Mi amado hermano pastor o líder de jóvenes: Por favor, escucha el corazón de los adolescentes. No tengas miedo de abordar los temas que ellos necesitan escuchar, incluso si son difíciles o no populares, incluso si van en contra de la cultura, e incluso si parece que ellos mismos no quieren escucharlos. No temas “rebajarte” a escucharlos y enseñarles. Déjate cuestionar, resuelve sus dudas. Mantén tu autoridad pero no la impongas. Deja que Dios te respalde. Prepárate, instrúyete, no te quedes en la ignorancia. Un pastor debería ser un erudito. Es mi oración que Dios te guíe, ilumine y empodere con Su Espíritu mientras conduces a estos preciosos jóvenes hasta Su presencia. Mientras no logremos ese equilibrio, mientras no nos reformemos a nosotros mismos, seguiremos siendo la guardería de las sectas, la sala cuna de donde las iglesias neocalvinistas que hoy se dicen “reformadas” extraerán a sus nuevos miembros, futuros líderes y pastores. No, los pentecostales no nacimos para eso. No somos la pecera de donde otros extraerán sus peces. Nacimos para ser la cuna de grandes hombres y mujeres de Dios que impactarán las naciones.
Categoría: Ministerio
¿Divos evangélicos, o siervos de Cristo?
Al enseñar, al hablar o escribir, al ejercer cualquiera de mis dones, debo tener presente que lo hago para servir a otros, como lo hizo Cristo. De hecho, Él mismo dijo que vino para servir, no para ser servido (Marcos 10:45). Cristo vino a servirnos con su muerte, con su sacrificio. Entender que nuestros dones son para servir a los demás, y actuar de esa manera, es una decisión transformadora. Guardará nuestro corazón del orgullo y de creer que estamos aquí para alcanzar renombre, ser famosos, o convertirnos en alguna clase de superestrellas, divas (o divos) de la farándula evangélica.
Dios, por favor ¡llama a otro!
Argumentar con Dios es la respuesta normal del ser humano frente al llamado, pero él no desiste de su propósito para nuestra vida. Podemos ver esto claramente en el llamado de moisés. Moisés llevaba cuarenta años viviendo en el desierto. La vida de lujo y privilegios disfrutada en Egipto había quedado en el olvido. Ahora no era más que un simple pastor nómada, sin ambiciones ni sueños. No obstante, el Señor lo había seleccionado para que cumpliera una delicada tarea: volver a Egipto para que pidiera al hombre más poderoso de la tierra, el faraón, que dejara volver al pueblo de Israel a su tierra de origen. Para comunicarle este mensaje el Señor se le apareció en una zarza que ardía sin consumirse.