La predisposición a interpretar las Escrituras a través del prisma de nuestra tradición teológica es un fenómeno constante y difícil de evitar. Nacemos inmersos en un marco doctrinal específico, y quienes están convencidos de su postura rara vez admitirán su posible equivocación. Sin embargo, imponer al texto bíblico un significado ajeno a su intención original mediante artificios exegéticos constituye una grave falta de fidelidad tanto a Dios como a Su Palabra. Un ejemplo paradigmático de este error se encuentra en la interpretación calvinista de Hebreos 6:4-6, donde se argumenta que el pasaje se refiere a "creyentes falsos" —sosteniendo, en esencia, que "si eres un verdadero creyente, permanecerás en la fe; si no lo eres, eventualmente te apartarás, demostrando que nunca fuiste un verdadero creyente". Esta lectura, sin embargo, no solo desvirtúa el sentido claro del texto, sino que representa una falacia exegética destinada a preservar un sistema teológico cerrado, reacio a cuestionarse a sí mismo.
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El pecado original en el pensamiento de Agustín, los Padres Pre-Agustinos y el judaísmo (Parte I)
La doctrina del pecado original, desarrollada por Agustín de Hipona (354-430 d.C.), constituye un pilar esencial de la teología cristiana occidental, con un impacto profundo en las tradiciones católica y protestante. Formulada en el contexto de las controversias pelagianas del siglo V, esta enseñanza aborda cuestiones fundamentales sobre la condición humana, su inclinación al pecado y su dependencia absoluta de la gracia divina para la redención. Para Agustín, el pecado de Adán y Eva en el Edén no fue un evento aislado, sino un acto cósmico que transformó la naturaleza humana, transmitiendo una corrupción inherente a todas las generaciones. Esta doctrina no solo explica la fragilidad moral de la humanidad, sino que también destaca la necesidad de la intervención divina para restaurar la comunión perdida con Dios.
El descenso de Cristo a los infiernos (Descensus ad Inferos): Conquista, liberación y proclamación universal
El descenso de Cristo a los "infiernos" (o Hades, el lugar de los muertos en la tradición judía) es un evento teológico central en la fe cristiana, afirmado en el Credo de los Apóstoles. Este acto, que ocurrió entre la crucifixión y la resurrección, no fue una derrota, sino una conquista gloriosa que combina la proclamación de salvación y juicio, la liberación de los justos antiguos, la derrota del diablo y la universalidad de la redención. Basado en pasajes bíblicos como 1 Pedro 3:18-20, 1 Pedro 4:6, Judas 6, Génesis 6:1-4, Efesios 4:8-10, Hebreos 2:14-15 y Apocalipsis 1:18, este evento demuestra la autoridad de Cristo sobre la muerte, el diablo y toda la creación. Estos pasajes se entrelazan para formar una narrativa coherente, que bien podemos denominar “el Saqueo del Infierno”.
Kenosis, theosis y Pentecostés
La kenosis (del griego κένωσις, "vaciamiento") descrita en Filipenses 2:5-11 constituye no solo un misterio teológico, sino la máxima expresión del amor divino: un Dios que, lejos de permanecer en la inaccesible gloria de su trascendencia, desciende voluntariamente a la fragilidad de la condición humana. Este acto de autoanonadamiento no es un gesto de debilidad, sino de poder redentor, donde el Creador asume la forma de siervo (μορφὴ δούλου) para revelar que el verdadero señorío se ejerce mediante el servicio y el sacrificio.
La Impassibilitas Dei (la impasibilidad de Dios) y la revelación escritural de un Dios profundamente emocional, compasivo y apasionado
La teología clásica ha luchado, desde sus primeros siglos, con la aparente paradoja entre la impassibilitas Dei (la impasibilidad de Dios) y la revelación escritural de un Dios profundamente emocional, compasivo y apasionado. Por un lado, la tradición filosófica griega, filtrada en los primeros escritos patrísticos, insistía en que Dios, como Ser perfecto e inmutable (cf. Mal 3:6; Sant 1:17), no podía ser afectado por emociones humanas, pues estas suponen cambio y potencialidad. Por otro lado, las Escrituras presentan a un Yahvé que se duele (Gén 6:6), que ama con "amores eternos" (Jer 31:3), que se enoja (Sal 7:11) y que, en Cristo, llora ante la tumba de Lázaro (Jn 11:35). Esta tensión no es mera abstracción doctrinal, sino que tiene implicaciones vitales para la espiritualidad pentecostal, que celebra la experiencia íntima con un Dios cercano, sensible al clamor y movido por la intercesión.
Lisney de Font, Ministerios Ebenezer y la herejía de la cuadridimensión de Dios
La llamada "Cuadridimensión de Dios" es una doctrina heterodoxa promovida por los Ministerios Eben Ezer, así por otros grupos heréticos adscritos al movimiento de la Nueva Reforma Apostólica y el neopentecostalismo. Esta herejía, que cuenta ya con ya varias décadas de existencia, propone una estructura cuaternaria de la Divinidad, añadiendo un cuarto elemento a la Trinidad cristiana tradicional (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Aunque sus defensores no siempre explicitan quién o qué constituye esta "cuarta dimensión", todo parece apuntar a un principio cósmico adicional (similar a concepciones esotéricas o gnósticas).
¿Se puede tener dones carismáticos sin el Bautismo en el Espíritu Santo? Una respuesta bíblica y equilibrada
Los dones del Espíritu Santo son manifestaciones de la gracia divina que pueden operar desde el momento de la conversión, sin que esto contradiga la teología pentecostal del bautismo en el Espíritu. La Biblia muestra que el Espíritu actúa con libertad, distribuyendo dones según su voluntad (1 Corintios 12:11), mientras que el bautismo pentecostal sigue siendo una experiencia poderosa para la vida cristiana. Es necesario reconocer la obra temprana del Espíritu en los creyentes, sin dejar de esperar y buscar la plenitud del bautismo en el Espíritu Santo.
La donación de órganos desde una perspectiva cristiana
La donación de órganos es un tema que, en el ámbito teológico, suscita reflexiones profundas sobre la dignidad humana, la caridad y la responsabilidad cristiana ante el prójimo. Aunque muchas denominaciones cristianas apoyan la donación de órganos como un acto de amor al prójimo, algunos grupos religiosos se oponen basándose en argumentos teológicos, escatológicos y éticos.
¡Cuidados con los que dividen la iglesia!
En la Iglesia primitiva, ser un divisor te convertía automáticamente en un hereje. No era solo cuestión de doctrina, sino de romper la unidad del Cuerpo de Cristo. No nos dejemos engañar por los que quieren dividir. La unidad es un mandamiento de Cristo (Juan 17:21), y nuestra fidelidad a Él se refleja en cómo protegemos Su Iglesia. Si alguien siembra discordia, se le advierte. Si persiste, se le rechaza
El lavatorio de pies: ¿Una práctica normativa en la fe cristiana?
El lavatorio de pies es una práctica que ha generado discusión y reflexión en el ámbito teológico y eclesial. Aunque algunos grupos cristianos lo consideran un sacramento o una práctica normativa, un análisis bíblico y teológico cuidadoso revela que no fue instituido por Jesús como un mandamiento obligatorio para la Iglesia, sino como un acto simbólico de humildad y servicio.