5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

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¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

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¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

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SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

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SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

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LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

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CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

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REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

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Vida Espiritual

Viviendo una vida llena del Espíritu.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

La cultura occidental tiene una cosmovisión limitada, y percibe la realidad en dos ámbitos: (1) el mundo natural que opera conforme a leyes científicas comprobables, y (2) Dios que se limita a lo sobrenatural; es decir, lo interior y espiritual. Esta perspectiva es el fundamento de las filosofías humanísticas seculares. Este doble concepto no representa la manera en que gran parte del mundo ve la realidad, y por cierto no es el punto de vista bíblico del mundo de Dios. Dios nos ha dado su Espíritu Santo con el propósito de derribar las falsas barreras entre lo natural y lo sobrenatural.

La vida de Esteban nos permite ilustrar este punto a la perfección. Esteban es descrito en el libro de los Hechos como un varón llamado y ungido a servir a las mesas a favor de las viudas necesitadas, lleno del poder y la gracia de Dios, que hacía señales y milagros entre el pueblo (Hechos 6:8). ¡Un momento! ¿Servir a las mesas? ¿Qué tiene esto de espiritual o sobrenatural? ¿Por qué necesita ser lleno del Espíritu Santo para servir a las mesas y atender viudas? ¿En qué momento Esteban cambió de lo “natural” a lo “sobrenatural”? Simplemente no había una barrera en la vida de Esteban entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando la iglesia escogió diáconos para que distribuyeran el alimento diario a las viudas, los creyentes buscaron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:13).

“Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo” (Hechos 6:5).

Cuando el Sanedrín estaba por apedrearlo, él, nuevamente lleno del Espíritu Santo, tuvo una visión de Jesús y perdonó a sus verdugos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55).

La vida y ministerio de Esteban nos enseñan una gran verdad: Para servir a Dios, aún en el área más simple (aquella que nos parece demasiado terrenal), se necesita una vida rendida al Espíritu Santo, un corazón transformado. Desde el pastor, misionero o evangelista más grande hasta el hermano que hace la limpieza en el templo, todos necesitamos ser llenos del Espíritu Santo para la realización eficaz de nuestra tarea. Si algo ha de ser ofrecido a Dios, debe serlo en sus términos, a su manera, y bajo su unción, aun cuando nos parezca algo “terrenal”, pues la barrera entre lo natural y lo sobrenatural es solo aparente. ¡Simplemente no existe! No podemos desconectar nuestra vida en la tierra de la vida en el Espíritu que Dios desea que vivamos. Esa ha sido la causa de que el humanismo tenga tanto éxito en nuestra sociedad, pues la iglesia misma vive desconectada del mundo espiritual, relegando la espiritualidad únicamente a los templos y a los domingos.

Vivir en el Espíritu tampoco es hablar en lenguas ocasionalmente o manifestar algún don sobrenatural sin presencia de fruto espiritual en el creyente. Es por sus frutos, no por sus dones, que se conoce al verdadero creyente (Mateo 7:22-23). De vez en cuando, algunos se centran en el derramamiento del Espíritu Santo para enfatizar la bendición y la experiencia emocional que tienen su origen en ese derramamiento. Aunque esta realidad puede ser un resultado muy legítimo, tenemos que investigar lo que la Biblia explícita e implícitamente señala como el propósito de que seamos llenos con el Espíritu Santo. A fin de hacer una duradera y poderosa contribución por la causa del evangelio, nuestro corazón y nuestra vida tienen que ser formados por los propósitos de Dios, y no por metas humanas.

Si queremos experimentar el poder que sabemos que es parte de la obra del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida, debemos primero entender su propósito. Al final de cuentas, manifestar dones espirituales extraordinarios como sanidades, milagros, profecía y lenguas no es el fin en sí de la llenura del Espíritu Santo. Dios desea que vivamos una vida en el Espíritu. Por ello, debemos recordar que toda investidura espiritual o don sobrenatural ha sido dado para:

  1. SEÑALAR A JESÚS: Jesús dio a sus seguidores la comisión de hacer discípulos a todas las naciones (yendo por todo el mundo, bautizándolos y enseñándoles; Mateo 28:19,20). En el primer Pentecostés después de la resurrección de Jesús, Dios inició en su iglesia el proceso de equipamiento. Varias semanas después de haber sido llenos con el Espíritu Santo, Pedro y Juan fueron encarcelados por su persistente y poderoso testimonio. Después de que los soltaran, regresaron a sus hermanos creyentes y tuvieron un poderoso culto de oración. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Lo que explícitamente se afirmó como el resultado previsto de recibir el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8) se enseña implícitamente en el relato descrito arriba (3:11-4:31). Sacamos la conclusión de que uno de los principales propósitos de la llenura del Espíritu Santo es para señalar a Jesús. Recibimos poder y fortaleza para hacer una osada, clara, y fiel proclamación de la persona y la misión de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Juan escribe: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). El Espíritu glorificará a Jesús. El Espíritu Santo no vino para atraer la atención en sí mismo, ni para atraer la atención en nosotros, sino para atraer la atención en Jesús. El Espíritu Santo nos hace conscientes de “Jesús”, y no conscientes del “Espíritu Santo”.

 

  1. PODER PARA SERVIR A DIOS: Otro gran propósito de ser lleno con el Espíritu Santo es de recibir poder para servir a Dios. Hay tres esferas en las que se manifiesta el poder: (1) poder para vivir en santidad; (2) poder para servir a Dios y su obra; y (3) poder para cumplir una misión o enfrentar un problema o crisis.

 

  • PODER PARA VIVIR EN SANTIDAD: Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El apóstol Pablo escribió: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Se nos exhorta a vivir de manera digna del llamado que hemos recibido (Efesios 4:1). Pero en nuestra propia fuerza no podemos vivir en santidad, alumbrar la luz, y dar toda la gloria a Él. Si tratamos de hacerlo en nuestra propia fuerza, fracasamos. Nuevamente, el apóstol Pablo presenta este problema en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:15-19). Pero Pablo también presenta la solución: por el poder de Dios, que nos ha sido dado por su Espíritu, podemos vivir en santidad, a lo cual hemos sido llamados: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8_9-14).

 

  • PODER PARA SERVIR A DIOS Y HACER SU OBRA: El siguiente aspecto en que necesitamos poder es en el ámbito de servicio. La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40) fue un acto de servicio al Señor y de edificar a la iglesia (2:41), para lo cual fue necesaria la llenura del Espíritu Santo. Además, los diáconos de la iglesia primitiva fueron llenos del Espíritu a fin de cumplir el llamado de Dios para ellos de servir en la distribución de alimento. La palabra “diácono” literalmente significa “siervo”. El Espíritu nos llena para que podamos servir en satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Lo distintivo es el propósito: vivir por Dios.

 

  • PODER PARA CUMPLIR UN DEBER INMEDIATO: El tercer aspecto de vivir por Dios es lo que se podría llamar poder para cumplir un deber inmediato (lo cual puede incluir un problema o crisis). El diácono Esteban nuevamente fue lleno con el Espíritu Santo justamente antes de ser apedreado debido a su proclamación. Esteban recibió poder para ver en una visión a Jesús y perdonar a sus verdugos. Cuando Pedro se enfrentó a la difícil situación del juicio ante el Sanedrín, nuevamente recibió poder, que lo equipó para esa necesidad inmediata (Hechos 4:8). Cuando Pablo tuvo que enfrentarse al poder de Satanás, presente en el mago llamado Elimas, Pablo recibió su llenura y afrontó la crisis con la presencia del Señor (Hechos 13:9). Pablo cumplió con poder su deber inmediato, y Elimas quedó ciego.

 

Cada una de estas situaciones de crisis fue seguida de un milagro. Generalmente, en esta clase de circunstancia (deber inmediato, problema, o crisis), suceden señales y maravillas. Dios se dedica a la “intervención en las crisis”. ¡Los dones no son para satisfacer nuestros deseos egoístas, sino para satisfacer nuestras necesidades! Dios quiere que su iglesia sea “edificada”, no en sentido de ser favorecida, por supuesto, sino en sentido de ser fortificada.

 

Fíjese lo que Pablo dice en Efesios: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15,16). En esos días malos necesitamos que Dios nos llene con el poder del Espíritu Santo para que (a) llevemos una vida santa contra la maldad que nos rodea; (b) sirvamos en lo práctico y lo espiritual; y (c) atendamos las crisis que se presentan.

 

Dios quiere que seamos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37). “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Necesitamos comprender la voluntad de Dios y obrar conforme a lo que comprendemos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (5:18).

 

Pablo presenta un fuerte contraste. Algunos interpretan este pasaje como si los carismáticos y pentecostales fuéramos borrachos espirituales. Pablo no dice que ser lleno es como embriagarse. Él no compara sino contrasta esas dos acciones. La embriaguez conduce a la pérdida de dominio propio. Aquí la disolución es excesiva sensualidad, una condición en que las personas no pueden controlarse o “salvarse” a sí mismas. Es una condición en que uno va de mal en peor. La condición contrastante es la plenitud del Espíritu, que no implica pérdida de dominio propio. En realidad, parte del fruto del Espíritu es dominio propio (Gálatas 5:23). El exceso de alcohol produce un comportamiento desenfrenado. La plenitud del Espíritu conduce a una conducta restringida y de dominio propio.

 

El resultado de estar bajo la influencia del alcohol es que nos hace como bestias; pero el Espíritu nos hace más como Cristo. Por tanto, ¡Seamos llenos! El verbo griego en este pasaje es plerousthe. Es un verbo en tiempo presente, voz pasiva, modo imperativo, segunda persona plural. Significa llenar, completar o llevar a cumplimiento. En este contexto se usa como metáfora de derramar. Sin embargo, más que la metáfora está el propósito. El tiempo presente enfatiza el ahora y continuamente implica una y otra vez. Nótese: somos salvos una vez. Lo que llamamos bautismo del Espíritu Santo es la experiencia inicial de ser lleno con el Espíritu (Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek, Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987, 11,12). Pero podemos ser llenos con el Espíritu Santo una y otra vez. Algunos se refieren al bautismo como la puerta de entrada, y las subsecuentes llenuras como la senda a seguir una vez que se pase por la puerta. Pedro fue lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:4) y nuevamente cuando habló ante el Sanedrín (4:8). Y “todos”, incluido Pedro, fueron “llenos del Espíritu Santo” después de orar (4:31). Ananías puso las manos en Pablo para que recobrara la vista y sea lleno del Espíritu Santo (Hechos 9:17). Entonces Pablo, “lleno del Espíritu Santo”, dijo a Elimas: “Hijo del diablo…” (Hechos 13:9-10). Los discípulos (incluido Pablo) sacudieron el polvo de sus pies y fueron “llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Esteban fue lleno antes de servir a las mesas, luego nuevamente antes de su visión y su muerte. El significado de la voz pasiva es que Dios es quien origina la acción de llenar. Él es quien obra en nosotros, y por eso espera que seamos receptores dispuestos y rendidos. El modo imperativo implica un mandato de Dios. En nuestro lenguaje hablado expresamos la orden imperativa por el vigor y el volumen de nuestra voz. Cuando escribimos un mandato en español, generalmente usamos un signo de exclamación. En el griego del Nuevo Testamento, sin embargo, una orden se escribe con las inflexiones del modo verbal que la distingue claramente de una orden declarativa o una posible sugerencia. No es una sugerencia que ha de discutirse. Como es una voz pasiva en imperativo, se debe traducir “permitir a ser lleno”. Para cumplir este mandato, tenemos que quitar cualquier barrera que impida la debida relación con Dios. La segunda persona en plural significa “todos ustedes”. Por tanto, una preferida traducción del pasaje es: “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!”.

RESULTADOS DE UNA VIDA ESPIRITUAL PLENA:

En Efesios 5:15-21, Pablo vincula esta plenitud con cuatro resultados: (1) hablar, (2) cantar, (3) alabar, y (4) someter. El primer énfasis está en hablar. Debemos hablarnos unos a otros; dar testimonio. En el primer siglo, cuando a personas que no estaban acostumbradas a hablar en público se les pedía que testificaran, a menudo recitaban una canción o un salmo, una composición ya familiar y conocida a la comunidad (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.16). Por eso, los testimonios podían expresar toda clase de sentimientos por medio de oraciones, cánticos, y recitaciones. En comunión de los hermanos se expresaban gritos de angustia, regocijo, y oraciones. Este hablar lleno del Espíritu no era sólo “conversación”, sino comunión dirigida por el Espíritu. Esta comunión se conducía por medio de tres clases de expresiones verbales: salmos, himnos, y cánticos espirituales.

Los salmos podían incluir alabanza, aliento, consuelo, agradecimiento, o historias de los patriarcas y profetas (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.239). El uso de los Salmos por la antigua Israel y la iglesia primitiva ha revelado por lo menos tres importante y amplias categorías que debemos usar hoy. Sirven como una guía en la adoración; nos ayudan a relacionarnos sinceramente con Dios; y ofrecen patrones de reflexión y meditación en las cosas que Dios ha hecho por nosotros (Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth, Grand Rapids: Zondervan, 184).

Los himnos son exposiciones o exégesis con melodías. Los himnos podían servir para instrucción, confesión, enseñanza, o exhortación. Varios pasajes del Nuevo Testamento se pueden considerar como himnos. Por ejemplo, Efesios 2:19-22 y 5:14, y Tito 3:4-7. Fíjese especialmente en los himnos que nos instruyen acerca de la persona de Cristo, como Juan 1:1-18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20; 1 Timoteo. 3:16; y Hebreos 1:1.6 (Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982). Los cantos espirituales incluyen todo lo arriba mencionado. Colosenses 3:16 confirma que nosotros debemos usar los mismos tres (salmos, himnos, y cantos espirituales) como medios de enseñanza y exhortación unos a otros.

El segundo resultado de la plenitud del Espíritu es cantar en nuestro corazón al Señor (Efesios 5:19). Esto no se trata de adoración interior, privada. Algunos lo ven como un texto que prueba que Dios sólo acepta silenciosa y meditativa adoración. Este versículo no dice que el corazón es el lugar de adoración. Lo que enfatiza es la manera de adorar; es decir, “en el corazón” (por medio del corazón), y elevada (hacia el trono de la gracia). Hay tiempo de postración quieta y también tiempo de declaración exuberante. El Espíritu nos guiará a ambos, conforme a su plan y en su tiempo.

El tercer resultado de la plenitud del Espíritu es “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre” (Efesios 5:20). No se trata de agradecimiento selectivo. Hay que evitar el pecado de las quejas típicas de los israelitas. “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo” lleva el impacto de sumisión a la voluntad, la autoridad, el poder, y la naturaleza de Jesucristo. Es un agradecimiento que resulta en sumisión a la voluntad del Señor, dirigida por el Espíritu.

El cuarto resultado es “[someternos] unos a otros en el temor de Dios” (5:21). Esto significa que nos colocamos bajo (o después) de otro en reverencia porque deseamos conformarnos a la voluntad soberana. A este pasaje a veces se lo trata como una unidad de enseñanza aparte. Sin embargo, la sumisión es una de las características de la plenitud. Las siguientes instrucciones a las esposas, a los maridos, a los hijos, a los esclavos, y a los amos son ejemplos de la reverente sumisión que se nos ordena. Esta es una frase dependiente que ilustra el pensamiento previo: “someteos unos a otros en el temor de Dios”, que a su vez es una frase de participio, subordinada al principal imperativo: “sean continuamente llenos con el Espíritu”. El punto de enfoque de Pablo no está en que la esposa se someta al marido. En otras palabras, la sumisión por parte de la esposa es sólo una expresión de la mutua sumisión, que es un resultado de ser lleno con el Espíritu Santo.

Por medio de estos admirables efectos el Espíritu Santo se nos pone en la debida relación con Dios mediante la adoración y la alabanza (“cantando” y “alabando”); y en la debida relación unos con otros mediante la comunión y la mutua sumisión (“hablar” y “someter”).

¿CÓMO PODEMOS SER LLENOS?

No hay trucos. Para ser lleno con el Espíritu debemos comprender lo que Dios quiere, someternos a su señorío, y andar por fe. Es necesario comprender que esto es la voluntad de Dios (Efesios 5:17). Es un mandato de Dios (5:18). Trate sincera y completamente con el pecado en su vida. No contriste al Espíritu Santo, sino permita que las Escrituras lo redarguyan (Efesios 4:30, 2 Timoteo 3:16).

En segundo lugar, tenga presente quién es Señor. Dele a Él el señorío en su vida. Ya no viva para sí mismo (Lucas 9:23; 2 Corintios 5:15). Sométase a Dios y a su voluntad mediante confesión y arrepentimiento (1 Juan 1:9). Sométase a Dios como sacrificio vivo (Romanos 6:13; 12:1,2). Ríndase, y sea celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En tercer término, ande por fe. Apóyese en los hechos, no en sus sentimientos. Sólo obedezca la Palabra de Dios. Viva por el Espíritu y ande por el Espíritu (Gálatas 5:25). Acepte las promesas por la fe. No sea como un niño que constantemente rebusca en la tierra para ver si ha germinado la semilla que sembró. Déjale crecer y siga en su andar con Dios. La iglesia en Corinto es una solemne advertencia a nosotros. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y fueron enriquecidos con dones carismáticos (1 Corintios 1:4-7). Sin embargo, Pablo los reprochó como poco espirituales, no llenos del Espíritu. La evidencia continua no son los dones (ellos tenían muchos), sino el fruto que va madurando (tenían poco).

Los dones carismáticos de la gracia de Dios no son joyas para portar alrededor del cuello, ni perfume para adornar el cuerpo con aire de espiritualidad. En cambio, son herramientas para la edificación de la Iglesia. Una que otra vez he trabajado como carpintero. Tengo herramientas que he escogido cuidadosamente a través de los años para cumplir diferentes tareas. Muchas veces uno tiene que ir al lugar de “construcción” para averiguar qué herramientas se requerirán para cierto trabajo. Quizás usted no descubra sus dones espirituales hasta que esté en medio de una labor de construcción y tenga que clamar a Dios para que le alcance el martillo espiritual, el papel de lija, o la goma de carpintero. De la misma manera, como la llenura del Espíritu también es con determinación, dejemos que Dios nos guíe primero en esos propósitos para que experimentemos el poder.

Al viajar a Centroamérica para enseñar a los mayas, tuve una guerra espiritual de una manera no acostumbrada. Comprendí, me sometí, luego anduve. Señales y maravillas acompañaron a la proclamación de la Palabra con el poder del Espíritu. La plenitud del Espíritu nos da poder para vencer la tentación (como Jesús), poder para proclamar osadamente a Jesucristo (como Pedro), poder para servir (como un buen diácono), poder para perdonar a los enemigos (como Esteban), poder para confrontar a las fuerzas de las tinieblas (como Pablo), y poder para alentar y enseñar (como Bernabé). “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!” La vida llena del Espíritu se caracteriza por la debida relación con Dios en adoración y alabanza, y por la debida relación con otros por medio de comunión y servicio dirigido por el Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek (Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987) 11,12.
  • Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, (Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983), p.16.
  • Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth (Grand Rapids: Zondervan), 184.
  • Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, (Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982).