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¿Dos pueblos y dos planes de salvación?

𝘗𝘰𝘳 𝘍𝘦𝘳𝘯𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘌. 𝘈𝘭𝘷𝘢𝘳𝘢𝘥𝘰

Recientemente, mientras conversaba con un hermano en Cristo, escuché una afirmación que me dejó perplejo viniendo de un creyente evangélico: “Israel es el Pueblo del Señor y ellos (y con esto me refiero al Estado de Israel) no deben ser cuestionados. Todo lo que hacen, incluso lo que parece injusto y despiadado hacia los palestinos y otros árabes, está respaldado por Dios. A fin de cuentas, Dios les mandó expulsar y exterminar a todos los pueblos paganos de Canaán. Los hijos de Agar, la esclava, son irrelevantes en la historia bíblica.” Y luego dijo: “Los dones, el llamamiento y la elección de Dios son irrevocables. Y Dios eligió a Israel y eso no puede ser revocado. Ellos son salvos aunque no crean en Jesús porque ellos viven bajo el viejo pacto, y nosotros bajo el nuevo. Se salvan porque son descendientes de Abraham, Isaac y Jacob. Si ellos guardan las disposiciones de la Ley Mosaica y sus normas, entonces son salvos aunque no acepten el Evangelio. Dios opera con ellos de un modo diferente a como lo hace con nosotros los gentiles. El plan de salvación para ellos es distinto al nuestro.” Y añadió: “La iglesia e Israel son dos cosas diferentes”

¿Has oído algo parecido en tu iglesia o comunidad de creyentes? Aunque dudo que alguna corriente teológica seria sea capaz de enseñar tal cosa, lo cierto es que esta es la creencia aceptada por muchos en el folclor evangélico. El cristianismo popular, de las masas, suele aceptar esto de forma explícita o implícita. Pero ¿Es cierto?

NO EXISTEN DOS PLANES DE SALVACIÓN, SÓLO CRISTO SALVA

No hay dos planes de salvación vigentes. Nunca los ha habido. Cristo siempre ha sido el único camino a Dios, desde Génesis hasta Apocalipsis. Responder a este dilema vuelve obligatoria la pregunta: ¿Cómo fueron salvos los santos del Antiguo Testamento si Cristo aún no había muerto por nuestros pecados? ¿Fueron salvos por gracia o por su obediencia a la Ley (por obras)?

Los Santos del Antiguo Testamento fueron salvos al creer en las promesas de Dios. De otro modo ¿cómo podría Abraham ser ejemplo de la justificación por la fe? Por tanto, es aceptable decir que los santos del Antiguo Testamento fueron salvos por su fe en Jesucristo, porque él es la sustancia última de todas las promesas de Dios en las cuales confiaron estas personas (2 Corintios 1:20).

Ningún ser humano, ni siquiera uno, fue salvo bajo la Ley, pues nadie se ha salvado jamás por obras. Esto se debe a que nadie es capaz por sí mismo de guardar la Ley : “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Romanos 3:10-12). Y también: “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.” (Isaías 64:6)

La ley exigía perfección en su observancia. Sólo así ofrecía vida (Levítico 18:5, Romanos 10:5, Gálatas 3:12). Pero para el hombre esto es imposible (Eclesiastés 7:20). La salvación por gracia por medio de la fe en Cristo fue, es y será el único medio de salvación para el hombre en todas las edades. Ni la Ley, ni cualquier otro sistema humano basado en obras podrá salvarnos jamás. Por tanto, “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús… puesto que por las obras de la ley nadie será justificado.” (Gálatas 2:16).

¿Fue esto así bajo el Antiguo Pacto? Sí. Jesús dijo: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó” (Juan 8:56). Nótese la declaración sorprendente de Jesús, enfatizando el hecho de que Abraham el patriarca de la nación hebrea, puso su última esperanza en la venida del Señor Jesucristo, y se regocijó en el pensamiento de la venida de Cristo.

¿Cuál fue el resultado? Pablo nos lo aclara: “¿Qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos.” (Véase Romanos 4:1-25)

Si somos justificados por la fe solamente, salvos por gracia solamente y si solamente Cristo salva, ¿Cómo dicen algunos que la salvación es cuestión de pertenecer al Israel étnico (carnal) que ha rechazado a Jesús? Los judíos de hoy, al igual que cualquier otro ser humano de cualquier otro grupo étnico, se salvan o se condenan con base en su fe en Jesucristo, no a su etnia, ni mucho menos por obediencia al judaísmo y sus leyes. ¿Qué crees que pasa con los judíos que hoy mueren rechazando a Jesús como Mesías? Sí, ¡acertaste! ¡Van al infierno!

Así que, si crees que alguien puede estar en el pueblo de Dios sólo por causa de su etnia, sin que haya puesto su fe en Jesús, sino incluso rechazándolo como Mesías, no sólo contradices la Escritura (por ejemplo Juan 1:11-13; Hechos. 3:23; Gálatas 3:7; Romanos 2:28-29); sino que estás considerando como prescindible a Jesucristo y haciendo vana la gracia de Dios en Su Evangelio.

¿CONTINÚA ISRAEL SIENDO EL PUEBLO DE DIOS?

¿Entonces Israel ya no es actualmente el pueblo de Dios? Jeremías nos dice: “Escuchen Mi voz y Yo seré su Dios y ustedes serán Mi pueblo, y andarán en todo camino por el que Yo los envíe para que les vaya bien. Pero ellos no escucharon ni inclinaron su oído, sino que anduvieron en sus propias deliberaciones y en la terquedad de su malvado corazón, y fueron hacia atrás y no hacia adelante. Desde el día que los padres de ustedes salieron de la tierra de Egipto hasta hoy, les he enviado a todos Mis siervos los profetas, madrugando cada día y enviándolos. Pero no me escucharon ni inclinaron su oído, sino que fueron tercos e hicieron peor que sus padres. Les dirás, pues, todas estas palabras, pero no te escucharán; los llamarás, y no te responderán. Entonces les dirás: “Esta es la nación que no escuchó la voz del Señor su Dios, ni aceptó corrección; ha perecido la verdad, ha sido eliminada de su boca. Córtate el cabello y tíralo, y entona una endecha en las alturas desoladas; por qué el Señor ha desechado a la generación objeto de Su furor” (Jeremías 7:23-29).

Al rechazar a Jesús y dar muerte a su Mesías (y luego rechazar el mensaje apostólico) Israel rompió la alianza con Dios. Expresando su dolor, Jesús se lamentó sobre Jerusalén y dijo: “¡Cómo quisiera que hoy tú, entre todos los pueblos, entendieras el camino de la paz! Pero ahora es demasiado tarde, y la paz está oculta a tus ojos. No pasará mucho tiempo antes de que tus enemigos construyan murallas que te rodeen y te encierren por todos lados. Te aplastarán contra el suelo, y a tus hijos contigo. Tus enemigos no dejarán una sola piedra en su lugar, porque no reconociste cuando Dios te visitó” (Lucas 19:42-44, NTV). Cuando los constructores rechazaron la piedra angular (Hechos 4:11), sobre ellos se dictó una sentencia: “Les digo que a ustedes se les quitará el reino de Dios y se le dará a una nación que producirá el fruto esperado.” (Mateo 21:43, NTV). Y las puertas de la redención, la adopción y el pacto se abrieron para los gentiles: “Y les digo que muchos gentiles vendrán de todas partes del mundo—del oriente y del occidente—y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en la fiesta del reino del cielo. Pero muchos israelitas—para quienes se preparó el reino—serán arrojados a la oscuridad de afuera, donde habrá llanto y rechinar de dientes.” (Mateo 8:11-12, NTV).

En cuanto al mensaje de salvación, el pueblo judío se encuentra en enemistad con Dios al rechazar el Evangelio de Jesucristo, el Mesías (Romanos 11:28). Dios ha ampliado su obra de salvación para abrazar a todos los pueblos por medio de la fe en su Hijo y dependiendo únicamente de su muerte y resurrección para la salvación, y no en ningún privilegio de nacimiento o basado en el origen étnico: “Después de todo, ¿acaso Dios es solo el Dios de los judíos? ¿No es también el Dios de los gentiles? Claro que sí. Hay solo un Dios, y él hace justas a las personas—tanto a los judíos como a los gentiles—únicamente por medio de la fe.” (Romanos 3:29-30, NTV). El mensaje cristiano para los judíos es el mismo que predicamos en todas las naciones: “Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa.” (Hechos 16:31, NTV).

Ahora bien, alguien podría pensar que las promesas de Dios fallaron debido a que el Israel según la carne se apartó del Señor,. pero no es así. Mi respuesta es la misma que Pablo en Romanos 9: “No es que la palabra de Dios haya fallado. Porque no todos los descendientes de Israel son Israel” (v. 6). Es nuestra pertenencia a Cristo, y no la descendencia física la que nos convierte en el pueblo de Dios, el verdadero Israel: “Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.” (‭‭Gálatas‬ ‭6:16‬). O como lo señala la Nueva Traducción Viviente: “Que la paz y la misericordia de Dios sean con todos los que viven según ese principio; ellos son el nuevo pueblo de Dios.” (‭‭Gálatas‬ ‭6:16‬ ‭NTV‬‬).

Bajo el Nuevo Pacto, los miembros del Israel de Dios no son engendrados de sangre, ni tienen que ver con una etnia, sino que nacen de Dios espiritualmente (Juan 1:13, 3:3). Esto queda claro en la afirmación de Juan el Bautista de que Dios podría levantar hijos a Abraham incluso de las piedras (Mateo 3:9). Bajo el Nuevo Pacto no se puede invocar esa ascendencia sanguínea para reclamar algún derecho espiritual ni la membresía en el pacto de Dios, ya que la verdadera forma de ser hijos de Abraham, y por tanto heredar su bendición, es por medio de la fe en Cristo (Gálatas 3:7).

Esto lo aclara el Apóstol Pedro a los judíos, cuando les dice que Jesús era ese profeta prometido en tiempos de Moisés (Deuteronomio 18:18-19); y “toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo” (Hechos 3:23). Por tanto, es imposible clamar membresía en el pueblo de Dios si no se recibe al Profeta anunciado, a Jesús el Mesías. No importa si descienden físicamente de Abraham, porque si no creen en el testimonio de Cristo, han hecho a Dios mentiroso y son hijos del diablo aunque sean judíos según la carne (Juan 8:39-42).

El actual Estado de Israel no está en mejor posición que los líderes religiosos judíos que crucificaron a Jesús. Ellos lo rechazan abiertamente, siguen endurecidos en su rebelión. Mientras sea así, no pueden ser considerados pueblo de Dios ni bendecidos por Él, ni pueden clamar un derecho divino a la tierra santa ni sentirse superiores a ningún otro pueblo. La única restauración posible para los hijos físicos de Jacob es por la fe en Cristo, en medio de la Iglesia, pues somos los hijos de la Jerusalén celestial (Gálatas 4:26), no separados de ella, pues Romanos 11 nos habla de solo un olivo, no de dos (serán reinjertados en el mismo del que fueron desgajados).

¿Y ENTONCES?

Por todo lo anteriores, y a la luz de la revelación bíblica, debemos reconocer dos verdades aparentemente contradictorias:

(1) Es la iglesia, y no Israel, el pueblo de Dios en esta época. Ser descendientes sanguíneos de los patriarcas no les otorga privilegios especiales ante Dios. Mientras persistan en rechazar a Jesús, el destino del Israel según la carne es la condenación eterna.

(2) A pesar de su actual estado de apostasía, Dios ha salvaguardado propósitos para el Israel étnico (Romanos 11:25-26). A Pablo, como fiel judío hasta su muerte, le dolía profundamente la condición de su pueblo (Romanos 9:2-5; 10:1). Apelando al concepto profético del “remanente”, Pablo afirma que “¿acaso Dios ha rechazado a su propio pueblo, la nación de Israel? ¡Por supuesto que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y miembro de la tribu de Benjamín. No, Dios no ha rechazado a su propio pueblo, al cual eligió desde el principio.” (Romanos 11:1-2, NTV) y predice que, cuando los tiempos de los gentiles se cumplan y el Mesías retorne a la tierra “entonces todo Israel será salvo. Como dicen las Escrituras: El que rescata vendrá de Jerusalén y apartará a Israel de la maldad.” (Romanos 11:26, NTV). Este suceso, sin embargo, es aún futuro.

Como buenos cristianos, sustentados en el principio de la sola Escritura, debemos aceptar, más allá de nuestros prejuicios o preferencias, que hay un solo pueblo de Dios (la iglesia) y no dos. Y que no hay dos caminos o planes de salvación, sino uno: Solo Cristo, solo por fe, solo por gracia. Y sobre todo, sin distinción étnica. Este único plan redentor, por medio de la fe en Cristo, es el único capaz de dar verdaderamente la gloria solo a Dios (Juan 14:6, 1 Timoteo 2:5).

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