Bautismo en el Espíritu Santo, Cesacionismo, Continuismo, Dones Espirituales, Neumatología

¡Ven, Espíritu Santo! | Redescubriendo el papel de la Tercera Persona de la Trinidad en la iglesia de hoy

Por Fernando E. Alvarado

Se dice que el Espíritu Santo es esencial en la vida del creyente individual y de la iglesia en su totalidad, sin embargo, y por muy absurdo que parezca, ¡La Iglesia no siempre ha tratado bien al Espíritu Santo! Alister McGrath, famoso biofísico y teólogo anglicano, profesor de Teología histórica en la Universidad de Oxford, afirmó con total franqueza:

«El Espíritu Santo ha sido, durante mucho tiempo, la «cenicienta» de la Trinidad. Las otras dos hermanas iban al baile teológico, pero el Espíritu Santo siempre tenía que quedarse en casa».[1]

Esta relegación del Espíritu Santo a un papel secundario (o incluso menor) dentro de la iglesia, fue la característica del cristianismo (y particularmente del protestantismo) por siglos.  Incluso los reformadores, en su intento por marcar distancia de Roma y sus falsos milagros y supercherías, terminaron por descartar la vigencia de los dones espirituales y, con ello, rebajaron el papel del Espíritu Santo en sus iglesias. Con la llegada del Avivamiento Pentecostal del siglo XX ha habido un cambio y que la tercera persona de la Trinidad está recibiendo ahora el trato debido. Hoy en día podemos escuchar que la Iglesia clama: «¡Ven, Espíritu Santo!»

El mover del Espíritu Santo en nuestros días es incuestionable e imparable, bendiciendo y empoderando la vida de aquellos que lo abrazan. Sin embargo, muchas denominaciones, iglesias locales y cristianos individualmente, han cerrado las puertas de sus templos, mentes y corazones ante la Tercera Persona de la Trinidad, impidiéndole la entrada. Los cesacionistas, como se hacen llamar, insisten en mantener al Espíritu Santo como la “Cenicienta” de la Trinidad, esa que debe ser escondida, reprimida y marginada, pues su sola presencia avergüenza e incomoda, ya que rompe con la fría liturgia y el sacramentalismo muerto que tanto aman.

A menudo se dice que los pentecostales concedemos primacía a la experiencia por encima de la Palabra. Esto es totalmente falso. Es por el testimonio de la Escritura que creemos y practicamos lo que hacemos. Pero, aun si ese fuera el caso (si la experiencia definiera nuestras creencias), no somos los únicos a quienes se les puede acusar de tal cosa. Jack Deere escribió sobre el origen de la doctrina del cesacionismo:  

«Nadie abrió la Biblia, comenzó a leer y llegó a la conclusión de que Dios ya no estaba haciendo milagros y señales, y que los dones del Espíritu habían cesado. La doctrina del cesacionismo no surgió de un estudio cuidadoso de las Escrituras. La doctrina del cesacionismo se originó en la experiencia».[2]  

El cesacionista (sea bautista, reformado, o simplemente escéptico) debe reconocer, para su vergüenza, que fue la falta de milagros en la experiencia cristiana la que llevó a varios intentos a lo largo de la historia de la Iglesia para explicar que estas señales, prodigios y dones carismáticos, ya no debían ser esperadas en la vida de la Iglesia. Ni siquiera el lector más ingenuo llegaría jamás a las conclusiones cesacionistas por simplemente leer la Biblia. De hecho, más bien lo contrario.[3] La Biblia, de Génesis a Apocalipsis, es declaradamente continuista.

UN EVANGELIO Y UNA PNEUMATOLOGÍA COMPLETA

En oposición a los “saduceos cristianos” modernos (los así llamados cesacionistas) que rehúsan creer en cualquier manifestación sobrenatural de Dios para nuestra época, los pentecostales han proclamado firmemente la continuidad de la naturaleza carismática de la Iglesia, a la cual el Espíritu ha dado poder. La experiencia de incredulidad de otros no puede, no debe ser, ni es normativa para nosotros. Nosotros no mutilamos el mensaje del Evangelio, pues escrito está:

“Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si beben algo venenoso, no les hará daño; además pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos sanarán.” (Marcos 16:17-18, DHH)

No vamos en busca de milagros y prodigios, no seguimos las señales milagrosas ¡Ellas no siguen a nosotros porque creemos! ¡Ellas acompañan nuestra predicación porque ese es el método de Dios! Pablo mismo afirmó:

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.” (1 Corintios 2:1-4)

Para el pentecostal, es esta presencia y actividad de poder del Espíritu Santo lo que caracteriza (o debe caracterizar) la vida del pueblo de Dios en estos, los últimos días. Lucas enfatiza claramente este punto teológico en sus escritos (Hechos 4:8; 31; 6:3, 10, 7:55; 8:14-19; 10-19, 38, 44-46; 13:1-4, 9, 52; 19:16). El cesacionista solo puede ver al Espíritu Santo obrando en el proceso de regeneración y la santificación, pero esto es ver solo una cara de la moneda. El pentecostal no excluye la labor transformadora del Espíritu en la regeneración y la santificación, pero también sabe que si la pneumatología no incorpora la dimensión de dotación de poder de la obra del Espíritu Santo, el resultado será una comprensión miope, incompleta y deficiente de la obra del Espíritu Santo.

LA IGLESIA DEBE SER PENTECOSTAL

Si la iglesia del siglo XXI desea ser una iglesia bíblica debe, por fuerza, ser una iglesia carismática, pentecostal. El cesacionismo hubiera sido ajeno a la comprensión de la iglesia primitiva. A diferencia del “escéptico cristiano” y del “abierto, pero moderado” cristiano de hoy, la Iglesia del Nuevo Testamento no estaba buscando razones para excluir los dones, sino que aquellos primeros creyentes estaban buscando aquellos dones (1 Corintios 12:31; 14:1, 12; 1 Tesalonicenses 5:19-20).

Los razonamientos cesacionistas resultarían tan extraños a la mentalidad cristiana neotestamentaria que resultarían casi blasfemos para un cristiano del primer siglo. Pablo mismo afirma en 1 Corintios 13:8-12, que los dones permanecerán hasta la venida del Señor.[4] No, no es hasta que el último apóstol haya muerto, o hasta que el canon bíblico estuviera completo. Mientras esperamos el regreso de Cristo, los dones seguirán vigentes. Mientras la iglesia necesite ser edificada, hasta que alcance “la estatura del varón perfecto”, los dones carismáticos (sean de poder, de palabra, ministeriales o de servicio) seguirán vigentes (Romanos 12:3-8; Efesios 4:11-15).

Si la iglesia cristiana no es carismática, ni no es pentecostal (y quítese aquí todo matiz denominacional o sectario), entonces no es iglesia completa. Es más bien un evangelio mutilado. Como diría sin tapujos J. Hervill: «Sin milagros [aunque yo más bien diría “sin el poder del Espíritu Santo”], el Evangelio no es más que palabras»[5]

Si la Iglesia proclama ser el templo de Dios en el que Él habita por su Espíritu (1 Corintios 3:16; 1 Pedro 2:1-10), los dones carismáticos deberían funcionar en la vida de la Iglesia actual. La predicación acompañada de señales es una parte normal de la existencia del nuevo pacto, del cual la iglesia es depositaria (Véase: Hechos 2:19, 22, 43; 4:30; 5:12; 6:8; 8:6, 13; 13:6-12; 14:3; 15:12; 19:11-12).

Ante los desafíos de la posmodernidad y apenas cruzando el umbral del tercer milenio, rodeados de un mundo cada vez más malvado, es esencial que los verdaderos creyentes reciban la protección de Dios: su unción con el Espíritu y con poder. Aunque la doctrina es necesaria para conocer el plan de redención de Dios y para tener una relación con Cristo, la doctrina por sí sola no es el objeto de nuestra fe, y no tiene poder para transformarnos o capacitarnos. Para ello hace falta la obra del Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA


[1] Alister E. McGrath, Christian Theology: An Introduction (Oxford: Blackwell, 1994), Pp. 240.

[2] Jack Deere, Sorprendido por el Espíritu Santo. Pp. 99

[3] Véase: Jack Deere, Sorprendido por el Espíritu Santo. Pp. 103-114.

[4] Wayne Grudem, Prophecy in the New Testament, pp. 228-243.

[5] Véase: J. Hervill , “The Signs of an Apostle: Paul’s Miracles” en su obra The Unknown Paul: Ess- ays on Luke-Acts and early Christian History [Minneapolis: Augsburg, 1984], pp. 95.

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