Gracia, Legalismo, Vida Cristiana

Los peligros del legalismo

“Si ustedes murieron con Cristo y ya no están esclavizados a los poderes que dominan el mundo, ¿por qué se someten, como si fueran todavía del mundo, a reglas tales como: «no toques eso, no comas aquello, no lo tomes en tus manos»? Esas reglas son puramente humanas, que con el tiempo van perdiendo valor. Podrán parecer muy sabias tales reglas, ya que para obedecerlas hay que ser devotos de veras, y porque son humillantes y duras para el cuerpo, pero de nada sirven en lo que a dominar los malos pensamientos y deseos se refiere.”

Colosenses 2:20-23, NBV

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¡No te vistas así! ¡No te maquilles! ¡Cámbiate ese peinado! ¡No uses ese tipo de ropa¡ ¡No practiques deportes! ¡No vayas al cine! ¡No oigas ese tipo de música! ¡No hagas eso! ¡No hagas aquello! ¿Te suena familiar? Se llama legalismo, pero seguramente ya lo sabes. Quizá incluso lo padezcas o hayas sido víctima de él.

El legalismo es uno de los peores tipos de cáncer que enferman a la iglesia. Legalismo es buscar buenas obras sin fe, en un esfuerzo por ganarse el favor y la bendición de Dios. Es un moralismo sin amor que busca imponer los mandamientos éticos de la Biblia dejando de lado lo más importante del evangelio de Cristo Jesús.

PREDICACIÓN LEGALISTA EN NUESTRAS IGLESIAS

Muchas de las predicaciones en las iglesias cristianas son simplemente una colección de moralismos legalistas. La razón por la cual prevalece de manera popular este enfoque sobre la predicación es porque todos somos legalistas de corazón. El objetivo del legalismo en muchas de las predicaciones es hacer de las buenas personas un poco más buenas. Pero eso nunca funciona. Es más, la predicación moralista y legalista intensifica el pecado en vez de matarlo, pues la predicación legalista alimenta la carne.

Cuando las normas, leyes, mandamientos y demás requerimientos éticos y morales son proclamados como suficientes, incluso cuando se sacan de las enseñanzas de Jesús, el resultado es un cristianismo sin cruz, en el que el mensaje central se convierte en una exhortación a vivir de acuerdo a las reglas de Dios. Por lo tanto, aún si el oyente adopta una conducta correcta en respuesta al sermón, la respuesta está enraizada en su desempeño, alimentando su confianza carnal y justificación propia. Sin embargo, en el evangelio, el único contexto posible para la genuina obediencia es la fe y el amor a Dios, y no un falso sentido de superioridad moral o justicia propia:

“Se han apartado de Cristo si esperan justificarse guardando la ley. ¡Han caído de la gracia de Dios!” (Gálatas 5:4, NBV)

LA PREDICACIÓN LEGALISTA MUTILA EL EVANGELIO, DEBILITA LA FE Y ALIMENTA LA CARNE

La predicación legalista debilita la fe pero alimenta la carne, la cual se hace fuerte y es vencida por el pecado:

“Por eso, antes de entender lo que la ley demanda, me sentía bien. Pero cuando llegó el mandamiento, cobró vida el pecado y morí. Es decir, el mandamiento que debía haberme dado vida, me condenó a muerte. Porque el pecado me engañó, pues tomó el mandamiento de Dios y lo usó para matarme. Así que, como ven, la ley en sí es santa, justa y buena. ¿Y acaso lo que era bueno causó mi muerte? ¡De ninguna manera! No; el pecado usó lo que era bueno para causarme la muerte. Así que, utilizando el mandamiento bueno, el pecado se mostró con toda su maldad. Sabemos que la ley es espiritual. El problema es que yo estoy vendido en esclavitud al pecado, a causa de mi naturaleza pecadora.” (Romanos 7:9-14, NBV)

La predicación legalista da la apariencia de ser una feroz oponente al pecado mientras crea un contexto en donde el pecado es alimentado, inevitablemente esparciéndolo y haciéndolo crecer. Además, la predicación legalista mutila el Evangelio o, peor aún, es otro Evangelio diferente:

“Me ha sorprendido que tan pronto se estén apartando ustedes de Dios, quien les llamó y mostró su amor por medio de Cristo. Ahora han adoptado otro evangelio. Esto no significa que haya otro evangelio. Más bien me refiero a que hay quienes están tratando de confundirlos y quieren torcer el evangelio de Cristo. Que la maldición de Dios caiga sobre cualquiera, sea uno de nosotros o un ángel del cielo, que les predique otro medio de salvación que el que les hemos predicado. Repito: Si alguien les predica un evangelio diferente del que un día recibieron, que la maldición de Dios caiga sobre esa persona. Como han visto, no estoy tratando de ganármelos ni de quedar bien con ustedes. Al único que trato de agradar es a Dios. Si todavía buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:6-10, NBV)

La predicación legalista desde el púlpito cristiano es cruel porque menciona el evangelio, o por lo menos lo asume, pero implica que debes ganarte las bendiciones del evangelio. Por lo tanto, la predicación legalista deja a los oyentes desgarrados por la ley constantemente, pero de forma tal que lleva a una completa desesperanza en cumplir los mandatos de la ley. Siempre pide un poco más. No importa qué tan obediente o desobediente seas, a quien escucha el sermón siempre se le recuerda que se está esforzando sin que sea jamás suficiente:

“Sin embargo, sabemos muy bien que nadie puede justificarse ante Dios obedeciendo la ley. Sabemos que eso sólo es posible por la fe en Jesucristo. Por eso, nosotros también hemos confiado en Jesucristo, y somos justificados por esa fe y no porque hayamos observado la ley. Nadie se salva por tratar de cumplirla.” (Gálatas 2:16, NBV)

EL LEGALISMO, LADRÓN DE LA ESPERANZA

Los sermones legalistas no son sólo mutiladores del Evangelio, sino también ladrones de la esperanza. En los sermones legalistas, la ley no funciona como un maestro que nos acerca a Cristo (Gálatas 3:24), sino como un secuestrador sádico que no planea asesinar a su prisionero, sino mantenerlo con vida para torturarlo. La predicación legalista hace del oyente un prisionero que vive en constante dolor y tormento, pero siempre cree que la libertad está a la vuelta de la esquina, luego de obedecer a la perfección la nueva norma impuesta. Le hace olvidar, sin embargo, que jamás podrá ser perfecto ni obedecer siempre a todo lo que Dios manda, ni aún cuando se esforzara al máximo:

“Cuando quiero hacer el bien, no lo hago; y cuando trato de no hacer lo malo, lo hago de todos modos. Entonces, si hago lo que no quiero hacer, está claro cuál es el problema: es el pecado que vive en mí. Así que, queriendo hacer el bien, me enfrento a esta ley: el mal vive en mí. En mi interior, quisiera obedecer la voluntad de Dios, 23 pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley está en guerra contra mi mente, y me tiene cautivo. ¡Qué triste es el estado en que me encuentro! ¿Quién me libertará de la esclavitud de esta mortal naturaleza pecadora? ¡Gracias a Dios que Cristo lo ha logrado! En conclusión: con mi mente sirvo a la ley de Dios pero con mi naturaleza pecaminosa a la ley del pecado.” (Romanos 7:19-25, NBV)
“Y no hay en toda la tierra un ser humano que sea siempre bueno y no peque jamás.” (Eclesiastés 7:20, NBV)

Los sermones moralistas y legalistas actúan como los espejismos de agua en el desierto; te pueden llenar de aliento pero siempre resultan estar vacíos. Por si esto no fuera lo suficientemente malo, la predicación legalista hace del amor algo autodestructivo.

EL LEGALISMO NOS CONDUCE AL ORGULLO Y LA AUTOPROMOCIÓN, DESTRUYENDO EL SENTIDO DE COMUNIDAD DE LA IGLESIA

Los sermones moralistas y legalistas alientan a compararse con el prójimo. La identidad de una persona depende de la percepción de cómo su obediencia se compara con la de otros. La oración del fariseo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Lucas 18:11), es promovida por estos fariseos modernos, en vez de ser repudiada como contraria al evangelio.

La predicación legalista crea una comunidad eclesiástica deformada en la cual, el escuchar un logro positivo por parte de otro, rebaja y deprime a los demás, al hacerlos sentir que necesitan estar a la altura de su currículum espiritual. Los oyentes son entrenados a buscar su identidad en el desempeño, no en Cristo, y el resultado es una comunidad sin gracia. Alguien que adquiere su identidad al juzgarse a sí mismo como superior a otro, no amará ni servirá ni ayudará a quienes considera estar por debajo de sí. En el legalismo, escalar la montaña del falso crecimiento cristiano depende de tu propio éxito, comparándolo con el fracaso de otros.

El legalismo olvida que toda verdad bíblica que se saca del contexto del evangelio de la gracia es corrupta. Cuando ignoramos la relación de cualquier verdad bíblica con el evangelio de Cristo Jesús, perdemos la perspectiva bíblica y corrompemos la buena dádiva Dios. Nuestra predicación debe ser expositiva y cristocéntrica; enfocada en el Evangelio de la gracia, no en el legalismo.

La predicación Cristocéntrica no silenciará el llamado a obedecer los requerimientos morales y éticos de la Escritura (1 Corintios 10:11). Al contrario, tal enfoque fortalecerá el llamado a obedecer, ya que provee el único contexto posible para la obediencia: la fe. La santificación, tal como la justificación, es solo por la fe. No depende de un sentimiento de justicia propia. La genuina motivación espiritual en la predicación debe ser presentada en términos del evangelio. Las personas debes ser puestas en libertad antes de poder caminar en libertad. Todos estamos constantemente tentados a desviarnos hacia una actitud legalista y moralista, por lo que nunca debemos perder de vista que la justificación y la verdadera santificación provienen de Dios, no de nuestras obras. El Evangelio no se trata de hacer lo que queramos, pero tampoco es una cárcel de leyes y normas que asfixian la libertad cristiana.

CARACTERÍSTICAS DE UN CRISTIANO LEGALISTA

Los cristianos legalistas abundan en las iglesias y a veces son una verdadera plaga. Lo más triste es que, con toda seguridad, un legalista vive dentro de cada uno de nosotros esperando manifestarse a conveniencia. Quizá te estés preguntando: ¿Seré yo uno de ellos? Qué tal si te analizas a la luz de las 5 características típicas de un legalista. Para ver dichas características, vayamos a una parábola muy conocida:

“Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres, ladrones, malhechores, adúlteros, ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo’. En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!’ Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido…” (Lucas 18:10-14 NVI).

En base a la parábola antes mencionada podemos ver 5 características de un legalista:

(1- Frecuentemente se alaba a sí mismo: Alaba sus virtudes, sus aptitudes, sus conocimientos, sus acciones, todo lo que él es.

(2- Se compara con otros para sentirse mejor: Vive de las comparaciones. Él no es como otros, él es mejor. Él es más espiritual, él es más sabio.

(3- Impone normas a otros para que las cumplan pero él no está dispuesto a cumplir: Los Fariseos y escribas eran observadores celosos de la Ley, pero también imponían dogmas o interpretaciones que no tenían relación alguna con la Ley. Del tal modo que Jesucristo, les dice: “…¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos…” (Lucas 11:46)

(4- Sirven a Dios para ser reconocidos: El Fariseo hacía muchas cosas buenas, ayunaba, oraba, diezmaba, etc. Pero él no lo hacía en agradecimiento y adoración a Dios, sino que él esperaba ser reconocido y aplaudido por los demás.

(5- No reconocen sus errores: Pocas veces los oirás admitir sus errores delante de los hombres. De algún modo, el orgullo ha cegado sus corazones, haciéndoles creer que todo lo que hacen es correcto.

CONCLUSIÓN

Cualquiera de nosotros puede caer en el legalismo creyendo que lo que hacemos podría hacernos más aceptos delante del Señor o que somos mejores que otros. Ante tal peligro, es necesario examinarnos y ver si hay legalismo en nosotros. No sea que estemos siendo en algún modo como aquel fariseo, sin darnos cuenta. ¡Qué Dios que nos ayude cada día!

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