La doctrina unicitaria, también conocida como modalismo, postula que Dios es una única persona que se manifiesta en diferentes modos o roles (Padre, Hijo y Espíritu Santo), negando la distinción ontológica de personas dentro de la deidad. Esta perspectiva contradice la doctrina trinitaria, pilar del cristianismo histórico y evangélico, que afirma la existencia de un solo Dios en tres personas coeternas, coiguales y distintas. El análisis exegético del Evangelio de Mateo demuestra que la doctrina unicitaria es incompatible con la presentación de las tres personas de la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— como distintas en su relación interpersonal, pero unidas en su esencia divina. Desde la fórmula bautismal de Mateo 28:19 hasta la distinción de conocimiento en Mateo 24:36, el texto refuta el modalismo y reafirma la doctrina trinitaria, fundamento de la fe cristiana histórica. Este estudio, anclado en la exégesis rigurosa y la tradición teológica, invita a una comprensión profunda del misterio de Dios como uno en esencia y trino en personas.
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El Evangelio de Juan: Una refutación del unicitarismo
La doctrina unicitaria, promovida por grupos como heréticos como la Iglesia Pentecostal Unida, el Movimiento de la Fe en Jesús y otros similares, sostiene que Dios es una sola persona que se manifiesta en diferentes modos o roles (Padre, Hijo y Espíritu Santo), negando la distinción de personas dentro de la Trinidad. Esta perspectiva, conocida también como modalismo o sabelianismo, choca con la enseñanza histórica del cristianismo, que afirma la existencia de un solo Dios en tres personas distintas y coeternas.
El diaconado como ministerio eclesial: Origen, funciones y evolución
El diaconado, como ministerio eclesial, encuentra sus raíces en el Nuevo Testamento, particularmente en los Hechos de los Apóstoles, donde se describe la institución de los primeros diáconos. En Hechos 6:1-6, se narra cómo los apóstoles, enfrentados al crecimiento de la iglesia y a las necesidades de las viudas desatendidas, designaron a siete hombres "de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría" para servir en tareas prácticas, permitiendo así que los apóstoles se dedicaran a la oración y la predicación. Los siete elegidos —Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás— son considerados, más apropiadamente, proto-diáconos, un término que refleja su rol precursor al diaconado formal. Su función principal, según Hechos 6:2-3, era "servir a las mesas" (diakonein trapezais), lo que implicaba administrar la distribución equitativa de recursos a las viudas y otros necesitados.
La incoherencia lógica del modalismo unicitario
Lejos de ser una expresión heterodoxa, el movimiento pentecostal histórico, desde su génesis en los avivamientos del siglo XX (como Azusa Street, 1906), se ha afirmado inequívocamente dentro del marco de la ortodoxia trinitaria, distinguiéndose con claridad y rechazando categóricamente las desviaciones unicitaristas o modalistas que surgieron posteriormente como corrientes marginales dentro de algunos grupos específicos. Esta adhesión al credo trinitario no es un mero formalismo, sino un pilar fundacional arraigado en una hermenéutica fiel de las Escrituras y en la herencia teológica recibida de la Iglesia universal.
El episcopado femenino en la historia de la iglesia primitiva
Aunque muchos hoy se esfuerzan por ocultarlo, durante los primeros siglos del cristianismo, las comunidades cristianas se desarrollaron en un contexto cultural diverso, donde las mujeres no solo participaron activamente, sino que, en algunos casos, ejercieron funciones de liderazgo propias del rol de obispo. En el contexto del cristianismo primitivo, los roles eclesiales no estaban tan rígidamente definidos como lo estarían en siglos posteriores. La estructura jerárquica de la iglesia, con obispos, presbíteros y diáconos, comenzó a solidificarse a finales del siglo II, pero en las primeras comunidades cristianas, las funciones eran más fluidas.
Espíritu y esquemas: ¿Se quiebra la unión entre pentecostalismo y dispensacionalismo?
El dispensacionalismo, esa arquitectura teológica del siglo XIX urdida por John Nelson Darby y canonizada en las notas del Scofield Reference Bible (Scofield, 1909), destila una ironía tan provocadora como irresistible: un sistema forjado en el estéril terreno del cesacionismo, que clausuraba los dones carismáticos tras la era apostólica, encuentra hoy su defensa más fervorosa en los exuberantes círculos pentecostales, adalides del continuismo y de una espiritualidad vibrante. Esta paradoja, un verdadero drama teológico, no solo enfrenta cosmovisiones dispares, sino que forzó a los pentecostales a realizar piruetas exegéticas para conciliar su fe palpitante con un marco que, en su concepción, les era hostil. ¿Cómo se produjo esta contradicción? ¿Cuáles fueron las razones de esta alianza insólita? ¿Qué tipo de ingenio hermenéutico se requirió para que los pentecostales superaran esta tensión, constatando que los pioneros de Azusa Street, lejos de abrazar dispensaciones, danzaban al ritmo del Espíritu?
El nuevo pueblo de Dios y su unidad bajo el Nuevo Pacto: La unidad de judíos y gentiles en el plan redentor
La restauración de Israel es espiritual, no nacional, cumplida en la salvación por la fe en Cristo. Las promesas abrahámicas encuentran su clímax en Jesús, no en un Israel étnico separado. La iglesia, como cuerpo de Cristo, no perpetúa distinciones étnicas, sino que las trasciende en una nueva humanidad. La visión dispensacionalista progresiva, con su insistencia en una diversidad étnica perpetua, fragmenta artificialmente el plan redentor de Dios, que culmina en la unidad gloriosa de Apocalipsis 5:9-10, donde los redimidos de toda nación cantan como un solo pueblo al Cordero.
La restauración de Israel en Romanos 9–11: ¿Proyecto político judío, o consumación del reino de Dios en Cristo?
En “The Future of Israel as a Theological Question,” [Journal of the Evangelical Theological Society 44, no. 3 (2001): 437–440] el destacado teólogo dispensacionalista Craig Blaising explica que la salvación futura de Israel es literal y nacional, no simbólica ni espiritualizada como mera incorporación a la iglesia. En esto, al menos parcialmente, estamos de acuerdo. La pregunta aquí sería: ¿Qué entiende Balising por restauración de Israel?
Cristo: ¿El verdadero Israel o un mero representante?
Basado en Isaías 49:3-6, Michael Vlach, sostiene que el Siervo del Señor, identificado como “Israel”, es un individuo que representa a la nación sin reemplazarla, con la misión de restaurar a Jacob y reunir a Israel, manteniendo así su identidad nacional. Este planteamiento, aunque ingenioso, carece de solidez exegética y teológica al ignorar el peso abrumador de la tipología cristológica y la hermenéutica del cumplimiento en el Nuevo Testamento y la tradición patrística.
Israel en el corazón cristiano: Entre la idolatría, el amor y la esperanza de redención mesiánica
Israel, como nación, ocupa un lugar singular en la narrativa bíblica y en el corazón de la fe cristiana. Su derecho a existir como pueblo elegido por Dios es innegable, fundamentado en las promesas divinas establecidas en el pacto con Abraham (Génesis 12:1-3) y reafirmadas a lo largo de las Escrituras. Sin embargo, el amor cristiano por Israel debe ser bíblicamente equilibrado, apasionado por su salvación, comprometido con la justicia y consciente de la universalidad del amor de Dios hacia todas las naciones. Los cristianos están llamados a amar a Israel con el anhelo de Pablo por su redención (Romanos 10:1), a esperar su restauración en el reino mesiánico (Zacarías 12:10). De la misma forma, también estamos llamados a denunciar su pecado con el espíritu profético de Elías y Amós, sin caer en la idolatría ni ignorar el valor de toda la humanidad creada a imagen de Dios (Génesis 1:27).