Bautismo en el Espíritu Santo, Cesacionismo, Continuismo, Dones Espirituales, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico

La voz del Pentecostés se oye ¿Cómo la escuchas tú?

Por Fernando E. Alvarado

El don de lenguas o glosolalia es uno de los dones espirituales que el apóstol Pablo menciona en su primera carta a los Corintios entre los capítulos 12 al 14. La primera vez que se dio este don es cuando se cumplió la promesa de Jesucristo a sus discípulos, pidiéndoles tras su resurrección que no se fueran de Jerusalén sino que esperaran la promesa del Espíritu Santo (Hechos 1), que era la llegada permanente de la presencia de Dios en la vida de la iglesia. Esto sucedió en la fiesta judía de la cosecha, llamada Pentecostés (pente en griego = cincuenta), por ser cincuenta días después de la pascua.
Quienes critican el ejercicio de este don entre los pentecostales modernos a menudo insisten en que en aquella ocasión el Espíritu Santo les dio a los discípulos la habilidad sobrenatural de proclamar el mensaje de Dios en idiomas extranjeros, que ellos no conocían, a judíos que visitaban Jerusalén durante las fiestas y que venían de otras naciones, y regiones en las que se hablaban distintos idiomas. Con ellos buscan desacreditar lo que ellos llaman “jerigonzas” o balbuceos que se oyen en las iglesias pentecostales cuando ocurre el fenómeno conocido como “glosolalia”.

Algunos estudiosos del tema creen hoy que lo que ocurrió el día de Pentecostés fue muy diferente de lo que generalmente se piensa. Y que cuando los 120 en el aposento alto hablaron en lenguas no lo hicieron realmente en idiomas terrenales, sino que experimentaron manifestaciones extáticas ininteligibles, tal como ocurre en muchas iglesias pentecostales hoy. Afirman que, lo que realmente pasó, fue que aquellos que escucharon a los creyentes llenos del Espíritu, recibieron de Dios la facultad sobrenatural de entender, en su propio idioma, el lenguaje celestial hablado por los cristianos en Pentecostés. ¿Suena descabellado? Quizá no tanto como algunos creen… De hecho, hay ciertos elementos en el texto que parecen favorecer esta interpretación.

Los acontecimientos de Pentecostés como están registrados en Hechos 2 representan el “Pentecostés” en que la mayoría de las personas piensa cuando oyen la palabra Pentecostal. Sin embargo, la realidad es que Pentecostés tiene una historia y un significado mucho más ricos. En la primera Pascua, los hebreos hicieron su éxodo de la esclavitud de Egipto. Cincuenta días después esta nación recién emancipada se asentó a la sombra del Monte Sinaí. Habían pasado casi dos meses desde su liberación y los hijos de Israel ya se estaban sintiendo frustrados. Moisés descendió del Sinaí y les dio los mandamientos de Dios (no los Diez Mandamientos todavía, sino las promesas y las condiciones del pacto), y el pueblo los aceptó voluntariamente.

Dios entonces le dice a Moisés que informe al pueblo que Él quiere hablarles de tal manera que el pueblo por sí mismo pueda oírlo hablar. Dios le dio a Moisés instrucciones de que el pueblo se santificara en varios aspectos, y al tercer día (que por su distancia temporal de la Pascua equivaldría a Pentecostés) Dios descendería sobre el monte y hablaría. Así fue que al tercer día, el pueblo se congregó como Dios lo había indicado. Dios descendió sobre el monte, y el pueblo vio el fuego y oyó el trueno y el sonido de trompetas. Según Éxodo 19:16, este sonido fue tan fuerte que el pueblo que estaba en el campamento tembló.

Aquí la narración se torna poco clara si el lector no entiende las variaciones de los enfoques literarios judíos. En Éxodo 19:19 dice que cuando Moisés hablaba: “Dios le respondía con voz tronante”. Lo que está implícito aquí es que algunos solamente oían ruido (trueno, viento y trompetas), y otros oían la voz de Dios. El capítulo 19 sigue diciendo que Moisés subió al monte para hablar con Dios. Luego en el último versículo del capítulo 19, dice que Moisés volvió a descender del monte para hablar con el pueblo. El capítulo 20 inicia: “Y habló Dios todas estas palabras, diciendo…”. Lo que tenemos aquí es una clásica figura literaria oriental —similar a la elipsis— donde, esencialmente, el primer versículo del capítulo 20 (recuerde, los capítulos y versículos no existían en el texto hebreo) es la continuación de la historia que comenzó en Éxodo 19:19. Entonces, cuando allí dice que “Dios le respondía con voz tronante”, lo próximo que sucede cronológicamente es Éxodo 20:1. Entonces, ¿qué era lo que Dios quería que los israelitas oyeran? Éxodo 20:2-17 nos revela que las palabras que Dios habló a los israelitas eran los Diez Mandamientos.

En resumen, ¡Dios quería que su palabra viviera dentro de ellos! Pero el pueblo tenía demasiado temor. Una vez más, algunos sólo oían estruendo y ruidos fuertes. “Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos”. Avanzando aproximadamente mil quinientos años hasta los acontecimientos de Hechos 2, vemos a los apóstoles y los discípulos reunidos en el aposento alto. Cristo mismo los ha santificado y les ha dicho que esperen. El texto sagrado nos dice: “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.” (Hechos 2:3). La palabra “asentándose” se traduce del girego kadsízo, que puede significar sentarse o cernirse sobre, pero aquí en esta forma significa morar. De modo que este fuego bajó para morar en los creyentes: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” (Hechos 2:4). Los 120 “comenzaron a hablar”. Está fuera de cuestión que las personas estaban diciendo algo, pero, ¿qué? El texto sagrado nos dice: “Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.” (Hechos 2:6). Una gran cantidad de personas oyó hablar a estos hombres y mujeres en su propio lenguaje, el de los oyentes. Los versículos 6-12 implican que diferentes oyentes oían a diferentes hablantes hablar en su propia lengua nativa, la de los oyentes.

Esto parece facilitar el trabajo de quienes dicen que la glossa (las lenguas) dada en Pentecostés eran lenguas terrenales. Pero eso no es todo lo que dice el texto: «Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.” (Hechos 2:13) ¿Alguna vez se preguntó qué oían los demás? Hemos dicho que es incuestionable que los que estaban presentes en el aposento alto decían algo; entonces, ¿por qué algunos oían su propio idioma y otros la clase de balbuceo que los hacía creer que los discípulos estaban borrachos de mosto? Comparemos los dos sucesos. En el primer Pentecostés de Éxodo, Dios trató de poner su Palabra en los corazones de sus hijos, pero ellos se rehusaron por temor. El Pentecostés de Hechos 2 encontró a sus hijos listos para recibir. Dicho claramente, el Pentecostés, así como el bautismo del Espíritu Santo, es Dios abriendo las ventanas de los cielos para colocar el mismo Espíritu que levantó a Jesús de la muerte, en las vidas de quienes están dispuestos a aceptarlo.

A muchos les parece risible el “balbuceo” de muchos pentecostales, pero el verdadero problema nos es la forma en que nosotros ejercemos el don de lenguas (o glosolalia). El problema es que ellos, al igual que los israelitas de antaño, se niegan (por temor o incredulidad), a escuchar la voz de Dios expresada a través de este fenómeno. De este modo se cumple lo dicho por el profeta: «Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo, a los cuales él dijo: Este es el reposo; dad reposo al cansado; y este es el refrigerio; mas no quisieron oír.» (Isaías 28:11-12; Véase 1 Corintios 14:21). Dios no prometió hablarnos en la lengua culta del erudito, sino en la lengua del tartamudo (y lo sigue haciendo hoy a través del pueblo pentecostal).

En aquellos que se burlan de lo que Dios hace hoy entre su pueblo, o buscan negarlo con argumentos falaces, se cumple la palabra del Señor dicha a aquellos que rehúsan ser sensible a la voz del Espíritu: “al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» (Marcos 4:25). Quien teme o viene prejuiciado ante las manifestaciones del Espíritu solo hallará cosas que no entenderá. El que acude dispuesto y sin prejuicios, sin duda oirá a Dios “en su propia lengua” y será edificado. Y usted ¿está dispuesto? ¿Oirá el mensaje de Dios, o sólo balbuceos que le harán pensar que los pentecostales estamos llenos de mosto?

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