Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Sufrimiento que obra para bien.

Por: Fernando E. Alvarado.

A nadie le gusta el sufrimiento ¿O sí? Vivimos en un mundo que ama las fiestas, la comodidad, el placer, la felicidad, el lujo y la prosperidad ¡Pero que jamás quisiera probar ni una sola gota de sufrimiento! Muchos “cristianos” incluso han creado su propio Evangelio para que les prediquen prosperidad, salud, bienestar y riqueza; pero ese es un falso Evangelio acorde con los intereses y cosmovisión del mundo. Detrás de él se esconde una falta de comprensión total sobre los propósitos y el modo de proceder de nuestro Dios. La verdad es está: Dios usa el sufrimiento para nuestro bien. Quizá nos cueste verlo así, pero es una convicción que calma nuestras mentes y anima nuestros corazones: de alguna manera Dios tiene su mano en nuestro sufrimiento. Cualquier circunstancia que experimentamos no viene sin la mano de Dios, así como una sierra no puede cortar sin la mano del carpintero. Job en su sufrimiento no dijo: “El Señor dio y el diablo quitó”, sino, “El Señor dio, y el Señor quitó”. El sufrimiento nunca viene a nuestro camino sin el propósito y providencia de Dios, y por eso, el sufrimiento es siempre significativo, nunca sin sentido.

Pero ¿De qué manera saca Dios algo bueno de nuestro sufrimiento? Quizá no lo hayas considerado antes, pero el sufrimiento es un excelente predicador y maestro. Un lecho de enfermo a menudo enseña más que un sermón, y el sufrimiento primero nos enseña acerca de nuestro pecado y pecaminosidad, pues tiene el talento de sacar a luz lo que verdaderamente hay en nuestros corazones. Moisés nos habla de esto mismo al afirmar: “el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2, NVI). Si lo piensas bien, descubrirás que el sufrimiento nos enseña acerca de nosotros mismos, porque en tiempos de salud y prosperidad, cuando todo parece estar bien, es fácil alabar a Dios. Pero en el sufrimiento llegamos a ver la ingratitud y la rebelión real de nuestros corazones. En medio de la desgracia, muchos al igual que la mujer de Job, sacamos a relucir nuestra falta de conversión e ingratitud hacia Dios: “Su esposa le reprochó: —¿Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9, NVI)

La prosperidad y el bienestar son engañosos. Raras veces revelan lo que verdaderamente somos o el estado de nuestra relación con Dios. ¿Has visto la luna llena? ¡Hermosa en verdad! El plenilunio o luna llena es una fase lunar que sucede cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. Y aunque se ve hermosa y radiante, en ese momento la luna está más alejada del sol que en otras ocasiones (¡Nada menos que a 150,004,588 km de distancia!). Pero más allá de la distancia que los separa en ese momento, también hay algo que se interpone entre ella y su fuente de luz: el mundo. La Tierra se interpone entre ambos en ese momento. Del mismo modo, muchas personas en la luna llena de la prosperidad están más alejadas de Dios. Pero cuando Dios comienza a quitar nuestras comodidades mundanas, es entonces que nos encontramos con Él y hacemos la paz con Él. Hasta que el hijo pródigo padeció necesidad, volvió a la casa de su padre (Lucas 15:13), y hasta que la paloma no encontró ningún lugar para descansar, voló al arca (Génesis 8:9). Del mismo modo, cuando Dios trae una avalancha de sufrimiento sobre nosotros, es entonces que volamos al arca, a Cristo.

El sufrimiento nunca será algo agradable, pero el fruto que produce en aquellos que aman a Dios siempre será dulce, pues “sabemos que Dios obra en toda situación para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito” (Romanos 8:28, PDT). Para otros, el sufrimiento será el único sermón que estarán dispuestos a escuchar, pero marcará el camino de vuelta a casa:

“Por eso, ahora voy a seducirla: me la llevaré al desierto y le hablaré con ternura. Allí le devolveré sus viñedos, y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza. Allí me corresponderá, como en los días de su juventud, como en el día en que salió de Egipto. »En aquel día —afirma el Señor—, ya no me llamarás: “mi señor”, sino que me dirás: “esposo mío”. Te quitaré de los labios el nombre de tus falsos dioses, y nunca más volverás a invocarlos. Aquel día haré en tu favor un pacto con los animales del campo,
con las aves de los cielos y con los reptiles de la tierra. Eliminaré del país arcos, espadas y guerra, para que todos duerman seguros. Yo te haré mi esposa para siempre, y te daré como dote el derecho y la justicia, el amor y la compasión.” (Oseas 2:14-19, NVI).

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