Familia, Matrimonio, Vida Cristiana

Vida Cristiana | ¿Permite la Biblia el divorcio?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

El matrimonio es vital para nuestra naturaleza como seres humanos en sociedad. Dios mismo instituyó el matrimonio al crear y unir al primer hombre y la primera mujer en los albores de la Creación:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó… Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él… Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.” (Génesis 1:27; 2:18,22,23).

El ideal divino es la indisolubilidad del matrimonio. Pero, ¿Qué pasa cuando la pareja decide separarse temporalmente o incluso divorciarse y romper de forma definitiva su pacto matrimonial? Lamentablemente, en nuestra sociedad occidental la institución matrimonial está en crisis. Los evangélicos no escapamos a esta realidad. Cada vez más personas se divorcian en nuestras iglesias.[1] En la cultura en general, un gran segmento de la población vive en una familia de un solo padre, que nunca se ha casado o que es divorciado. Muchas otras personas viven juntas en cortas relaciones de conveniencia, desobedeciendo el diseño divino.

Es imperativo en tiempos como estos que la iglesia cristiana clarifique, enseñe, y fielmente cumpla lo que la Biblia dice acerca del matrimonio. La Iglesia también debe expresar la posición bíblica respecto del divorcio, lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando uno de los cónyuges, o ambos, abandonan sus compromiso y sus responsabilidades ético-cristianas.

CARACTERÍSTICAS DEL MATRIMONIO BÍBLICO

Dios es la fuente y origen del matrimonio. La Biblia dice:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). 

Bíblicamente, el matrimonio fue diseñado para:

LA PROCREACIÓN

Ni el hombre por sí mismo, ni la mujer por su cuenta, pueden procrear solos la raza humana y cumplir los propósitos divinos. La primera mujer se describe como “ayuda idónea” o complemento perfecto para el hombre (Génesis 2:18,20), tomada de su costado, hueso de su hueso y carne de su carne (Génesis 2:23).  Es obvio que Dios quería que compartieran tanto los privilegios como las responsabilidades. Bajo Dios, aunque sus roles a veces difieren, ambos géneros son iguales. Como más tarde escribiera el apóstol Pablo:

“Ya no hay… varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

EL GOCE Y DELEITE DE LA PAREJA

La manera en que Dios creó a los seres humanos para que vivieran en la tierra y la forma en que los unió indican que su intención fue que el hombre y la mujer vivieran el uno para el otro (Génesis 2:22-24). Su relación debía ser social y física:

“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18).

El matrimonio debe ser consumado sexualmente. Por orden del Creador, el primer hombre y la primera mujer debían ser “una sola carne” con el fin de procreación, unión, y mutuo contentamiento en una segura y amorosa relación (Génesis 2:24). Jesús mismo reiteró este propósito divino (Mateo 19:4,5) y Pablo instruyó a los esposos cristianos a que fielmente y con regularidad cumplieran mutuamente con sus obligaciones sexuales (1 Corintios 7:3-5).

La Biblia también señala las características que Dios espera que todo matrimonio cumpla:

ES UNA UNIÓN HETEROSEXUAL

Dios diseñó el matrimonio como una unión heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es:

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). 

A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.

ES UNA UNIÓN PERMANENTE

Otro de los propósitos de Dios al crear el matrimonio fue que este llegase a ser una unión permanente. El hombre debe dejar el hogar de sus padres y unirse a su mujer, para ser “una sola carne” con ella (Génesis 2:24). Tanto Jesús (Mateo 19:5) como Pablo (Efesios 5:31) citaron este pasaje de Génesis como premisa fundamental para el matrimonio. Al traducir la cita de Jesús, Mateo usó una palabra griega para “unirá (kollaō)” que significa “ser pegado a, enlazarse de cerca” (Mateo 19:5). Jesús añadió: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).

ES UNA UNIÓN MONÓGAMA

El propósito de Dios es que el matrimonio sea monógamo. En el establecimiento del matrimonio las obras del Creador se centran en un hombre y una mujer. El orden mismo del matrimonio (Génesis 2:24) se dirige a una pareja monógama; nótese la forma singular de “hombre” y “mujer”. Por supuesto, se daba la poligamia en la era del Antiguo Testamento. El primer caso fue en el linaje de Caín (Génesis 4:19), seguido de muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, incluidos algunos de los patriarcas. Pero no se exalta la poligamia como algo ideal. En forma indirecta los escritores del Antiguo Testamento critican la poligamia, en que muestran los conflictos que resultan (por ejemplo, Génesis 21:9,10; 37:2-36; 2 Samuel 13-18). Los pasajes que idealizan el matrimonio normalmente se refieren a un marido y una mujer (Salmo el 128:3; Proverbios 5:18; 31:10-29; Eclesiastés 9:9).  Al hablar de “hombre” y “mujer” en singular, y de que “los dos” serán una sola carne (Mateo 19:5,6), Jesús también reconoció que el ideal de Dios desde el principio era la monogamia.  No hay referencia a la poligamia como práctica de la iglesia primitiva; y, en cualquier caso, sería proscrito por Pablo a los1íderes en su referencia a “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6).

ES UN PACTO SAGRADO

El matrimonio es un pacto, un solemne acuerdo de vinculación hecho primero ante Dios y después ante los hombres.  La naturaleza del matrimonio como pacto se da a entender claramente en la institución del matrimonio en Génesis 2:24 y se hace más explícita en Malaquías 2:14: “Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto” (énfasis añadido).  Ezequiel aplicó el concepto del matrimonio a la relación entre Dios e Israel: “Te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía” (Ezequiel 16:8, énfasis añadido).  De lo que dice, vemos que el esposo “dio juramento” (prometió fidelidad) a la esposa y entró en un pacto que no se proponía romper.  Es significativo que la ceremonia bíblica nupcial era un gozoso acontecimiento público en que la pareja solemnizaba su pacto con Dios y la comunidad.

ES UNA RELACIÓN DE MUTUO AMOR Y ENTREGA

El matrimonio es una relación de mutuo amor y entrega. Quizá mejor se describe en las palabras del apóstol Pablo en su epístola a los Efesios, de que “las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Efesios 5:22), y de que la mujer “respete” a su marido (Efesios 5:33). Luego, para que sus instrucciones no sean malinterpretadas, Pablo escribe a los maridos: “Amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25), y “también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:28). Por encima de esta descripción de los hombres y las mujeres llenos del Espíritu, Pablo declara: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21).

ES EL CIMIENTO DE LA FAMILIA

El matrimonio es el cimiento de la familia, en términos de procreación y de crianza. Lo ideal es que los niños nazcan en una familia intacta con ambos padres presentes. Estos dos padres deben ser los primeros en proveer la crianza. Este orden de vida familiar se observa a través de la Biblia, con énfasis particular en la crianza de los hijos, sobre la base de pasajes como Deuteronomio 6:1-9; Malaquías 2:15; y Efesios 6:1-4. El propósito de Dios, sin embargo, no garantiza que el pecado no dividirá y distorsionará a muchas familias que, en tales casos, no deben ser despreciadas, tomadas en poco, o descuidadas, sino que deben recibir apoyo con sabio consejo y amorosa comunión.

DIOS ABORRECE EL DIVORCIO

Dios aborrece el divorcio. En ningún otro pasaje se declara con tanta claridad la actitud de Dios hacia el divorcio como en Malaquías 2:14-16:

“Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto.  ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.  Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales.”

Este pasaje muestra que el divorcio es traición (infidelidad engañosa) contra el cónyuge.  También es algo violento que viene de un espíritu equivocado.  Y aún peor, estorba la crianza de los niños nacidos en la unión matrimonial y hacia quienes los padres tienen la obligación de criar como creyentes en un hogar cristiano.  Las familias divididas por lo general son perjudiciales para los hijos. Los propósitos de Dios para el matrimonio son entorpecidos cuando deliberadamente se rompe el pacto matrimonial. Solamente se puede llevar a cabo el propósito divino cuando la pareja está sometida a Cristo y el uno al otro, como se describe en Efesios 5:21-31. No obstante, el que Dios aborrezca el divorcio no debe interpretarse como condenación de los que no tienen culpa, sino que son víctima del divorcio por los actos impíos del cónyuge. Las leyes y enseñanzas del Antiguo Testamento acerca del divorcio tienen como fin dar una medida de protección a los inocentes, y no añadir culpa sobre quienes han sido víctima de circunstancias de las que tuvieron poco o ningún control.

La Ley reconocía el hecho de que el divorcio era una práctica en Israel, así también otras prácticas comunes del mundo antiguo. En esos tiempos, la mujer estaba bajo la autoridad de su esposo, y como no tenía recurso legal propio, por capricho o antojo podía ser abandonada a morir de hambre o a dedicarse a la prostitución. Al dar la Ley a Israel, Dios aceptó a las personas tal como eran en una región pagana, puso restricciones en sus prácticas erradas, protegió a los débiles e inocentes, y trató de dirigirlos de manera justa y amorosa. La ley del divorcio del Antiguo Testamento era un necesario cerco de protección contra la naturaleza pecaminosa del hombre. La provisión de la Ley era que, aun cuando el marido era el único que podía iniciar el divorcio, podía hacerlo únicamente bajo circunstancias cuidadosamente prescritas (Deuteronomio 24:1-4; cf. 22:13-19, 28,29; Génesis 21:8-21).

JESÚS Y EL DIVORCIO

La naturaleza regulativa de la Ley se ve en el enfrentamiento de Jesús con los fariseos que erraron al decir que Moisés mandaba que un hombre diera una carta de divorcio a su mujer, otorgándole así la libertad de repudiarla (Mateo 19:1-9).  Jesús señaló que Moisés solamente permitía (epitrepõ) que lo hiciera, y aun así no por “cualquier causa”, como era la práctica común en aquellos tiempos (Mateo 19:3,7,8). Con precisión Jesús leyó las provisiones del divorcio de Deuteronomio 24:1-4, donde el hebreo es una simple secuencia que no ordena el divorcio, sino sencillamente reconoce que ocurre bajo ciertas circunstancias.

De forma clara Jesús prohibió el divorcio, al cual calificó como contrario a la voluntad y a la palabra de Dios. Expresó esto claramente en Mateo 19:5,6 y Marcos 10:6-9, en donde dice: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” Jesús aclaró que el cónyuge (o los cónyuges) que rompe el pacto matrimonial comete adulterio (Marcos 10:11).

LA ENSEÑANZA PAULINA ACERCA DEL DIVORCIO

Pablo prohibió que una pareja cristiana se divorciara:

“Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor [Pablo tenía una sentencia de Jesús para apoyar lo que decía]: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer” (1 Corintios 7:10,11).

Pablo reconocía que algunos cristianos se estaban divorciando, pero aparentemente no por razones válidas. Por tanto, él mandó que en esos casos estuvieran dispuestos a la reconciliarse. Pablo fue claro al prohibirle a los cristianos que tomaran la iniciativa de divorciarse simplemente porque su pareja no era creyente.

Al parecer algunos nuevos conversos estaban muy dispuestos a hacerlo:

“Y a los demás yo digo, no el Señor [Pablo no tenía una sentencia de Jesús para apoyar lo que decía, pero hablaba bajo la inspiración del Espíritu]: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él [como esposa fiel], no la abandone.  Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone… Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso (1 Corintios 7:12-15).

¿BAJO QUÉ CIRCUNSTANCIAS ESTÁ PERMITIDO BÍBLICAMENTE EL DIVORCIO?

A pesar de desaconsejar el divorcio, en 1 Corintios 7:12-15, Pablo reconoce que, aunque se debe hacer todo esfuerzo para preservar el matrimonio, cuando el cónyuge inconverso no está indispuesto a seguir en la relación el creyente no debe, a toda costa, tratar de detenerlo. En estos casos, el abandono, por implicación, se puede interpretar como motivo para divorcio y segundo matrimonio.

Jesús mismo permitió que el cristiano iniciara el divorcio cuando involucraba la fornicación:

“Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.” (Mateo 5:32; véase también Mateo 19:9)

La palabra griega para “fornicación” en este pasaje es porneia, que en este contexto por cierto incluye adulterio (una porne era una prostituta). No obstante, porneia es un término amplio para varias formas de inmoralidad sexual, generalmente habitual, tanto antes como después del matrimonio (Marcos 7:21; Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:18; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; 1 Tesalonicenses 4:3).  Al expresar las excepciones, Mateo no usó moicheia, el sustantivo griego por adulterio. En otros lugares Jesús diferenció entre porneia y moicheia (Mateo 15:19; Marcos 7:21) y en Mateo 5:32; 19:9 se usa el verbo moicheuō para describir las acciones del cónyuge pecaminoso que impone el divorcio sin causa justa.

Mateo usa porneia en 5:32 y 19:9 para traducir la palabra hebrea ‘erwâ (“alguna cosa indecente”) que se halla en Deuteronomio 24:1. Este pasaje del Antiguo Testamento era el fundamento de la enseñanza de Jesús y su discusión con los fariseos. El significado original de ‘erwâ tiene que ver con “descubrir” y “exponer”, entre otras cosas, la desnudez (Génesis 9:22,23). De modo que la “cosa indecente” de Deuteronomio 24:1 aparentemente era una forma de inmoralidad sexual, o indecencia, pero no adulterio. por lo cual el adúltero hubiera sido apedreado (Deuteronomio 22:22). El amplio alcance semántico de ‘erwâ es característico también de porneia; ambas palabras son generales y parecen incluir deliberadamente una variedad de prácticas inmorales. Por ejemplo, el Código de Santidad de Levítico 18 condena los actos sexuales como incesto, adulterio, homosexualidad, y bestialidad.

En Mateo 5:31,32 y 19:8,9, Jesús habló de la iniciativa del hombre al divorciar a su pareja por motivo de fornicación. En la sociedad judía, normalmente, sólo el hombre tenía derecho legal a hacerlo, aunque ciertas mujeres de alto rango social, como Herodías, parecen haberlo hecho (Mateo 14:3; nótese que en Marcos 10:11,12 Jesús advierte a ambos sexos contra el divorcio sin motivo justo). Es claro que el principio espiritual se aplica a hombres y a mujeres.  Además, debe tenerse en cuenta que Jesús concedió permiso para el divorcio sólo bajo circunstancias específicas en que había de por medio inmoralidad sexual. No obstante, Él no declaró un mandato para el divorcio, ya que esto impediría la posibilidad de reconciliación.

CONCLUSIÓN

El matrimonio fue instituido primeramente en el Jardín del Edén. Es una unión monógama, física, emocional y espiritual entre un hombre y una mujer. Ese es el plan divino (Génesis 2:24). Alguien dijo que Dios diseñó el matrimonio para: El compañerismo (Génesis 2:18); para evitar la fornicación (1 Corintios 7:2-5); la procreación (Génesis 1:28; 1 Timoteo 2:15); la protección de los hijos (1 Timoteo 5:8); la felicidad familiar (Proverbios 18:22; Eclesiastés 9:9) y contribuir al bienestar de la sociedad en general.

Desde el principio podemos ver entonces que la disolución del matrimonio no estaba contemplada ni permitida. Sin embargo, en la Biblia sí vemos que el divorcio es mencionado. Jesús, por ejemplo, aclara la posición de Dios sobre el matrimonio, corrigiendo a los fariseos y explicando que Moisés se vio obligado a permitir que el hombre diera carta de divorcio a su mujer por la dureza del corazón de ellos, no porque fuera el deseo de Dios. Entonces, Jesús da como única razón válida para el divorcio la porneia (inmoralidad sexual), un término que abarcaba una amplia gama de pecados sexuales. Pero aun en sus palabras podemos notar que es más una excepción, no un deseo (Mateo 19:6,8).

En 1 Corintios 7:1-16 Pablo da una amplia y extensa explicación sobre el matrimonio, recalcando que el Plan de Dios es una entrega total del hombre a la mujer y viceversa. La excepción para separarse es para orar y por acuerdo mutuo. En otras palabras, un creyente no debe separarse de su cónyuge por ninguna otra razón, y si se separa para orar, debe haber mutuo acuerdo. No puede ser una decisión unilateral. Pablo añade como una causa de divorcio el que un cónyuge no-creyente abandone al creyente. de acuerdo con Pablo, si el cónyuge que no es creyente decide dejar o abandonar al que sí es creyente, el creyente queda libre de rehacer su vida y volver a casarse.

REFERENCIAS:


[1] Estudios realizados en Norteamérica, por ejemplo, demuestran que alrededor del veintiséis por ciento de los creyentes evangélicos son personas divorciadas (Véase: Barna Group, “New Marriage and Divorce Statistics Released,” [31 de marzo, 2008].

http://www.barna.org/FlexPage.aspx?Page=BarnaUpdate&BarnaUpdateID=295 (acceso el 17 de abril, 2008).

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