modo que podemos exclamar como Pablo: “¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! «¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero?» «¿Quién le ha dado primero a Dios, para que luego Dios le pague?» Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén.” (Romanos 11: 33-36, NVI).

REFERENCIAS:

[1] Arnold A. van Ruler, Calvinist Trinitarianism and Theocentric Politics: Essays Toward a Public Theology (1989) Lewiston, N.Y.: Edwin Mellen Press. Pp. 83.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Si Dios sabía que Adán caería ¿Por qué lo permitió?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Dios creó al hombre y le dio la habilidad de tener comunión con su Creador a través de la fuerza vivificante del Espíritu Santo. En este ambiente el hombre fue capaz de cultivar la comunión, desarrollando amor libre y desinteresado por Dios. Por lo tanto, el mismo hombre gozaba de perfección y gracia plenas mientras permaneciese en el ambiente de Dios; sin embargo, existía la posibilidad de abandonar dicho estado y caer de la gracia y la perfección. Por desgracia, el hombre, con el engaño del diablo, negó la relación amorosa con Dios y se alejó de la gracia del Espíritu Santo, quedando espiritualmente muerto al separarse de la energía vivificante de Dios.

La muerte física que siguió a la muerte espiritual fue un resultado natural del pecado. Así la muerte entró en la vida humana como un parásito, como resultado del acto libre del hombre: de su separación de Dios. Dios no impidió la muerte, la permitió para que el mal no llegara a ser inmortal, para dar al hombre la oportunidad de arrepentimiento, para reconstruir el hombre y para hacerle nueva creación en Cristo. (2 Corintios 5:17, Gálatas 6:15). Ciertamente, Dios podría haber creado al hombre incapaz de caer, a fin de que éste no se apartarse de Su amor, pero esto le quitaría la libertad, es decir, la capacidad de elegir libremente y ser así moralmente responsable.

El hombre, con su caída, se alejó de la vida divina. Perdió la energía del Espíritu Santo que hace todo indestructible y su naturaleza quedó enferma. La muerte había entrado en este mundo a causa del pecado (Romanos 5:12). Pero ¿Acaso Dios no sabía de antemano que esto pasaría? Si así es, ¿Por qué decidió crear al hombre de todas maneras? ¿Por qué no impidió la caída?

EL HOMBRE: ¿JUGUETE DE DIOS? ¿ROBOT BIOLÓGICO? ¿ENTRETENIMIENTO DIVINO?

Dios no puso Adán en un estado de prueba en el Edén por mera curiosidad para ver si era capaz de caer (como parece sugerir el teísmo abierto), o por malevolencia para hacerlo caer (como parece enseñar el calvinismo), sino con el deseo genuino de que Adán—haciendo uso del amplio poder que le fue confiado—obtuviese la recompensa final de su fidelidad en la forma de una libertad de toda posibilidad de pecar. En este sentido, la situación de Adán era privilegiada. Prácticamente Dios le da libertad total y prohíbe una sola cosa—no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal—con claras consecuencias si desobedecía: muerte.

Por otro lado, Adán y Eva no fueron robots biológicos. Fueron seres con libre albedrío. Aquí hay que dejar muy claro que Dios no es la causa del pecado de Adán (Santiago 1:13), sino que Dios les deja la capacidad de escoger. El hecho que había un árbol de la ciencia del bien y del mal acentúa claramente esta libertad y capacidad de elección. Ahora bien, esto nos lleva a preguntarnos:

  • ¿Sabía Dios que Adán y Eva pecarían?
  • ¿Acaso no se hace siempre la voluntad de Dios en cada suceso de la vida humana?
  • Si Dios Sabía que Adán y Eva iban a pecar ¿Por qué los dejó? ¿Por qué siguió adelante en su deseo de crear a Adán y Eva a sabiendas que ellos caerían y esto traería desgracia a la humanidad entera?

¿SABÍA DIOS QUE ADÁN Y EVA PECARÍAN?

La respuesta a esta pregunta es un sí rotundo. Sabemos por la Escritura que Dios es omnisciente, lo que literalmente significa “todo-conocimiento”. Job 37:16, Salmo 139:2-4, 147:5; Proverbios 5:21, Isaías 46:9-10, y 1 Juan 3:19-20, no dejan duda de que el conocimiento de Dios es infinito y que Él sabe todo lo que ha sucedido en el pasado, lo que está sucediendo ahora, y lo que sucederá en el futuro. Ahora bien, que Dios sepa de antemano lo que ocurrirá no significa que Él haya predeterminado[1] que así pase. Debemos distinguir entre la presciencia (o pre-conocimiento de Dios) y su poder para determinar que ciertos sucesos ocurran.

Para entender la presciencia y la predeterminación de Dios, es preciso tener presente ciertos factores.

  • Primero: en la Biblia se dice claramente que Dios puede preconocer y predeterminar. Dios mismo presenta como prueba de su Divinidad esta capacidad de preconocer y predeterminar acontecimientos de salvación y liberación, así como actos de juicio y castigo, y luego hacer que se realicen. Su pueblo escogido es testigo de ello. (Isaías 44:6-9; 48:3-8.) La presciencia y la predeterminación divinas constituyen la base de toda profecía verdadera. (Isaías 42:9; Jeremías 50:45; Am 3:7, 8.) En el Antiguo Testamento vemos a Dios desafiando a todas las naciones que se oponen a su pueblo a que demuestren la pretendida divinidad de aquellos a quienes consideran dioses y de sus ídolos, pidiendo que sus deidades profeticen actos de salvación y juicio similares y que luego hagan que se cumplan. Su impotencia ante este desafío demuestra que sus ídolos solo son “viento y vanidad” (Isaías 41:1-10, 21-29; 43:9-15; 45:20, 21.)
  • Un segundo factor que debe tenerse en cuenta es el libre albedrío de las criaturas inteligentes de Dios. Las Escrituras muestran que Dios extiende a tales criaturas el privilegio y la responsabilidad de elegir lo que quieren hacer, de ejercer libre albedrío (Deuteronomio 30:19, 20; Josué 24:15), haciéndolas así responsables de sus actos. (Génesis 2:16, 17; 3:11-19; Ro 14:10-12; Hebreos 4:13.) Por lo tanto, no son meros autómatas o robots. No se podría afirmar que el hombre fue creado a la “imagen de Dios” si no tuviera libre albedrío. (Génesis 1:26, 27) Lógicamente, no debería haber ningún conflicto entre la presciencia de Dios, así como su predeterminación, y el libre albedrío de sus criaturas inteligentes.
  • Un tercer factor que debe tomarse en cuenta, pero que a veces se pasa por alto, es el de las normas y cualidades morales de Dios reveladas en la Biblia, como su justicia, honradez, imparcialidad, amor, misericordia y bondad. Por lo tanto, la manera de entender cómo Dios usa sus facultades de presciencia y predeterminación tiene que armonizar, no solo con algunos de estos factores, sino con todos ellos.

En todo el registro bíblico, cuando Dios ejerce su presciencia y predeterminación siempre es en consonancia con sus propósitos y su voluntad. “Proponerse” algo, o trazarse un propósito, significa aspirar a conseguir cierta meta u objetivo poniendo los medios que lo propician. De hecho, la palabra griega pró·the·sis, que se traduce “propósito”, significa literalmente “colocación o preparación antes de algo”. Puesto que los propósitos de Dios se cumplirán inevitablemente, Él puede preconocer los resultados, la realización final de sus propósitos, y puede predeterminar tanto esos resultados como los pasos que crea conveniente dar para lograrlos. (Isaías 14:24-27.) Por eso se dice que Dios ‘forma’ o ‘moldea’ (del hebreo ya·tsár, término relacionado con “alfarero”; Jeremías 18:4) su propósito en lo que respecta a acontecimientos o acciones futuras. (2 Reyes 19:25; Isaías 46:11; 45:9-13, 18.) En su calidad de Gran Alfarero, Dios “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad”, en armonía con su propósito (Efesios 1:11), y hace que todas sus obras cooperen juntas para el bien de los que lo aman. (Romanos 8:28.) Por tanto, Dios puede decir de sí mismo: “yo soy Dios, y no hay ningún otro, yo soy Dios, y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo”, específicamente en relación con sus propósitos determinados (Isaías 46:9-13).

¿Cómo se aplica esto en el caso de Adán, Eva y la caída? Dios creó perfecta a la primera pareja humana, y pudo contemplar los resultados de toda su obra creativa y ver que todo era “bueno”. (Génesis 1:26, 31; Deuteronomio 32:4). Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo hizo libre, pues no necesitaba predeterminar las decisiones de Adán ni obligarlo a ser fiel o a caer. En lugar de preocuparse con un sentido de desconfianza por lo que la pareja humana pudiera hacer en el futuro, Dios “reposó”, dice el registro (Génesis 2:2); lo cual evidencia que Dios no le teme al albedrío humano ni lo considera una amenaza ¡Dios simplemente reposó! Pudo hacerlo porque, en virtud de su omnipotencia y sabiduría supremas, ninguna acción, circunstancia o contingencia que surgiera podría convertirse en un obstáculo insalvable o en un problema irremediable que impidiera la realización de su propósito soberano (2 Crónicas 20:6; Isaías 14:27; Daniel 4:35). ¡Así de grande es nuestro Dios que no necesita obligar o manipular a nadie a hacer nada! Por lo tanto, no existe ninguna base bíblica para apoyar los argumentos de los que creen en la predestinación y alegan que Dios predeterminó la Caída. De haberlo hecho, Dios sería el responsable del pecado y del mal existente en la Tierra. Ni Satanás ni el hombre podrían ser justamente condenados por hacer aquello que Dios ya había predestinado que ocurriera. Simplemente estarían haciendo la voluntad de Dios. Pero ese no fue el caso. A Satanás y al hombre se les hizo libres para elegir, por lo tanto, se les hará responsables de sus decisiones.

No podemos olvidar la siguiente verdad: Que Dios supiera que el hombre caería no lo hace responsable de ello. La presciencia es uno de sus atributos, Dios no puede evitar saber lo que pasará pues, en tal caso, dejaría de ser omnisciente. ¿Cómo funciona entonces la presciencia? El término “presciencia” se traduce la palabra griega pró·gnō·sis (de pro, “antes” y gnō·sis, “conocimiento”). Es empleado en textos como Hechos 2:23 y 1 Pedro 1:2. La forma verbal correspondiente, pro·gui·nṓ·skō, se emplea en dos ocasiones con referencia a los seres humanos: en el comentario de Pablo respecto a ciertos judíos que lo habían conocido de antes y en la referencia que hace Pedro al conocimiento de antemano que tenían aquellos a quienes dirigió su segunda carta (Hechos 26:4, 5; 2 Pedro 3:17) En este último caso es obvio que tal presciencia no implicaba predeterminación, es decir, no significaba que aquellos cristianos habían predeterminado el lugar y las circunstancias relacionados con las condiciones y los sucesos futuros que Pedro había considerado. Pero sí tenían una idea general de lo que podían esperar. Esto es precisamente lo ocurrido en la Caída: Dios sabía que ocurriría, mas no determinó que ocurriera.

¿ACASO NO SE HACE SIEMPRE LA VOLUNTAD DE DIOS EN CADA SUCESO DE LA VIDA HUMANA?

No necesariamente. Dios nos ha dado libertad. Hemos oído hasta la saciedad que Dios es soberano. Esto es verdad. Sin embargo, hemos olvidado que la soberanía de Dios se entrelaza de forma magistral con el albedrío humano. En su soberanía, Dios le concedió al hombre la libertad para elegir, lo cual implica la capacidad de obedecer o desobedecer la voluntad de Dios. ¿Implica esto que Dios es menos soberano que si nos obligara a hacer su voluntad, o predeterminara cada suceso de nuestra vida? Absolutamente no. Solo nos muestra lo confiado y seguro que está Dios en su soberanía y en su capacidad para realizar sus propósitos.

Ante la pregunta de si se hace siempre la voluntad de Dios, la respuesta es sí, pero también no. ¿Cómo así? Una cosa es que Dios tenga el poder de obligarnos a hacer su voluntad. Él indiscutiblemente puede hacerlo ¡Pero no lo hace! ¿Por qué? Porque él ha elegido no hacerlo con el propósito de hacer posible y real el albedrío del hombre. En este punto es necesario entender la diferencia entre la voluntad perfecta y la voluntad permisiva de Dios:

  1. La voluntad perfecta y soberana de Dios es la que se desarrolla de acuerdo con su Palabra y basada en su perfecta sabiduría. Es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). La voluntad perfecta es lo que Dios quiere que acontezca y, en su máxima expresión, se relaciona con su plan redentor y su designio final para la creación. Para garantizar su cumplimiento, Dios ha predeterminado ciertos sucesos. El ser humano no puede oponerse a ella ni hacer nada para cambiarla. Esta faceta de la soberanía de Dios representa la capacidad de poner en práctica Su santa voluntad o supremacía. El Altísimo, Señor del Cielo y de la tierra, tiene poder ilimitado para hacer lo que haya resuelto. Al ser absolutamente independiente, Dios hace lo que le place. Nadie puede disuadirlo, nadie puede obstaculizarlo. En Su Palabra, Dios declara: “Yo soy Dios, y no hay otro Dios; y nada hay semejante a mí… mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” Isaías 46:9-10). Nabucodonosor, el Rey de Babilonia, edificó obras arquitectónicas que fueron clasificadas entre las Siete Maravillas del Mundo. Aun así, alabó la soberanía del Altísimo. “Cuyo dominio [el de Dios] es sempiterno, y su reino por todas las edades… Y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra. Y no hay quien detenga su mano.” (Daniel 4:34-35).
  2. La voluntad permisiva de Dios es esa voluntad en la cual Dios no decreta lo que ocurre ni tampoco es Su deseo que suceda, ya que la misma no está de acuerdo con Su Ley. Sin embargo, Dios permite que el hombre se revele contra Él permitiendo a las personas que hagan cosas tales como mentir, robar, etc. Jeremías 19:5 nos dice: “…Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento…”. Es obvio que Dios no quería que eso pasara, pero, en su respeto de la libertad humana, Dios lo permitió. Lucas 8:32 nos habla de ese mismo principio: “Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso”. Dios siempre es respetuoso, aún de las decisiones de los malos y perversos. Sólo así puede juzgarlos responsables de sus actos. De lo contrario, Dios mismo sería el responsable de las consecuencias de las malas decisiones de otros. Romanos 1:22-23 nos muestra la triste realidad del ser humano: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. Por eso mismo, Dios los entrega a una mente reprobada, para que hagan cosas que no convienen y lleven las consecuencias, positivas o negativas, de sus propios actos. La caída de Adán y Eva encaja dentro de la voluntad permisiva de Dios, mas no en su voluntad perfecta, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie (Santiago 1:12-14).

SI DIOS SABÍA QUE ADÁN Y EVA IBAN A PECAR ¿POR QUÉ LO PERMITIÓ? ¿POR QUÉ SIGUIÓ ADELANTE EN SU DESEO DE CREAR A ADÁN Y EVA A SABIENDAS QUE ELLOS CAERÍAN Y ESTO TRAERÍA DESGRACIA A LA HUMANIDAD ENTERA?

La Biblia no nos dice detalladamente por qué los deja pecar, ni por qué siguió adelante con su plan creador aun conociendo de antemano los resultados, pero si hay algunos puntos que podemos inferir:

EL DERECHO DE DIOS A DAR VIDA Y FORMAR UNA FAMILIA DE SERES CREADOS A SU IMAGEN Y SEMEJANZA:

Si Dios sabía que Adán y Eva iban a pecar, primero, es claro que esto no tomó a Dios por “sorpresa.” Si la objeción es que Dios no debió haberlos creado a sabiendas de que pecaríamos, entonces estaríamos pidiendo nuestra propia inexistencia. Eso sería absurdo (Isaías 45:10, Romanos 9:20). La vida es un regalo y debe tomarse como tal. Decir que Dios no debió haber creado a Adán y Eva, o permitir que todos nosotros naciéramos es simplemente tonto. Sería como negarle a un padre o madre humanos el derecho a tener hijos sólo porque estos no serán como sus padres o porque nacer, inevitablemente, implica algún grado de dolor y sufrimiento. Esto adquiere mayor sentido si se considera que lo mismo que Dios experimentó con Adán y Eva es lo mismo que les sucede a los padres humanos también. Hay ocasiones en la que los padres deben dejar que los hijos hagan su voluntad y aprendan las consecuencias de su desobediencia. Pero negarles la existencia porque no serán perfectos es absurdo. Además, tampoco sería justo negarle a alguien el privilegio de ser padre si está plenamente capacitado para serlo.
El propósito de Dios era que la Tierra fuera un paraíso y se llenara con los descendientes de Adán y Eva para, finalmente, si demostraban ser fieles a Dios, gozar de vida eterna en su presencia (2 Pedro 1:4). Dios estaba buscando formar una familia (Juan 1:12, 1 Juan 3:2, Gálatas 4:1-7), hacer a la humanidad sus herederos (Romanos 8:17). Y Dios cumplirá su propósito, aunque Satanás intente impedírselo (Génesis 1:28; Isaías 55:10, 11). Pensemos por un momento ¿Tiene el hombre derecho a negarle a Dios formar una familia si así lo desea? ¡Claro que no! Por eso, Dios no destruyó a Adán y Eva de inmediato, sino que les permitió tener hijos. Así, los hijos de Adán y Eva podrían decidir a quién querían como Padre y gobernante. Adán y Eva tomaron su decisión conscientemente, pero ¿Qué pasaría con los millones de seres humanos a quienes Dios preconoció en su omnisciencia y vio que le elegirían si se les daba la oportunidad? ¿Por qué negarles a ellos el privilegio de nacer sólo porque sus primeros padres no fueron fieles? (Romanos 8:29-30, Hebreos 2:14-17, 1 Pedro 1:2)

EL DERECHO DE DIOS A GOBERNAR SOBRE SUS CRIATURAS:

Si Dios crea a Adán y Eva con libre albedrío, es factible especular que Dios también sabía que ellos caerían tarde o temprano, sin importar las amantes advertencias de Dios. En su sabiduría Dios consideró oportuno dejar que los seres humanos hicieran su voluntad y aprendieran las consecuencias de su desobediencia. Esto es parte de un proceso de educación y aprendizaje para la humanidad. En este mundo estamos aprendiendo que el pecado y la rebelión son graves (Jeremías 2:19), al entenderlo, debe nacer en nosotros (por nuestra libre voluntad) cambiar dicha situación a través del aborrecimiento del pecado. No podemos culpar a Dios por el pecado y la maldad a pesar de ser el Creador y conocer de antemano lo que pasaría ¿Por qué? No podemos olvidar que el mal surgió en la Tierra cuando Satanás dijo la primera mentira. Él era un ángel bueno y perfecto, pero cayó de su posición exaltada por desobediencia y orgullo (Juan 8:44). Fue cultivando el deseo de ser adorado, derecho que pertenece solo al Creador. Con una mentira, persuadió a Eva, la primera mujer, para que le obedeciera a él y no a Dios. Adán se unió a su esposa en su desobediencia. Dicha decisión, y no Dios, ha producido sufrimiento y muerte. (Génesis 3:1-6, 19). Al sugerirle a Eva que desobedeciera a Dios, Satanás comenzó una rebelión. Se negó a reconocer la soberanía divina, o el derecho a gobernar que tiene el Altísimo. Como la mayoría de la humanidad se ha unido al Diablo al rechazar la autoridad de Dios, Satanás se ha convertido en el príncipe y dios de este mundo (Juan 14:30 y 1 Juan 5:19).

Dios nunca obligó ni preordinó la caída de Adán como a menudo sugieren los calvinistas. Las obras de Dios son perfectas. Los primeros seres humanos y los ángeles eran capaces de obedecer a Dios en todo (Deuteronomio 32:4, 5). Él nos dotó de libertad para elegir entre el bien y el mal. Esa libertad nos permite obedecerlo por amor. (Santiago 1:13-15 y 1 Juan 5:3). Fue culpa del hombre, no de Dios, caer de dicho estado de gracia. Acusar a Dios de preordinar la caída no solo difama el carácter santo, justo y amoroso de Dios, sino que constituye una herejía grosera y blasfema.

Entonces ¿Por qué toleró Dios la caída y sigue tolerando aún hoy el pecado del hombre? ¿Acaso no podría erradicarlo de inmediato? Sí, claro que podría. Sin embargo, Dios ha optado por tolerar la rebelión contra su soberanía solo por un tiempo. ¿Con qué propósito? Para demostrar que nada, fuera de Él y su Reino, puede beneficiar a la humanidad (Eclesiastés 7:29; 8:9). Tras seis mil años de historia, ya no queda ninguna duda: los líderes humanos no han sido capaces de eliminar las injusticias, los delitos, las guerras ni las enfermedades. (Jeremías 10:23 y Romanos 9:17). Pero si dejamos que Dios nos gobierne, obtendremos beneficios (Isaías 48:17, 18). No debemos olvidar que el derecho de Dios a gobernar sobre sus criaturas y el carácter del hombre y sus motivaciones para adorar a Dios fueron cuestionadas por Satanás. Satanás acusó a Dios delante de millones de ángeles (Job 38:7; Daniel 7:10). Así que Dios le dio a Satanás tiempo suficiente para que demostrara si tenía razón. También les dio tiempo a los seres humanos para que se gobernaran ellos mismos en un mundo controlado por Satanás. De ese modo, los humanos podrían demostrar si pueden gobernarse sin la ayuda de Dios. Satanás aseguró que los seres humanos (y aun los mismos ángeles) le sirven a Dios solo por conveniencia. Gracias a la paciencia divina, todos podemos probar por nuestro modo de vivir que el Diablo es un mentiroso y que apoyamos y reconocemos el gobierno de Dios más bien que el del hombre o el del mismo Satanás (Job 1:8-12, Proverbios 27:11). Al permitir el pecado y la caída, Dios desea mostrarnos a nosotros, los descendientes de Adán (y de hecho a toda la creación) las consecuencias de vivir por nuestra propia cuenta o bajo el gobierno satánico. Tras dos guerras mundiales y siglos de hambrunas, desastres naturales, violaciones, criminalidad, etc. ¿Quién en su buen juicio desearía continuar de la misma forma por la eternidad? A través de este proceso de aprendizaje, Dios no solo busca prevenir rebeliones posteriores que pondrían en peligro al resto de criaturas inocentes por Él traídas a la existencia, sino mostrarnos de forma experimental su derecho a gobernar sobre el hombre y los beneficios de obedecer sus mandamientos los cuales, a la larga, no buscan imponer un reinado despótico de origen divino, sino beneficiar a sus criaturas con leyes justas, sabias y benéficas. Al fin de cuentas, nadie mejor que el fabricante para elaborar manual sobre el uso correcto de su creación. Lamentablemente, hoy en día el hombre piensa que los mandamientos son gravosos, restrictivos y autoritarios. Dios, por el contrario, desea que descubramos que son para nuestro bien, no para limitarnos.

EL QUE DIOS SUPIERA DE ANTEMANO LO QUE OCURRIRÍA, Y AUN ASÍ CONTINUARA CON SU PLAN CREATIVO, NO LO CONVIERTE EN EL AUTOR DEL PECADO Y DEL MAL EN EL MUNDO, PUES ESTO NO REFLEJA SU VOLUNTAD FINAL Y PERFECTA PARA EL HOMBRE, SINO UN DESVÍO TEMPORAL DE LA MISMA:

Dios no es el autor del mal y del pecado, ni tampoco tentó, obligó o preordinó a Adán y Eva para que pecaran (Santiago 1:13). Esto lo hicieron solos por su libre voluntad. No podemos responsabilizar a Dios por ello. Pero la maldad y el sufrimiento en el mundo no solo es responsabilidad del hombre. La Biblia dice que “el mundo entero está bajo el control del maligno” (1 Juan 5:19, NVI). El gobernante de este mundo es Satanás, un ser malvado y cruel. Él está engañando “al mundo entero” (Apocalipsis 12:9). Mucha gente lo imita. Esta es la primera razón por la que el mundo está lleno de mentiras, odio y crueldad. Pero hay una segunda razón por la que hay tanto sufrimiento. Después de rebelarse contra Dios, Adán y Eva pasaron el pecado a sus hijos, heredándoles su naturaleza pecaminosa. Como los seres humanos son pecadores, hacen sufrir a otros. Muchas veces quieren ser más importantes que los demás. Así que luchan, van a la guerra y maltratan a otras personas para conseguirlo (Eclesiastés 4:1; 8:9). En otras palabras, somos nosotros quienes nos provocamos el mal los unos a los otros. La tercera razón por la que a veces sufrimos es que, en un mundo caído y alejado de Dios como este, “a todos les llegan buenos y malos tiempos” (Eclesiastés 9:11). Esto quiere decir que puede que tengamos un accidente o que nos pase algo malo porque estemos en el lugar y en el momento equivocados, no porque Dios así lo planeó o se deleite en nuestro sufrimiento. Así pues, podemos estar seguros que Dios no causa el sufrimiento. No es responsable de las guerras, el delito, la violencia o las injusticias. Tampoco es responsable de los terremotos, los huracanes, las inundaciones y otros desastres.

EL DON DEL LIBRE ALBEDRÍO: Muchos, en su intento por reprocharle a Dios la caída de Adán y culpar al Señor por el mal en este mundo, argumentan que Dios bien pudo haber puesto a alguien en la tierra que nunca pecase en lugar de Adán y Eva. Es decir, Dios pudo haber creado robots biológicos que solo fuesen capaces de hacer su voluntad y jamás pecar. Quienes opinan que Dios pudo haber limitado el libre albedrío de Adán y Eva, parecen ignorar que es precisamente el libre albedrío lo que nos hace humanos, porque sin libre albedrío tampoco existiría amor verdadero.

Aunque Dios no deseaba la caída del hombre ni preordinó que esta pasara, este evento funciona para llevar a cabo los planes de redención humana. De forma similar, Jesús no deseaba su propia muerte y sufrimiento (Mateo 26:42) pero lo hizo por amor. Génesis es el paraíso perdido, el resto de la Biblia es el plan de redención en ejecución y el Apocalipsis es el paraíso nuevamente recuperado. Todo esto con el beneficio adicional de saber que la rebelión es una mala idea. En vez de enojarnos con Dios por permitir la caída y haber creado al hombre aun sabiendo que éste pecaría, deberíamos estar agradecidos porque el Ser humano es, posiblemente, el único ser con libre albedrío que ha experimentado el pecado en toda su potencia y aún tiene la oportunidad de heredar el Reino de Dios. A los ángeles caídos no les será otorgado tal privilegio. La caída de Satanás fue un suceso irreparable, la del hombre tiene solución.

Cierto es que Dios pudo haber creado un universo en donde todo el mundo le “amara” y Adán y Eva nunca pecasen, pero tal mundo puede ser una imposibilidad práctica si Dios quiere preservar el libre albedrío de los humanos. Dios en verdad quiere que escojamos amarlo y obedecerlo (2 Pedro 2:4). Igual que un padre quiere que sus hijos lo amen de corazón y corran a sus brazos abiertos. Pero los hijos tienen libre albedrío y existe el peligro real que nuestros propios hijos rechacen libremente nuestro amor. Este es un riesgo que todos los padres están dispuestos a correr, porque el amor verdadero vale la pena. El amor no puede ser forzado porque el único amor que vale la pena recibir es el amor libremente otorgado. Dios sabía desde un principio que la humanidad caería, y aun así les otorga libre albedrío en un mundo donde las acciones tienen consecuencias reales. De otra forma, viviríamos en un mundo de caricatura donde no existiría la posibilidad de pecar, pero sería también un mundo donde la bondad verdadera, la virtud, el sacrificio, la belleza y el amor serían falsos o simplemente no existirían.

Un mundo sin libertad es un mundo sin amor. Dios es Amor, por eso nos da libertad. Por esto manda a su Hijo como rescate, “para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Ese ha sido el plan de Dios desde el principio y será el plan que se ejecute: La vida eterna a todo el que crea en Él. Aprendamos del error de Adán y Eva y usemos nuestra libertad sabiamente mientras estemos en esta Tierra, como Dios quiso desde el principio, y démosle la Gloria a Él (Romanos 11:36).

Pero ¿Acaso la existencia del libre albedrío no contradice la soberanía de Dios? No, sino todo lo contrario, la reafirma y la hace más gloriosa, pues Dios no necesita haber preordenado cada evento de la vida de sus criaturas (como quien tuviera miedo de no poder controlarlas), sino más bien es tan soberano que sabe que, en cualquier momento y si así lo deseare (y más importante aún, sin obligar a sus criaturas), puede intervenir en la historia humana y llevarla al fin que Él se propuso. Como bien lo dijera A. W. Tozer: “Dios soberanamente decretó que el hombre debería ser libre para ejercer su albedrío moral, y el hombre desde el principio ha cumplido ese decreto al elegir entre el bien y el mal. Cuando elige hacer el mal, no contrarresta la voluntad soberana de Dios, sino que lo cumple, en la medida en que el decreto eterno decidió no elegir qué opción debería tomar el hombre, sino que debería tener la libertad de hacerlo. Si en su libertad absoluta Dios ha querido darle al hombre una libertad limitada, ¿quién está allí para detener su mano o decir, ‘¿Qué haces?’ La voluntad del hombre es libre porque Dios es soberano. Un Dios menos soberano no podría otorgar libertad moral a sus criaturas. Tendría miedo de hacerlo “.[2]

CONCLUSIÓN

El carácter de Dios ha sido difamado por aquellos que enseñan que Dios predeterminó la caída. En su intento por reafirmar la soberanía de Dios, sólo lograron difamar su carácter y convertirlo en una especie de titiritero cósmico. El fatalismo y predestinacianismo propio del calvinismo y otros grupos heréticos es, por tal razón, antibíblico. Peor aún, es de origen pagano. En el calvinismo, dados sus orígenes maniqueos, esto no es de extrañar.

Lo cierto es que fueron los pueblos paganos de la antigüedad (no los judíos, ni mucho menos los cristianos), quienes creían que los dioses predeterminaban el destino de una persona, en particular la duración de su vida. La mitología griega atribuía el control de los destinos del hombre a tres deidades: Cloto (la hilandera), que hilaba la trama de la vida; Láquesis (la que da a cada uno su parte), que determinaba la duración de la vida, y Átropo (la inflexible), que ponía fin a la vida de una persona cuando se cumplía su tiempo. Los romanos también tuvieron una tríada similar.

Según el historiador judío Josefo (siglo I E.C.), fueron los fariseos quienes procuraron conciliar el concepto pagano del destino con su creencia judía en Dios. Este es el mismo error de los calvinistas modernos.[3] Lo cierto es que, antes de Agustín [siglos IV y V E.C.], no hubo en el cristianismo un desarrollo serio de la teoría de la predestinación. De hecho, los “padres de la Iglesia” anteriores a Agustín —entre ellos Justino, Orígenes e Ireneo— “no tuvieron conocimiento alguno del concepto de la predestinación incondicional; enseñaron el principio del libre albedrío”.[4] Al refutar las doctrinas propias del gnosticismo, estos “padres de la Iglesia” por lo general se apoyaron en la creencia de que la facultad del libre albedrío era “la característica distintiva de la personalidad humana, la base de su responsabilidad moral, un don divino que le permitía al hombre optar por hacer las cosas que agradan a Dios”, y hablaron de “la autonomía del hombre ante Dios, cuyo consejo no le constreñía”.[5]

REFERENCIAS:

[1] “Predeterminar” traduce la palabra griega pro·o·rí·zō (de pro, “antes” y ho·rí·zō, “delimitar, demarcar”). (La palabra española “horizonte” se deriva de la griega ho·rí·zōn, que significa “delimitador, demarcador”.) Como ilustración del sentido que tiene el verbo griego ho·rí·zō, véase la declaración que hizo Jesús con respecto a sí mismo: “El Hijo del hombre va según lo que está determinado [ho·ri·smé·non]”; o las palabras de Pablo cuando dijo que Dios “les ha prefijado [delimitado, ho·rí·sas] el orden de los tiempos, y los límites de su habitación”. (Lucas 22:22; Hechos 17:26). Este mismo verbo también se usa para hacer referencia a la determinación de los hombres, como, por ejemplo, cuando los discípulos “determinaron [hó·ri·san]” enviar una ayuda para socorrer a sus hermanos necesitados (Hechos 11:29) No obstante, las referencias específicas a la acción de predeterminar que aparecen en el Nuevo Testamento solo se aplican a Dios.

[2] A.W. Tozer, The Knowledge of the Holy: The Attributes of God.

[3] La Guerra de los Judíos, libro II, cap. VIII, sec. 14; Antigüedades Judías, libro XVIII, cap. I, sec. 3

[4] Encyclopædia of Religion and Ethics, de Hastings, 1919, vol. 10, pág. 231

[5] The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge, edición de S. Jackson, 1957, vol. 9, págs. 192, 193

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Historia de la Iglesia

Raíces gnóstico-maniqueas del calvinismo

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Juan Calvino (1509-1564) admitió en diversas ocasiones que su teología ya había sido desarrollada por Agustín, por lo que la pregunta es entonces: ¿Cómo llegó Agustín a su visión de doctrinas como la predestinación, que es todo lo contrario de lo que se enseñaba públicamente dentro de la iglesia de los primeros 300 años de historia de la iglesia temprana? Esta pregunta es importante porque el calvinismo afirma ser un movimiento cristiano de gran antigüedad. Pero lo cierto es que las ideas que dieron vida a dicho sistema teológico pueden trazar su origen no en la iglesia primitiva, o en una correcta interpretación de la Biblia, sino en el gnosticismo[1], un movimiento herético enemigo del cristianismo bíblico desde sus orígenes.

Como cualquier historiador serio del cristianismo podrá constatar, Agustín de Hipona, el verdadero padre de calvinismo, fue él mismo un gnóstico maniqueo durante casi una década antes de convertirse al catolicismo. En general, se piensa que Agustín desarrolló su teología sobre la predestinación después de debatir con Pelagio (354-420/440), Sin embargo, estudios recientes sugieren que la doctrina de la Predestinación de Agustín fue desarrollada a partir de los debates de Agustín con los maniqueos, en términos de la inevitabilidad de ordenamiento cósmico divino y del mal personal (soberanía divina, si se quiere).

Pero ¿Quiénes eran los maniqueos? Los maniqueos representaban la rama persa del gnosticismo, y enseñaron tanto el determinismo y la depravación total. Sin embargo, su determinismo se basa en la mitología dualista[2] y también mantuvieron una actitud carnal de placer corporal. Aunque muchos calvinistas preferirían ignorarlo, los escritos de Agustín fueron influenciados por el maniqueísmo[3], que, a la vez, fue influenciado por el gnosticismo.

DOCTRINAS EXTRAÑAS ATACAN LA IGLESIA.

En el segundo siglo de la era cristiana, el verdadero enemigo de la iglesia, era el interno; la herejía. El gnosticismo era una falsa enseñanza que prevalecía. Alrededor del año 180, Ireneo de Lyon, Francia, escribió cinco libros, para salvaguardar a sus creyentes de la herejía gnóstica. Los gnósticos enseñaban que la salvación se basaba en un conocimiento secreto que solo ellos sabían. Se decían cristianos y asechaban a los creyentes de poco conocimiento; usaban un lenguaje “cristiano” adornado de versículos bíblicos, sembrando desconfianza hacia los pastores, diciendo que los mismos les ocultaban la verdad para controlar a sus feligreses y evitar que los creyentes obtuviesen la “gnosis”, una especie de conocimiento secreto reservado para unos pocos elegidos. Hablaban con gran convicción y sinceridad. Pero, aunque sonaba parecido al cristianismo bíblico, sus palabras no tenían el mismo significado[4]. Cuando ya habían atrapado la atención de los incautos, los gnósticos les explicaban una de las versiones del mito gnóstico: El “Padre” de quien hablaban los gnósticos era la deidad eterna, incognoscible, espiritual y suprema. Dicho ser ha emanado de sí mismo seres conocidos como eones. Los eones han asumido diversos nombres como “Cristo”, “Logos”, “Salvador” y “Sofía”. En cierto punto, “Sofía” decidió impropiamente, con orgullo y arrogancia, que ella podría y debería arribar a un conocimiento de lo incognoscible, el Padre excelso. Su orgullo y arrogancia dio como resultado que ella engendrara otro ser llamado “Yaldabaoth”[5], quien fue conocido como “Demiurgo”, o creador. Él heredó las fallas y pecados de su madre: orgullo arrogancia y maldad. Fue este ser, no el Padre supremo, quien creó el mundo físico. Para ellos, el creador, el dios del Antiguo Testamento, el Yahveh de Israel, no era el padre supremo. Él era un ser inferior malvado y arrogante.[6] Cuando explicaban un pasaje profético como el de Isaías 46:9, en el cual Dios anunció su exclusividad diciendo: “Yo soy Dios y no hay otro”, decían que este era el Demiurgo, el cual afirmaba con orgullo su unicidad, ignorando al verdadero Padre.[7] Como consecuencia, el mundo material creado por el Demiurgo tiene características del Creador. Todo lo físico, la tierra y particularmente el cuerpo humano, es visto como malvado, maligno y hasta pútrido.[8]

El gnosticismo crecería con el paso del tiempo y amenazaría la pureza doctrinal del cristianismo. A su vez, el gnosticismo se dividiría en numerosas sectas. Una de ellas, el maniqueísmo (gnosticismo de origen persa), lograría permear los cimientos mismos de la fe cristiana a través de uno de sus viejos adherentes: Agustín de Hipona.

AGUSTÍN, EL MANIQUEO.

Agustín de Hipona (en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430), el verdadero padre del calvinismo, fue un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Antes de su conversión al catolicismo, en su búsqueda incansable de respuestas al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal.

Los años posteriores a su conversión como cristiano estuvieron marcados por su oposición al determinismo Maniqueo. Él mismo, habiendo sido un Maniqueo, y ahora católico, deseó distanciarse de la atribución maniquea del pecado humano al poder de la oscuridad, que supuestamente se apodera de la persona humana, eliminando el albedrío moral y la responsabilidad individual.

Los primeros escritos de Agustín como católico, por contraste, subrayaron el poder del libre albedrío y de la responsabilidad individual por la acción de la propia persona: su tratado más nuevo que proclamó este mensaje –Sobre el Libre Albedrío– sería arrojado a su cara en décadas posteriores por los opositores pelagianos de Agustín, quienes citaron los mismísimos escritos de Agustín para oponerse a su ya madura teoría sobre la predestinación.[9] Así pues, las ideas agustinianas sobre la predestinación, la elección y muchas otras, recicladas más tarde por el calvinismo (y que hoy se nos quieren presentar como “doctrinas de la gracia”) marcaron simplemente un retorno de Agustín a su pasado maniqueo, ya que los maniqueos enseñaron un determinismo basado en un Orden Cósmico, doctrina que formó parte de las enseñanzas fundamentales que recibió Agustín bajo esa orden.

Si bien es cierto luego de su conversión al catolicismo, Agustín se opuso a esas doctrinas e incluso escribió un tratado para defender el libre albedrío y la responsabilidad personal de cada ser; luego, en las controversias con Pelagio (quien exageró el papel del libre albedrío), Agustín retornó a una estancia determinista y desarrolló su propia teoría de la predestinación a partir de la influencia gnóstica recibida por más una década como miembro de los maniqueos.

Al final de su vida, Agustín confirmó la predestinación con tal severidad que sus oponentes lo acusaron de regresar al fatalismo pagano, lo cual no estaba lejos de ser cierto. Más tarde, sus ideas sobre la predestinación influyeron en teólogos posteriores como Tomas de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino.[10] Sin embargo, es innegable que la predestinación absoluta no fue la posición original de Agustín. Su posición inicial fue sinergista como la de sus predecesores.[11]

INFLUENCIA GNÓSTICO-MANIQUEA EN AGUSTÍN.

Entre otras cosas Agustín tomó prestado de los maniqueos su noción dual del mal como “maldad” y como “mortalidad”. Estos fueron considerados el mal, porque ellos son la antítesis del placer tranquilo en el espiritual y en el nivel físico de la existencia. Agustín compartió con los Maniqueos la opinión de que estos aspectos del mal son inevitables, siempre y cuando la vida sea vivida en este mundo. En conjunto, estos enfoques tomados acerca del mal ayudaron a Agustín para formular una explicación alternativa del principio del mal personal.[12]

El marco del orden cósmico en el que Agustín desarrolló su doctrina es un resultado de su respuesta a la opinión maniquea del universo como una mezcla del bien y del mal. En esta respuesta, de nuevo emplea la idea maniquea del bien al firmar que el universo entero es bello a pesar de la presencia del mal. Siempre y cuando el mal sea colocado en su lugar correcto, se preserva la armonía cósmica.[13] Pero ¿Estuvo este tipo de “orden cósmico” en apoyo de, o en contradicción con la teología de los primeros 300 años de historia de la iglesia? El clima teológico en el tiempo de Agustín fomentó el libre albedrío y la responsabilidad. El Determinismo habría ido contra la corriente aceptada por la iglesia primitiva como ortodoxa.

Pero la dependencia agustiniana del maniqueísmo no termina ahí. Los maniqueos negaban el libre albedrío y la responsabilidad humana por los males cometidos, pues no creían que los actos humanos fuesen producto de la libre voluntad. La comunidad maniquea se dividía en dos grupos: (1) Los elegidos, en latín electi, pasaban su tiempo en oración, practicaban el celibato y eran vegetarianos. Tras su muerte, según la teología maniquea, los elegidos alcanzaban el Reino de la Luz; (2) Los oyentes, en latín auditores, debían servir a los elegidos, podían contraer matrimonio (aunque les estaba desaconsejado tener hijos) y practicaban ayuno todas las semanas.[14] A su muerte, esperaban reencarnarse en elegidos. Lo que buscaban los maniqueos, era un retorno al estado original, la separación del Bien y del Mal. Como creían que el mal es indestructible, la única forma de alcanzar el Reino de la Luz es huir de las Tinieblas. El concepto de “elegidos” y “réprobos” fue modificado, pero finalmente incorporado en el agustinianismo y, de ahí a su heredero teológico, el calvinismo.

La explicación maniquea de la causa del mal personal es relativamente sencilla. Uno no puede escapar del mal moral, porque hay un principio del mal metafísico que trabaja detrás del alma. En otras palabras, uno peca involuntariamente. Considerado cosmológicamente, el alma humana es puesta en la difícil situación de constante lucha con el mal, no por su propia voluntad, sino por la determinación de un factor externo. Según el mito maniqueo, este factor es el principio del bien o el Dios que envía el alma buena para ser mezclada con el mal, a fin de bloquear la invasión de un enemigo que avanzaba.[15] Una vez que Agustín empezó a responder a la visión maniquea en relación con el macrocosmos, no pudo evitar el tema del determinismo.

En su propuesta alternativa, un ordenamiento cósmico divino, Agustín tuvo que hacer frente a la cuestión de lo que en última instancia determina el lugar del individuo en el orden universal.

Para Agustín la determinación es hecha por el Dios que ordena el cosmos. Expresado en el lenguaje de la predestinación, esta visión significa que Dios tiene el poder de elegir de la massa damnata[16] los que reciben la salvación y dejar el resto en condenación.[17] Así que la pregunta es: ¿Acaso Agustín tomó la mitología del Determinismo Gnóstico, y lo puso bajo el cercado de la ortodoxia cristiana, simplemente para juguetear con esto, mediante la eliminación del componente dualista mitológico, y hacer que la causa del mal, sea enteramente el producto de un ordenamiento cósmico divino monista? o dicho de otro modo ¿Estableció la soberanía divina de la forma en que la entiende aún hoy el calvinismo? Ese parece ser el caso. ¿Quién de los teólogos de la Iglesia primitiva, antes de Agustín, enseñó la predestinación agustiniana? ¡Ninguno!

DEPRAVACIÓN TOTAL, GNOSTICISMO Y CALVINISMO.

La doctrina de la Depravación Total, también llamada Inhabilidad Total, o corrupción Radical, dice, en su versión calvinista, que “el hombre natural [el que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo] nunca puede hacer ningún bien que sea fundamentalmente agradable a Dios, y, de hecho, hace siempre el mal“.[18] La Confesión de Fe de Westminster nos habla de esta doctrina, dice “El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural, siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su propia fuerza“.[19] En la teología calvinista, además de la imputación del pecado original en nosotros, la caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad e inteligencia están corrompidos por causa de la caída de Adán. Por tal razón, el calvinismo considera que el hombre perdió el libre albedrío en Adán.[20] Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. A causa de la caída el hombre perdió su capacidad de hacer lo bueno, por ello el calvinismo le niega totalmente al hombre una salvación que pueda llegar por medio de las capacidades o decisiones del hombre por sí mismo.

¿Qué piensa el arminianismo al respecto? Los arminianos clásicos reconocemos la naturaleza pecaminosa del hombre caído. El Tercer Artículo de la Remonstrancia, el cual trata sobre la Depravación Total de la Humanidad, afirma “Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo en Juan 15:5: Separados de mí nada podéis hacer.”

Ahora bien, es importante aclarar a qué nos estamos refiriendo aquí́, porque algunos pueden llegar a la conclusión equivocada de que el pecador es una especie de víctima en las manos de un Dios cruel que le está pidiendo hacer algo que Él sabe de antemano que no puede hacer, tal como ocurre en el hipercalvinismo. Ese no es el caso en el arminianismo. Para el arminiano, la depravación total no significa que todos los hombres sean todo lo malo que pueden llegar a ser, o que todos los seres humanos sean completamente incapaces de hacer alguna cosa relativamente buena. El hombre está totalmente depravado en el sentido de que todas sus facultades han sido profundamente afectadas por el pecado: su intelecto, su voluntad, sus emociones. En la teología arminiana, por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los humanos. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Como consecuencia de la caída, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado.

Hasta aquí la enseñanza arminiana podría parecer idéntica a la doctrina calvinista; sin embargo, el arminianismo difiere del calvinismo, y de su padre el gnosticismo, en un aspecto fundamental. Por siglos, los teólogos reformados han declarado que la “imagen de Dios” en Génesis 1:26-27 hace referencia a una perfección espiritual que se perdió en la Caída. Por ende, han concluido que el hombre moderno ya no porta la imagen de Dios. El reformador Martín Lutero creía que la “imagen de Dios” era una justicia original que se perdió completamente. Pero él no estaba solo en sus afirmaciones. Frecuentemente Juan Calvino mencionó que el pecado destruyó la imagen de Dios, que la Caída la eliminó, y que la injusticia finalmente la desfiguró. Pero ¿Concuerda la Biblia con tales afirmaciones? No. La Biblia revela que el hombre todavía porta la imagen de Dios después de la Caída. Génesis 9:6 declara: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. Según este pasaje, el hombre caído todavía porta la imagen de Dios. Se había registrado la caída de Adán y Eva anteriormente en el libro de Génesis; se señala claramente el hecho que el hombre había llegado a ser un pecador total en el contexto inmediato del pasaje (“…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud”—8:21). Aunque la evaluación de Dios en cuanto a la humanidad es correcta, se prohíbe el homicidio porque el hombre es creado a la imagen de Dios, es decir, él todavía porta esa imagen. Si alguien argumenta que este pasaje habla solamente en cuanto al pasado y no dice nada en cuanto al futuro, malinterpreta el significado del pasaje. Al escribir alrededor de 2,500 años después de la Caída, Moisés dijo que el homicidio es incorrecto porque la víctima es alguien creado a la imagen de Dios. Si el hombre no portara la imagen de Dios después de la Caída, estas palabras no hubieran tenido sentido para los israelitas (y no tuvieran sentido para el hombre moderno).

En el Nuevo Testamento se puede leer que Santiago escribió: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:8-9). La expresión “están hechos” se deriva del griego gegonotas, que es el participio perfecto del verbo ginomai. Se usa el tiempo perfecto en griego para describir una acción que se completó en el pasado, pero cuyos efectos se expresan en el presente. Por ejemplo, cuando la Biblia dice, “Escrito está”, usualmente esta expresión está en el tiempo perfecto. Se escribió la Escritura en el pasado, pero se aplica en el presente. La idea central de la expresión griega traducida “que están hechos a la semejanza de Dios”, es que los seres humanos en el pasado han sido creados según la semejanza de Dios y que todavía son portadores de esa semejanza. Por esta razón es inconsistente bendecir a Dios y maldecir a los hombres con la misma lengua. Esto nos lleva a concluir que, aunque el pecado es destructivo para el hombre y repulsivo para Dios, la Biblia no enseña que la entrada del pecado al mundo destruyó la “imagen de Dios” en el hombre. En cambio, el hombre moderno todavía está hecho a la imagen de Dios. Debería causarnos sobrecogimiento y humildad el hecho que todos los hombres posean características inherentes que le asemejen a Dios y le diferencien de la creación inferior. Pero al parecer, esto le ofende al calvinista, heredero moderno del viejo gnosticismo, que ve solo el mal, y únicamente el mal, en la naturaleza humana.

GNOSTICISMO, CALVINISMO Y ELECCIÓN.

Pero el calvinismo no solo parece haber heredado del gnosticismo su creencia extrema en la depravación del hombre. Siguiendo con el mito gnóstico, dicha secta afirma que hubo un intento de los seres espirituales buenos de corregir la perversión de la creación del mundo físico. Pero Yaldabaoth capturó algunos elementos espirituales, celestiales y los mantuvo cautivos dentro de algunos cuerpos físicos malos. Estos elementos espirituales fueron llamados de “semillas de luz”, “la persona interior”, o más comúnmente, los “espíritus”. En resumen, según ellos, algunos tienen cuerpos corruptos que hospedan el único elemento de valor eterno, el espíritu. En el gnosticismo hay dos clases de humanos: los que tienen la semilla o espíritu (los elegidos) y los que no. Los humanos elegidos son buenos, pero los otros humanos son innecesarios o réprobos.[21] ¿Suena esto parecido a la doctrina de la elección incondicional?

CONCLUSIÓN.

En muchos aspectos, los gnósticos eran muy similares a los calvinistas modernos, los cuales se infiltran en nuestras iglesias y seminarios para sembrar su cizaña y robar feligreses para sus iglesias “reformadas”. Esto no solo es sectario, sino carente de toda ética y moral cristiana. A muchos calvinistas se les ha animado incluso a “plantar tulipanes (símbolo de la doctrina calvinista) en iglesias arminianas” Sin embargo, tal proceder no debería extrañarnos, pues su desprecio por los arminianos es bien conocido en el mundo evangélico. John Piper[22], reconocido pastor y teólogo calvinista, afirmó en cierta ocasión:

“¿Puede un arminiano predicar el evangelio en su plenitud?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin defectos teológicos implícitos o explícitos?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin tendencias que lleven a la Iglesia en direcciones dañinas?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio de la forma que exalta más a Cristo? Y mi respuesta a todas esas preguntas sería: No, no puede.”[23]

Sin duda, el concepto agustiniano (y calvinista) acerca de la depravación humana, la doctrina de la elección incondicional y la doble predestinación fueron originadas en el mito gnóstico y fueron combatidas por Ireneo y otros obispos y pastores de la iglesia en los primeros siglos. Ireneo también enseñó que los gnósticos, antes que explicasen su sistema, sonaban muy “ortodoxos y bíblicos”. Él siempre se refería a la advertencia de Jesús sobre los falsos apóstoles. Enseñó que ellos eran “lobos con piel de oveja”. Él escribió: “Tales hombres exteriormente parecen ovejas; porque ellos parecen ser como nosotros por lo que dicen en público, repitiendo las mismas palabras como lo hacemos nosotros; pero interiormente son lobos”.[24]

Al igual que los gnósticos, los calvinistas se autoproclaman “creyentes bíblicos” y sus iglesias, “iglesias bíblicas”. Para aquel que no conoce la verdadera doctrina bíblica tales afirmaciones suenan auténticas. Sin embargo, como podemos constatar, la semejanza doctrinal entre el calvinismo y el gnosticismo es patente. El ADN espiritual del calvinismo, lo delata como lo que es: Un hijo legítimo del gnosticismo. ¡Que Dios guarde a los creyentes de hoy de tal levadura!

REFERENCIAS:

[1] El gnosticismo es una doctrina religiosa esotérica y herética que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo y que prometía a sus seguidores conseguir un conocimiento intuitivo, misterioso y secreto de las cosas divinas que les conduciría a la salvación.

[2] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 128, 209.

[3] Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El fenómeno maniqueo es esencialmente gnóstico y dualista. Los maniqueos, a semejanza de los gnósticos, mandeos y mazdeístas, eran dualistas: creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz (Zurván) y las Tinieblas (Ahrimán) y, por tanto, consideraban que el espíritu del hombre es de Dios, pero el cuerpo del hombre es del demonio. Los maniqueos aspiraban a reencarnarse como «elegidos», los cuales ya no necesitarían reencarnarse más. En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Se divulgó desde la Antigüedad tardía por el Imperio romano e Imperio sasánida, y en la Edad Media, por el mundo islámico, Asia Central y China, donde perduraría, al menos, hasta el siglo XVII.

[4] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 34-35.

[5] Yaldabaoth, el Demiurgo es una deidad asociada al platonismo y al gnosticismo. Según algunos credos de raigambre platónica, al principio la materia no existía y todo era el espíritu. Sin embargo, Yaldabaoth, un dios soberbio y celoso, intentó estructurarlo todo recreando al espíritu en un mundo material y confinándolo todo en dicho plano. Pero sólo logró fabricar un mundo imperfecto, una burda imitación del espíritu original. Su forma de ser presuntuosa le impidió admitir su error. Yaldabaoth, presuntuoso y estúpido, odia a los hombres porque, a diferencia de él, tienen alma, cosa de la que él carece y que desearía obtener por cualquier medio, aunque le resulta imposible. Por ello, maltrata, castiga y reprime a los mortales para vengarse de ellos.

[6] Runciman, Steven (1982 [1947, primera edición]). The Medieval Manichee: a study of the Christian dualist heresy.

[7] Puech, Henri-Charles (2006). Sobre el maniqueísmo y otros ensayos. Traductor: Marís Cucurella Miquel. Madrid: Editorial Siruela.

[8] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[9] Valeria Finucci and Kevin Brownlee, Generation and Degeneration: Tropes of Reproduction in Literature and History from Antiquity Through Early Modern Europe Medieval and early modern studies”. Duke University Press, 2001. Páginas 19-20.

[10] Jeffrey Burton Russell, The Prince of Darkness: Radical Evil and the Power of Good in History. Página 99.

[11] Harry Buis, Historic Protestantism and Predestination. Página 9.

[12] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 205.

[13] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 206.

[14] Bermejo Rubio, Fernando (2008). El maniqueísmo: Estudio introductorio. Madrid: Editorial Trotta. Pp. 316.

[15] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 208-209.

[16] Frase medieval que resume la idea de que, porque nosotros frecuentemente caemos al ejercitar nuestras responsabilidades morales, entonces por eso la mayoría de nosotros iremos al Infierno.

[17] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 210.

[18] Palmer, Edwin H. Doctrinas Claves. El Estandarte de la verdad. Edinburgh, 1976. Pág. 18.

[19] Ramírez, Alonzo (traductor). Confesión de Fe de Westminster. Ed. CLIE. Lima, 1999. Cap. IX, Sec. III. Pág. 91.

[20] García, Ricardo M. (2003). El concepto de libre albedrío en San Agustín. Bahía Blanca (Argentina): EdiUNS. Capítulo 3: Maniqueísmo. Pp. 161.

[21] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[22] John Piper es un reconocido teólogo calvinista, fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros y se opone abiertamente a la teología arminiana.

[23] Artículo de internet publicado el 16 de diciembre de 2015 en Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/predican-los-arminianos-un-evangelio-suficiente/ Consultado el 21-06-2019.

[24] Ireneo, citado en Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 36.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Libre Albedrío

Soberanía de Dios y Libre Albedrío.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Uno de los atributos de Dios que es común en todas las teologías cristianas ortodoxas es su omnisciencia. Dios lo sabe todo, no solo el presente y el pasado, sino también el futuro. Dios sabía antes de comenzar a crear el universo exactamente cada cosa que nosotros haríamos durante nuestra vida. Pero ¿cómo sabe un futuro que aún no ha sucedido? Tres alternativas merecen ser consideradas:

  • El Calvinismo cree que Dios conoce el futuro porque él lo decretó. El determinismo es inherente a la soberanía de Dios según el calvinismo; el pensamiento de que nada sucede aparte de la dirección específica de Dios. Entonces, porque Dios ha determinado el futuro, él puede saberlo.
  • El Arminianismo cree que Dios conoce el futuro porque es trascendente, está fuera del tiempo y puede ver el pasado, el presente y el futuro sin impactarlo necesariamente. Mientras que los arminianos sí creen que la mayor parte del futuro está decretado por Dios, sí dejan espacio para las acciones de libre albedrío de la humanidad, sin que Dios viole la libertad que le ha dado a sus criaturas. Dios sabe todas las opciones posibles que podríamos tomar, así como la que realmente tomaremos, y planea en consecuencia.
  • El Teísmo Abierto enseña que Dios no conoce el futuro de manera exhaustiva, que Dios no puede saber qué decisiones tomará la humanidad en el futuro y tiene que esperar hasta que actúen antes de conocer la acción. Esta es una enseñanza herética que limita la omnisciencia de Dios y lo hace amigable en su trato con la humanidad. Esto a veces se identifica como arminianismo, pero no lo es.

EL PROBLEMA CON EL DETERMINISMO.

La doctrina calvinista de la soberanía divina implica el determinismo. Nada sucede en toda la creación aparte del decreto de Dios. Cada evento en el mundo natural, así como cada acción del hombre, sucede en la dirección de Dios. Entonces, ¿dónde encaja el libre albedrío humano en esto? Los calvinistas abogan por lo que llaman el libre albedrío compatibilista, o el libre albedrío que es compatible con el determinismo. Dicha doctrina afirma que Dios nos ha hecho de tal manera que libremente elegimos hacer lo que él quiere que haga. Sin embargo, puesto que no podemos elegir de otra manera, esto no parece ser libre albedrío. Juan Calvino sentó su postura determinista con total claridad:

“Entonces digo que, aunque todas las cosas están ordenadas por el consejo y cierto acuerdo de Dios, para nosotros, sin embargo, son fortuitas, no porque imaginemos que la Fortuna gobierna el mundo y la humanidad, y da vuelta todas las cosas al azar ( lejos sea un pensamiento tan cruel de todo seno cristiano); pero como el orden, el método, el fin y la necesidad de los eventos están, en su mayor parte, ocultos en el consejo de Dios, aunque es cierto que son producidos por la voluntad de Dios, tienen la apariencia de ser fortuitos. tal es la forma en que se presentan ante nosotros, ya sea que se consideren en su propia naturaleza o se estimen de acuerdo con nuestro conocimiento y juicio. Supongamos, por ejemplo, que un comerciante, después de entrar en un bosque en compañía de personas dignas de confianza, se desvía imprudentemente de sus compañeros y se pasea desconcertado hasta que cae en una cueva de ladrones y es asesinado. Su muerte no solo fue prevista por el ojo de Dios, sino que fue fijada por su decreto.[1]

En el calvinismo, debido a que Dios determina específicamente todo lo que sucederá, se deduce, lógicamente, que Dios también es responsable de todo, incluido el pecado. La mayoría de los calvinistas tratan de distanciarse del pensamiento de que Dios causa el pecado, pero es una consecuencia ineludible del determinismo. Para escapar de tal contradicción en el carácter de Dios, el calvinismo afirma que el hombre es totalmente depravado e incapaz de hacer ningún bien aparte de la gracia de Dios. Así pues, Dios no obliga a las personas a pecar, pero sí les quita su gracia para que sean incapaces de obedecer a Dios. Por lo tanto, la responsabilidad por su pecado es solo de ellos y no de Dios. Pero tal razonamiento no deja de ser un mero sofisma. Por eso, algunos calvinistas, simplemente admiten que Dios es el autor del pecado. Por ejemplo, el teólogo calvinista Vincent Cheung afirma:

“Dios controla todo lo que existe y todo lo que sucede. No existe ni existirá una cosa que no haya decretado y causado, ni siquiera un solo pensamiento en la mente del hombre. Como esto es cierto, se deduce que Dios ha decretado y causado la existencia del mal. No solo lo ha permitido, porque nada puede originarse o suceder aparte de su voluntad y poder. Como ninguna criatura puede tomar decisiones libres o independientes, el mal nunca podría haber comenzado a menos que Dios lo haya decretado y lo haya causado, y no puede continuar por un momento más sin la voluntad de Dios para que continúe o sin el poder de Dios haciendo que continúe “.[2]

Quizás la cuestión más importante en relación con el determinismo es la visión calvinista de la predestinación. En este punto de vista, Dios predispuso a algunos para la salvación y el resto fue predestinado a la condenación. La preordenación de Dios de sus elegidos no se basa en nada que ellos puedan hacer. Más bien, Dios, en su divina sabiduría y sus formas inescrutables, simplemente los eligió. A cualquier observador imparcial le será difícil ver esto como otra cosa que no sea Dios creando arbitrariamente personas con el propósito expreso de condenarlos al infierno simplemente porque no los eligió, responsabilizándolos de algo que eran incapaces de alcanzar por sí mismos, y que él podría darles y, sin embargo, optó por retenerlo de ellos. Si el calvinismo fuese cierto, Dios no podría ser visto más que como un maestro titiritero que tira de las cuerdas de la humanidad. En tal caso, Dios sería responsable de todo lo que sucede en la creación, incluyendo el pecado y el mal. Por consiguiente, sería difícil, por no decir imposible, ver a Dios como un ser amoroso y misericordioso.

LIBRE ALBEDRÍO COMPATIBILISTA Y LIBRE ALBEDRÍO LIBERTARIO.

El Arminianismo rechaza la interpretación calvinista de la soberanía divina ya que contradice el carácter de Dios. ¿Cómo reconciliar la idea de un Dios santo, justo y amoroso con uno que es el autor del pecado y que hace responsable a la humanidad de algo que no puede evitar? El libre albedrío humano, en lugar de estar en el centro del arminianismo, es una forma de transferir la responsabilidad por el pecado de Dios a la humanidad. Debido a que la humanidad es responsable de su propio pecado, Dios puede castigar correctamente el pecado sin dañar su santidad.

Contrariamente a la opinión popular en los círculos calvinistas, el arminianismo tiene una visión elevada de la soberanía de Dios, en algunos aspectos incluso más alta que la de los mismos calvinistas. Para el arminiano, la soberanía de Dios significa que nada sucede en el universo que Dios no permita. De hecho, mucho de lo que sucede, si no la mayoría, está decretado por Dios. Pero sí creemos que Dios le ha dado al hombre un libre albedrío limitado, aunque corrompido en la caída, que puede tomar decisiones reales. Si bien nuestra depravación nos impide elegir creer en Cristo, podemos elegir libremente el color de la camisa que usaremos, lo que cenaremos, a dónde iremos de vacaciones o con quién nos casaremos. Sin embargo, sin importar las elecciones que hagamos, Dios las conoció antes de la creación y trabaja a través de ellas para cumplir su propósito en la creación. Para el arminiano, Dios permite el pecado, pero no lo decreta. Pero aun cuando Dios permite el pecado, él lo usa para cumplir su propósito. Dios también previene el mal gratuito si el bien no puede salir de él.

Los arminianos también reconocemos cierta forma de predestinación. Pero en lugar de la preordenación por razones arbitrarias, creemos que Dios predestina basándose en su conocimiento previo de quién responderá a su oferta de gracia. Todos los que se someten a ella están predestinados a conformarse a la imagen de Cristo. Aquellos que se resisten a su gracia se enfrentan a la condenación, no porque Dios quiera que sean condenados, sino porque eligieron rechazar la oferta de salvación de Dios.

En contraste con el Libre Albedrío Compatibilista del calvinismo, los arminianos sostenemos el Libre Albedrío Libertario, o voluntad que está libre de determinismo. El libre albedrío humano es totalmente depravado y totalmente incapaz de hacer cualquier cosa que sea agradable a Dios. Aparte de la obra de la gracia de Dios, no puedo complacerlo. Pero Dios nos da a cada uno de nosotros una medida de gracia que nos permitirá hacer el bien. Debido a esta “gracia común”, podemos ser justamente responsables de nuestro pecado. Si bien somos totalmente corruptos, la gracia de Dios nos permite tomar buenas decisiones morales, por lo que no tenemos excusa.

Mientras que la visión calvinista de la soberanía es “soberanía por mandato”, donde Dios es como un maestro titiritero que tira de todas las cuerdas y hace que todo y todos bailen a su tono, la visión arminiana es más bien la de un “director soberano”; Dios es como un director de orquesta que trabaja para mezclar la música de cada uno de los músicos en su visión. Cada miembro de la orquesta es independiente y aporta sus propias notas. Pero el conductor tiene un plan en el que está trabajando y trabaja para reunir todas las partes dispares en un magnífico conjunto. Pero mientras el conductor humano no tiene éxito garantizado, Dios no fallará, su plan tendrá éxito.

¿ENSEÑA LA BIBLIA QUE DIOS NOS HA DADO LIBRE ALBEDRÍO?

El libre albedrío humano es totalmente depravado y totalmente incapaz de hacer cualquier cosa que sea agradable a Dios. Jacobo Arminio enseñó:

“En este estado, el libre albedrío del hombre hacia el bien verdadero no solo está herido, mutilado, enfermo, torcido y debilitado; sino también está encarcelado, destruido y perdido. Y sus poderes no solo son debilitados e inútiles a menos que sean asistidos por la gracia, sino que no tienen ningún poder, excepto los que están excitados por la gracia divina. Porque Cristo ha dicho: Separados de mí, nada podéis hacer.”[3]

Desde la creación del hombre, Dios le concedió a este la libertad de escoger por su cuenta, sin compulsión alguna por parte de Dios:

 “y le dio este mandato: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás».” (Génesis 2:16-17, NVI)

Después de la caída el albedrío del hombre quedó mutilado, destruido y perdido, pero esto no significa que ya no exista:

“El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9, NVI). Si Dios predetermina las decisiones humanas ¿Por qué esperar y tener paciencia? ¿No podría simplemente “programar” la respuesta esperada? Además, ¿Cómo puede decir que no quiere que nadie perezca si ha predestinado a algunos para condenación?

“Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor.” (Gálatas 5:13, NVI). ¿A qué libertad hemos sido llamados si nuestros actos están todos predeterminados?

“El que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconocerá si mi enseñanza proviene de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.” (Juan 7:17, NVI). Para poder estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios por necesidad se requiere poseer libre albedrío; de lo contrario no sería disposición, sino compulsión.

Josué dejó en claro que podemos elegir servir a Dios o no. Nadie es obligado a servir a Dios, pues él no manipula a nadie como si de un maestro titiritero se tratara:

“Pero, si a ustedes les parece mal servir al Señor, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Éufrates, o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra ustedes ahora habitan. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor».” (Josué 24:15, NVI)

Cristo mismo ha expresado su voluntad de respetar el albedrío del hombre:

“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20, NVI)

La posibilidad de rebelarse e ir en contra del decreto de Dios es la base para ser condenados. Si dicha posibilidad nos fuese negada y Dios decretara cada uno de nuestros actos, incluso los pecaminosos, la culpa de nuestra supuesta rebeldía sería de Dios, no nuestra. Pablo enseñó que rebelarnos contra lo que Dios ha instituido es posible:

“Por lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido. Los que así proceden recibirán castigo.” (Romanos 13:2, NVI)

El ser humano es capaz de elegir entre lo bueno y lo malo. Por tal razón Dios lo hace moralmente responsable de sus actos:

“Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir.” (1 Corintios 10:13, NVI)

A través de su gracia, Dios libera el albedrío del hombre, dándole libertad de elegir entregarse a Él o rechazar su gracia:

“Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:12-13, NVI)

Aún Moisés habló de Dios concediéndole al hombre la libertad de elegir sin que fuese Dios quien lo predeterminara:

“Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.” (Deuteronomio 30:19-20, NVI)

El libre albedrío jamás le ha sido negado por Dios al hombre. De lo contrario, Dios sería injusto si lo condenara por hacer algo que no podía evitar hacer:

“Por tanto, a cada uno de ustedes, los israelitas, los juzgaré según su conducta. Lo afirma el Señor omnipotente. Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina. Arrojen de una vez por todas las maldades que cometieron contra mí, y háganse de un corazón y de un espíritu nuevos. ¿Por qué habrás de morir, pueblo de Israel? Yo no quiero la muerte de nadie. ¡Conviértanse, y vivirán! Lo afirma el Señor omnipotente.” (Ezequiel 18:30-32, NVI)

CONCLUSIÓN.

Muchos se cuestionan el por qué un Dios soberano le concedería a la humanidad la capacidad de tomar decisiones libres en lugar de dirigir todos sus asuntos. La respuesta dicha pregunta está relacionada con su propósito en la creación. ¿Para qué creó Dios el universo? Una de sus razones fue para producir la iglesia. La mejor prueba de esto es que, cuando el propósito para el universo se cumpla, el siguiente paso es la destrucción de la creación actual y la producción de una nueva que habitaremos (2 Pedro 3:3-13; Apocalipsis 21:1). Ahora bien, Dios está usando la creación actual como un lugar, no solo para producir la iglesia, sino también para desarrollarla para lo que está por venir. El desarrollo de nuestro carácter ahora es importante, y para ello lo mejor es permitirnos tomar decisiones, incluidos los errores. En cierto modo, ahora somos como niños, y lo que seremos en la vida venidera aún nos está oculto, pero Dios nos ha creado para un propósito especial, y como un Padre amoroso nos guía en el camino. Y qué mejor manera de moldearnos que permitiéndonos tomar decisiones en lugar de solo programarlas.

Nada de lo que ha sucedido en la historia del universo fue una sorpresa para Dios. Antes de crearnos, sabía que rechazaríamos su señorío y seguiríamos nuestro propio camino. Su plan de redención no fue un intento de recuperarnos después de frustrar su plan; fue el plan desde el principio (1 Pedro 1: 18-20). Dios quiere a aquellos que le responderán con fe (Hebreos 11: 6), no porque deban hacerlo. Por nuestra cuenta, somos incapaces de responder con fe, pero la gracia de Dios permite a la humanidad someterse a Dios o continuar resistiéndolo. Es por la fe, habilitada por la gracia, que podemos entrar en una relación con Dios que continuará por el resto de la eternidad. Dios creó a la humanidad con libre albedrío por una razón; Él quiere que elijamos libremente servirle y amarlo, así como desarrollarnos en la madurez. Y el ejercicio de nuestras voluntades ahora, a medida que nos desarrollamos, nos está preparando para la eternidad y su tarea para nosotros allí.

REFERENCIAS:

[1] John Calvin, Institutes of Christian Religion 1.16.9.

[2] Vincent Cheung: The Problem of Evil, God’s Sovereignty

[3] Jacob Arminius, Public Disputation 11 On the Free Will of Man and Its Powers.

 

Arminianismo Clásico

Elegidos y predestinados, pero no incondicionalmente.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección, o predestinación, es enseñada en las Escrituras. Sin embargo, tal elección no se refiere necesariamente a la salvación eterna de un grupo o individuo en particular, sino más bien a la preordenación para el ejercicio de ciertos roles o papeles en el plan de Dios. Entre los predestinados a desempeñar roles específicos en el logro de la redención, el personaje principal es nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. La elección de Jesús es el acto central y primario de la predestinación. La Biblia nos enseña que Jesucristo fue elegido desde antes de la fundación del mundo para ser nuestro Salvador:

 “Cristo había sido destinado para esto desde antes que el mundo fuera creado, pero en estos tiempos últimos ha aparecido para bien de ustedes.” (1 Pedro 1:20, DHH).

En otras ocasiones, diversas personas fueron elegidas para roles especiales con el fin de facilitar los propósitos de Dios. Por ejemplo, Dios eligió a los doce apóstoles como instrumentos para establecer la iglesia. Sin embargo, podemos notar que tal elección fue para el servicio y no para la salvación. Esto se evidencia en el hecho de que incluso Judas se encuentra entre los doce elegidos (Lucas 6:13; Juan 6:70), aunque más adelante se convirtió en un traidor (Juan 6:71).[1] Bíblicamente, el hecho de que Dios elija a ciertos individuos para misiones especiales, no implica que dichos individuos serán salvos de forma incondicional y automática. Lo que la biblia sí enseña es que Dios elige a ciertos individuos para ejercer ciertos ministerios específicos. Por ejemplo:

  1. Dios eligió a Jeremías desde antes de nacer para que fuese su profeta:

“«Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones».” (Jeremías 1:5, NVI).

 

  1. Dios eligió a Sansón desde antes de nacer como juez de Israel:

“Cierto hombre de Zora, llamado Manoa, de la tribu de Dan, tenía una esposa que no le había dado hijos porque era estéril. Pero el ángel del Señor se le apareció a ella y le dijo: «Eres estéril y no tienes hijos, pero vas a concebir y tendrás un hijo. Cuídate de no beber vino ni ninguna otra bebida fuerte, ni tampoco comas nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja sobre su cabeza, porque el niño va a ser nazareo, consagrado a Dios desde antes de nacer. Él comenzará a librar a Israel del poder de los filisteos».” (Jueces 13:2-5).

 

  1. Dios eligió a Jacob, por encima de Esaú, para llegar a ser el padre de la nación del Pacto:

“Isaac oró al Señor en favor de su esposa, porque era estéril. El Señor oyó su oración, y ella quedó embarazada. Pero, como los niños luchaban dentro de su seno, ella se preguntó: «Si esto va a seguir así, ¿para qué sigo viviendo?» Entonces fue a consultar al Señor, y él le contestó: «Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se dividen desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor».” (Génesis 25:21-23).

 “No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios.” (Romanos 9:10-16, NVI).

 

  1. Dios eligió a Ciro y lo llamó por nombre antes de nacer para liberar a su pueblo:

“Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien tomó de la mano derecha para someter a su dominio las naciones y despojar de su armadura a los reyes, para abrir a su paso las puertas     y dejar abiertas las entradas: «Marcharé al frente de ti, y allanaré las montañas; haré pedazos las puertas de bronce y cortaré los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros de las tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre. Por causa de Jacob mi siervo, de Israel mi escogido, te llamo por tu nombre y te confiero un título de honor, aunque tú no me conoces.” (Isaías 45:1-6, NVI).

   5. Pablo fue elegido desde antes de nacer para llegar a ser apóstol:

“Pero Dios, que me escogió antes de nacer y por su gran bondad me llamó, tuvo a bien hacerme conocer a su Hijo, para que anunciara su evangelio entre los no judíos.” (Gálatas 1:15-16, DHH).

PREDESTINADOS PARA LA SALVACIÓN.

Además de la predestinación de un individuo o grupo para desempeñar una tarea, o cumplir una misión específica en esta vida, la biblia nos habla de un cierto tipo de predestinación en relación con la salvación. La biblia nos enseña que Dios predestina individuos específicos a la salvación. Sin embargo, esto dista mucho de la doctrina calvinista de elección incondicional, o de su doctrina hermana, la gracia irresistible. Debe recordarse que el calvinismo enseña no solo una predestinación a la salvación, sino una predestinación a la fe misma. Según el calvinismo, Dios determina qué incrédulos se convertirán en creyentes. La elección incondicional es uno de los 5 puntos del calvinismo clásico. John Piper, en su breve artículo, “Cinco razones para abrazar la elección incondicional“, declara:

“La elección incondicional es la elección libre de Dios antes de la creación, no en base a la fe prevista, otorgando fe y arrepentimiento a los traidores, perdonándolos, y adoptándolos en el seno de su familia eterna de gozo.”[2]

 El concepto puede sonar piadoso y hasta bíblico, pero está lejos de ser las buenas nuevas que pretende ser. La denominada “elección incondicional” implica, en su aspecto positivo, que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, previendo el pecado del hombre, a una multitud incontable de personas para salvarlas, no porque vio que creerían o consideró algo bueno en ellas, sino que lo hizo en amor y misericordia, según Su voluntad para alabanza de la gloria de Su gracia. El aspecto negativo de la misma suele pasarse por alto, ya que establece que Dios, en su soberanía, ha determinado de antemano quienes serán condenados eternamente sin que puedan hacer algo para cambiarlo.

Además, la declaración de Piper contiene serias contradicciones. Por ejemplo, Piper parece olvidar que, de acuerdo con la doctrina calvinista que él sostiene, Dios decreta cada detalle de nuestra propia existencia. Por lo tanto, si somos traidores es por el decreto y la voluntad de Dios. Pero Piper enmarca el asunto como si fuéramos traidores por nuestra propia voluntad. Pero esto no puede ser cierto si Dios influye soberanamente en nuestros deseos y decisiones.

Contrario a lo dicho por Piper, la Biblia nos enseña que ciertos individuos están predestinados a la salvación como tal, mas no por compulsión o manipulación ejercida sobre ellos como sugiere el calvinismo. Los que Dios conoce de antemano (Romanos 8:29) se convertirán en creyentes de su propia elección.[3] En la doctrina arminiana y bíblica, Dios no solo conoce de antemano la fe de ciertos individuos, Él conoce de antemano a los creyentes.

NATURALEZA CORPORATIVA DE LA ELECCIÓN.

La elección de Dios es de naturaleza corporativa. La Biblia nos enseña que Dios eligió, entre otras cosas, a la nación Israel para cumplir Sus propósitos (Deuteronomio 7:7-8). En su soberanía y presciencia, Dios eligió a la nación que surgiría de Jacob y no de Esaú para cumplir una misión específica (Génesis 25:23; Romanos 9: 10-14); también eligió a la Iglesia en el Nuevo Testamento (1 Pedro 2: 9); a través de Jesucristo, el elegido de Dios (Isaías 42: 1), para cumplir sus propósitos divinos. Los elegidos, entonces, en el Nuevo Testamento, están formados por individuos que han sido unidos por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo para cumplir los propósitos de Dios Padre, que está trabajando todo en conformidad con Su voluntad (Efesios 1:11). Solo cuando uno se une a Cristo es considerado el elegido o escogido por Dios.

El apóstol Pablo escribe:

“Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Efesios 1: 3-5, NVI).

De acuerdo con Efesios 1: 3-5, en lo que concierne a la elección, Dios es el que otorga todas las bendiciones, pero tales bendiciones vienen únicamente a aquellos que están en Cristo Jesús. Este pasaje también nos enseña que, antes de que Dios creara el mundo, Él escogió “algo” para aquellos que llegaran a estar en Cristo. Ese “algo” que Dios eligió para ellos es que fueran hechos “santos y sin mancha delante de él(Efesios 1: 4). Por lo tanto, el texto no indica que Dios nos eligió “para estar en Él”, sino más bien, predestinó que, aquellos que llegaran a formar parte del Cuerpo de Cristo, fuesen hechos “santos y sin mancha delante de él… adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo “.

La elección de Dios de los que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tito 2:13, Tito 1: 1). El término “Elección” (Griego “eklego”) se refiere a Dios escogiendo en Cristo a un pueblo a quien él destina para ser santo e irreprensible ante sus ojos (2 Timoteo 2:13). Pablo ve esta elección como expresión de la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como su creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo. La enseñanza de Pablo sobre la elección implica las siguientes verdades:

  1. La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de los seres humanos ocurre sólo en unión con Jesucristo. “Él nos escogió en él” (Efesios 1: 4). Jesús mismo es primero de todos los elegidos de Dios. En cuanto a Jesús, Dios dice: “Aquí está mi siervo a quien he escogido” (Mateo 12:18, Isaías 42: 1, 6; 1 Pedro 2: 4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Sólo en unión con Cristo nos hacemos miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. La elección es “en él … a través de su sangre” (Efesios 1: 7). Dios propuso antes de la creación (Efesios 1: 4) formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Así, la elección se fundamenta en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Ro 3: 24-26).

 

  1. La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, la elección de un pueblo (Efesios 1: 4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “un pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9), y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solamente cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la iglesia verdadera (Efesios 1: 22-23).[4] Esto era cierto ya de Israel en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 29:18-21).

 

  1. La elección a la salvación y santidad del cuerpo de Cristo es siempre certera. Pero la certeza de la elección para los individuos permanece condicionada a su fe personal viviente en Jesucristo ya la perseverancia en unión con él. Pablo demuestra esto de la siguiente manera: El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser “santos e irreprensibles ante sus ojos” (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como esposa de Cristo. El pueblo elegido de Dios está siendo guiado por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14, Gálatas 5: 16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10, 3:14-19, 4: 1-3, 13-24, 5:1-18). Cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es certero: Cristo hablando de la iglesia dice: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa e irreprensible” (Efesios 5:27). El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos e irreprensible ante sus ojos” (Efesios 1: 4) sólo si continuamos en la fe. Pablo lo declara claramente: Cristo “te presentará santo delante de él sin mancha … si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:22-23).

 

  1. La Elección a la salvación en Cristo es ofrecida a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: 4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9), pero se vuelve real para personas particulares dependientes de su arrepentimiento y fe como Aceptan el don de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2: 8, 3:17, Hechos 20:21, Romanos 1:16, 4:16). En el punto de la fe, el creyente es incorporado al cuerpo elegido de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Así, hay tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 1:1-11).

 

LA ELECCIÓN IMPLICA PREDESTINACIÓN, PERO ESTA TAMBIÉN ES CONDICIONAL.

La elección pues, depende de la pertenencia o no al Cuerpo de Cristo, aquellos que conforman la verdadera iglesia del Señor. La Biblia nos enseña que Dios ha predestinado a su iglesia para salvación. Pero ¿Qué significa ser predestinado? El término “predestinación” (Griego “prooizo”) significa “decidir de antemano” y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios “en Cristo” de un pueblo (la iglesia verdadera) para sí mismo. La predestinación comprende lo que sucederá con el pueblo de Dios (todos los creyentes genuinos en Cristo). La Biblia nos enseña que Dios predestina a sus elegidos para ser llamados (Romanos 8:30), justificados (Romanos 3:24, 8:30), glorificados (Romanos 8:30), conformados a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29), ser santos e irreprensibles (Efesios 1:4), adoptados como hijos de Dios (Efesios 1:5), redimidos (Efesios 1:7), ser los receptores de una herencia (Efesios 1:14), hechos para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2, 1 Pedro 2:9), receptores del Espíritu Santo (Efesios 1:13, Gálatas 3:14), creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10), etc.

 

La predestinación, como la elección, se refiere al cuerpo corporativo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos sólo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1:5,7,13; Hebreos 2:38-41,16:31). Nadie fuera de la verdadera iglesia está predestinado para salvación. Pero una vez dentro, permanecer en ella o no, es nuestra decisión:

“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman.” (Juan 15:4-6).

Así pues, bíblicamente, la elección es condicional. Está supeditada a la pertenencia al Cuerpo de Cristo, a permanecer en Él. Para aquellos que permanezcan, hay un destino establecido: la vida eterna (Mateo 24:13, Romanos 2:6-7, Apocalipsis 3:13).

NI LA BIBLIA NI LA HISTORIA DE LA IGLESIA APOYA UNA VISIÓN INCONDICIONAL E INDIVIDUALISTA DE LA ELECCIÓN.

Los autores del Nuevo Testamento, los apóstoles y sus sucesores inmediatos vieron la doctrina de la elección para la salvación en términos principalmente corporativos, y no como individualista e incondicional, como sería inventada posteriormente por Agustín de Hipona y propagada más adelante por Lutero, Calvino y los calvinistas posteriores.

Los primeros cristianos después de la edad de los apóstoles jamás entendieron la elección como un asunto de Dios eligiendo a algunos para ser salvos y otros para ser condenados. El énfasis en los primeros siglos del cristianismo residió en el libre albedrío humano para elegir a favor o en contra de Dios. Para los primeros cristianos, aquellos a quienes Dios salva llegan a formar parte del grupo de sus elegidos. Es cierto que Dios los conoció desde antes de la creación del mundo, sin embargo, el conocimiento previo no determinó el destino. El libre albedrío para elegir o rechazar la provisión de Dios determina el destino eterno de uno. Este fue el consenso de la iglesia primitiva sobre el tema de la elección y la predestinación. La teoría novedosa de la elección incondicional estuvo ausente en el pensamiento de la iglesia primitiva. Esta fue un invento posterior de Agustín de Hipona. De modo que, a la luz de la Biblia, las teorías novedosas de Agustín (354-430 E.C.) hubieran sido consideradas heterodoxas por los primeros cristianos, pues estaban completamente en desacuerdo con la teología de los siglos primero y segundo que ya estaba firmemente establecida y recibida. Agustín no redescubrió la supuesta doctrina de la elección incondicional de Pablo: él mismo originó el error; y Lutero, Calvino y otros reformadores repitieron su error.[5]

LA ELECCIÓN SE BASA EN LA PRESCIENCIA DE DIOS.

Las Escrituras enseñan que Dios predestinó a aquellos a quienes Él conoció de antemano (Romanos 8:29), y elige de acuerdo con Su conocimiento previo (1 Pedro 1: 1-2). En Romanos 8:29, Pablo no enseña una elección incondicional para salvación. Lo que Pablo dijo fue que la predestinación de Dios (o, mejor dicho, la predeterminación) era conformar al creyente a la imagen de Su Hijo, Jesucristo, y no elegirlo incondicionalmente para el cielo. Respectivamente, Pedro estaba escribiendo a los creyentes, a quienes llama “los elegidos, extranjeros dispersos”, pues habían sido dispersados ​​por varias provincias. De acuerdo con Pedro esta elección estaba de acuerdo con el conocimiento previo de Dios el Padre (1 Pedro 1: 2). El conocimiento previo de Dios de todas las personas incluye su conocimiento de ellos como creyentes o no creyentes. Por lo tanto, no tiene nada de extraño cuando los autores de las Escrituras afirman que los creyentes estaban predestinados a ser conformados a la imagen de Jesús, o que los creyentes eran elegidos de acuerdo con el conocimiento previo de Dios.

Es indiscutible que Dios ha visto el futuro. Él ha estado ahí sin imponerlo por la fuerza, ni obligar a sus criaturas a cumplir con un hado ineludible, sino más bien respetando la libertad por el mismo concedida a sus criaturas. En cuanto a la elección incondicional, Arminio escribió:

“Con respecto al artículo de Predestinación, mis sentimientos al respecto son los siguientes: Es un decreto eterno y gracioso de Dios en Cristo, por el cual Él determina justificar y adoptar a los creyentes, y dotarlos de vida eterna, y condenar a los incrédulos y personas impenitentes… Pero un decreto como el que he descrito no es aquel por el cual Dios resuelve salvar a algunas personas en particular y, para que pueda hacer esto, resuelve dotarlos de fe, y condenar a otros y no otorgarles fe. Sin embargo, muchas personas declaran que esta es la clase de predestinación en la que trata el apóstol… Pero niego lo que afirman.”[6]

Como arminianos, reconocemos que hay un cierto decreto eterno de Dios, según el cual Él administra los medios necesarios para la fe y la salvación, y esto lo hace de la manera que Él sabe que es apropiado para la justicia, es decir, para Su misericordia y Su gracia. Sin embargo, Dio no ha elegido de forma incondicional a unos para vida eterna y a otros para condenación. Arminio afirma:

“Dios anticipa las cosas futuras a través de la infinidad de Su esencia y a través de la perfección preeminente de Su comprensión y presciencia, no como Él quiso o decretó que necesariamente deberían hacerse; aunque Él no los conocería de antemano, a excepción de que eran futuros, y no serían futuros a menos que Dios haya decretado realizarlos o permitirlos ”.[7]

 La salvación de unos y la condenación de otros descansa o depende de la presciencia y la previsión de Dios, por medio de la cual Él conoció de antemano, por toda la eternidad, lo que los hombres, a través de la gracia preveniente o precedente, harían. En su presciencia, Dios sabía desde la eternidad quienes perseverarían con la ayuda de la gracia posterior; y quien no querría creer y perseverar.[8]

Dios sigue siendo el que elige salvar; y lo hace de acuerdo con una condición particular: la fe en Jesucristo. Dado que la elección está directamente vinculada a la salvación, y como Dios no ha decretado salvar a nadie incondicionalmente, tampoco ha elegido incondicionalmente a nadie para la salvación. El apóstol Pablo lo afirma así: “Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.” (1 Corintios 1:21, NVI). Dios ha elegido salvar a los que creen. Los que rehúsen creer serán parte del grupo de los reprobados, y esto por elección y responsabilidad propia, no por un designio divino de carácter antojadizo.

CONCLUSIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino hacia el cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para ser su propia nave. Cristo es el capitán y el piloto de esta nave. Todos los que desean ser parte de este barco elegido y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, por la cual estos vienen a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del capitán del barco, están entre los elegidos. Si optan por abandonar el barco y el capitán, dejan de formar parte de los elegidos. La elección siempre está en unión con el capitán y su barco. La predestinación nos habla sobre el destino de la nave y lo que Dios ha preparado para aquellos que permanecen en ella. Dios invita a todos a venir a bordo de la nave elegida a través de la fe en Jesucristo.[9]

REFERENCIAS: 

[1] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 389.

[2] https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/5-motivos-para-aceptar-la-eleccion-incondicional/

Artículo publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Sandra Merino.

[3] Jack Cottrell, The Faith Once for All: Bible Doctrine for Today (Joplin, MO: College Press Publishing Company, 2002), 392.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Bethany House Publishers, 1970.

[5] William W. Klein, “Election,” in Dictionary of the Later New Testament and Its Developments, eds. Ralph P. Martin and Peter H. Davids (Downers Grove: IVP Academic, 2008), 318-20.

[6] Arminius, “A Letter to Hippolytus A Collubus: III. Divine Predestination,” 2:698-99.

[7] Ibid., 707.

[8] Ibid., 719.

[9] Biblia de Vida en el Estudio del Espíritu, pp. 1854-1855.