Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Misma tormenta, pero distinto barco…

Por Fernando E. Alvarado

¿Quién eres tú para juzgar al criado de otro? Para su propio amo está en pie o cae, y en pie se mantendrá, porque poderoso es el Señor para sostenerlo en pie.”

Romanos 14:4, LBLA

INTRODUCCIÓN

Una tormenta en el mar es algo impresionante. Jesús y sus discípulos lo sabían muy bien. En Marcos 4:35-41 leemos:

“Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” 

En el griego original la palabra que se usa para describir la tempestad es seismós (σεισμός) de la cual proviene nuestra palabra sismo, la cual usamos cuando nos referimos a un terremoto. También encontramos que la palabra grande, para referirse a las olas, proviene del adjetivo griego mégas (μέγας), lo cual sugiere algo agrandado de forma exponencial. Por tanto, podemos entender la magnitud de aquella tormenta, la cual de manera súbita se había presentado con fuertes vientos estrepitosos y hacían que se levantaran olas gigantescas que parecía que la barca se iba a hundir.

Por ello Mateo señala que las olas cubrían la barca, mientras que Marcos y Lucas agregan que parecía que la barca iba a ser hundida:

“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba” (Marcos 4:37)

En el libro del profeta Jonás encontramos otra historia de marineros que se vieron atrapados por una terrible tormenta: 

“Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir… Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos.” (Jonás 1:4-5, 13)

Posiblemente, tanto los discípulos como los marineros de la historia de Jonás lucharon por estabilizar la nave, no olvidemos que la mayoría de ellos eran pescadores experimentados criados en el mar; sin embargo, tan grande era la tormenta que sus esfuerzos fracasaron. 

OTRA CLASE DE TORMENTAS

Pero hay tormentas que azotan la vida de una persona que son tan impresionantes como la encontrada en el mar de Galilea donde se encontraba Jesús y sus discípulos, o aquello que experimentó Jonás. La actual pandemia es un ejemplo de ello. Y los daños que le hace a nuestra embarcación, y los riesgos de naufragar en medio del océano, son muchos…

Equivocadamente, nuestra sociedad se ha dividido en 2 grupos: Los que quieren continuar el aislamiento y los que quieren volver a las actividades. El primer grupo tiene mucho miedo del virus, es comprensible. Pero en su mayoría, todavía tienen recursos financieros para mantenerse quieto. Por eso la “economía” está en segundo plano. La cuarentena es cómoda. Este grupo acusa al otro de “sólo pensar en dinero”.

El otro grupo (los que quieren volver a las actividades) también le teme al virus; pero ya está siendo golpeado por la crisis y se está preocupando cada día más. Muchos no tienen recursos para la comida, alquiler, medicamentos… Lo básico ya falta. Saben que sus empleos, casas, negocios… todo está en riesgo inminente. Por eso prefieren enfrentar el riesgo del virus, aunque cumpliendo con las medidas sanitarias y con los debidos cuidados de higiene. Todo por volver al trabajo. Estos acusan al grupo anterior de exagerar los riesgos, provocar pánico innecesario ser hinchas del virus. Ese es el problema. Son intereses y dolores completamente diferentes, pero igualmente dignos de ser respetados y tomados en cuenta.

Otros, con buenas intenciones y pretendiendo restaurar la unidad nos dicen que estamos en el mismo barco, pero ¡no es así! Estamos en la misma tempestad, sí, de eso no hay duda, pero no estamos en el mismo barco: tu barco puede naufragar y el mío no, o viceversa. Para algunos, la cuarentena está óptima: momento de reflexión, de reconexión; en chanclas, con un whisky o un té, Netflix, home office, etc. Para otros, esto es una crisis desesperante. Para algunos, hay paz, tiempo de descanso, vacaciones. Para otros, una tortura: ¿Cómo voy a pagar mis cuentas?

Mientras unos están ocupados en elegir una marca de chocolate para pascuas. Otros están preocupados por el pan para el final de semana, si los fideos alcanzan para unos días más. Algunos están en el home office de su casa del country. Otros compatriotas están revolviendo basura para sobrevivir. Algunos quieren volver a trabajar porque se les está terminando el dinero. Otros quieren matar a aquellos que rompen la cuarentena. Algunos necesitan romper la cuarentena para hacer fila en los bancos y recibir el subsidio del Gobierno. Otros critican al gobierno por las colas en los bancos.

Unos tienen fe en Dios y esperan milagros durante este 2020. Otros dicen que lo peor está por venir. Entonces, amigos, ¡no estamos en el mismo barco! Estamos pasando un momento en el cual nuestras percepciones y necesidades, son completamente distintas; y cada cual, saldrá a su manera, de esa tempestad: Algunos, con el bronceado de la piscina; otros con cicatrices en el alma. Por tales motivos evidentes (y por otros invisibles) Es muy importante ver más allá de la primera vista. No solo mirar, más que mirar, ver. Ver más allá de partido político, más allá de la religión, más allá del propio ombligo.

EMPATÍA

No menosprecies el dolor del otro si tú no lo sientes. No juzgues la buena vida del otro, no condenes la mala vida del otro. Simplemente nadie es juez. No juzguemos tanto a aquel que le falta, como al que le sobra, pues no, no estamos en el mismo barco. Estamos en barcos distintos. Estamos en el mismo mar y enfrentando la misma tormenta, sí. Pero unos la enfrentan en yate, otros en lancha, otros en salvavidas y otros a duras penas continúan nadando con todas sus fuerzas. Cada cual que navegue su ruta con respeto y dignidad. Esta reflexión debería apelar a los sentimientos de cada individuo. Sobre todo porque tenemos tres grandes problemas: nos resentimos con facilidad, no acatamos las reglas y somos tercos, es decir no hacemos caso a nada.

En este período de cuarentena (y de hecho, siempre) es necesario mostremos empatía, compasión, solidaridad y respeto. El Señor Jesucristo, lo enseñó de esta forma:

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.” (Mateo 7:12)

CRISTO, EL ATORMENTADOR DE TORMENTAS, ESTÁ EN NUESTRA BARCA

En medio de la crisis que nos azota, y por momentos sintiendo como nuestra barca se tambalea entre las fieras olas de esta tormenta, viene a mi mente el inspirador himno “Paz, cálmense”, escrito por Mary Anne Baker en 1874. Dicho himno me recuerda que, aún en medio de la peor de las tempestades, Jesucristo, el atormentar de tormentas, está con nosotros. Y si es así (y así es) todo va a estar bien:

Cristo, el mar se encrespa, y ruge la tempestad. Obscuros los cielos se muestran, terribles y sin piedad.¿No te da pena el vernos? ¿Puedes aún dormir cuando ̮el mar amenaza sumirnos en vasta profundidad?
Las olas y vientos oirán Tu voz: “¡Cálmense!” Sean los mares que rujan más, o diablos que bramen con fuerte clamor, las aguas al barco no dañarán del Rey de los cielos y de la mar. Mas todos ellos se domarán. “¡Cálmense! ¡Cálmense!” Mas todos ellos se domarán.“¡Paz, cálmense!”
Cristo, con grandes angustias inclino ̮ante ti mi faz.Dolores mi alma ̮acongojan. Oh mándame tu solaz. Olas de males me cubren, vénceme su furor, y perezco, perezco, oh Cristo. Ah, sálvame del dolor.
Las olas y vientos oirán Tu voz:“¡Cálmense!” Sean los mares que rujan más, o diablos que bramen con fuerte clamor, las aguas al barco no dañarán del Rey de los cielos y de la mar. Mas todos ellos se domarán. “¡Cálmense! ¡Cálmense!” Mas todos ellos se domarán. “¡Paz, cálmense!”
Cristo, el miedo ya pasa y todo está en paz. El sol en el mar se refleja y siento un gran solaz. ¡Guárdame siempre, oh Cristo! Ya no me dejes más, y me fondearé en tu puerto, seguro do tú estás.
Las olas y vientos oirán Tu voz: “¡Cálmense!” Sean los mares que rujan más, o diablos que bramen con fuerte clamor, las aguas al barco no dañarán del Rey de los cielos y de la mar. Mas todos ellos se domarán. “¡Cálmense! ¡Cálmense!” Mas todos ellos se domarán. “¡Paz, cálmense!”
(Mary Ann Baker; apr. 1874.)

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