Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡Libérate de la envidia!

Por: Fernando E. Alvarado.

La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida. Sin embargo, todos luchamos con eso en un momento u otro de la vida, o quizás en más momentos de los que quisiéramos admitir. ¿Y sabes por dónde empiezan la envidia y los celos? Por la comparación. Cuando comparas tu realidad con la de otro, cuando comparas tu familia con la de tu amigos, cuando comparamos nuestros ministerios o trabajos, poco a poco nuestro corazón comienza a contaminarse y, sin darnos cuenta, llegamos al punto en que nos encontramos cuestionando incluso a Dios. Ante tales peligros, la Palabra está llena de exhortaciones a cuidar nuestro corazón y limpiarlo de cosas tan contaminantes como los celos, la envidia y la codicia de lo que otro tiene o ha logrado. Podemos justificarlo de mil maneras, pero déjame decirte sin tapujos una vez más: ¡La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida! Desde un principio, Él lo dejó bien claro. El Creador, que nos conoce muy bien por eso mismo, porque es nuestro Creador, sabía que el codiciar produce envidia, y la envidia, muerte. Por eso mandó: “No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca” (Éxodo 20:17; NVI).

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Quizá te parezca increíble pero ¡Muchos incluso envidian la relación con Dios, la unción, el ministerio, los puestos en directivas y el liderazgo de otros! Esto los lleva a ni siquiera poder soportar la sola presencia de la persona que envidian. Hablan mal de ellos, los critican en público, en privado, o incluso en las redes sociales y la iglesia ¡Hasta usan sus sermones para atacarles! Si otro organiza un evento “no sirve”, si cobran “es porque son mercaderes de la fe”, si no cobran “son tontos, no valoran su trabajo”. ¡Siempre hallarán un pelo en la sopa! Cuál Caín, si pudieran eliminarían el objeto de su envidia, pues les causa profundo enojo ver cómo Dios respalda a otros y no a ellos. Tan solo piensa en lo que nos dice la Palabra: “Caín presentó al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. Abel también presentó al Señor lo mejor de su rebaño”, sin embargo, “el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo.” La respuesta del Señor a Caín fue contundente: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero, si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo». Lamentablemente, lejos de arrepentirse, Caín habló con engaños a su hermano Abel y “Mientras estaban en el campo, Caín atacó a su hermano y lo mató.” (Génesis 3:3-9, NVI). ¿Qué hay de nosotros? ¿Seremos en el fondo más parecidos a Caín de lo que pensamos?

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Sí, quizás ni tú ni yo hemos matado a nadie por envidia literalmente, pero en nuestro corazón… ¡Ah, la historia es muy diferente! Ese llamado “monstruo” de la envidia nos devora. Por eso la Palabra nos exhorta: “No seamos como Caín que, por ser del maligno, asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo hizo? Porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12; NVI). En muchas ocasiones, la marcha de nuestra vida también se detiene porque hemos decidido actuar de la misma manera y dejar que la envidia tome el control de nuestras decisiones. Con toda honestidad, ¿se está enfermando tu corazón por causa de este mortífero veneno? ¿Has entendido que eres una persona que constantemente se siente insatisfecha? La única manera de liberarnos es dejar que Dios nos cure. Y para ello necesitamos implementar primero estos pasos: (1) Reconocer los celos y la envidia como lo que son, un pecado; (2) Confesarlos a Dios y arrepentirnos y (3) rendirnos a la obra transformadora del Espíritu Santo para que esta actitud cambie. Y tú ¿Qué harás? ¿Dejarás que la envidia te controle? O por el contrario, ¿Le permitirás al Señor que te ayude a erradicarla de tu vida? ¿Qué tal si hacemos nuestros los siguiente versículos?

“Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno que es el Señor.” (1 Pedro 2:1-3, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Glorifica a Dios con tu trabajo

Por: Fernando E. Alvarado.

Cuando pensamos en cómo será el cielo, a menudo pensamos que estaremos allí vestidos con batas blancas, tal vez jugando en las nubes. Muy pocas personas contemplan que en el cielo nuevo y la tierra nueva aún estaremos trabajando, pues a veces se piensa que trabajar es una maldición de la cual nos despojaremos al entrar a la presencia eterna de Dios. Detrás del pensamiento de que no trabajaremos en el futuro celestial está la idea errada de que el trabajo no era el plan inicial de Dios para nosotros. Muchos incluso creen que el trabajo fue dado por Dios como castigo en respuesta al pecado del hombre luego de la Caída. Sin embargo, cuando examinamos estos asuntos a la luz de la Palabra, vemos que no es así. Dios creó al hombre y le asignó un trabajo aún antes de la caída (Génesis 2:15). Jesucristo mismo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” (Juan 5:17). De modo que, en vez de considerar el trabajo como una maldición por el pecado, los cristianos debemos ver el trabajo como un regalo.

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Para los creyentes, el trabajo tiene triple importancia:

(1) Es un don de Dios para proveer para nuestras necesidades.

(2) nos permite servir a los que están a nuestro alrededor, y más importante aún.

(3) nos permite reflejarlo a Él. Muchos creen erróneamente que sólo glorifica y sirve a Dios aquel que trabaja en el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole. Eso no es cierto. Cualquier labor que efectuamos con excelencia glorifica a Dios. Esto no solo incluye los eclesiásticos o ministeriales, sino también los trabajos físicos que hacemos y, de hecho, todas nuestras obras: “Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre” (Colosenses. 3:17).

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En Romanos 12:2, el apóstol Pablo nos llama a renovar nuestro entendimiento y no conformarnos al mundo. El mundo reconoce algunas vocaciones, carreras, oficios y profesiones más que otras. Pero tal cosa no existe en realidad. Lo que varía es el círculo de impacto de nuestro trabajo, mas no su importancia, porque en el plan de Dios y en su propósito eterno, Él ha designado a cada persona su lugar, rol, y propósito en la creación de este lado de la eternidad (2 Timoteo 2:20). Nuestro trabajo es de importancia eterna cuando es hecho para la gloria de Dios, así seas médico, maestro, abogado, agricultor o cocinero. Cualquiera sea tu oficio, carrera o profesión, cúmplela con excelencia y glorifica a Dios a través de ella desarrollándola “con integridad de corazón, como [para] Cristo.” (Efesios 6:5′ NVI). Si eres empleado, haz tu trabajo fielmente, con excelencia, no “solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho.” (Efesios 6:6-8, NVI).

Suicidio, Vida Espiritual

El Suicidio Pastoral

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Esto equivale a más de 800.000 personas cada año. Esto suena alarmante, sin embargo, no es lo peor. la magnitud del problema es aún mayor de lo que parece ya que, por cada una de estas personas que se suicidan, se estima que hay otras 20 que lo intentan. ¿Cuál es resultado de este reinado de muerte? Hoy por hoy, la mortalidad por suicidio es superior a la mortalidad total causada por la guerra y los homicidios. Y la cosa resulta aún más deprimente si se tiene en cuenta que el suicidio es ahora la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años. ¡Nuestra juventud está quitándose la vida por su propia mano! Los plaguicidas, el ahorcamiento y las armas de fuego son los métodos habituales para cometer suicidio en el mundo. La muerte de un ser humano nunca será causa de alegría, pero la muerte por mano propia y en tales circunstancias es aún mucho más lamentable. Aunque el 75% de los suicidios ocurre en países de ingreso bajo y medio, este mal no respeta nacionalidad, raza o estatus socioeconómico. En la próspera Europa el suicidio es considerado la primera causa de fallecimiento no natural. De hecho, el número de víctimas de suicidio triplica al de accidentes de tráfico. Tan grande es el problema en la Unión Europea que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el suicidio como el mayor problema de salud pública de toda Europa.

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EL REINADO DE LA MUERTE SOBRE LAS NACIONES

¿Es esto diferente en otras regiones y países alrededor del mundo? No tanto. Groenlandia, con 79 suicidios por cada 100 mil personas, es el país donde más se cometen suicidios. Le siguen Ucrania con 31 y Rusia con 30 suicidios por cada 100 mil personas. Los países del este de Europa son los que, en líneas generales, despuntan; países como Hungría, Bielorrusia, Polonia, etc., están en el promedio de 20 suicidios por cada 100 mil habitantes. Zimbabue, un país africano, mantiene el quinto lugar a nivel mundial con 27 suicidios por cada 100 mil habitantes. En Europa occidental Francia encabeza la lista, con 17 suicidios por cada 100 mil personas; Estados Unidos tiene 13 suicidios; México, poco más de 5 y Canadá, 10; Sudamérica, Surinam y Guyana encabezan por mucho la lista, seguidos de Uruguay, Argentina, Cuba y Chile, con 16, 11, 11 y 10 respectivamente; Corea del Sur encabeza Asia, con 25 suicidios, seguido de Japón e India con 17. En líneas generales parece que lo que produce más suicidios es la pobreza, si notamos lo que ocurre en los países africanos y la India, y también el frío, notablemente en los casos de Rusia y Groenlandia. Países como Noruega, Suecia y Finlandia están entre los países con más suicidios en Europa. Algo levemente distinto ocurre en los países de Centroamérica y del Norte de África en donde los índices de suicidios están entre los más bajos del mundo, con sólo tres suicidios por cada 100 mil personas. El suicidio tampoco respeta género: A excepción de China, en dónde en donde un número casi idéntico de hombres y mujeres se suicidan, los hombres son, por mucho, los que más se suicidan en todo el mundo.

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¿QUÉ LE OCURRE A NUESTRA SOCIEDAD?

Vivimos en una sociedad de muerte, infectada con el germen del suicidio. De las cloacas de un mundo sin Dios emanan dos tóxicos existenciales de efectos letales: el vacío –“la vida no tiene sentido”- y la desesperanza -“no veo ningún futuro para mí”. Ambos factores constituyen un gran caldo de cultivo para el suicidio. En nuestra sociedad todo es frágil, efímero y se enfoca en el “corto plazo”. Vivimos una epidemia de relaciones rotas y la ola de suicidios no es ajena a esta realidad dolorosa.

En cuanto al otro tóxico, la desesperanza, simplemente cosechamos lo que se ha sembrado en los últimos 150 años. Los profetas de la desesperanza, Marx, Freud y Nietzsche (entre otros), se esforzaron por destruir toda ilusión y han predicado una cosmovisión materialista de la vida, “sin Dios y sin esperanza” (Efesios 2:12). Esta cosmovisión no sale gratis ni en lo personal ni en lo social, conlleva un alto peaje. Tarde o temprano lleva a la frustración, al vacío y a la amargura. Decía Sartre: “El camino del ateísmo es cruel y doloroso”, ¡Y vaya que tenía razón! Una vida sin Dios lleva al hombre a la desesperanza y está a la desesperación. En este contexto el suicidio viene a ser una respuesta extrema cuando uno siente en lo más hondo de su corazón que todo es “vanidad de vanidades” (Eclesiastés 1:1).

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EL SUICIDIO DE PASTORES

Pero, si el problema es la desesperanza, el vacío existencial y la falta de Dios, ¿Por qué algunos creyentes, e incluso pastores, se suicidan? Hoy día es cada vez más frecuente conocer casos de pastores evangélicos que cometen suicidio, especialmente en Latinoamérica y EEUU. En ocasiones con trastorno depresivo oculto, y en otras sin que aparentemente se hubiese detectado nada anómalo. ¿Será que la dinámica de la iglesia actual podría desencadenar o incluso provocar un trastorno en un pastor hasta llevarle a este punto? Pienso que sí. El agotamiento emocional (el llamado síndrome del “quemado” o burn out) puede provocar una depresión. Lo vemos en la Biblia con dos grandes pastores, Moisés (Números 11:10:17) y Elías (1 Reyes 19). ¡Dos gigantes de la fe llegaron a pedirle a Dios que les quitara la vida! El Señor, sin embargo, con su trato comprensivo y delicado hacia estos pastores sufrientes nos deja un precioso modelo a seguir.

Es excepcional, sin embargo, que una depresión por agotamiento lleve al suicidio si no hay un problema de base como los mencionados antes. El pastor sabe que antes que marcharse de la vida (suicidio), puede marcharse de la iglesia o incluso dejar el ministerio (bien sea de forma temporal o incluso permanente). El pastorado es un trabajo de gran exigencia emocional, de ahí la necesidad de una renovación personal constante. Sin duda siempre hay aspectos a mejorar en la “dinámica” de la iglesia (por ejemplo, un énfasis excesivo en el activismo); pero la prioridad en este tema (prevención de crisis en los pastores) no es mejorar la iglesia, sino reforzar al pastor, enseñarle a cuidar de su propia viña, a renovarse, a recibir tanto como a dar.

Demasiados pastores olvidan que son “vasijas de barro”, frágiles, quebradizas y pensando que son “vasijas de hierro” sobrevaloran su capacidad de resistencia. Esto nos lleva a analizar otras situaciones que nos ayudan a entender el problema del suicidio entre pastores:

  1. La primera es una verdad incómoda de la cual la iglesia evangélica se niega a hablar, y es la existencia de pastores ateos, agnósticos o con una base de fe muy débil. Pastores cuya fe en Dios murió a causa de las frustraciones y sinsabores del ministerio, o pastores que entraron al ministerio sin vocación y sin fe, pero impulsados por intereses materiales. Por extraño que nos parezca, es así. Y hace mucho dejó de ser un problema exclusivo de la “liberal” Europa o la “relativista y cada vez más alejada de Dios” Norteamérica. En determinadas denominaciones la teología liberal ha acabado convirtiendo la teología en mera antropología y la fe en puro humanismo. Está en auge, por ejemplo, la llamada “Teología de la muerte de Dios” propugnada por el teólogo William Hamilton.[1] La teología de la muerte de Dios, en ocasiones denominada teotanatología, es una teología que desarrolla la idea nietzschana de la muerte del tradicional dios teísta, a saber que este Dios está ausente o se considera a Dios muerto como evento histórico. Estas ideas teológicas están muy ligadas al secularismo de Dietrich Bonhoeffer y al postcristianismo de John Robinson. Los máximos representantes de esta teología son los teólogos “cristianos” Gabriel Vahanian, Paul Van Buren, William Hamilton, John Robinson, Thomas J. J. Altizer, John D. Caputo y el rabino Richard L. Rubenstein. William Hamilton llegó a afirmar textualmente: “Necesitamos redefinir la cristiandad…sin la presencia de Dios.”[2] Para Hamilton “Decir que Dios ha muerto es decir que ha dejado de existir como ser trascendental y se ha vuelto inmanente al mundo. Las explicaciones no teístas han sustituido a las teístas. Es una tendencia irreversible; hay que hacerse a la idea del deceso histórico-cultural de Dios. Hay que aceptar que Dios se ha ido y considerar el mundo secular como normativo intelectualmente y bueno éticamente”.[3] En este contexto de puro humanismo la desesperanza vital reina en pastores sin fe y sin Dios, así como en sus congregaciones, contaminadas por ellos con la misma levadura pues, ¿Qué esperanza puede quedar en el corazón del hombre si Dios ha sido expulsado de él?
  2. La segunda situación es aún más común. Algunas iglesias ponen en lugares de responsabilidad a personas recién convertidas, a niños espirituales, que obviamente carecen de la madurez necesaria para afrontar el gobierno de una congregación. Se ignora la enseñanza bíblica sobre los requisitos para ser pastor (o diácono). El cuadro bíblico de 1 Timoteo 3:1-13 pone un listón de madurez espiritual que es imprescindible respetar. Pasar por alto estos requisitos supone poner -y exponer- a personas inmaduras, tiernas en la fe, en una posición de alta demanda emocional y espiritual. Las consecuencias no deben sorprendernos: crisis personales y crisis en las iglesias.
  3. La tercera razón también suele ser disminuida en importancia: El pastor necesita ser pastoreado. Ésta es una de las asignaturas pendientes de muchos hombres y mujeres de Dios. Uno de los grandes enemigos del líder cristiano es la soledad. No se puede ser una roca y una isla a la vez. En la mayoría de las crisis emocionales de pastores encontramos una historia de soledad, con un proceso de aislamiento progresivo. De ahí la necesidad de que el pastor tenga una o dos personas de plena confianza con quien compartir cargas, dudas, liberar tensiones y orar juntos. Es un tiempo de revisión de vida y de renovación de visión. No podemos olvidar la dimensión de lucha espiritual del trabajo pastoral: estamos inmersos en una batalla que va más allá de asuntos humanos; en este sentido, el pastorado no es un trabajo natural, es sobrenatural. Por ello necesitamos tanto la oración. El apoyo en oración es clave. La propia experiencia del apóstol Pablo al respecto en un período de tribulación (2 Corintios 1: 9-11) nos sirve de referente en este tema.

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CONCLUSIÓN.

Si bien durante muchos años se consideró tabú el hablar de suicidio, la tendencia está cambiando, a medida que también avanza la conciencia de que es necesario cuidar la salud mental. Según cifras de la OMS, entre el 65% y el 95% de los casos de suicidio están muy relacionados con los problemas de salud mental. La iglesia evangélica, sin embargo, se niega a tratar ciertos aspectos del suicidio y sus causas, principalmente entre pastores. Para muchos es más fácil atribuir la causa del suicidio a influencias del mundo espiritual, demoníacas. Sin embargo, esta es una visión muy pobre de la realidad. Es imprescindible un abordaje integral del tema del suicidio para mitigar los efectos del mismo: prevención, detección, diagnóstico, tratamiento y continuidad de cuidados de los trastornos mentales.

REFERENCIAS:

[1] William Hamilton (Evanston, Illinois, 1924) fue uno de los teólogos promotores del polémico movimiento de la teología de la muerte de Dios, del que fue un representante destacado junto a Thomas Altizer, Paul van Buren y Gabriel Vahanian.

[2] William Hamilton, La Nueva Esencia del Cristianismo (Editorial Sígueme, 1969).

[3] William Hamilton. A Quest for the Post-Historical Jesus (Continuum International Publishing Group, 1994).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡No te rindas!

Por: Fernando E. Alvarado.

Albert Einstein Uno de los mayores científicos de la historia pasó por los primeros años de su educación sin pena ni gloria. No aprendió a hablar hasta los tres años de edad, por lo que sus profesores del colegio llegaron a pensar que tenía un retraso. Durante sus años en el Instituto alemán, que acabó dejando antes de terminar, un profesor le dijo que “nunca conseguiría nada en la vida”. A los 16 años se le denegó inicialmente la entrada en la Escuela Politécnica de Zúrich al obtener muy malos resultados en una asignatura de letras en la prueba de acceso. Sin embargo, consiguió finalizar sus estudios de bachillerato y se matriculó en la Escuela de orientación matemática y científica. Tras graduarse en 1900 no encontró trabajo en la Universidad y tuvo que ejercer como tutor en diferentes ciudades. No fue hasta comenzar el doctorado varios años después, cuando empezó a despertar el reconocimiento público, hasta que en 1921 ganó el Premio Novel de Física. Nunca se rindió, hasta lograr sus objetivos, pues Albert Einstein descubrió que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: Se llama voluntad.

¿Cuántas veces has pensado rendirte ante la crítica, los problemas y los ataques de otros? ¿Alguna vez te han abrumado tanto tus propias debilidades y limitaciones que has pensado que no vale la pena seguir luchando? ¡No te rindas! No estás solo. Todo aquél que ha logrado sus metas ha tenido que enfrentar esos mismos sentimientos de ineptitud, abandono y rechazo en algún momento de su vida. Pero aquellos que creemos en Dios hemos descubierto que no batallamos por nuestra propia cuenta. Albert Einstein contaba con una voluntad firme. Nosotros también deberíamos tenerla, pero lo cierto es que contamos con algo más grande que eso: Dios nos ha garantizado su apoyo constante: “Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré.” (Isaías 41:13, NVI). ¿Puedes concebir el fracaso con semejante ayuda a tu lado? ¡Jamás! Solo fracasa aquel que se rinde por voluntad propia pues “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8). La pregunta aquí sería: ¿Qué clase de hombre (o mujer) eres tú?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Suicidio, Vida Espiritual

El fracaso de una vida sin Jesús.

Por: Fernando E. Alvarado.

Mientras no conozcas a Cristo nada te hará feliz. No importa si practicas una religión. Tampoco importa con quién te cases, cuánto dinero tengas, lo exitosa que sea tu carrera o lo famoso que pienses ser. Nada puede ocupar el lugar de Cristo. La vida de Norma Jean Baker (mejor conocida como Marilyn Monroe) es el perfecto ejemplo de ello. A pesar de ser un icono de la cultura popular de su época, ella nunca fue feliz. De hecho, terminó suicidándose. Quizá te preguntes: ¿Cómo es posible que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, llegará al punto de suicidarse? Ciertamente Norma Jean tenía todo eso, pero más allá de las apariencias ella era miserable: En su búsqueda de un amor paterno que nunca conoció, Marilyn se casó a los 16 años (la edad mínima a la que se podía contraer matrimonio según la legislación de California), con un hombre mucho mayor que ella. Todo para escapar de la tutela del estado, tras haber sido acogida en distintas familias, puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable. Sus dos siguientes maridos (el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses, y el escritor judío Arthur Miller) también fueron mucho mayores que ella. En muchos sentidos, Marilyn continuaba siendo una niña que buscaba con desesperación sustituir el amor y la figura del padre que siempre había deseado. Desafortunadamente nunca encontró lo que buscaba.

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¿Acaso Marilyn no sabía que Dios la amaba? Muy probablemente lo sabía, pero por alguna razón nunca pudo entregarse al único amor que podía satisfacer todas sus necesidades y anhelos. Marilyn creció en un ambiente religioso: Su abuela fue bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora de la Iglesia Pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Más tarde, una de sus familias adoptivas la educó en la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia. Pero tener religión no basta. Sin una relación personal con Jesucristo, incluso asistir a la iglesia se vuelve un mero ritual vacío y sin sentido. Marilyn estaba llena de religión, pero vacía de Dios. Su madre y su tía (con quien vivió en la adolescencia) la educaron en las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX. Sin embargo, en su intento por ganar el amor de otro hombre, Marilyn se convirtió al judaísmo. Pero incluso esa religión terminó por defraudar sus expectativas. A cambio, Marilyn adoptó la psicología freudiana, el psicoanálisis, como camino a la felicidad. Sin embargo, la utopía terminó en 1956, cuando descubrió en el diario de su esposo que él estaba decepcionado de ella, que sentía vergüenza de su comportamiento y hasta dudaba de su amor por Marilyn. Conmocionada, la actriz (que en ese momento estaba embarazada) sufrió un aborto ese verano. Todo terminó en un nuevo divorcio en 1961. Desesperanzada, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí fue traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria. El temor a volverse loca la lleva a suicidarse el 5 de agosto de 1962. El psicoanálisis no pudo salvarla…

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¿Por qué terminó así? Porque Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Ella no quiso darse cuenta que sin Dios la vida no tiene sentido. Pero ella no es la única: Muchos hoy hacen lo mismo. Pero la verdad es que, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo. Es cierto que hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa. Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso, como Marilyn. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar nuestra vida en Dios. Si buscamos (como Marilyn) nuestra identidad y realización en el trabajo o en una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados. El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero lo espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria” (Colosenses 3:4). Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre con Cristo “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

Espiritismo y Ocultismo, REFLEXIÓN BÍBLICA, Religiones Falsas, Satanismo, Vida Espiritual

El desafío de la Nueva Era y el ocultismo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Hoy, en pleno siglo XXI, somos testigos del impresionante resurgimiento de las antiguas prácticas mágicas y ocultistas de las viejas culturas paganas, de modo que el creyente se encuentra frente a un verdadero desafío. ¿A qué tipos de fenómenos nos referimos? La lista es enorme, e incluye las múltiples formas de superstición que atribuyen ciertas características mágicas, o casi mágicas, a ciertos objetos, personas, fenómenos naturales, cuerpos celestes, seres vivos o figuras inanimadas. Dichas prácticas abominables incluyen el uso de amuletos, consulta de horóscopos, astrología, lectura de las cartas, números de la buena o de la mala suerte; la práctica de la brujería, el satanismo, la visita a curanderos, videntes, médiums espiritistas, nigromantes, adivinos, etc. Con tales prácticas, las personas que no conocen a Dios pretenden manipular las fuerzas ocultas y someterlas al propio servicio o de los otros, para obtener poderes especiales, ya sea para el bien (afectos, negocios, salud), o para el mal (mal de ojo, trabajos, maleficios, misas negras, etc.).

A este grupo de prácticas condenadas por Dios pertenecen también diversas creencias tales como la reencarnación, el esoterismo, el espiritismo en sus diferentes formas (es decir el recurso a los espíritus de los muertos para entrar en contacto con ellos y develar el futuro o algún aspecto de este); la masonería, el rosacrucismo, presuntos contactos con los difuntos por medio de ritos o técnicas; sesiones espiritistas, de médiums, tablas de ouija, culto a los ovnis, etc. A esto podemos agregarle las heterodoxas y complejas creencias orientales y de la Nueva Era, tales como ciertas experiencias y técnicas psico-físicas de concentración o de curación (como por ejemplo el reiki, el yoga, la meditación trascendental, el uso de piedras y cristales sanadores, entre otras). Tales creencias y prácticas erróneas insinúan en realidad una determinada visión del hombre y del mundo (karma, reencarnación, etc.) no conformes a la revelación de Jesucristo. Verdaderamente, “Satanás, quien es el dios de este mundo, ha cegado la mente de los que no creen. Son incapaces de ver la gloriosa luz de la Buena Noticia. No entienden este mensaje acerca de la gloria de Cristo, quien es la imagen exacta de Dios.” (2 Corintios 4:4, DHH).

CRISTIANOS ENGAÑADOS.

Pero no solo el mundo está siendo engañado. Muchos cristianos están cayendo en la trampa de la Nueva Era y movimientos neopaganos similares importados de otras naciones; sin embargo, la Biblia nos advierte: “Cuando entres en la tierra que te da el Señor tu Dios, no imites las costumbres abominables de esas naciones. Nadie entre los tuyos deberá sacrificar a su hijo o hija en el fuego; ni practicar adivinación, brujería o hechicería; ni hacer conjuros, servir de médium espiritista o consultar a los muertos. Cualquiera que practique estas costumbres se hará abominable al Señor, y por causa de ellas el Señor tu Dios expulsará de tu presencia a esas naciones. A los ojos del Señor tu Dios serás irreprensible. Las naciones cuyo territorio vas a poseer consultan a hechiceros y adivinos, pero a ti el Señor tu Dios no te ha permitido hacer nada de eso.” (Deuteronomio 18:9-14, NVI). A lo anterior, el Señor añade: “Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” (Jeremías 15:19).

Dicho de otro modo, a los cristianos se nos manda “no [amoldarnos] al mundo actual, sino [ser] transformados mediante la renovación de [nuestra] mente. Así [podremos] comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NVI). Tal mandato es completamente razonable si consideramos que “el mundo entero está bajo el control del maligno.” (1 Juan 5:19, NVI) y que “la amistad con el mundo es enemistad con Dios… [y que] Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.” (Santiago 4:4, NVI). Por tanto, el hijo de Dios no puede ser partícipe de las obras de las tinieblas, so pena de ofender a su Padre, quien les exhorta: “No formen yunta con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad? ¿Qué armonía tiene Cristo con el diablo? ¿Qué tiene en común un creyente con un incrédulo? ¿En qué concuerdan el templo de Dios y los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios viviente. Como él ha dicho: «Viviré con ellos y caminaré entre ellos. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». Por tanto, el Señor añade: «Salgan de en medio de ellos y apártense. No toquen nada impuro, y yo los recibiré». «Yo seré un padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso».” (2 Corintios 6:14-18, NVI).

¿QUÉ HAY CON LA LLAMADA “MAGIA BLANCA”?

A lo largo de las Escrituras, en el Antiguo y Nuevo Testamento, todas las formas de brujería están en violación de la ley de Dios y condenadas (Deuteronomio 18:10-16; Levítico 19:26,31, 20:27; Hechos 13:8-10). Los magos del Faraón intentaron duplicar los milagros hechos por Moisés y Aarón al usar sus “artes secretas”, que se refieren a “las ceremonias o rituales que usan los brujos y magos para lograr sus fines: encantamientos, hechizos, palabras mágicas, amuletos,” etc. (Éxodo 7:11, 8:7). El apóstol Pablo condenó a Elimas el hechicero, proclamándolo un “hijo del diablo”, que estaba lleno de “todo engaño y de toda maldad” y que trastornaba “los caminos rectos del Señor.” (Hechos 13:10). En ninguna parte en la Biblia se presenta a cualquier brujo o mago en una luz positiva. Todos están condenados por Dios.

¿POR QUÉ DIOS ODIA ESTA TIPO DE PRÁCTICAS?

La Escritura dice que Dios odia toda magia. ¿Por qué? Porque no proviene de Dios. Satanás engaña a la gente haciéndoles pensar que la magia blanca es beneficiosa. Puede hacer esto porque pretende ser un ángel de luz (2 Corintios 11:14), pero su deseo es atrapar las almas de tantos como pueda. La Biblia advierte contra él y sus engaños de maldad. “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.”(1 Pedro 5:8). “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.” (1 Timoteo 4:1). El poder espiritual verdadero sólo proviene de Dios, de una relación correcta con él mediante la fe en Jesucristo y del Espíritu Santo que vive en los corazones de los creyentes.

EL QUE NO CONOCE A DIOS, A CUALQUIER “SANTO” LE REZA.

El escritor británico G. K. Chesterton decía que “cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea ya en nada, es que cree en cualquier cosa”. ¡Y vaya que tenía razón! Cuando uno se acerca al mundo del ocultismo, una de las cosas que más le llama la atención es esa extraña mezcla de sinceridad y engaño. Es así como lo extraño se convierte en sinónimo de sobrenatural, y lo ridículo en espiritual, pero lo opuesto a la razón no es la fe, sino el absurdo. Es por eso una tragedia que se haya cambiado el milagro por la superchería, la religión por la secta, y la realidad trascendente por el más burdo fraude. Parece como si la misma confianza religiosa que la modernidad puso en la ciencia y la tecnología, despreciando la religión, se deposita ahora con igual fervor en supersticiones y patrañas. ¿Qué seguridad podemos tener de estas cosas?

EL TESTIMONIO SEGURO DE LA PALABRA DE DIOS.

La Biblia invita a consultar su Palabra como una dirección segura, cuyo conocimiento no se puede comparar con nuestra experiencia de ningún fenómeno, “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y el testimonio!”, dice Isaías 8:19-20. Toda otra vía no produce más que error y engaño. Hoy, el mundo está haciendo las preguntas correctas; desafortunadamente las busca en el lugar incorrecto. No hay nada más importante que saber que la muerte no es el fin y que hay una realidad superior a la terrenal, pero la gente está buscando la respuesta en el lugar equivocado. No podemos confiar en cualquier fuente. No podemos por eso aceptar fenómenos como manifestaciones de espíritus de difuntos, porque la Biblia enseña claramente que el espíritu humano no vaga después de la muerte, sino que tiene un destino inmediato. Por la fe, tenemos seguridad de poder estar con el Señor (2 Corintios 5:8). La muerte, para el creyente es “partir y estar con Cristo” (Filipenses 1:23). Los que rechazan a Dios, sin embargo, vivirán separados de Él, sufriendo el tormento de la ausencia de Aquel que es fuente de toda alegría, luz y vida. Cuando el hombre rico de la parábola de Jesús (Lucas 16:19-31), le pide a Abraham que vuelva Lázaro de los muertos a advertir a sus hermanos, para que no vayan al lugar de tormento donde ahora se encuentra, la respuesta no puede ser más significativa. “Las Escrituras tienen, que atiendan a su testimonio” (v. 29). Si no les hacemos caso, tampoco nos convenceremos, aunque alguien se levante de los muertos (v. 31). Sólo hay Uno que ha venido de la muerte, Cristo Jesús, pero a Él también le conocemos por la Escritura. Sobre ella descansa una fe segura. No en viejas patrañas traídas de oriente, ni en las antiguas creencias de los pueblos paganos.

 

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Devocional, GRACIA DIVINA, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Soy un pecador sin mérito alguno… ¡Pero salvo por gracia!

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Nadie puede cambiar su naturaleza. El pez jamás desearía (y aún si lo quisiera jamás podría) llegar a ser un ave y volar por los cielos como el águila. El cerdo, aunque deseara con toda su alma ser un bello delfín y surcar raudo los océanos, jamás podría llegar a serlo. Está en su ADN ser un cerdo y por su mente animal jamás se cruzaría la idea de ser algo diferente. Si ponemos a un buitre a escoger entre comer carroña o semillas cual ave de corral, el buitre siempre escogerá la carroña. Si hiciéramos lo mismo con una paloma, y quisiéramos obligarla a convertirse en carroñera, eso jamás pasaría ¡Ella siempre escogerá las semillas! Cada uno actuará conforme a su naturaleza. Para que un buitre pueda escoger las semillas y vivir como paloma o ave de corral, su naturaleza misma necesitaría ser totalmente cambiada. En ese caso, dejaría de ser un buitre. Lo mismo ocurre con el pecador; al tener que elegir entre Dios y el pecado, siempre escogerá el pecado porque esa es la inclinación natural de su corazón. Sin la influencia de la gracia previa de Dios que lo libere de su naturaleza pecaminosa, ningún pecador vendrá por cuenta propia a Cristo en arrepentimiento y fe. Jesús dijo: “Pero ustedes no quieren venir a mí para que tengan vida” (Juan 5:40). ¡Así de claro! ¡Así de contundente! El pecador no viene a Cristo porque no quiere hacerlo; y porque tampoco puede. Esa es la clara enseñanza del Señor Jesucristo en Juan 6:44: “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió”. ¿Entendemos lo que Jesús quiso decir? ¡Es imposible que alguien venga a él, a menos que Dios lo traiga! ¿Por qué? Porque todo lo que surge de nuestra naturaleza caída y sin regenerar es “enemistad contra Dios”, dice Pablo en Romanos 8:7, de tal manera que no quieren ni pueden sujetarse a la ley de Dios. Desde el primer pecado cometido en el huerto del Edén, el hombre quiere ser su propio Dios, por lo cual es imposible para ese hombre humillarse y someterse al Dios vivo y verdadero. De la misma forma que el pez, el cerdo o el buitre de la historia, la Biblia presenta al hombre, no solo como un ser pecador que se rebela constantemente contra la ley de Dios, sino también como alguien que no puede ni quiere cambiar la condición en la que se encuentra. Pablo dice en Romanos 3:10-12 que en el mundo entero no hay un solo hombre que sea justo, ni uno solo que entienda o que busque a Dios. Esta es la cruda verdad: Ningún ser humano busca al Dios de la Biblia por su propia inclinación natural porque venimos al mundo espiritualmente muertos (Efesios 2:1).

NO HAY MÉRITO ALGUNO EN NOSOTROS, TODA LA GLORIA ES DE DIOS.

Frecuentemente se nos acusa a los arminianos de pretender robarle la gloria a Dios al afirmar que el hombre puede y debe elegir libremente a Dios. Esto, para el calvinista, le da al hombre cierto mérito en su salvación. Pero tal afirmación es falsa. Los arminianos no creemos eso. Lo que sí creemos es que, debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno por nosotros mismos en lo que a Dios se refiere. Esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe. El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe. No fue el hombre quien unilateralmente eligió venir a Dios. Fue Dios quien impulsó al hombre a venir, pues “no depende de que el hombre quiera o se esfuerce, sino de que Dios tenga compasión.” (Romanos 9:16, DHH). En última instancia, aún si el hombre desease para sí la gloria de haber elegido a Dios, esta le sería negada, pues “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). ¿Cuál pues, es el mérito salvífico que, según el calvinismo, los arminianos le atribuimos al hombre en su salvación? ¡No existe! La gloria es solo de Dios.

Sí. Es fácil para muchos pensar que por nuestra fe, estamos contribuyendo de alguna manera a nuestra salvación. Después de todo, el mérito de Cristo debe aplicarse a nosotros por la fe, y parece que nuestra fe viene de nosotros mismos. Pero Romanos 3:10-12 desmiente tal cosa y nos dice que ninguno de nosotros busca a Dios. Y en Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [es decir, la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”. Hebreos 12:2 también nos dice que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe. La gracia salvadora de Dios es completamente Su don. Incluso nuestra capacidad para aceptar Su gracia salvadora es otro don de Dios. Así que, ¿Cuál es el mérito que tenemos por nosotros mismos? ¡Absolutamente ninguno!

LIBERADOS PARA CREER.

Pero aún siendo Dios quien, de principio a fin dirige el proceso de traernos a sí y salvarnos ¿Cómo un ser caído y sin regenerar puede responder en fe a la oferta de Dios para salvación? ¿Acaso no está inhabilitado para responder en fe ante la oferta de Dios de salvarlo? ¿Cómo se elimina esa barrera de resistencia? El calvinismo responde que el hombre es regenerado (nace de nuevo) por obra de la gracia antes de creer y sin haber tomado una decisión de seguir a Cristo. La opinión y voluntad del pecador no es tomada en cuenta. Dios lo regenera soberanamente. Así, una vez regenerado, el hombre puede responder en fe. Sin embargo, tal creencia no solo es antibíblica sino también ilógica. De hecho, sería como poner la carreta delante de los bueyes. ¿Por qué? Porque tal idea equivale a decir que una mujer parió antes de tan siquiera haber quedado embarazada. Juan lo expresa de la siguiente manera: “Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:11-13, NVI). ¿Puedes ver el orden establecido por Juan? A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre. A estos y sólo a estos, Dios les dió el derecho de llegar a ser sus hijos. Nadie es regenerado antes de creer. Primero creemos y luego somos hechos hijos de Dios (regenerados), no al revés.

Entonces, ¿Si el hombre no es regenerado antes de poder ejercer fe, como puede ser capaz de ejercer en su estado no regenerado? La respuesta es: ¡Gracia previa! La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preventiva, previa o precedente de Dios. Esta gracia de Dios que precede a la salvación no hace que un ser caído sea regenerado en contra de su voluntad, simplemente lo libera para creer y venir a Cristo. Por tal razón, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

EL FRUTO DE NUESTRA JUSTIFICACIÓN.

Al ser regenerados y recibir una nueva naturaleza fuimos también justificados por gracia, por medio de la fe en Cristo. Esto tiene serias implicaciones prácticas en nuestra vida y naturaleza. ¿Cuáles? Pablo responde: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:1-4). Pablo está enfrentando aquí, la posible acusación de que el mensaje de la salvación por gracia promueve el libertinaje. Pero nada puede estar más lejos de la realidad. Cuando Cristo murió en la cruz del calvario, estaba firmando el acta de defunción de nuestro antiguo “yo” orientado hacia el pecado; y eso vino a ser una realidad cuando nuestra vida fue unida a la Suya por medio de la fe en Él. Y ¿qué implica eso en la práctica? Básicamente 4 cosas:

(1.- En primer lugar, que ahora tenemos un nuevo expediente delante de Dios, porque el pasado de Cristo ahora cuenta como si fuera nuestro. Su obediencia perfecta a la ley de Dios nos fue acreditada por medio de la fe en Él (Romanos 5:18-19).

(2.- En segundo lugar, esto también significa que ahora tenemos una nueva identidad. Estamos unidos a Él de tal manera que cuando Dios nos ve a nosotros, nos ve en Su Hijo y nos trata como tal (Colosenses 3:3). La razón por la que nos llamamos “cristianos” es debido al hecho de que nosotros hemos asumido la identidad de otra Persona: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. De manera que en el trono celestial tenemos una identidad diferente a aquella con la cual nacimos, una identidad que no nos hemos ganado, y que tampoco merecemos, sino que se nos otorgó como un regalo de pura gracia. El Dios del cielo ahora nos ve en Cristo, y nos invita a hacer uso de todos los beneficios espirituales que conlleva el hecho de tener esa nueva identidad.

(3.- En tercer lugar, esto también implica que ahora tenemos nuevos deseos y una nueva capacidad para hacer la voluntad de Dios (Romanos 6:12-14). El hombre en su estado caído sigue siendo criatura de Dios y, por tal razón, no tiene otra opción que obedecer Sus mandamientos. Pero debido a que es un esclavo del pecado, no quiere ni puede hacerlo. Eso es lo que significa estar bajo la ley; es estar en la terrible condición de tener que obedecer la ley, pero sin los recursos que necesita para obedecerla. Pero en Cristo hemos sido libertados de ese tirano al haber muerto y resucitado juntamente con Él (Romanos 6:11). Aunque el pecado sigue siendo nuestro enemigo, ya dejó de ser nuestro rey. Como dice Pablo en Romanos 6:14, el pecado no puede enseñorearse nunca más de nosotros, porque no estamos bajo la ley, “sino bajo la gracia”. En otras palabras, ahora contamos con todos los recursos que emanan de la gracia de Dios por causa de nuestra unión con Cristo en Su resurrección, de modo que ahora podemos obedecer la ley moral de Dios, no perfectamente, pero sí sinceramente.

(4.- Y eso nos lleva a nuestra cuarta implicación. No solo tenemos un nuevo expediente, una nueva identidad y un nuevo deseo y capacidad de hacer la voluntad de Dios, sino también, un nuevo destino. Estamos unidos al Cristo resucitado y podemos estar completamente seguros de que, en Su segunda venida, el cuerpo de la humillación nuestra será transformado “para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya”, como dice Pablo en Filipenses 3:21.

¡Esta es la gran noticia del Evangelio de la Gracia! Los pecadores son justificados, los desolados son consolados, los inseguros son asegurados y los esclavos son libertados.

CONCLUSIÓN.

La salvación nunca ha sido ni será cuestión de buenas obras. Si así fuera nadie se salvaría, pues somos incapaces de algo bueno sin la asistencia de la gracia. Cómo Isaías, nosotros también afirmamos: “¿Cómo podremos ser salvos? Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento. Nadie invoca tu nombre, ni se esfuerza por aferrarse a ti.” (Isaías 64:5-7, NVI). Pero ¡Bendito sea Dios que, por su infinita y sublime gracia, nos redimió del pecado y de la muerte, cambiando nuestra naturaleza y haciéndonos sus hijos! No hay obra humana que le robe a Dios la gloria por esto. Todo lo ha hecho Él por amor y para su gloria.

El popular himno cristiano «Amazing Grace» (conocido en algunas regiones hispanohablantes como “Sublime gracia”), escrito por el poeta y clérigo anglicano John Newton, nos recuerda que el perdón y la redención son posibles a pesar de los pecados cometidos por el ser humano, pues el alma puede salvarse de la desesperación mediante la gracia de Dios, sin mérito humano alguno. ¡Por eso se llama gracia! Y no cualquier gracia, sino una gracia sublime, inefable y sobrenatural…

 

Sublime gracia del Señor

Que a mí, pecador, salvó.

Fui ciego más hoy veo yo,

perdido y Él me halló

 

Su gracia me enseñó a temer

Mis dudas ahuyentó

¡Oh cuán precioso fue a mi ser

cuando Él me transformó!

 

En los peligros o aflicción

Que yo he tenido aquí

Su gracia siempre me libró

Y me guiará feliz

 

Y cuando en Sión por siglos mil

Brillando esté cual sol

Yo cantaré por siempre allí

Su amor que me salvó.

 

 (“Sublime Gracia” John Newton, 1725-1807)