Adoración, Cristianismo, REFLEXIÓN BÍBLICA

Tendencias peligrosas en la iglesia evangélica de hoy

Por Fernando E. Alvarado

A medida que nuestra sociedad cae más profundamente en el abismo del pecado, uno pensaría que los cristianos (ministros y laicos en general) se levantarían y seguirían la súplica de Pablo: «Manténganse despiertos y firmes en la fe. Tengan mucho valor y firmeza.» (1 Corintios 16:13, DHH). Pero, lamentablemente, parece que muchos están huyendo de la batalla y no hacia ella.

Y es que hay una tendencia muy preocupante en la iglesia evangélica en general. Necesitamos desesperadamente un liderazgo genuino: personas quebrantadas y humildes que no tengan miedo de admitir que necesitan a Dios; hombres más preocupados por la oración que por el estatus y el reconocimiento; hombres que piden a Dios que tome su lugar como Señor en sus vidas e iglesias, en lugar de posicionarse ellos mismos como el foco de atención en sus congregaciones locales y denominaciones.

Muchos hombres quieren el reconocimiento pero no el quebrantamiento; el honor pero no la humildad. El estado de la familia hoy también es desalentador; los hombres han abandonado en gran medida su papel dado por Dios como líderes espirituales en sus hogares, eso, nadie lo puede negar. Y creo que el púlpito tiene parte de culpa.

Hoy en día, la verdad a menudo se descuida, se diluye o se evita por completo con la esperanza de no ofender a los miembros y de construir una gran audiencia. Nunca se menciona el juicio, nunca se busca el arrepentimiento y a menudo se excusa el pecado. Queremos construir una iglesia en lugar de romper un corazón; ser políticamente correctos en lugar de bíblicamente correctos; mimar y consolar en lugar de agitar y condenar. Desde temas LGBTQ hasta el aborto, el silencio dice mucho.

«Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Timoteo 1:15, DHH), sin embargo, muchos evitan palabras como pecado y arrepentimiento. Las buenas noticias acerca de Cristo solo se pueden apreciar con las malas noticias como telón de fondo. Para citar a C. H. Spurgeon, «Hay momentos en que los santos deben ser alimentados, y hay momentos en que los pecadores deben ser advertidos».

¿Estamos fomentando el pecado con nuestro silencio? Muy probablemente. La predicación, el testimonio y la enseñanza deben hacerse con la autoridad dada por Dios para que sean verdaderamente efectivos. Cuando no proclamamos fielmente la Palabra de Dios, corremos el riesgo de «fomentar el pecado» y «pervertir las palabras del Dios vivo» (Jeremías 23:36).

Los pastores y líderes cristianos debemos ser pilares que sostienen la verdad, no que la evitan. La verdad no es «flexible» cuando se trata de absolutos: es sólida e inflexible. La verdad libera. La verdad reconstruye. La verdad restaura. La verdad cura. La verdad transforma. La verdad prevalece. No cambies la verdad, ¡deja que ella te cambie a ti!

En una era de decadencia espiritual nos preguntamos: ¿Dónde están los Isaías y Jeremías llamando a las naciones al arrepentimiento? ¿Dónde están los Pedros y los Pablos, que hablaban con tal autoridad que el martirio no los hizo callar? ¡Aunque ahora están muertos, todavía hablan! ¿Dónde están los Wycliffe, que defendieron tan inflexiblemente la verdad que lo llamaron «La estrella matutina de la Reforma»?

¿Dónde están los Tyndale y los Huss, que fueron quemados en la hoguera simplemente por declarar la verdad? ¿Dónde están los Luteros, quienes, cuando se les pidió que se retractaran o enfrentaran una posible ejecución, dijeron: «Aquí estoy; no puedo hacer otra cosa»? ¿Dónde están los Juan Calvino y los Jacobo Arminio, quienes dieron forma al pensamiento religioso de nuestra cultura occidental? ¿Dónde están los John Knox, que gritaron: «Denme Escocia [por la causa de Cristo] o me muero»? ¿Dónde están los Whitefield, que sacudieron continentes? ¿Dónde están los William Seymour y los Charles Fox Parham que encendieran su nación con el fuego pentecostal?

Vuelvo a decir: «¿Dónde están?» ¿Dónde están los John Wesley, que dijeron: «Denme cien predicadores que no teman nada más que al pecado y no deseen nada más que a Dios, y haremos temblar las puertas del infierno»? ¿Dónde están los puritanos como Richard Baxter, que dijo con tanta humildad: «Hablo como un moribundo a moribundos»?

A medida que la iglesia cae más profundamente en la autosuficiencia y más lejos de la confianza en Dios, nuestra necesidad de un liderazgo audaz nunca ha sido mayor. El cambio en nuestras iglesias y naciones, solo ocurrirá cuando haya una fuerte convicción de pecado, fe genuina, humildad y arrepentimiento sincero, comenzando desde los púlpitos. Que Dios nos conceda la sabiduría y la fuerza para proclamar estas verdades.

Debemos dejar de confundir la paciencia de Dios con Su aprobación y volver a predicar con convicción desde los púlpitos. ¿Estás listo para cambiar? Todo comienza con el arrepentimiento, el quebrantamiento y la humildad. Deja de preocuparte por el tamaño de tu iglesia, cuántos seguidores tienes en redes sociales y por tu presupuesto, y comienza a desear la plenitud del Espíritu, la audacia del Espíritu. Parafraseando a Knox, nuestro grito como pentecostales debería ser: «Señor ¡Lléname de tu Espíritu o me muero!»

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