Bautismo en el Espíritu Santo, Continuismo, Pentecostalismo Clásico

La llenura santificante del Espíritu Santo

Por Fernando E. Alvarado

Este evangelio habla de su Hijo, que según la naturaleza humana era descendiente de David, pero que según el Espíritu de santidad fue designado con poder Hijo de Dios por la resurrección. Él es Jesucristo nuestro Señor.” 

Romanos 1:3-4, NVI

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo. Dicho empoderamiento ha continuado en el cuerpo de Cristo desde la época de la iglesia primitiva hasta nuestros días con el surgimiento del movimiento pentecostal.

El pentecostalismo distingue ciertos rasgos característicos del bautismo en el Espíritu Santo: (1) teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede, (2) está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe, y (3) tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido. Todo verdadero pentecostal hace de la llenura del Espíritu Santo el propósito de su vida cristiana. El fruto natural de dicha llenura es la santificación.

¿QUÉ SIGNIFICA SER LLENO DEL ESPÍRITU SANTO?

Significa que toda esclavitud al pecado ha sido desplazada; pues tal como el aceite y el agua no se mezclan, así tampoco el Espíritu Santo y el pecado se mezclan en la vida del cristiano. Son opuestos. La plenitud del Espíritu Santo en la vida de un creyente destierra el pecado del corazón. Podemos ver esta verdad de otra manera y decir que el individuo que es lleno del Espíritu Santo se ha entregado completamente a Dios. La Tercera Persona de la Trinidad toma posesión de él, no arbitrariamente ni por la fuerza, sino porque el individuo elige que el Espíritu Santo sea su Dueño. Lo entrega todo a Dios, y cada área de su personalidad está habitada por el Espíritu Santo. Por lo tanto, no queda lugar para la naturaleza pecaminosa. La llegada de un Pentecostés personal santifica la vida del creyente.

Si, en efecto, el bautismo en el Espíritu Santo es una inmersión en Aquel que es el Espíritu Santo—la más frecuente designación para Él en el Nuevo Testamento—la experiencia debe de alguna manera relacionarse con la santidad personal. La persona bautizada en el Espíritu debe entender que además de los dones espirituales, la experiencia Pentecostal debe producir fruto espiritual.

Muchos creyentes piensan erróneamente que al ser bautizados en el Espíritu Santo toda capacidad e inclinación al pecado desaparecerá. Eso no es cierto. El bautismo en el Espíritu no produce perfección instantánea (¡nada lo hará!), pero da al receptor un incentivo para procurar una vida que complazca a Dios. En esta conexión, es importante que veamos el vínculo entre ser continuamente lleno del Espíritu y su consecuencia en la vida del creyente: un espíritu gozoso, el ministerio a otros, la acción de gracias, y la sumisión y el respeto mutuos (Efesios 5:18 al 6:9).

El bautismo en el Espíritu Santo no debe ser la experiencia de una sola vez. Además de la obra interior que es el Espíritu realiza cada día en la vida, hay ocasiones en que viene sobre la vida del creyente en tiempos de crisis o para satisfacer una necesidad especial; estos momentos también los describimos como “ser llenos del Espíritu” (Hechos 4:8,31; 13:9,52). Experimentar continuamente dicha llenura debe ser nuestra meta de vida.

SANTIFICADOS PERO IMPERFECTOS; MAS, SIN EMBARGO, HEMOS LLEGADO A SER UNO CON CRISTO

La llenura del Espíritu Santo en la vida de un creyente cumple con el deseo expresado por Cristo en su oración sacerdotal:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:20-21)

Cuando un cristiano está lleno del Espíritu Santo, llega a ser uno con Cristo. No quiero decir con esto que un hombre cuando es santificado por la recepción del bautismo con el Espíritu Santo llega a ser uno con Dios en propósito o voluntad, en el mismo sentido en que Jesús era uno con Dios en propósito y voluntad. Jesús tenía una personalidad infinita y todopoderosa que nosotros no tenemos. Podía llevar a cabo Sus voliciones y decisiones de una manera que ningún ser finito podría llevarlas a cabo, aunque ese ser finito pudiera estar lleno del Espíritu Santo. Además, los seres humanos no solo somos finitos, sino que nuestra finitud ha sido estropeada por el pecado. Nuestras mentes, incluso cuando han sido llenas del Espíritu Santo, no son del todo sabias, sino que están sujetas a errores y otros efectos que les han sobrevenido a través del pecado. Esas debilidades de la carne, como a veces se las llama, permanecen con nosotros después de que somos santificados. Por lo tanto, debemos recordar que, aunque estemos llenos del Espíritu Santo, no somos perfectos e impecables. Sin embargo, podemos ser uno con Dios en espíritu y propósito, ya que desde el punto de vista del motivo interno no tenemos otra intención que hacer la voluntad de Dios.

La llenura del Espíritu Santo no significa que nuestras actividades externas siempre serán perfectas. Nuestros motivos internos tienen que expresarse a través de criaturas finitas cuyas mentes y cuerpos han sido estropeados por el pecado. Debido a esto, hasta nuestras mejores intenciones están manchadas por la influencia del pecado en nuestra naturaleza. La llenura del Espíritu Santo implica que no queda lugar, desde el punto de vista del motivo, para el yo y el pecado; estamos totalmente del lado de Dios y totalmente decididos a hacer Su voluntad. Ésta es una cuestión de elección. Hemos entrado en este estado por elección y no por coerción. Es una maravillosa condición del corazón que Dios quiere y nosotros queremos, que Dios ha elegido y nosotros hemos elegido. Esta unión tan estrecha entre Dios y el hombre genera siempre un nuevo poder espiritual en este mundo. Es por eso por lo que los pentecostales enfatizamos tanto la recepción del bautismo y la llenura del Espíritu Santo. Creemos que el mismo Pentecostés que produjo un gran avance en la Iglesia Cristiana cuando llegó por primera vez sigue aún vigente. Y ese Pentecostés real todavía resulta en un poderoso avance para Dios y Su reino.

PROCUREMOS SER LLENOS DEL ESPÍRITU

El bautismo y la llenura en el Espíritu Santo debe ser más que una doctrina que se protege y se valora; debe ser una experiencia vital, productiva, y continua en la vida de los creyentes y en su relación personal con el Señor, su interacción con otros creyentes, y su testimonio al mundo. La vitalidad y la fuerza de la Iglesia pueden concretarse sólo cuando los creyentes de manera personal y colectiva manifiestan el poder del Espíritu Santo que Jesús mismo experimentó y que prometió a sus discípulos. La verdadera santidad, señal distintiva del verdadero cristiano, no es posible sin la ayuda del Espíritu Santo.

Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo y la llenura en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49; Hechos 1:4,8; 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17; 10:44-46; 11:14-16; 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente participa de experiencias como la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37-39; Hechos 4:8); una mayor reverencia hacia Dios (Hechos 2:43; Hebreos 12:28); una consagración más intensa a Dios y una mayor dedicación a su obra (Hechos 2:42); y un amor más activo a Cristo, a su Palabra, y a los perdidos (Marcos 16:20).

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