Neopentecostalismo, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Pentecostalismo Unicitario

El Espíritu Santo, el Dios personal que vive en y con nosotros

Por F. E. Cienuegos

Tanto en círculos teológicos liberales como entre sectas de tendencia arriana y modalista, el Espíritu Santo suele ser rebajado y reducido en su condición como persona y como Dios. Para algunos es una simple energía impersonal, para otros una faceta más del Dios único, más no una persona distinta del Padre o del Hijo. En su página oficial en español, cierto grupo sectario de tendencia arriana afirma:

“El espíritu santo de Dios es su poder, o fuerza, en acción (Miqueas 3:8; Lucas 1:35). Cuando Dios envía su espíritu, proyecta, o dirige, su energía hacia un lugar en concreto —sea donde sea— para que se cumpla su voluntad (Salmo 104:30; 139:7) … En la Biblia se asemeja el espíritu santo a las “manos” o los “dedos” de Dios (Salmo 8:3; 19:1; Lucas 11:20; compare con Mateo 12:28). Tal como un artesano usa la fuerza de sus manos y sus dedos para hacer su trabajo… Al referirse al espíritu santo como las “manos”, los “dedos” o el “aliento” de Dios, la Biblia demuestra que dicho espíritu no es una persona (Éxodo 15:8, 10). Las manos de un artesano no trabajan por su cuenta, pues no pueden actuar de forma independiente del cerebro o separadas del cuerpo. De la misma manera, el espíritu de Dios solo actúa cuando y como él lo dirige (Lucas 11:13). Además, la Biblia compara al espíritu santo con el agua y lo relaciona con otras cosas impersonales, como la fe y el conocimiento. Esto también da entender que el espíritu santo no es una persona (Isaías 44:3; Hechos 6:5; 2 Corintios 6:6). Aunque la Biblia menciona el nombre propio de Dios, Jehová, y el de su hijo, Jesucristo, en ningún lugar le da un nombre al espíritu santo (Isaías 42:8; Lucas 1:31). En una ocasión, cuando el discípulo Esteban recibió una visión del cielo, vio tan solo a dos personas, no a tres. La Biblia dice: “Él, estando lleno de espíritu santo, miró con fijeza al cielo y alcanzó a ver la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios” (Hechos 7:55). El espíritu santo fue simplemente el poder que Dios utilizó para que Esteban pudiera tener esa visión.”[1]

Suena muy bíblico, ¿Cierto? Solo que no lo es, ya que maliciosamente ignora verdades fundamentales enseñadas en la Biblia sobre el Espíritu Santo. La doctrina del pentecostalismo ortodoxo, en total concordancia con la Biblia y en abierta oposición a la concepción liberal, arriana o modalista, afirma que el Espíritu Santo es una de las tres personas de la Santísima Trinidad. Es Dios con el Padre y el Hijo y con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.

En el Nuevo Testamento, se describe al Espíritu Santo como la tercera persona divina, vinculada con el Padre y el Hijo aunque diferente de ellos, así como el Padre y el Hijo son distintos el uno del otro. Él es “el Paracleto” (Juan 14:16, 25; 15:26; 16:7) —una palabra rica en significado para la que no existe una traducción adecuada, ya que puede significar alternativamente Consolador (en el sentido de Fortalecedor), Consejero, Ayudador, Sustentador, Consultor, Abogado, Aliado, Amigo Veterano —y solo una persona podría cumplir esos papeles. Para ser más precisos, Él es “otro” Paracleto (14:16), segundo en la línea (podríamos decir) del Señor Jesús, continuador del ministerio de este; y solo una persona, una como Jesús, podría hacerlo.

Juan subraya la personalidad del Espíritu Santo empleando repetidamente un pronombre masculino (ekeinos, “él”) para traducir las referencias de Jesús al Espíritu, cuando la gramática griega recurría a uno neutro (ekeino, “ello”) para concordar con el nombre neutro “Espíritu” (pneuma): Juan quiere que sus lectores tengan claro que el Espíritu es Él y no ello. Este pronombre masculino, que aparece en 14:26; 15:26; 16:8, 13-14 es el más sorprendente porque en 14:17, donde se presenta por primera vez al Espíritu, Juan había empleado los pronombres neutros gramáticamente correctos (ho y auto), asegurándose así de que su subsiguiente cambio al masculino no se percibiese como un griego defectuoso, sino como una teología magistral.

También se dice que el Espíritu oye, habla, testifica, convence, glorifica a Cristo, dirige, guía, enseña, ordena, perdona, desea, da el habla, provee ayuda, e intercede por los cristianos con gemidos indecibles, llorando a Dios en sus oraciones (véase Juan 14:26; 15:26; 16:7-15; Hechos 2:4; 8:29; 13:2; 16:6-7; Ro- manos 8:14, 16, 26-27; Gálatas 4:6; 5:17-18). También se le puede mentir y contristar (Hechos 5:3-4; Efesios 4:30). Solo se pueden decir tales cosas de una persona. La conclusión es que el Espíritu no es solo una influencia; Él, como el Padre y el Hijo, es una persona individual.[2]

FUENTES:


[1] ¿Qué es el espíritu santo?, artículo disponible en: https://www.jw.org/es/enseñanzas-bíblicas/preguntas/qué-es-el-espíritu-santo/

[2] J. I. Packer, Caminar en sintonía con el Espíritu, Publicaciones Andamio (2017), pp. 93-94.

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