REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Es tiempo de someter el ego

Por Fernando E. Alvarado

“Un hombre orgulloso siempre mira hacia abajo -con desdén- a las cosas y a las personas; y por supuesto, cuando estás mirando hacia abajo, no puedes ver lo que está encima de ti.” 

C. S. Lewis

“Todos los hombres se equivocan, pero un buen hombre cede cuando sabe que su rumbo es erróneo y repara el mal. El único crimen es el orgullo”.

Sófocles

INTRODUCCIÓN

El orgullo no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano. Esa es una verdad incuestionable. El orgullo hace que las personas rebajen a su prójimo, de modo que ellas siempre parezcan superiores. Quienes tienen tal actitud rara vez dicen algo bueno de los demás. Por eso se dice que el orgullo es un vicio que siempre resulta perjudicial. Echa a perder a las personas, y hace que se pueda admirar muy poco en ellas. ¿Sorprende acaso que nadie se sienta cómodo con el orgulloso? De hecho, muchas veces, la consecuencia de tal defecto es la ausencia de verdaderos amigos. En cambio, es un verdadero placer mirar entre gente humilde, no el humilde que se siente orgulloso de serlo, sino al que es humilde de verdad. La Biblia dice acertadamente: “El orgullo del hombre le traerá humillación, el que se humilla alcanzará honores” (Proverbios 29:23, LNBLA).

No obstante, de mayor importancia que el efecto del orgullo en la amistad o en los honores de los semejantes es su incidencia en la relación de la persona con Dios. ¿Qué opina él del orgulloso, el altivo y el presuntuoso? ¿Le importa el que seamos orgullosos o humildes? De acuerdo con la Biblia el orgullo es más que simplemente un problema de carácter; es, ante todo, un pecado.

DEBEMOS DESARROLLAR UN CONCEPTO EQUILIBRADO DE NUESTRO PROPIO VALOR

La sana autoestima se distingue del orgullo en que la primera incluye el reconocimiento de nuestras virtudes y defectos, y por lo tanto implica humildad, ese antídoto poderoso contra el pernicioso orgullo. Aceptarse y confrontarse a uno mismo, sin maquillajes, filtros ni retoques, es un acto que nos exige ser valientes y salir de nuestra zona de confort. Ese aceptarnos implica conocer nuestro lado luminoso y nuestra parte de sombra,es un acto de madurez, que nos puede ayudar a evitar que relaciones que son importantes para nosotros se fracturen por este motivo. Un concepto equilibrado de nuestra propia valía no solo es sano, sino también bíblico. La Palabra de Dios manda:

“Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado.” (Romanos 12:3, NTV)”

Si te crees demasiado importante para ayudar a alguien, solo te engañas a ti mismo. No eres tan importante.” (Gálatas 6:3, NTV)

“No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes.” (Filipenses 2:3, NTV)

“Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales.” (Filipenses 2:5-8, NTV)

“Si alguien presume de conocer alguna cosa, es que ignora todavía cómo hay que conocer.” (1 Corintios 8:2, BLP)

También nos advierte que la caída y la humillación son el destino final del orgulloso:

“La arrogancia va delante de la destrucción; la humildad precede al honor.” (Proverbios 12:18; NTV)
Y que el Señor aborrece el orgullo y detesta toda actitud arrogante y altiva en los seres humanos:
“El Señor odia seis cosas; mejor dicho, hay siete que él detesta: los ojos orgullosos, la lengua mentirosa, las manos que matan gente inocente, el corazón que planea hacer el mal, los pies que corren a hacer maldades, el falso testigo que dice mentiras y el que causa problemas entre hermanos.” (Proverbios 6:16-19, PDT)

“El Señor ocupa el lugar más alto por encima de todos los demás, pero aun así, él nunca abandona a los humildes. Él siempre sabe lo que hacen los soberbios y se mantiene alejado de ellos.” (Salmo 138:6, PDT)

EL PROBLEMA CON EL ORGULLO

León Tolstoi decía: “A ojos del infinito, todo orgullo no es más que polvo y ceniza”.  El orgullo, a corto plazo, hace que escondamos nuestra vulnerabilidad, pero, a largo plazo, nos convierte en personas más vulnerables aún. Tan solo pensemos en Saúl, a quien el profeta Samuel reveló que era el líder que Dios había escogido para la nación de Israel. La Biblia describe a Saúl como un joven impresionante y apuesto, sin igual entre los hijos de Israel (1 Samuel 9:2). En su nueva posición, Saúl debía obedecer las instrucciones del Señor para ese rol. Recibió la promesa de que el Espíritu Santo vendría sobre él, y que le daría su poderosa ayuda (1 Samuel 10:6-7).

Para tener éxito, Saúl necesitaba recordar varias cosas. Primero, su autoridad venía de Dios. Además, sus responsabilidades incluían dar cumplimiento al plan del Señor, obedecerlo y guiar al pueblo con su ejemplo. Lamentablemente, como muchos de nosotros hoy, Saúl actuó como si el control fuera de él, no del Señor. Permitió que la presión de la situación tuviera prioridad sobre la obediencia. Por su orgullo, violó la ley de Dios, y ejerció responsabilidades sacerdotales que no le correspondían. Mientras más intentaba Saúl reafirmar su propio valor, más bajo caía (1 Samuel 18:6-30), más se alejaba de Dios y más destruía sus relaciones con los que le rodeaban. Al final, esto le costó la vida.

Pero Saúl no ha sido ni será el único ser humano con problemas de orgullo. El orgullo es una condición de toda la humanidad. La pobreza no nos protegerá de él. Tampoco la edad, las habilidades o la experiencia. El orgullo es una prisión que perpetúa la ira, las heridas y la necedad, mientras que mantiene alejados los efectos restauradores de la culpabilidad, humildad y la reconciliación (Proverbios 11:229:23Gálatas 6:3Salmos 4:6Apocalipsis 3:17-20). Más adelante, en Proverbios 16:18, Dios nos dice que delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu. No es solo que el orgullo vaya a ser nuestro carcelero: también será nuestro verdugo.

AMÁN, EL PERFECTO EGÓLATRA

Más allá de Saúl, en la Biblia encontramos otro ejemplo perfecto del típico ególatra: Amán. Él fue un hombre privilegiado durante los tiempos del rey Asuero de Persia. Era el segundo líder del imperio. Hombre inteligente, vivaz, y apreciado por el rey, sus pares, sus familiares, amigos, y también por todo el pueblo. Sin embargo, Amán tenía serios problemas de carácter.

Ante una ofensa contra su persona, era capaz de salirse de sus casillas hasta el punto de perder el respeto por la vida ajena. Por ejemplo, Amán se enteró de que el judío Mardoqueo (en obediencia a sus leyes religiosas y tradiciones) no se postraba ante él, lo que generó en Amán explosiones de ira desafortunadas que hicieron que decidiera no solo acabar con Mardoqueo, sino también destruir a todo el pueblo judío. Y es que una persona ególatra no es capaz de sentir respeto por la vida de los demás como igual a la suya. La egolatría se manifiesta en un desprecio hacia las personas que no le rinden la honra que espera. Así le dijo Amán al rey Asuero cuando le pidió al rey destruir a los judíos: “… así que no conviene al rey dejarlos vivos” (Ester 3:8). Amán condenó a los judíos no por lo que hicieron, sino porque no hicieron lo que él esperaba que hicieran a su favor.

Una persona ególatra jamás está satisfecha con lo que tiene. Amán gozaba de una vida de privilegios y grandes logros. Así lo refiere él mismo:

“…Entonces Amán les contó la gloria de sus riquezas, la multitud de sus hijos, y todas las ocasiones en que el rey lo había engrandecido, y cómo lo había exaltado sobre los príncipes y siervos del rey. Y Amán añadió: ‘Aún la reina Ester no permitió que nadie, excepto yo, viniera con el rey al banquete que ella había preparado; y también para mañana estoy invitado por ella junto con el rey’…” (Ester 5:11-12).

Podríamos decir que era correcto ese sentido de satisfacción sobre todo lo que había alcanzado. Sin embargo, el problema se manifiesta cuando todos esos privilegios reales se hacen nulos solo por algo mínimo que le hace perder de vista todo lo alcanzado. ¡Cuán necios e insatisfechos son los ególatras!

Amán reconoció con sus propias palabras que un imperio estaba a sus pies, pero que eso de nada le servía al recordar al único y solitario hombre que nunca se postró ante él: Mardoqueo. ¿Notas el desbalance? Una persona ególatra pierde las proporciones de la vida y el respeto por ella. La única manera en que Amán se tranquilizó fue preparando una horca de 25 metros de altura en su patio para colgar a Mardoqueo en ella. La historia nos cuenta que Amán terminó ahorcado en su propia horca al desbaratarse el plan que había preparado en contra de los judíos. Ester supo mover sus influencias ante el rey para hacerle ver al monarca la clase de príncipe que era Amán.

Este hombre lo tuvo todo pero, como buen ególatra, terminó sin nada. Al perder el respeto por la vida de los demás, se terminó perdiendo el respeto por la suya. Al querer despojar a los demás de lo poco que tenían, él terminó perdiéndolo todo. Tristemente, por el pecado en nosotros, todos tenemos mucho de ególatras y de destructivos en nuestras vidas. Somos como agujeros negros que viven absorbiendo todo lo que está alrededor, queriendo siempre más y más, perdiendo el respeto por los que nos rodean, haciendo daño y haciéndonos daño al mismo tiempo. Afortunadamente, Juan el Bautista nos da algunas recetas para vencer la egolatría.

EL REMEDIO DE DIOS PARA LA EGOLATRÍA

Lo primero que debemos reconocer es que, en esencia, somos ególatras. Negarlo sería negar lo que las Escrituras y la evidencia en nuestras vidas señalan con claridad:

“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.” (Mateo 3:2)
“Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Lucas 3:7)

Somos pecadores, ególatras desde el vientre de nuestra madre. Por eso, el punto de partida es reconocer nuestra condición y pedirle perdón al Señor, buscando al Salvador, quien vino para transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Jesucristo es la prueba misma de un carácter no ególatra en donde Él mismo se despojó de su gloria para venir a morir por los suyos en un acto de completo desprendimiento (Filipenses 2:6-11).

Después de reconocer nuestra condición y al Salvador, debemos buscar sostener nuestras vidas sobre bases ciertas de lo que en realidad somos y de lo que en realidad hemos alcanzado. Un ególatra fantasea y se frustra porque no llega a alcanzar todo el aprecio y los bienes que cree merecer. Por el contrario, una persona sensata está más consciente de la obra de Cristo para perdón y salvación, de la presencia del Espíritu para santificación en su vida y de que todo, al final, debe conseguirlo con esfuerzo y dedicación, luchando para preservarlo en el poder de Dios. Así lo enseñaba el profeta:

“…Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento; y no comiencen a decirse a ustedes mismos: ‘Tenemos a Abraham por padre,’ porque les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego…”. (Lucas 3:8-9).

Juan el Bautista demuestra este mismo principio anti-ególatra cuando rechaza que se le compare con el Mesías que vendría:

“…Juan les habló a todos: ‘Yo los bautizo con agua; pero viene Uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y fuego’…” (Lucas 3:16)

No hay nada malo en saber que no lo somos todo, que no lo tenemos todo, que tenemos un lugar, y aunque no es el primero, estamos trabajando duro para preservarlo porque es el lugar que el Señor nos ha concedido en su misericordia. Eso es, en parte, estar sano de la adicción al ego.

Otro de los remedios para desactivar el carácter ególatra es, sin duda, el desprendimiento y la generosidad. Nunca debemos creer el cuento de que lo merecemos todo por sobre los demás. Como lo hemos dicho, eso mismo fue lo que hizo nuestro Señor Jesucristo al despojarse de su propia gloria y venir como siervo para buscar y salvar lo que se había perdido. ¿Quiénes estaban perdidos? Pues nosotros en nuestra egolatría y destrucción. Al haber sido rescatados, sigamos su ejemplo y valoremos al resto de nuestros congéneres al brindarle a los demás lo que creemos que deberían brindarnos. Juan lo aconsejaba de esta manera:

“… El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo…” (Lucas 3:11)

Una vida servicial que busque comprometerse con el débil y el necesitado es uno de los mayores remedios contra la adicción al ego. Basta seguir el modelo de vida adecuado en Jesucristo para que nunca más seamos contaminados con el carácter ególatra de nuestro tiempo (que ya es una verdadera pandemia del siglo XXI).

En sus primeros discursos y apariciones públicas, nuestro Señor pudo haber escogido muchos pasajes bíblicos del Antiguo Testamento que hablan de su majestad, del respeto y honor que merece, del sometimiento que todos los seres humanos le deben al ser el Soberano del universo. Sin embargo, cuando se presentó en una sinagoga, buscó un pasaje que nos demuestra el carácter del Salvador que está sobre todo ego enfermizo:

“…Le dieron el libro (el rollo) del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque Me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor’…” (Lucas 4:17-19)

¡Aprendamos un poco de humildad del Hombre más Grande de todos los tiempos! Seamos humildes como Cristo.

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