Diezmos y Ofrendas, Finanzas, Vida Cristiana

La práctica del diezmo en el cristianismo

Por Fernando E. Alvarado

“Cada uno debe dar lo que en su corazón ha decidido dar y no lo haga con tristeza ni por obligación. Dios ama a los que dan con alegría.”

2 Corintios 9:7, PDT

INTRODUCCIÓN

Diezmar es un asunto con el que muchos cristianos luchan y que muchos inconversos critican. Esto se debe a que en muchas iglesias se pone demasiado énfasis en diezmar. Al mismo tiempo, otras iglesias insisten en que el diezmo no está vigente en nuestra época; esto ha llevado a que muchos cristianos (incluso dentro de iglesias en las cuales se enseña el diezmo) rehúsen someterse a las exhortaciones de sus líderes acerca de hacer ofrendas al Señor o diezmar. Así, aunque ofrendar y dar de nuestros bienes para la obra de Dios está destinado a ser un gozo y una bendición, a veces no es el caso en la iglesia de hoy. Pero ¿qué enseña la Biblia al respecto? ¿en qué consistía el diezmo en la antigüedad? ¿estamos los cristianos obligados a pagar el diezmo? Dejemos que la Biblia hable por sí misma sobre este tema.

EL DIEZMO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

El diezmo es una práctica antigua. Era común tanto entre los babilonios como entre los persas, griegos, romanos y, obviamente, entre los hebreos. También es ley en la actualidad entre los judíos y muchos grupos cristianos, mientras que en el mundo musulmán se exige que el 2.5% de la riqueza sea destinada a la caridad.

Pero el diezmo no es exclusivo de las religiones. El diezmo ha sido en el ámbito civil, incluso desde la época romana, un impuesto del 10% que se pagaba en razón a una contraprestación ya sea por una autorización a ejercer una labor económica ya sea por el derecho a usar un terreno, etc. En el ámbito religioso, aparece por primera vez en Génesis 14 cuando Abraham ofrece el diezmo al sacerdote Melquisedec. En Génesis 28, se registra que Jacob también dio el diezmo de todas sus posesiones al Señor.

Bíblicamente hablando, el diezmo nunca fue una ofrenda a Dios hecha en dinero sino en especie (Levítico 27:30-32), y en tiempos de Esdras se habla sólo de los diezmos de cereales y frutos. Su incumplimiento trajo sobre el pueblo el desagrado de Dios:

“¿Debe una persona robar a Dios? ¡Claro que no! Pero ustedes me han robado. Y aún se atreven a preguntar: “¿Cuándo te hemos robado?”. Ustedes me han robado los diezmos y las ofrendas. Por eso, toda la nación está en la mira de mi castigo, pues todos me están robando. Traigan todos los diezmos a la tesorería del templo, para que haya alimento suficiente en mi Templo. Si lo hacen, yo abriré las ventanas de los cielos y haré que venga sobre ustedes una benéfica y oportuna lluvia sobre sus campos para que obtengan abundantes cosechas. ¡Los exhorto a que me prueben en esto!” (Malaquías 3:8-10, NBV)

Obligatoriedad del Diezmo bajo la Ley Mosaica

Bajo la Ley Mosaica, el diezmo era obligatorio. Todos los israelitas ofrendaban al tabernáculo (y luego al templo) el 10% de las cosechas que cultivaban y el ganado que criaban. Esto Se debía a que los levitas, una de las 12 tribus, no heredaron tierras en Canaán como las otras tribus de Israel. En vez de ello, recibían de las otras tribus, por ser representantes del Señor, el diezmo de lo que la tierra producía, incluso del ganado. Ellos a su vez debían ofrecer al sacerdote una décima parte de todo lo recibido.

“La décima parte del producto de la tierra, sean cereales o frutas, es del Señor, y es santa. Si alguien desea rescatar este producto, debe pagar su valor más el veinte por ciento. El diezmo de sus vacas, ovejas y animales domésticos es del Señor. (Levítico 27:30-32, NBV)
“Todos los años deberás apartar la décima parte de todas tus cosechas. En presencia del Señor tu Dios en el lugar que él escogerá como santuario, allí comerás el diezmo de tus cereales, de tu vino, de tu aceite y de las primicias de tus ovejas y vacas. El propósito de los diezmos es que aprendas a poner a Dios siempre en el primer lugar de tu vida.” (Deuteronomio 14:22-23, NBV).
“Diles a los levitas que den al Señor el diezmo de los diezmos que reciban. El Señor lo recibirá como si fuera primicia de grano, vino, productos de la propiedad de ellos. Este diezmo de los diezmos será seleccionado de la mejor parte de los diezmos recibidos. Y será la porción del Señor, que entregarán a Aarón el sacerdote.” (Números 18:26-29; NBV)
“El pueblo respondió inmediatamente y en forma generosa con las primicias de las cosechas de trigo, de vino nuevo, aceite de oliva, miel, y de todos los frutos del campo. Ofrecieron igualmente el diezmo de todos sus ingresos. El pueblo que se había ido de Judá a las tribus del norte, y el pueblo de Judá que vivía en las provincias también trajeron los diezmos del ganado y de las ovejas, y el diezmo de las cosas dedicadas al Señor, y los pusieron en grandes montones.” (2 Crónicas 31:5-6, NBV).

Como la tribu de los levitas tendría que dedicarse al servicio del culto a Jehová, las demás tribus restantes tendrían que dar el diezmo para sostener el sacerdocio judío. Este sacerdocio debía sostenerse hasta la llegada del Mesías. De manera pues que el diezmo era la manera de sustentar la tribu israelita de Leví que no podía poseer herencias de tierras; como su labor era dedicarse al servicio del tabernáculo, habían quedado sin parcela al repartirse la tierra de Canaán.

Otros tipos de diezmos bajo la Ley

La ley del Antiguo Testamento requería múltiples diezmos — uno para los levitas, otro para el uso del templo y las fiestas, y otro para los pobres de la tierra, lo que habría hecho un total de aproximadamente el 23.3 por ciento. De esta forma, el diezmo del Antiguo Testamento sirvió como un método de imposición de tributos para suplir las necesidades de los sacerdotes y los levitas del sistema Mosaico.

Pero el pago de los diezmos en el Antiguo Testamento no solo estaba destinado al sustento de los levitas, sacerdotes y el funcionamiento del Templo. En el libro de Deuteronomio se menciona, además del diezmo anual, un diezmo a pagarse cada tres años (el año de los diezmos especiales). Dicho diezmo tenía una importante orientación hacia la caridad con los pobres:

“Cada tercer año es un año de diezmos especiales. Ese año darás todo el diezmo y además darás de tus bienes a los levitas, a los exiliados, a las viudas y a los huérfanos, para que todos sean saciados. Entonces declararás delante del Señor tu Dios: He dado todos mis diezmos regulares, y además he dado de mis bienes a los levitas, a los exiliados, a los huérfanos y a las viudas, de la manera que tú me lo ordenaste. No he violado ni olvidado ninguna de tus reglas.” (Deuteronomio 26:12-13, NBV)

De manera pues que, para el libro del Levítico, el diezmo es un impuesto a beneficio del templo; según el libro de los Números, un impuesto a favor de los levitas; y para el libro del Deuteronomio el diezmo es un banquete gozoso ante Jehová en el que el diezmo (en especie) es consumido, y cada tres años, una obra a favor de los necesitados.

EL DIEZMO EN EL NUEVO TESTAMENTO

En muchos sentidos el diezmo era algo propio y exclusivo del Antiguo Testamento, del pueblo judío y ligado al culto oficial. Por eso en el Nuevo Testamento los cristianos no hablan del diezmo ni, menos aún, se impuso. Hoy en día hay gente que mezcla los dos Testamentos como si fueran lo mismo: a ratos hay gente que se dice cristiana y a ratos hay gente que también se considera judía al pedir el diezmo.

El problema es que si se desea seguir la Ley judía hay que hacerlo todo o nada: circuncidarse, no comer de cerdo, guardar el sábado, dar el diezmo y ofrecer holocaustos; apedrear a los que violan la ley, etc. Todo esto es propio de y para los judíos. A una persona no le era permitido escoger lo que le gustaría del judaísmo y lo que no como si existiera una especie de menú religioso; no podían elegir qué guardar y qué rechazar:

“Los que se aferran a la ley para salvarse están bajo la maldición de Dios. Las Escrituras dicen claramente: «Malditos los que quebrantan cualquiera de las leyes que están escritas en el libro de la ley de Dios».” (Gálatas 3:10, NBV)
“Maldito sea el que no obedece estas leyes”. Y todo el pueblo responderá: Amén”. (Deuteronomio 27:26, NBV)
“El que obedece toda la ley, pero falla en un solo punto, es culpable de haberla desobedecido toda.” (Santiago 2:10, NBV)

Una vez llegado el Mesías, en la divina persona de Jesús, Él instituye un Nuevo Pacto. En el Nuevo Testamento hay un Nuevo Pueblo: la Iglesia instituida por Jesucristo (Hechos 20:28). En este nuevo pacto ya no hay diezmo, porque ya no hay que sostener al “sacerdocio” judío. Es por esto que, pasando ahora al Evangelio, el diezmo es un tema ausente tanto en la predicación de Jesús, como en la predicación apostólica. Ni Jesús ni los Apóstoles ni recomendaron, ni pidieron o mandaron pedir el diezmo. En la Iglesia no se ve más esta orden u obligación de pagar el diezmo, sino que pedían lo que saliera del corazón. Lo que Jesús dice a sus discípulos es:

… Coman y beban lo que allí les den, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa.” (Lucas 10:37).

De hecho, no existe ninguna referencia bíblica que le ordene a un cristiano que tenga que dar el diezmo. Y en el libro de los Hechos de los Apóstoles (la historia de los primeros años de la Iglesia), no se menciona la palabra diezmo ni una sola vez. Y esto a pesar de que existe una enorme cantidad de ejemplos de personas que dieron dinero de “corazón”, pero jamás se menciona el diezmo. Pablo era muy claro: Hay que dar lo que se pueda y de manera espontánea pues Jesús mismo al establecer su Iglesia dijo que los que vivan para el anuncio del Evangelio, que vivan del Evangelio; sin embargo, Él nunca habló de cobros a los fieles:

“Dios dijo a los que servían en el templo que podían tomar de los alimentos que se ofrecían en el templo; y a los que trabajaban en el altar, que participaran de lo que se presentaba en el altar. De igual manera, el Señor ha ordenado que los que predican el evangelio vivan de ese trabajo.” (1 Corintios 9:13-14, NBV)
“Recordemos que la Escritura dice: «No le pondrás bozal al buey que trilla el grano; ¡déjale comer mientras trabaja!». Y en otro lugar dice: «El obrero es digno de su salario».” (1 Timoteo 5:18, NBV)

En los Evangelios se menciona la palabra diezmo solo en tres ocasiones y en una triste relación con los maestros de la ley, muy criticados por Jesús:

“El fariseo, de pie, oraba así: “Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres que son ladrones, malhechores, adúlteros; ni mucho menos soy como este cobrador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.” (Lucas 18:11-12; NBV)
“¡Ay de ustedes, fariseos y escribas hipócritas! Porque diezman hasta la última hojilla de menta del jardín y se olvidan de lo más importante, que es hacer justicia y tener misericordia y fe. Sí, hay que diezmar, pero no se puede dejar a un lado lo que es aún más importante.” (Mateo 23:23; NBV)
“¡Ay de ustedes, fariseos!, porque se cuidan de dar la décima parte de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, pero no tienen cuidado de la justicia y el amor de Dios. Debían haber hecho eso, sin dejar de hacer lo otro.” (Lucas 11:42; NBV)

La iglesia primitiva no se financió con ninguna clase de diezmo, pues eso estaba prohibido. Solo los levitas y sacerdotes estaban autorizados a recibirlo por ser el mecanismo establecido para el sustento del sacerdocio judío. Y, ciertamente, el ministerio cristiano y el sacerdocio judío no eran ni son la mismo cosa. En la carta a los Hebreos, el único libro del Nuevo Testamento (aparte de Mateo y Lucas) en el cual se menciona el diezmo, éste es mencionado como parte del Viejo pacto que fue abrogado:

“Los sacerdotes, aunque reciben diezmos, son mortales; sin embargo, se nos dice que Melquisedec aún vive. Y así podría decirse que Leví mismo dio diezmos a Melquisedec por medio de Abraham, porque Leví estaba en Abraham cuando este le dio el diezmo a Melquisedec. El pueblo de Israel recibió la ley bajo el sacerdocio levítico. Si esos sacerdotes pudieran hacernos perfectos, ¿por qué entonces envió Dios a Cristo como sacerdote de la clase de Melquisedec, en vez de enviar a otro de la clase de Aarón? Ya que se cambió el tipo de sacerdote, Dios tenía que transformar la ley. Cristo no pertenecía a la tribu sacerdotal de Leví, sino a la de Judá, tribu que no había sido escogida para el sacerdocio; Moisés nunca le asignó tal responsabilidad. Y todo esto queda más claro si reconocemos que el nuevo sacerdote es de la clase de Melquisedec. Y llegó a ser sacerdote no según el requisito de la ley de pertenecer a determinada tribu, sino de acuerdo con el poder de una vida indestructible. Pues esto es lo que se asegura de él: «Tú eres sacerdote para siempre, de la misma categoría que Melquisedec». Así que la ley anterior queda anulada por ser inútil e ineficiente, pues no perfeccionó nada. En cambio, ahora tenemos una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios.” (Hebreos 7:8-19, NBV)

En la Iglesia primitiva no existió el diezmo ni en el sentido veterotestamentario ni en el sentido de algo “impuesto”; lo que la Iglesia pedía era una corresponsabilidad. Una corresponsabilidad que se entendía como una aportación libre y voluntaria, fruto de la fe de los creyentes para hacer frente a las necesidades económicas de toda la comunidad eclesiástica. Ahora bien, la Iglesia Primitiva no eximía a sus miembros de la obligación moral de contribuir a su favor pues es un deber de justicia; al contrario, enseñó que el cristiano debe dar a la medida de Cristo y por amor a Él, según sus propias capacidades.

Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras ministeriales, evangelísticas y de misericordia, así como para el conveniente sustento de los ministros. Aunque los creyentes tienen la obligación de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades; la manera cómo esta contribución se deba llevar a la práctica no está definida por una ley como en el Viejo Pacto. Por tanto, lo importante es que cada uno dé con generosidad:

“Cada uno tiene que determinar cuánto va a dar. Que no sea con tristeza ni porque lo obliguen, porque Dios ama al que da con alegría.” (2 Corintios 9:7, NBV).

¿CUÁL FUE LA NORMA BÍBLICA NEOTESTAMENTARIA PARA EL SOSTENIMIENTO DE LA IGLESIA?

Los cristianos de la Iglesia primitiva, cooperaban económicamente para el sostenimiento de aquellos que habían sido llamados al ministerio, las necesidades de la congregación y el cuidado de los pobres, viudas, huérfanos y necesitados. ¿Cómo? A través de colectas u ofrendas voluntarias. Pablo pedía a los cristianos que ayudaran a los hermanos de Jerusalén que pasaban por una crisis:

“Estas son las instrucciones en cuanto al dinero que están recogiendo para ayudar a los cristianos, instrucciones que di también a las iglesias de Galacia. Los domingos cada uno de ustedes aparte algo de lo que ganó durante la semana, y guárdelo. Así cuando yo llegue no tendrán que empezar la colecta. Cuando llegue enviaré a Jerusalén la ofrenda recogida y una carta; ustedes nombrarán a varias personas de confianza para que la lleven.” (1 Corintios 16:1-3, NBV).

La medida es el amor y la capacidad de cada uno. Es una forma de devolverle al Señor una pequeña parte de lo muchísimo que Él nos da siempre. Ahora bien, es importante hacer énfasis en lo siguiente: una cosa es el derecho de la Iglesia a buscar formas apropiadas de autofinanciación para sacar adelante el proyecto salvador de Dios, y otra muy diferente (y que además se tiene que rechazar) es el afán de lucro a costa de la buena fe de la gente y la manipulación bíblica de algunos para lograr sus fines. Es decir, una cosa es ver cuál era el uso y el sentido del diezmo en el Antiguo Testamento y otra es usar pasajes bíblicos para que la gente crea en la vigencia del diezmo para que entregue el diez por ciento de su sueldo de forma obligatoria. El diezmo obligatorio, tal como hoy es enseñado por la algunas iglesias, es antibíblico. Simplemente no existe en las páginas de la Biblia. Y se equivocan por tres motivos:

(1.- En primer lugar, recurren a citas del Antiguo Testamento, y más de Malaquías, para hacer creer a la gente que pedir el diez por ciento del sueldo de sus seguidores es algo bíblico.

(2.- En segundo lugar, porque bíblicamente el diezmo debe ser, única y exclusivamente, entendido como una ofrenda en especie, en alimentos tanto frutos como animales.

(3.- En tercer lugar, porque el diezmo fue una institución exclusiva del pueblo de Israel, una ley para los israelitas del Antiguo Testamento. Nosotros somos el pueblo de la Nueva Alianza y no somos judíos ni pertenecemos a ninguna tribu de Israel.

Es por esto por lo que lo que hacen los líderes de cualquier denominado grupo cristiano que exige el diezmo de forma legalista y obligatoria, incluso bajo amenazas de maldición y pobreza, presionando a sus hermanos, no es de Dios. De ellos dice la Palabra:

“Si alguien enseña falsas doctrinas y se aparta de la sana enseñanza de nuestro Señor Jesucristo y de lo que enseña la verdadera religión, es un orgulloso y un ignorante; es una persona que tiene el vicio de provocar discusiones que dan lugar a envidias, pleitos, ofensas, desconfianzas y peleas entre quienes tienen la mente depravada y no conocen la verdad. Para ellas, el evangelio es un gran negocio.” (1 Timoteo 6:3-5, NBV).

EL CRISTIANO YA NO ESTÁ SUJETO A LA LEY DEL DIEZMO, EN CAMBIO, ESTÁ LLAMADO A VIVIR Y PRACTICAR UNA LEY DE AMOR, ENTREGA Y CONSAGRACIÓN MUCHO MAYOR

Quienes se regocijan en su avaricia y se rehúsan a contribuir con el sostén financiero de sus congregaciones locales, ignorando las exhortaciones de sus líderes acerca de hacer ofrendas al Señor escudándose en que el diezmo no es obligatorio para los cristianos pues no estamos bajo la Ley, se engañan a sí mismos. Si bien es cierto en ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece en el Nuevo Testamento (Mateo 23:23; Lucas 11:42; 18:12; Hebreos 7:2-9) se nos enseña a guiarnos por esa medida, también debe notarse que Cristo no rechaza el diezmo, sino que enseña una referencia nueva: Dar ya no el diez por ciento, sino darse del todo por amor, sin contar el costo.

El Nuevo Pacto no se limita a la ley del diezmo, sino que nos refiere al ejemplo de Jesucristo que se dio sin reservas. Jesús vivió una entrega radical y nos enseñó que debemos hacer lo mismo. Él nos da el siguiente modelo:

“Jesús se sentó frente al lugar donde se depositaban las ofrendas en el templo, y se puso a observar cómo la gente echaba su dinero. Muchos ricos depositaban grandes cantidades. También llegó una viuda pobre y echó en la caja de las ofrendas dos moneditas de muy poco valor. Entonces Jesús indicó a sus discípulos que se le acercaran y les dijo: «Les aseguro que esta viuda pobre ha echado más en el tesoro que todos los otros. Todos echaron de lo que les sobraba; pero ella, siendo tan pobre, dio todo lo que tenía para vivir».” (Marcos 12:42-44, NBV)

Bajo el Nuevo Pacto todo (no solamente el diezmo) le pertenece a Dios y somos administradores de nuestros recursos según el Espíritu Santo ilumine nuestra conciencia. Pablo enseñó y vivió la misma entrega radical, al mismo tiempo que enseñó el deber de sostener a los ministros del Evangelio:

“Para los que ponen en duda mis legítimos derechos, diré lo siguiente: ¿Tendré o no tendré derecho de recibir comida? ¿No tengo derecho a tener una esposa y llevarla en mis viajes, como hacen los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Pedro? ¿O es que los únicos que en la obra de Dios tienen que trabajar por su cuenta para ganarse el sustento somos Bernabé y yo? ¿Qué soldado tiene que sostenerse a sí mismo mientras sirve en el ejército? ¿A qué agricultor se priva del derecho de comer de lo que ha cosechado? ¿A qué pastor de ovejas no se le permite tomar de la leche del rebaño? Y no crean que sólo desde un punto de vista humano digo esto. La ley de Dios lo afirma también. En efecto, la ley que Dios dio a Moisés dice: «No se debe poner bozal al buey para evitar que coma del trigo que está trillando». ¿Creen que Dios tenía en mente sólo a los bueyes cuando dijo esto? ¿No estaría pensando también en nosotros? ¡Claro que sí! A los que aran y trillan debe permitírseles alentar la esperanza de recibir parte de la cosecha. Nosotros hemos plantado la semilla espiritual en ustedes. ¿Será demasiado pedir que, a cambio, recibamos de ustedes el sustento material? Si otros disfrutan de este privilegio de recibir de ustedes el sustento, ¿cuánto más deberíamos disfrutarlo nosotros? Sin embargo, jamás hemos ejercido este derecho; al contrario, soportamos todo con tal de no poner obstáculos al evangelio de Cristo. Dios dijo a los que servían en el templo que podían tomar de los alimentos que se ofrecían en el templo; y a los que trabajaban en el altar, que participaran de lo que se presentaba en el altar. De igual manera, el Señor ha ordenado que los que predican el evangelio vivan de ese trabajo. Sin embargo, jamás les he pedido ni un centavo y no les estoy escribiendo para que de ahora en adelante me den dinero. En realidad, prefiero morirme antes que perder la satisfacción de predicarles gratuitamente. No me enorgullezco de predicar las buenas noticias, porque tengo esa encomienda como una obligación y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!” (1 Corintios 9:3-16; NBV)

LOS PADRES DE LA IGLESIA Y EL DIEZMO

La iglesia primitiva nunca estableció los diezmo como medio de financiamiento de la iglesia y sostén de sus ministros. De hecho, algunos de los Padres de la iglesia se oponían a ello terminantemente. Justino Martir (100 d.C.), por ejemplo, sostenía que cada uno debería dar libremente según fuera su voluntad, nunca obligado por imposición o cuota fija:

“Los que son acaudalados ayudan a todos los menesterosos…Los pudientes y todos los que quieren dan ofrendas, cada uno según le parezca.”[1]

Ireneo Lyon (130 d.C.) también sostenía que lo que se diera a la iglesia debería ser voluntario, sin compulsión alguna. Ireneo dijo:

“Los primeros tenían dedicados a lo sagrado solamente la décima parte de sus bienes, mientras que los que recibieron la libertad destinan todos sus bienes para uso del Señor… como aquella viuda pobre que echó todo su sustento en la sala del tesoro de Dios.”[2]
“Y por este motivo el Señor en vez de “No cometerás adulterio”, prohíbe incluso la concupiscencia; y en vez del [mandamiento] que dice así: “No matarás”, Él prohíbe el enojo; y en vez de la ley que obliga a dar diezmos, compartir todas nuestras posesiones con los pobres; y no solo amar solo a nuestros prójimos, sino incluso a nuestros enemigos; y no simplemente ser dadores liberales, sino incluso que deberíamos presentar un regalo gratuito a aquellos que toman nuestros bienes.”[3]

Tertuliano (160 d.C.) fue aún más enfático al respecto:

“Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes o cuando quiere. En esto no hay compulsión [u obligación] alguna.”[4]

Algunos citan la Epístola de Clemente a los Corintios (texto apócrifo probablemente escrito alrededor del año 96 d. C.) como evidencia de que el diezmo era exigido de forma obligatoria a los primeros cristianos. Sin embargo, en dicha epístola no se menciona el diezmo de forma explícita, por lo que el autor bien podría estarse refiriendo a las primicias u otras ofrendas. Dicho texto dice:

“Que las ofrendas y servicios que Él ordena sean ejecutados con cuidado, y no precipitadamente o en desorden, sino a tiempo y sazón debida. Y dónde y por quien Él quiere que sean realizados, Él mismo lo ha establecido con su voluntad suprema; que todas las cosas sean hechas con piedad, en conformidad con su beneplácito para que puedan ser aceptables a su voluntad. Así pues, los que hacen sus ofrendas al tiempo debido son aceptables y benditos, porque siguiendo lo instituido por el Señor, no pueden andar descaminados. Porque al sumo sacerdote se le asignan sus servicios propios, y a los sacerdotes se les asigna su oficio propio, y a los levitas sus propias ministraciones. El laico debe someterse a las ordenanzas para el laico.”[5]

Siglos más tarde, la Didascalia Apostolorum (un libro escrito en el s. III) mostró su apoyo directo a la práctica del diezmo dentro de la iglesia como una medida necesaria para el sostenimiento de sus ministros:

“Aparten ofrendas, diezmos y primicias a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, y a sus ministros, diezmos de salvación para Él…. Hoy las abluciones son ofrecidas mediante los obispos al Señor Dios. Porque ellos son sus sumos sacerdotes; porque los sacerdotes y levitas ahora son los ancianos (presbuteros) y diáconos, y los huérfanos y las viudas… Por lo tanto, amen al obispo como a un padre, y témanlo como a un rey, y hónrenlo como a Dios. Sus frutos y la obra de sus manos preséntenle a él, para que ustedes puedan ser bendecidos; sus primicias y sus diezmos y sus votos y sus ofrendas denle a él; porque él necesita de ellos para ser sustentado; y para también dispensar a aquellos que están en necesidad.”[6]

En el siglo IV, Hilario de Poitiers (315-367) también dijo:

“El Señor los denunció por esconder sus intenciones y ocultar sus pecados. Ellos hacían lo que la ley prescribía al diezmar la menta y el eneldo, para que de esa manera los demás creyeran que cumplían la Ley. Sin embargo, ellos olvidaban la misericordia, la justicia, la fidelidad, y todo sentimiento de benevolencia, los cuales son su verdadero deber hacia la humanidad. La práctica de diezmar las hierbas, que era útil para prefigurar lo futuro, no debería ser omitida. Es apropiado que sea practicado, para realizar obras de fidelidad, justicia y misericordia, no como una imitación fingida, sino en la verdad de una voluntad tenaz. Debido a que hay menos sacrilegio en omitir el diezmo de las hierbas que al omitir el deber de la benevolencia, el Señor los amonesta por su diligencia en colar el mosquito, pero tragar el camello. En otras palabras, evitaban pecados pequeños, pero permitían pecados más graves.”[7]

También en el s. IV, Ambrosio de Milán (337-397) dijo:

“Debes pagar tus diezmos fielmente, pero nunca ofrezcas lo peor ni lo menor a Dios, ni de tus cultivos, ni de tu vino, ni de tus árboles frutales, ni de tu ganado, ni de tu jardín, ni de tus transacciones comerciales, ni de tu caza. De todas las cosas que Dios ha dado al hombre se ha reservado una décima parta para sí mismo. Por lo tanto, no está permitido retener lo que Dios ha reservado para sí mismo.”[8]

Más adelante, Jerónimo (340-420) también mostraría su apoyo a la práctica del diezmo:

“Ahora, quien es la porción del Señor, o tiene al Señor como porción, debe poseer lo que el Señor posee…. Por lo tanto, si yo soy porción del Señor y de la línea de su herencia, no he recibido porción entre las tribus restantes; sino que, al igual que los sacerdotes y levitas, vivo del diezmo y sirvo en el altar y soy sustentado mediante sus ofrendas.”[9]

Juan Crisóstomo (347-407) relató:

“En cierta ocasión alguien me dijo con asombro acerca de otra persona: “¿Por qué tal otro da diezmos?” ¡Cuanta desgracia implica esta expresión! ¿Por qué lo que no era un asunto de asombro con los judíos ha llegado a serlo en el caso de los cristianos? Si en ese entonces había peligro en olvidar los diezmos, ¡Piensen cuánto peligro debe haber ahora!”[10]

Las Constituciones Apostólicas, libro escrito en el siglo IV para promover el naciente sacerdocio católico, y que introduce además prácticas nuevas como el bautismo de niños, la catequesis de los nuevos miembros, y novedosos ritos litúrgicos, nos dice:

“Déjenle [al obispo] usar los diezmos y primicias, que son dadas de acuerdo con el mandato de Dios, como un hombre de Dios; y también déjenle repartir en una manera correcta las ofrendas de buena voluntad que son traídas para los pobres, los huérfanos, las viudas, los afligidos y los extraños en problemas, teniendo a Dios como examinador de estas cuentas que ha puesto a disposición de él…”[11]
“Por lo tanto hermanos, ustedes deben traer sus sacrificios y sus oblaciones al obispo, como su sumo sacerdote, ya sea ustedes mismos o mediante los diáconos; y no solo traigan esto, sino también sus primicias, y sus diezmos, y sus ofrendas voluntarias.”[12]

Nótese que ya en esa época los sacerdotes comenzaban a ser vistos como mediadores entre Dios y los hombres. A diferencia de los primeros obispos de la iglesia primitiva, los cuales no eran considerados sacerdotes del pueblo y que además se sostenían a sí mismos con su trabajo, el naciente sacerdocio católico comenzó a exigir un rango superior al laico y a demandar su manutención a semejanza del sacerdocio judío antiguo. Por lo tanto, hallaron en el diezmo el medio para lograr tal fin. ¿No resulta curioso que, siendo ellos quienes iniciaron tal práctica en la iglesia cristiana, sean ellos mismos quienes hoy día condenan a los pastores evangélicos por hacer lo mismo?

Sin embargo, aún en esos tiempos de innovaciones teológicas y rituales dentro de la iglesia, no todos estuvieron de acuerdo en introducir el pago de los diezmos dentro de la misma. Agustín de Hipona (354-430) enseñó que el diezmo era invalido:

“Entonces, ¿han de perder sus bienes? Dijo: Repartan, no «Denlo todo». Reserven para sí lo suficiente o más de lo suficiente. De esto demos una cierta parte. ¿Qué parte? ¿Una décima parte? Los diezmos los daban los escribas y los fariseos. Avergoncémonos, hermanos; la décima parte la daban aquellos por quienes Cristo aún no había derramado su sangre, Por si piensas que haces algo grande porque partes tu pan con el pobre, cosa que apenas significa una milésima parte de tus posibilidades.”[13]

No obstante, con el tiempo, Agustín aceptó de agrado el diezmo; después escribió lo siguiente:

“Tras estas palabras de Jesús, sin duda pensaron los fariseos en las limosnas que daban. Pero ¿cómo las daban? Diezmaban todos sus bienes: de todos los frutos apartaban la décima parte y la donaban. Cosa que no hace fácilmente un cristiano cualquiera…Y en su interior se mofaron de quien decía tales cosas como si hablase a hombres que no practicaban la limosna. Sabiéndolo el Señor, añadió a continuación: Con todo, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, del comino, de la ruda y de todas las hortalizas. Para que lo sepáis, conozco vuestras limosnas. Es cierto; ésas son vuestras limosnas, ésos vuestros diezmos. Diezmáis incluso los frutos de vuestros productos más diminutos e insignificantes, pero habéis abandonado las cosas más importantes de la ley: el juicio y la caridad. Prestad atención. Habéis abandonado el juicio y la caridad y dais el diezmo de las hortalizas. Eso no es hacer limosna. También conviene hacer esto —les dijo—; pero no hay que omitir lo otro. ¿Qué hay que hacer? El juicio y la caridad, la justicia y la misericordia, y no omitir lo otro. Haced aquello, pero anteponed esto.”[14]

Así pues, aunque ni Jesús ni sus apóstoles enseñaron el diezmo ni mandaron a la iglesia que lo practicase (y de hecho la iglesia primitiva no lo hizo), durante los siglos posteriores éste fue incorporado en la práctica de la naciente iglesia católica y continuado a través de la historia.

EL DIEZMO EVANGÉLICO, UNA PRÁCTICA HEREDADA DE LA VIEJA IGLESIA CATÓLICA

La inexistencia del diezmo en la iglesia primitiva es plenamente confirmada por la historia. La costumbre de diezmar se introdujo en la iglesia a medida que cobraba fuerza en el siglo sexto la costumbre de considerar al clero como los sucesores y representantes de los levitas bajo la antigua ley mosaica. Esto dio ímpetu a la idea de que los clérigos tenían el derecho a recibir el pago de los diezmos de parte del laico. El desarrollo de esto fue de índole gradual. No fue sino hasta el Concilio de Tours en 567 d. de J.C. que por primera vez se hizo obligatorio el diezmar. En el siglo nueve Carlomagno aprobó la primera ley de diezmar en su dominio. La gente, sin embargo, se rehusó a pagarlo. Puesto que los diezmos resultaron ser el origen de mucha dificultad en todo país en que los reunían, estos fueron abandonados gradualmente por el catolicismo

Aunque hoy suele ser negado, y frecuentemente criticado, la iglesia católica practicó el diezmo desde el s. VI. El catolicismo, auxiliado del poder político, impuso sobre sus feligreses la obligación de ayudar a la Iglesia como una ordenanza divina que obliga a la conciencia. Se legisló sobre la contribución a la Iglesia en la carta de los obispos reunidos en Tours (567 d.C.) y en los cánones del Concilio de Macon del 585 d.C. Al principio la contribución se le pagaba al obispo, pero más tarde el derecho pasó a los sacerdotes parroquiales. Como era de esperar, hubo abusos. También se le pagaba una porción a príncipes, nobles y eclesiásticos a cambio de protección y servicios. En el tiempo de Gregorio VIII se instituyó el “diezmo de Saladín” que debían pagar todos los que no participasen personalmente en las Cruzadas para recobrar la Tierra Santa.

Aún hoy (aunque se ha eliminado la mención del diezmo), el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que los feligreses deben ayudar a sostener la iglesia. El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia.[15] En la actualidad la Iglesia Católica mantiene la enseñanza paulina sobre la obligación de los fieles de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades, pero la manera en que lo hacen no está definida por la ley. Algunos dentro de la Iglesia Católica recomiendan el diezmo como una forma de establecer una contribución proporcional a las ganancias: Personas con recursos podrían dar mucho más, mientras que, para un pobre, dar el 10% podría significar negarles a sus hijos el alimento.

Así pues, aunque la Iglesia Católica no establece una cuota a sus feligreses, la Iglesia nunca ha eximido a estos de la obligación de contribuir, al contrario, les enseña que dar es una obligación y también un privilegio. La iglesia cristiana evangélica solo heredó lo que la iglesia católica practicaba desde entonces: el dar diezmos.

CONCLUSIÓN

El Nuevo Testamento en ninguna parte ordena, o aún recomienda que los cristianos se sometan a un sistema legalista de diezmos. En ningún lugar señala un cierto porcentaje de ingreso que se deba apartar de forma obligatoria, solamente dice que se ponga aparte algo según cada uno haya prosperado (1 Corintios 16:2). La iglesia cristiana básicamente ha tomado la figura del 10% del diezmo del Antiguo Testamento, y la ha aplicado como un “mínimo recomendado” para los cristianos en su ofrendar. ¿Es esto incorrecto?

No necesariamente. Todo depende de la forma en que se realiza. Cada comunidad cristiana es libre de determinar la forma mediante la cual financiará sus actividades y sostendrá a sus ministros, siempre y cuando esto se haga de forma legítima y sin imposiciones legalistas. Y es ahí donde está el problema: hay congregaciones en las cuales el pago de los diezmos se usa como medida de la dignidad personal. Aquellos que no pagan los diezmos son víctimas de ostracismo, sermones teledirigidos, discriminación y, en algunos casos extremos, considerados no salvos.  Hay congregaciones en las cuales las ofrendas, primicias y diezmos son más predicados que Cristo. Esto es totalmente incorrecto. El Evangelio no debe ser visto como un negocio. Contra este tipo de maestros nos advierte la Palabra:

“Tan ambiciosos serán esos maestros que les dirán cualquier cosa con tal de sacarles dinero. Pero Dios hace tiempo que ha dictado sentencia contra ellos y su destrucción está por caerles encima.” (2 Pedro 2:3, NBV)

Es indiscutible que el Nuevo Testamento habla sobre la importancia y los beneficios de dar. Debemos dar lo que podamos. Algunas veces eso significa dar más que un diezmo, otras veces puede significar dar menos. Todo depende de los recursos del cristiano y de las necesidades de la iglesia. Cada cristiano debería orar diligentemente y buscar la sabiduría de Dios acerca de participar en el diezmo y de cuánto debería ofrendar (Santiago 1:5). Sobre todo, todos los diezmos y ofrendas se deben dar con motivos puros y con una actitud de adoración a Dios y servicio al cuerpo de Cristo. Así lo dice la Palabra:

 “Cada uno tiene que determinar cuánto va a dar. Que no sea con tristeza ni porque lo obliguen, porque Dios ama al que da con alegría.” (2 Corintios 9:7).

A las personas bajo la ley del Antiguo Testamento les era requerido dar un diezmo (literalmente, un “décimo”) de todos sus ingresos. Se creía que un diezmo era la respuesta apropiada a las bendiciones de Dios. Pero ya que no estamos “bajo la ley.” Aunque en el Nuevo Testamento las iglesias no recibían porcentajes, se enseñaba el principio de dar proporcionalmente (1 Corintios 16:2; 2 Corintios 8), y muchos creyentes consideran un privilegio utilizar el diezmo como un patrón para sus ofrendas. No debemos juzgarles por ello. El Nuevo Testamento también registra que los creyentes en la iglesia hacían colectas.

Sin embargo, lo que aquellas iglesias que sí practican el diezmo deben recordar es que no deben lanzar maldiciones sobre aquellos que no pagan sus diezmos. Puesto que para el cristiano el diezmo ya no es un requisito obligatorio, es también erróneo usar Malaquías 3:8-10 para amenazarlos con maldiciones, enfermedad o escasez en caso de no dar a la iglesia el 10% de sus ingresos. Esto no debe ser un requisito legalista. Más bien, debe ser una celebración gozosa de la provisión del Señor.

REFERENCIAS:

[1] Primera Apología, de Justino Mártir, c. 150 E.C.

[2] Contra las herejías, de Ireneo, c. 180 E.C.

[3] Contra las Herejías, libro IV, cap. 13; ANF 1.477

[4] Apologeticum, Tertuliano, c. 197 E.C.

[5] Epístola de Clemente a los Corintios, cap. 40

[6] Didascalia Apostolorum Cap. IX

[7] D. H. Williams trad. The Fathers of the Church: St. Hilary of Poitiers’ Commentary on Matthew (Washington DC: CUA Press, 2012), pág. 243-244

[8] Homilía XXXIII, citado en Francis Plowden, The Principles and Law of Tithing (Londres, C. and R. Baldwin, 1086), 45

[9] Carta LII a Nepociano; NPNF 6.91

[10] Homilía sobre Efesios; NPNF, 1.13.69

[11] Constituciones Apostólicas, libro II, sec. IV, cap. XV; ANF 7.408-409

[12] Constituciones Apostólicas, libro II, sec. IV, cap. XXVII; 410

[13] San Agustín, Sermón 85; 5

[14] San Agustín, Sermón 106; 3

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, Canon 222, “Los 5 mandamientos de la Iglesia”

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