Culto a los Muertos, Demonología, Espiritismo y Ocultismo, Guerra Espiritual, Paganismo, Satanismo, Sincretismo, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Los cristianos y el Halloween

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Hace unos días, como cada 31 de octubre en el mundo anglosajón (y en algunos países de Latinoamérica influenciados por la cultura estadounidense) se celebró la fiesta pagana conocida como Halloween. Incluso algunos que se identifican a sí mismos como “cristianos” también lo celebraron. Ya en años anteriores hemos oído de uno que otro artista “cristiano” desubicado que considera inofensiva, y hasta ha recomendado, la celebración de dicha fiesta. Pero lo cierto es que, si te llamas a ti mismo cristiano, no puedes, ni debes celebrar el Halloween.

¿HALLOWEEN? ¿POR QUÉ NO?

Halloween es una fiesta de origen pagano que se celebra la noche del 31 de octubre, la víspera del Día de Todos los Santos según el calendario católico, y que tiene sus raíces en el antiguo festival celta conocido como Samhain (pronunciado “sow-in”), que significa “fin del verano” y se celebraba al finalizar de la temporada de cosechas en Irlanda para dar comienzo al “año nuevo celta”, coincidiendo con el solsticio de otoño.

Durante esa noche se creía que los espíritus de los difuntos caminaban entre los vivos, y se realizaban fiestas y ritos sagrados que incluían la comunicación con los muertos. Además, era habitual colocar una vela encendida en las ventanas para que los muertos “encontrasen su camino”. Aunque muchas personas consideren que el Halloween es una diversión inofensiva, la verdad es que las prácticas asociadas a esta celebración no lo son. La Biblia dice claramente:

“Nadie entre los tuyos deberá… servir de médium espiritista o consultar a los muertos…” (Deuteronomio 18:10-12, Nueva Versión Internacional)

Y también advierte:

“No quiero que ustedes tengan algo que ver con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor, y también de la copa de los demonios” (1 Corintios 10:20, 21, Reina-Valera Contemporánea).

Analicemos brevemente el origen del Halloween y sus costumbres.

SAMHAIN

Según la mitología celta, se creía que durante la fiesta pagana de Samhain (la cual se celebraba hace más de dos mil años) los espíritus del Más Allá podían recorrer la tierra y los humanos podían visitar el mundo de los muertos. Para ellos era un día en donde los mundos sobrenaturales chocaban el uno contra el otro. La muerte y los espíritus eran centrales en las ceremonias de Samhain, y siguen siendo temas atractivos para los que celebran Halloween.

Halloween celebra todo relacionado con la muerte y el mundo de las tinieblas. Esta exaltación de lo oscuro contradice lo que la Biblia nos enseña. Jesucristo vino para vencer al príncipe de las tinieblas, Satanás, y precisamente lo hiso al resucitar de la muerte. La esperanza que ofrece Jesús es de gozo, alegría, paz, seguridad y vida eterna. No de miedo, tormento, oscuridad y mucho menos la muerte. La tradición de Samhain ha sobrevivido en los tiempos modernos en las fiestas de Halloween y del Día de Difuntos. Sin embargo, la Biblia enseña que los muertos no pueden interactuar con los vivos (Eclesiastés 9:5).

DISFRACES, GOLOSINAS Y TRAVESURAS

Algunos celtas se disfrazaban de criaturas sobrenaturales para que los espíritus que deambulaban por la tierra creyeran que ellos también eran espíritus y no les hicieran maldades. Otros pretendían apaciguarlos ofreciéndoles dulces. En la Europa medieval, el clero católico terminó adoptando muchas costumbres paganas y animó a sus feligreses a disfrazarse en la víspera del día de Todos los Santos e ir por las casas pidiendo pequeños regalos a cambio de una oración por los difuntos. Pero la Biblia prohíbe mezclar las creencias paganas con el culto al Dios verdadero (2 Corintios 6:17).

FANTASMAS, VAMPIROS, HOMBRES LOBO, BRUJAS Y ZOMBIS

A estos personajes siempre se les ha relacionado con los espíritus malignos. Y la Biblia dice claramente que debemos luchar contra tales espíritus (Efesios 6:12). Así que no estaría bien hacerles una fiesta. Mucho se puede decir sobre lo que nos sucede después de morir. La parábola de Jesús sobre el rico y Lázaro, por ejemplo, nos dice que después de la muerte los justos pasaran a un lugar donde serán confortados y los injustos irán al lugar de tormento mientras esperan el juicio final. Los que han pasado a la eternidad están sujetos a estos lugares. Cuando el rico pidió que Lázaro fuera a advertir a sus familiares sobre las consecuencias de vivir injustamente, Abraham no se lo permitió.

Los detalles en las parábolas de Jesús no son coincidencias. Después en Hebreos 9:2, el apóstol Pablo dice:

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”

No hay desorden aquí. No hay fantasmas vagando por el mundo tratando de comunicarse con los vivos. El mundo espiritual esta sujeto a un orden donde Dios tiene toda autoridad. La Biblia sí dice que Satanás y sus demonios se disfrazan como ángeles de luz para engañar. En 1 Corintios 11:14-15 la Palabra de Dios nos dice:

“Porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan de ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.”

Satanás y sus demonios no son mito, si existen. Se aprovechan de personas que creen en fantasmas y zombis pues estos son un engaño de las tinieblas. Tienen como propósito atormentar al ser humano, mantenerlo bajo la opresión del miedo, y evitar a que lleguen a tener un conocimiento verdadero de quien es Dios. Así que el Halloween, de una forma que aparenta ser inofensiva, celebra las cosas que son usadas por el enemigo para causar daño. Bíblicamente, un cristiano no tiene razón para creer en fantasmas ni en zombis. Tampoco tiene razón para estar asustado pues los evangelios nos enseñan que Jesús tiene toda autoridad sobre Satanás y los demonios y que estos ya han sido vencidos al morir Cristo en la cruz y ser resucitado de la muerte.

FAROLES HECHOS CON CALABAZAS

Durante la Edad Media, en Gran Bretaña se acostumbraba ir casa por casa pidiendo comida a cambio de una oración a favor de algún difunto. Los suplicantes llevaban faroles que consistían en nabos ahuecados, cuya vela evocaba al alma atrapada en el purgatorio. Hay también quienes afirman que tales faroles se usaban para espantar a los malos espíritus. Ya en el siglo XIX, en América del Norte se sustituyeron los nabos por calabazas, pues eran más fáciles de conseguir, ahuecar y tallar. Estas costumbres se basan en creencias que carecen de fundamento bíblico, como aquella de que existe el purgatorio y que hay que orar por los muertos.

SUPERSTICIONES, ADIVINANZAS, NECROMANCIA Y ESPIRITISMO

Las supersticiones y las adivinanzas también forman parte de la historia del Halloween. La Biblia habla claramente sobre las personas que tratan de consultar un mago, a un fantasma, o un adivino y que estos hechos no agradan a Dios. Isaías 8:19 dice:

“Si os dicen: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?”

La razón por la cual a Dios no le agradan estas cosas es porque son una forma de idolatría y llevan a la adoración diabólica. Hacen que las personas no confíen en Dios y contaminan el alma. Otros pasajes bíblicos, que prohíben cosas semejantes relacionadas con el Halloween y el mundo de las tinieblas, son:

“Que no haya en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni nadie que practique la adivinación, ni sea agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni nadie que consulte a los muertos. Al Señor le repugnan todos los que hacen estas cosas, y precisamente por estos actos repugnantes el Señor tu Dios va a expulsar de tu presencia a estas naciones” (Deuteronomio 18:10-12)
“Pero el Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1)
“La persona que preste atención a encantadores o adivinos, para prostituirse detrás de ellos, yo pondré mi rostro contra la tal persona, y la eliminaré de su pueblo” (Levítico 20:6)

CONCLUSIÓN

Los principios bíblicos se oponen a la celebración del Halloween. En el Israel del Antiguo Testamento, la brujería era un crimen castigado por la muerte (Éxodo 22:18; Levítico 19:31; 20:6, 27). La enseñanza del Nuevo Testamento con respecto al ocultismo es clara. Hechos 8:9-24, el relato de Simón, muestra que el ocultismo y el cristianismo no se mezclan. El relato de Elimas el hechicero en Hechos 13:6-11 revela que la hechicería está violentamente opuesta al cristianismo. Pablo llamó a Elimas un hijo del diablo, un enemigo de la justicia y pervertidor de los caminos de Dios.

En Hechos 16, en Filipos, una joven adivina perdió sus poderes demoníacos cuando el espíritu maligno fue expulsado por Pablo. El punto interesante es que Pablo rehusó permitir incluso que buenos comentarios vinieran de una persona endemoniada. Hechos 19 muestra a nuevos conversos que abruptamente han dejado atrás su ocultismo confesando sus obras malvadas, trayendo su parafernalia mágica y quemándola frente a todos. (Hechos 19:19). Por todo lo anterior, es evidente que Halloween y el cristianismo no se mezclan entre sí.

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: La Nueva Reforma Apostólica.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Dos de los grandes vicios de la iglesia evangélica hoy son la sed de poder, prestigio y riqueza de algunos de nuestros líderes, y entre los fieles el culto, ciego y casi idolátrico, a las personalidades famosas. Hay mucha obsesión con títulos, oficios y el poder lucir y ser importante. Se emplean constantemente las técnicas de publicidad y promoción del mundo secular. Eso es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo y del evangelio.

Lo cierto es que vivimos tiempos peligrosos, tiempos de apostasía y desviaciones en el Cuerpo de Cristo. Pablo nos advirtió acerca de estos días: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos… amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.” (2 Timoteo 3:1-5). Muchos movimientos heréticos han surgido en el seno de la iglesia a lo largo de su historia; sin embargo, la Nueva Reforma Apostólica (NRA) pareciera ser la gota que colmó el vaso.

La Nueva Reforma Apostólica (NRA) es uno de los movimientos más grandes, más amplios y más poderosos dentro del cristianismo de hoy, pero vuela en gran parte bajo el radar. Incluso los involucrados a menudo no entienden el movimiento en la medida en que incluso puede negar que son parte de ella. Esta confusión se debe al hecho de que NRA no tiene membresía oficial o incluso liderazgo. Más bien, la NRA es una coalición de cristianos, organizaciones e iglesias pentecostales y carismáticos que están unidos por un entendimiento particular e interpretación de ciertas partes de la Escritura. Manifiestan un total desprecio por las opiniones contrarias, las que más bien les resultan “evidencias” de su autenticidad como genuinos representantes del “nuevo mover de Dios” en la iglesia contemporánea. Proponen con agresividad sus modelos de Igle-crecimiento y sus novedosas interpretaciones de antiguas doctrinas del cristianismo histórico. Sostienen que la autoridad bíblica (la Palabra escrita) tiene que estar siempre supeditada a la autoridad de la viva y “dinámica”, Palabra de Dios dada a conocer por la presente actividad del Espíritu mismo. La subordinación de la Escritura a la autoridad del Espíritu Santo, también se ilustra por la aceptación en este movimiento de la validez del don de profecía en la vida de la iglesia contemporánea. De acuerdo con los seguidores de este movimiento, Dios habla hoy con tanta autoridad, como hablaba a los autores bíblicos. Este es un entendimiento existencial de la Palabra de Dios. De acuerdo con esto, sus seguidores creen que el canon bíblico no está cerrado, de modo que la Palabra de Dios escrita no es la autoridad final. Ellos creen que Dios da hoy a la iglesia revelación adicional y que esta nueva revelación es tan autoritativa o aún más autoritativa que la Biblia misma. En este sentido, no están muy lejos de sectas como los mormones, los seguidores de Moon, la Ciencia Cristiana o cualquier otro grupo heterodoxo que añade su propia revelación a la Palabra de Dios.

Algunos han equiparado NRA con la llamada Tercera Ola del pentecostalismo (la primera ola comenzó con el nacimiento del movimiento pentecostal en 1901, la segunda se identifica con el movimiento carismático en 1960 y la Tercera Ola que enfatiza el evangelismo de poder, las sanidades y Guerra espiritual liderada por John Wimber y el Movimiento de la Viña en la década de 1980). Sin embargo, aunque ciertamente hay un solapamiento entre NRA y la Tercera Ola, no son idénticos. La Nueva Reforma Apostólica (NRA) surge más formalmente en la década de los 90. Uno de sus proclamadores vanguardistas es el profesor C. Peter Wagner, quien en 1994 acuñara primero el nombre de Post-Denominacionalismo para identificar al nuevo movimiento, y que luego le diera en definitiva el nombre que lleva actualmente. Los promotores de la NRA, aseguran que las raíces históricas de este movimiento se hallan en la Reforma de Lutero. Pero en realidad, este movimiento es un resultado directo del Neo-carismatismo o Tercera Oleada del pentecostalismo, surgida en 1980. Además, incorpora en su haber teológico doctrinas del movimiento “La lluvia Tardía” y del “Reino Ahora”. Este último toma una buena parte de sus enseñanzas del movimiento Restauracionista (1948) y del Recontruccionista (finales de los 60 y comienzos de los 70).

Los diversos exponentes de la NRA, presentan variaciones doctrinales en mayor o menor grado. Aún así, se percibe alguna uniformidad de enfoques. Entre sus principales propuestas, está la restauración del denominado “Ministerio Quíntuple”, con un énfasis superlativo en los apóstoles. Según ellos, éstos y los profetas, constituyen el fundamento de la iglesia, lo que da a entender que la iglesia de Cristo lleva casi dos mil años sin fundamento. Sostienen que el apóstol y el profeta desempeñan ministerios superiores, por lo que los demás ministerios los necesitan para funcionar en el plan de Dios. Sin embargo, este argumento, en vez de apoyar la interdependencia que defiende la Biblia y que da un sano equilibrio a las funciones de los ministerios dentro de la iglesia aboga más bien, por una desmedida y anti escritural dependencia de los apóstoles y profetas. Los heraldos de esta Nueva Reforma, insisten en que es necesario sustituir el gobierno pluralista que sostienen la mayoría de las confesiones evangélicas actuales, para implantar una regencia unipersonal del apóstol. Declaran ser portadores de nuevas revelaciones, que solo ellos reciben por su condición de Apóstoles y Profetas y que son pertinentes para que el cuerpo de Cristo funcione en el diseño de Dios. En ocasiones, ponen sus proclamas proféticas a la altura o por encima incluso de las Sagradas Escrituras. Tal postura tiene similitud con el Montanismo del siglo II. Reclaman además ser una especie de élite de iluminados, únicos receptores de los dones del Espíritu. Estas enseñanzas ignoran el sacerdocio de todos los creyentes.

Aunque los cristianos ortodoxos han empleado la interpretación de la Biblia mediante el método de interpretación literal, histórico, y gramatical, la Nueva Reforma Apostólica, por su parte, abandonando esta manera segura de interpretar la Biblia, utiliza el método de interpretación alegórico. Esto les conduce a la formulación y aceptación de un sin número de nuevas enseñanzas, algunas de las cuales conducen al error. Entre estas enseñanzas se encuentran los métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otros. Además, la doctrina del Arrebatamiento, Rapto o Traslado de la Iglesia es rechazada y calificada como teología futurista por los promotores de la NRA.

EL SURGIMIENTO DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Puesto que la NRA es una alianza unida sobre una comprensión distintiva de los cinco ministerios, no hay ninguna organización o liderazgo establecido como tal. Sin embargo, C. Peter Wagner (1930-2016) es el reconocido fundador y padre del movimiento. Wagner tuvo mucha influencia en una amplia gama de pensamiento y práctica cristiana a lo largo de su vida. Fue misionero, profesor de la Escuela de Misiones Mundiales del Seminario Teológico Fuller, autor de más de 70 libros, presidente de Global Harvests Ministries y canciller del Wagner Leadership Institute, que es un campo de entrenamiento para los interesados ​​en la NRA. En la década de 1980 Wagner estuvo bajo la influencia de John Wimber y su teología de la Tercera Ola. Wimber sostenía que el ministerio de Jesús debe ser un rompimiento del reino combinando la proclamación del reino con su demostración (expulsión de demonios, sanidad de enfermos, resucitación de muertos, etc.). Los seguidores de Cristo han recibido la autoridad de Cristo y deben proclamar el reino y ejercer la autoridad en su nombre. La clave para el evangelismo eficaz es combinar la proclamación (la predicación del Evangelio) con las manifestaciones (señales y prodigios).

Wimber y Wagner enseñarían un curso en el Seminario Fuller durante los años 80 titulado “MC510 – Señales, Prodigios y Crecimiento de la Iglesia.” Más tarde Wagner adoptó ideas y técnicas de guerra espiritual que incluso Wimber no pudo aceptar. Mientras Wagner empezaba a trazar otras doctrinas inusuales de varias fuentes, él finalmente trató de agruparlas bajo un paraguas que él llamó “La Iglesia Pos-denominacional”. Aparentemente recibiendo críticas de algunos de sus amigos, incluyendo a Jack Hayford, él cambió el nombre a “La Nueva Reforma Apostólica”. Wagner, en este momento, creía que la iglesia había entrado en la “Segunda Era Apostólica,” que él dice que comenzó en 2001. Muchas de las ideas que Wagner venía a defender no eran nuevas y han estado circulando en los movimientos pentecostal, Palabra de Fe, Vineyard y otros grupos carismáticos durante años. Lo que la NRA ha hecho en gran medida es incorporar y representar muchos, si no la mayoría, de estos grupos e ideas sin formar realmente una organización oficial.

Sin embargo, algunos de los líderes y establecimientos a menudo asociados con la NRA, y aceptando la mayoría de sus distinciones, incluyen: Mike Bickle y su Casa Internacional de Oración (IHOP), Kansas City Prophets incluyendo a Bob Jones y Paul Cain, Bill Johnson y su Iglesia de Bethel, Rick Joyner, fundador de Morning Star Ministries, Todd Bentley, Brian y Bobbie Huston de Hillsong Church, Cindy Jacobs de Generals International, Michael Brown y Rod Parsley y Youth With A Mission (JUCUM).

DISTINTIVOS TEOLÓGICOS DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Lo que diferencia a la NRA de los evangélicos e incluso otros pentecostales no puede ser fijado con precisión. Esto se debe a que la NRA, como se dijo anteriormente, no es ni una organización oficial ni monolítica en sus creencias. Los adherentes de la NRA pueden encontrarse en la Palabra de Fe, el evangelio de la prosperidad, los movimientos pentecostales, carismáticos y de la Tercera Ola. Pero, cada vez más, las doctrinas y las filosofías de los partidarios de la NRA se están arrastrando hacia las principales iglesias y organizaciones no carismáticas. Por lo tanto, si bien existen diferencias significativas entre los que se alinean con NRA, hay, sin embargo, algunos comunes denominadores que todos aceptarían. Todos los individuos, iglesias y organizaciones que podrían ser identificados como parte de NRA estarían de acuerdo con las siguientes distinciones:

  1. RESTAURACIÓN DEL MINISTERIO QUÍNTUPLE:

Una de las propuestas medulares de la NRA, es la formulación de un nuevo sistema eclesial, referido comúnmente como el “ministerio quíntuple.” Esta es la doctrina fundamental de la NRA sobre la cual descansan todas sus otras filosofías. Basados en Efesios 4:11-13, en conjunción con Efesios 2:20 y 1 Corintios 12:28, los líderes de la NRA creen que los cinco ministerios enumerados en estos textos, que fueron dados para establecer y equipar a la iglesia, están completamente operativos hoy en día. A partir de la interpretación que dan a estos pasajes de las Escrituras, promueven su aplicación a la iglesia contemporánea como un modelo para su ministerio, e incluso, para una transformación total de las estructuras de autoridad en la iglesia o denominación correspondiente. La Nueva Reforma Apostólica asegura que el orden en que son mencionados los ministerios en Efesios 4:11, implica la preeminencia de los primeros sobre los últimos. Esto les hace concluir que el apóstol es el mayor y más importante de todos, bajo cuya autoridad deben funcionar los restantes ministerios. No sólo reducen a cinco el número de ministerios, sino que, además, enfatizan injustificadamente la supremacía del ministerio apostólico y profético sobre los demás. La NRA enseña que los ministerios apostólicos y proféticos deben ser ejercidos como oficios dentro de la iglesia. El término “oficio” debe ser entendido como el reconocimiento y la designación de una persona como apóstol o profeta. Esto implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la Iglesia (apóstoles). Los que actualmente se consideran apóstoles, además de autoproclamarse poseedores de ministerios utilizando todas sus habilidades, carismas y recursos creen poseer la autoridad necesaria para otorgar dones y ministerios a otros. La realidad bíblica (1 Corintios 12:11, Efesios 4:7) indica que es Dios y no otro quien imparte los dones y establece los ministerios. Por ello, se puede afirmar que son regalos divinos para los creyentes, a fin de edificar el cuerpo de Cristo. Quizá la principal demanda de los promotores de la NRA, es la “restauración” del oficio del apóstol. Acusan a la iglesia contemporánea de haber abandonado el modelo apostólico, necesario para su extensión y conquista del mundo. Sin embargo, el concepto del apostolado que proponen, dista mucho de ser el que se observa en el Nuevo Testamento. Esto se analizará más adelante.

  1. LA TEOLOGÍA DEL DOMINIO:

Una de sus principales declaraciones de la NRA es la llamada Teología del Dominio, la cual toma como base la declaración que aparece en Génesis 1:28 donde dice “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” De esta porción escogen la frase “sojuzgad la tierra” y la asumen como una tarea prioritaria para la iglesia. Esta tarea implicaría que la iglesia debe conquistar literalmente la autoridad política y el gobierno de las naciones, para imponer así el reino de Dios sobre toda la tierra.

Si analizamos esta porción de Génesis 1:28, notaremos que aquí se habla del dominio del ser humano sobre el ámbito en el cual Dios lo colocó. Una declaración similar aparece en Génesis 9:7, con la notable ausencia de las órdenes “sojuzgad” y “enseñoread”. El hombre se ha multiplicado considerablemente sobre la tierra, poblando sus cinco continentes. De igual manera el hombre ha impuesto su voluntad sobre los animales, y ha utilizado la tierra según sus propósitos para cultivarla y edificarla. Asimismo, ha tenido en sus manos el gobierno de la tierra que habita.

Todo esto hace dudar que el hombre haya fracasado en el cumplimiento de su tarea primordial. Con esto concuerda la declaración que hace David en el Salmos 8:6-8 “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar”. Aquí se describe al hombre realizando la tarea que Dios le había encomendado. Por su parte Santiago asegura: “Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana.” (Santiago 3:7). De esto se concluye, que la afirmación de la NRA al respecto no tiene respaldo bíblico.

Partiendo de esta deficiente interpretación, los promotores de la NRA aseguran que la tarea de sojuzgar la tierra quedó inconclusa por la caída del hombre en pecado. Afirman que la obra de Jesucristo reconcilió al hombre con el plan original de Dios; esto es: señorear y sojuzgar la tierra. Sin hacer distinción alguna entre la misión del hombre natural y la misión de la iglesia, aseguran que Jesús otorga nuevamente al hombre autoridad y poder para concluir la obra que este había comenzado al principio de la creación. A partir de esta confusión, aseguran que la tarea de la Iglesia ahora es establecer el reino de Dios aquí en la tierra, para lo que nos dio “el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18). Fue el propio Jesucristo quien calificó la tarea a la Iglesia en los momentos previos a su ascensión. Por las palabras de Marcos conocemos que esta tarea es: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Esta interpretación de la tarea de la Iglesia que propone la NRA, se conoce también como la “Teología del Reino Ahora”, una teología que tiene la tendencia a introducir a la iglesia en una lucha política y social en contra de los inconversos, haciéndola enemiga de las personas a las que debe alcanzar con el evangelio. Fomenta de este modo una actitud que va en contra de lo que el Señor Jesucristo dijo ante Pilato: “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Juan 18:36). La Biblia esclarece perfectamente, que sólo la obra de Jesucristo va a restaurar la Tierra, colocándola en su perfecta función y lugar durante el reinado milenial de Cristo (Romanos 8:19-25; 1 Corintios 15:24-28).

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/17/herejias-destructoras-la-teologia-del-dominio-o-del-reino-ahora/

  1. GUERRA ESPIRITUAL O DEMONÍACA:

Guante de mano con el énfasis desmedido en los dones milagrosos, la NRA sobreenfatiza también la guerra demoníaca o espiritual. La NRA no originó la obsesión de hoy con lo demoníaco que tiene raíces que se remontan a los primeros días del pentecostalismo, pero la NRA ha añadido algunos nuevos giros y arrugas. Los métodos populares a menudo utilizados incluyen “cartografía espiritual” en la que la investigación de una ciudad, región o nación está comprometida para descubrir qué espíritu territorial reina en esa área. Una vez descubierto, el espíritu se enfrenta a un nombre con el fin de “derribar sus fortalezas”. Otro método popular es la caminata de oración en el que los equipos de creyentes caminan por los barrios, ciudades y similares para participar en la oración de guerra espiritual. Aparentemente, según los defensores de los NRA, los demonios controlan las regiones geográficas y deben ser destronados por estos métodos. Los demonios también buscan traer daño a los individuos a través de maldiciones generacionales, que son maldiciones colocadas sobre sus antepasados que pueden ser removidas sólo a través de alguna forma de técnicas de guerra espiritual desarrolladas por medio de la experimentación extrabíblica. Y cuando uno se encuentra con luchas económicas y problemas de salud, a menudo se remontan a actividades demoníacas.

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/14/distorsionando-la-fe-pentecostal-mitos-y-realidades-sobre-la-guerra-espiritual/

  1. REVELACIÓN EXTRABÍBLICA:

En cada nivel, y en cada grupo relacionado, la revelación personal, supuestamente del Señor, es central. Sin embargo, las profecías dadas a sus apóstoles y profetas socavan y añaden a la inspirada Palabra de Dios. Incluso a nivel de base, el promedio de los adherentes a la NRA espera escuchar una palabra personal del Señor regularmente, y estos mensajes determinan lo que creen y cómo viven mucho más que de la Biblia. Sin embargo, la Biblia misma está siendo invalidada por esos supuestos mensajes del Señor.

Con respecto a la existencia del don profético en nuestro tiempo, los pentecostales reconocemos su existencia; sin embargo, debemos tener mucho cuidado al respecto. En un sentido estricto, no hay profetas hoy de la misma forma que en el Antiguo Testamento. A menudo vemos el ministerio profético en el antiguo testamento, cuando Dios levantaba a los profetas para alentar y reprender a la nación de Israel en los momentos de dificultad o de rebelión. Durante el reinado del Rey David (2 Samuel), el profeta Natán, entre otros, hablaron la palabra del Señor a David, para orientarlo y dirigirlo, y de igual manera para confrontarlo sobre su pecado con Betsabé. Por supuesto, Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas, Zacarías, etc., también tuvieron un ministerio profético; después de todo ellos eran profetas. El llamado de un profeta era hablar en nombre de Dios. Un profeta enseñaba, guiaba, aconsejaba o reprendía si era necesario.

En el nuevo testamento, encontramos a otros que tuvieron un ministerio profético. Algunas personas tenían el don de profetas para dar orientación, dirección, consejería, etc., para el pueblo de Dios. El don de profecía específicamente se menciona en 1 Corintios 12:10 y Efesios 4:11. Este don fue dado para la edificación de la iglesia (Efesios 4:12). Por lo tanto, los profetas debían hablar la palabra de Dios a la iglesia, para que los creyentes conocieran la mente del Señor y que supieran cómo debe funcionar la iglesia. Este don existe en la iglesia hoy en día, e implica sobre todo la predicación de la biblia de manera precisa y clara. El don de profecía es más que transmitir nueva información desde el cielo. Tristemente, muchos confunden el don de profecía la predicción del futuro o cosas semejantes. Eso no es del todo cierto. Cuando una persona afirme estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla a través de una persona, el mensaje concordará completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos dice: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo. Retened lo bueno.” Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma. Compare lo dicho con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, deséchela. Si concuerda con la Biblia, pida sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL MINISTERIO APOSTÓLICO Y SU VIGENCIA EN LA IGLESIA DE HOY.

La Teología de la Nueva Reforma Apostólica distorsiona también la comprensión bíblica del ministerio. En el Nuevo Testamento existen varios listados de ministerios. Los mismos deben ser vistos de forma representativa y no restrictiva de los ministerios que pueden tener lugar en el cuerpo de Cristo. Los ministerios tal y como enseña el apóstol Pablo no han sido establecidos por Dios para que unos sean superiores a otros. El énfasis bíblico está en la colaboración entre los ministerios para lograr los propósitos establecidos por nuestro Señor: “Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. El que en cierto pasaje aparezca un ministerio determinado antes que otro, no es suficiente razón para sostener la superioridad de algunos ministerios sobre los que les siguen en la lista. Si esto fuera así, aparecerían las listas uniformemente en las otras epístolas, cosa que no ocurre.

Reconocer un ministerio apostólico o profético como un oficio, tal y como la NRA lo sugiere, implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la iglesia (apóstoles). Esto traería más mal que bien al cuerpo de Cristo. Reconocemos la labor apostólica al estilo de Bernabé, Silas y Timoteo en medio nuestro. De igual manera creemos que el ministerio profético está presente hoy, pero la historia ha demostrado que sería muy peligroso si se quiere salvaguardar la unidad y la doctrina de la iglesia el reconocimiento de estos ministerios como oficios. Dios y no otro es quien imparte los dones a los creyentes y establece los ministerios en la manera que soberanamente él determina, sin la intervención de ningún ser humano (1 Corintios 12:11 y Efesios 4:7). En este acto nada puede hacer la iglesia. Ella y sus líderes están, no para entregar ministerios, sino para reconocerlos ulteriormente, cuando se hagan visibles por el desempeño fiel de su receptor.

En su ambición desmedida de poder, los defensores de la Nueva Reforma Apostólica sobreenfatizan la dignidad del oficio o ministerio apostólico. Analicemos bíblicamente este punto.

I.- USOS DEL TÉRMINO “APÓSTOL” EN EL NUEVO TESTAMENTO.

Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de la palabra griega “apostolos”. El término se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso:

(1) El sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión (recadero, mandadero). Un aspecto más específico de este sentido.

(2) Ocurre en 2 Corintios 8:23 y Fil 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea.

(3) En tercer lugar, la palabra significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). En este sentido Jesucristo es el “misionero” enviado por Dios (Hebreos 3:1). Como veremos más adelante, Cristo no era “apóstol” en el mismo sentido que los doce, sino como “enviado” y “misionero” del Padre y prototipo de la misión de la iglesia (Juan 20:21; Marcos 9:37; Mateo 10:40; Juan 13.20: Jesús es el Enviado del Padre).

(4) El cuarto sentido es lo que generalmente entendemos por “los apóstoles”, como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría llamarse un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.

Dados estos diversos sentidos de la palabra “apóstol”, es necesario en cada texto bíblico determinar cuál de ellos se está empleando. Serios problemas resultan cuando se confunde un sentido con otro. Los “apóstoles” de hoy toman pasajes donde el término significa “misionero” pero los aplican en el otro sentido y quieren atribuirse los títulos y autoridades de los doce y de Pablo. Lo cierto es que, según el Nuevo Testamento, los apóstoles no tienen sucesores.

II.- TRASFONDO JUDÍO DEL APOSTOLADO CRISTIANO.

El apostolado del Nuevo Testamento se basó en una práctica judía de designar un emisario, llamado Shaliaj, con plenos poderes para representar a quien lo había enviado (Esdras 7:14; Daniel 5:24; 2 Crónicas 17:7-9). El Shaliaj era una especie de plenipotenciario ad hoc. Eran comunes las fórmulas legales como “el que te recibe a tí me recibe a mí”, “lo que ustedes atan en mi nombre lo he atado yo” y muchos otros parecidos, que aparecen también en el Nuevo Testamento (Marcos 9:37; Mateo 16:19; Lucas 10:16; Juan 13:20; 20:23). La comisión del Shaliaj era para una tarea específica y no era transferible a otras personas. El paradigma definitivo, Hechos 1: Después de suicidarse Judas, los discípulos sentían la necesidad de completar el número doce, como paralelo con las doce tribus de Israel. Con ese fin, guiados por el Espíritu Santo, definieron los requisitos indispensables para incorporarse en el apostolado.

La elección se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba” para que “uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Veremos en seguida que todas estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo. Ese texto, y otros, muestran que para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1Co 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. La iglesia ahora es “apostólica” cuando es fiel al testimonio de ellos, que tenemos en el Nuevo Testamento, y cumple así su “apostolado” misionero. Sobre el fundamento de ellos Cristo sigue construyendo la iglesia (Efesios 2:20). Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Obviamente, en esas puertas de la Nueva Jerusalén no aparecerá el nombre de ninguno de los “apóstoles” de hoy.

III.- CARÁCTER ÚNICO E INTRANSFERIBLE DEL OFICIO DE LOS DOCE.

Toda esta evidencia bíblica deja muy claro que, para ser apóstol, el candidato tenía que ser alguien del primer siglo. Nadie después del primer siglo podría haber sido testigo del ministerio de Jesús y de su resurrección. Ese requisito descalifica de antemano a todos los “apóstoles” de nuestros tiempos modernos. El mismísimo apostolado de Pablo fue severamente cuestionado, precisamente porque él no había sido uno de los discípulos, como requiere Hechos 1, aunque sí era contemporáneo de Jesús y sin duda testigo de su ministerio. Repetidas veces Pablo tiene que defender su llamado de apóstol, pero lo significativo es que lo defiende en los mismos términos básicos de Hechos 1: él también había visto al Resucitado (1 Corintios  9:1; 1 Corintios 15), fue nombrado apóstol no por hombres sino por el mismo Cristo (Gálatas 1:1,15-17,19; 1 Timoteo 1:1; 2:7), y él, igual que los doce, había realizado las señales de apóstol y la predicación del evangelio (2 Corintios 12:12; Romanos 15:18-19).

En 1 Corintios 9:1-6 Pablo se defiende contra los que negaban que él era apóstol: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.” A continuación, Pablo responde a los que le acusan, afirmando que él tiene los mismos derechos de todos los apóstoles (1 Corintios 9:3-6; 2 Corintios 11:5,13; 12:11s). En este contexto, 1 Corintios 15 es especialmente importante. En este pasaje Pablo afirma vigorosamente la fe en la resurrección (1 Corintios 15:1-8, 12-58) pero también, menos conspicuamente, defiende su propio apostolado (1 Corintios 15:8-11). Después de definir el evangelio como la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (1 Corintios 15:1-4), Pablo enumera una lista de los que podríamos llamar “los testigos autorizados de la resurrección” (1 Corintios 15:5-8): Cefas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacob, después todos los apóstoles y al final Pablo mismo.

Por eso, de las varias personas que el Nuevo Testamento llama apóstoles, sabemos que tenían que haber sido testigos de la resurrección. Está claro que en este pasaje Pablo no está hablando sólo de visiones espirituales, como tuvo él mismo (2 Corintios 12) y que tuvieron Esteban (Hechos 7) o Juan (Apocalipsis 4-5), que no podrían servir como evidencias de la resurrección corporal de Jesús. El verbo repetido en estos versículos de 1 Corintios 15 es “apareció”, y el sujeto activo es el Resucitado (Gálatas 1:16). Eran visitaciones del Señor, apariciones por iniciativa de él, para demostrar la realidad de su resurrección. Se trata de revelaciones corporales como las de Cristo durante los cuarenta días, que constituyeron a sus receptores en testigos oculares del hecho. En ese sentido, Pablo reconoce que su propio caso es una anomalía, pues, aunque era contemporáneo de Jesús, no había sido discípulo ni había estado presente con los discípulos durante los cuarenta días. Sin embargo, insiste en que su encuentro con Cristo en el camino a Damasco pertenecía a la misma serie de visitaciones especiales. Por otra parte, Pablo afirma que su encuentro con el Resucitado fue la última de la serie (1 Corintios 15:8; 1 Corintios 4:9), sin posibilidad de otras. Para mayor énfasis, Pablo afirma que Cristo lo llamó al apostolado no sólo de último sino “como un abortivo” (Gr. ektrômati), una excepción. Pablo era un apóstol “nacido fuera del tiempo normal”. No puede haber otros apóstoles después de él.

Ahora bien, 1 Corintios 15:7 habla de “todos los apóstoles”, además de los doce y Pablo, pero todos ellos eran también testigos oculares de la resurrección. En cambio, de líderes que sabemos que no habían participado en esa experiencia, como Apolos y Timoteo, el Nuevo Testamente nunca los llama “apóstol”. No podían ser apóstoles sin haber visto al Resucitado (y no sólo en visión mística). Por eso, de todas las demás personas llamadas “apóstol” podemos estar seguros de que habían sido testigos oculares del Resucitado o si no, eran apostoloi sólo en el sentido de “misioneros” o de “delegados congregacionales”.

Es muy significativo que tanto los doce como Pablo aplican los mismos requisitos básicos para el apostolado: sólo pueden ser apóstoles los que habían visto al Cristo en su cuerpo resucitado y habían sido comisionados personalmente por él para ser testigos de su vida y resurrección. De estos, el último fue el apóstol Pablo. Los apóstoles cumplieron una función histórica. Obviamente, nadie que no sea del primer siglo puede ser testigo ocular de lo que nunca presenció.

Frente a estas enseñanzas bíblicas muy claras, el mal llamado “movimiento apostólico” apela, sin interpretación cuidadosa, a unos pocos textos. El versículo principal es Efesios 4:11, tomado fuera de contexto. El pasaje completo es una cita modificada del Salmo 68:18 con introducción y conclusión: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.”

El tema de Efesios 4:7-16 es la unidad de la iglesia con su diversidad de dones, todo orientado hacia el crecimiento del cuerpo (Efesios 4:13-16). Pablo introduce este tema con una cita del Salmo 68, uno de los salmos más difíciles y con complicados problemas textuales. Pero el tema central de ese salmo está claro: Dios es un poderoso guerrero (Salmo 68:35) que en diversos momentos ha descendido a la tierra para liberar a su pueblo (Salmo 68:11-14,20-21) y después de su triunfo, sube al monte Sión (o al cielo) llevando cautivos (Salmo 68:15-18,24,29,35) y reparte el botín entre su pueblo (Salmo 68:12,18). Pablo adapta la cita en varias formas, especialmente cambiando “tomaste dones” (Salmo 68:18) en “dio dones” (Efesios 4:8), para aplicar la cita a la ascensión de Cristo y la venida del Espíritu con sus dones. Al volver al cielo, el Cristo vencedor repartió el botín entre su pueblo. El énfasis cae sobre la ascensión de Cristo y el momento histórico-salvífico en que el Resucitado victorioso envió el Espíritu como botín de su triunfo. El verbo “constituyó” (Efesios 4:11, edôken, “dio”) es un pretérito punctiliar, que describe algo que Cristo hizo cuando ascendió, conforme también al modelo del Salmo 68. No dice absolutamente nada sobre el futuro, si Cristo seguiría dando apóstoles a la iglesia, hasta su segunda venida, como podrían haber sugerido otros tiempos verbales. Puesto que esta carta vino de una época cuando estaban funcionando apóstoles y profetas, es imposible sacar alguna conclusión desde este pasaje sobre su continuación o no en la iglesia después. De otros pasajes, como hemos visto, queda evidente que el apostolado no puede haber continuado después de morir los últimos testigos. En cambio, otros pasajes dejan claro que el don de profecía (y la falsa profecía) continuarían en la iglesia. Al ascender, Cristo dio un don que era de una vez para siempre (apóstoles) y otro que había de seguir hasta su venida (profetas). El llamado apostólico corresponde en eso a su origen en el encargo de Shaliaj, que no era transmisible. Por otra parte, Pablo habla en 2 Corintios 11:13 de “falsos profetas (pseudapostoloi), obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (Apocalipsis 2:2; Didajé 11:3-6) y, quizá sarcásticamente, de “superapóstoles” (tôn huperlian apostolôn, 2 Corintios 11:5; 12:11, NVI). Estos son los únicos títulos que los modernos apóstoles podrían reclamar.

CONCLUSIÓN.

La influencia de la NRA se ha vuelto más amplia, y por lo tanto más peligrosa, ya que muchas de sus ideas están siendo aceptadas por iglesias y organizaciones tanto dentro como fuera del movimiento carismático y pentecostal. Esta aceptación se debe a una serie de factores:

  1. La música de Bethel, Hillsong, IHOP y muchos ministerios de alabanza vinculados a la NRA ha encontrado una acogida entusiasta en iglesias, ministerios juveniles y entre jóvenes adultos a lo largo del espectro evangélico.
  2. Muchos no tienen comprensión de las enseñanzas de NRA y ningún concepto de lo que es.
  3. Los maestros influyentes de NRA y los libros están abriéndose paso en los círculos evangélicos.
  4. Debido al analfabetismo bíblico desenfrenado y la apatía general hacia la Escritura y la teología, menos cristianos están alarmados o incluso conscientes de que la falsa enseñanza y el engaño está teniendo lugar. No es sorprendente que aquellos que intentan advertir sobre la NRA u otras enseñanzas falsas son a menudo vilipendiados y etiquetados como negativos, legalistas y odiadores. La mayoría de iglesia evangélica está lista para la infiltración de NRA y por lo tanto no debe sorprender que muchos estén abrazando esta enseñanza herética.

El movimiento de la Nueva Reforma Apostólica, con su enseñanza del dominio político de la iglesia, la negación del arrebatamiento de la iglesia, su obsesión por el ministerio quíntuple, el apostolado para nuestros días, sus métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otras prácticas heterodoxas, debe ser rechazado por todo aquel que ame la sana doctrina. Asimismo, debe ser denunciado como lo que es: Una herejía destructora. Pero ¿Cómo podemos protegernos a nosotros mismos y a quienes amamos de la influencia destructiva de la NRA?

  1. En primer lugar, es imperativo que tengamos una comprensión buena y creciente de la Escritura y la teología. El engaño es más poderoso cuando la gente carece de conocimiento.
  2. En segundo lugar, incluso aquellos con una buena comprensión de la verdad bíblica pueden ser engañados por movimientos como la NRA si prestan demasiada credibilidad a las nuevas revelaciones, que se mueven más allá y no están directamente ligadas a la Escritura, son posibles. Es esencial comprender que todo lo que creemos acerca de la vida y la piedad debe emerger de la Palabra de Dios (1 Pedro 1: 3; 2 Timoteo 3: 16-17). No es suficiente que una enseñanza en particular no parezca contradecir la Escritura. La verdadera cuestión es si se extrae de la Escritura.
  3. Tercero, nuestras habilidades de discernimiento deben ser agudas. Hebreos 5:14 llama a la madurez y rechaza a los creyentes que se han vuelto laxos y apáticos en su andar cristiano: “Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal.” 1 Timoteo 4: 1 nos advierte: “pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios,” es tiempo de que los creyentes tomen estas advertencias con seriedad. La iglesia contemporánea está terriblemente desprevenida para combatir la teología fraudulenta como la NRA, y es por eso que esta, y los grupos relacionados, están creciendo rápidamente.

Finalmente, los creyentes deben estar involucrados en una iglesia que tome la Palabra de Dios seriamente. Demasiados cristianos están contentos de asistir a iglesias mediocres que tienen música entretenida, programas de diversión y excelentes cafeterías. Las Iglesias deben ser la “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15) y, si a la cual asisten no está cumpliendo con su divina descripción del trabajo, debe ser buscada una nueva si es posible. Los creyentes necesitan hermanos y hermanas de la misma semejanza que sean serios acerca de la Palabra y sirvan a Cristo basado en esa Palabra (Hebreos 10: 23-25). Ninguno de nosotros puede permitirse ignorar las maquinaciones de Satanás (2 Corintios 2:11) y nuestra única salvaguarda es la revelación inspirada e infalible de Dios en la Biblia misma, no la imaginación de la gente.

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Distorsionando la Fe Pentecostal: Las Maldiciones Generacionales.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Las modas teológicas parecen inundar el evangelicalismo moderno, principalmente el pentecostalismo. En años recientes la enseñanza acerca de las “maldiciones generacionales” ha llegado a ser muy popular en nuestros círculos pentecostales y carismáticos. Muchos de los líderes más prominentes dentro del movimiento pentecostal y carismático promueven tal doctrina. No obstante, la naturaleza de la verdad absoluta y la propia interpretación de las Escrituras no se pueden determinar por la cantidad de gente que incursiona en cierta enseñanza o por la popularidad de quienes la promueven. Los asuntos de la fe (lo que creemos) y la práctica (cómo vivimos la vida cristiana) sólo se pueden determinar por la debida comprensión de las Escrituras.

La frase “maldición generacional” o cualquier otra frase similar nunca aparece en las Escrituras, no se encuentra en ninguno de los Testamentos. Esto en sí no es suficiente para desechar la enseñanza como no bíblica. No obstante, el hecho que la frase maldición generacional no se encuentre en las Escrituras debería alertar a los creyentes con criterio sobre la necesidad de ser cuidadosos en este asunto. Debe haber pruebas convincentes cuando se estudia todo el consejo de Dios. Ciertamente, la Biblia parece hacer mención de las llamadas “maldiciones generacionales” en ciertos pasajes (Éxodo 20:5; 34:7; Números 14:18; Deuteronomio 5:9). Y muchos han sabido usar tales versículos para sostener la enseñanza errónea de que Dios castiga a los hijos por los pecados de sus padres. Tal afirmación no es verdadera. Aunque es cierto que los efectos del pecado pueden transmitirse de una generación a la siguiente (la Caída de Adán es un ejemplo de ello, pues sus efectos y consecuencias arrastraron a todos sus descendientes con él), esto no implica una sentencia irrevocable. La lógica nos enseña que cuando un padre tiene un estilo de vida pecaminoso, sus hijos son propensos a tener el mismo estilo de vida pecaminoso también; es decir, copian los mismos patrones de conducta pecaminosa. Es por ello que muchos hijos terminan cometiendo los mismos pecados que sus antepasados y pagando las mismas consecuencias.

Tristemente, hay una tendencia en la iglesia de hoy para tratar de culpar por todo a las maldiciones generacionales. Un sector de la iglesia que sobre enfatiza este tema suele motivar a los creyentes a hacer una evaluación retrospectiva e investigar los pecados de sus progenitores. Enseñan que puede que esa sea la razón de que un pecado o un patrón pecaminoso persista en sus vidas. También enseñan que los constantes problemas, las frecuentes enfermedades, y las permanentes crisis financieras pueden ser expresiones de una maldición generacional. Si ese es el caso, el creyente entonces no podrá librarse de esa condición a menos que se le practique liberación. Es decir, una sesión de oración, imposición de manos, y hasta una confesión por parte del afectado, para romper la atadura. En algunos casos, estas liberaciones, que pueden durar varias horas, se llevan a cabo en los templos al final de los servicios dominicales, en retiros espirituales, o en casas como parte de una consejería. Esto no es bíblico. El remedio para las maldiciones generacionales es la salvación por medio de Jesucristo. Cuando nos convertimos en cristianos, somos nuevas creaciones (2 Corintios 5:17). ¿Cómo puede un hijo de Dios seguir bajo la maldición de Dios (Romanos 8:1)? La cura, entonces, para una “maldición generacional” es la fe en Jesucristo y una vida consagrada a él (Romanos 12:1-2).

CONVIRTIENDO EL EVANGELIO EN BRUJERÍA BLANCA.

La doctrina de “maldiciones generacionales”, es una de esas muchas novedades teológicas cuestionables de nuestra época. Tal enseñanza afirma que una persona puede nacer bajo una sentencia de castigo (“maldición”) por pecados que cometieron sus antepasados. A menudo, esas maldiciones suelen entenderse en términos mágicos, como una especie de maleficio, o de “hechicería santa.” Así resulta que uno puede nacer cargando la maldición de sus padres, abuelos o hasta bisabuelos. Y como la humanidad es bastante pecadora, sería de suponer que muy pocas personas hayan nacido sin alguna maldición a cuestas.

Los adeptos a esta enseñanza afirman que toda maldición generacional queda en el esperma y el óvulo que forman el feto, por lo que hay que reemplazar el ADN del pecado con el ADN de Dios. Otro aspecto de esta enseñanza es el concepto de la iniquidad como la corrupción interna que trae maldición generacional. En palabras de ellos, la iniquidad es transmitida al ser humano desde su concepción y se hace más fuerte en cada generación. Afirman también que los padres tienen la potestad de establecer herencia de bendición para los hijos cortando estas raíces de iniquidad. De esta forma, los hijos tendrán un futuro libre, un camino allanado, para cumplir con el “destino profético” que Dios les ha heredado, dándoles las llaves para que triunfen en todo siempre y cuando ellos no “reactiven estas raíces de maldición generacional”.

Los fanáticos de esta enseñanza creen que la gente no sólo hereda la naturaleza pecaminosa de sus antecesores (la tendencia que todos tenemos de rebelarnos contra Dios), sino que también adquieren la maldad acumulada de sus antecesores. Como resultado, Dios los culpa, no sólo por sus propios pecados, sino también por los pecados de sus antecesores. Además, Satanás tiene derecho a seguir manteniendo un reclamo legal contra los creyentes que no han tratado de una forma eficaz con sus maldiciones generacionales, resultando en fracaso, violencia, impotencia, profanidad, obesidad, pobreza, vergüenza, enfermedad, aflicción, temor, y aun muerte física.

Los proponentes de la maldición generacional luego dirigen su enseñanza a su próximo paso lógico. Ellos concluyen que la sangre de Cristo fue derramada por los pecados de cada persona, pero que cada uno debe dar un paso adicional para quitar la trasgresión que haya heredo de sus antecesores. Se requiere este paso adicional para que una persona sea liberada de las ataduras que la mantienen cautiva al pecado de sus antepasados. Este procedimiento involucra una elaborada ceremonia que consiste en listar los pecados de sus antecesores hasta la cuarta generación, confesando los pecados por ellos, recitando oraciones y declaraciones recomendadas, rompiendo personalmente esas supuestas maldiciones.

Según esta doctrina el reino de Dios y las tinieblas operan con plenos ‘derechos legales’. Toda la familia paga por los pecados que cometieron sus ancestros. Satanás se presenta ante el trono de Dios y muestra derechos legales de atacar cualquier área de nuestra vida. Luego se decide si los reclamos son válidos y, de serlo, si se le permite hacer lo que solicita contra nosotros y nuestra familia. Basándose en Éxodo 20:4,5, enseñan que los demonios pasan de generación en generación y que éstos se afianzan en la vida de los creyentes por los pecados generacionales. Para despojarse de estas fuerzas demoníacas, los creyentes necesitan saber cuáles son esas ataduras, y tener un ritual de liberación para romperlas. Se necesitan consejeros con conocimiento especial de ataduras diabólicas si el caso es grave. Se da un examen especial de diagnóstico y se proveen incluso las palabras que deben ser repetidas, como, por ejemplo: “Rechazo toda obra demoníaca que me ha sido heredada de mis ancestros”, por citar ejemplo.

Debemos ser muy cuidadosos con esto. Las pruebas de diagnóstico, los rituales, y las oraciones recomendadas por aquellos que enseñan la maldición generacional no se encuentran en las Escrituras. No hay tales pasos en la Biblia, la cual es nuestra única regla para asuntos de fe y práctica. Si las maldiciones generacionales fueran una realidad, Dios habría dado las debidas instrucciones en las Escrituras respecto a cómo tratar con este problema.

Aunque resulte vergonzoso admitirlo, un buen porcentaje de la iglesia pentecostal y carismática ha caído en el paganismo. Porque no hemos prestado atención a Jesús ni consultado toda las Escrituras, somos nuevamente afligidos con un mágico punto de vista del mundo de Dios. En este mundo el supremo sacrificio de Dios tiene limitado poder y efecto, y debe ser complementado por nuestras propias fórmulas exorcistas y nuestros esfuerzos humanos. En realidad, la creencia en “maldiciones generacionales” tiene más que ver con el ocultismo que con el cristianismo. ¿Acaso no resulta preocupante que un amplio sector del cristianismo esté tan estrechamente relacionado con tales creencias?

EL SUPUESTO FUNDAMENTO BÍBLICO DE LAS MALDICIONES GENERACIONALES.

La enseñanza de las supuestas maldiciones generacionales se fundamente en Éxodo 20:4-5. Es claro que las consecuencias del pecado de la idolatría eran terribles, y el Señor quiso crear esta consciencia en el pueblo. No obstante, lo que debemos entender de este texto es que se trata de un principio, y no de una condición irreversible. Es decir, esto no debe ser comprendido como una sentencia definitiva que condenaba sin esperanza a hijos de padres pecadores. El principio es que habría consecuencias por la maldad, y esas consecuencias afectarán también a los hijos. Pero esto no era un absoluto, en el sentido de que los pecados de los padres serán condiciones irreversibles para los hijos.

Por ejemplo, si un hombre roba, ese pecado no solo afecta al ladrón, sino también en un sentido muy real a los hijos, porque si ese hombre es encontrado y juzgado, ya no podrá estar por su familia. Además, si robar es el estilo de vida de esa persona, hay una gran probabilidad que los hijos también sean inclinados y movidos a lo mismo. Digamos también que un padre de familia es un alcohólico. Tarde o temprano, su adicción al alcohol le puede acarrear consecuencias para él y los suyos. Por ejemplo, si el borracho hace cosas indecentes, o pierde su trabajo, o entra en pleito con otros, o se enferma, eso tendrá consecuencias terribles para los miembros de su familia. Es en ese sentido que la maldad de los padres afecta a los hijos. Y eso sin considerar que un hijo puede crecer predispuesto al alcohol y hasta volverse él mismo un alcohólico pues eso es lo que vio como un patrón normal de conducta.

El hecho de que Dios visite la maldad de los padres sobre los hijos es más bien un principio de consecuencias y no necesariamente una sentencia absoluta que deja a los hijos sin posibilidad de redimirse. Tampoco debe entenderse cómo una maldición generacional o una atadura espiritual de la que debamos librarnos. Ésta es la necesaria conclusión que también está descrita en el mismo Pentateuco. Porque en el libro de Deuteronomio, se nos dice que “Los padres no morirán por sus hijos, ni los hijos morirán por sus padres; cada uno morirá por su propio pecado” (Deuteronomio 24:16). La Biblia es enfática: “cada uno morirá por su pecado”. Es decir, en el Antiguo Testamento ya estaba establecido el principio de la responsabilidad individual, descartando toda noción mística de maldición o atadura generacional. En otras palabras, ningún hijo pagará por los pecados de los padres, sino que cada uno pagará las consecuencias de sus propios pecados. Y aunque nuestros hijos pueden ser afectados por nuestras decisiones, o se pueda padecer la misma enfermedad de un antepasado, como la ciencia lo ha probado, no debemos interpretarlo como que una fuerza espiritual está detrás. Una vez más, las consecuencias que sufrimos no deben ser entendidas como maldiciones generacionales.

En una medida menor, otro texto que es usado para enseñar las maldiciones generacionales se encuentra en Proverbios: Como el gorrión en su vagar y la golondrina en su vuelo. Así la maldición no viene sin causa (Proverbios 26:2). Pero basar la enseñanza de ataduras generacionales por este verso es un mal ejercicio exegético. Primero, porque en este pasaje no se está hablando de las consecuencias que los hijos reciben por los pecados de los padres. Más bien la línea de pensamiento del autor está orientada a la insensatez del necio. Segundo, porque el texto original de Proverbios 26:2 dice:

“El gorrión en su vagar, la golondrina en su vuelo y una maldición que no tiene causa, no se posan.” (Proverbios 26:2).

Lo que este proverbio quiere decir es más o menos esto: no te preocupes si alguien te maldice sin que seas culpable, tal maldición no tendrá efecto. La maldición que con su boca alguien profiera contra un inocente no tiene poder de hacerle daño, de la misma manera que un ave no daña a nadie cuando vuela. Este texto no está enseñando absolutamente nada de ataduras ni maldiciones generacionales.

ELIMINANDO LA RESPONSABILIDAD PERSONAL.

El hecho de culpar a otros por nuestras desgracias es algo tan antiguo como el relato de la creación. No asumir la responsabilidad individual es precisamente lo que hizo Adán al culpar a Eva cuando fue confrontado por Dios. Y eso es también lo que hizo Eva al culpar a la serpiente, cuando ella fue confrontada por su creador (Génesis 3). Pero en el tiempo cuándo los judíos fueron deportados a Babilonia, esta misma actitud floreció en la forma de un conocido refrán: “Los padres comen las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.” (Ezequiel 18:2).

El pueblo de Israel está cautivo en Babilonia. Hay tristeza, y amargura entre los israelitas. Ezequiel es el profeta escogido por Dios para hablarle al pueblo. Entre los judíos existe una esperanza de que esto terminará pronto y luego volverán a casa. Pero la esperanza es vana. Dios está castigando a su pueblo por sus pecados. Dios los ha entregado a los caldeos en esta segunda deportación y todavía una deportación más está en camino. Esta actitud fue confrontada por el profeta. El mensaje que subyace bajo este refrán es claro: estamos padeciendo por el pecado de nuestros padres. Por eso el Señor les dice lo mismo:

“Vivo Yo,” declara el Señor Dios, “que no volverán a usar más este proverbio en Israel. Todas las almas son Mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo Mías son. El alma que peque, ésa morirá (Ez. 18:3-4).

Aquí una vez más Dios corrige la fatalista noción de que los hijos serán víctimas de una sentencia irreversible por culpa de los padres.

El profeta Daniel también tiene mucho que enseñarnos al respecto. En vez de culpar por su destino a sus antecesores, como hacía el público oyente de Jeremías y Ezequiel, él aceptó su propia responsabilidad personal y la de sus contemporáneos por el juicio que había caído sobre ellos. Él escribió: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas . . . Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (Daniel 9:4, 5,7–9). En la oración de Daniel, no se menciona que la razón del exilio sea por los pecados de los padres. Esto es aún más asombroso si recordamos que Daniel era consciente de que por generaciones Dios había enviado profetas para advertir a Israel de ese juicio si no se arrepentían.

En el tiempo de Jesús, los judíos habían otra vez olvidado las correcciones del paganismo expresadas por Moisés y los profetas. Jesús encaró los mismos asuntos. En Juan 9:1–3 leemos: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.” Aunque los discípulos tenían el antiguo punto de vista pagano de que la culpa y el pecado podrían ser heredados, Jesús enfatizó la gloria y la gracia de Dios. Jesús también afirmó: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Las palabras de Jesús sugieren que el perdón de Dios basta para alcanzar un grado tal de transformación espiritual que produzca un cambio de vida. Jesús creía que la mujer a quien acababa de perdonar era libre de escoger si iba a permanecer en el pecado o se apartaría de él. No se hace ninguna referencia a la necesidad de una oración adicional, una ceremonia, o una fórmula de renunciación para complementar la oferta de la gracia y el perdón de Dios. Una vez más, esta excesiva (y hasta enfermiza) inclinación de interpretar las desgracias de las personas como una consecuencia de los pecados de un antepasado es confrontada por Jesús.

El énfasis de maldiciones generacionales casi siempre despoja al creyente de asumir su responsabilidad personal. Y lo que es más delicado: no lo motiva a procurar el arrepentimiento por sus propios pecados. Las palabras de Pablo: “Dios. . . pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:5,6) y “porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo . . . de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:10,12), claramente enfocan la responsabilidad individual a la que se da prioridad en el Nuevo Testamento. Estos pasajes deben ser vistos como la unificada enseñanza de las Escrituras, empezando con Moisés (Deuteronomio 24:16), continuando en los profetas (Jeremías 31:29,30; Ezequiel 18:1–4,14–16,18–20; Daniel 9:4, 5,7–9), y culminando con las enseñanzas de Jesús (Juan 8:11; 9:1–3).

EFECTOS NOCIVOS DE TAL ENSEÑANZA.

Muchas y lamentables son las consecuencias que la enseñanza de las ataduras o maldiciones generacionales han traído a la iglesia. Algunos en el pueblo de Dios están ávidos por buscar que alguien les practique una sesión de liberación, pues creen que esa atadura solo pierde su poder con esta práctica. En otros casos, el creyente que se siente inocente esquivará su responsabilidad personal y no procurará el arrepentimiento. Pero también están los que han sido decepcionados por las implicaciones de esta enseñanza. Aquellos que han sido objeto de una liberación y que con el tiempo el pecado o las consecuencias de un pecado reflotaron experimentan desilusión con el evangelio o las Escrituras. Otros quizá lo resuelven sometiéndose periódicamente a estas liberaciones.

Por lo tanto, en concordancia con la enseñanza bíblica debemos concluir que la doctrina de las maldiciones generacionales es teológicamente deficiente y en la práctica es muy nociva para el creyente y la iglesia en general.

LA ALTERNATIVA BÍBLICA.

Pero entonces, ¿qué hacer si en la vida diaria parece que somos inclinados a practicar los mismos pecados de nuestros antepasados? ¿Cómo librarnos de esa influencia? Para empezar respondiendo a esta legítima pregunta, debo establecer que los hombres nacemos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), y que nuestro corazón está inclinado siempre y únicamente hacia el mal (Génesis 6:5). Solo por la intervención divina, los hombres somos regenerados y recibimos un nuevo corazón. En otras palabras, Dios nos hace nacer de nuevo (Juan 3:3). Cuando el hombre se arrepiente de sus pecados, abandona sus malos caminos y se vuelve a Cristo en obediencia, está dando la gloriosa evidencia de su nuevo nacimiento. Es por eso que el apóstol Juan decía: “Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). Esto quiere decir que cuando una persona nace de nuevo, se arrepiente y abandona sus pecados, no mostrará un patrón pecaminoso de conducta. El creyente peca, pero no practica el pecado como un estilo de vida. Tomando como referencia las palabras de Juan, concluimos que la práctica abierta y permanente de un pecado, en la mayoría de los casos es una evidencia de que esa persona no nació de nuevo, y que nunca se arrepintió de sus pecados. Si ese es tu caso, entonces debes reconocer tu necesidad de salvación, arrepentirte de tu maldad, y depositar tu confianza solo en Jesucristo para el perdón de tus pecados. La biblia enseña que todo aquel que viene a Cristo, Él no le echa fuera. Corre al Señor y Él te recibirá y te dará descanso (Juan 6:37, Mateo 11:28-29).

Sin embargo, ¿Qué sucede con alguien que da evidencia de su regeneración y ha mostrado los frutos de su arrepentimiento, pero todavía lucha con alguna forma de pecado, adicción o inclinaciones de sus antepasados? La inquietud también es legítima, y la biblia también nos responde al respecto. Aquí es importante destacar que, desde el momento de nuestra conversión, empieza en el creyente el proceso conocido como santificación. Se le llama así al proceso por medio del cual, desde la conversión, Dios hace al creyente más libre de la influencia del pecado y lo transforma a la semejanza de Cristo. Pero este proceso es gradual y dura toda la vida. Y aunque es una obra de Dios, el creyente también participa del mismo. Esta es la enseñanza que Pablo expone en Romanos 6. Por eso dice, “Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias” (Romanos 6:12). Es decir, no se dejen gobernar por el pecado.

La vida de un genuino creyente se caracteriza por una constante lucha contra el pecado. El hombre regenerado batalla por no pecar, y cuando lo hace siente una profunda convicción. Siente tristeza y amargura por haberle fallado a su Salvador. Pero no debemos olvidar que el llamado del creyente es a negarse a sí mismo, a tomar su cruz cada día, y seguir a Jesús (Lucas 9:23). Pablo nos llama a hacer morir lo terrenal en nosotros (Colosenses 3:5) y por medio del Espíritu a hacer morir las obras de la carne (Romanos 8:13). Pedro exhortaba a los creyentes a que se abstengan “de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Parte de esta batalla es la actitud permanente de procurar el arrepentimiento. Un creyente es un pecador que reconoce cuando falla y se arrepiente genuinamente de su pecado. En este sentido, el arrepentimiento es el estilo de vida de un creyente.

Pero en la santificación, es importante recordar que, aunque se nos manda ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, también se nos dice que Dios es quién produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13). Es decir que Dios nos pide algo, pero él también nos da la capacidad para obedecerlo. La gracia de Dios no solo perdona nuestros pecados, sino también nos capacita para vivir la vida cristiana. Además, debemos decir que nuestra santificación será proporcional al entendimiento que tengamos de la persona y la obra de Jesucristo. Es decir, nuestra santidad se corresponde en gran medida a nuestro entendimiento del evangelio. Mientras más comprendamos lo que Cristo hizo en la cruz, mayor será nuestro anhelo por crecer en su semejanza. Para tal efecto, la constante exposición de la Palabra será determinante. La Palabra de Dios tiene un poder santificador en la vida del creyente. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos: “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (Juan 15:3).

Debemos recordar que Cristo Jesús obtuvo eterna, segura, y completa salvación. En Él estamos completos, decía Pablo (Col. 2:10). Es decir, Cristo es la provisión de Dios para el gran problema del pecador. En Cristo tenemos todo lo que necesitamos para nuestra redención, para nuestro crecimiento espiritual, y solo en Él tenemos lo necesario para una vida plena y llena del poder de Dios. Más que mirar al pasado a ver qué tipo de maldición pudiéramos estar sufriendo, miramos a la cruz y vemos como ahora somos benditos en Él.

CONCLUSIÓN:

La falsa enseñanza de las “maldiciones generacionales” es una herejía peligrosa que debe ser rechazada, por 6 razones principales:

  1. Niega la suficiencia de las Escrituras y requiere que se añadan a la Palabra de Dios pruebas, rituales, y fórmulas generadas por el hombre (2 Timoteo 3:15–17; 2 Pedro 1:3–8).
  2. Niega la perfecta obra de Cristo en la Cruz.
  3. Tergiversa el evangelio de Cristo (Gálatas 1:6–9).
  4. Niega la enseñanza bíblica de la responsabilidad personal.
  5. Nos acerca un paso más al paganismo del que fuimos llamados.
  6. Pone exagerado énfasis en la obra del hombre,
  7. Da vueltas a la idea de una relación con Dios basada en las obras.

Los pentecostales auténticos, bíblicos y de sana doctrina, debemos afirmar la suficiencia del sacrificio de Cristo inequívocamente. Pablo declaró, sin temor a contradicción: “A vosotros, estando muertos en pecado y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente [la referencia es a los espectáculos romanos en que los emperadores y generales que ganaban una guerra marchaban por las calles de Roma con el botín y los prisioneros conquistados para mostrar tanto al ciudadano como al enemigo el poder del Imperio], triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13–15).

Las Escrituras son la única lámpara a nuestros pies y luz a nuestro sendero en que podemos confiar.

Las palabras del hombre sólo pueden llevarnos de vuelta a la esclavitud: por ejemplo, el temor. Tenemos que obtener todo el consejo de Dios en las Escrituras en vez de seguir la última decadencia teológica.

El hombre caído siempre busca soluciones rápidas. Casi todos los problemas encarados por las ceremonias de maldición generacional no pueden ser echados fuera o atados. Los problemas de conducta tienen que ser tratados en nuestro andar de discipulado. Necesitamos diariamente tomar nuestra cruz, considerarnos muertos al pecado y vivos a Dios en Cristo, traer a sujeción nuestro cuerpo, llevar cautivo cada pensamiento a la obediencia de Cristo, y renovar nuestra mente por la Palabra de Dios. Un exorcismo “a la volada” de nuestras imperfecciones de carácter nos dejará decepcionados porque despertaremos el próximo día para descubrir que todavía tenemos esas imperfecciones. Jesús no nos ha llamado a una versión de método fácil del cristianismo. Él nos ha llamado al discipulado, a diariamente seguir al Maestro, sometiéndonos a su señorío, aprendiendo de Él, para llegar a ser más como Él.

Cualquier deuda de pecado que hayamos acumulado fue efectivamente cancelada gracias a la muerte vicaria o sustitutiva de Jesús. Además, Pablo afirma que los poderes y principados que nos tenían esclavizados en el pecado no sólo fueron vencidos y desarmados, sino también totalmente humillados. La muerte de Cristo ofrece tanto el perdón de pecados como la liberación de la opresión y la posesión demoníaca a quienes se apropian de este sacrificio.

Por todo lo anterior, la Biblia nos lleva a concluir que, lejos de fundamentarse fielmente en la Palabra de Dios, la enseñanza de “maldiciones generacionales” es un abuso del texto bíblico. Es otra especulación fantasiosa de algunos predicadores que no se cansan de inventar nuevas doctrinas para deslumbrar a su público y mantenerlos cautivos de sus aberraciones. Lejos de ser un mensaje fiel a la Palabra, es otro intento de manipularla, y manipular al público creyente. Todas estas especulaciones contemporáneas plantean una pregunta muy seria: ¿En qué punto una simple enseñanza equivocada llega a ser una herejía? ¿No será que tenemos que redescubrir el concepto y la realidad de la herejía? Es hora de levantar la voz de protesta contra estas novedades antibíblicas. Principalmente cuando somos nosotros, los pentecostales que amamos la sana doctrina, a quienes se nos acusa de promoverla.