Por Fernando E. Alvarado
Un seguidor del determinismo fatalista, una teología con tintes cuasi gnósticos y maniqueos que goza de popularidad en ciertos círculos evangélicos, afirmó que Dios libera a quien desea de manera soberana, pasando por encima de la voluntad humana, ya que su gracia es irresistible y salva a quien le place sin considerar la opinión del individuo. Esta interpretación se basa en una lectura selectiva de Juan 8:36. Sin embargo, esta postura no solo malinterpreta el contexto del pasaje, sino que también ignora el testimonio más amplio de las Escrituras, que resalta el papel del libre albedrío humano en la aceptación de la libertad ofrecida por Dios.
Para empezar, el versículo de Juan 8:36 no sugiere una imposición divina que anule la voluntad humana. Jesús habla a un grupo de judíos que “habían creído en él” (Juan 8:31), instándolos a permanecer en su palabra para conocer la verdad y ser liberados. La libertad que ofrece el Hijo no es un decreto unilateral, sino una invitación que requiere respuesta activa: creer y permanecer en su enseñanza. Lejos de apoyar una gracia irresistible, el contexto enfatiza la participación humana en el proceso de liberación, lo que contradice la idea de un determinismo fatalista que elimina la agencia del individuo.

Pero eso no es todo. Creer que la gracia es irresistible contradice frontalmente la Biblia, ya que la idea de una «elección forzada» por parte de Dios implica que la salvación o la libertad espiritual se impone al ser humano sin posibilidad de rechazo, como si el libre albedrío fuera anulado por una gracia que, lejos de ser gracia, se vuelve manipulación. Las Escrituras, sin embargo, presentan un panorama diferente: Dios ofrece libertad a través de su Hijo, pero esta libertad requiere una aceptación voluntaria. Si bien Juan 8:36 afirma que “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36), es más que evidente que esta libertad no es automática ni impuesta; proviene de Dios, pero solo se realiza en aquellos que aceptan la intervención del Libertador, es decir, Jesucristo. La libertad divina no es un decreto unilateral que anula la voluntad humana, sino una propuesta que invita a una respuesta activa. Sin esta aceptación, el individuo permanece en su estado anterior de esclavitud al pecado, lo que contradice cualquier noción de una elección forzada.
La Biblia ilustra repetidamente que el hombre puede rechazar esta oferta de libertad, optando por seguir siendo esclavo del pecado. Un ejemplo claro es la acusación de Esteban en Hechos 7:51: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros”. Cualquier lector honesto notará que aquí el autor inspirado destaca la resistencia activa al Espíritu Santo, mostrando que los seres humanos no son marionetas pasivas, sino agentes con la capacidad de oponerse a la voluntad divina. Esta resistencia no es un fallo en el plan de Dios, sino una consecuencia del respeto divino por el libre albedrío.
De manera similar, Jesús lamenta el rechazo del pueblo de Jerusalén en Mateo 23:37: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!”. Jesús expresa un deseo genuino de protección y salvación, pero el pueblo «no quiso» —una elección voluntaria de rechazo. Aquí no vemos, ni remotamente, la idea de una elección forzada, ya que Dios anhela la salvación, pero no la impone contra la voluntad humana.

Otro caso son los fariseos en Lucas 7:30: “Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan”. Aquí, se muestra explícitamente que rechazaron «los designios de Dios» para ellos mismos, lo que implica que el propósito divino incluye la posibilidad de rechazo. No hay coerción; la libertad de elección permite que el hombre opte por permanecer en el pecado.
Y por si aún no ha quedado claro (y es obvio que, quienes defienden una interpretación monergista de la salvación, insistirán en dicho error porque así han elegido creerlo), Isaías 1:19-20 enfatiza la condicionalidad de la obediencia y las consecuencias del rechazo: “Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; mas si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho”. En este pasaje, como en toda la Biblia, se nos presenta la salvación y las bendiciones como dependientes de la voluntad humana («si quisiereis»), no como un mandato inescapable. Dios no obliga a la obediencia ni a la libertad del pecado; en cambio, advierte de las consecuencias naturales del rechazo, respetando la autonomía del individuo.
Quien no puede comprender estas claras y sencillas verdades bíblicas es porque, libre y deliberadamente, ha elegido cegarse ante la verdad. Nadie ha sido predestinado a permanecer en la ignorancia: “El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3:9). Si Dios realmente quiere que todos procedan al arrepentimiento y sean salvos, y su gracia fuera en verdad irresistible, sin duda todos serían salvos. Pero eso no es lo que vemos en la realidad ¿La razón? El albedrío humano. Sí, ¡Eso que niegan los deterministas! Y que, dicho sea de paso, Dios soberanamente nos ha concedido.
