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La doctrina de la santificación en el arminianismo clásico

Por Fernando E. Alvarado

Creemos que esta fe verdadera, producida en nosotros cuando escuchamos la Palabra de Dios y por la obra del Espíritu Santo, nos regenera y nos convierte en nuevas criaturas, haciéndonos vivir una nueva vida y liberándonos de la esclavitud al pecado. Por tanto, la fe que justifica está lejos de hacer que la gente se ponga indiferente hacia una forma de vida piadosa y santa. Todo lo contrario, la fe trabaja de tal forma dentro de ellos que aparte de la fe jamás harán ni siquiera una sola cosa movidos por el amor a Dios sino sólo por el amor a sí mismos y el miedo a ser condenados. De modo que, es imposible que esta fe santa quede sin fruto en el ser humano, puesto que no hablamos de una fe vacía sino de lo que la Escritura llama la fe que actúa mediante el amor, la cual mueve a la gente a que por sí mismos hagan las obras que Dios ha mandado en la Palabra.”

CONFESIÓN BELGA, Artículo 24: La santificación de los pecadores

La teología arminiana reformada se aparta de los modelos wesleyanos y del movimiento de santidad derivado de este al abrazar las categorías más reformadas de Arminio. Asimismo, marca una clara distancia con otros sistemas falsamente identificados como arminianos, pero que rayan en el semipelagianismo. El arminianismo reformado se adhiere además a importantes declaraciones de fe reformadas como la Confesión de Fe Belga y el Catecismo de Heidelberg.

A diferencia de la teología wesleyana-arminiana, tal como se desarrolló en el movimiento de santidad, el arminianismo reformado sostiene la noción tradicional reformada de la depravación total del hombre, que solo la gracia de Dios a través del poder de convicción y atracción del Espíritu Santo puede contrarrestar. Presenta una visión reformada de satisfacción penal de la expiación. Esto implica que la obediencia activa y pasiva de Cristo se imputa al creyente en la justificación.

Los arminianos reformados difieren fuertemente del perfeccionismo y la doctrina de la entera santificación propuesta por el arminianismo wesleyano. También creen que los cristianos perseveran en la salvación solo por medio de la fe. Si bien los creyentes pueden apostatar de la salvación forjada de una vez por todas en Cristo y perderse irremediablemente, esta apostasía se produce solo a través de la deserción de la fe. Esto tiene ramificaciones prácticas para asegurar la salvación: la comprensión del arminianismo reformado de la apostasía difiere un poco de la noción wesleyana de que los individuos pueden caer repetidamente de la gracia al cometer pecados individuales y pueden ser restaurados repetidamente a un estado de gracia a través del arrepentimiento.

A pesar de sus claras similitudes con el arminianismo-wesleyano, el arminianismo clásico no siempre está de acuerdo con su “hermano menor” de origen metodista. De hecho, el arminianismo clásico posee una concepción reformada de la santificación, lo cual lo aleja de Wesley y su teología en este punto. El catecismo de Heidelberg, al cual se adhería el mismísimo Arminio, afirma:

Por la sola verdadera fe en Jesucristo, de tal suerte que, aunque mi conciencia me acuse de haber pecado gravemente contra todos los mandamientos de Dios, no habiendo guardado jamás ninguno de ellos, y estando siempre inclinado a todo mal, sin merecimiento alguno mío, sólo por su gracia, Dios me imputa y da la perfecta satisfacción, justicia y santidad de Cristo como si no hubiera yo tenido, ni cometido algún pecado, antes bien como si yo mismo hubiera cumplido aquella obediencia que Cristo cumplió por mí, con tal que yo abrace estas gracias y beneficios con verdadera fe.”

Catecismo de Heidelberg, Pregunta # 60: ¿Cómo eres justo ante Dios?

SANTIFICACIÓN INICIAL, PROGRESIVA Y FINAL

De acuerdo con la Biblia y la teología arminiana clásica, la santificación es un estado de separación para Dios. Todos los creyentes entran en este estado cuando son nacidos de Dios: “Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” (1 Corintios 1:30). Esta es una separación definitiva, eternamente apartados para Dios. Es una parte intrínseca de nuestra salvación, nuestra conexión con Cristo (Hebreos 10:10).

La santificación también se refiere a la experiencia práctica de esta separación en Dios, siendo el resultado de la obediencia a la Palabra de Dios en la vida de uno, y ha de ser buscada fervientemente por el creyente (1 Pedro 1:15 y Hebreos 12:14).

Hay un sentido más que comprende la palabra “santificación” en la Escritura. Pablo ora en 1 Tesalonicenses 5:23, “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” Pablo también escribe en Colosenses 1:5, “la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio.” Posteriormente habla del mismo Cristo como “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27) y luego menciona el hecho de esa esperanza cuando dice, “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Colosenses 3:4). Este estado glorificado será nuestra separación última del pecado, la satisfacción plena en todo aspecto. “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.” (I Juan 3:2).

Así pues, la santificación en el Arminianismo Clásico o Reformado implica 3 etapas:

(1) Primero, una separación posicional definitiva en Cristo al momento de nuestra salvación.

(2) Segundo, una santidad práctica progresiva en la vida de un creyente mientras aguarda el regreso de Cristo.

(3) Y finalmente, una separación eterna del pecado cuando lleguemos al cielo.

Asimismo, el pecado puede dividirse en dos categorías: pecado como la condición del hombre en un mundo caído y pecado como aquellos actos que se cometen debido a esa condición. El primero implica el estado de corrupción, el segundo los productos de este. Todo proceso de santificación del cristiano para contrarrestar el pecado comienza con la justificación del pecador por gracia y mediante la fe.

EL MODELO DE SANTIFICACIÓN ARMINIANO REFORMADO

Un cristiano ha sido justificado ante Dios por medio del sacrificio redentor de Cristo en la cruz y obtiene nueva vida en su resurrección. La muerte y resurrección del Señor quitan la penalidad del pecado y su justicia es otorgada como regalo divino. Dios declara justo al ser humano en Cristo.

Además de ser justificado, el cristiano también es santificado. Dios lo hace santo en Él. Es santo en los méritos de Jesús y no por su propio esfuerzo. Tiene una nueva identidad ahora que está en unión con Cristo: está separado de la atadura del pecado y ha sido transferido al Reino del Hijo (Col. 1:13).

La santificación es el ocuparse de lo que significa ser una nueva criatura en Cristo, es el trabajo de Dios por el cual nos hace santos, esa operación de gracia del Espíritu Santo que incluye nuestra participación responsable, por la cual nos libera, como pecadores justificados, de la polución del pecado, y renueva nuestra naturaleza de acuerdo con la imagen de Dios y nos capacita para vivir de manera agradable a Él. La santificación, por lo tanto, tiene dos aspectos que se deben considerar: la santificación posicional y la santificación progresiva.

La santificación posicional (también llamada santificación definitiva) es el regalo de Dios, quien mediante su gracia declara al cristiano santo (ver 1 Co. 1:2; 6:11; He. 10:10; 2 Co. 5:17; Hch. 20:32; 26:18; Ro. 6). Para todos los que han aceptado la gracia de Dios se ha quebrado el poder de la esclavitud del pecado y poseen una unión definitiva con Cristo. Esto ocurrió objetivamente en el acto redentor de Cristo, pero subjetivamente cuando se lo acepta como Señor y Salvador mediante la fe. Todo don de Dios se convierte también en tarea.

La santificación progresiva (también llamada santificación incremental) es aquel proceso de vida en el cual se desarrolla la fe con temor y temblor (1 Ts. 4:3; 5:23; 2 Ti. 2:21). 1 Corintios 1:2 y 6:11 se usan como textos clave que explican que aquellos que han sido santificados en Cristo Jesús deben continuar haciendo de esa santificación una realidad. 1 Reyes 8:46, Salmos 19:12 y Proverbios 20:9 dan otros ejemplos bíblicos de que el pecado sigue presente en la vida del cristiano y por lo tanto, la santificación progresiva sigue siendo necesaria.

Para resumir, el proceso de santificación está arraigado en la justificación, pero incluye un proceso de convertirse cada día más como Cristo, en el poder del Espíritu Santo, teniendo victoria sobre el pecado y viviendo vidas agradables a Dios. Por lo tanto, es una verdad histórica y escatológica que el cristiano ya es santo por medio de Cristo. Pero también es una responsabilidad en el presente convertir esa verdad en una realidad concreta en la vida diaria.

La relación entre lo que hace Dios y lo que hace el cristiano se puede mostrar con la ilustración de la niña que quiere ayudar al papá a cargar su maletín. Primero prueba con una mano y no puede, luego con la otra y no llega muy lejos. Finalmente lleva el maletín con ambas manos y le pide al papá que la levante y la lleve hasta la casa. Cada uno está haciendo algo, pero realmente es el papá quien lleva el peso. De la misma manera, el cristiano participa, pero Dios lleva el peso por la obra de Cristo. Otros lo ilustran diciendo que Cristo ya hizo el depósito en el banco (justificación y santificación posicional) pero el cristiano tiene que ir al banco y canjear esos recursos (santificación progresiva).

“… Ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz …” (Ef. 5:8). El indicativo que dice que el cristiano ya es luz se convierte en un imperativo: “Vivan como hijos de luz”. La salvación comienza con la realidad de la justificación por la fe.

La justificación, por un lado, significa perdón, remisión y la no imputación de todos los pecados, reconciliación con Dios y el fin de su enemistad e ira (Hch. 13:39; Ro. 4:6s.; 2 Co. 5:19; Ro. 5:9ss.). Por el otro lado, significa que se le otorga de gracia al hombre el estado de un hombre justo y el derecho a todas las bendiciones prometidas al justo: un concepto que Pablo amplía ligando la justificación con la adopción de los creyentes como hijos y herederos de Dios (Ro. 8:14ss.; Gá. 4:4)

La justificación por la fe implica una santificación posicional que forma el ancla para una santificación progresiva. Este es un proceso que dura toda la vida. La justificación por la fe hace necesaria la santificación progresiva. La santificación posicional hace que la santificación progresiva sea posible. El cristiano es nueva criatura en el Señor, pero sigue siendo perfeccionado en Él.

El énfasis del modelo de santificación Arminiano Reformado radica en un empuje para el crecimiento constante en la madurez cristiana, sin ningún énfasis en una segunda bendición o algún otro paso especial posterior a la conversión. Asegura que se puede lograr crecimiento importante en la vida espiritual pero que la perfección sólo se logrará en la vida venidera.

Descansando en la seguridad de la santificación posicional, el verdadero cristiano hace un esfuerzo continuo por madurar en el Señor y experimentar lo que ya es una realidad en el sentido cósmico. En lugar de ver al cristiano ante nada en el microcosmo de su propio progreso, la doctrina Arminiana Reformada mira al creyente primeramente en el macrocosmo de la historia redentora de Dios.

La santificación es vivir vidas que sigan el patrón de Cristo. Es un proceso que dura toda la vida y que contrarresta los efectos de la caída del hombre. Busca restaurar la imagen de Dios en el ser humano, demostrar la unión con Cristo y desarrollar la mente de Cristo.

¿QUÉ PIENSA EL ARMINIANISMO REFORMADO ACERCA DEL PERFECCIONISMO WESLEYANO?

Una doctrina característica del movimiento wesleyano es su perfeccionismo. La doctrina del perfeccionismo sostiene que la santidad, o “el amor perfecto”, producido por la gracia de Dios, puede ser alcanzada por todos los cristianos en esta vida y libera a los creyentes del pecado voluntario. Una posición modificada sostiene que después de esta segunda bendición el creyente es más y más victorioso sobre el “pecado voluntario”. Cualquier pecado que permanezca en esa persona será un pecado accidental o un pecado cometido por ignorancia. Para sus críticos, sin embargo, el perfeccionismo wesleyano entraña dos errores primarios:

(1) Primero, reduce las demandas rigurosas de la ley de Dios. Cualquier entendimiento real de la anchura y la profundidad de la ley de Dios ya estaría excluyendo la doctrina perfeccionista.

(2) Segundo, tiene una visión inflada sobre los logros espirituales propios. Para sostener esta posición resulta necesario sobrestimar la justicia propia.

Las objeciones del arminianismo clásico al perfeccionismo wesleyano pueden reducirse a tres argumentos principales. En primer lugar, los que se adhieren al perfeccionismo wesleyano construyen un alto muro de separación entre la justificación y la santificación. Esta bifurcación entre entrar en la vida cristiana y vivir la vida cristiana separa lo que debe mantenerse unificado. No podemos dividir a Jesús y tenerlo a Él como nuestra justicia, sin tenerlo al mismo tiempo como nuestra santificación. Esta división surge de una visión deficiente de Cristo y la cruz.

Todos aquellos en Cristo tienen todo lo que necesitan para vivir la vida cristiana y buscar la santidad. Primero, en referencia a Cristo, cuando lo recibimos en la salvación, recibimos su persona y sus beneficios. Cuando lo tenemos, lo tenemos todo. El perfeccionismo wesleyano enseña que en la salvación no lo recibimos todo, sino que tenemos que esperar hasta una segunda bendición, o esperar un momento posterior de empoderamiento para vivir plenamente la vida cristiana. Además, el perfeccionismo promueve una visión deficiente de lo que Cristo realizó en la cruz. En la enseñanza de la “vida victoriosa”, la muerte de Cristo solo tiene que ver con la salvación de la culpa del pecado; la salvación de la corrupción del pecado viene después. Esta es una concepción fatalmente inadecuada de la salvación, pues enfoca tanto la atención en la liberación del castigo del pecado y de los continuos actos de pecado, que descuida la liberación del pecado mismo, esa corrupción de corazón que nos hace pecadores.

Los arminianos clásicos no somos ingenuos. Entendemos que el cristiano, aunque salvo de la culpa y la corrupción del pecado, continúa pecando. Sin embargo, defendemos una visión de la santificación muy diferente a la de los defensores del perfeccionismo wesleyano. En la opinión de estos últimos, hay dos clases de cristianos: unos en el plano superior que experimentan la victoria en Jesús, y otra clase que se revuelca abajo. Esta enseñanza nos resulta frustrante, ya que socava la obra de Cristo, sin mencionar el papel del Espíritu Santo en la vida del creyente. Desde la perspectiva arminiana reformada, tales clases de creyentes no existen. Todos aquellos en Cristo tienen todo lo que necesitan para vivir la vida cristiana y buscar la santidad.

En segundo lugar, para el arminianismo clásico el perfeccionismo wesleyano pone demasiado énfasis en la voluntad humana, y constituye, involuntariamente, una “tendencia pelagiana”. En todas partes y siempre, la iniciativa pertenece al hombre; en todas partes y siempre la acción de Dios se suspende por la voluntad del hombre.

Un tercer punto de desacuerdo entre el perfeccionismo wesleyano y la concepción arminiana reformada de la santificación, es la tendencia que tiene el perfeccionismo de separar la vida cristiana de la vida cotidiana. Nuestra crítica más aguda al perfeccionismo wesleyano puede resumirse en las siguientes palabras de B. B. Warfield:

“Ellos aman la tormenta, el terremoto, y el fuego. No pueden ver lo divino en ‘un sonido de apacible quietud’, y se adaptan con dificultad cuando Dios alarga su obra de gracia” (B. B. Warfield, Obras, vol. 8, p. 561)

Dicho de otra manera, la enseñanza del perfeccionismo se presta bien a las experiencias en la cima de la montaña, a la emoción de la reunión del campamento, o al calor de los fuegos de avivamiento; pero no le va tan bien en la experiencia ordinaria, no le dice al creyente cómo vivir en el valle.

La visión arminiana clásica de la santificación apunta en una dirección diferente. Nos recuerda que no solo vivimos vidas santas los domingos, o en la conferencia de una semana, sino también de lunes a viernes, que son todos los lunes a viernes de nuestras vidas. Nos recuerda que debemos esforzarnos por la santidad en las experiencias ordinarias de nuestras vidas.

Apreciamos a nuestros hermanos wesleyanos, a la vez que reconocemos su férreo empeño por la santidad; sin embargo, no podemos concordar con ellos en este aspecto, pues creemos que la Biblia y la experiencia cristiana nos muestran un camino diferente.

BIBLIOGRAFÍA

  • B. B. Warfield, The Works of Benjamin B. Warfield, vol. 8, Perfectionism, Baker Book House, 1981.
  • Donald Alexander, Christian Spirituality: Five Views of Sanctification, IVP Academic, 1989.
  • Everett Harrison y Geoffrey W Bromiley, Diccionario de Teología, Libros Desafio, 2015.

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