LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Pentecostales y Adventistas: ¿Puede haber comunión?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día es una secta surgida dentro del protestantismo estadounidense cuya característica distintiva es la observancia del sábado como día de reposo, así como una fuerte convicción de que la segunda venida de Jesucristo es inminente.[1] Esta secta surgió como una extensión del movimiento millerita en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y fue establecida formalmente en 1863. Está presente en 213 países y cuenta con más de 18 millones de miembros.[2]

Aunque el adventismo tiene algunas creencias en común con los cristianos (la trinidad, el matrimonio, el bautismo, la cena del Señor, vida, muerte y resurrección de Cristo, la creación, etc.), no está en comunión y unidad de fe con el cristianismo bíblico e histórico. Los adventistas tienen varios énfasis o creencias fundamentales, que permean las predicaciones en sus púlpitos. La mayoría son creencias exclusivas:

  • La observancia del sábado, que para ellos representa la señal o el sello de Dios para su pueblo.
  • La necesidad de obedecer la Ley Mosaica para alcanzar la salvación, con énfasis en los Diez Mandamientos (Éxodo 20).
  • El don de profecía, con énfasis especial en los sueños y visiones de la “profetisa” Elena G. de White, su fundadora.
  • Su afirmación de ser la única Iglesia verdadera (donde exponen un sectarismo de ser los únicos que tienen la verdad, se creen los únicos salvos, representan el remanente fiel).
  • Un sistema de salvación alejado de la fe bíblica (una ecuación de fe más obras).
  • La aberrante doctrina del juicio investigador a través del ministerio de Cristo en el santuario celestial (planteando que Cristo está ahora en el lugar Santísimo, llevando a cabo el juicio).
  • Aspectos extremos de mayordomía cristiana (un marcado énfasis en diezmos y las ofrendas).
  • Énfasis desmedido en temas escatológicos como: la segunda venida de Cristo, el mensaje del tercer ángel, la bestia (el papa), la gran ramera (el catolicismo y el protestantismo apóstata), etc.
  • Al igual que los Testigos de Jehová, los adventistas sostienen la creencia de que no existe el infierno (aniquilacionismo) y la mortalidad del alma.

La Iglesia Adventista se caracteriza también por su énfasis en el desarrollo de un estilo de vida saludable, promoviendo activamente el ejercicio físico, el vegetarianismo y la abstinencia del alcohol, el tabaco y otras sustancias recreativas. Además, promueven la educación cristiana, la protección de la libertad religiosa, y los principios éticos conservadores.[3]

ORIGEN DEL MOVIMIENTO ADVENTISTA.

El movimiento adventista debe su existencia a las supuestas revelaciones de Elena Gould Harmon, su “profetisa” y fundadora. La señora White nació el 26 de Noviembre 1827 en una pequeña granja cerca del pueblo de Gorham, en Maine. Solo unos pocos años después de su nacimiento, sus padres Robert y Eunice Harmon abandonaron la agricultura para mudarse a la ciudad cercana de Portland, donde su padre se convirtió en un fabricante de sombreros. Expertos en historia del movimiento adventista relatan que:

“Cuando tenía nueve años, ella fue permanentemente desfigurada cuando un compañero de estudios maliciosamente la golpeó en la cabeza con una roca. La roca la puso en un coma que duró varias semanas y le obligó a perder mucho tiempo de escuela. Cuando Elena tenía 12 años, ella y su familia asistieron a una reunión del campamento metodista de Buxton en Maine, y allí tuvo una experiencia religiosa en la que profesó fe en Jesucristo. En 1840 y 1842, ella y su familia asistieron a reuniones adventistas y se convierten en devotos de William Miller. Miller se había dedicado al estudio de la profecía bíblica y estaba convencida de que Cristo regresaría el 22 de octubre 1844. Cuando Cristo no regresó, un evento fallido que se conocería como La Gran Decepción, la mayoría de la gente abandonó el adventismo. Pero en medio de la confusión resultante, Elena afirmaba tener visiones recibidas que pronto fueron aceptadas como revelación dada por Dios. El pequeño movimiento adventista que quedaba estaba dividido por muchas diferencias y muchas luchas internas, pero Ellen creía que tenía un don que podría reunir y guiar al movimiento. Sus sueños y visiones continuaron, y ella rápidamente se convirtió en una líder entre ellos. En 1846, Elena se casó con un joven predicador adventista llamado James White, y juntos viajaron extensamente difundiendo la fe adventista a Nueva Inglaterra y más allá. 12 meses más tarde dio a luz a un hijo, uno de los cuatro hijos que daría a luz, pero enseguida dejó al niño con su familia para continuar viajando, predicando y escribiendo. En 1855, la familia White se mudó a Battle Creek, en Michigan, lugar que se convirtió en el centro del Adventismo. Cinco años más tarde, los representantes de cada congregación adventista se reunieron allí y determinaron que desde ese momento serían conocidos como Adventistas del Séptimo Día. Poco después se organizó formalmente como una denominación. A lo largo de este tiempo Elena continuó recibiendo sueños proféticos y visiones —cerca de 2,000 durante su vida— y a través de ellos guio y formó la iglesia. Durante su vida, los Testimonios para la Iglesia fueron expandidos desde unas meras 16 páginas a nueve volúmenes completos. En 1863 recibió una visión sobre la salud humana y sus seguidores pronto adoptaron sus normas de salud como parte de su práctica, entre ellas el rechazo de la carne, el rechazo al café y el uso de recursos naturales en lugar de la medicación. El movimiento adventista continuó expandiéndose y los White estaban en gran demanda en todo Estados Unidos. Viajaron constantemente, dirigiéndose a grandes congregaciones y reuniones de gente. Después de que James murió en 1881, Elena viajó aún más, pasando dos años en Inglaterra y casi nueve años en Australia. Pasó la mayor parte de los últimos 15 años de su vida en Elmshaven, California, y fue consumida en gran parte por la escritura y la organización de la denominación en crecimiento. Ella murió el 16 de julio de 1915, a la edad de 87. Durante su vida ella había predicado innumerables veces y había escrito unos 5,000 artículos y 40 libros. En el momento de su muerte, los Adventistas del Séptimo Día en todo el mundo tenían una membresía de casi 140,000 personas… El Adventismo casi llegó a su fin en los días siguientes a la Gran Decepción. Pero Elena G. de White le dio nueva vida a este movimiento y una nueva voz. A través de la constante predicación, la enseñanza y la evangelización, ella y sus seguidores habían hecho crecer el movimiento a casi 140.000 antes de su muerte en 1915. Hoy se estima que hay 18 millones de Adventistas del Séptimo Día en el mundo.”[4]

¿PODEMOS TENER COMUNIÓN CON ELLOS?

Las creencias adventistas desvían tanto del cristianismo histórico que algunos cristianos los consideran una secta. Y esto a pesar de que no todo ha continuado igual dentro del adventismo desde los días de Elena de White. Como toda secta, los Adventistas del Séptimo Día han seguido evolucionando y modificando sus creencias. Ciertamente, ellos siguen considerando a Elena de White como alguien que tuvo un don profético especial dado por Dios. Ellos también continúan manteniendo el día de reposo y su énfasis en la alimentación saludable. Aún siguen negando tanto la inmortalidad del alma y la realidad del infierno como un tormento eterno y consciente. Pero las diferencias no terminan allí. Los sucesores de Elena G. de White también han desarrollado la distintiva y preocupante doctrina del Juicio Investigador.

Pero ¿En qué consiste dicha doctrina? La creencia adventista del juicio Investigador se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, El ministerio de Cristo en el Santuario celestial, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[5] El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[6]

Aunque el énfasis de esta creencia ha evolucionado a través del tiempo, la base es la misma. El año 1844 es considerado por los adventistas como el año en que Jesús comenzó la segunda fase y final de su ministerio en el Lugar Santísimo en el Santuario celestial, lo que en el Antiguo Testamento era simbolizado por el Día de la Expiación descrito en Levítico 16.5 En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se veía el tema del juicio investigador como algo muy severo y, en consecuencia, muchos adventistas no tenían certeza de la salvación. Hoy en día la enseñanza tiene un sentido que apunta más a la gracia que en los años 1960s y 1970s, y se suele entender que el juicio es “a favor” del pueblo de Dios. Sin embargo, tal enseñanza continúa siendo una aberración en materia teológica y una herejía obvia. Para empeorar las cosas, los adventistas se aferran a ella de forma obstinada, considerándola una verdad incuestionable de su fe. Jan Paulsen, expresidente de los adventistas, afirmó al respecto:

“El mensaje histórico del santuario basado en las Escrituras y apoyados por los escritos de Elena White, siguen siendo el fundamento hermenéutico sobre el cual nosotros como iglesia colocamos todo tema de fe y conducta”.[7]

Esto cierra la puerta a cualquier entendimiento entre los adventistas del séptimo día y los cristianos protestantes, incluidos los pentecostales.

CONCLUSIÓN.

Hay demasiados problemas dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día como para recomendarla como una iglesia sana. Aunque hay grupos adventistas que están cerca de la ortodoxia cristiana, hay muchos de ellos que no lo están. Esto se debe a que los adventistas extraviaron la mirada del evangelio de Cristo, para guiarse y fundamentarse en las visiones y sueños de la pseudo-profetisa Elena G. de White.

En posteriores artículos analizaremos otros elementos de la fe adventista que son irreconciliables con nuestra fe pentecostal.

REFERENCIAS:

[1] Martin, Walter (1960). The truth about Seventh-Day Adventism. Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House.

[2] Martin, Walter (2003). Zacharias, Ravi, ed. The Kingdom of the Cults. Bloomington, Minnesota: Bethany House Publishers.

[3] Seaman, John G. (1998). Who are the Seventh-day Adventists? Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publishing Association.

[4] Tim Challies, The False Teachers: Ellen G. White. https://www.challies.com/articles/the-false-teachers-ellen-g-white/

[5] Capítulo 3: Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17. ISBN 950-573-834-X. «”24. El ministerio de Cristo en el santuario celestial: “Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.

[6] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. Pp. 37.

[7] Jan Paulsen, Discurso Panorama Teológico, 29 de Abril al 8 de Mayo 2002.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Judaizantes en el pentecostalismo de hoy.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los cristianos evangélicos, y sobre todo los pentecostales, amamos al pueblo judío y oramos por la paz de Jerusalén y la salvación de la nación de Israel. Sin embargo, Israel no es ni debería ser nuestro ídolo. Es un error suponer que todas las decisiones políticas del actual Estado de Israel sean correctas. Eso es cegarnos a la realidad de que los judíos también son seres humanos caídos, que cometen errores y están muertos espiritualmente en tanto no reconozcan a Jesús como su Salvador. En algunas iglesias, sin embargo, se oye a pastores y laicos afirmar que todos los judíos serán salvos por el simple hecho de ser judíos y pertenecer al linaje escogido. No adoro ni venero de forma enfermiza o fanática a la nación de Israel. Yo adoro al Dios de Israel y he depositado mi fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías judío. Tampoco sueño con ser judío ni busco en las genealogías cualquier herencia sefardí basada en mi apellido (como se ha puesto de moda en muchos círculos evangélicos latinoamericanos que desearían ser más judíos que los fariseos), no me interesa tener vínculos de sangre con Israel o practicar costumbres judías como es el sueño de muchos. Bendigo a Israel y lo amo, punto. Me siento orgulloso de ser un gentil pues, al igual que los apóstoles Pedro y Pablo “…Comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia…” (Hechos 10:34-35; Romanos 2:11; Gálatas 2:6; Efesios 6:9).

¡CUIDADO! PELIGRO A LA VISTA…

Lamentablemente una tendencia judaizante y de veneración hacia Israel, sus costumbres y símbolos, se ha infiltrado en muchas iglesias, principalmente neo pentecostales e insanas doctrinal y litúrgicamente. Está comprobado que en ciertas congregaciones auto definidas como ‘iglesia cristiana evangélica’, o que confiesan serlo, pero se identifican con nombres alusivos al Antiguo Testamento, se ocupan más de Israel y de la cultura judía que del Señor Jesucristo y Su Evangelio. Pero, ¿Por qué lo hacen? Causa sorpresa que, al entrar a muchas congregaciones evangélicas, lo primero que ves son textos mencionando a Israel, escritos hebraicos y símbolos religiosos judíos. ¿Qué relación existe entre los decorados de muchas iglesias y el culto y la liturgia cristiana? Por si eso no fuera suficiente, en muchas iglesias evangélicas sobresalen más los niños del ‘ballet cristiano’ ataviados como judíos y danzando al son de la típica música israelí que la presencia misma del Espíritu Santo o la búsqueda sincera de Dios. El espectáculo resulta a la vez tanto atractivo como conmovedor. Niños y jóvenes, principalmente señoritas, pasan mucho tiempo ensayando para brindar a la congregación un tremendo espectáculo al mejor estilo judío. En tales congregaciones abundan los mensajes basados en el Antiguo Testamento sobre el ofrendar a Dios y su complacencia con nuestros diezmos y ofrendas. Es decir, con dinero. No faltan los llamados a ‘pactar con Dios’ y se menciona con frecuencia el pacto de Dios con Abraham con el que ese varón fue grandemente enriquecido con todo tipo de bienes. Cada vez que alguien se levanta para recibir el sobre del ‘pacto’, la congregación prorrumpe en aplausos y el oficiante alaba la humildad y valentía del ‘siervo’ o ‘sierva’ que ‘pacta’ con Dios. Al finalizar tales demostraciones se amonesta a los remisos, reiterándoles que Dios castiga con pobreza material al que le roba.

Muchos de los líderes de tales congregaciones creen sinceramente lo que predican. Otros, a los que por razones obvios prefiero llamar “apostolobos”, se aprovechan descaradamente de esa pobre gente que no tiene argumentos necesarios para enfrentar a esos líderes; gente sencilla que obedece mansamente por temor a perder su salvación; que carecen de enseñanza bíblica sólida para ver la diferencia entre Evangelio y el error. Tales aberraciones han mal parido la denominada Teología de la Prosperidad, combinando de forma irracional y absurda pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esto está produciendo congregaciones híbridas, fenómenos anormales que ni son iglesia ni sinagoga. Y yo me pregunto: ¿Por qué se está regresando al Antiguo Testamento en tantas iglesias cristianas? ¿Qué pasó con el Mensaje de la Gracia que se predicaba desde el púlpito? ¿Dónde quedaron las enseñanzas de Jesús y los apóstoles sobre no volver atrás? ¿Qué es lo que predicamos hoy? Con el ánimo de contribuir a despejar dudas y confusiones causadas involuntaria o voluntariamente, analicemos qué nos dice la Palabra de Dios sobre esta moda abrazada por muchos cristianos que se vuelcan a las tradiciones judías y a teologías defectuosas (o debería decir herejías).

MANIFESTACIONES DE LA HEREJÍA JUDAIZANTE EN LAS IGLESIAS MODERNAS.

Pero la tentación de judaizar, de pervertir el Evangelio adoptando interpretaciones judías que no proceden de la Biblia sino de tradiciones humanas, no es nueva. Ciertamente, hoy podemos hallar manifestaciones de semejante conducta en aquellos cristianos que se empeñan en colocarse una kipá argumentando su origen judío, cuando lo cierto es que la costumbre era desconocida en la época de Jesús y sólo tiene unos siglos; en los que leen la Biblia desde una perspectiva talmúdica y no neotestamentaria, en los que insisten en usar sólo nombres hebreos para referirse a Jesús o demás personajes bíblicos, o en los que abogan por libros que pervierten el texto del Nuevo Testamento como es el caso del llamado Código Real, una versión del Nuevo Testamento que se presenta como traducción realizada de los manuscritos hebreos y arameos más antiguos a la luz del pensamiento hebraico del primer siglo. La obra tiene la pretensión de poner al alcance de los lectores el texto verdadero del Nuevo Testamento, pero en realidad es una verdadera estafa científica, intelectual y espiritual que sirve de cobertura para algunas de las herejías más destructivas. La inclusión de lenguaje y terminología hebrea, el uso de talits o mantos de oración, los cánticos en hebreo, la danza hebrea, el uso del shofar, la estrella de David, la menorah (candelero de 7 brazos), banderas de Israel adornando permanentemente los templos cristianos, etc., son otros ejemplos claros de la introducción de estas modas heréticas en muchas iglesias evangélicas. Sin embargo, esa moda (herejía más bien) no es nueva. La tendencia a judaizar la fe cristiana proviene de tiempos bíblicos cuando los judaizantes pretendieron introducir en la congregación cristiana rituales y costumbres judías como la circuncisión, las regulaciones dietéticas, la observancia de días sagradas y muchos otros elementos. El judío Pablo ya tuvo que enfrentarse con ella en el siglo I en pleno proceso de expansión del cristianismo. El apóstol Pablo defendió a la naciente iglesia gentil de ese peligro espiritual a través de su carta a los gálatas.

Lamentablemente, el problema de la Iglesia de Galacia ha resurgido en estos postreros días con un sin número de “creyentes” que sutilmente están introduciendo la doctrina de que el pueblo de Dios ha perdido sus “raíces hebreas”; y que es necesario retornar a esas raíces. Esta invasión, no procede en su mayoría de judíos convertidos al cristianismo; sino más bien, de gentiles cristianos que se ponen a estudiar esas raíces hebreas y las quieren traer a las Iglesias. Pablo usa un fuerte calificativo para los tales: “insensatos” (Gálatas 3:1). Estas iglesias judaizadas piensan que son más espirituales por cantar en hebreo o arameo, usar vestimentas judías, hacer sonar los shofares o incluir danza hebrea en sus servicios. Otros llegan incluso a abstenerte de ciertos alimentos y guardar el día de reposo judío. Con ello pretenden volver a las “raíces hebreas” del cristianismo y “liberarse” de la mentalidad “grecorromana” y gentil que, según ellos, tanto mal le hace a la iglesia. Pareciera que no han leído estas palabras: “…Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo…” (Colosenses 2:16-17).

Nuestro Señor Jesucristo se opone firmemente a dichas tendencias judaizantes. En Apocalipsis 3:9 Jesús aseguró a los gentiles que le seguían según las decisiones del Concilio de Jerusalén (el cual se opuso a los planes de judaizar la iglesia), que ellos hacían lo correcto y que serían final y públicamente aprobados por Él: “…He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado…” (Apocalipsis 3:9).

¿Por qué no vale la pena convertir la iglesia en una imitación de la cultura judía? En primer lugar porque DIOS NO NOS HA LLAMADO A SER JUDÍOS NI ESPERA QUE LA IGLESIA LO SEA (Gálatas 2:11-19; 3:28-29). Dios desea la formación de iglesias autóctonas en cada tribu, lengua, pueblo y nación que lo alaben según su propia cultura (Apocalipsis 7:9). En la dispensación de la Gracia, ser judío o no serlo es irrelevante para la salvación (Isaías 42:6; 49:6; Oseas 2:23, Hechos 13:47; Romanos 9:23-33).

Tras la glorificación de Jesucristo, llegó el Espíritu Santo tal como Él había prometido y empoderó a los que creyeron convirtiéndolos en testigos de Su Persona y Obra Redentora; y lo sigue haciendo aun hoy (Hechos 1-3). Los discípulos, que poco antes se preocupaban por la manifestación terrenal del Reino prometido a David (Hechos 1:6-9 3), fueron sacudidos en su condición humana viviendo el derramamiento pentecostal y siendo partícipes del evento más trascendental después de que la cruz del Gólgota y el sepulcro de José de Arimatea quedaran vacíos. Los apóstoles y con ellos los más de tres mil nuevos creyentes fueron testigos del nacimiento de la nación prometida a Abraham y que Jesús anunció a Pedro que habría de edificar: Su iglesia (Mateo 16:16-18 4). En ese solo día de Pentecostés se cumplieron la profecía de Isaías y la promesa de Jesús (Isaías 66:8). Los primeros meses de la comunidad de fe fueron causa de admiración entre los judíos. Pero, poco más tarde, el celo de los líderes judíos pudo más y originó la cruel persecución a los primeros cristianos. Es lo que se lee en los primeros diez capítulos del libro de los Hechos. A partir del capítulo 11, después que el Evangelio fuera predicado en Jerusalén, Judea y Samaria se nos revela el carácter inclusivo de la iglesia. A diferencia del judaísmo que los excluye el Evangelio de Jesucristo incluye a los gentiles. Este hecho glorioso de la misericordia de Dios fue acompañado, sin embargo, por el esfuerzo ininterrumpido de parte de los judíos para introducir conceptos propios de su religión en la doctrina cristiana. Por un lado, no cabían en su asombro de que el Espíritu Santo pudiese operar en los que ellos consideraban impuros; por el otro, se conjuraron para hacerlos volver a la religión ancestral, o eliminarlos definitivamente como hicieron con los primeros mártires cristianos. Por eso el apóstol Pablo, judío de pedigrí si los hubo y habrá, se ocupó en explicar con todo denuedo a los nuevos creyentes; les enseñó que todas las cosas pertenecientes a la ley judía y su liturgia eran la sombra de Cristo y que, con la llegada del Hijo de Dios a la tierra, aquellas y las tradiciones judías ya eran cosas del pasado (Hebreos 8:5; 9:23,24; 10:1; Colosenses 2:8, 17,18, 20; 2 Corintios 5:17; Gálatas 4:3,9). ¿Por qué muchos evangélicos hoy en día quieren revivir lo que ya está muerto y ha sido anulado bajo el nuevo Pacto? Si eres judío y esa es tu cultura, lo entiendo y lo acepto. Hazlo. Pero si eres gentil y solo quieres judaizar imitando lo judío, no solo es medio ridículo lo que haces, sino que quizá debas tener cuidado, no sea que introduzcas fuego extraño en la adoración a nuestro Dios. El Dios verdadero no es un dios tribal judío, sino el Dios de toda la tierra y de todas las naciones (Salmo 24:1).

Navidad

¿Importa la fecha exacta del nacimiento de Cristo?

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

Los cristianos que prefieren ignorar la Navidad indican el hecho de que la Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo. Esto es cierto. Cristo no nació el 25 de diciembre. El 25 de diciembre puede no estar ni siquiera aproximado a la fecha en que nació Jesús. Es más, hay sobrados motivos para pensar que el nacimiento de nuestro Señor no ocurrió en esta fecha.

¿CUÁNDO NACIÓ JESÚS REALMENTE?

La Biblia nos proporciona evidencia segura de que Jesús no nació en diciembre, época de invierno en Palestina. En primer lugar, el censo decretado por el emperador romano César Augusto, quien mandó que se empadronara a todos. Todo el mundo tuvo que inscribirse en su propia ciudad, lo cual implicó para José y María hacer un viaje de una semana o más (Lucas 2:1-3). Independientemente de la época del año, a la gente no debió agradarle tener que cumplir con dicho decreto, que quizá tenía el objetivo de fijar impuestos y reclutar hombres para el servicio militar. Pero es poco probable que Augusto hubiera querido agravar la situación obligando a sus súbditos a hacer un largo y difícil viaje en pleno invierno.

Los rebaños de ovejas y los pastores proporcionan otra evidencia de que Jesús no nació en diciembre. La costumbre pastoril en época de primavera y verano en la antigua Palestina era la de hacer pastar a los rebaños en corrales de campo con pasturas en las noches de temperatura templada o suave. En esos días no guardaban a sus ovejas en el establo que usaban en otoño, invierno y días inclementes  La Biblia dice que los pastores vivían a campo raso y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños (Lucas 2:8). Los rebaños se quedaban al aire libre desde la semana antes de Pascua a finales de marzo y no volvían hasta mediados de noviembre. Pasaban el invierno resguardados en las majadas, y ese detalle basta para probar que la fecha tradicional de Nochebuena en invierno tiene pocas probabilidades de ser exacta, puesto que el Evangelio nos dice que los pastores estaban en los campos. Porque estaban afuera, cuidando el rebaño de los lobos, los pastores vieron a los ángeles cantando la buena noticia de que un Salvador había nacido en la ciudad de David. Por lo tanto, puede inferirse que el nacimiento de Cristo sólo podría haber ocurrido entre el 21 de marzo, fecha en que inicia la primavera en el hemisferio norte, y el 21 de septiembre, que es cuando comienza el otoño en esa región. Incluso podríamos suponer que Jesús nació tan lejos como en octubre del año 4 a.C.. ¿Cómo lo sabemos? Se puede calcular la temporada en que nació Jesús haciendo una cuenta regresiva a partir de su muerte, que tuvo lugar en la primavera, en la fecha de la Pascua el 14 de nisán, aproximadamente el 6 ó 7 de abril según nuestro calendario (Juan 19:14-16). Jesús tenía unos 30 años cuando comenzó su ministerio, el cual se supone duró tres años y medio. Eso significa que nació a principios de otoño, quizá en octubre (Lucas 3:23).

ALGO MÁS QUE UN DÍA EXACTO…

Llevemos esto un poco más lejos. Cristo no solo no nació el 25 de diciembre, sino que tampoco nació en el año en que se nos ha dicho que nació. Se calcula que Jesús nació algo antes de la muerte de Herodes el Grande, en el año 4 antes de la Era Cristiana. Una fecha entre el 6 y el 4 antes de la Era Cristiana concordaría con esa información histórica, como asume el relato de Mateo del nacimiento, y con lo relatado por Lucas (Lucas 3:23) de que Jesús tenía unos 30 años en el decimoquinto año del emperador Tiberio, estimado el año 27 o 28 de la Era Cristiana. Así pues, Cristo habría nacido en la segunda mitad de septiembre o a principios de octubre del año 4 a.C. y muerto entre el 6 y el 7 de abril del año 30 d.C.

Esto nos lleva a concluir lo siguiente: Rechazar la Navidad por no concordar con la fecha exacta es de por sí ridículo, ya que aún nuestro propio calendario y la numeración misma de nuestros años es incorrecta. Habría que modificar completamente nuestro sistema de contar los años, nuestro calendario en su totalidad. Puesto que la Biblia no nos da una fecha exacta, es obvio que para Dios no es tan importante cuándo ocurrió, sino el suceso en sí: La Encarnación de Cristo. Cristo no nació el 25 de diciembre ¿Y qué? Lo importante es que nació y se convirtió en nuestro Salvador. Lo importante es recordar, celebrar y honrar su nacimiento. Si el 25 de diciembre se eligió como la fecha para hacerlo ¿Cuál es el problema?

Con nuestro propio cumpleaños ocurre algo semejante: Celebramos el día en que nuestra madre nos dio a luz como el día en que nuestra vida inició, y a partir de ahí decimos que tenemos X, Y ó Z años de vida, pero eso no es cierto. Nuestra vida inició meses antes, al momento de la concepción. ¿Quién recuerda celebrar eso? ¿Nos molesta acaso cuando en nuestro cumpleaños se celebra una fecha que no es del todo correcta como el inicio de nuestra vida? ¡Para nada! Entonces, ¿Por qué exagerar el tema de la fecha exacta del nacimiento de Cristo?

¿POR QUÉ ENTONCES DICIEMBRE?

A pesar del dato anterior, todavía queda una interrogante: ¿Por qué, entonces, la Navidad se celebra en diciembre? la historia secular y las tradiciones de la época nos dan la respuesta. La información de una fiesta próxima a la Navidad es la del 18 de diciembre, cuando se celebraba el solsticio de invierno. Dicha festividad recibía el nombre de “Sol Invictus”, un culto al sol proveniente de la antigua Babilonia. Es bien sabido que el típico sincretismo del Imperio Romano los llevaba a incorporar rituales de las culturas propias de los países que dominaban. Ese día era propicio para sus orgías, en las que el sentido común y la razón eran adormecidos. También es sabido que al emperador romano se lo llamaba “Sol” y que así se le veneraba. Más adelante, por decreto imperial se obligó a los ciudadanos a adoptar la fe de los cristianos, a quienes antes el emperador perseguía y masacraba por millares. Posteriormente, se hizo coincidir la festividad del “Sol Invictus” con el día (cierto, pero no conocido) del nacimiento del Hijo de Dios; pero moviendo la festividad una semana adelante, el 25 de diciembre. Así pues, la Navidad comenzó a celebrarse el 25 de diciembre a partir del siglo IV. Tal cambio pretendía resaltar la prevalencia de Cristo sobre el sol: Cristo es el verdadero sol invicto (Malaquías 4:2) Los cristianos del siglo cuarto pretendían con ello cristianizar a los paganos y resaltar la victoria de Cristo sobre los distintos dioses de las naciones. Sólo Cristo merecía ser adorado. Y sólo su nacimiento recordada. El culto a Mitra, Tammuz o cualquier otro dios pagano debía ser exterminado. Asignarle a la Navidad la fecha del 25 de diciembre para su celebración fue el instrumento para lograr dicho objetivo.

LA NAVIDAD YA SE CELEBRABA ANTES.

A pesar de la adopción, en el siglo IV, del 25 de diciembre como fecha oficial para recordar el nacimiento de Cristo, cabe destacar que dicha festividad ya era celebrada antes del siglo IV aunque en otra fecha diferente (el 6 de enero) por las iglesias cristianas orientales de Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las cuales denominaban a esta fecha ‘Hagia Phota’ o ‘La Santa Luz’, es decir, la Navidad.

Es innegable que el día exacto del nacimiento de nuestro Señor no ha quedado taxativamente registrado en la Biblia; tampoco en la historia secular. Simplemente la Biblia no nos dice cuando nació Cristo. Algunos ven en ello la prueba de que Dios no desea que celebremos Su nacimiento, mientras que otros ven en esta omisión de la Biblia una tácita aprobación.

Lo cierto es que la omisión bíblica de la fecha exacta del nacimiento de Jesús no es motivo suficiente para “satanizar” la Navidad. Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonios hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna.

Pablo nos enseñó que las fechas exactas y la observancia o no de días sagrados es irrelevante en el Evangelio. Es Cristo y reconocerlo a Él en todo como Señor lo que verdaderamente importa:

“Por tanto, que nadie los critique a ustedes por lo que comen o beben, o por cuestiones tales como días de fiesta, lunas nuevas o sábados. Todo esto no es más que la sombra de lo que ha de venir, pero la verdadera realidad es Cristo. No dejen que los condenen esos que se hacen pasar por muy humildes…” (Colosenses 2:16-18, DHH).

“Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor. El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios… Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué lo menosprecias?” (Romanos 14:5-7, 10).