Los cristianos estamos en guerra. No cabe duda: hay una batalla, pero no es contra sangre ni carne (Efesios 6:2). Nuestro enemigo no es visible a nosotros, por lo que no podemos simplemente observar su accionar. Pero Dios sí conoce los planes y las acciones de Satanás y sus demonios, por lo que la única forma de batallar es dependiendo totalmente en Él. Desafortunadamente, Satanás ha creado fortalezas en la mente de los cristianos sobre cómo batallar, lo que ha llevado a estrategias inefectivas y enfoques erróneos. Las Escrituras autentifican la realidad del mundo espiritual, incluyendo a los ángeles (amigos) y a los demonios (enemigos). Sin embargo, a los cristianos occidentales, incluyendo a los evangélicos y pentecostales, no les resulta fácil explicar y referirse a esta dimensión transempírica de la realidad.
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La reinterpretación polémica de las primicias en el pentecostalismo contemporáneo
El antiguo mandato bíblico de ofrendar los primeros y mejores frutos de la cosecha ha encontrado un nuevo hogar en muchas iglesias carismáticas y neopentecostales de hoy. Sin embargo, en este contexto contemporáneo, el concepto ha sido transformado. Ya no se trata de llevar gavillas de trigo al templo, sino de ofrendas monetarias, especialmente al inicio del año nuevo, presentadas como una "siembra de fe" que garantiza una cosecha futura de bendiciones materiales
La Navidad y la festividad pagana del Sol Invicto
Los cristianos no sincretizaron con el paganismo ni adoptaron descaradamente las celebraciones del Sol Invicto en su calendario litúrgico. En realidad, Aureliano o Juliano enfatizaron o desplazaron fechas solares precisamente para competir con una tradición cristiana ya emergente, invirtiendo así la dirección de la influencia. A pesar de su falsedad, el supuesto “mito de orígenes paganos” de la Navidad ganó popularidad en el siglo XIX, pero las fuentes antiguas primarias no sustentan dicho punto de vista. Más bien, la acusación de imitación parece originarse en la propaganda retórica de Juliano, quien en 362 d.C. intentó deslegitimar una fecha ya consolidada y ampliamente aceptada en la tradición cristiana.
El origen histórico de la fiesta de la Navidad: Reflexiones sobre el 25 de diciembre y la centralidad de la Encarnación
En el vasto tapiz de las tradiciones cristianas, la celebración de la Navidad emerge como un hito de profunda resonancia espiritual, un momento en el que la comunidad de fe se congrega para conmemorar el misterio de la Encarnación divina. Esta fiesta, que se centra en el nacimiento de Jesucristo, no solo evoca imágenes de belenes, villancicos y banquetes familiares, sino que invita a una reflexión más honda sobre el significado teológico del evento que transforma la historia humana: la llegada del Verbo hecho carne. Para los cristianos, el valor perdurable de la Navidad radica no en la precisión cronológica de una efeméride, sino en la proclamación de que Dios se ha hecho presente en la fragilidad de nuestra condición humana.
En Navidad no celebramos una fecha: Celebramos un evento ¡El mayor de todos!
Cuando celebramos nuestro cumpleaños, no estamos festejando el día preciso en que comenzamos a existir como seres humanos. La vida humana empieza en la concepción, que ocurrió aproximadamente nueve meses antes del nacimiento. Nadie celebra el “aniversario de su concepción” (ni siquiera sabemos la fecha exacta en la mayoría de los casos). Lo que celebramos es el natalicio: el día en que vinimos al mundo, el evento de nuestro nacimiento.
El árbol, el 25 de diciembre y la “Estrella de la Mañana”: Tres cosas “paganas” que el cristianismo, y la Biblia misma, transformó
La tradición judeocristiana exhibe una admirable habilidad para asimilar elementos paganos, infundiéndoles nuevo significado en servicio al Evangelio. Rechazar la Navidad por sus orígenes ignora esta rica herencia de transformación simbólica y cultural. Si un creyente opta por celebrarla —reconociendo que el 25 de diciembre no es la fecha histórica exacta del nacimiento de Jesús—, lo hace como ocasión propicia para meditar en la Encarnación, cultivar el amor fraterno y proclamar la esperanza cristiana. Colocar un árbol navideño como mero adorno estacional no vulnera la fe, pues Dios mismo ha sancionado en su Palabra la reutilización de símbolos extrabíblicos para fines redentores (Weiser & Farkas, 2008). Al final, lo trascendental no son nuestras reglas humanas o aversiones culturales, sino el espíritu que honra al Salvador que irrumpió en la historia para redimir lo caído. Que esta temporada nos invite a todos a abrazar la gracia de Aquel que vino a ser la Luz en nuestras sombras. ¡Feliz Navidad, hermanos en la fe!
El árbol de Navidad: una tradición nacida en el corazón del cristianismo protestante
Cada diciembre, mientras numerosas familias cristianas colocan el árbol en la sala de sus hogares, encienden sus luces y cuelgan las bolas de colores, suele aparecer la misma pregunta incómoda por parte de alguno que otro de sus consiervos también cristianos: "¿No saben que el árbol de Navidad es una tradición pagana? ¿No es esto un resto del paganismo germánico o romano?”. Esta pregunta, a menudo formulada con una mezcla de preocupación sincera y afán correctivo, abre un viejo debate dentro del cristianismo.
El Espíritu Santo: el poder invisible que impulsa la misión de la iglesia
La misión de la Iglesia no es un proyecto humano que Dios bendice de vez en cuando. Es una obra divina que Dios realiza a través de vasos de barro llenos de su Espíritu. Sin Él, nuestra adoración es ritualismo vacío, nuestra predicación es ruido, nuestro discipulado es legalismo y nuestro servicio es activismo sin vida. Pero cuando nos rendimos al Espíritu Santo –cuando clamamos, esperamos, obedecemos– entonces la Iglesia se convierte en lo que Jesús soñó: una comunidad que adora con fuego, proclama con autoridad, forma con sabiduría y sirve con compasión.
PPA Biblia & Teología responde | El bautismo con fuego de Mateo 3:11
Ningún Padre interpreta Mateo 3:11 como dos bautismos separados (uno de Espíritu para los salvos y otro de fuego-juicio para los impíos). Esa lectura aparece mucho después, en la controversia calvinista-arminiana del siglo XVII, y luego en el siglo XX debido a los intentos cesacionistas por negar la obra del Espíritu Santo. Por tanto, afirmar que el “bautismo con fuego” de Mateo 3:11 es solo juicio para los impíos no solo contradice la exégesis más cuidadosa y el testimonio patrístico, sino que, sobre todo, contradice la experiencia neotestamentaria de Pentecostés, donde el fuego del Espíritu descendió precisamente sobre los arrepentidos, no sobre los réprobos. ¡Que el Señor nos bautice de nuevo con Espíritu Santo y fuego! (Hechos 2:3-4; Mateo 3:11).
La ocupación demoníaca en “áreas” del alma o el cuerpo del creyente regenerado: ¿Es posible?
Muchos de aquellos que reconocen que es imposible que un verdadero creyente sea poseído por demonios, insisten en distinguir entre la posesión del espíritu humano y la ocupación demoníaca en “áreas” del alma o cuerpo del creyente regenerado. Aunque reconocen la morada permanente del Espíritu Santo en el creyente, argumentan que zonas de rebelión, heridas emocionales no sanadas o prácticas ocultas previas permiten la operación de espíritus inmundos, requiriendo su expulsión como componente esencial del discipulado cristiano. Sin embargo, y tal como ocurre con la afirmación de que un creyente puede ser poseído, esta nueva perspectiva, aunque motivada quizá por observaciones pastorales, también genera contradicciones teológicas fundamentales y refleja una confusión diagnóstica que es bastante frecuente en contextos pentecostales/carismáticos.
Rituales de Liberación: Cuando la experiencia se convierte en doctrina
Ante la vasta evidencia bíblica que afirma la imposibilidad de que el creyente sea poseído por demonios, quienes defienden dicha creencia apelan frecuentemente a la “práctica pastoral”, es decir, a la experiencia en el campo ministerial, a sus vivencias y testimonios propios y de ajenos para corroborar su punto de vista. Aunque no despreciamos la experiencia ni minimizamos su valor, la experiencia no es base para formular doctrina. La experiencia se sujeta a la enseñanza bíblica, no al revés.