Expiación Vicaria, Muerte Sustitutiva, Sustitución Penal

Expiación vicaria, muerte que trae vida

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La Caída de Adán y Eva provocó la exclusión de estos, y de su futura descendencia, de las bendiciones del Edén y la presencia misma de Dios. Al transgredir el mandato divino y tomar de aquello que les era prohibido, Adán y su posteridad contrajeron una deuda con su Creador. Al obedecer a la serpiente y unirse a la rebelión cósmica contra el gobierno divino, el hombre afrentó a su Creador, cuestionando Su derecho a gobernar y difamando Su carácter bondadoso, santo y justo. La ley divina exigía una reparación del daño. El daño ocasionado por el pecado de Adán debía ser reparado. El delito debía ser expiado y la deuda cancelada por el ofensor. Pero su pecado sólo podría ser expiado sufriendo eternamente el castigo que acompaña a la transgresión.

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¡Muerte y condenación eterna! Esto es lo que Dios tenía que haber requerido en estricta justicia (Génesis 2:17). Sin embargo, actuando bajo el impulso de su amor, Dios decidió mostrar compasión hacia el hombre, desviando su ira y cubriendo temporalmente la desnudez y el pecado de Adán y Eva. El derramamiento de la sangre de una víctima inocente marcó el sendero que nos llevaría a la solución definitiva al problema del pecado (Génesis 3:21). Dios prometió enviar un Salvador, un agente vicario que tomara el lugar del hombre y expiara el pecado, alcanzando la redención eterna para el hombre. Dicha “expiación vicaria” implicaría un doloroso sacrificio o incluso la muerte (Génesis 3:15). Y Dios mismo, en la persona de Su Hijo, asumiría el pago de la deuda contraída por el hombre (Apocalipsis 5:6, 13:8).

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¿POR QUÉ UNA EXPIACIÓN VICARIA?

La muerte de Cristo fue un sacrificio vicario. La palabra “vicario” significa “sustituto”. Por lo tanto, Cristo fue nuestro sustituto en el sentido de que él tomó nuestro lugar y sufrió nuestro castigo. Su muerte sustitutiva también fue un acto legal por el cual Cristo cumplió la ley y, legalmente, pagó la pena del pecado. El Antiguo  abunda en ejemplos de sacrificios vicarios o sustitutivos. En Génesis 22:13 leemos:

“Entonces Abraham miró hacia atrás y vio que un carnero estaba enredado por los cuernos en un arbusto. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto, en lugar de su hijo” (NBV).

Nótese que el carnero fue ofrecido en lugar de Isaac. Este fue un sacrificio sustitutivo o “vicario”. Al hablar de la obra expiatoria de Cristo, Isaías, profetizó:

“Y, sin embargo, el sufrimiento que él padeció es el que a nosotros nos correspondía, nuestras penas eran las que lo agobiaron. Y nosotros pensábamos que sus tribulaciones eran castigo de Dios por sus propios pecados, ¡pero él fue herido y maltratado por los pecados nuestros! ¡Se le castigó para que nosotros tuviéramos paz, lo azotaron y nosotros fuimos sanados por su sufrimiento!” (Isaías 53:4-5, NBV)

 

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De acuerdo con el profeta Isaías, Jesús soportó nuestras penas, fue azotado por Dios y llevó en sí mismo el castigo que nosotros merecíamos. Lo que a nosotros nos correspondía pagar por nuestra pecaminosidad es lo que cayó sobre Cristo. Él fue nuestro sustituto ante Dios. El Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento pleno de dicha profecía a través de Jesús. Los escritores del Nuevo Testamento enseñan con claridad la naturaleza vicaria de la expiación. Así, por ejemplo, en 2 Corintios 5:21, Pablo afirma: “Dios tomó a Cristo, que no tenía pecado, y puso sobre él nuestros pecados, para declararnos justos por medio de Cristo” (NBV). En Romanos 4:25 también se nos dice: “Él murió por nuestros pecados y resucitó para poder presentarnos justos ante Dios” (NBV). Claramente, Jesús fue muerto en sustitución nuestra. Él fue hecho pecado en nuestro nombre. Así como el carnero enredado en los arbustos fue ofrecido como un sustituto por Isaac, Cristo fue ofrecido en sustitución nuestra. Es por eso por lo que la Biblia dice que Jesús se hizo pecado en sustitución nuestra, que fue herido y azotado a causa de nuestras transgresiones, que llevó nuestras penas y dolencias, que fue traspasado por nuestras transgresiones y molido por nuestras rebeliones e iniquidades. Jesús hizo lo que no podíamos hacer por nosotros mismos. Él tomó nuestro lugar y llevó nuestros pecados en su cuerpo en la cruz:

“Cristo mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados a la cruz, para que muramos al pecado y llevemos una vida justa. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados” (1 Pedro 2:24, NBV).

Con su muerte sustitutiva, Cristo llegó a ser la propiciación ante Dios por nuestros pecados:

“A quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente” (Romanos 3:25, LBLA)
“Él mismo es la propiciación[a] por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Juan 2:2, LBLA).
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10, LBLA).

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Un nuevo término es aquí incorporado en nuestro entendimiento de la expiación de Cristo: Él es nuestra propiciación ante Dios. La palabra propiciación implica la eliminación de la ira al ofrecer un regalo. Propiciatorio es algo que tiene la virtud de hacer propicio o favorable, en este caso ante la divinidad. Una víctima propiciatoria es la víctima de un sacrificio efectuado con fines propiciatorios. Cristo cumplió tal propósito. Solo un sacrificio ofrecido como propiciación trataría adecuadamente con la ira de Dios. La ira de Dios se debe a los requisitos legales de castigar al pecador. Puesto que el pecador ha violado la ley de Dios, la legalidad del castigo es incuestionable; y dado que Jesús es nuestra propiciación Él absorbe en sí mismo la ira legítima de Dios. Su sacrificio fue para evitar que la ira justa de Dios se derramara sobre nosotros, los pecadores. Dado que la ley de Dios debe cumplirse y no puede ignorarse, es apropiado que la ley se cumpla. Jesús es el que cumplió la ley y nunca pecó ( 1 Pedro 2:22 ). Pero él llevó nuestros pecados en su cuerpo en la cruz (1 Pedro 2:24) y se convirtió en pecado en nuestro nombre (2 Corintios 5:21 ) sufriendo así la pena del pecado, que es la muerte.

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CARÁCTER LEGAL DE LA EXPIACIÓN SUSTITUTIVA

Además de ser vicaria, la expiación de Cristo posee un carácter legal. La legalidad trata con la ley. El pecado es violar la ley de Dios. Cuando se viola una ley, se incurre en un castigo. No hay castigo sin ley, y no hay ley sin castigo. Cuando una persona es sentenciada a un determinado tiempo en prisión, esto se hace con base en los requisitos de la ley. Lo mismo ocurre con la Ley de Dios; sin embargo, la sentencia requerida sobre alguien que infringe la ley de Dios es la muerte, tanto física como espiritual. En la epístola a los Romanos, Pablo aborda este asunto:

“Se llenaron de toda clase de perversiones, pecados, avaricia, odio, envidia, homicidios, peleas, engaños, conductas maliciosas y chismes. Son traidores, insolentes, arrogantes, fanfarrones y gente que odia a Dios. Inventan nuevas formas de pecar y desobedecen a sus padres. No quieren entrar en razón, no cumplen lo que prometen, son crueles y no tienen compasión. Saben bien que la justicia de Dios exige que los que hacen esas cosas merecen morir; pero ellos igual las hacen. Peor aún, incitan a otros a que también las hagan” (Romanos 1:29-32, NTV)
“Pues la paga que deja el pecado es la muerte, pero el regalo que Dios da es la vida eterna por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 6:23, NTV)

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La Palabra de Dios es clara: A causa del pecado, la humanidad entera ha sido sentenciada a muerte. Esto debido a la violación de la ley de Dios. Por lo tanto, los seres humanos somos legalmente culpables ante Dios porque infringimos su ley:

“Es así porque todos hemos pecado y no tenemos derecho a gozar de la gloria de Dios” (Romanos 3;23, NBV).

La sentencia es clara y debe cumplirse para satisfacer las demandas de la justicia. Es ahí donde Cristo entra en escena nuevamente…

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EL PAGO DE LA DEUDA SATISFIZO LA JUSTICIA DE DIOS

Mientras Jesús colgaba del madero, una de sus frases fue: “¡Consumado es!” ( Juan 19:30 ). Dicha expresión se traduce del griego “tetelestai”, un término legal de esa época. Tetelestai significa “está terminado”, “todo está cumplido”, “todo ha terminado” y, más específicamente “pagado en su totalidad”. De hecho, al estudiar los papiros antiguos correspondientes a la época neotestamentaria, se puede constatar que aquellos papiros que contenían recibos de impuestos ya cancelados, llevaban escrita la palabra “tetelistai” en ellos. Esto indicaba que la deuda había sido pagada en su totalidad.

Es por tal motivo que esta palabra en los labios de Jesús resulta significativa. Cuando dijo: “consumado es”, quiso decir que Su obra redentora había sido completada. La paga que exigía la justicia divina en compensación por el pecado humano había sido pagada en su totalidad:

“Pero nuestro Sumo Sacerdote se ofreció a sí mismo a Dios como un solo sacrificio por los pecados, válido para siempre. Luego se sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios. Allí espera hasta que sus enemigos sean humillados y puestos por debajo de sus pies. Pues mediante esa única ofrenda, él perfeccionó para siempre a los que está haciendo santos” (Hebreos 10:12-14, NTV).

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Jesús conocía la ley y la cultura de la época, y precisamente por ello eligió utilizar la palabra “tetelestai”, que se usaba en declaraciones legales en el antiguo Israel cuando una deuda legal había sido pagada en su totalidad. ¿Por qué era esto legalmente necesario? Porque el pecado solo tiene poder debido a la ley (legalidad) de Dios. La ley tiene un castigo, y el castigo es la muerte. Pablo enseña esto claramente:

“En efecto, el pecado, que es el aguijón de la muerte, ya no existirá; y la ley, que le da poder al pecado, dejará de juzgarnos” (1 Corintios 15:56, NBV)

Toda la obra expiatoria de Cristo fue una acción legal donde Jesús sustituyó a los pecadores y pagó el requisito legal del castigo del pecado: la muerte. Esto es lo que, sin lugar a duda, enseñan las Escrituras.

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CONCLUSIÓN

¡Consumado es! ¡Qué maravilloso grito de victoria! Jesús no murió como un mártir judío patético. Su afirmación de que “todo está terminado” es el grito victorioso de nuestro Sustituto, nuestro representante, el cumplimiento de una tarea en nuestro nombre, que nunca podríamos lograr por nosotros mismos. En la cruz, Jesús pagó de forma perfecta, completa y cabal, la pena personal impuesta sobre cada uno nosotros debido a nuestros pecados individuales.

En la cruz, Cristo sufrió por el hombre, murió como el Representante legal del hombre, por el hombre y en lugar del hombre, obteniendo para el hombre redención eterna, después de haber dado su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Y esta es la verdad más gloriosa de nuestra fe, las buenas nuevas de salvación por medio de la fe en Cristo, nuestro Gran Representante.

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