Arminianismo Clásico, Calvinismo, Historia de la Iglesia

Raíces gnóstico-maniqueas del calvinismo

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Juan Calvino (1509-1564) admitió en diversas ocasiones que su teología ya había sido desarrollada por Agustín, por lo que la pregunta es entonces: ¿Cómo llegó Agustín a su visión de doctrinas como la predestinación, que es todo lo contrario de lo que se enseñaba públicamente dentro de la iglesia de los primeros 300 años de historia de la iglesia temprana? Esta pregunta es importante porque el calvinismo afirma ser un movimiento cristiano de gran antigüedad. Pero lo cierto es que las ideas que dieron vida a dicho sistema teológico pueden trazar su origen no en la iglesia primitiva, o en una correcta interpretación de la Biblia, sino en el gnosticismo[1], un movimiento herético enemigo del cristianismo bíblico desde sus orígenes.

Como cualquier historiador serio del cristianismo podrá constatar, Agustín de Hipona, el verdadero padre de calvinismo, fue él mismo un gnóstico maniqueo durante casi una década antes de convertirse al catolicismo. En general, se piensa que Agustín desarrolló su teología sobre la predestinación después de debatir con Pelagio (354-420/440), Sin embargo, estudios recientes sugieren que la doctrina de la Predestinación de Agustín fue desarrollada a partir de los debates de Agustín con los maniqueos, en términos de la inevitabilidad de ordenamiento cósmico divino y del mal personal (soberanía divina, si se quiere).

Pero ¿Quiénes eran los maniqueos? Los maniqueos representaban la rama persa del gnosticismo, y enseñaron tanto el determinismo y la depravación total. Sin embargo, su determinismo se basa en la mitología dualista[2] y también mantuvieron una actitud carnal de placer corporal. Aunque muchos calvinistas preferirían ignorarlo, los escritos de Agustín fueron influenciados por el maniqueísmo[3], que, a la vez, fue influenciado por el gnosticismo.

DOCTRINAS EXTRAÑAS ATACAN LA IGLESIA.

En el segundo siglo de la era cristiana, el verdadero enemigo de la iglesia, era el interno; la herejía. El gnosticismo era una falsa enseñanza que prevalecía. Alrededor del año 180, Ireneo de Lyon, Francia, escribió cinco libros, para salvaguardar a sus creyentes de la herejía gnóstica. Los gnósticos enseñaban que la salvación se basaba en un conocimiento secreto que solo ellos sabían. Se decían cristianos y asechaban a los creyentes de poco conocimiento; usaban un lenguaje “cristiano” adornado de versículos bíblicos, sembrando desconfianza hacia los pastores, diciendo que los mismos les ocultaban la verdad para controlar a sus feligreses y evitar que los creyentes obtuviesen la “gnosis”, una especie de conocimiento secreto reservado para unos pocos elegidos. Hablaban con gran convicción y sinceridad. Pero, aunque sonaba parecido al cristianismo bíblico, sus palabras no tenían el mismo significado[4]. Cuando ya habían atrapado la atención de los incautos, los gnósticos les explicaban una de las versiones del mito gnóstico: El “Padre” de quien hablaban los gnósticos era la deidad eterna, incognoscible, espiritual y suprema. Dicho ser ha emanado de sí mismo seres conocidos como eones. Los eones han asumido diversos nombres como “Cristo”, “Logos”, “Salvador” y “Sofía”. En cierto punto, “Sofía” decidió impropiamente, con orgullo y arrogancia, que ella podría y debería arribar a un conocimiento de lo incognoscible, el Padre excelso. Su orgullo y arrogancia dio como resultado que ella engendrara otro ser llamado “Yaldabaoth”[5], quien fue conocido como “Demiurgo”, o creador. Él heredó las fallas y pecados de su madre: orgullo arrogancia y maldad. Fue este ser, no el Padre supremo, quien creó el mundo físico. Para ellos, el creador, el dios del Antiguo Testamento, el Yahveh de Israel, no era el padre supremo. Él era un ser inferior malvado y arrogante.[6] Cuando explicaban un pasaje profético como el de Isaías 46:9, en el cual Dios anunció su exclusividad diciendo: “Yo soy Dios y no hay otro”, decían que este era el Demiurgo, el cual afirmaba con orgullo su unicidad, ignorando al verdadero Padre.[7] Como consecuencia, el mundo material creado por el Demiurgo tiene características del Creador. Todo lo físico, la tierra y particularmente el cuerpo humano, es visto como malvado, maligno y hasta pútrido.[8]

El gnosticismo crecería con el paso del tiempo y amenazaría la pureza doctrinal del cristianismo. A su vez, el gnosticismo se dividiría en numerosas sectas. Una de ellas, el maniqueísmo (gnosticismo de origen persa), lograría permear los cimientos mismos de la fe cristiana a través de uno de sus viejos adherentes: Agustín de Hipona.

AGUSTÍN, EL MANIQUEO.

Agustín de Hipona (en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430), el verdadero padre del calvinismo, fue un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Antes de su conversión al catolicismo, en su búsqueda incansable de respuestas al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal.

Los años posteriores a su conversión como cristiano estuvieron marcados por su oposición al determinismo Maniqueo. Él mismo, habiendo sido un Maniqueo, y ahora católico, deseó distanciarse de la atribución maniquea del pecado humano al poder de la oscuridad, que supuestamente se apodera de la persona humana, eliminando el albedrío moral y la responsabilidad individual.

Los primeros escritos de Agustín como católico, por contraste, subrayaron el poder del libre albedrío y de la responsabilidad individual por la acción de la propia persona: su tratado más nuevo que proclamó este mensaje –Sobre el Libre Albedrío– sería arrojado a su cara en décadas posteriores por los opositores pelagianos de Agustín, quienes citaron los mismísimos escritos de Agustín para oponerse a su ya madura teoría sobre la predestinación.[9] Así pues, las ideas agustinianas sobre la predestinación, la elección y muchas otras, recicladas más tarde por el calvinismo (y que hoy se nos quieren presentar como “doctrinas de la gracia”) marcaron simplemente un retorno de Agustín a su pasado maniqueo, ya que los maniqueos enseñaron un determinismo basado en un Orden Cósmico, doctrina que formó parte de las enseñanzas fundamentales que recibió Agustín bajo esa orden.

Si bien es cierto luego de su conversión al catolicismo, Agustín se opuso a esas doctrinas e incluso escribió un tratado para defender el libre albedrío y la responsabilidad personal de cada ser; luego, en las controversias con Pelagio (quien exageró el papel del libre albedrío), Agustín retornó a una estancia determinista y desarrolló su propia teoría de la predestinación a partir de la influencia gnóstica recibida por más una década como miembro de los maniqueos.

Al final de su vida, Agustín confirmó la predestinación con tal severidad que sus oponentes lo acusaron de regresar al fatalismo pagano, lo cual no estaba lejos de ser cierto. Más tarde, sus ideas sobre la predestinación influyeron en teólogos posteriores como Tomas de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino.[10] Sin embargo, es innegable que la predestinación absoluta no fue la posición original de Agustín. Su posición inicial fue sinergista como la de sus predecesores.[11]

INFLUENCIA GNÓSTICO-MANIQUEA EN AGUSTÍN.

Entre otras cosas Agustín tomó prestado de los maniqueos su noción dual del mal como “maldad” y como “mortalidad”. Estos fueron considerados el mal, porque ellos son la antítesis del placer tranquilo en el espiritual y en el nivel físico de la existencia. Agustín compartió con los Maniqueos la opinión de que estos aspectos del mal son inevitables, siempre y cuando la vida sea vivida en este mundo. En conjunto, estos enfoques tomados acerca del mal ayudaron a Agustín para formular una explicación alternativa del principio del mal personal.[12]

El marco del orden cósmico en el que Agustín desarrolló su doctrina es un resultado de su respuesta a la opinión maniquea del universo como una mezcla del bien y del mal. En esta respuesta, de nuevo emplea la idea maniquea del bien al firmar que el universo entero es bello a pesar de la presencia del mal. Siempre y cuando el mal sea colocado en su lugar correcto, se preserva la armonía cósmica.[13] Pero ¿Estuvo este tipo de “orden cósmico” en apoyo de, o en contradicción con la teología de los primeros 300 años de historia de la iglesia? El clima teológico en el tiempo de Agustín fomentó el libre albedrío y la responsabilidad. El Determinismo habría ido contra la corriente aceptada por la iglesia primitiva como ortodoxa.

Pero la dependencia agustiniana del maniqueísmo no termina ahí. Los maniqueos negaban el libre albedrío y la responsabilidad humana por los males cometidos, pues no creían que los actos humanos fuesen producto de la libre voluntad. La comunidad maniquea se dividía en dos grupos: (1) Los elegidos, en latín electi, pasaban su tiempo en oración, practicaban el celibato y eran vegetarianos. Tras su muerte, según la teología maniquea, los elegidos alcanzaban el Reino de la Luz; (2) Los oyentes, en latín auditores, debían servir a los elegidos, podían contraer matrimonio (aunque les estaba desaconsejado tener hijos) y practicaban ayuno todas las semanas.[14] A su muerte, esperaban reencarnarse en elegidos. Lo que buscaban los maniqueos, era un retorno al estado original, la separación del Bien y del Mal. Como creían que el mal es indestructible, la única forma de alcanzar el Reino de la Luz es huir de las Tinieblas. El concepto de “elegidos” y “réprobos” fue modificado, pero finalmente incorporado en el agustinianismo y, de ahí a su heredero teológico, el calvinismo.

La explicación maniquea de la causa del mal personal es relativamente sencilla. Uno no puede escapar del mal moral, porque hay un principio del mal metafísico que trabaja detrás del alma. En otras palabras, uno peca involuntariamente. Considerado cosmológicamente, el alma humana es puesta en la difícil situación de constante lucha con el mal, no por su propia voluntad, sino por la determinación de un factor externo. Según el mito maniqueo, este factor es el principio del bien o el Dios que envía el alma buena para ser mezclada con el mal, a fin de bloquear la invasión de un enemigo que avanzaba.[15] Una vez que Agustín empezó a responder a la visión maniquea en relación con el macrocosmos, no pudo evitar el tema del determinismo.

En su propuesta alternativa, un ordenamiento cósmico divino, Agustín tuvo que hacer frente a la cuestión de lo que en última instancia determina el lugar del individuo en el orden universal.

Para Agustín la determinación es hecha por el Dios que ordena el cosmos. Expresado en el lenguaje de la predestinación, esta visión significa que Dios tiene el poder de elegir de la massa damnata[16] los que reciben la salvación y dejar el resto en condenación.[17] Así que la pregunta es: ¿Acaso Agustín tomó la mitología del Determinismo Gnóstico, y lo puso bajo el cercado de la ortodoxia cristiana, simplemente para juguetear con esto, mediante la eliminación del componente dualista mitológico, y hacer que la causa del mal, sea enteramente el producto de un ordenamiento cósmico divino monista? o dicho de otro modo ¿Estableció la soberanía divina de la forma en que la entiende aún hoy el calvinismo? Ese parece ser el caso. ¿Quién de los teólogos de la Iglesia primitiva, antes de Agustín, enseñó la predestinación agustiniana? ¡Ninguno!

DEPRAVACIÓN TOTAL, GNOSTICISMO Y CALVINISMO.

La doctrina de la Depravación Total, también llamada Inhabilidad Total, o corrupción Radical, dice, en su versión calvinista, que “el hombre natural [el que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo] nunca puede hacer ningún bien que sea fundamentalmente agradable a Dios, y, de hecho, hace siempre el mal“.[18] La Confesión de Fe de Westminster nos habla de esta doctrina, dice “El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural, siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su propia fuerza“.[19] En la teología calvinista, además de la imputación del pecado original en nosotros, la caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad e inteligencia están corrompidos por causa de la caída de Adán. Por tal razón, el calvinismo considera que el hombre perdió el libre albedrío en Adán.[20] Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. A causa de la caída el hombre perdió su capacidad de hacer lo bueno, por ello el calvinismo le niega totalmente al hombre una salvación que pueda llegar por medio de las capacidades o decisiones del hombre por sí mismo.

¿Qué piensa el arminianismo al respecto? Los arminianos clásicos reconocemos la naturaleza pecaminosa del hombre caído. El Tercer Artículo de la Remonstrancia, el cual trata sobre la Depravación Total de la Humanidad, afirma “Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo en Juan 15:5: Separados de mí nada podéis hacer.”

Ahora bien, es importante aclarar a qué nos estamos refiriendo aquí́, porque algunos pueden llegar a la conclusión equivocada de que el pecador es una especie de víctima en las manos de un Dios cruel que le está pidiendo hacer algo que Él sabe de antemano que no puede hacer, tal como ocurre en el hipercalvinismo. Ese no es el caso en el arminianismo. Para el arminiano, la depravación total no significa que todos los hombres sean todo lo malo que pueden llegar a ser, o que todos los seres humanos sean completamente incapaces de hacer alguna cosa relativamente buena. El hombre está totalmente depravado en el sentido de que todas sus facultades han sido profundamente afectadas por el pecado: su intelecto, su voluntad, sus emociones. En la teología arminiana, por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los humanos. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Como consecuencia de la caída, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado.

Hasta aquí la enseñanza arminiana podría parecer idéntica a la doctrina calvinista; sin embargo, el arminianismo difiere del calvinismo, y de su padre el gnosticismo, en un aspecto fundamental. Por siglos, los teólogos reformados han declarado que la “imagen de Dios” en Génesis 1:26-27 hace referencia a una perfección espiritual que se perdió en la Caída. Por ende, han concluido que el hombre moderno ya no porta la imagen de Dios. El reformador Martín Lutero creía que la “imagen de Dios” era una justicia original que se perdió completamente. Pero él no estaba solo en sus afirmaciones. Frecuentemente Juan Calvino mencionó que el pecado destruyó la imagen de Dios, que la Caída la eliminó, y que la injusticia finalmente la desfiguró. Pero ¿Concuerda la Biblia con tales afirmaciones? No. La Biblia revela que el hombre todavía porta la imagen de Dios después de la Caída. Génesis 9:6 declara: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. Según este pasaje, el hombre caído todavía porta la imagen de Dios. Se había registrado la caída de Adán y Eva anteriormente en el libro de Génesis; se señala claramente el hecho que el hombre había llegado a ser un pecador total en el contexto inmediato del pasaje (“…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud”—8:21). Aunque la evaluación de Dios en cuanto a la humanidad es correcta, se prohíbe el homicidio porque el hombre es creado a la imagen de Dios, es decir, él todavía porta esa imagen. Si alguien argumenta que este pasaje habla solamente en cuanto al pasado y no dice nada en cuanto al futuro, malinterpreta el significado del pasaje. Al escribir alrededor de 2,500 años después de la Caída, Moisés dijo que el homicidio es incorrecto porque la víctima es alguien creado a la imagen de Dios. Si el hombre no portara la imagen de Dios después de la Caída, estas palabras no hubieran tenido sentido para los israelitas (y no tuvieran sentido para el hombre moderno).

En el Nuevo Testamento se puede leer que Santiago escribió: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:8-9). La expresión “están hechos” se deriva del griego gegonotas, que es el participio perfecto del verbo ginomai. Se usa el tiempo perfecto en griego para describir una acción que se completó en el pasado, pero cuyos efectos se expresan en el presente. Por ejemplo, cuando la Biblia dice, “Escrito está”, usualmente esta expresión está en el tiempo perfecto. Se escribió la Escritura en el pasado, pero se aplica en el presente. La idea central de la expresión griega traducida “que están hechos a la semejanza de Dios”, es que los seres humanos en el pasado han sido creados según la semejanza de Dios y que todavía son portadores de esa semejanza. Por esta razón es inconsistente bendecir a Dios y maldecir a los hombres con la misma lengua. Esto nos lleva a concluir que, aunque el pecado es destructivo para el hombre y repulsivo para Dios, la Biblia no enseña que la entrada del pecado al mundo destruyó la “imagen de Dios” en el hombre. En cambio, el hombre moderno todavía está hecho a la imagen de Dios. Debería causarnos sobrecogimiento y humildad el hecho que todos los hombres posean características inherentes que le asemejen a Dios y le diferencien de la creación inferior. Pero al parecer, esto le ofende al calvinista, heredero moderno del viejo gnosticismo, que ve solo el mal, y únicamente el mal, en la naturaleza humana.

GNOSTICISMO, CALVINISMO Y ELECCIÓN.

Pero el calvinismo no solo parece haber heredado del gnosticismo su creencia extrema en la depravación del hombre. Siguiendo con el mito gnóstico, dicha secta afirma que hubo un intento de los seres espirituales buenos de corregir la perversión de la creación del mundo físico. Pero Yaldabaoth capturó algunos elementos espirituales, celestiales y los mantuvo cautivos dentro de algunos cuerpos físicos malos. Estos elementos espirituales fueron llamados de “semillas de luz”, “la persona interior”, o más comúnmente, los “espíritus”. En resumen, según ellos, algunos tienen cuerpos corruptos que hospedan el único elemento de valor eterno, el espíritu. En el gnosticismo hay dos clases de humanos: los que tienen la semilla o espíritu (los elegidos) y los que no. Los humanos elegidos son buenos, pero los otros humanos son innecesarios o réprobos.[21] ¿Suena esto parecido a la doctrina de la elección incondicional?

CONCLUSIÓN.

En muchos aspectos, los gnósticos eran muy similares a los calvinistas modernos, los cuales se infiltran en nuestras iglesias y seminarios para sembrar su cizaña y robar feligreses para sus iglesias “reformadas”. Esto no solo es sectario, sino carente de toda ética y moral cristiana. A muchos calvinistas se les ha animado incluso a “plantar tulipanes (símbolo de la doctrina calvinista) en iglesias arminianas” Sin embargo, tal proceder no debería extrañarnos, pues su desprecio por los arminianos es bien conocido en el mundo evangélico. John Piper[22], reconocido pastor y teólogo calvinista, afirmó en cierta ocasión:

“¿Puede un arminiano predicar el evangelio en su plenitud?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin defectos teológicos implícitos o explícitos?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin tendencias que lleven a la Iglesia en direcciones dañinas?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio de la forma que exalta más a Cristo? Y mi respuesta a todas esas preguntas sería: No, no puede.”[23]

Sin duda, el concepto agustiniano (y calvinista) acerca de la depravación humana, la doctrina de la elección incondicional y la doble predestinación fueron originadas en el mito gnóstico y fueron combatidas por Ireneo y otros obispos y pastores de la iglesia en los primeros siglos. Ireneo también enseñó que los gnósticos, antes que explicasen su sistema, sonaban muy “ortodoxos y bíblicos”. Él siempre se refería a la advertencia de Jesús sobre los falsos apóstoles. Enseñó que ellos eran “lobos con piel de oveja”. Él escribió: “Tales hombres exteriormente parecen ovejas; porque ellos parecen ser como nosotros por lo que dicen en público, repitiendo las mismas palabras como lo hacemos nosotros; pero interiormente son lobos”.[24]

Al igual que los gnósticos, los calvinistas se autoproclaman “creyentes bíblicos” y sus iglesias, “iglesias bíblicas”. Para aquel que no conoce la verdadera doctrina bíblica tales afirmaciones suenan auténticas. Sin embargo, como podemos constatar, la semejanza doctrinal entre el calvinismo y el gnosticismo es patente. El ADN espiritual del calvinismo, lo delata como lo que es: Un hijo legítimo del gnosticismo. ¡Que Dios guarde a los creyentes de hoy de tal levadura!

REFERENCIAS:

[1] El gnosticismo es una doctrina religiosa esotérica y herética que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo y que prometía a sus seguidores conseguir un conocimiento intuitivo, misterioso y secreto de las cosas divinas que les conduciría a la salvación.

[2] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 128, 209.

[3] Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El fenómeno maniqueo es esencialmente gnóstico y dualista. Los maniqueos, a semejanza de los gnósticos, mandeos y mazdeístas, eran dualistas: creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz (Zurván) y las Tinieblas (Ahrimán) y, por tanto, consideraban que el espíritu del hombre es de Dios, pero el cuerpo del hombre es del demonio. Los maniqueos aspiraban a reencarnarse como «elegidos», los cuales ya no necesitarían reencarnarse más. En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Se divulgó desde la Antigüedad tardía por el Imperio romano e Imperio sasánida, y en la Edad Media, por el mundo islámico, Asia Central y China, donde perduraría, al menos, hasta el siglo XVII.

[4] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 34-35.

[5] Yaldabaoth, el Demiurgo es una deidad asociada al platonismo y al gnosticismo. Según algunos credos de raigambre platónica, al principio la materia no existía y todo era el espíritu. Sin embargo, Yaldabaoth, un dios soberbio y celoso, intentó estructurarlo todo recreando al espíritu en un mundo material y confinándolo todo en dicho plano. Pero sólo logró fabricar un mundo imperfecto, una burda imitación del espíritu original. Su forma de ser presuntuosa le impidió admitir su error. Yaldabaoth, presuntuoso y estúpido, odia a los hombres porque, a diferencia de él, tienen alma, cosa de la que él carece y que desearía obtener por cualquier medio, aunque le resulta imposible. Por ello, maltrata, castiga y reprime a los mortales para vengarse de ellos.

[6] Runciman, Steven (1982 [1947, primera edición]). The Medieval Manichee: a study of the Christian dualist heresy.

[7] Puech, Henri-Charles (2006). Sobre el maniqueísmo y otros ensayos. Traductor: Marís Cucurella Miquel. Madrid: Editorial Siruela.

[8] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[9] Valeria Finucci and Kevin Brownlee, Generation and Degeneration: Tropes of Reproduction in Literature and History from Antiquity Through Early Modern Europe Medieval and early modern studies”. Duke University Press, 2001. Páginas 19-20.

[10] Jeffrey Burton Russell, The Prince of Darkness: Radical Evil and the Power of Good in History. Página 99.

[11] Harry Buis, Historic Protestantism and Predestination. Página 9.

[12] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 205.

[13] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 206.

[14] Bermejo Rubio, Fernando (2008). El maniqueísmo: Estudio introductorio. Madrid: Editorial Trotta. Pp. 316.

[15] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 208-209.

[16] Frase medieval que resume la idea de que, porque nosotros frecuentemente caemos al ejercitar nuestras responsabilidades morales, entonces por eso la mayoría de nosotros iremos al Infierno.

[17] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 210.

[18] Palmer, Edwin H. Doctrinas Claves. El Estandarte de la verdad. Edinburgh, 1976. Pág. 18.

[19] Ramírez, Alonzo (traductor). Confesión de Fe de Westminster. Ed. CLIE. Lima, 1999. Cap. IX, Sec. III. Pág. 91.

[20] García, Ricardo M. (2003). El concepto de libre albedrío en San Agustín. Bahía Blanca (Argentina): EdiUNS. Capítulo 3: Maniqueísmo. Pp. 161.

[21] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[22] John Piper es un reconocido teólogo calvinista, fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros y se opone abiertamente a la teología arminiana.

[23] Artículo de internet publicado el 16 de diciembre de 2015 en Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/predican-los-arminianos-un-evangelio-suficiente/ Consultado el 21-06-2019.

[24] Ireneo, citado en Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 36.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Pentecostales y Adventistas: ¿Puede haber comunión?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día es una secta surgida dentro del protestantismo estadounidense cuya característica distintiva es la observancia del sábado como día de reposo, así como una fuerte convicción de que la segunda venida de Jesucristo es inminente.[1] Esta secta surgió como una extensión del movimiento millerita en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y fue establecida formalmente en 1863. Está presente en 213 países y cuenta con más de 18 millones de miembros.[2]

Aunque el adventismo tiene algunas creencias en común con los cristianos (la trinidad, el matrimonio, el bautismo, la cena del Señor, vida, muerte y resurrección de Cristo, la creación, etc.), no está en comunión y unidad de fe con el cristianismo bíblico e histórico. Los adventistas tienen varios énfasis o creencias fundamentales, que permean las predicaciones en sus púlpitos. La mayoría son creencias exclusivas:

  • La observancia del sábado, que para ellos representa la señal o el sello de Dios para su pueblo.
  • La necesidad de obedecer la Ley Mosaica para alcanzar la salvación, con énfasis en los Diez Mandamientos (Éxodo 20).
  • El don de profecía, con énfasis especial en los sueños y visiones de la “profetisa” Elena G. de White, su fundadora.
  • Su afirmación de ser la única Iglesia verdadera (donde exponen un sectarismo de ser los únicos que tienen la verdad, se creen los únicos salvos, representan el remanente fiel).
  • Un sistema de salvación alejado de la fe bíblica (una ecuación de fe más obras).
  • La aberrante doctrina del juicio investigador a través del ministerio de Cristo en el santuario celestial (planteando que Cristo está ahora en el lugar Santísimo, llevando a cabo el juicio).
  • Aspectos extremos de mayordomía cristiana (un marcado énfasis en diezmos y las ofrendas).
  • Énfasis desmedido en temas escatológicos como: la segunda venida de Cristo, el mensaje del tercer ángel, la bestia (el papa), la gran ramera (el catolicismo y el protestantismo apóstata), etc.
  • Al igual que los Testigos de Jehová, los adventistas sostienen la creencia de que no existe el infierno (aniquilacionismo) y la mortalidad del alma.

La Iglesia Adventista se caracteriza también por su énfasis en el desarrollo de un estilo de vida saludable, promoviendo activamente el ejercicio físico, el vegetarianismo y la abstinencia del alcohol, el tabaco y otras sustancias recreativas. Además, promueven la educación cristiana, la protección de la libertad religiosa, y los principios éticos conservadores.[3]

ORIGEN DEL MOVIMIENTO ADVENTISTA.

El movimiento adventista debe su existencia a las supuestas revelaciones de Elena Gould Harmon, su “profetisa” y fundadora. La señora White nació el 26 de Noviembre 1827 en una pequeña granja cerca del pueblo de Gorham, en Maine. Solo unos pocos años después de su nacimiento, sus padres Robert y Eunice Harmon abandonaron la agricultura para mudarse a la ciudad cercana de Portland, donde su padre se convirtió en un fabricante de sombreros. Expertos en historia del movimiento adventista relatan que:

“Cuando tenía nueve años, ella fue permanentemente desfigurada cuando un compañero de estudios maliciosamente la golpeó en la cabeza con una roca. La roca la puso en un coma que duró varias semanas y le obligó a perder mucho tiempo de escuela. Cuando Elena tenía 12 años, ella y su familia asistieron a una reunión del campamento metodista de Buxton en Maine, y allí tuvo una experiencia religiosa en la que profesó fe en Jesucristo. En 1840 y 1842, ella y su familia asistieron a reuniones adventistas y se convierten en devotos de William Miller. Miller se había dedicado al estudio de la profecía bíblica y estaba convencida de que Cristo regresaría el 22 de octubre 1844. Cuando Cristo no regresó, un evento fallido que se conocería como La Gran Decepción, la mayoría de la gente abandonó el adventismo. Pero en medio de la confusión resultante, Elena afirmaba tener visiones recibidas que pronto fueron aceptadas como revelación dada por Dios. El pequeño movimiento adventista que quedaba estaba dividido por muchas diferencias y muchas luchas internas, pero Ellen creía que tenía un don que podría reunir y guiar al movimiento. Sus sueños y visiones continuaron, y ella rápidamente se convirtió en una líder entre ellos. En 1846, Elena se casó con un joven predicador adventista llamado James White, y juntos viajaron extensamente difundiendo la fe adventista a Nueva Inglaterra y más allá. 12 meses más tarde dio a luz a un hijo, uno de los cuatro hijos que daría a luz, pero enseguida dejó al niño con su familia para continuar viajando, predicando y escribiendo. En 1855, la familia White se mudó a Battle Creek, en Michigan, lugar que se convirtió en el centro del Adventismo. Cinco años más tarde, los representantes de cada congregación adventista se reunieron allí y determinaron que desde ese momento serían conocidos como Adventistas del Séptimo Día. Poco después se organizó formalmente como una denominación. A lo largo de este tiempo Elena continuó recibiendo sueños proféticos y visiones —cerca de 2,000 durante su vida— y a través de ellos guio y formó la iglesia. Durante su vida, los Testimonios para la Iglesia fueron expandidos desde unas meras 16 páginas a nueve volúmenes completos. En 1863 recibió una visión sobre la salud humana y sus seguidores pronto adoptaron sus normas de salud como parte de su práctica, entre ellas el rechazo de la carne, el rechazo al café y el uso de recursos naturales en lugar de la medicación. El movimiento adventista continuó expandiéndose y los White estaban en gran demanda en todo Estados Unidos. Viajaron constantemente, dirigiéndose a grandes congregaciones y reuniones de gente. Después de que James murió en 1881, Elena viajó aún más, pasando dos años en Inglaterra y casi nueve años en Australia. Pasó la mayor parte de los últimos 15 años de su vida en Elmshaven, California, y fue consumida en gran parte por la escritura y la organización de la denominación en crecimiento. Ella murió el 16 de julio de 1915, a la edad de 87. Durante su vida ella había predicado innumerables veces y había escrito unos 5,000 artículos y 40 libros. En el momento de su muerte, los Adventistas del Séptimo Día en todo el mundo tenían una membresía de casi 140,000 personas… El Adventismo casi llegó a su fin en los días siguientes a la Gran Decepción. Pero Elena G. de White le dio nueva vida a este movimiento y una nueva voz. A través de la constante predicación, la enseñanza y la evangelización, ella y sus seguidores habían hecho crecer el movimiento a casi 140.000 antes de su muerte en 1915. Hoy se estima que hay 18 millones de Adventistas del Séptimo Día en el mundo.”[4]

¿PODEMOS TENER COMUNIÓN CON ELLOS?

Las creencias adventistas desvían tanto del cristianismo histórico que algunos cristianos los consideran una secta. Y esto a pesar de que no todo ha continuado igual dentro del adventismo desde los días de Elena de White. Como toda secta, los Adventistas del Séptimo Día han seguido evolucionando y modificando sus creencias. Ciertamente, ellos siguen considerando a Elena de White como alguien que tuvo un don profético especial dado por Dios. Ellos también continúan manteniendo el día de reposo y su énfasis en la alimentación saludable. Aún siguen negando tanto la inmortalidad del alma y la realidad del infierno como un tormento eterno y consciente. Pero las diferencias no terminan allí. Los sucesores de Elena G. de White también han desarrollado la distintiva y preocupante doctrina del Juicio Investigador.

Pero ¿En qué consiste dicha doctrina? La creencia adventista del juicio Investigador se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, El ministerio de Cristo en el Santuario celestial, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[5] El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[6]

Aunque el énfasis de esta creencia ha evolucionado a través del tiempo, la base es la misma. El año 1844 es considerado por los adventistas como el año en que Jesús comenzó la segunda fase y final de su ministerio en el Lugar Santísimo en el Santuario celestial, lo que en el Antiguo Testamento era simbolizado por el Día de la Expiación descrito en Levítico 16.5 En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se veía el tema del juicio investigador como algo muy severo y, en consecuencia, muchos adventistas no tenían certeza de la salvación. Hoy en día la enseñanza tiene un sentido que apunta más a la gracia que en los años 1960s y 1970s, y se suele entender que el juicio es “a favor” del pueblo de Dios. Sin embargo, tal enseñanza continúa siendo una aberración en materia teológica y una herejía obvia. Para empeorar las cosas, los adventistas se aferran a ella de forma obstinada, considerándola una verdad incuestionable de su fe. Jan Paulsen, expresidente de los adventistas, afirmó al respecto:

“El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyados por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta”.[7]

Esto cierra la puerta a cualquier entendimiento entre los adventistas del séptimo día y los cristianos protestantes, incluidos los pentecostales.

CONCLUSIÓN.

Hay demasiados problemas dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día como para recomendarla como una iglesia sana. Aunque hay grupos adventistas que están cerca de la ortodoxia cristiana, hay muchos de ellos que no lo están. Esto se debe a que los adventistas extraviaron la mirada del evangelio de Cristo, para guiarse y fundamentarse en las visiones y sueños de la pseudo-profetisa Elena G. de White.

En posteriores artículos analizaremos otros elementos de la fe adventista que son irreconciliables con nuestra fe pentecostal.

REFERENCIAS:

[1] Martin, Walter (1960). The truth about Seventh-Day Adventism. Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House.

[2] Martin, Walter (2003). Zacharias, Ravi, ed. The Kingdom of the Cults. Bloomington, Minnesota: Bethany House Publishers.

[3] Seaman, John G. (1998). Who are the Seventh-day Adventists? Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publishing Association.

[4] Tim Challies, The False Teachers: Ellen G. White. https://www.challies.com/articles/the-false-teachers-ellen-g-white/

[5] Capítulo 3: Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17. ISBN 950-573-834-X. «”24. El ministerio de Cristo en el santuario celestial: “Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.

[6] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. Pp. 37.

[7] Jan Paulsen, Discurso Panorama Teológico, 29 de Abril al 8 de Mayo 2002.